Zumbidos

N.005 - Narrativa

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Zumbidos

N.005 - Narrativa

Escrito por Luis Fernando Rangel Flores

Esa noche Ignacio no podía dormir. Un mosquito zumbaba alrededor de él. Ignacio: molesto; ojos bien abiertos; manos temblorosas; el zumbido constante orbitándolo. De buscar descanso, ni hablar. El sueño se le había ido junto con el agua del cuerpo: sudaba a chorros, como si se estuviera secando y eso que el sol se había escondido varias horas antes. La única luz era la del foco. Aun así tenía calor. Sentía el sudor seco como un rastro de azúcar en la piel. Pegajoso. Por un momento tuvo miedo de atraer a las moscas y que lo devoraran. Tuvo miedo de que las moscas dejaran un cadáver sobre las cobijas y que sus gritos de súplica no bastaran para alejarlas. Pero ellas estaban perdidas en el silencio que desprendía el foco. Un silencio como un zumbido.

El ruido.

Un solitario mosquito insistente golpeaba en la mejilla. Luego, en la oreja. Como si quisiera entrar, como si no bastara su constante zumbido penetrando la oreja como una aguja.

Tenía calor. Ignacio recordó que los focos producían más calor que luz: eran como pequeños soles en medio de la noche, o al menos eso le habían dicho cuando era niño. En ese entonces no tenía que lidiar batallas de madrugada contra mosquitos y ahora uno zumbaba golpeándolo. También recordó que de pequeño jugaba con los focos. Que los encendía creyéndose científico loco dando vida a criaturas. Le gustaba encender el interruptor y escuchar el zumbido como un chispazo: el fuego de la vida. Luego, el triunfo. It’s alive. It’s alive.

Sintió que era uno de esos enemigos de El Santo que creaban un sinfín de criaturas —con todo y zipper— para luchar contra el enmascarado de plata.

Ahora la criatura era él. Era como un zombi bajo las órdenes de algún doctor malvado. Bajo las ordenes de un zumbido molesto que no se esfumaba. Indefenso ante los rayos de un foco que parecía sol. Un sol rodeado de mosquitos como si dieran vueltas en su mundo. Daban topes contra el cristal que casi se fundía y goteaba quemando la piel. Plas. Plas.

Luego, los mosquitos dejaron el foco. El zumbido no se iba. Ya no se trataba de un mosquito solitario golpeándolo. Los mosquitos giraban alrededor de su cabeza zumbando como el tren que pasaba a lo lejos.

Después, se alejaban sólo para regresar con la furia de un toro embravecido. Olé, matador: cornadas en las piernas.

El sudor ya había empapado las cobijas. La piel le ardía junto con las erupciones en las extremidades. Manchas rojas que dibujan pequeñas figurillas irregulares. A esta altura de la noche, oodía tomar las cobijas y exprimirlas para sacar a puños los sedimentos de sal.

Se levantó. Buscó los zapatos sin éxito. Se puso de pie, descalzo, y ni siquiera sintió lo helado del piso. Ahora sudaba frío. Quería ir al baño a enjugarse el rostro y mirarse en el espejo como todas las mañanas. Decirse Otra larga noche y seguir como si nada. Irse a trabajar ignorando que llevaba tantos meses sin necesitar de Eso para vivir. Olvidando la cuchara quemada sobre el buró.

La ansiedad le carcomía los oídos con pequeños zumbidos persistentes. Zumbidos que taladraban y repicaban como las campanas en luto. Él temblaba y lloraba porque, después de todo, siempre hay luto. Por eso el semblante pálido, las ropas negras y el sueño de la noche anterior. No soñó con dos cuervos que le sacaban los ojos y se postraban a sus pies. No esperaban con ansiedad su muerte para picotearlo hasta despedazarlo. No soñó con zopilotes. La noche anterior solamente soñó con campanas repicando y ahora escuchaba los malditos zumbidos que llegaban desde quién sabe dónde. Los mosquitos eran peor que los cuervos y sus graznidos.

Ignacio ya no pudo más con aquello y se dirigió al buró. Ahora también el reloj le recordaba que ya era de madrugada y no había podido dormir. Imaginó las manecillas atravesándole los ojos y los oídos. El reloj recordándole que había pasado mucho tiempo desde la última vez que necesitó de Eso. Y ni siquiera sonaba lo suficientemente fuerte como para apagar los zumbidos. Abrió el cajón y lanzó un suspiro que por fin le embotó los oídos: silenció el maldito ruido. Ahora era tiempo.

En profunda calma contempló el interior del buró y acarició el frasco blanco que estaba guardado. Lo abrió y sobre la cama vació el contenido: no eran pastillas sino una masa negra de mosquitos muertos. Los removió buscando hasta que dio con Eso. Se golpeó el brazo matando un puñado de mosquitos que se alimentaban de él: por eso escuchaba su sangre fluir como un río peligroso. Luego tomó los cadáveres para guardarlos en el frasco.

Volvió a suspirar y se persignó para continuar pegándose pese a que su brazo ya estaba vacío. Pronto entraría al paraíso. Esta vez las campanas repicarían anunciando la fiesta y la gloria, no el luto. Escucharía las trompetas de los ángeles en lugar del maldito zumbido. La aguja cayó bamboleando. El primer golpe, luego el segundo. La aguja bailando en el suelo. ¿Cómo suena la gloria? El zumbido se apagó.

Esa noche Ignacio no podía dormir. Un mosquito zumbaba alrededor de él. Ignacio: molesto; ojos bien abiertos; manos temblorosas; el zumbido constante orbitándolo. De buscar descanso, ni hablar. El sueño se le había ido junto con el agua del cuerpo: sudaba a chorros, como si se estuviera secando y eso que el sol se había escondido varias horas antes. La única luz era la del foco. Aun así tenía calor. Sentía el sudor seco como un rastro de azúcar en la piel. Pegajoso. Por un momento tuvo miedo de atraer a las moscas y que lo devoraran. Tuvo miedo de que las moscas dejaran un cadáver sobre las cobijas y que sus gritos de súplica no bastaran para alejarlas. Pero ellas estaban perdidas en el silencio que desprendía el foco. Un silencio como un zumbido.

El ruido.

Un solitario mosquito insistente golpeaba en la mejilla. Luego, en la oreja. Como si quisiera entrar, como si no bastara su constante zumbido penetrando la oreja como una aguja.

Tenía calor. Ignacio recordó que los focos producían más calor que luz: eran como pequeños soles en medio de la noche, o al menos eso le habían dicho cuando era niño. En ese entonces no tenía que lidiar batallas de madrugada contra mosquitos y ahora uno zumbaba golpeándolo. También recordó que de pequeño jugaba con los focos. Que los encendía creyéndose científico loco dando vida a criaturas. Le gustaba encender el interruptor y escuchar el zumbido como un chispazo: el fuego de la vida. Luego, el triunfo. It’s alive. It’s alive.

Sintió que era uno de esos enemigos de El Santo que creaban un sinfín de criaturas —con todo y zipper— para luchar contra el enmascarado de plata.

Ahora la criatura era él. Era como un zombi bajo las órdenes de algún doctor malvado. Bajo las ordenes de un zumbido molesto que no se esfumaba. Indefenso ante los rayos de un foco que parecía sol. Un sol rodeado de mosquitos como si dieran vueltas en su mundo. Daban topes contra el cristal que casi se fundía y goteaba quemando la piel. Plas. Plas.

Luego, los mosquitos dejaron el foco. El zumbido no se iba. Ya no se trataba de un mosquito solitario golpeándolo. Los mosquitos giraban alrededor de su cabeza zumbando como el tren que pasaba a lo lejos.

Después, se alejaban sólo para regresar con la furia de un toro embravecido. Olé, matador: cornadas en las piernas.

El sudor ya había empapado las cobijas. La piel le ardía junto con las erupciones en las extremidades. Manchas rojas que dibujan pequeñas figurillas irregulares. A esta altura de la noche, oodía tomar las cobijas y exprimirlas para sacar a puños los sedimentos de sal.

Se levantó. Buscó los zapatos sin éxito. Se puso de pie, descalzo, y ni siquiera sintió lo helado del piso. Ahora sudaba frío. Quería ir al baño a enjugarse el rostro y mirarse en el espejo como todas las mañanas. Decirse Otra larga noche y seguir como si nada. Irse a trabajar ignorando que llevaba tantos meses sin necesitar de Eso para vivir. Olvidando la cuchara quemada sobre el buró.

La ansiedad le carcomía los oídos con pequeños zumbidos persistentes. Zumbidos que taladraban y repicaban como las campanas en luto. Él temblaba y lloraba porque, después de todo, siempre hay luto. Por eso el semblante pálido, las ropas negras y el sueño de la noche anterior. No soñó con dos cuervos que le sacaban los ojos y se postraban a sus pies. No esperaban con ansiedad su muerte para picotearlo hasta despedazarlo. No soñó con zopilotes. La noche anterior solamente soñó con campanas repicando y ahora escuchaba los malditos zumbidos que llegaban desde quién sabe dónde. Los mosquitos eran peor que los cuervos y sus graznidos.

Ignacio ya no pudo más con aquello y se dirigió al buró. Ahora también el reloj le recordaba que ya era de madrugada y no había podido dormir. Imaginó las manecillas atravesándole los ojos y los oídos. El reloj recordándole que había pasado mucho tiempo desde la última vez que necesitó de Eso. Y ni siquiera sonaba lo suficientemente fuerte como para apagar los zumbidos. Abrió el cajón y lanzó un suspiro que por fin le embotó los oídos: silenció el maldito ruido. Ahora era tiempo.

En profunda calma contempló el interior del buró y acarició el frasco blanco que estaba guardado. Lo abrió y sobre la cama vació el contenido: no eran pastillas sino una masa negra de mosquitos muertos. Los removió buscando hasta que dio con Eso. Se golpeó el brazo matando un puñado de mosquitos que se alimentaban de él: por eso escuchaba su sangre fluir como un río peligroso. Luego tomó los cadáveres para guardarlos en el frasco.

Volvió a suspirar y se persignó para continuar pegándose pese a que su brazo ya estaba vacío. Pronto entraría al paraíso. Esta vez las campanas repicarían anunciando la fiesta y la gloria, no el luto. Escucharía las trompetas de los ángeles en lugar del maldito zumbido. La aguja cayó bamboleando. El primer golpe, luego el segundo. La aguja bailando en el suelo. ¿Cómo suena la gloria? El zumbido se apagó.

Esa noche Ignacio no podía dormir. Un mosquito zumbaba alrededor de él. Ignacio: molesto; ojos bien abiertos; manos temblorosas; el zumbido constante orbitándolo. De buscar descanso, ni hablar. El sueño se le había ido junto con el agua del cuerpo: sudaba a chorros, como si se estuviera secando y eso que el sol se había escondido varias horas antes. La única luz era la del foco. Aun así tenía calor. Sentía el sudor seco como un rastro de azúcar en la piel. Pegajoso. Por un momento tuvo miedo de atraer a las moscas y que lo devoraran. Tuvo miedo de que las moscas dejaran un cadáver sobre las cobijas y que sus gritos de súplica no bastaran para alejarlas. Pero ellas estaban perdidas en el silencio que desprendía el foco. Un silencio como un zumbido.

El ruido.

Un solitario mosquito insistente golpeaba en la mejilla. Luego, en la oreja. Como si quisiera entrar, como si no bastara su constante zumbido penetrando la oreja como una aguja.

Tenía calor. Ignacio recordó que los focos producían más calor que luz: eran como pequeños soles en medio de la noche, o al menos eso le habían dicho cuando era niño. En ese entonces no tenía que lidiar batallas de madrugada contra mosquitos y ahora uno zumbaba golpeándolo. También recordó que de pequeño jugaba con los focos. Que los encendía creyéndose científico loco dando vida a criaturas. Le gustaba encender el interruptor y escuchar el zumbido como un chispazo: el fuego de la vida. Luego, el triunfo. It’s alive. It’s alive.

Sintió que era uno de esos enemigos de El Santo que creaban un sinfín de criaturas —con todo y zipper— para luchar contra el enmascarado de plata.

Ahora la criatura era él. Era como un zombi bajo las órdenes de algún doctor malvado. Bajo las ordenes de un zumbido molesto que no se esfumaba. Indefenso ante los rayos de un foco que parecía sol. Un sol rodeado de mosquitos como si dieran vueltas en su mundo. Daban topes contra el cristal que casi se fundía y goteaba quemando la piel. Plas. Plas.

Luego, los mosquitos dejaron el foco. El zumbido no se iba. Ya no se trataba de un mosquito solitario golpeándolo. Los mosquitos giraban alrededor de su cabeza zumbando como el tren que pasaba a lo lejos.

Después, se alejaban sólo para regresar con la furia de un toro embravecido. Olé, matador: cornadas en las piernas.

El sudor ya había empapado las cobijas. La piel le ardía junto con las erupciones en las extremidades. Manchas rojas que dibujan pequeñas figurillas irregulares. A esta altura de la noche, oodía tomar las cobijas y exprimirlas para sacar a puños los sedimentos de sal.

Se levantó. Buscó los zapatos sin éxito. Se puso de pie, descalzo, y ni siquiera sintió lo helado del piso. Ahora sudaba frío. Quería ir al baño a enjugarse el rostro y mirarse en el espejo como todas las mañanas. Decirse Otra larga noche y seguir como si nada. Irse a trabajar ignorando que llevaba tantos meses sin necesitar de Eso para vivir. Olvidando la cuchara quemada sobre el buró.

La ansiedad le carcomía los oídos con pequeños zumbidos persistentes. Zumbidos que taladraban y repicaban como las campanas en luto. Él temblaba y lloraba porque, después de todo, siempre hay luto. Por eso el semblante pálido, las ropas negras y el sueño de la noche anterior. No soñó con dos cuervos que le sacaban los ojos y se postraban a sus pies. No esperaban con ansiedad su muerte para picotearlo hasta despedazarlo. No soñó con zopilotes. La noche anterior solamente soñó con campanas repicando y ahora escuchaba los malditos zumbidos que llegaban desde quién sabe dónde. Los mosquitos eran peor que los cuervos y sus graznidos.

Ignacio ya no pudo más con aquello y se dirigió al buró. Ahora también el reloj le recordaba que ya era de madrugada y no había podido dormir. Imaginó las manecillas atravesándole los ojos y los oídos. El reloj recordándole que había pasado mucho tiempo desde la última vez que necesitó de Eso. Y ni siquiera sonaba lo suficientemente fuerte como para apagar los zumbidos. Abrió el cajón y lanzó un suspiro que por fin le embotó los oídos: silenció el maldito ruido. Ahora era tiempo.

En profunda calma contempló el interior del buró y acarició el frasco blanco que estaba guardado. Lo abrió y sobre la cama vació el contenido: no eran pastillas sino una masa negra de mosquitos muertos. Los removió buscando hasta que dio con Eso. Se golpeó el brazo matando un puñado de mosquitos que se alimentaban de él: por eso escuchaba su sangre fluir como un río peligroso. Luego tomó los cadáveres para guardarlos en el frasco.

Volvió a suspirar y se persignó para continuar pegándose pese a que su brazo ya estaba vacío. Pronto entraría al paraíso. Esta vez las campanas repicarían anunciando la fiesta y la gloria, no el luto. Escucharía las trompetas de los ángeles en lugar del maldito zumbido. La aguja cayó bamboleando. El primer golpe, luego el segundo. La aguja bailando en el suelo. ¿Cómo suena la gloria? El zumbido se apagó.

Esa noche Ignacio no podía dormir. Un mosquito zumbaba alrededor de él. Ignacio: molesto; ojos bien abiertos; manos temblorosas; el zumbido constante orbitándolo. De buscar descanso, ni hablar. El sueño se le había ido junto con el agua del cuerpo: sudaba a chorros, como si se estuviera secando y eso que el sol se había escondido varias horas antes. La única luz era la del foco. Aun así tenía calor. Sentía el sudor seco como un rastro de azúcar en la piel. Pegajoso. Por un momento tuvo miedo de atraer a las moscas y que lo devoraran. Tuvo miedo de que las moscas dejaran un cadáver sobre las cobijas y que sus gritos de súplica no bastaran para alejarlas. Pero ellas estaban perdidas en el silencio que desprendía el foco. Un silencio como un zumbido.

El ruido.

Un solitario mosquito insistente golpeaba en la mejilla. Luego, en la oreja. Como si quisiera entrar, como si no bastara su constante zumbido penetrando la oreja como una aguja.

Tenía calor. Ignacio recordó que los focos producían más calor que luz: eran como pequeños soles en medio de la noche, o al menos eso le habían dicho cuando era niño. En ese entonces no tenía que lidiar batallas de madrugada contra mosquitos y ahora uno zumbaba golpeándolo. También recordó que de pequeño jugaba con los focos. Que los encendía creyéndose científico loco dando vida a criaturas. Le gustaba encender el interruptor y escuchar el zumbido como un chispazo: el fuego de la vida. Luego, el triunfo. It’s alive. It’s alive.

Sintió que era uno de esos enemigos de El Santo que creaban un sinfín de criaturas —con todo y zipper— para luchar contra el enmascarado de plata.

Ahora la criatura era él. Era como un zombi bajo las órdenes de algún doctor malvado. Bajo las ordenes de un zumbido molesto que no se esfumaba. Indefenso ante los rayos de un foco que parecía sol. Un sol rodeado de mosquitos como si dieran vueltas en su mundo. Daban topes contra el cristal que casi se fundía y goteaba quemando la piel. Plas. Plas.

Luego, los mosquitos dejaron el foco. El zumbido no se iba. Ya no se trataba de un mosquito solitario golpeándolo. Los mosquitos giraban alrededor de su cabeza zumbando como el tren que pasaba a lo lejos.

Después, se alejaban sólo para regresar con la furia de un toro embravecido. Olé, matador: cornadas en las piernas.

El sudor ya había empapado las cobijas. La piel le ardía junto con las erupciones en las extremidades. Manchas rojas que dibujan pequeñas figurillas irregulares. A esta altura de la noche, oodía tomar las cobijas y exprimirlas para sacar a puños los sedimentos de sal.

Se levantó. Buscó los zapatos sin éxito. Se puso de pie, descalzo, y ni siquiera sintió lo helado del piso. Ahora sudaba frío. Quería ir al baño a enjugarse el rostro y mirarse en el espejo como todas las mañanas. Decirse Otra larga noche y seguir como si nada. Irse a trabajar ignorando que llevaba tantos meses sin necesitar de Eso para vivir. Olvidando la cuchara quemada sobre el buró.

La ansiedad le carcomía los oídos con pequeños zumbidos persistentes. Zumbidos que taladraban y repicaban como las campanas en luto. Él temblaba y lloraba porque, después de todo, siempre hay luto. Por eso el semblante pálido, las ropas negras y el sueño de la noche anterior. No soñó con dos cuervos que le sacaban los ojos y se postraban a sus pies. No esperaban con ansiedad su muerte para picotearlo hasta despedazarlo. No soñó con zopilotes. La noche anterior solamente soñó con campanas repicando y ahora escuchaba los malditos zumbidos que llegaban desde quién sabe dónde. Los mosquitos eran peor que los cuervos y sus graznidos.

Ignacio ya no pudo más con aquello y se dirigió al buró. Ahora también el reloj le recordaba que ya era de madrugada y no había podido dormir. Imaginó las manecillas atravesándole los ojos y los oídos. El reloj recordándole que había pasado mucho tiempo desde la última vez que necesitó de Eso. Y ni siquiera sonaba lo suficientemente fuerte como para apagar los zumbidos. Abrió el cajón y lanzó un suspiro que por fin le embotó los oídos: silenció el maldito ruido. Ahora era tiempo.

En profunda calma contempló el interior del buró y acarició el frasco blanco que estaba guardado. Lo abrió y sobre la cama vació el contenido: no eran pastillas sino una masa negra de mosquitos muertos. Los removió buscando hasta que dio con Eso. Se golpeó el brazo matando un puñado de mosquitos que se alimentaban de él: por eso escuchaba su sangre fluir como un río peligroso. Luego tomó los cadáveres para guardarlos en el frasco.

Volvió a suspirar y se persignó para continuar pegándose pese a que su brazo ya estaba vacío. Pronto entraría al paraíso. Esta vez las campanas repicarían anunciando la fiesta y la gloria, no el luto. Escucharía las trompetas de los ángeles en lugar del maldito zumbido. La aguja cayó bamboleando. El primer golpe, luego el segundo. La aguja bailando en el suelo. ¿Cómo suena la gloria? El zumbido se apagó.

Esa noche Ignacio no podía dormir. Un mosquito zumbaba alrededor de él. Ignacio: molesto; ojos bien abiertos; manos temblorosas; el zumbido constante orbitándolo. De buscar descanso, ni hablar. El sueño se le había ido junto con el agua del cuerpo: sudaba a chorros, como si se estuviera secando y eso que el sol se había escondido varias horas antes. La única luz era la del foco. Aun así tenía calor. Sentía el sudor seco como un rastro de azúcar en la piel. Pegajoso. Por un momento tuvo miedo de atraer a las moscas y que lo devoraran. Tuvo miedo de que las moscas dejaran un cadáver sobre las cobijas y que sus gritos de súplica no bastaran para alejarlas. Pero ellas estaban perdidas en el silencio que desprendía el foco. Un silencio como un zumbido.

El ruido.

Un solitario mosquito insistente golpeaba en la mejilla. Luego, en la oreja. Como si quisiera entrar, como si no bastara su constante zumbido penetrando la oreja como una aguja.

Tenía calor. Ignacio recordó que los focos producían más calor que luz: eran como pequeños soles en medio de la noche, o al menos eso le habían dicho cuando era niño. En ese entonces no tenía que lidiar batallas de madrugada contra mosquitos y ahora uno zumbaba golpeándolo. También recordó que de pequeño jugaba con los focos. Que los encendía creyéndose científico loco dando vida a criaturas. Le gustaba encender el interruptor y escuchar el zumbido como un chispazo: el fuego de la vida. Luego, el triunfo. It’s alive. It’s alive.

Sintió que era uno de esos enemigos de El Santo que creaban un sinfín de criaturas —con todo y zipper— para luchar contra el enmascarado de plata.

Ahora la criatura era él. Era como un zombi bajo las órdenes de algún doctor malvado. Bajo las ordenes de un zumbido molesto que no se esfumaba. Indefenso ante los rayos de un foco que parecía sol. Un sol rodeado de mosquitos como si dieran vueltas en su mundo. Daban topes contra el cristal que casi se fundía y goteaba quemando la piel. Plas. Plas.

Luego, los mosquitos dejaron el foco. El zumbido no se iba. Ya no se trataba de un mosquito solitario golpeándolo. Los mosquitos giraban alrededor de su cabeza zumbando como el tren que pasaba a lo lejos.

Después, se alejaban sólo para regresar con la furia de un toro embravecido. Olé, matador: cornadas en las piernas.

El sudor ya había empapado las cobijas. La piel le ardía junto con las erupciones en las extremidades. Manchas rojas que dibujan pequeñas figurillas irregulares. A esta altura de la noche, oodía tomar las cobijas y exprimirlas para sacar a puños los sedimentos de sal.

Se levantó. Buscó los zapatos sin éxito. Se puso de pie, descalzo, y ni siquiera sintió lo helado del piso. Ahora sudaba frío. Quería ir al baño a enjugarse el rostro y mirarse en el espejo como todas las mañanas. Decirse Otra larga noche y seguir como si nada. Irse a trabajar ignorando que llevaba tantos meses sin necesitar de Eso para vivir. Olvidando la cuchara quemada sobre el buró.

La ansiedad le carcomía los oídos con pequeños zumbidos persistentes. Zumbidos que taladraban y repicaban como las campanas en luto. Él temblaba y lloraba porque, después de todo, siempre hay luto. Por eso el semblante pálido, las ropas negras y el sueño de la noche anterior. No soñó con dos cuervos que le sacaban los ojos y se postraban a sus pies. No esperaban con ansiedad su muerte para picotearlo hasta despedazarlo. No soñó con zopilotes. La noche anterior solamente soñó con campanas repicando y ahora escuchaba los malditos zumbidos que llegaban desde quién sabe dónde. Los mosquitos eran peor que los cuervos y sus graznidos.

Ignacio ya no pudo más con aquello y se dirigió al buró. Ahora también el reloj le recordaba que ya era de madrugada y no había podido dormir. Imaginó las manecillas atravesándole los ojos y los oídos. El reloj recordándole que había pasado mucho tiempo desde la última vez que necesitó de Eso. Y ni siquiera sonaba lo suficientemente fuerte como para apagar los zumbidos. Abrió el cajón y lanzó un suspiro que por fin le embotó los oídos: silenció el maldito ruido. Ahora era tiempo.

En profunda calma contempló el interior del buró y acarició el frasco blanco que estaba guardado. Lo abrió y sobre la cama vació el contenido: no eran pastillas sino una masa negra de mosquitos muertos. Los removió buscando hasta que dio con Eso. Se golpeó el brazo matando un puñado de mosquitos que se alimentaban de él: por eso escuchaba su sangre fluir como un río peligroso. Luego tomó los cadáveres para guardarlos en el frasco.

Volvió a suspirar y se persignó para continuar pegándose pese a que su brazo ya estaba vacío. Pronto entraría al paraíso. Esta vez las campanas repicarían anunciando la fiesta y la gloria, no el luto. Escucharía las trompetas de los ángeles en lugar del maldito zumbido. La aguja cayó bamboleando. El primer golpe, luego el segundo. La aguja bailando en el suelo. ¿Cómo suena la gloria? El zumbido se apagó.

Luis Fernando Rangel Flores. Chihuahua, Chihuahua 1995. Estudiante de la Lic. en Letras Españolas y miembro del comité organizador del Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes Jesús Gardea. Su poemario Hotel Sputnik recibió mención honorífica en el Premio Nacional de Poesía Rogelio Treviño. Textos suyos aparecen en revistas como Vaivén, Metamorfosis, Hybris, Círculo de Poesía, entre otras

Imagen de portada: The collections of the Oxford University Museum of Natural History.

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