Y al final, el olvido

N.001 - Crónica

Y al final, el olvido

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Y al final, el olvido

N.001 - Ensayo

Y al final, el olvido

N.001 - Crónica

Y al final, el olvido

N.001 - Crónica

Escrito por Jessica Rodríguez

Escrito por Jessica Rodríguez

“Reencontrarse en un estado de extrema conmoción, esclarecida de irrealidad, con trozos del mundo real en un rincón de sí mismo”.
Antonin Artaud.

Se dice que las membranas celulares son esponjas para el alcohol, que una vez que éstas entran en el torrente sanguíneo puede viajar y llenar casi todos los tejidos del cuerpo humano, que cuando se consume excesivamente puede llevar a la inconciencia, al envenenamiento, a la muerte.

Volver es siempre hermoso y hacerlo con la mente en blanco, despejada, puede remitir a algún origen del ser. La embriaguez puede ser tan sólo eso, tan sólo el deseo mismo de perder, de perderse de la mirada de una mente y una lengua tan atada a
rebuscamientos, mientras se consigue lo primitivo. Volvernos animales es parte de nuestro gran deseo, de serlo viviríamos sólo en la eternidad del instante.

Es sentir presión en la vejiga y orinar, llamar al deseo y dejarlo salir por las manos, por las piernas, por los ojos, sin entender cómo y sin necesidad de explicarlo con palabras tan poco parecidas al movimiento de las entrañas, para entregarse a la dulzura del olvido, de la inconciencia y entregar, así, un cuerpo entero, simple, a ese instante de figuras y luces, a esos instantes que de tan bellos no dejan rastro sobre memoria alguna.

Para Artaud la inconciencia busca la soledad; la embriaguez no, la embriaguez busca el grito, la conmoción colectiva de luces y tactos, de voces como murmullos, de personas cuyos labios se prolongan hasta fondos líquidos, dulces, ardientes o amargos. Al exaltar nuestra condición de animales hemos de querer encontrar otros a nuestro alrededor para poder vernos a través de ellos como a través de espejos, queremos ver esa eternidad fugaz porque sabemos que todos nacemos y todos morimos pero si alguien, dentro de su instante, pasa su muerte sobre la de otro como si nunca fuese a suceder poseerá la única eternidad real, la del instante mismo.

Y quizá en algún punto en el camino del olvido pueda chocarse con el gran estertor de la levedad, una vez, sólo quizá, que se han dejado de lado las teorías y la carga de lo que se dice se logre llegar a un rincón, apartado y chispeante, de uno mismo, encontrar ese sí mismo en el que de tanto haber dejado de ser, se empiece a sentir, a sentir en la pureza de la indescripción.

No somos inmortales a menos que lo sintamos así. No busca palabras quien no las tiene ¿Quién planea guardar y estudiar un destello en la obscuridad en lugar de gozarlo?

Atado al brillo y con la cabeza perdida y líquida no se cree en el retorno, empieza a verse todo lo pasado bajo la condición dominante, después, con tristeza o sin ella, empezamos a ecobrar trozos de conciencia, a escuchar las voces constantes de nuestra cabeza y la eternidad va cediendo paso por donde llegó, sale, por la boca y reemplazando a las palabras, con
los últimos atisbos de primitivismo.

Tenemos conciencia suficiente para diluirla, y diluirnos, en alcohol, membranas celulares como esponjas, aptas para absorberlo, que van regándolo por todo el cuerpo, si se consume excesivamente puede, con suerte y belleza, llevar a la inconciencia, al envenenamiento, a la muerte; pero al final, siempre está el olvido.


“Reencontrarse en un estado de extrema conmoción, esclarecida de irrealidad, con trozos del mundo real en un rincón de sí mismo”.
Antonin Artaud.

Se dice que las membranas celulares son esponjas para el alcohol, que una vez que éstas entran en el torrente sanguíneo puede viajar y llenar casi todos los tejidos del cuerpo humano, que cuando se consume excesivamente puede llevar a la inconciencia, al envenenamiento, a la muerte.

Volver es siempre hermoso y hacerlo con la mente en blanco, despejada, puede remitir a algún origen del ser. La embriaguez puede ser tan sólo eso, tan sólo el deseo mismo de perder, de perderse de la mirada de una mente y una lengua tan atada a
rebuscamientos, mientras se consigue lo primitivo. Volvernos animales es parte de nuestro gran deseo, de serlo viviríamos sólo en la eternidad del instante.

Es sentir presión en la vejiga y orinar, llamar al deseo y dejarlo salir por las manos, por las piernas, por los ojos, sin entender cómo y sin necesidad de explicarlo con palabras tan poco parecidas al movimiento de las entrañas, para entregarse a la dulzura del olvido, de la inconciencia y entregar, así, un cuerpo entero, simple, a ese instante de figuras y luces, a esos instantes que de tan bellos no dejan rastro sobre memoria alguna.

Para Artaud la inconciencia busca la soledad; la embriaguez no, la embriaguez busca el grito, la conmoción colectiva de luces y tactos, de voces como murmullos, de personas cuyos labios se prolongan hasta fondos líquidos, dulces, ardientes o amargos. Al exaltar nuestra condición de animales hemos de querer encontrar otros a nuestro alrededor para poder vernos a través de ellos como a través de espejos, queremos ver esa eternidad fugaz porque sabemos que todos nacemos y todos morimos pero si alguien, dentro de su instante, pasa su muerte sobre la de otro como si nunca fuese a suceder poseerá la única eternidad real, la del instante mismo.

Y quizá en algún punto en el camino del olvido pueda chocarse con el gran estertor de la levedad, una vez, sólo quizá, que se han dejado de lado las teorías y la carga de lo que se dice se logre llegar a un rincón, apartado y chispeante, de uno mismo, encontrar ese sí mismo en el que de tanto haber dejado de ser, se empiece a sentir, a sentir en la pureza de la indescripción.

No somos inmortales a menos que lo sintamos así. No busca palabras quien no las tiene ¿Quién planea guardar y estudiar un destello en la obscuridad en lugar de gozarlo?

Atado al brillo y con la cabeza perdida y líquida no se cree en el retorno, empieza a verse todo lo pasado bajo la condición dominante, después, con tristeza o sin ella, empezamos a ecobrar trozos de conciencia, a escuchar las voces constantes de nuestra cabeza y la eternidad va cediendo paso por donde llegó, sale, por la boca y reemplazando a las palabras, con
los últimos atisbos de primitivismo.

Tenemos conciencia suficiente para diluirla, y diluirnos, en alcohol, membranas celulares como esponjas, aptas para absorberlo, que van regándolo por todo el cuerpo, si se consume excesivamente puede, con suerte y belleza, llevar a la inconciencia, al envenenamiento, a la muerte; pero al final, siempre está el olvido.


“Reencontrarse en un estado de extrema conmoción, esclarecida de irrealidad, con trozos del mundo real en un rincón de sí mismo”. Antonin Artaud.

Se dice que las membranas celulares son esponjas para el alcohol, que una vez que éstas entran en el torrente sanguíneo puede viajar y llenar casi todos los tejidos del cuerpo humano, que cuando se consume excesivamente puede llevar a la inconciencia, al envenenamiento, a la muerte.

Volver es siempre hermoso y hacerlo con la mente en blanco, despejada, puede remitir a algún origen del ser. La embriaguez puede ser tan sólo eso, tan sólo el deseo mismo de perder, de perderse de la mirada de una mente y una lengua tan atada a
rebuscamientos, mientras se consigue lo primitivo. Volvernos animales es parte de nuestro gran deseo, de serlo viviríamos sólo en la eternidad del instante.

Es sentir presión en la vejiga y orinar, llamar al deseo y dejarlo salir por las manos, por las piernas, por los ojos, sin entender cómo y sin necesidad de explicarlo con palabras tan poco parecidas al movimiento de las entrañas, para entregarse a la dulzura del olvido, de la inconciencia y entregar, así, un cuerpo entero, simple, a ese instante de figuras y luces, a esos instantes que de tan bellos no dejan rastro sobre memoria alguna.

Para Artaud la inconciencia busca la soledad; la embriaguez no, la embriaguez busca el grito, la conmoción colectiva de luces y tactos, de voces como murmullos, de personas cuyos labios se prolongan hasta fondos líquidos, dulces, ardientes o amargos. Al exaltar nuestra condición de animales hemos de querer encontrar otros a nuestro alrededor para poder vernos a través de ellos como a través de espejos, queremos ver esa eternidad fugaz porque sabemos que todos nacemos y todos morimos pero si alguien, dentro de su instante, pasa su muerte sobre la de otro como si nunca fuese a suceder poseerá la única eternidad real, la del instante mismo.

Y quizá en algún punto en el camino del olvido pueda chocarse con el gran estertor de la levedad, una vez, sólo quizá, que se han dejado de lado las teorías y la carga de lo que se dice se logre llegar a un rincón, apartado y chispeante, de uno mismo, encontrar ese sí mismo en el que de tanto haber dejado de ser, se empiece a sentir, a sentir en la pureza de la indescripción.

No somos inmortales a menos que lo sintamos así. No busca palabras quien no las tiene ¿Quién planea guardar y estudiar un destello en la obscuridad en lugar de gozarlo?

Atado al brillo y con la cabeza perdida y líquida no se cree en el retorno, empieza a verse todo lo pasado bajo la condición dominante, después, con tristeza o sin ella, empezamos a ecobrar trozos de conciencia, a escuchar las voces constantes de nuestra cabeza y la eternidad va cediendo paso por donde llegó, sale, por la boca y reemplazando a las palabras, con los últimos atisbos de primitivismo.

Tenemos conciencia suficiente para diluirla, y diluirnos, en alcohol, membranas celulares como esponjas, aptas para absorberlo, que van regándolo por todo el cuerpo, si se consume excesivamente puede, con suerte y belleza, llevar a la inconciencia, al envenenamiento, a la muerte; pero al final, siempre está el olvido.

“Reencontrarse en un estado de extrema conmoción, esclarecida de irrealidad, con trozos del mundo real en un rincón de sí mismo”. Antonin Artaud.

Se dice que las membranas celulares son esponjas para el alcohol, que una vez que éstas entran en el torrente sanguíneo puede viajar y llenar casi todos los tejidos del cuerpo humano, que cuando se consume excesivamente puede llevar a la inconciencia, al envenenamiento, a la muerte.

Volver es siempre hermoso y hacerlo con la mente en blanco, despejada, puede remitir a algún origen del ser. La embriaguez puede ser tan sólo eso, tan sólo el deseo mismo de perder, de perderse de la mirada de una mente y una lengua tan atada a rebuscamientos, mientras se consigue lo primitivo. Volvernos animales es parte de nuestro gran deseo, de serlo viviríamos sólo en la eternidad del instante.

Es sentir presión en la vejiga y orinar, llamar al deseo y dejarlo salir por las manos, por las piernas, por los ojos, sin entender cómo y sin necesidad de explicarlo con palabras tan poco parecidas al movimiento de las entrañas, para entregarse a la dulzura del olvido, de la inconciencia y entregar, así, un cuerpo entero, simple, a ese instante de figuras y luces, a esos instantes que de tan bellos no dejan rastro sobre memoria alguna.

Para Artaud la inconciencia busca la soledad; la embriaguez no, la embriaguez busca el grito, la conmoción colectiva de luces y tactos, de voces como murmullos, de personas cuyos labios se prolongan hasta fondos líquidos, dulces, ardientes o amargos. Al exaltar nuestra condición de animales hemos de querer encontrar otros a nuestro alrededor para poder vernos a través de ellos como a través de espejos, queremos ver esa eternidad fugaz porque sabemos que todos nacemos y todos morimos pero si alguien, dentro de su instante, pasa su muerte sobre la de otro como si nunca fuese a suceder poseerá la única eternidad real, la del instante mismo.

Y quizá en algún punto en el camino del olvido pueda chocarse con el gran estertor de la levedad, una vez, sólo quizá, que se han dejado de lado las teorías y la carga de lo que se dice se logre llegar a un rincón, apartado y chispeante, de uno mismo, encontrar ese sí mismo en el que de tanto haber dejado de ser, se empiece a sentir, a sentir en la pureza de la indescripción.

No somos inmortales a menos que lo sintamos así. No busca palabras quien no las tiene ¿Quién planea guardar y estudiar un destello en la obscuridad en lugar de gozarlo?

Atado al brillo y con la cabeza perdida y líquida no se cree en el retorno, empieza a verse todo lo pasado bajo la condición dominante, después, con tristeza o sin ella, empezamos a ecobrar trozos de conciencia, a escuchar las voces constantes de nuestra cabeza y la eternidad va cediendo paso por donde llegó, sale, por la boca y reemplazando a las palabras, con
los últimos atisbos de primitivismo.

Tenemos conciencia suficiente para diluirla, y diluirnos, en alcohol, membranas celulares como esponjas, aptas para absorberlo, que van regándolo por todo el cuerpo, si se consume excesivamente puede, con suerte y belleza, llevar a la inconciencia, al envenenamiento, a la muerte; pero al final, siempre está el olvido.

Jessica Rodríguez. Una poeta con tierra en los pies; para ella, lo salvaje no remite al caos, sino al encuentro de una libertad comúnmente prohibida en lo citadino, libertad que sobre vive en forma de recuerdo y se debate entre la nostalgia y el olvido.

Imagen de portada: Iliya Pitalev

Jessica Rodríguez. Una poeta con tierra en los pies; para ella, lo salvaje no remite al caos, sino al encuentro de una libertad comúnmente prohibida en lo citadino, libertad que sobre vive en forma de recuerdo y se debate entre la nostalgia y el olvido.

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Poetas en el lugar equivocado

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