Un sueño pesado

N.011 - Narrativa

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Un sueño pesado

N.011 - Narrativa

Escrito por Rogelio Silva Cerna

La veo, se mueve, sí, creo que la vi moverse; su estómago se levanta al ritmo de su lenta respiración, parece que sigue dormida. Cierro la puerta tratando de hacer el menor ruido posible. Camino de puntitas hasta el sillón. Enciendo el televisor y de inmediato bajo el volumen hasta el mínimo. Un documental sobre aves migratorias: parvadas negras que se elevan al cielo desde los árboles, una mancha densa que ondula como petróleo sobre las olas. Aguzo el oído, intento escuchar la respiración de la niña tras la puerta, el sonido del friccionar de sus piernas sobre las sábanas. No detecto nada, me alarmo, es una sensación que presiona mi pecho hasta que se vuelve insoportable. No entiendo cómo esa opresión escala tan rápido. Me obliga a levantarme de mi asiento, pero no corro hasta la puerta de la habitación, dejo que mis pies descalzos se posen suavemente sobre el piso helado. Abro la puerta con tres dedos, asomo un ojo por el resquicio que se forma. Ella sigue acostada: pequeña y vulnerable. Suspiro al ver que su vientre se hincha y deshincha al ritmo de su respiración. O eso creo. Ya no estoy segura de que ella respira, desde esta distancia puede tratarse solo de una ilusión óptica. El corazón se me acelera y siento el miedo como una descarga eléctrica. Abro la puerta hasta que el espacio es suficiente para pasar mi cuerpo. Avanzo de puntitas, tratando de estirar las piernas lo más que puedo, para limitar el número de pasos hasta el colchón. Me paro junto a ella y observo su pecho con detenimiento. Creo que se mueve, o no lo sé. Sudo frío, pero no me atrevo a poner mi mano sobre su cuerpecito, ni acercar mi oído hasta su rostro para escuchar el aire emerger de su boca; no quiero despertarla, con el trabajo que nos costó dormirla. Ojalá esté dormida. Tiene que estar dormida, no hay otra opción, para mí no hay otra opción. Muero de ansias por ver llegar a Oziel y al mismo tiempo tengo miedo de que llegue. Me quedo paralizada y evito hacer el mínimo ruido al aspirar para que mi respiración no se confunda con la de ella. De pronto veo una vibración en su ojo derecho, un movimiento casi imperceptible debajo del párpado. He escuchado que cuando eso pasa, la persona dormida está soñando. Espero que sean sueños agradables. De ninguna manera deberían ser pesadillas, qué terrible, tan pequeña y experimentar cosas que la atemoricen. Parece como si no respirara y para colmo no percibo que se mueva. Recuerdo que de pequeña yo era muy inquieta al momento de dormir: daba vueltas, pateaba a mis hermanas, rechinaba los dientes e incluso maldecía entre sueños. De niña sufría de horribles pesadillas: figuras negras que se posaban sobre mi cuerpo y me cortaban el aliento, niños mutilados que me acechaban entre los muebles de mi cuarto y una casa plagada de tinieblas, con llantos de procedencia indefinible. Mojaba la cama, casi todas las noches era lo mismo. Mis hermanas me aborrecían por eso, y yo, yo recibía mis castigos con estoicismo. En cambio ella duerme — ojalá que duerma — de forma apacible, como si nada en este mundo pudiera lastimarla. Cómo es eso posible. Son mis nervios, mi ansiedad, no lo sé, pero dudo de lo que veo, no sé si en realidad respira y si de verdad vi el movimiento de su ojo bajo el párpado. Me recojo el cabello y poco a poco agacho la cabeza para acercar mi oído sobre su boca. Aguanto el aliento, no quiero despertarla, no quiero que llore. Y por fin detecto un resuello, la suave salida del aire por sus fosas nasales. Me tranquilizo, el calor regresa a mis manos que se habían puesto frías. Al salir del cuarto pienso en mi hermana Graciela, en su insistencia por no tener hijos nunca, en el miedo que le tenía al cuidado de una criatura, a la posibilidad de la muerte de cuna; ahora la entiendo. Y, sin embargo, tuvo cuatro hijos. Yo, en cambio, le tengo más miedo a Oziel, temo a la posibilidad de que llegara y descubriera que la niña no respira, de que me culpe de haber hecho algo mal, algo irreversible. Me tiemblan las piernas. Soy incapaz de volver al sillón, me quedo ahí parada y apoyo mi espalda contra la puerta. Desde aquí veo la pantalla de la televisión: los pájaros surcan el cielo por encima del muro de una frontera, una familia de tres personas observa la danza aérea, la luz del ocaso los hace lucir como estatuas. El brillo en los ojos de la mujer, con un hijo en brazos, me pone triste. Imagino su éxodo por esta tierra de nadie, su fortaleza para llegar hasta donde están. Comienzo a arrepentirme de toda esta situación, de tener a la niña y esta zozobra interminable. Los padres que aman a sus hijos harían cualquier cosa por ellos. Si uno de ellos estuviera perdido o secuestrado lo buscarían hasta en los lugares más hostiles, por ejemplo, en un lugar como este vecindario, sin importar el peligro de monstruos como Oziel y como yo. Si esos padres tuvieran los recursos y el poder, fácilmente podrían contratar a investigadores expertos. Fácilmente podrían dar con una pocilga como esta. En cualquier momento podrían derribar la puerta y entrar con violencia, tirarme al piso y poner una bota en mi cuello mientras apuntan sus armas contra mi cabeza. Escucho el sonido de una sirena a lo lejos y me estremezco. La ansiedad, la comezón, la boca seca y el frío me vuelven a atacar. Me desespero, quiero llorar o salir corriendo, pero no me atrevo. Es tan extraño que la niña no despierte, que no llore, que no se mueva. Pero es más extraño que Oziel aún no regrese aquí, me dijo que esto sería sencillo, que todo iba a salir bien. Ahora no dejo de pensar en lo que serían capaces de hacer unos padres heridos, unos padres con los recursos para vengar a su hija. Entreabro la puerta de la habitación, miro por el resquicio: la niña aún se encuentra acostada en el colchón mugroso, en la misma posición desde hace horas, al igual que su plato de comida intacta.


La veo, se mueve, sí, creo que la vi moverse; su estómago se levanta al ritmo de su lenta respiración, parece que sigue dormida. Cierro la puerta tratando de hacer el menor ruido posible. Camino de puntitas hasta el sillón. Enciendo el televisor y de inmediato bajo el volumen hasta el mínimo. Un documental sobre aves migratorias: parvadas negras que se elevan al cielo desde los árboles, una mancha densa que ondula como petróleo sobre las olas. Aguzo el oído, intento escuchar la respiración de la niña tras la puerta, el sonido del friccionar de sus piernas sobre las sábanas. No detecto nada, me alarmo, es una sensación que presiona mi pecho hasta que se vuelve insoportable. No entiendo cómo esa opresión escala tan rápido. Me obliga a levantarme de mi asiento, pero no corro hasta la puerta de la habitación, dejo que mis pies descalzos se posen suavemente sobre el piso helado. Abro la puerta con tres dedos, asomo un ojo por el resquicio que se forma. Ella sigue acostada: pequeña y vulnerable. Suspiro al ver que su vientre se hincha y deshincha al ritmo de su respiración. O eso creo. Ya no estoy segura de que ella respira, desde esta distancia puede tratarse solo de una ilusión óptica. El corazón se me acelera y siento el miedo como una descarga eléctrica. Abro la puerta hasta que el espacio es suficiente para pasar mi cuerpo. Avanzo de puntitas, tratando de estirar las piernas lo más que puedo, para limitar el número de pasos hasta el colchón. Me paro junto a ella y observo su pecho con detenimiento. Creo que se mueve, o no lo sé. Sudo frío, pero no me atrevo a poner mi mano sobre su cuerpecito, ni acercar mi oído hasta su rostro para escuchar el aire emerger de su boca; no quiero despertarla, con el trabajo que nos costó dormirla. Ojalá esté dormida. Tiene que estar dormida, no hay otra opción, para mí no hay otra opción. Muero de ansias por ver llegar a Oziel y al mismo tiempo tengo miedo de que llegue. Me quedo paralizada y evito hacer el mínimo ruido al aspirar para que mi respiración no se confunda con la de ella. De pronto veo una vibración en su ojo derecho, un movimiento casi imperceptible debajo del párpado. He escuchado que cuando eso pasa, la persona dormida está soñando. Espero que sean sueños agradables. De ninguna manera deberían ser pesadillas, qué terrible, tan pequeña y experimentar cosas que la atemoricen. Parece como si no respirara y para colmo no percibo que se mueva. Recuerdo que de pequeña yo era muy inquieta al momento de dormir: daba vueltas, pateaba a mis hermanas, rechinaba los dientes e incluso maldecía entre sueños. De niña sufría de horribles pesadillas: figuras negras que se posaban sobre mi cuerpo y me cortaban el aliento, niños mutilados que me acechaban entre los muebles de mi cuarto y una casa plagada de tinieblas, con llantos de procedencia indefinible. Mojaba la cama, casi todas las noches era lo mismo. Mis hermanas me aborrecían por eso, y yo, yo recibía mis castigos con estoicismo. En cambio ella duerme — ojalá que duerma — de forma apacible, como si nada en este mundo pudiera lastimarla. Cómo es eso posible. Son mis nervios, mi ansiedad, no lo sé, pero dudo de lo que veo, no sé si en realidad respira y si de verdad vi el movimiento de su ojo bajo el párpado. Me recojo el cabello y poco a poco agacho la cabeza para acercar mi oído sobre su boca. Aguanto el aliento, no quiero despertarla, no quiero que llore. Y por fin detecto un resuello, la suave salida del aire por sus fosas nasales. Me tranquilizo, el calor regresa a mis manos que se habían puesto frías. Al salir del cuarto pienso en mi hermana Graciela, en su insistencia por no tener hijos nunca, en el miedo que le tenía al cuidado de una criatura, a la posibilidad de la muerte de cuna; ahora la entiendo. Y, sin embargo, tuvo cuatro hijos. Yo, en cambio, le tengo más miedo a Oziel, temo a la posibilidad de que llegara y descubriera que la niña no respira, de que me culpe de haber hecho algo mal, algo irreversible. Me tiemblan las piernas. Soy incapaz de volver al sillón, me quedo ahí parada y apoyo mi espalda contra la puerta. Desde aquí veo la pantalla de la televisión: los pájaros surcan el cielo por encima del muro de una frontera, una familia de tres personas observa la danza aérea, la luz del ocaso los hace lucir como estatuas. El brillo en los ojos de la mujer, con un hijo en brazos, me pone triste. Imagino su éxodo por esta tierra de nadie, su fortaleza para llegar hasta donde están. Comienzo a arrepentirme de toda esta situación, de tener a la niña y esta zozobra interminable. Los padres que aman a sus hijos harían cualquier cosa por ellos. Si uno de ellos estuviera perdido o secuestrado lo buscarían hasta en los lugares más hostiles, por ejemplo, en un lugar como este vecindario, sin importar el peligro de monstruos como Oziel y como yo. Si esos padres tuvieran los recursos y el poder, fácilmente podrían contratar a investigadores expertos. Fácilmente podrían dar con una pocilga como esta. En cualquier momento podrían derribar la puerta y entrar con violencia, tirarme al piso y poner una bota en mi cuello mientras apuntan sus armas contra mi cabeza. Escucho el sonido de una sirena a lo lejos y me estremezco. La ansiedad, la comezón, la boca seca y el frío me vuelven a atacar. Me desespero, quiero llorar o salir corriendo, pero no me atrevo. Es tan extraño que la niña no despierte, que no llore, que no se mueva. Pero es más extraño que Oziel aún no regrese aquí, me dijo que esto sería sencillo, que todo iba a salir bien. Ahora no dejo de pensar en lo que serían capaces de hacer unos padres heridos, unos padres con los recursos para vengar a su hija. Entreabro la puerta de la habitación, miro por el resquicio: la niña aún se encuentra acostada en el colchón mugroso, en la misma posición desde hace horas, al igual que su plato de comida intacta.

 

La veo, se mueve, sí, creo que la vi moverse; su estómago se levanta al ritmo de su lenta respiración, parece que sigue dormida. Cierro la puerta tratando de hacer el menor ruido posible. Camino de puntitas hasta el sillón. Enciendo el televisor y de inmediato bajo el volumen hasta el mínimo. Un documental sobre aves migratorias: parvadas negras que se elevan al cielo desde los árboles, una mancha densa que ondula como petróleo sobre las olas. Aguzo el oído, intento escuchar la respiración de la niña tras la puerta, el sonido del friccionar de sus piernas sobre las sábanas. No detecto nada, me alarmo, es una sensación que presiona mi pecho hasta que se vuelve insoportable. No entiendo cómo esa opresión escala tan rápido. Me obliga a levantarme de mi asiento, pero no corro hasta la puerta de la habitación, dejo que mis pies descalzos se posen suavemente sobre el piso helado. Abro la puerta con tres dedos, asomo un ojo por el resquicio que se forma. Ella sigue acostada: pequeña y vulnerable. Suspiro al ver que su vientre se hincha y deshincha al ritmo de su respiración. O eso creo. Ya no estoy segura de que ella respira, desde esta distancia puede tratarse solo de una ilusión óptica. El corazón se me acelera y siento el miedo como una descarga eléctrica. Abro la puerta hasta que el espacio es suficiente para pasar mi cuerpo. Avanzo de puntitas, tratando de estirar las piernas lo más que puedo, para limitar el número de pasos hasta el colchón. Me paro junto a ella y observo su pecho con detenimiento. Creo que se mueve, o no lo sé. Sudo frío, pero no me atrevo a poner mi mano sobre su cuerpecito, ni acercar mi oído hasta su rostro para escuchar el aire emerger de su boca; no quiero despertarla, con el trabajo que nos costó dormirla. Ojalá esté dormida. Tiene que estar dormida, no hay otra opción, para mí no hay otra opción. Muero de ansias por ver llegar a Oziel y al mismo tiempo tengo miedo de que llegue. Me quedo paralizada y evito hacer el mínimo ruido al aspirar para que mi respiración no se confunda con la de ella. De pronto veo una vibración en su ojo derecho, un movimiento casi imperceptible debajo del párpado. He escuchado que cuando eso pasa, la persona dormida está soñando. Espero que sean sueños agradables. De ninguna manera deberían ser pesadillas, qué terrible, tan pequeña y experimentar cosas que la atemoricen. Parece como si no respirara y para colmo no percibo que se mueva. Recuerdo que de pequeña yo era muy inquieta al momento de dormir: daba vueltas, pateaba a mis hermanas, rechinaba los dientes e incluso maldecía entre sueños. De niña sufría de horribles pesadillas: figuras negras que se posaban sobre mi cuerpo y me cortaban el aliento, niños mutilados que me acechaban entre los muebles de mi cuarto y una casa plagada de tinieblas, con llantos de procedencia indefinible. Mojaba la cama, casi todas las noches era lo mismo. Mis hermanas me aborrecían por eso, y yo, yo recibía mis castigos con estoicismo. En cambio ella duerme — ojalá que duerma — de forma apacible, como si nada en este mundo pudiera lastimarla. Cómo es eso posible. Son mis nervios, mi ansiedad, no lo sé, pero dudo de lo que veo, no sé si en realidad respira y si de verdad vi el movimiento de su ojo bajo el párpado. Me recojo el cabello y poco a poco agacho la cabeza para acercar mi oído sobre su boca. Aguanto el aliento, no quiero despertarla, no quiero que llore. Y por fin detecto un resuello, la suave salida del aire por sus fosas nasales. Me tranquilizo, el calor regresa a mis manos que se habían puesto frías. Al salir del cuarto pienso en mi hermana Graciela, en su insistencia por no tener hijos nunca, en el miedo que le tenía al cuidado de una criatura, a la posibilidad de la muerte de cuna; ahora la entiendo. Y, sin embargo, tuvo cuatro hijos. Yo, en cambio, le tengo más miedo a Oziel, temo a la posibilidad de que llegara y descubriera que la niña no respira, de que me culpe de haber hecho algo mal, algo irreversible. Me tiemblan las piernas. Soy incapaz de volver al sillón, me quedo ahí parada y apoyo mi espalda contra la puerta. Desde aquí veo la pantalla de la televisión: los pájaros surcan el cielo por encima del muro de una frontera, una familia de tres personas observa la danza aérea, la luz del ocaso los hace lucir como estatuas. El brillo en los ojos de la mujer, con un hijo en brazos, me pone triste. Imagino su éxodo por esta tierra de nadie, su fortaleza para llegar hasta donde están. Comienzo a arrepentirme de toda esta situación, de tener a la niña y esta zozobra interminable. Los padres que aman a sus hijos harían cualquier cosa por ellos. Si uno de ellos estuviera perdido o secuestrado lo buscarían hasta en los lugares más hostiles, por ejemplo, en un lugar como este vecindario, sin importar el peligro de monstruos como Oziel y como yo. Si esos padres tuvieran los recursos y el poder, fácilmente podrían contratar a investigadores expertos. Fácilmente podrían dar con una pocilga como esta. En cualquier momento podrían derribar la puerta y entrar con violencia, tirarme al piso y poner una bota en mi cuello mientras apuntan sus armas contra mi cabeza. Escucho el sonido de una sirena a lo lejos y me estremezco. La ansiedad, la comezón, la boca seca y el frío me vuelven a atacar. Me desespero, quiero llorar o salir corriendo, pero no me atrevo. Es tan extraño que la niña no despierte, que no llore, que no se mueva. Pero es más extraño que Oziel aún no regrese aquí, me dijo que esto sería sencillo, que todo iba a salir bien. Ahora no dejo de pensar en lo que serían capaces de hacer unos padres heridos, unos padres con los recursos para vengar a su hija. Entreabro la puerta de la habitación, miro por el resquicio: la niña aún se encuentra acostada en el colchón mugroso, en la misma posición desde hace horas, al igual que su plato de comida intacta.

 

La veo, se mueve, sí, creo que la vi moverse; su estómago se levanta al ritmo de su lenta respiración, parece que sigue dormida. Cierro la puerta tratando de hacer el menor ruido posible. Camino de puntitas hasta el sillón. Enciendo el televisor y de inmediato bajo el volumen hasta el mínimo. Un documental sobre aves migratorias: parvadas negras que se elevan al cielo desde los árboles, una mancha densa que ondula como petróleo sobre las olas. Aguzo el oído, intento escuchar la respiración de la niña tras la puerta, el sonido del friccionar de sus piernas sobre las sábanas. No detecto nada, me alarmo, es una sensación que presiona mi pecho hasta que se vuelve insoportable. No entiendo cómo esa opresión escala tan rápido. Me obliga a levantarme de mi asiento, pero no corro hasta la puerta de la habitación, dejo que mis pies descalzos se posen suavemente sobre el piso helado. Abro la puerta con tres dedos, asomo un ojo por el resquicio que se forma. Ella sigue acostada: pequeña y vulnerable. Suspiro al ver que su vientre se hincha y deshincha al ritmo de su respiración. O eso creo. Ya no estoy segura de que ella respira, desde esta distancia puede tratarse solo de una ilusión óptica. El corazón se me acelera y siento el miedo como una descarga eléctrica. Abro la puerta hasta que el espacio es suficiente para pasar mi cuerpo. Avanzo de puntitas, tratando de estirar las piernas lo más que puedo, para limitar el número de pasos hasta el colchón. Me paro junto a ella y observo su pecho con detenimiento. Creo que se mueve, o no lo sé. Sudo frío, pero no me atrevo a poner mi mano sobre su cuerpecito, ni acercar mi oído hasta su rostro para escuchar el aire emerger de su boca; no quiero despertarla, con el trabajo que nos costó dormirla. Ojalá esté dormida. Tiene que estar dormida, no hay otra opción, para mí no hay otra opción. Muero de ansias por ver llegar a Oziel y al mismo tiempo tengo miedo de que llegue. Me quedo paralizada y evito hacer el mínimo ruido al aspirar para que mi respiración no se confunda con la de ella. De pronto veo una vibración en su ojo derecho, un movimiento casi imperceptible debajo del párpado. He escuchado que cuando eso pasa, la persona dormida está soñando. Espero que sean sueños agradables. De ninguna manera deberían ser pesadillas, qué terrible, tan pequeña y experimentar cosas que la atemoricen. Parece como si no respirara y para colmo no percibo que se mueva. Recuerdo que de pequeña yo era muy inquieta al momento de dormir: daba vueltas, pateaba a mis hermanas, rechinaba los dientes e incluso maldecía entre sueños. De niña sufría de horribles pesadillas: figuras negras que se posaban sobre mi cuerpo y me cortaban el aliento, niños mutilados que me acechaban entre los muebles de mi cuarto y una casa plagada de tinieblas, con llantos de procedencia indefinible. Mojaba la cama, casi todas las noches era lo mismo. Mis hermanas me aborrecían por eso, y yo, yo recibía mis castigos con estoicismo. En cambio ella duerme — ojalá que duerma — de forma apacible, como si nada en este mundo pudiera lastimarla. Cómo es eso posible. Son mis nervios, mi ansiedad, no lo sé, pero dudo de lo que veo, no sé si en realidad respira y si de verdad vi el movimiento de su ojo bajo el párpado. Me recojo el cabello y poco a poco agacho la cabeza para acercar mi oído sobre su boca. Aguanto el aliento, no quiero despertarla, no quiero que llore. Y por fin detecto un resuello, la suave salida del aire por sus fosas nasales. Me tranquilizo, el calor regresa a mis manos que se habían puesto frías. Al salir del cuarto pienso en mi hermana Graciela, en su insistencia por no tener hijos nunca, en el miedo que le tenía al cuidado de una criatura, a la posibilidad de la muerte de cuna; ahora la entiendo. Y, sin embargo, tuvo cuatro hijos. Yo, en cambio, le tengo más miedo a Oziel, temo a la posibilidad de que llegara y descubriera que la niña no respira, de que me culpe de haber hecho algo mal, algo irreversible. Me tiemblan las piernas. Soy incapaz de volver al sillón, me quedo ahí parada y apoyo mi espalda contra la puerta. Desde aquí veo la pantalla de la televisión: los pájaros surcan el cielo por encima del muro de una frontera, una familia de tres personas observa la danza aérea, la luz del ocaso los hace lucir como estatuas. El brillo en los ojos de la mujer, con un hijo en brazos, me pone triste. Imagino su éxodo por esta tierra de nadie, su fortaleza para llegar hasta donde están. Comienzo a arrepentirme de toda esta situación, de tener a la niña y esta zozobra interminable. Los padres que aman a sus hijos harían cualquier cosa por ellos. Si uno de ellos estuviera perdido o secuestrado lo buscarían hasta en los lugares más hostiles, por ejemplo, en un lugar como este vecindario, sin importar el peligro de monstruos como Oziel y como yo. Si esos padres tuvieran los recursos y el poder, fácilmente podrían contratar a investigadores expertos. Fácilmente podrían dar con una pocilga como esta. En cualquier momento podrían derribar la puerta y entrar con violencia, tirarme al piso y poner una bota en mi cuello mientras apuntan sus armas contra mi cabeza. Escucho el sonido de una sirena a lo lejos y me estremezco. La ansiedad, la comezón, la boca seca y el frío me vuelven a atacar. Me desespero, quiero llorar o salir corriendo, pero no me atrevo. Es tan extraño que la niña no despierte, que no llore, que no se mueva. Pero es más extraño que Oziel aún no regrese aquí, me dijo que esto sería sencillo, que todo iba a salir bien. Ahora no dejo de pensar en lo que serían capaces de hacer unos padres heridos, unos padres con los recursos para vengar a su hija. Entreabro la puerta de la habitación, miro por el resquicio: la niña aún se encuentra acostada en el colchón mugroso, en la misma posición desde hace horas, al igual que su plato de comida intacta.

 

La veo, se mueve, sí, creo que la vi moverse; su estómago se levanta al ritmo de su lenta respiración, parece que sigue dormida. Cierro la puerta tratando de hacer el menor ruido posible. Camino de puntitas hasta el sillón. Enciendo el televisor y de inmediato bajo el volumen hasta el mínimo. Un documental sobre aves migratorias: parvadas negras que se elevan al cielo desde los árboles, una mancha densa que ondula como petróleo sobre las olas. Aguzo el oído, intento escuchar la respiración de la niña tras la puerta, el sonido del friccionar de sus piernas sobre las sábanas. No detecto nada, me alarmo, es una sensación que presiona mi pecho hasta que se vuelve insoportable. No entiendo cómo esa opresión escala tan rápido. Me obliga a levantarme de mi asiento, pero no corro hasta la puerta de la habitación, dejo que mis pies descalzos se posen suavemente sobre el piso helado. Abro la puerta con tres dedos, asomo un ojo por el resquicio que se forma. Ella sigue acostada: pequeña y vulnerable. Suspiro al ver que su vientre se hincha y deshincha al ritmo de su respiración. O eso creo. Ya no estoy segura de que ella respira, desde esta distancia puede tratarse solo de una ilusión óptica. El corazón se me acelera y siento el miedo como una descarga eléctrica. Abro la puerta hasta que el espacio es suficiente para pasar mi cuerpo. Avanzo de puntitas, tratando de estirar las piernas lo más que puedo, para limitar el número de pasos hasta el colchón. Me paro junto a ella y observo su pecho con detenimiento. Creo que se mueve, o no lo sé. Sudo frío, pero no me atrevo a poner mi mano sobre su cuerpecito, ni acercar mi oído hasta su rostro para escuchar el aire emerger de su boca; no quiero despertarla, con el trabajo que nos costó dormirla. Ojalá esté dormida. Tiene que estar dormida, no hay otra opción, para mí no hay otra opción. Muero de ansias por ver llegar a Oziel y al mismo tiempo tengo miedo de que llegue. Me quedo paralizada y evito hacer el mínimo ruido al aspirar para que mi respiración no se confunda con la de ella. De pronto veo una vibración en su ojo derecho, un movimiento casi imperceptible debajo del párpado. He escuchado que cuando eso pasa, la persona dormida está soñando. Espero que sean sueños agradables. De ninguna manera deberían ser pesadillas, qué terrible, tan pequeña y experimentar cosas que la atemoricen. Parece como si no respirara y para colmo no percibo que se mueva. Recuerdo que de pequeña yo era muy inquieta al momento de dormir: daba vueltas, pateaba a mis hermanas, rechinaba los dientes e incluso maldecía entre sueños. De niña sufría de horribles pesadillas: figuras negras que se posaban sobre mi cuerpo y me cortaban el aliento, niños mutilados que me acechaban entre los muebles de mi cuarto y una casa plagada de tinieblas, con llantos de procedencia indefinible. Mojaba la cama, casi todas las noches era lo mismo. Mis hermanas me aborrecían por eso, y yo, yo recibía mis castigos con estoicismo. En cambio ella duerme — ojalá que duerma — de forma apacible, como si nada en este mundo pudiera lastimarla. Cómo es eso posible. Son mis nervios, mi ansiedad, no lo sé, pero dudo de lo que veo, no sé si en realidad respira y si de verdad vi el movimiento de su ojo bajo el párpado. Me recojo el cabello y poco a poco agacho la cabeza para acercar mi oído sobre su boca. Aguanto el aliento, no quiero despertarla, no quiero que llore. Y por fin detecto un resuello, la suave salida del aire por sus fosas nasales. Me tranquilizo, el calor regresa a mis manos que se habían puesto frías. Al salir del cuarto pienso en mi hermana Graciela, en su insistencia por no tener hijos nunca, en el miedo que le tenía al cuidado de una criatura, a la posibilidad de la muerte de cuna; ahora la entiendo. Y, sin embargo, tuvo cuatro hijos. Yo, en cambio, le tengo más miedo a Oziel, temo a la posibilidad de que llegara y descubriera que la niña no respira, de que me culpe de haber hecho algo mal, algo irreversible. Me tiemblan las piernas. Soy incapaz de volver al sillón, me quedo ahí parada y apoyo mi espalda contra la puerta. Desde aquí veo la pantalla de la televisión: los pájaros surcan el cielo por encima del muro de una frontera, una familia de tres personas observa la danza aérea, la luz del ocaso los hace lucir como estatuas. El brillo en los ojos de la mujer, con un hijo en brazos, me pone triste. Imagino su éxodo por esta tierra de nadie, su fortaleza para llegar hasta donde están. Comienzo a arrepentirme de toda esta situación, de tener a la niña y esta zozobra interminable. Los padres que aman a sus hijos harían cualquier cosa por ellos. Si uno de ellos estuviera perdido o secuestrado lo buscarían hasta en los lugares más hostiles, por ejemplo, en un lugar como este vecindario, sin importar el peligro de monstruos como Oziel y como yo. Si esos padres tuvieran los recursos y el poder, fácilmente podrían contratar a investigadores expertos. Fácilmente podrían dar con una pocilga como esta. En cualquier momento podrían derribar la puerta y entrar con violencia, tirarme al piso y poner una bota en mi cuello mientras apuntan sus armas contra mi cabeza. Escucho el sonido de una sirena a lo lejos y me estremezco. La ansiedad, la comezón, la boca seca y el frío me vuelven a atacar. Me desespero, quiero llorar o salir corriendo, pero no me atrevo. Es tan extraño que la niña no despierte, que no llore, que no se mueva. Pero es más extraño que Oziel aún no regrese aquí, me dijo que esto sería sencillo, que todo iba a salir bien. Ahora no dejo de pensar en lo que serían capaces de hacer unos padres heridos, unos padres con los recursos para vengar a su hija. Entreabro la puerta de la habitación, miro por el resquicio: la niña aún se encuentra acostada en el colchón mugroso, en la misma posición desde hace horas, al igual que su plato de comida intacta.

 

Rogelio Silva Cerna, Colima, Colima, México. Escribe y dibuja. Espera que, entre esas dos acciones, algún mensaje quede bien plasmado.

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