Un lugar en medio

de la nada

N.014 - Narrativa

Un lugar en medio

de la nada

N.014 - Narrativa

 Un lugar en medio

de la nada

N.014 - NArrativa

Un lugar en medio

de la nada

N.014 - Narrativa

Un lugar en medio

de la nada

N.014 - Narrativa

Escrito por Antonio Arjona Huelgas

Escrito por Antonio Arjona Huelgas

Escrito por Antonio Arjona Huelgas

Escrito por Antonio Arjona Huelgas

Escrito por Antonio Arjona Huelgas

Nadie pudo predecir que el universo se extinguiría tan rápido. La expansión era creciente, exponencial; la entropía, arrasadora, pero era inimaginable esperar una abrumadora aceleración del final. La continuidad de trillones de años se redujo a instantes y, en apenas unos años, el universo fue sumido en la oscuridad absoluta, poco antes de su desaparición. ¿Pero quién podría asegurar que los siglos y las horas y los segundos fueran tales en un cosmos irrumpido? ¿No podía el segundo, medido por el golpeteo de una varilla, tardar una eternidad entre un golpeteo y otro y en cada silencio haberse desvanecido una galaxia? Nadie que viviera en ese momento podría asegurar nada previo al aceleramiento.

En el poco tiempo que tuvieron para prepararse, hubo una civilización que encontró la forma de salvarse de su desintegración: no podrían retroceder la entropía, sabían que el universo se perdería. Sin embargo, encontraron la forma de aislarse en un sistema estático, autocontenido, cuyo equilibrio se mantenía en sí mismo, bajo sus propias funciones. Tuvieron que simular las principales fuerzas externas que mantenían en orden la galaxia, así los sistemas solares, y por ende la vida. Sus avances les permitieron aislar su núcleo galáctico, autoalimentado, en un llamado “almacenamiento único”, que permitía generar un movimiento acelerado que compensaba la relación de su sistema con el resto de las galaxias. A su vez, tuvieron que separar su galaxia del resto del cosmos, preservando su temperatura, sus condiciones. Hubo que generar otra serie de subsistemas funcionales, de modo que el equilibrio pudiera mantenerse. De igual manera, crearon su propia entropía, una que a la larga sería mucho más lenta, con el fin de persistir.

Mientras las demás galaxias se desvanecían, los espacios se hacían más amplios y cada planeta se desintegraba al punto en que ni siquiera las partículas podían sostenerse. Cuando la única eternidad era la nada misma, la civilización final preservó la memoria de cuánto pudo. Nunca encontraron el modo de revertir la entropía, solo pudieron presenciar la desaparición del resto del universo. Sin embargo, aún en los cielos se alcanzaba a ver la luz de las estrellas de galaxias lejanas, pues, a pesar de la extinción de estas, el brillo todavía mantuvo su viaje de miles de millones de años luz. Las civilizaciones más jóvenes comenzaron a desarrollar su conocimiento a partir del recuerdo de un cosmos perdido en la muerte. Poco a poco, la mayor parte de esas estrellas desapareció del horizonte, dando lugar a mitos muy particulares sobre la caída de tres cuartas partes de los astros por la rebelión de los dioses. Había suficiente luz de las estrellas de su propia galaxia como para iluminar la noche, no obstante, jamás supieron del final de todo cuanto pobló la más absoluta lejanía.

Por supuesto, la civilización final, esa que había logrado salvar su hogar a costa de la pérdida de tantas vidas y lugares a los que habían logrado llegar, tuvo que mantener un férreo control sobre su desarrollo y el crecimiento de su población, ya que no había más lugares dónde expandirse. Tampoco tenían forma de extender su galaxia, a pesar de que el espacio a su alrededor era un vacío congelado. También debieron controlar los avances y el conocimiento que construían las civilizaciones jóvenes, sin que estas supieran la verdad. Cualquier intento por salir no solo representaría el fin de quiénes lo intentasen, sino que desequilibraría el sistema aislado, exponiendo al mundo a la entropía del exterior. Nació la mentira de una tierra pequeña, limitada, para que la idea de las tierras infinitas no les llevara a la nada sin fin.

Así, en el último rincón del universo, en un páramo flotando en la nada, en un sistema estático, tan solo existente en sí mismo, una niña miraba el cielo nocturno junto a su madre. Imaginaba que ese cosmos debía ser muy similar a su hogar, esas luces en el cielo eran estrellas de algo que, si lo pensaba mucho, era como si jamás hubiese existido y en cierto modo así sería cuando el propio tiempo se desvaneciera en el exterior. Entonces habló: “Es una imagen hermosa. Y pensar que el universo desapareció hace siglos”. 


Nadie pudo predecir que el universo se extinguiría tan rápido. La expansión era creciente, exponencial; la entropía, arrasadora, pero era inimaginable esperar una abrumadora aceleración del final. La continuidad de trillones de años se redujo a instantes y, en apenas unos años, el universo fue sumido en la oscuridad absoluta, poco antes de su desaparición. ¿Pero quién podría asegurar que los siglos y las horas y los segundos fueran tales en un cosmos irrumpido? ¿No podía el segundo, medido por el golpeteo de una varilla, tardar una eternidad entre un golpeteo y otro y en cada silencio haberse desvanecido una galaxia? Nadie que viviera en ese momento podría asegurar nada previo al aceleramiento.

En el poco tiempo que tuvieron para prepararse, hubo una civilización que encontró la forma de salvarse de su desintegración: no podrían retroceder la entropía, sabían que el universo se perdería. Sin embargo, encontraron la forma de aislarse en un sistema estático, autocontenido, cuyo equilibrio se mantenía en sí mismo, bajo sus propias funciones. Tuvieron que simular las principales fuerzas externas que mantenían en orden la galaxia, así los sistemas solares, y por ende la vida. Sus avances les permitieron aislar su núcleo galáctico, autoalimentado, en un llamado “almacenamiento único”, que permitía generar un movimiento acelerado que compensaba la relación de su sistema con el resto de las galaxias. A su vez, tuvieron que separar su galaxia del resto del cosmos, preservando su temperatura, sus condiciones. Hubo que generar otra serie de subsistemas funcionales, de modo que el equilibrio pudiera mantenerse. De igual manera, crearon su propia entropía, una que a la larga sería mucho más lenta, con el fin de persistir.

Mientras las demás galaxias se desvanecían, los espacios se hacían más amplios y cada planeta se desintegraba al punto en que ni siquiera las partículas podían sostenerse. Cuando la única eternidad era la nada misma, la civilización final preservó la memoria de cuánto pudo. Nunca encontraron el modo de revertir la entropía, solo pudieron presenciar la desaparición del resto del universo. Sin embargo, aún en los cielos se alcanzaba a ver la luz de las estrellas de galaxias lejanas, pues, a pesar de la extinción de estas, el brillo todavía mantuvo su viaje de miles de millones de años luz. Las civilizaciones más jóvenes comenzaron a desarrollar su conocimiento a partir del recuerdo de un cosmos perdido en la muerte. Poco a poco, la mayor parte de esas estrellas desapareció del horizonte, dando lugar a mitos muy particulares sobre la caída de tres cuartas partes de los astros por la rebelión de los dioses. Había suficiente luz de las estrellas de su propia galaxia como para iluminar la noche, no obstante, jamás supieron del final de todo cuanto pobló la más absoluta lejanía.

Por supuesto, la civilización final, esa que había logrado salvar su hogar a costa de la pérdida de tantas vidas y lugares a los que habían logrado llegar, tuvo que mantener un férreo control sobre su desarrollo y el crecimiento de su población, ya que no había más lugares dónde expandirse. Tampoco tenían forma de extender su galaxia, a pesar de que el espacio a su alrededor era un vacío congelado. También debieron controlar los avances y el conocimiento que construían las civilizaciones jóvenes, sin que estas supieran la verdad. Cualquier intento por salir no solo representaría el fin de quiénes lo intentasen, sino que desequilibraría el sistema aislado, exponiendo al mundo a la entropía del exterior. Nació la mentira de una tierra pequeña, limitada, para que la idea de las tierras infinitas no les llevara a la nada sin fin.

Así, en el último rincón del universo, en un páramo flotando en la nada, en un sistema estático, tan solo existente en sí mismo, una niña miraba el cielo nocturno junto a su madre. Imaginaba que ese cosmos debía ser muy similar a su hogar, esas luces en el cielo eran estrellas de algo que, si lo pensaba mucho, era como si jamás hubiese existido y en cierto modo así sería cuando el propio tiempo se desvaneciera en el exterior. Entonces habló: “Es una imagen hermosa. Y pensar que el universo desapareció hace siglos”. 

 

Nadie pudo predecir que el universo se extinguiría tan rápido. La expansión era creciente, exponencial; la entropía, arrasadora, pero era inimaginable esperar una abrumadora aceleración del final. La continuidad de trillones de años se redujo a instantes y, en apenas unos años, el universo fue sumido en la oscuridad absoluta, poco antes de su desaparición. ¿Pero quién podría asegurar que los siglos y las horas y los segundos fueran tales en un cosmos irrumpido? ¿No podía el segundo, medido por el golpeteo de una varilla, tardar una eternidad entre un golpeteo y otro y en cada silencio haberse desvanecido una galaxia? Nadie que viviera en ese momento podría asegurar nada previo al aceleramiento.

En el poco tiempo que tuvieron para prepararse, hubo una civilización que encontró la forma de salvarse de su desintegración: no podrían retroceder la entropía, sabían que el universo se perdería. Sin embargo, encontraron la forma de aislarse en un sistema estático, autocontenido, cuyo equilibrio se mantenía en sí mismo, bajo sus propias funciones. Tuvieron que simular las principales fuerzas externas que mantenían en orden la galaxia, así los sistemas solares, y por ende la vida. Sus avances les permitieron aislar su núcleo galáctico, autoalimentado, en un llamado “almacenamiento único”, que permitía generar un movimiento acelerado que compensaba la relación de su sistema con el resto de las galaxias. A su vez, tuvieron que separar su galaxia del resto del cosmos, preservando su temperatura, sus condiciones. Hubo que generar otra serie de subsistemas funcionales, de modo que el equilibrio pudiera mantenerse. De igual manera, crearon su propia entropía, una que a la larga sería mucho más lenta, con el fin de persistir.

Mientras las demás galaxias se desvanecían, los espacios se hacían más amplios y cada planeta se desintegraba al punto en que ni siquiera las partículas podían sostenerse. Cuando la única eternidad era la nada misma, la civilización final preservó la memoria de cuánto pudo. Nunca encontraron el modo de revertir la entropía, solo pudieron presenciar la desaparición del resto del universo. Sin embargo, aún en los cielos se alcanzaba a ver la luz de las estrellas de galaxias lejanas, pues, a pesar de la extinción de estas, el brillo todavía mantuvo su viaje de miles de millones de años luz. Las civilizaciones más jóvenes comenzaron a desarrollar su conocimiento a partir del recuerdo de un cosmos perdido en la muerte. Poco a poco, la mayor parte de esas estrellas desapareció del horizonte, dando lugar a mitos muy particulares sobre la caída de tres cuartas partes de los astros por la rebelión de los dioses. Había suficiente luz de las estrellas de su propia galaxia como para iluminar la noche, no obstante, jamás supieron del final de todo cuanto pobló la más absoluta lejanía.

Por supuesto, la civilización final, esa que había logrado salvar su hogar a costa de la pérdida de tantas vidas y lugares a los que habían logrado llegar, tuvo que mantener un férreo control sobre su desarrollo y el crecimiento de su población, ya que no había más lugares dónde expandirse. Tampoco tenían forma de extender su galaxia, a pesar de que el espacio a su alrededor era un vacío congelado. También debieron controlar los avances y el conocimiento que construían las civilizaciones jóvenes, sin que estas supieran la verdad. Cualquier intento por salir no solo representaría el fin de quiénes lo intentasen, sino que desequilibraría el sistema aislado, exponiendo al mundo a la entropía del exterior. Nació la mentira de una tierra pequeña, limitada, para que la idea de las tierras infinitas no les llevara a la nada sin fin.

Así, en el último rincón del universo, en un páramo flotando en la nada, en un sistema estático, tan solo existente en sí mismo, una niña miraba el cielo nocturno junto a su madre. Imaginaba que ese cosmos debía ser muy similar a su hogar, esas luces en el cielo eran estrellas de algo que, si lo pensaba mucho, era como si jamás hubiese existido y en cierto modo así sería cuando el propio tiempo se desvaneciera en el exterior. Entonces habló: “Es una imagen hermosa. Y pensar que el universo desapareció hace siglos”. 

 

Nadie pudo predecir que el universo se extinguiría tan rápido. La expansión era creciente, exponencial; la entropía, arrasadora, pero era inimaginable esperar una abrumadora aceleración del final. La continuidad de trillones de años se redujo a instantes y, en apenas unos años, el universo fue sumido en la oscuridad absoluta, poco antes de su desaparición. ¿Pero quién podría asegurar que los siglos y las horas y los segundos fueran tales en un cosmos irrumpido? ¿No podía el segundo, medido por el golpeteo de una varilla, tardar una eternidad entre un golpeteo y otro y en cada silencio haberse desvanecido una galaxia? Nadie que viviera en ese momento podría asegurar nada previo al aceleramiento.

En el poco tiempo que tuvieron para prepararse, hubo una civilización que encontró la forma de salvarse de su desintegración: no podrían retroceder la entropía, sabían que el universo se perdería. Sin embargo, encontraron la forma de aislarse en un sistema estático, autocontenido, cuyo equilibrio se mantenía en sí mismo, bajo sus propias funciones. Tuvieron que simular las principales fuerzas externas que mantenían en orden la galaxia, así los sistemas solares, y por ende la vida. Sus avances les permitieron aislar su núcleo galáctico, autoalimentado, en un llamado “almacenamiento único”, que permitía generar un movimiento acelerado que compensaba la relación de su sistema con el resto de las galaxias. A su vez, tuvieron que separar su galaxia del resto del cosmos, preservando su temperatura, sus condiciones. Hubo que generar otra serie de subsistemas funcionales, de modo que el equilibrio pudiera mantenerse. De igual manera, crearon su propia entropía, una que a la larga sería mucho más lenta, con el fin de persistir.

Mientras las demás galaxias se desvanecían, los espacios se hacían más amplios y cada planeta se desintegraba al punto en que ni siquiera las partículas podían sostenerse. Cuando la única eternidad era la nada misma, la civilización final preservó la memoria de cuánto pudo. Nunca encontraron el modo de revertir la entropía, solo pudieron presenciar la desaparición del resto del universo. Sin embargo, aún en los cielos se alcanzaba a ver la luz de las estrellas de galaxias lejanas, pues, a pesar de la extinción de estas, el brillo todavía mantuvo su viaje de miles de millones de años luz. Las civilizaciones más jóvenes comenzaron a desarrollar su conocimiento a partir del recuerdo de un cosmos perdido en la muerte. Poco a poco, la mayor parte de esas estrellas desapareció del horizonte, dando lugar a mitos muy particulares sobre la caída de tres cuartas partes de los astros por la rebelión de los dioses. Había suficiente luz de las estrellas de su propia galaxia como para iluminar la noche, no obstante, jamás supieron del final de todo cuanto pobló la más absoluta lejanía.

Por supuesto, la civilización final, esa que había logrado salvar su hogar a costa de la pérdida de tantas vidas y lugares a los que habían logrado llegar, tuvo que mantener un férreo control sobre su desarrollo y el crecimiento de su población, ya que no había más lugares dónde expandirse. Tampoco tenían forma de extender su galaxia, a pesar de que el espacio a su alrededor era un vacío congelado. También debieron controlar los avances y el conocimiento que construían las civilizaciones jóvenes, sin que estas supieran la verdad. Cualquier intento por salir no solo representaría el fin de quiénes lo intentasen, sino que desequilibraría el sistema aislado, exponiendo al mundo a la entropía del exterior. Nació la mentira de una tierra pequeña, limitada, para que la idea de las tierras infinitas no les llevara a la nada sin fin.

Así, en el último rincón del universo, en un páramo flotando en la nada, en un sistema estático, tan solo existente en sí mismo, una niña miraba el cielo nocturno junto a su madre. Imaginaba que ese cosmos debía ser muy similar a su hogar, esas luces en el cielo eran estrellas de algo que, si lo pensaba mucho, era como si jamás hubiese existido y en cierto modo así sería cuando el propio tiempo se desvaneciera en el exterior. Entonces habló: “Es una imagen hermosa. Y pensar que el universo desapareció hace siglos”. 

 

Nadie pudo predecir que el universo se extinguiría tan rápido. La expansión era creciente, exponencial; la entropía, arrasadora, pero era inimaginable esperar una abrumadora aceleración del final. La continuidad de trillones de años se redujo a instantes y, en apenas unos años, el universo fue sumido en la oscuridad absoluta, poco antes de su desaparición. ¿Pero quién podría asegurar que los siglos y las horas y los segundos fueran tales en un cosmos irrumpido? ¿No podía el segundo, medido por el golpeteo de una varilla, tardar una eternidad entre un golpeteo y otro y en cada silencio haberse desvanecido una galaxia? Nadie que viviera en ese momento podría asegurar nada previo al aceleramiento.

En el poco tiempo que tuvieron para prepararse, hubo una civilización que encontró la forma de salvarse de su desintegración: no podrían retroceder la entropía, sabían que el universo se perdería. Sin embargo, encontraron la forma de aislarse en un sistema estático, autocontenido, cuyo equilibrio se mantenía en sí mismo, bajo sus propias funciones. Tuvieron que simular las principales fuerzas externas que mantenían en orden la galaxia, así los sistemas solares, y por ende la vida. Sus avances les permitieron aislar su núcleo galáctico, autoalimentado, en un llamado “almacenamiento único”, que permitía generar un movimiento acelerado que compensaba la relación de su sistema con el resto de las galaxias. A su vez, tuvieron que separar su galaxia del resto del cosmos, preservando su temperatura, sus condiciones. Hubo que generar otra serie de subsistemas funcionales, de modo que el equilibrio pudiera mantenerse. De igual manera, crearon su propia entropía, una que a la larga sería mucho más lenta, con el fin de persistir.

Mientras las demás galaxias se desvanecían, los espacios se hacían más amplios y cada planeta se desintegraba al punto en que ni siquiera las partículas podían sostenerse. Cuando la única eternidad era la nada misma, la civilización final preservó la memoria de cuánto pudo. Nunca encontraron el modo de revertir la entropía, solo pudieron presenciar la desaparición del resto del universo. Sin embargo, aún en los cielos se alcanzaba a ver la luz de las estrellas de galaxias lejanas, pues, a pesar de la extinción de estas, el brillo todavía mantuvo su viaje de miles de millones de años luz. Las civilizaciones más jóvenes comenzaron a desarrollar su conocimiento a partir del recuerdo de un cosmos perdido en la muerte. Poco a poco, la mayor parte de esas estrellas desapareció del horizonte, dando lugar a mitos muy particulares sobre la caída de tres cuartas partes de los astros por la rebelión de los dioses. Había suficiente luz de las estrellas de su propia galaxia como para iluminar la noche, no obstante, jamás supieron del final de todo cuanto pobló la más absoluta lejanía.

Por supuesto, la civilización final, esa que había logrado salvar su hogar a costa de la pérdida de tantas vidas y lugares a los que habían logrado llegar, tuvo que mantener un férreo control sobre su desarrollo y el crecimiento de su población, ya que no había más lugares dónde expandirse. Tampoco tenían forma de extender su galaxia, a pesar de que el espacio a su alrededor era un vacío congelado. También debieron controlar los avances y el conocimiento que construían las civilizaciones jóvenes, sin que estas supieran la verdad. Cualquier intento por salir no solo representaría el fin de quiénes lo intentasen, sino que desequilibraría el sistema aislado, exponiendo al mundo a la entropía del exterior. Nació la mentira de una tierra pequeña, limitada, para que la idea de las tierras infinitas no les llevara a la nada sin fin.

Así, en el último rincón del universo, en un páramo flotando en la nada, en un sistema estático, tan solo existente en sí mismo, una niña miraba el cielo nocturno junto a su madre. Imaginaba que ese cosmos debía ser muy similar a su hogar, esas luces en el cielo eran estrellas de algo que, si lo pensaba mucho, era como si jamás hubiese existido y en cierto modo así sería cuando el propio tiempo se desvaneciera en el exterior. Entonces habló: “Es una imagen hermosa. Y pensar que el universo desapareció hace siglos”. 

 

Antonio Arjona Huelgas. Escritor e historiador. Interesado en los nuevos horizontes de la literatura. Ha publicado en diferentes antologías, tanto con su nombre como con la firma "Antonio A. Huelgas".

 

Página: Memorias andantes

Instagram: Antonio Arjona Huelgas

Imagen de portada: Claudine Doury

Antonio Arjona Huelgas. Escritor e historiador. Interesado en los nuevos horizontes de la literatura. Ha publicado en diferentes antologías, tanto con su nombre como con la firma "Antonio A. Huelgas".

 

Página: Memorias andantes

Instagram: Antonio Arjona Huelgas

Foto de portada: Claudine Doury

 

Antonio Arjona Huelgas. Escritor e historiador. Interesado en los nuevos horizontes de la literatura. Ha publicado en diferentes antologías, tanto con su nombre como con la firma "Antonio A. Huelgas".

 

Página: Memorias andantes

Instagram: Antonio Arjona Huelgas

Imagen de portada: Claudine Doury

Antonio Arjona Huelgas. Escritor e historiador. Interesado en los nuevos horizontes de la literatura. Ha publicado en diferentes antologías, tanto con su nombre como con la firma "Antonio A. Huelgas".

 

Página: Memorias andantes

Instagram: Antonio Arjona Huelgas

Imagen de portada: Claudine Doury

Antonio Arjona Huelgas. Escritor e historiador. Interesado en los nuevos horizontes de la literatura. Ha publicado en diferentes antologías, tanto con su nombre como con la firma "Antonio A. Huelgas".

 

Página: Memorias andantes

Instagram: Antonio Arjona Huelgas

Imagen de portada: Claudine Doury

m_caniche

Solo los caniches pueden viajar en el tiempo

N.014 - Poesía

Acércate a nosotros

Nuestra meta

Suscríbete

Nuestro propósito es servir como una plataforma de difusión para escritores de habla hispana.

La Revista Himen es un proyecto completamente independiente. Puedes apoyarnos  haciendo una donación.

Himen es un proyecto independiente. Nuestro propósito es servir como una plataforma para exponer escritores de habla hispana.

La Revista Himen es un proyecto completamente independiente. Puedes apoyarnos comprando nuestros productos o haciendo una donación.

Himen es un proyecto independiente. Nuestro propósito es servir como una plataforma para exponer escritores de habla hispana.

La Revista Himen es un proyecto completamente independiente. Puedes apoyarnos comprando nuestros productos o haciendo una donación.

Himen es un proyecto independiente. Nuestro propósito es servir como una plataforma para exponer escritores de habla hispana.

La Revista Himen es un proyecto completamente independiente. Puedes apoyarnos comprando nuestros productos o haciendo una donación.

Suscríbete a nuestra Newsletter y entérate de nuestras convocatorias. Prometemos no llenar tu correo de spam :)

Suscríbete a nuestra Newsletter y entérate de nuestras convocatorias. Prometemos no llenar tu correo de spam :)

Suscríbete a nuestra Newsletter y entérate de nuestras convocatorias. Prometemos no llenar tu correo de spam :)

circulo-animacion
logo_himen-01

© 2013 – 2019 Revista Himen. Diseño por C.A.

Términos y Condiciones - Copyrights