Un día de furia

N.002 - Narrativa

Un día de furia

N.002 - Narrativa

Un día de furia

N.002 - Narrativa

Un día de furia

N.002 - Narrativa

Un día de furia

N.002 - Narrativa

Escrito por Miguel Ángel Santos G.

“Guíanos por el camino correcto, el camino de los que has favorecido”
Oración musulmana.

Trataste de sacar la idea de tu cabeza durante toda la noche. Tienes que reconocer que no fue fácil: cada ocasión en que te detuviste a imaginar las distintas posibilidades, algo dentro de ti sonaba como el eco de una duda; no obstante, tras mirar el siete con treinta y cinco en números rojos en el despertador con los acordes de Wish you were here de fondo, decidiste levantarte de una vez. De pronto te invadió el miedo bajo el agua de la regadera, esas ganas de no pertenecer, y de nuevo la duda se magnificaba en su eco de cinco letras dispersas. Lloraste. No supiste de bien a bien si ese llanto era de resignación o de alegría por el fin de la espera.

Preparaste tu ropa con sumo cuidado; sacaste los zapatos lustrosos, el cinturón de hebilla delgada, tomaste la corbata lila rayada y la pasaste por el cuello impecable y blanco de tu camisa. Te apoyaste en el lavabo para mirarte en el espejo una última vez antes de partir. No quedaba en ti ningún rescoldo de llanto cuando saliste al fresco de la mañana con tu maleta y un libro bastante gastado entre tus manos.

Supiste entonces que era inevitable: de la duda misma sacaste entereza, miraste tus manos grandes y nerviosas, cerraste luego los ojos y repasaste los cinco pilares, aquellas palabras eternas e increadas. Murmuraste las últimas azoras apenas moviendo los labios. Extendiste de súbito tu mano derecha hacia el río de la calle después de volver del trance. Subiste a un taxi.

Sentado en medio de la terminal ruidosa, esperaste que anunciaran el vuelo. Tu mirada al frente, la pierna izquierda cruzada, las manos descansando en tu regazo, sobre el libro.
Volteabas de cuando en cuando tus ojos negros al reloj de grandes dígitos que semejaba a aquel sobre la mesa al lado de tu cama. La voz se escuchó como a través de un filtro metálico, indicando el abordaje de los pasajeros con destino a una ciudad que para otros no sería definitiva. Te levantaste, apretaste fuerte el libro contra tu costado, como protegiéndolo, te agachaste levemente para levantar el maletín y te dirigiste tranquilo, pleno hacia las puertas de cristal automáticas que conducían al túnel alfombrado.

Te sentiste invadido de una enorme paz una vez que estuviste sentado en tu asiento. A tu derecha, una mujer madura de cabello castaño claro y lentes; a tu izquierda, un hombre grueso y sudoroso que tenía el pánico tatuado en su mirada. Pensaste que sería su primera vez en un avión, consideraste la idea de charlar con él un poco y tranquilizarlo, pero caíste en cuenta de que intentarlo sería una broma cruel. En cambio, la mujer permanecía en silencio recostada sobre el cabezal escuchando música con los ojos cerrados, podías ver los cables delgados de color blanco perdiéndose en su cabello.

Por tu parte, abriste el libro en las primeras páginas, lo acariciaste amoroso, pasaste las manos sobre él buscando el sentido entres sus líneas. El “esfuerzo”, el Yihad, el sacrificio, que ya te era ineludible. Pusiste a un lado el libro sagrado y, a un tiempo, tu vida en manos del profeta: antes de accionar el mecanismo del explosivo, recitaste en voz alta, ante la mirada atónita del hombre gordo sentado a tu lado, las palabras que te conducirían a tu nueva vida: la bismala que se repite una y otra vez al inicio de las azoras en el texto de Alá, “En el nombre de Dios, el Compasivo y Misericordioso”.

 

“Guíanos por el camino correcto, el camino de los que has favorecido”
Oración musulmana.

Trataste de sacar la idea de tu cabeza durante toda la noche. Tienes que reconocer que no fue fácil: cada ocasión en que te detuviste a imaginar las distintas posibilidades, algo dentro de ti sonaba como el eco de una duda; no obstante, tras mirar el siete con treinta y cinco en números rojos en el despertador con los acordes de Wish you were here de fondo, decidiste levantarte de una vez. De pronto te invadió el miedo bajo el agua de la regadera, esas ganas de no pertenecer, y de nuevo la duda se magnificaba en su eco de cinco letras dispersas. Lloraste. No supiste de bien a bien si ese llanto era de resignación o de alegría por el fin de la espera.

Preparaste tu ropa con sumo cuidado; sacaste los zapatos lustrosos, el cinturón de hebilla delgada, tomaste la corbata lila rayada y la pasaste por el cuello impecable y blanco de tu camisa. Te apoyaste en el lavabo para mirarte en el espejo una última vez antes de partir. No quedaba en ti ningún rescoldo de llanto cuando saliste al fresco de la mañana con tu maleta y un libro bastante gastado entre tus manos.

Supiste entonces que era inevitable: de la duda misma sacaste entereza, miraste tus manos grandes y nerviosas, cerraste luego los ojos y repasaste los cinco pilares, aquellas palabras eternas e increadas. Murmuraste las últimas azoras apenas moviendo los labios. Extendiste de súbito tu mano derecha hacia el río de la calle después de volver del trance. Subiste a un taxi.

Sentado en medio de la terminal ruidosa, esperaste que anunciaran el vuelo. Tu mirada al frente, la pierna izquierda cruzada, las manos descansando en tu regazo, sobre el libro.

Volteabas de cuando en cuando tus ojos negros al reloj de grandes dígitos que semejaba a aquel sobre la mesa al lado de tu cama. La voz se escuchó como a través de un filtro metálico, indicando el abordaje de los pasajeros con destino a una ciudad que para otros no sería definitiva. Te levantaste, apretaste fuerte el libro contra tu costado, como protegiéndolo, te agachaste levemente para levantar el maletín y te dirigiste tranquilo, pleno hacia las puertas de cristal automáticas que conducían al túnel alfombrado.

Te sentiste invadido de una enorme paz una vez que estuviste sentado en tu asiento. A tu derecha, una mujer madura de cabello castaño claro y lentes; a tu izquierda, un hombre grueso y sudoroso que tenía el pánico tatuado en su mirada. Pensaste que sería su primera vez en un avión, consideraste la idea de charlar con él un poco y tranquilizarlo, pero caíste en cuenta de que intentarlo sería una broma cruel. En cambio, la mujer permanecía en silencio recostada sobre el cabezal escuchando música con los ojos cerrados, podías ver los cables delgados de color blanco perdiéndose en su cabello.

Por tu parte, abriste el libro en las primeras páginas, lo acariciaste amoroso, pasaste las manos sobre él buscando el sentido entres sus líneas. El “esfuerzo”, el Yihad, el sacrificio, que ya te era ineludible. Pusiste a un lado el libro sagrado y, a un tiempo, tu vida en manos del profeta: antes de accionar el mecanismo del explosivo, recitaste en voz alta, ante la mirada atónita del hombre gordo sentado a tu lado, las palabras que te conducirían a tu nueva vida: la bismala que se repite una y otra vez al inicio de las azoras en el texto de Alá, “En el nombre de Dios, el Compasivo y Misericordioso”.

 

“Guíanos por el camino correcto, el camino de los que has favorecido”
Oración musulmana.

Trataste de sacar la idea de tu cabeza durante toda la noche. Tienes que reconocer que no fue fácil: cada ocasión en que te detuviste a imaginar las distintas posibilidades, algo dentro de ti sonaba como el eco de una duda; no obstante, tras mirar el siete con treinta y cinco en números rojos en el despertador con los acordes de Wish you were here de fondo, decidiste levantarte de una vez. De pronto te invadió el miedo bajo el agua de la regadera, esas ganas de no pertenecer, y de nuevo la duda se magnificaba en su eco de cinco letras dispersas. Lloraste. No supiste de bien a bien si ese llanto era de resignación o de alegría por el fin de la espera.

Preparaste tu ropa con sumo cuidado; sacaste los zapatos lustrosos, el cinturón de hebilla delgada, tomaste la corbata lila rayada y la pasaste por el cuello impecable y blanco de tu camisa. Te apoyaste en el lavabo para mirarte en el espejo una última vez antes de partir. No quedaba en ti ningún rescoldo de llanto cuando saliste al fresco de la mañana con tu maleta y un libro bastante gastado entre tus manos.

Supiste entonces que era inevitable: de la duda misma sacaste entereza, miraste tus manos grandes y nerviosas, cerraste luego los ojos y repasaste los cinco pilares, aquellas palabras eternas e increadas. Murmuraste las últimas azoras apenas moviendo los labios. Extendiste de súbito tu mano derecha hacia el río de la calle después de volver del trance. Subiste a un taxi.

Sentado en medio de la terminal ruidosa, esperaste que anunciaran el vuelo. Tu mirada al frente, la pierna izquierda cruzada, las manos descansando en tu regazo, sobre el libro.

Volteabas de cuando en cuando tus ojos negros al reloj de grandes dígitos que semejaba a aquel sobre la mesa al lado de tu cama. La voz se escuchó como a través de un filtro metálico, indicando el abordaje de los pasajeros con destino a una ciudad que para otros no sería definitiva. Te levantaste, apretaste fuerte el libro contra tu costado, como protegiéndolo, te agachaste levemente para levantar el maletín y te dirigiste tranquilo, pleno hacia las puertas de cristal automáticas que conducían al túnel alfombrado.

Te sentiste invadido de una enorme paz una vez que estuviste sentado en tu asiento. A tu derecha, una mujer madura de cabello castaño claro y lentes; a tu izquierda, un hombre grueso y sudoroso que tenía el pánico tatuado en su mirada. Pensaste que sería su primera vez en un avión, consideraste la idea de charlar con él un poco y tranquilizarlo, pero caíste en cuenta de que intentarlo sería una broma cruel. En cambio, la mujer permanecía en silencio recostada sobre el cabezal escuchando música con los ojos cerrados, podías ver los cables delgados de color blanco perdiéndose en su cabello.

Por tu parte, abriste el libro en las primeras páginas, lo acariciaste amoroso, pasaste las manos sobre él buscando el sentido entres sus líneas. El “esfuerzo”, el Yihad, el sacrificio, que ya te era ineludible. Pusiste a un lado el libro sagrado y, a un tiempo, tu vida en manos del profeta: antes de accionar el mecanismo del explosivo, recitaste en voz alta, ante la mirada atónita del hombre gordo sentado a tu lado, las palabras que te conducirían a tu nueva vida: la bismala que se repite una y otra vez al inicio de las azoras en el texto de Alá, “En el nombre de Dios, el Compasivo y Misericordioso”.

 

“Guíanos por el camino correcto, el camino de los que has favorecido”
Oración musulmana.

Trataste de sacar la idea de tu cabeza durante toda la noche. Tienes que reconocer que no fue fácil: cada ocasión en que te detuviste a imaginar las distintas posibilidades, algo dentro de ti sonaba como el eco de una duda; no obstante, tras mirar el siete con treinta y cinco en números rojos en el despertador con los acordes de Wish you were here de fondo, decidiste levantarte de una vez. De pronto te invadió el miedo bajo el agua de la regadera, esas ganas de no pertenecer, y de nuevo la duda se magnificaba en su eco de cinco letras dispersas. Lloraste. No supiste de bien a bien si ese llanto era de resignación o de alegría por el fin de la espera.

Preparaste tu ropa con sumo cuidado; sacaste los zapatos lustrosos, el cinturón de hebilla delgada, tomaste la corbata lila rayada y la pasaste por el cuello impecable y blanco de tu camisa. Te apoyaste en el lavabo para mirarte en el espejo una última vez antes de partir. No quedaba en ti ningún rescoldo de llanto cuando saliste al fresco de la mañana con tu maleta y un libro bastante gastado entre tus manos.

Supiste entonces que era inevitable: de la duda misma sacaste entereza, miraste tus manos grandes y nerviosas, cerraste luego los ojos y repasaste los cinco pilares, aquellas palabras eternas e increadas. Murmuraste las últimas azoras apenas moviendo los labios. Extendiste de súbito tu mano derecha hacia el río de la calle después de volver del trance. Subiste a un taxi.

Sentado en medio de la terminal ruidosa, esperaste que anunciaran el vuelo. Tu mirada al frente, la pierna izquierda cruzada, las manos descansando en tu regazo, sobre el libro.

Volteabas de cuando en cuando tus ojos negros al reloj de grandes dígitos que semejaba a aquel sobre la mesa al lado de tu cama. La voz se escuchó como a través de un filtro metálico, indicando el abordaje de los pasajeros con destino a una ciudad que para otros no sería definitiva. Te levantaste, apretaste fuerte el libro contra tu costado, como protegiéndolo, te agachaste levemente para levantar el maletín y te dirigiste tranquilo, pleno hacia las puertas de cristal automáticas que conducían al túnel alfombrado.

Te sentiste invadido de una enorme paz una vez que estuviste sentado en tu asiento. A tu derecha, una mujer madura de cabello castaño claro y lentes; a tu izquierda, un hombre grueso y sudoroso que tenía el pánico tatuado en su mirada. Pensaste que sería su primera vez en un avión, consideraste la idea de charlar con él un poco y tranquilizarlo, pero caíste en cuenta de que intentarlo sería una broma cruel. En cambio, la mujer permanecía en silencio recostada sobre el cabezal escuchando música con los ojos cerrados, podías ver los cables delgados de color blanco perdiéndose en su cabello.

Por tu parte, abriste el libro en las primeras páginas, lo acariciaste amoroso, pasaste las manos sobre él buscando el sentido entres sus líneas. El “esfuerzo”, el Yihad, el sacrificio, que ya te era ineludible. Pusiste a un lado el libro sagrado y, a un tiempo, tu vida en manos del profeta: antes de accionar el mecanismo del explosivo, recitaste en voz alta, ante la mirada atónita del hombre gordo sentado a tu lado, las palabras que te conducirían a tu nueva vida: la bismala que se repite una y otra vez al inicio de las azoras en el texto de Alá, “En el nombre de Dios, el Compasivo y Misericordioso”.

 

“Guíanos por el camino correcto, el camino de los que has favorecido”
Oración musulmana.

Trataste de sacar la idea de tu cabeza durante toda la noche. Tienes que reconocer que no fue fácil: cada ocasión en que te detuviste a imaginar las distintas posibilidades, algo dentro de ti sonaba como el eco de una duda; no obstante, tras mirar el siete con treinta y cinco en números rojos en el despertador con los acordes de Wish you were here de fondo, decidiste levantarte de una vez. De pronto te invadió el miedo bajo el agua de la regadera, esas ganas de no pertenecer, y de nuevo la duda se magnificaba en su eco de cinco letras dispersas. Lloraste. No supiste de bien a bien si ese llanto era de resignación o de alegría por el fin de la espera.

Preparaste tu ropa con sumo cuidado; sacaste los zapatos lustrosos, el cinturón de hebilla delgada, tomaste la corbata lila rayada y la pasaste por el cuello impecable y blanco de tu camisa. Te apoyaste en el lavabo para mirarte en el espejo una última vez antes de partir. No quedaba en ti ningún rescoldo de llanto cuando saliste al fresco de la mañana con tu maleta y un libro bastante gastado entre tus manos.

Supiste entonces que era inevitable: de la duda misma sacaste entereza, miraste tus manos grandes y nerviosas, cerraste luego los ojos y repasaste los cinco pilares, aquellas palabras eternas e increadas. Murmuraste las últimas azoras apenas moviendo los labios. Extendiste de súbito tu mano derecha hacia el río de la calle después de volver del trance. Subiste a un taxi.

Sentado en medio de la terminal ruidosa, esperaste que anunciaran el vuelo. Tu mirada al frente, la pierna izquierda cruzada, las manos descansando en tu regazo, sobre el libro.

Volteabas de cuando en cuando tus ojos negros al reloj de grandes dígitos que semejaba a aquel sobre la mesa al lado de tu cama. La voz se escuchó como a través de un filtro metálico, indicando el abordaje de los pasajeros con destino a una ciudad que para otros no sería definitiva. Te levantaste, apretaste fuerte el libro contra tu costado, como protegiéndolo, te agachaste levemente para levantar el maletín y te dirigiste tranquilo, pleno hacia las puertas de cristal automáticas que conducían al túnel alfombrado.

Te sentiste invadido de una enorme paz una vez que estuviste sentado en tu asiento. A tu derecha, una mujer madura de cabello castaño claro y lentes; a tu izquierda, un hombre grueso y sudoroso que tenía el pánico tatuado en su mirada. Pensaste que sería su primera vez en un avión, consideraste la idea de charlar con él un poco y tranquilizarlo, pero caíste en cuenta de que intentarlo sería una broma cruel. En cambio, la mujer permanecía en silencio recostada sobre el cabezal escuchando música con los ojos cerrados, podías ver los cables delgados de color blanco perdiéndose en su cabello.

Por tu parte, abriste el libro en las primeras páginas, lo acariciaste amoroso, pasaste las manos sobre él buscando el sentido entres sus líneas. El “esfuerzo”, el Yihad, el sacrificio, que ya te era ineludible. Pusiste a un lado el libro sagrado y, a un tiempo, tu vida en manos del profeta: antes de accionar el mecanismo del explosivo, recitaste en voz alta, ante la mirada atónita del hombre gordo sentado a tu lado, las palabras que te conducirían a tu nueva vida: la bismala que se repite una y otra vez al inicio de las azoras en el texto de Alá, “En el nombre de Dios, el Compasivo y Misericordioso”.

 

Miguel Ángel Santos G. Mi nombre es Miguel Ángel Santos, tengo 26 años, nací en un pueblo de los Altos de Jalisco llamado San Julián; radico en Guadalajara desde el 2005, soy Químico Farmacobiólogo por la UDG, actualmente me desempeño como farmacéutico co munitario y estudio la Lic. en Letras Hispánicas en la misma casa de estudios. Algunos relatos me han sido publicados en el periódico El Occidental y en el número 0 de la revista literaria La cigarra, así como en una revista electrónica argentina llamada Motor de ideas.

Imagen de portada: Mads Nissen

m_sisifo

Sísifo en las alturas

N.002 - Crónica

Acércate a nosotros

Nuestra meta

Suscríbete

Nuestro propósito es servir como una plataforma de difusión para escritores de habla hispana.

La Revista Himen es un proyecto completamente independiente. Puedes apoyarnos  haciendo una donación.

Himen es un proyecto independiente. Nuestro propósito es servir como una plataforma para exponer escritores de habla hispana.

La Revista Himen es un proyecto completamente independiente. Puedes apoyarnos comprando nuestros productos o haciendo una donación.

Himen es un proyecto independiente. Nuestro propósito es servir como una plataforma para exponer escritores de habla hispana.

La Revista Himen es un proyecto completamente independiente. Puedes apoyarnos comprando nuestros productos o haciendo una donación.

Himen es un proyecto independiente. Nuestro propósito es servir como una plataforma para exponer escritores de habla hispana.

La Revista Himen es un proyecto completamente independiente. Puedes apoyarnos comprando nuestros productos o haciendo una donación.

Suscríbete a nuestra Newsletter y entérate de nuestras convocatorias. Prometemos no llenar tu correo de spam :)

Suscríbete a nuestra Newsletter y entérate de nuestras convocatorias. Prometemos no llenar tu correo de spam :)

Suscríbete a nuestra Newsletter y entérate de nuestras convocatorias. Prometemos no llenar tu correo de spam :)

circulo-animacion
logo_himen-01

© 2013 – 2019 Revista Himen. Diseño por C.A.

Términos y Condiciones - Copyrights