Un día de estos va a pegar

N.013 - Narrativa

Un día de estos va a pegar

N.013 - Narrativa

 Un día de estos va a pegar

N.013 - Narrativa

Un día de estos va a pegar

N.013 - Narrativa

Un día de estos va a pegar

N.013 - Narrativa

Escrito por Javier Armendáriz

Escrito por Javier Armendáriz

Escrito por Javier Armendariz

—Güey, chingarse la cartera de algún pendejo en Los Agaves es una cosa. Pero esto es otra, cabrón —le digo a Paco mientras nos estacionamos.

—Meny, Meny —me responde, meneando la cabeza—, güey, no empieces. Ya estamos aquí. Ya habías dicho que sí.

—No sé cómo me dejé mangonear por ti, de veras— le digo y suelto un quejido. Y 

pues es que es la verdad.

—Dos minutos —me dice alzando dos dedos y poniéndomelos casi en la nariz—. Dos minutos, cabrón. Nomás eso y ¡pum! Ya nos veo en Cancún a toda madre o en donde tú quieras.

—Mejor nos hubiéramos quedado en la casa quemando o algo.

—No empieces, joto. A ver, ¿qué horas son?

—Veinte a las seis.

—Vamos a tener que esperarnos. Me dijo este güey que entráramos a las seis exactas.

—No mames —le respondo. Veinte minutos. Me quito el sudor de la frente con el dorso de la mano.

—Pos el bato fue muy insistente. A las seis, eh cabrón, me dijo. No se te vaya a ir el pedo con eso. Quién sabe qué cosa tendrá que hacer antes. Alistarse o qué sé yo.

Estamos en un estacionamiento a las afueras de la ciudad, en el kilómetro diez de la carretera, para ser exactos. Frente a nosotros, a unos veinte metros, hay un Oxxo y un desponchado cerrado.

Pinche Paco. Todo este asunto me recuerda a una cosa que me pasó cuando era niño y que creo nunca te he contado. Yo todavía no me venía a vivir pa’cá, tenía como ocho años y a veces iba con mi jefe a visitar a su hermano en San Nicolás durante el verano. Vacaciones en un limbo de días que lo hacen a uno sentirse viejo y noches en las que el calor se te asienta en la panza y no te deja dormir. Total, uno de esos lugares en los que no te queda de otra, sino ponerte pedo para no volverte loco o ponerte pedo para apaciguar la locura, lo cual es exactamente lo que mi jefe y su hermano hacían apenas se saludaban con un abrazo y palmadas en la espalda que tronaban como escopetas.

La cosa comenzaba en el patio trasero de mi tío, ellos tirados en un sillón corroído y mirando con flojera cómo el sol cruzaba el cielo con la misma actitud mientras yo me ponía a patear un balón de futbol o correteaba al perro. Cuando ya estaba oscuro, los dos se levantaban y se metían a la camioneta con rumbo a Las Misiones, un dizque restaurante en una carretera secundaria, justo en la frontera entre dos municipios. Nunca vi el sitio de día, ni supe muy bien dónde mero quedaba; todo lo que recuerdo es el letrero amarillo que brillaba como en medio de la nada hasta que uno estaba cerca y podía ver los cerros detrás con las luces largas.

Entrábamos y a mí me arrojaban en una mesa con otros niños al fondo del salón mientras los dos se sentaban en la barra. Fue en esa mesa donde me di cuenta de que la noche podía ser igual o más larga que el día. Había siempre otro puñado de niños en el lugar, arrastrados hasta ahí por ser hijos de la mesera, de un camionero o de algún tarahumara teporocho en el camino a la sierra. Jugaban póker apostando cacahuates para matar el tiempo. Tuve que aprender a jugarlo la primera noche si no quería morirme de aburrimiento. El chiste era jugar hasta que uno no pudiera más y se quedara dormido babeando las cartas. Jugábamos sin hablar más que lo necesario. Aunque, la verdad, eso era como una regla no escrita ahí, ¿sabes? Nadie hablaba con nadie a menos que no hubiera de otra. Hasta mi jefe y mi tío se quedaban callados y jorobados sobre la barra mientras lo único que ahogaba el silencio era la rockola y el campaneo constante de una máquina tragamonedas con un güey que se la pasaba todo el día sentado frente a ella.

Se llamaba Fermín y esa primera noche a duras penas me di cuenta de que estaba ahí. Su figura sentada frente a la máquina oprimiendo botones todo el día parecía ser tan propia del lugar como las mesas de plástico o los ceniceros sucios. La neta creo que si me le hubiera acercado habría encontrado que los cubría la misma capa de polvo que había sobre los muebles.

—¡Eh, Fermín! —le gritaba la mesera desde la barra justo después de que mi jefe me sacudiera y me diera a entender con gestos y balbuceos que ya nos íbamos— Ya vamos a cerrar. Ve desalojando el ala.

         Lo que Fermín hacía entonces era pedir con una voz que se te metía por las orejas como una lagartija moribunda que le dieran chance de acabarse sus monedas. Ella le insistía y los dejábamos ahí, pelándose mientras nosotros poníamos rumbo a la camioneta. La misma rutina todos los días. (No me preguntes cuántos días estuvimos yendo ni por qué mi jefe estaba ahuevado a que yo los acompañara, en lugar de dejarme en la casa jugando con el pinche perro). Para cuando llegábamos el Fermín ya estaba ahí, echando monedas y escogiendo las casillas en que apostaba que se iba a detener la luz que bailaba en la pantalla. Nada más de repente se levantaba e iba cojeando a pedirle a la mesera que le cambiara un billete por monedas o que le prestara porque ya se había acabado todo lo que traía.

         —Ya ni la chingas. Todavía me debes doscientos varos de la semana pasada —le contestaba la mesera.

         Él se le quedaba mirando a los ojos, unos ojos endurecidos, con la piel encallecida a su alrededor. Apretaba la boca y balbuceaba que le prestaran, que se quedaba esa noche a lavar los trastes, a pintar la fachada, a trapear los baños.

         —¿Por qué no agarras la chamba que Lorenzo te anda ofreciendo en la central?

         Nomás escuchaba esto, el bato apretaba los puños y se ponía a mascullar rayadas de madre todo encabronado. La verdad era que no se le entendía la mayor parte, nomás echaba puros gruñidos. Cbrons, le alcanzaba a escuchar. Despus d tod lo q m’anechu… Y ncima qren q les trabje. Vn a ver jos dla chngad. N’día destos vapegr y ntnces vna vr. Balbuceaba y balbuceaba hasta que la mesera se hartaba y le daba un billetillo para que se callara, se arrastrara con todo y su pata chueca de regreso a la maquinita y la dejara en paz.

         Esa misma noche le pregunté a mi tío qué onda con el ruco de la maquinita; ya ves, pinche morro metiche que era. El güey se cagó de la risa un rato y luego me contó que el Fermín había pasado toda su vida ahí en San Nicolás, donde había nacido, crecido y trabajado en la obra desde que había decidido mandar a chingar su madre el último año de primaria. Era hijo único y vivía con su jefa. Aunque no creas que el cabrón se puso a jalar para sacar adelante a la familia ni nada de eso, me explicó. Era burro y ya, el jijo de la fregada. Su jefa, sea lo que sea, pos sí le iba ahí más o menillos con el puesto de gorditas que tenía.

La cosa es que un día, hace unos diez años, estaban armando una casa en una de esas colonias nuevas, allá por el rastro. Una casa de dos pisos. El güey estaba trabajando a la altura del techo y en eso que llega un cabrón todo pedo en una troca y se embarra justo debajo de donde estaba el Fermín. El fregadazo no solo lo tumbó, sino que en cuanto aterrizó en el suelo se le dejó venir encima la pared de la casa. Por eso quedó como quedó, el pobre. Ya no pudo volver a chambear jamás, se tuvo que quedar guardado mientras su jefa seguía chingándole macizo en las gorditas. Lástima que a los dos o tres años se murió. Dicen que la pobre tuvo que jalar hasta el día en que murió, que colgó los tenis en el puesto, con una de chicharrón en la mano. Fue hasta entonces que se supo que tenía cáncer y que no le había querido decir nada a su hijo porque sabía que de todas formas ni el tratamiento podía pagarse. El Fermín se quedó desamparado. No tenía familia y, si tenía amigos, hacía mucho que no se dejaban ver ni sus sombras. Luego llegó un rumor del bato que le había provocado el accidente, quien se había librado sin pedos del asunto soltando un billetito y vivía en Monclova desde hacía un rato. Andaban diciendo por ahí que el güey se había ganado la lotería. Ja, ja, ja. No me chingues. En fin, dicen que cuando el Fermín se enteró de esto se le zafó el último tornillo que le quedaba bien acomodado. Así que fue a meterse a Las Misiones para ponerse pedo hasta matarse y terminó obsesionado con la maquinita esa.

Unos días después, volvimos a Las Misiones y el Fermín estaba ahí, como siempre. Yo me senté en la mesa de la Liga Infantil de Póker, mientras mi jefe y su carnal se iban a sus ya tradicionales asientos en la barra. La música de la rockola y el timbre de la maquinita servían de fondo igual que todos los días. Agarré un puño de cacahuates y le pedí al hijo de la mesera que me repartiera. Iba a ser otra pinche noche de esas vacaciones que se me figuraba que iban a tomar toda la vida.

Ya iba por el quinto juego y no me quedaban cacahuates para apostar; atrás mi tío soltaba esa risotada que a mí se me hacía que era más bien como el sonido que hace un perro cuando lo atropellan. En eso, que la maquinita del Fermín hace un sonido que no le habíamos escuchado antes. Soltaba pitidos como loca, una y otra vez. El Fermín se puso de pie de un brinco y hasta se alejó dos o tres pasos de la máquina del susto que le puso. Las lucecitas y los pitidos nos atrajeron a todos, como insectos volando alrededor de un foco. Nos llevó un rato darnos cuenta de que uno de los sonidos que se escuchaban era el de las monedas que la máquina estaba escupiendo en la canasta debajo de los controles hasta desbordarla. PREMIO MAYOR PREMIO MAYOR PREMIO MAYOR dibujaban los focos en la pantalla. En cuanto se dio cuenta de lo qué estaba pasando, el Fermín fue tan rápido como su pierna inútil se lo permitía hasta la barra por un tarro en el cual echar el varo. La mesera trató de ayudarle pero este le echó una mirada de fuego con que dibujó un perímetro alrededor de la máquina. Tuvo que ir y volver a la barra otras dos veces por tarros para sus monedas. Sacudió la máquina hasta estar seguro que había quedado completamente vacía. Todos miramos, sin decir nada, cómo Fermín juntaba su dinero y lo empezaba a contar. Alguien sugirió que le invitara a los presentes una ronda y el Fermín le escupió una mentada de madre a medio masticar. Luego de un rato, cada quien volvió a su sitio y él se quedó en el suelo haciendo el inventario de su fortuna.

El bato se tapó la cara con las manos y se echó a llorar cuando contó la última moneda. La neta nunca supe si de alegría o de tristeza o de locura o de qué chingados.

— ¡Nomás acuérdate de que me debes trescientos, eh!—le gritó la mesera desde la barra— Y a ver si esas pinches monedillas completan de perdida la mitad de lo que te has gastado en esa madre.

Creo que esa fue la última vez en ese verano que estuve en Las Misiones. O puede que no, no me acuerdo. Pero para cuando volví al siguiente verano, y al que siguió de ese, ahí seguía el pinche Fermín, jugándose la vida en la maquinita. N’día destos vapegr, clers, decía. N’día destos vapegr…

—¡A ver, güey! ¡Mira! —me grita de repente el pinche Paco— ¡Ya son las seis!

El bato respira hondo y se persigna.

—Hoy se arma, carnal —dice y la neta no sé si me dice a mí o a sí mismo o a alguien en su cabeza— Hoy sí se arma, hoy sí.

Pinche Paco, estás cabrón.

Los dos nos bajamos del carro y caminamos directo al Oxxo con las manos clavadas en la bolsa de la sudadera.


—Güey, chingarse la cartera de algún pendejo en Los Agaves es una cosa. Pero esto es otra, cabrón —le digo a Paco mientras nos estacionamos.

—Meny, Meny —me responde, meneando la cabeza—, güey, no empieces. Ya estamos aquí. Ya habías dicho que sí.

—No sé cómo me dejé mangonear por ti, de veras— le digo y suelto un quejido. Y 

pues es que es la verdad.

—Dos minutos —me dice alzando dos dedos y poniéndomelos casi en la nariz—. Dos minutos, cabrón. Nomás eso y ¡pum! Ya nos veo en Cancún a toda madre o en donde tú quieras.

—Mejor nos hubiéramos quedado en la casa quemando o algo.

—No empieces, joto. A ver, ¿qué horas son?

—Veinte a las seis.

—Vamos a tener que esperarnos. Me dijo este güey que entráramos a las seis exactas.

—No mames —le respondo. Veinte minutos. Me quito el sudor de la frente con el dorso de la mano.

—Pos el bato fue muy insistente. A las seis, eh cabrón, me dijo. No se te vaya a ir el pedo con eso. Quién sabe qué cosa tendrá que hacer antes. Alistarse o qué sé yo.

Estamos en un estacionamiento a las afueras de la ciudad, en el kilómetro diez de la carretera, para ser exactos. Frente a nosotros, a unos veinte metros, hay un Oxxo y un desponchado cerrado.

Pinche Paco. Todo este asunto me recuerda a una cosa que me pasó cuando era niño y que creo nunca te he contado. Yo todavía no me venía a vivir pa’cá, tenía como ocho años y a veces iba con mi jefe a visitar a su hermano en San Nicolás durante el verano. Vacaciones en un limbo de días que lo hacen a uno sentirse viejo y noches en las que el calor se te asienta en la panza y no te deja dormir. Total, uno de esos lugares en los que no te queda de otra, sino ponerte pedo para no volverte loco o ponerte pedo para apaciguar la locura, lo cual es exactamente lo que mi jefe y su hermano hacían apenas se saludaban con un abrazo y palmadas en la espalda que tronaban como escopetas.

La cosa comenzaba en el patio trasero de mi tío, ellos tirados en un sillón corroído y mirando con flojera cómo el sol cruzaba el cielo con la misma actitud mientras yo me ponía a patear un balón de futbol o correteaba al perro. Cuando ya estaba oscuro, los dos se levantaban y se metían a la camioneta con rumbo a Las Misiones, un dizque restaurante en una carretera secundaria, justo en la frontera entre dos municipios. Nunca vi el sitio de día, ni supe muy bien dónde mero quedaba; todo lo que recuerdo es el letrero amarillo que brillaba como en medio de la nada hasta que uno estaba cerca y podía ver los cerros detrás con las luces largas.

Entrábamos y a mí me arrojaban en una mesa con otros niños al fondo del salón mientras los dos se sentaban en la barra. Fue en esa mesa donde me di cuenta de que la noche podía ser igual o más larga que el día. Había siempre otro puñado de niños en el lugar, arrastrados hasta ahí por ser hijos de la mesera, de un camionero o de algún tarahumara teporocho en el camino a la sierra. Jugaban póker apostando cacahuates para matar el tiempo. Tuve que aprender a jugarlo la primera noche si no quería morirme de aburrimiento. El chiste era jugar hasta que uno no pudiera más y se quedara dormido babeando las cartas. Jugábamos sin hablar más que lo necesario. Aunque, la verdad, eso era como una regla no escrita ahí, ¿sabes? Nadie hablaba con nadie a menos que no hubiera de otra. Hasta mi jefe y mi tío se quedaban callados y jorobados sobre la barra mientras lo único que ahogaba el silencio era la rockola y el campaneo constante de una máquina tragamonedas con un güey que se la pasaba todo el día sentado frente a ella.

Se llamaba Fermín y esa primera noche a duras penas me di cuenta de que estaba ahí. Su figura sentada frente a la máquina oprimiendo botones todo el día parecía ser tan propia del lugar como las mesas de plástico o los ceniceros sucios. La neta creo que si me le hubiera acercado habría encontrado que los cubría la misma capa de polvo que había sobre los muebles.

—¡Eh, Fermín! —le gritaba la mesera desde la barra justo después de que mi jefe me sacudiera y me diera a entender con gestos y balbuceos que ya nos íbamos— Ya vamos a cerrar. Ve desalojando el ala.

         Lo que Fermín hacía entonces era pedir con una voz que se te metía por las orejas como una lagartija moribunda que le dieran chance de acabarse sus monedas. Ella le insistía y los dejábamos ahí, pelándose mientras nosotros poníamos rumbo a la camioneta. La misma rutina todos los días. (No me preguntes cuántos días estuvimos yendo ni por qué mi jefe estaba ahuevado a que yo los acompañara, en lugar de dejarme en la casa jugando con el pinche perro). Para cuando llegábamos el Fermín ya estaba ahí, echando monedas y escogiendo las casillas en que apostaba que se iba a detener la luz que bailaba en la pantalla. Nada más de repente se levantaba e iba cojeando a pedirle a la mesera que le cambiara un billete por monedas o que le prestara porque ya se había acabado todo lo que traía.

         —Ya ni la chingas. Todavía me debes doscientos varos de la semana pasada —le contestaba la mesera.

         Él se le quedaba mirando a los ojos, unos ojos endurecidos, con la piel encallecida a su alrededor. Apretaba la boca y balbuceaba que le prestaran, que se quedaba esa noche a lavar los trastes, a pintar la fachada, a trapear los baños.

         —¿Por qué no agarras la chamba que Lorenzo te anda ofreciendo en la central?

         Nomás escuchaba esto, el bato apretaba los puños y se ponía a mascullar rayadas de madre todo encabronado. La verdad era que no se le entendía la mayor parte, nomás echaba puros gruñidos. Cbrons, le alcanzaba a escuchar. Despus d tod lo q m’anechu… Y ncima qren q les trabje. Vn a ver jos dla chngad. N’día destos vapegr y ntnces vna vr. Balbuceaba y balbuceaba hasta que la mesera se hartaba y le daba un billetillo para que se callara, se arrastrara con todo y su pata chueca de regreso a la maquinita y la dejara en paz.

         Esa misma noche le pregunté a mi tío qué onda con el ruco de la maquinita; ya ves, pinche morro metiche que era. El güey se cagó de la risa un rato y luego me contó que el Fermín había pasado toda su vida ahí en San Nicolás, donde había nacido, crecido y trabajado en la obra desde que había decidido mandar a chingar su madre el último año de primaria. Era hijo único y vivía con su jefa. Aunque no creas que el cabrón se puso a jalar para sacar adelante a la familia ni nada de eso, me explicó. Era burro y ya, el jijo de la fregada. Su jefa, sea lo que sea, pos sí le iba ahí más o menillos con el puesto de gorditas que tenía.

La cosa es que un día, hace unos diez años, estaban armando una casa en una de esas colonias nuevas, allá por el rastro. Una casa de dos pisos. El güey estaba trabajando a la altura del techo y en eso que llega un cabrón todo pedo en una troca y se embarra justo debajo de donde estaba el Fermín. El fregadazo no solo lo tumbó, sino que en cuanto aterrizó en el suelo se le dejó venir encima la pared de la casa. Por eso quedó como quedó, el pobre. Ya no pudo volver a chambear jamás, se tuvo que quedar guardado mientras su jefa seguía chingándole macizo en las gorditas. Lástima que a los dos o tres años se murió. Dicen que la pobre tuvo que jalar hasta el día en que murió, que colgó los tenis en el puesto, con una de chicharrón en la mano. Fue hasta entonces que se supo que tenía cáncer y que no le había querido decir nada a su hijo porque sabía que de todas formas ni el tratamiento podía pagarse. El Fermín se quedó desamparado. No tenía familia y, si tenía amigos, hacía mucho que no se dejaban ver ni sus sombras. Luego llegó un rumor del bato que le había provocado el accidente, quien se había librado sin pedos del asunto soltando un billetito y vivía en Monclova desde hacía un rato. Andaban diciendo por ahí que el güey se había ganado la lotería. Ja, ja, ja. No me chingues. En fin, dicen que cuando el Fermín se enteró de esto se le zafó el último tornillo que le quedaba bien acomodado. Así que fue a meterse a Las Misiones para ponerse pedo hasta matarse y terminó obsesionado con la maquinita esa.

Unos días después, volvimos a Las Misiones y el Fermín estaba ahí, como siempre. Yo me senté en la mesa de la Liga Infantil de Póker, mientras mi jefe y su carnal se iban a sus ya tradicionales asientos en la barra. La música de la rockola y el timbre de la maquinita servían de fondo igual que todos los días. Agarré un puño de cacahuates y le pedí al hijo de la mesera que me repartiera. Iba a ser otra pinche noche de esas vacaciones que se me figuraba que iban a tomar toda la vida.

Ya iba por el quinto juego y no me quedaban cacahuates para apostar; atrás mi tío soltaba esa risotada que a mí se me hacía que era más bien como el sonido que hace un perro cuando lo atropellan. En eso, que la maquinita del Fermín hace un sonido que no le habíamos escuchado antes. Soltaba pitidos como loca, una y otra vez. El Fermín se puso de pie de un brinco y hasta se alejó dos o tres pasos de la máquina del susto que le puso. Las lucecitas y los pitidos nos atrajeron a todos, como insectos volando alrededor de un foco. Nos llevó un rato darnos cuenta de que uno de los sonidos que se escuchaban era el de las monedas que la máquina estaba escupiendo en la canasta debajo de los controles hasta desbordarla. PREMIO MAYOR PREMIO MAYOR PREMIO MAYOR dibujaban los focos en la pantalla. En cuanto se dio cuenta de lo qué estaba pasando, el Fermín fue tan rápido como su pierna inútil se lo permitía hasta la barra por un tarro en el cual echar el varo. La mesera trató de ayudarle pero este le echó una mirada de fuego con que dibujó un perímetro alrededor de la máquina. Tuvo que ir y volver a la barra otras dos veces por tarros para sus monedas. Sacudió la máquina hasta estar seguro que había quedado completamente vacía. Todos miramos, sin decir nada, cómo Fermín juntaba su dinero y lo empezaba a contar. Alguien sugirió que le invitara a los presentes una ronda y el Fermín le escupió una mentada de madre a medio masticar. Luego de un rato, cada quien volvió a su sitio y él se quedó en el suelo haciendo el inventario de su fortuna.

El bato se tapó la cara con las manos y se echó a llorar cuando contó la última moneda. La neta nunca supe si de alegría o de tristeza o de locura o de qué chingados.

— ¡Nomás acuérdate de que me debes trescientos, eh!—le gritó la mesera desde la barra— Y a ver si esas pinches monedillas completan de perdida la mitad de lo que te has gastado en esa madre.

Creo que esa fue la última vez en ese verano que estuve en Las Misiones. O puede que no, no me acuerdo. Pero para cuando volví al siguiente verano, y al que siguió de ese, ahí seguía el pinche Fermín, jugándose la vida en la maquinita. N’día destos vapegr, clers, decía. N’día destos vapegr…

—¡A ver, güey! ¡Mira! —me grita de repente el pinche Paco— ¡Ya son las seis!

El bato respira hondo y se persigna.

—Hoy se arma, carnal —dice y la neta no sé si me dice a mí o a sí mismo o a alguien en su cabeza— Hoy sí se arma, hoy sí.

Pinche Paco, estás cabrón.

Los dos nos bajamos del carro y caminamos directo al Oxxo con las manos clavadas en la bolsa de la sudadera.

 

—Güey, chingarse la cartera de algún pendejo en Los Agaves es una cosa. Pero esto es otra, cabrón —le digo a Paco mientras nos estacionamos.

—Meny, Meny —me responde, meneando la cabeza—, güey, no empieces. Ya estamos aquí. Ya habías dicho que sí.

—No sé cómo me dejé mangonear por ti, de veras— le digo y suelto un quejido. Y 

pues es que es la verdad.

—Dos minutos —me dice alzando dos dedos y poniéndomelos casi en la nariz—. Dos minutos, cabrón. Nomás eso y ¡pum! Ya nos veo en Cancún a toda madre o en donde tú quieras.

—Mejor nos hubiéramos quedado en la casa quemando o algo.

—No empieces, joto. A ver, ¿qué horas son?

—Veinte a las seis.

—Vamos a tener que esperarnos. Me dijo este güey que entráramos a las seis exactas.

—No mames —le respondo. Veinte minutos. Me quito el sudor de la frente con el dorso de la mano.

—Pos el bato fue muy insistente. A las seis, eh cabrón, me dijo. No se te vaya a ir el pedo con eso. Quién sabe qué cosa tendrá que hacer antes. Alistarse o qué sé yo.

Estamos en un estacionamiento a las afueras de la ciudad, en el kilómetro diez de la carretera, para ser exactos. Frente a nosotros, a unos veinte metros, hay un Oxxo y un desponchado cerrado.

Pinche Paco. Todo este asunto me recuerda a una cosa que me pasó cuando era niño y que creo nunca te he contado. Yo todavía no me venía a vivir pa’cá, tenía como ocho años y a veces iba con mi jefe a visitar a su hermano en San Nicolás durante el verano. Vacaciones en un limbo de días que lo hacen a uno sentirse viejo y noches en las que el calor se te asienta en la panza y no te deja dormir. Total, uno de esos lugares en los que no te queda de otra, sino ponerte pedo para no volverte loco o ponerte pedo para apaciguar la locura, lo cual es exactamente lo que mi jefe y su hermano hacían apenas se saludaban con un abrazo y palmadas en la espalda que tronaban como escopetas.

La cosa comenzaba en el patio trasero de mi tío, ellos tirados en un sillón corroído y mirando con flojera cómo el sol cruzaba el cielo con la misma actitud mientras yo me ponía a patear un balón de futbol o correteaba al perro. Cuando ya estaba oscuro, los dos se levantaban y se metían a la camioneta con rumbo a Las Misiones, un dizque restaurante en una carretera secundaria, justo en la frontera entre dos municipios. Nunca vi el sitio de día, ni supe muy bien dónde mero quedaba; todo lo que recuerdo es el letrero amarillo que brillaba como en medio de la nada hasta que uno estaba cerca y podía ver los cerros detrás con las luces largas.

Entrábamos y a mí me arrojaban en una mesa con otros niños al fondo del salón mientras los dos se sentaban en la barra. Fue en esa mesa donde me di cuenta de que la noche podía ser igual o más larga que el día. Había siempre otro puñado de niños en el lugar, arrastrados hasta ahí por ser hijos de la mesera, de un camionero o de algún tarahumara teporocho en el camino a la sierra. Jugaban póker apostando cacahuates para matar el tiempo. Tuve que aprender a jugarlo la primera noche si no quería morirme de aburrimiento. El chiste era jugar hasta que uno no pudiera más y se quedara dormido babeando las cartas. Jugábamos sin hablar más que lo necesario. Aunque, la verdad, eso era como una regla no escrita ahí, ¿sabes? Nadie hablaba con nadie a menos que no hubiera de otra. Hasta mi jefe y mi tío se quedaban callados y jorobados sobre la barra mientras lo único que ahogaba el silencio era la rockola y el campaneo constante de una máquina tragamonedas con un güey que se la pasaba todo el día sentado frente a ella.

Se llamaba Fermín y esa primera noche a duras penas me di cuenta de que estaba ahí. Su figura sentada frente a la máquina oprimiendo botones todo el día parecía ser tan propia del lugar como las mesas de plástico o los ceniceros sucios. La neta creo que si me le hubiera acercado habría encontrado que los cubría la misma capa de polvo que había sobre los muebles.

—¡Eh, Fermín! —le gritaba la mesera desde la barra justo después de que mi jefe me sacudiera y me diera a entender con gestos y balbuceos que ya nos íbamos— Ya vamos a cerrar. Ve desalojando el ala.

         Lo que Fermín hacía entonces era pedir con una voz que se te metía por las orejas como una lagartija moribunda que le dieran chance de acabarse sus monedas. Ella le insistía y los dejábamos ahí, pelándose mientras nosotros poníamos rumbo a la camioneta. La misma rutina todos los días. (No me preguntes cuántos días estuvimos yendo ni por qué mi jefe estaba ahuevado a que yo los acompañara, en lugar de dejarme en la casa jugando con el pinche perro). Para cuando llegábamos el Fermín ya estaba ahí, echando monedas y escogiendo las casillas en que apostaba que se iba a detener la luz que bailaba en la pantalla. Nada más de repente se levantaba e iba cojeando a pedirle a la mesera que le cambiara un billete por monedas o que le prestara porque ya se había acabado todo lo que traía.

         —Ya ni la chingas. Todavía me debes doscientos varos de la semana pasada —le contestaba la mesera.

         Él se le quedaba mirando a los ojos, unos ojos endurecidos, con la piel encallecida a su alrededor. Apretaba la boca y balbuceaba que le prestaran, que se quedaba esa noche a lavar los trastes, a pintar la fachada, a trapear los baños.

         —¿Por qué no agarras la chamba que Lorenzo te anda ofreciendo en la central?

         Nomás escuchaba esto, el bato apretaba los puños y se ponía a mascullar rayadas de madre todo encabronado. La verdad era que no se le entendía la mayor parte, nomás echaba puros gruñidos. Cbrons, le alcanzaba a escuchar. Despus d tod lo q m’anechu… Y ncima qren q les trabje. Vn a ver jos dla chngad. N’día destos vapegr y ntnces vna vr. Balbuceaba y balbuceaba hasta que la mesera se hartaba y le daba un billetillo para que se callara, se arrastrara con todo y su pata chueca de regreso a la maquinita y la dejara en paz.

         Esa misma noche le pregunté a mi tío qué onda con el ruco de la maquinita; ya ves, pinche morro metiche que era. El güey se cagó de la risa un rato y luego me contó que el Fermín había pasado toda su vida ahí en San Nicolás, donde había nacido, crecido y trabajado en la obra desde que había decidido mandar a chingar su madre el último año de primaria. Era hijo único y vivía con su jefa. Aunque no creas que el cabrón se puso a jalar para sacar adelante a la familia ni nada de eso, me explicó. Era burro y ya, el jijo de la fregada. Su jefa, sea lo que sea, pos sí le iba ahí más o menillos con el puesto de gorditas que tenía.

La cosa es que un día, hace unos diez años, estaban armando una casa en una de esas colonias nuevas, allá por el rastro. Una casa de dos pisos. El güey estaba trabajando a la altura del techo y en eso que llega un cabrón todo pedo en una troca y se embarra justo debajo de donde estaba el Fermín. El fregadazo no solo lo tumbó, sino que en cuanto aterrizó en el suelo se le dejó venir encima la pared de la casa. Por eso quedó como quedó, el pobre. Ya no pudo volver a chambear jamás, se tuvo que quedar guardado mientras su jefa seguía chingándole macizo en las gorditas. Lástima que a los dos o tres años se murió. Dicen que la pobre tuvo que jalar hasta el día en que murió, que colgó los tenis en el puesto, con una de chicharrón en la mano. Fue hasta entonces que se supo que tenía cáncer y que no le había querido decir nada a su hijo porque sabía que de todas formas ni el tratamiento podía pagarse. El Fermín se quedó desamparado. No tenía familia y, si tenía amigos, hacía mucho que no se dejaban ver ni sus sombras. Luego llegó un rumor del bato que le había provocado el accidente, quien se había librado sin pedos del asunto soltando un billetito y vivía en Monclova desde hacía un rato. Andaban diciendo por ahí que el güey se había ganado la lotería. Ja, ja, ja. No me chingues. En fin, dicen que cuando el Fermín se enteró de esto se le zafó el último tornillo que le quedaba bien acomodado. Así que fue a meterse a Las Misiones para ponerse pedo hasta matarse y terminó obsesionado con la maquinita esa.

Unos días después, volvimos a Las Misiones y el Fermín estaba ahí, como siempre. Yo me senté en la mesa de la Liga Infantil de Póker, mientras mi jefe y su carnal se iban a sus ya tradicionales asientos en la barra. La música de la rockola y el timbre de la maquinita servían de fondo igual que todos los días. Agarré un puño de cacahuates y le pedí al hijo de la mesera que me repartiera. Iba a ser otra pinche noche de esas vacaciones que se me figuraba que iban a tomar toda la vida.

Ya iba por el quinto juego y no me quedaban cacahuates para apostar; atrás mi tío soltaba esa risotada que a mí se me hacía que era más bien como el sonido que hace un perro cuando lo atropellan. En eso, que la maquinita del Fermín hace un sonido que no le habíamos escuchado antes. Soltaba pitidos como loca, una y otra vez. El Fermín se puso de pie de un brinco y hasta se alejó dos o tres pasos de la máquina del susto que le puso. Las lucecitas y los pitidos nos atrajeron a todos, como insectos volando alrededor de un foco. Nos llevó un rato darnos cuenta de que uno de los sonidos que se escuchaban era el de las monedas que la máquina estaba escupiendo en la canasta debajo de los controles hasta desbordarla. PREMIO MAYOR PREMIO MAYOR PREMIO MAYOR dibujaban los focos en la pantalla. En cuanto se dio cuenta de lo qué estaba pasando, el Fermín fue tan rápido como su pierna inútil se lo permitía hasta la barra por un tarro en el cual echar el varo. La mesera trató de ayudarle pero este le echó una mirada de fuego con que dibujó un perímetro alrededor de la máquina. Tuvo que ir y volver a la barra otras dos veces por tarros para sus monedas. Sacudió la máquina hasta estar seguro que había quedado completamente vacía. Todos miramos, sin decir nada, cómo Fermín juntaba su dinero y lo empezaba a contar. Alguien sugirió que le invitara a los presentes una ronda y el Fermín le escupió una mentada de madre a medio masticar. Luego de un rato, cada quien volvió a su sitio y él se quedó en el suelo haciendo el inventario de su fortuna.

El bato se tapó la cara con las manos y se echó a llorar cuando contó la última moneda. La neta nunca supe si de alegría o de tristeza o de locura o de qué chingados.

— ¡Nomás acuérdate de que me debes trescientos, eh!—le gritó la mesera desde la barra— Y a ver si esas pinches monedillas completan de perdida la mitad de lo que te has gastado en esa madre.

Creo que esa fue la última vez en ese verano que estuve en Las Misiones. O puede que no, no me acuerdo. Pero para cuando volví al siguiente verano, y al que siguió de ese, ahí seguía el pinche Fermín, jugándose la vida en la maquinita. N’día destos vapegr, clers, decía. N’día destos vapegr…

—¡A ver, güey! ¡Mira! —me grita de repente el pinche Paco— ¡Ya son las seis!

El bato respira hondo y se persigna.

—Hoy se arma, carnal —dice y la neta no sé si me dice a mí o a sí mismo o a alguien en su cabeza— Hoy sí se arma, hoy sí.

Pinche Paco, estás cabrón.

Los dos nos bajamos del carro y caminamos directo al Oxxo con las manos clavadas en la bolsa de la sudadera.

 

—Güey, chingarse la cartera de algún pendejo en Los Agaves es una cosa. Pero esto es otra, cabrón —le digo a Paco mientras nos estacionamos.

—Meny, Meny —me responde, meneando la cabeza—, güey, no empieces. Ya estamos aquí. Ya habías dicho que sí.

—No sé cómo me dejé mangonear por ti, de veras— le digo y suelto un quejido. Y 

pues es que es la verdad.

—Dos minutos —me dice alzando dos dedos y poniéndomelos casi en la nariz—. Dos minutos, cabrón. Nomás eso y ¡pum! Ya nos veo en Cancún a toda madre o en donde tú quieras.

—Mejor nos hubiéramos quedado en la casa quemando o algo.

—No empieces, joto. A ver, ¿qué horas son?

—Veinte a las seis.

—Vamos a tener que esperarnos. Me dijo este güey que entráramos a las seis exactas.

—No mames —le respondo. Veinte minutos. Me quito el sudor de la frente con el dorso de la mano.

—Pos el bato fue muy insistente. A las seis, eh cabrón, me dijo. No se te vaya a ir el pedo con eso. Quién sabe qué cosa tendrá que hacer antes. Alistarse o qué sé yo.

Estamos en un estacionamiento a las afueras de la ciudad, en el kilómetro diez de la carretera, para ser exactos. Frente a nosotros, a unos veinte metros, hay un Oxxo y un desponchado cerrado.

Pinche Paco. Todo este asunto me recuerda a una cosa que me pasó cuando era niño y que creo nunca te he contado. Yo todavía no me venía a vivir pa’cá, tenía como ocho años y a veces iba con mi jefe a visitar a su hermano en San Nicolás durante el verano. Vacaciones en un limbo de días que lo hacen a uno sentirse viejo y noches en las que el calor se te asienta en la panza y no te deja dormir. Total, uno de esos lugares en los que no te queda de otra, sino ponerte pedo para no volverte loco o ponerte pedo para apaciguar la locura, lo cual es exactamente lo que mi jefe y su hermano hacían apenas se saludaban con un abrazo y palmadas en la espalda que tronaban como escopetas.

La cosa comenzaba en el patio trasero de mi tío, ellos tirados en un sillón corroído y mirando con flojera cómo el sol cruzaba el cielo con la misma actitud mientras yo me ponía a patear un balón de futbol o correteaba al perro. Cuando ya estaba oscuro, los dos se levantaban y se metían a la camioneta con rumbo a Las Misiones, un dizque restaurante en una carretera secundaria, justo en la frontera entre dos municipios. Nunca vi el sitio de día, ni supe muy bien dónde mero quedaba; todo lo que recuerdo es el letrero amarillo que brillaba como en medio de la nada hasta que uno estaba cerca y podía ver los cerros detrás con las luces largas.

Entrábamos y a mí me arrojaban en una mesa con otros niños al fondo del salón mientras los dos se sentaban en la barra. Fue en esa mesa donde me di cuenta de que la noche podía ser igual o más larga que el día. Había siempre otro puñado de niños en el lugar, arrastrados hasta ahí por ser hijos de la mesera, de un camionero o de algún tarahumara teporocho en el camino a la sierra. Jugaban póker apostando cacahuates para matar el tiempo. Tuve que aprender a jugarlo la primera noche si no quería morirme de aburrimiento. El chiste era jugar hasta que uno no pudiera más y se quedara dormido babeando las cartas. Jugábamos sin hablar más que lo necesario. Aunque, la verdad, eso era como una regla no escrita ahí, ¿sabes? Nadie hablaba con nadie a menos que no hubiera de otra. Hasta mi jefe y mi tío se quedaban callados y jorobados sobre la barra mientras lo único que ahogaba el silencio era la rockola y el campaneo constante de una máquina tragamonedas con un güey que se la pasaba todo el día sentado frente a ella.

Se llamaba Fermín y esa primera noche a duras penas me di cuenta de que estaba ahí. Su figura sentada frente a la máquina oprimiendo botones todo el día parecía ser tan propia del lugar como las mesas de plástico o los ceniceros sucios. La neta creo que si me le hubiera acercado habría encontrado que los cubría la misma capa de polvo que había sobre los muebles.

—¡Eh, Fermín! —le gritaba la mesera desde la barra justo después de que mi jefe me sacudiera y me diera a entender con gestos y balbuceos que ya nos íbamos— Ya vamos a cerrar. Ve desalojando el ala.

         Lo que Fermín hacía entonces era pedir con una voz que se te metía por las orejas como una lagartija moribunda que le dieran chance de acabarse sus monedas. Ella le insistía y los dejábamos ahí, pelándose mientras nosotros poníamos rumbo a la camioneta. La misma rutina todos los días. (No me preguntes cuántos días estuvimos yendo ni por qué mi jefe estaba ahuevado a que yo los acompañara, en lugar de dejarme en la casa jugando con el pinche perro). Para cuando llegábamos el Fermín ya estaba ahí, echando monedas y escogiendo las casillas en que apostaba que se iba a detener la luz que bailaba en la pantalla. Nada más de repente se levantaba e iba cojeando a pedirle a la mesera que le cambiara un billete por monedas o que le prestara porque ya se había acabado todo lo que traía.

         —Ya ni la chingas. Todavía me debes doscientos varos de la semana pasada —le contestaba la mesera.

         Él se le quedaba mirando a los ojos, unos ojos endurecidos, con la piel encallecida a su alrededor. Apretaba la boca y balbuceaba que le prestaran, que se quedaba esa noche a lavar los trastes, a pintar la fachada, a trapear los baños.

         —¿Por qué no agarras la chamba que Lorenzo te anda ofreciendo en la central?

         Nomás escuchaba esto, el bato apretaba los puños y se ponía a mascullar rayadas de madre todo encabronado. La verdad era que no se le entendía la mayor parte, nomás echaba puros gruñidos. Cbrons, le alcanzaba a escuchar. Despus d tod lo q m’anechu… Y ncima qren q les trabje. Vn a ver jos dla chngad. N’día destos vapegr y ntnces vna vr. Balbuceaba y balbuceaba hasta que la mesera se hartaba y le daba un billetillo para que se callara, se arrastrara con todo y su pata chueca de regreso a la maquinita y la dejara en paz.

         Esa misma noche le pregunté a mi tío qué onda con el ruco de la maquinita; ya ves, pinche morro metiche que era. El güey se cagó de la risa un rato y luego me contó que el Fermín había pasado toda su vida ahí en San Nicolás, donde había nacido, crecido y trabajado en la obra desde que había decidido mandar a chingar su madre el último año de primaria. Era hijo único y vivía con su jefa. Aunque no creas que el cabrón se puso a jalar para sacar adelante a la familia ni nada de eso, me explicó. Era burro y ya, el jijo de la fregada. Su jefa, sea lo que sea, pos sí le iba ahí más o menillos con el puesto de gorditas que tenía.

La cosa es que un día, hace unos diez años, estaban armando una casa en una de esas colonias nuevas, allá por el rastro. Una casa de dos pisos. El güey estaba trabajando a la altura del techo y en eso que llega un cabrón todo pedo en una troca y se embarra justo debajo de donde estaba el Fermín. El fregadazo no solo lo tumbó, sino que en cuanto aterrizó en el suelo se le dejó venir encima la pared de la casa. Por eso quedó como quedó, el pobre. Ya no pudo volver a chambear jamás, se tuvo que quedar guardado mientras su jefa seguía chingándole macizo en las gorditas. Lástima que a los dos o tres años se murió. Dicen que la pobre tuvo que jalar hasta el día en que murió, que colgó los tenis en el puesto, con una de chicharrón en la mano. Fue hasta entonces que se supo que tenía cáncer y que no le había querido decir nada a su hijo porque sabía que de todas formas ni el tratamiento podía pagarse. El Fermín se quedó desamparado. No tenía familia y, si tenía amigos, hacía mucho que no se dejaban ver ni sus sombras. Luego llegó un rumor del bato que le había provocado el accidente, quien se había librado sin pedos del asunto soltando un billetito y vivía en Monclova desde hacía un rato. Andaban diciendo por ahí que el güey se había ganado la lotería. Ja, ja, ja. No me chingues. En fin, dicen que cuando el Fermín se enteró de esto se le zafó el último tornillo que le quedaba bien acomodado. Así que fue a meterse a Las Misiones para ponerse pedo hasta matarse y terminó obsesionado con la maquinita esa.

Unos días después, volvimos a Las Misiones y el Fermín estaba ahí, como siempre. Yo me senté en la mesa de la Liga Infantil de Póker, mientras mi jefe y su carnal se iban a sus ya tradicionales asientos en la barra. La música de la rockola y el timbre de la maquinita servían de fondo igual que todos los días. Agarré un puño de cacahuates y le pedí al hijo de la mesera que me repartiera. Iba a ser otra pinche noche de esas vacaciones que se me figuraba que iban a tomar toda la vida.

Ya iba por el quinto juego y no me quedaban cacahuates para apostar; atrás mi tío soltaba esa risotada que a mí se me hacía que era más bien como el sonido que hace un perro cuando lo atropellan. En eso, que la maquinita del Fermín hace un sonido que no le habíamos escuchado antes. Soltaba pitidos como loca, una y otra vez. El Fermín se puso de pie de un brinco y hasta se alejó dos o tres pasos de la máquina del susto que le puso. Las lucecitas y los pitidos nos atrajeron a todos, como insectos volando alrededor de un foco. Nos llevó un rato darnos cuenta de que uno de los sonidos que se escuchaban era el de las monedas que la máquina estaba escupiendo en la canasta debajo de los controles hasta desbordarla. PREMIO MAYOR PREMIO MAYOR PREMIO MAYOR dibujaban los focos en la pantalla. En cuanto se dio cuenta de lo qué estaba pasando, el Fermín fue tan rápido como su pierna inútil se lo permitía hasta la barra por un tarro en el cual echar el varo. La mesera trató de ayudarle pero este le echó una mirada de fuego con que dibujó un perímetro alrededor de la máquina. Tuvo que ir y volver a la barra otras dos veces por tarros para sus monedas. Sacudió la máquina hasta estar seguro que había quedado completamente vacía. Todos miramos, sin decir nada, cómo Fermín juntaba su dinero y lo empezaba a contar. Alguien sugirió que le invitara a los presentes una ronda y el Fermín le escupió una mentada de madre a medio masticar. Luego de un rato, cada quien volvió a su sitio y él se quedó en el suelo haciendo el inventario de su fortuna.

El bato se tapó la cara con las manos y se echó a llorar cuando contó la última moneda. La neta nunca supe si de alegría o de tristeza o de locura o de qué chingados.

— ¡Nomás acuérdate de que me debes trescientos, eh!—le gritó la mesera desde la barra— Y a ver si esas pinches monedillas completan de perdida la mitad de lo que te has gastado en esa madre.

Creo que esa fue la última vez en ese verano que estuve en Las Misiones. O puede que no, no me acuerdo. Pero para cuando volví al siguiente verano, y al que siguió de ese, ahí seguía el pinche Fermín, jugándose la vida en la maquinita. N’día destos vapegr, clers, decía. N’día destos vapegr…

—¡A ver, güey! ¡Mira! —me grita de repente el pinche Paco— ¡Ya son las seis!

El bato respira hondo y se persigna.

—Hoy se arma, carnal —dice y la neta no sé si me dice a mí o a sí mismo o a alguien en su cabeza— Hoy sí se arma, hoy sí.

Pinche Paco, estás cabrón.

Los dos nos bajamos del carro y caminamos directo al Oxxo con las manos clavadas en la bolsa de la sudadera.

 

—Güey, chingarse la cartera de algún pendejo en Los Agaves es una cosa. Pero esto es otra, cabrón —le digo a Paco mientras nos estacionamos.

—Meny, Meny —me responde, meneando la cabeza—, güey, no empieces. Ya estamos aquí. Ya habías dicho que sí.

—No sé cómo me dejé mangonear por ti, de veras— le digo y suelto un quejido. Y 

pues es que es la verdad.

—Dos minutos —me dice alzando dos dedos y poniéndomelos casi en la nariz—. Dos minutos, cabrón. Nomás eso y ¡pum! Ya nos veo en Cancún a toda madre o en donde tú quieras.

—Mejor nos hubiéramos quedado en la casa quemando o algo.

—No empieces, joto. A ver, ¿qué horas son?

—Veinte a las seis.

—Vamos a tener que esperarnos. Me dijo este güey que entráramos a las seis exactas.

—No mames —le respondo. Veinte minutos. Me quito el sudor de la frente con el dorso de la mano.

—Pos el bato fue muy insistente. A las seis, eh cabrón, me dijo. No se te vaya a ir el pedo con eso. Quién sabe qué cosa tendrá que hacer antes. Alistarse o qué sé yo.

Estamos en un estacionamiento a las afueras de la ciudad, en el kilómetro diez de la carretera, para ser exactos. Frente a nosotros, a unos veinte metros, hay un Oxxo y un desponchado cerrado.

Pinche Paco. Todo este asunto me recuerda a una cosa que me pasó cuando era niño y que creo nunca te he contado. Yo todavía no me venía a vivir pa’cá, tenía como ocho años y a veces iba con mi jefe a visitar a su hermano en San Nicolás durante el verano. Vacaciones en un limbo de días que lo hacen a uno sentirse viejo y noches en las que el calor se te asienta en la panza y no te deja dormir. Total, uno de esos lugares en los que no te queda de otra, sino ponerte pedo para no volverte loco o ponerte pedo para apaciguar la locura, lo cual es exactamente lo que mi jefe y su hermano hacían apenas se saludaban con un abrazo y palmadas en la espalda que tronaban como escopetas.

La cosa comenzaba en el patio trasero de mi tío, ellos tirados en un sillón corroído y mirando con flojera cómo el sol cruzaba el cielo con la misma actitud mientras yo me ponía a patear un balón de futbol o correteaba al perro. Cuando ya estaba oscuro, los dos se levantaban y se metían a la camioneta con rumbo a Las Misiones, un dizque restaurante en una carretera secundaria, justo en la frontera entre dos municipios. Nunca vi el sitio de día, ni supe muy bien dónde mero quedaba; todo lo que recuerdo es el letrero amarillo que brillaba como en medio de la nada hasta que uno estaba cerca y podía ver los cerros detrás con las luces largas.

Entrábamos y a mí me arrojaban en una mesa con otros niños al fondo del salón mientras los dos se sentaban en la barra. Fue en esa mesa donde me di cuenta de que la noche podía ser igual o más larga que el día. Había siempre otro puñado de niños en el lugar, arrastrados hasta ahí por ser hijos de la mesera, de un camionero o de algún tarahumara teporocho en el camino a la sierra. Jugaban póker apostando cacahuates para matar el tiempo. Tuve que aprender a jugarlo la primera noche si no quería morirme de aburrimiento. El chiste era jugar hasta que uno no pudiera más y se quedara dormido babeando las cartas. Jugábamos sin hablar más que lo necesario. Aunque, la verdad, eso era como una regla no escrita ahí, ¿sabes? Nadie hablaba con nadie a menos que no hubiera de otra. Hasta mi jefe y mi tío se quedaban callados y jorobados sobre la barra mientras lo único que ahogaba el silencio era la rockola y el campaneo constante de una máquina tragamonedas con un güey que se la pasaba todo el día sentado frente a ella.

Se llamaba Fermín y esa primera noche a duras penas me di cuenta de que estaba ahí. Su figura sentada frente a la máquina oprimiendo botones todo el día parecía ser tan propia del lugar como las mesas de plástico o los ceniceros sucios. La neta creo que si me le hubiera acercado habría encontrado que los cubría la misma capa de polvo que había sobre los muebles.

—¡Eh, Fermín! —le gritaba la mesera desde la barra justo después de que mi jefe me sacudiera y me diera a entender con gestos y balbuceos que ya nos íbamos— Ya vamos a cerrar. Ve desalojando el ala.

         Lo que Fermín hacía entonces era pedir con una voz que se te metía por las orejas como una lagartija moribunda que le dieran chance de acabarse sus monedas. Ella le insistía y los dejábamos ahí, pelándose mientras nosotros poníamos rumbo a la camioneta. La misma rutina todos los días. (No me preguntes cuántos días estuvimos yendo ni por qué mi jefe estaba ahuevado a que yo los acompañara, en lugar de dejarme en la casa jugando con el pinche perro). Para cuando llegábamos el Fermín ya estaba ahí, echando monedas y escogiendo las casillas en que apostaba que se iba a detener la luz que bailaba en la pantalla. Nada más de repente se levantaba e iba cojeando a pedirle a la mesera que le cambiara un billete por monedas o que le prestara porque ya se había acabado todo lo que traía.

         —Ya ni la chingas. Todavía me debes doscientos varos de la semana pasada —le contestaba la mesera.

         Él se le quedaba mirando a los ojos, unos ojos endurecidos, con la piel encallecida a su alrededor. Apretaba la boca y balbuceaba que le prestaran, que se quedaba esa noche a lavar los trastes, a pintar la fachada, a trapear los baños.

         —¿Por qué no agarras la chamba que Lorenzo te anda ofreciendo en la central?

         Nomás escuchaba esto, el bato apretaba los puños y se ponía a mascullar rayadas de madre todo encabronado. La verdad era que no se le entendía la mayor parte, nomás echaba puros gruñidos. Cbrons, le alcanzaba a escuchar. Despus d tod lo q m’anechu… Y ncima qren q les trabje. Vn a ver jos dla chngad. N’día destos vapegr y ntnces vna vr. Balbuceaba y balbuceaba hasta que la mesera se hartaba y le daba un billetillo para que se callara, se arrastrara con todo y su pata chueca de regreso a la maquinita y la dejara en paz.

         Esa misma noche le pregunté a mi tío qué onda con el ruco de la maquinita; ya ves, pinche morro metiche que era. El güey se cagó de la risa un rato y luego me contó que el Fermín había pasado toda su vida ahí en San Nicolás, donde había nacido, crecido y trabajado en la obra desde que había decidido mandar a chingar su madre el último año de primaria. Era hijo único y vivía con su jefa. Aunque no creas que el cabrón se puso a jalar para sacar adelante a la familia ni nada de eso, me explicó. Era burro y ya, el jijo de la fregada. Su jefa, sea lo que sea, pos sí le iba ahí más o menillos con el puesto de gorditas que tenía.

La cosa es que un día, hace unos diez años, estaban armando una casa en una de esas colonias nuevas, allá por el rastro. Una casa de dos pisos. El güey estaba trabajando a la altura del techo y en eso que llega un cabrón todo pedo en una troca y se embarra justo debajo de donde estaba el Fermín. El fregadazo no solo lo tumbó, sino que en cuanto aterrizó en el suelo se le dejó venir encima la pared de la casa. Por eso quedó como quedó, el pobre. Ya no pudo volver a chambear jamás, se tuvo que quedar guardado mientras su jefa seguía chingándole macizo en las gorditas. Lástima que a los dos o tres años se murió. Dicen que la pobre tuvo que jalar hasta el día en que murió, que colgó los tenis en el puesto, con una de chicharrón en la mano. Fue hasta entonces que se supo que tenía cáncer y que no le había querido decir nada a su hijo porque sabía que de todas formas ni el tratamiento podía pagarse. El Fermín se quedó desamparado. No tenía familia y, si tenía amigos, hacía mucho que no se dejaban ver ni sus sombras. Luego llegó un rumor del bato que le había provocado el accidente, quien se había librado sin pedos del asunto soltando un billetito y vivía en Monclova desde hacía un rato. Andaban diciendo por ahí que el güey se había ganado la lotería. Ja, ja, ja. No me chingues. En fin, dicen que cuando el Fermín se enteró de esto se le zafó el último tornillo que le quedaba bien acomodado. Así que fue a meterse a Las Misiones para ponerse pedo hasta matarse y terminó obsesionado con la maquinita esa.

Unos días después, volvimos a Las Misiones y el Fermín estaba ahí, como siempre. Yo me senté en la mesa de la Liga Infantil de Póker, mientras mi jefe y su carnal se iban a sus ya tradicionales asientos en la barra. La música de la rockola y el timbre de la maquinita servían de fondo igual que todos los días. Agarré un puño de cacahuates y le pedí al hijo de la mesera que me repartiera. Iba a ser otra pinche noche de esas vacaciones que se me figuraba que iban a tomar toda la vida.

Ya iba por el quinto juego y no me quedaban cacahuates para apostar; atrás mi tío soltaba esa risotada que a mí se me hacía que era más bien como el sonido que hace un perro cuando lo atropellan. En eso, que la maquinita del Fermín hace un sonido que no le habíamos escuchado antes. Soltaba pitidos como loca, una y otra vez. El Fermín se puso de pie de un brinco y hasta se alejó dos o tres pasos de la máquina del susto que le puso. Las lucecitas y los pitidos nos atrajeron a todos, como insectos volando alrededor de un foco. Nos llevó un rato darnos cuenta de que uno de los sonidos que se escuchaban era el de las monedas que la máquina estaba escupiendo en la canasta debajo de los controles hasta desbordarla. PREMIO MAYOR PREMIO MAYOR PREMIO MAYOR dibujaban los focos en la pantalla. En cuanto se dio cuenta de lo qué estaba pasando, el Fermín fue tan rápido como su pierna inútil se lo permitía hasta la barra por un tarro en el cual echar el varo. La mesera trató de ayudarle pero este le echó una mirada de fuego con que dibujó un perímetro alrededor de la máquina. Tuvo que ir y volver a la barra otras dos veces por tarros para sus monedas. Sacudió la máquina hasta estar seguro que había quedado completamente vacía. Todos miramos, sin decir nada, cómo Fermín juntaba su dinero y lo empezaba a contar. Alguien sugirió que le invitara a los presentes una ronda y el Fermín le escupió una mentada de madre a medio masticar. Luego de un rato, cada quien volvió a su sitio y él se quedó en el suelo haciendo el inventario de su fortuna.

El bato se tapó la cara con las manos y se echó a llorar cuando contó la última moneda. La neta nunca supe si de alegría o de tristeza o de locura o de qué chingados.

— ¡Nomás acuérdate de que me debes trescientos, eh!—le gritó la mesera desde la barra— Y a ver si esas pinches monedillas completan de perdida la mitad de lo que te has gastado en esa madre.

Creo que esa fue la última vez en ese verano que estuve en Las Misiones. O puede que no, no me acuerdo. Pero para cuando volví al siguiente verano, y al que siguió de ese, ahí seguía el pinche Fermín, jugándose la vida en la maquinita. N’día destos vapegr, clers, decía. N’día destos vapegr…

—¡A ver, güey! ¡Mira! —me grita de repente el pinche Paco— ¡Ya son las seis!

El bato respira hondo y se persigna.

—Hoy se arma, carnal —dice y la neta no sé si me dice a mí o a sí mismo o a alguien en su cabeza— Hoy sí se arma, hoy sí.

Pinche Paco, estás cabrón.

Los dos nos bajamos del carro y caminamos directo al Oxxo con las manos clavadas en la bolsa de la sudadera.

 

Javier Armendáriz (Parral, 1994). Egresado de la Lic. en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara. Fue reportero en El Informador y colabora en el portal musical Sin Documentos. 

Instagram

Imagen de portada: Johana Contreras

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