“Un artista del hambre”

de Franz Kafka: 

un espectador de su hambre

completamente satisfecho

N.003 - Ensayo

“Un artista del hambre”
de Franz Kafka: 
un espectador de su hambre
completamente satisfecho

N.003 - Ensayo

“Un artista del hambre”
de Franz Kafka: 
un espectador 
de su hambre
completamente satisfecho

N.003 - Ensayo

“Un artista del hambre”


de Franz Kafka:

 
un espectador de su

hambre

completamente

satisfecho

N.003 - Ensayo

Escrito por Asmara Gay

Escrito por Asmara Gay

En 1922, Franz Kafka escribió el cuento “Un artista del hambre” en el que narra cómo un hombre deja de comer para presentarse a sí mismo como un espectáculo. Por no más de cuarenta días representa, de ciudad en ciudad, al artista del hambre al tiempo que es vigilado por unas personas nombradas por el público, generalmente carniceros, que cuidan que no coma durante su ayuno. De tal manera, el artista exhibe su triste esqueleto ante el asombro, sospecha e incredulidad de sus espectadores. Pero el interés del público un día decae y el empresario que lo ha contratado tiene que despedirlo. El artista siente que ha pasado demasiado tiempo en este oficio, por lo que no renuncia como el empresario, sino que busca trabajo en un circo. Allí lo ponen en una jaula y se olvidan de él hasta que deja de comer para siempre y muere. Este personaje, que es la alegoría de la vida del artista por excelencia, hacia el final del relato revela la razón de su necesidad de hambre: si hubiera encontrado una comida que me gustara, créame, le dice al inspector del circo, nunca hubiera ayunado. Pero antes, a la mitad del cuento, el narrador nos dice un motivo diferente del ayuno de este hombre: “para cambiar de oficio, no sólo estaba demasiado viejo, sino que además estaba fanáticamente enamorado del ayuno” (Kafka, 1995. pag. 89) . Sobre estas dos razones que tiene el artista del hambre para permanecer en su ayuno es que versará este breve ensayo, pues están entrelazadas.

De haber encontrado una comida...

Mientras permanece afuera de su jaula, el artista del hambre es un hombre melancólico. Quienes lo conocen imaginan que tal carácter se debe a su ayuno prolongado, lo que ha afectado, probablemente, su sistema nervioso. Sin embargo, el artista no piensa esto. Sabe que la causa de su melancolía no es derivada del ayuno, sino que es consecuencia de la falta de este, que su tristeza procede, paradójicamente, de la ausencia de hambre.

En ningún lugar dentro del cuento, excepto al final, Kafka nos dice la razón más importante que tiene su personaje para ayunar: la carencia de una comida que le gustara. Al parecer, él se encuentra en una búsqueda, una búsqueda insatisfecha, cuyo paliativo o placebo se encuentra en el hambre o, más bien, en la sensación del hambre como un reflejo de la ausencia de comida placentera. Así, el artista está en una búsqueda, aunque esta es una búsqueda egoísta porque a partir de ella desea recibir el reconocimiento del mundo. Esto lo manifiesta en el diálogo que tiene con el inspector del circo y, por ello, al inspector, como representante del mundo, le pide perdón. El inspector no lo entiende, por supuesto, pero le sigue la corriente y responde: “Te perdonamos”. Entonces el artista le explica que había deseado toda la vida que el mundo admirara su resistencia al hambre, aunque él sabe que la admiración que recibe es inadecuada, pues lo que hace no solo no es difícil, sino que es el resultado de algo que esconde y que únicamente descubrirá al inspector: no haber encontrado alimentos con los que pudiera gozar y así permanecer en la tierra con un sentido de su vida.

Solo él sabía —solo él y ninguno de sus adeptos— qué cosa  tan fácil era el ayuno. Era la cosa más fácil del mundo. Verdad que no lo ocultaba, pero no le creían; en el caso más favorable, lo tomaban por modesto, pero, en general, lo juzgaban un reclamista, o un vil farsante para quien el ayuno era cosa fácil porque sabía la manera de hacerlo fácil y que tenía, además, el cinismo de dejarlo entrever. Había de aguantar todo esto, y, en el curso de los años, ya se había acostumbrado a ello; pero, en su interior, siempre le recomía este descontento y ni una sola vez, al fin de su ayuno —esta justicia había que hacérsela—, había abandonado su jaula voluntariamente. (Ibídem, pag. 89)

El enamorado del hambre

El sentido que encuentra el personaje kafkiano para vivir se halla en el hambre, paradójicamente es un camino de muerte. Al estar “fanáticamente enamorado del hambre”, el artista está enamorado de su propia aniquilación. Por eso, para él es fácil decir que si pudiera dejaría de comer para siempre, porque en su caso este no es un reto, el reto sería comer para siempre. Además, saturado de este estado tanático, lo que hace más feliz al artista del hambre es su propio sufrimiento, la contemplación de su ruina por él mismo, una íntima necesidad de destruirse, que se hace presente con cruel ironía en el relato kafkiano.

Cuando se sentía más dichoso era al llegar la mañana, momento en el que, por cuenta de la empresa, servían a los vigilantes un abundante desayuno, que devoraban con el apetito de hombres robustos que han pasado una noche de dura vigilancia. (Ibídem, p.83)

Esta necesidad de destrucción del artista, de observarse y de que le observen, es representada incluso cuando ya no se le necesita, cuando ya no existe el espectáculo porque no hay espectadores. De alguna manera, el artista deja de lado la naturaleza que él se confiere a sí mismo, pues al rehusarse a cambiar su situación a raíz de la mudanza de las circunstancias de su entorno él ha dejado de ser, pese a seguir un camino comprometido con un público que ya no le da vida. El rechazo a la transformación erige al artista en un no-ser artista del hambre, porque al tomar la decisión de no comer cuando ha perdido al público que lo impulsaba deja de ser artista y así inicia su camino a la muerte.

En este relato, Kafka nos muestra una paradoja de la existencia: si para ser hay que comer, al rehusarse a hacerlo el artista es fiel a su arte, pero dejará de existir por esa misma fidelidad. De alguna manera, existe pero no existe. El sentido de su vida se encamina hacia el sentido de su muerte porque este enamorado del hambre es en realidad un enamorado de la muerte.

 

En 1922, Franz Kafka escribió el cuento “Un artista del hambre” en el que narra cómo un hombre deja de comer para presentarse a sí mismo como un espectáculo. Por no más de cuarenta días representa, de ciudad en ciudad, al artista del hambre al tiempo que es vigilado por unas personas nombradas por el público, generalmente carniceros, que cuidan que no coma durante su ayuno. De tal manera, el artista exhibe su triste esqueleto ante el asombro, sospecha e incredulidad de sus espectadores. Pero el interés del público un día decae y el empresario que lo ha contratado tiene que despedirlo. El artista siente que ha pasado demasiado tiempo en este oficio, por lo que no renuncia como el empresario, sino que busca trabajo en un circo. Allí lo ponen en una jaula y se olvidan de él hasta que deja de comer para siempre y muere. Este personaje, que es la alegoría de la vida del artista por excelencia, hacia el final del relato revela la razón de su necesidad de hambre: si hubiera encontrado una comida que me gustara, créame, le dice al inspector del circo, nunca hubiera ayunado. Pero antes, a la mitad del cuento, el narrador nos dice un motivo diferente del ayuno de este hombre: “para cambiar de oficio, no sólo estaba demasiado viejo, sino que además estaba fanáticamente enamorado del ayuno” (Kafka, 1995. pag. 89) . Sobre estas dos razones que tiene el artista del hambre para permanecer en su ayuno es que versará este breve ensayo, pues están entrelazadas.

De haber encontrado una comida...

Mientras permanece afuera de su jaula, el artista del hambre es un hombre melancólico. Quienes lo conocen imaginan que tal carácter se debe a su ayuno prolongado, lo que ha afectado, probablemente, su sistema nervioso. Sin embargo, el artista no piensa esto. Sabe que la causa de su melancolía no es derivada del ayuno, sino que es consecuencia de la falta de éste, que su tristeza procede, paradójicamente, de la ausencia de hambre.

En ningún lugar dentro del cuento excepto al final, Kafka nos dice la razón más importante que tiene su personaje para ayunar: la carencia de una comida que le gustara. Al parecer, él se encuentra en una búsqueda, una búsqueda insatisfecha, cuyo paliativo o placebo se encuentra en el hambre, o más bien, en la sensación del hambre como un reflejo de la ausencia de comida placentera. Así, el artista está en una búsqueda, aunque ésta es una búsqueda egoísta porque a partir de ella desea recibir el reconocimiento del mundo. Esto lo manifiesta en el diálogo que tiene con el inspector del circo y, por ello, al inspector, como representante del mundo, le pide perdón. El inspector no lo entiende, por supuesto, pero le sigue la corriente y responde: “Te perdonamos”. Entonces el artista le explica que había deseado toda la vida que el mundo admirara su resistencia al hambre, aunque él sabe que la admiración que recibe es inadecuada, pues lo que hace no sólo no es difícil, sino que es el resultado de algo que esconde y que únicamente descubrirá al inspector: no haber encontrado alimentos con los que pudiera gozar y así permanecer en la tierra con un sentido de su vida.

Sólo él sabía —sólo él y ninguno de sus adeptos— qué fácil cosa era el ayuno. Era la cosa más fácil del mundo. Verdad que no lo ocultaba, pero no le creían; en el caso más favorable, lo tomaban por modesto, pero, en general, lo juzgaban un reclamista, o un vil farsante para quien el ayuno era cosa fácil porque sabía la manera de hacerlo fácil y que tenía, además, el cinismo de dejarlo entrever. Había de aguantar todo esto, y, en el curso de los años, ya se había acostumbrado a ello; pero, en su interior, siempre le recomía este descontento y ni una sola vez, al fin de su ayuno —esta justicia había que hacérsela—, había abandonado su jaula voluntariamente. (Ibídem, pag. 89)

El enamorado del hambre

El sentido que encuentra el personaje kafkiano para vivir se halla en el hambre, paradójicamente es un camino de muerte. Al estar “fanáticamente enamorado del hambre”, el artista está enamorado de su propia aniquilación. Por eso, para él es fácil decir que si pudiera dejaría de comer para siempre, porque en su caso éste no es un reto, el reto sería comer para siempre. Además, saturado de este estado tanático, lo que hace más feliz al artista del hambre es su propio sufrimiento, la contemplación de su ruina por él mismo, una íntima necesidad de destruirse, que se hace presente con cruel ironía en el relato kafkiano.

Cuando se sentía más dichoso era al llegar la mañana, momento en el que, por cuenta de la empresa, servían a los vigilantes un abundante desayuno, que devoraban con el apetito de hombres robustos que han pasado una noche de dura vigilancia. (Ibídem, p.83)

Esta necesidad de destrucción del artista, de observarse y de que le observen, es representada incluso cuando ya no se le necesita, cuando ya no existe el espectáculo porque no hay espectadores. De alguna manera, el artista deja de lado la naturaleza que él se confiere a sí mismo, pues al rehusarse a cambiar su situación a raíz de la mudanza de las circunstancias de su entorno él ha dejado de ser, pese a seguir un camino comprometido con un público que ya no le da vida. El rechazo a la transformación erige al artista en un no-ser artista del hambre, porque al tomar la decisión de no comer cuando ha perdido al público que lo impulsaba deja de ser artista y así inicia su camino a la muerte.

En este relato, Kafka nos muestra una paradoja de la existencia: si para ser hay que comer, al rehusarse a hacerlo el artista es fiel a su arte, pero dejará de existir por esa misma fidelidad. De alguna manera, existe pero no existe. El sentido de su vida se encamina hacia el sentido de su muerte porque este enamorado del hambre es en realidad un enamorado de la muerte.


En 1922, Franz Kafka escribió el cuento “Un artista del hambre” en el que narra cómo un hombre deja de comer para presentarse a sí mismo como un espectáculo. Por no más de cuarenta días representa, de ciudad en ciudad, al artista del hambre al tiempo que es vigilado por unas personas nombradas por el público, generalmente carniceros, que cuidan que no coma durante su ayuno. De tal manera, el artista exhibe su triste esqueleto ante el asombro, sospecha e incredulidad de sus espectadores. Pero el interés del público un día decae y el empresario que lo ha contratado tiene que despedirlo. El artista siente que ha pasado demasiado tiempo en este oficio, por lo que no renuncia como el empresario, sino que busca trabajo en un circo. Allí lo ponen en una jaula y se olvidan de él hasta que deja de comer para siempre y muere. Este personaje, que es la alegoría de la vida del artista por excelencia, hacia el final del relato revela la razón de su necesidad de hambre: si hubiera encontrado una comida que me gustara, créame, le dice al inspector del circo, nunca hubiera ayunado. Pero antes, a la mitad del cuento, el narrador nos dice un motivo diferente del ayuno de este hombre: “para cambiar de oficio, no sólo estaba demasiado viejo, sino que además estaba fanáticamente enamorado del ayuno” (Kafka, 1995. pag. 89) . Sobre estas dos razones que tiene el artista del hambre para permanecer en su ayuno es que versará este breve ensayo, pues están entrelazadas.

De haber encontrado una comida...

Mientras permanece afuera de su jaula, el artista del hambre es un hombre melancólico. Quienes lo conocen imaginan que tal carácter se debe a su ayuno prolongado, lo que ha afectado, probablemente, su sistema nervioso. Sin embargo, el artista no piensa esto. Sabe que la causa de su melancolía no es derivada del ayuno, sino que es consecuencia de la falta de éste, que su tristeza procede, paradójicamente, de la ausencia de hambre.

En ningún lugar dentro del cuento excepto al final, Kafka nos dice la razón más importante que tiene su personaje para ayunar: la carencia de una comida que le gustara. Al parecer, él se encuentra en una búsqueda, una búsqueda insatisfecha, cuyo paliativo o placebo se encuentra en el hambre, o más bien, en la sensación del hambre como un reflejo de la ausencia de comida placentera. Así, el artista está en una búsqueda, aunque ésta es una búsqueda egoísta porque a partir de ella desea recibir el reconocimiento del mundo. Esto lo manifiesta en el diálogo que tiene con el inspector del circo y, por ello, al inspector, como representante del mundo, le pide perdón. El inspector no lo entiende, por supuesto, pero le sigue la corriente y responde: “Te perdonamos”. Entonces el artista le explica que había deseado toda la vida que el mundo admirara su resistencia al hambre, aunque él sabe que la admiración que recibe es inadecuada, pues lo que hace no sólo no es difícil, sino que es el resultado de algo que esconde y que únicamente descubrirá al inspector: no haber encontrado alimentos con los que pudiera gozar y así permanecer en la tierra con un sentido de su vida.

Sólo él sabía —sólo él y ninguno de sus adeptos— qué fácil cosa era el ayuno. Era la cosa más fácil del mundo. Verdad que no lo ocultaba, pero no le creían; en el caso más favorable, lo tomaban por modesto, pero, en general, lo juzgaban un reclamista, o un vil farsante para quien el ayuno era cosa fácil porque sabía la manera de hacerlo fácil y que tenía, además, el cinismo de dejarlo entrever. Había de aguantar todo esto, y, en el curso de los años, ya se había acostumbrado a ello; pero, en su interior, siempre le recomía este descontento y ni una sola vez, al fin de su ayuno —esta justicia había que hacérsela—, había abandonado su jaula voluntariamente. (Ibídem, pag. 89)

El enamorado del hambre

El sentido que encuentra el personaje kafkiano para vivir se halla en el hambre, paradójicamente es un camino de muerte. Al estar “fanáticamente enamorado del hambre”, el artista está enamorado de su propia aniquilación. Por eso, para él es fácil decir que si pudiera dejaría de comer para siempre, porque en su caso éste no es un reto, el reto sería comer para siempre. Además, saturado de este estado tanático, lo que hace más feliz al artista del hambre es su propio sufrimiento, la contemplación de su ruina por él mismo, una íntima necesidad de destruirse, que se hace presente con cruel ironía en el relato kafkiano.

Cuando se sentía más dichoso era al llegar la mañana, momento en el que, por cuenta de la empresa, servían a los vigilantes un abundante desayuno, que devoraban con el apetito de hombres robustos que han pasado una noche de dura vigilancia. (Ibídem, p.83)

Esta necesidad de destrucción del artista, de observarse y de que le observen, es representada incluso cuando ya no se le necesita, cuando ya no existe el espectáculo porque no hay espectadores. De alguna manera, el artista deja de lado la naturaleza que él se confiere a sí mismo, pues al rehusarse a cambiar su situación a raíz de la mudanza de las circunstancias de su entorno él ha dejado de ser, pese a seguir un camino comprometido con un público que ya no le da vida. El rechazo a la transformación erige al artista en un no-ser artista del hambre, porque al tomar la decisión de no comer cuando ha perdido al público que lo impulsaba deja de ser artista y así inicia su camino a la muerte.

En este relato, Kafka nos muestra una paradoja de la existencia: si para ser hay que comer, al rehusarse a hacerlo el artista es fiel a su arte, pero dejará de existir por esa misma fidelidad. De alguna manera, existe pero no existe. El sentido de su vida se encamina hacia el sentido de su muerte porque este enamorado del hambre es en realidad un enamorado de la muerte.


En 1922, Franz Kafka escribió el cuento “Un artista del hambre” en el que narra cómo un hombre deja de comer para presentarse a sí mismo como un espectáculo. Por no más de cuarenta días representa, de ciudad en ciudad, al artista del hambre al tiempo que es vigilado por unas personas nombradas por el público, generalmente carniceros, que cuidan que no coma durante su ayuno. De tal manera, el artista exhibe su triste esqueleto ante el asombro, sospecha e incredulidad de sus espectadores. Pero el interés del público un día decae y el empresario que lo ha contratado tiene que despedirlo. El artista siente que ha pasado demasiado tiempo en este oficio, por lo que no renuncia como el empresario, sino que busca trabajo en un circo. Allí lo ponen en una jaula y se olvidan de él hasta que deja de comer para siempre y muere. Este personaje, que es la alegoría de la vida del artista por excelencia, hacia el final del relato revela la razón de su necesidad de hambre: si hubiera encontrado una comida que me gustara, créame, le dice al inspector del circo, nunca hubiera ayunado. Pero antes, a la mitad del cuento, el narrador nos dice un motivo diferente del ayuno de este hombre: “para cambiar de oficio, no sólo estaba demasiado viejo, sino que además estaba fanáticamente enamorado del ayuno” (Kafka, 1995. pag. 89) . Sobre estas dos razones que tiene el artista del hambre para permanecer en su ayuno es que versará este breve ensayo, pues están entrelazadas.

De haber encontrado una comida...

Mientras permanece afuera de su jaula, el artista del hambre es un hombre melancólico. Quienes lo conocen imaginan que tal carácter se debe a su ayuno prolongado, lo que ha afectado, probablemente, su sistema nervioso. Sin embargo, el artista no piensa esto. Sabe que la causa de su melancolía no es derivada del ayuno, sino que es consecuencia de la falta de éste, que su tristeza procede, paradójicamente, de la ausencia de hambre.

En ningún lugar dentro del cuento excepto al final, Kafka nos dice la razón más importante que tiene su personaje para ayunar: la carencia de una comida que le gustara. Al parecer, él se encuentra en una búsqueda, una búsqueda insatisfecha, cuyo paliativo o placebo se encuentra en el hambre, o más bien, en la sensación del hambre como un reflejo de la ausencia de comida placentera. Así, el artista está en una búsqueda, aunque ésta es una búsqueda egoísta porque a partir de ella desea recibir el reconocimiento del mundo. Esto lo manifiesta en el diálogo que tiene con el inspector del circo y, por ello, al inspector, como representante del mundo, le pide perdón. El inspector no lo entiende, por supuesto, pero le sigue la corriente y responde: “Te perdonamos”. Entonces el artista le explica que había deseado toda la vida que el mundo admirara su resistencia al hambre, aunque él sabe que la admiración que recibe es inadecuada, pues lo que hace no sólo no es difícil, sino que es el resultado de algo que esconde y que únicamente descubrirá al inspector: no haber encontrado alimentos con los que pudiera gozar y así permanecer en la tierra con un sentido de su vida.

Sólo él sabía —sólo él y ninguno de sus adeptos— qué fácil cosa era el ayuno. Era la cosa más fácil del mundo. Verdad que no lo ocultaba, pero no le creían; en el caso más favorable, lo tomaban por modesto, pero, en general, lo juzgaban un reclamista, o un vil farsante para quien el ayuno era cosa fácil porque sabía la manera de hacerlo fácil y que tenía, además, el cinismo de dejarlo entrever. Había de aguantar todo esto, y, en el curso de los años, ya se había acostumbrado a ello; pero, en su interior, siempre le recomía este descontento y ni una sola vez, al fin de su ayuno —esta justicia había que hacérsela—, había abandonado su jaula voluntariamente. (Ibídem, pag. 89)

El enamorado del hambre

El sentido que encuentra el personaje kafkiano para vivir se halla en el hambre, paradójicamente es un camino de muerte. Al estar “fanáticamente enamorado del hambre”, el artista está enamorado de su propia aniquilación. Por eso, para él es fácil decir que si pudiera dejaría de comer para siempre, porque en su caso éste no es un reto, el reto sería comer para siempre. Además, saturado de este estado tanático, lo que hace más feliz al artista del hambre es su propio sufrimiento, la contemplación de su ruina por él mismo, una íntima necesidad de destruirse, que se hace presente con cruel ironía en el relato kafkiano.

Cuando se sentía más dichoso era al llegar la mañana, momento en el que, por cuenta de la empresa, servían a los vigilantes un abundante desayuno, que devoraban con el apetito de hombres robustos que han pasado una noche de dura vigilancia. (Ibídem, p.83)

Esta necesidad de destrucción del artista, de observarse y de que le observen, es representada incluso cuando ya no se le necesita, cuando ya no existe el espectáculo porque no hay espectadores. De alguna manera, el artista deja de lado la naturaleza que él se confiere a sí mismo, pues al rehusarse a cambiar su situación a raíz de la mudanza de las circunstancias de su entorno él ha dejado de ser, pese a seguir un camino comprometido con un público que ya no le da vida. El rechazo a la transformación erige al artista en un no-ser artista del hambre, porque al tomar la decisión de no comer cuando ha perdido al público que lo impulsaba deja de ser artista y así inicia su camino a la muerte.

En este relato, Kafka nos muestra una paradoja de la existencia: si para ser hay que comer, al rehusarse a hacerlo el artista es fiel a su arte, pero dejará de existir por esa misma fidelidad. De alguna manera, existe pero no existe. El sentido de su vida se encamina hacia el sentido de su muerte porque este enamorado del hambre es en realidad un enamorado de la muerte.


Franz Kafka. “Un artista del hambre”, en La metamorfosis y otros relatos. Madrid: RBA, 1995

Asmara Gay. Egresada de la Maestría en Apreciación y Creación Literaria (Casa Lamm) y de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación (UNAM). Escribe cuentos, poemas y ensayos y colabora en diversas revistas literarias. Actualmente imparte clases en Casa Lamm y es coordinadora de la sección ensayo de la Revista Nocturnario.

Imagen de portada: M. Klempfner

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