Tonalá

N.011 - Narrativa

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Escrito por Deyanira R B

Aquella noche difícilmente pude conciliar el sueño. Me desperté con el cuerpo sudoroso y la respiración agitada. Estaba segura: los habitantes del pueblo nos habían descubierto.

Debíamos irnos para siempre.

La primera vez que Roberto tocó mi pierna yo tenía doce años y él tenía trece, solamente éramos unos niños jugando a ser adultos.

Al principio no pasó nada lejos de unos cuantos besos furtivos en el patio de la casa, aquello dio lugar a una serie de encuentros en medio del desierto de Tonalá en el que nos habíamos criado. Solo un simple toqueteo entre nosotros y nada más. Era fácil encontrar lugares románticos en medio de la arena.

Con el tiempo, fue inevitable terminar en los brazos del otro. Ya éramos marido y mujer en toda regla.

No era fácil mantener mi posición de esposa. Todo el tiempo pensaba que seríamos descubiertos y reprimidos por lo que hacíamos. Durante la mayoría de mis encuentros con Roberto,, muchas veces me resultó difícil hallar completa satisfacción. El goce inicial terminaba en un sentido de culpa e impotencia por sucumbir ante la idea de estar con él.

Inevitablemente, llegó el día en que descubrieron lo que hacíamos a escondidas.

Madre fue la primera en enterarse y tardó bastante en reprimirnos por lo que habíamos hecho.

Cuando nos encontró, los dos estábamos en medio de circunstancias... bastante particulares.

Roberto y yo la miramos fijamente desde donde estábamos. Era fácil notar cuan furiosa estaba con nosotros.

Sé que no era necesario que Roberto golpeara la cabeza de madre hasta hacerla sangrar y que su cuerpo comenzará a ponerse frío, pero en ese momento él estaba tan asustado que no pensó en otra cosa que mantener nuestro secreto intacto.

Antes de sucumbir ante las heridas, madre gritó. Ella sabía de nosotros desde hace un tiempo y esperaba que la situación no pasara a mayores, pero cuando nos vio así, tan enmarañados, ella supo que no había esperanza.

Padre se enteró de todo. Él estaba en la puerta, esperando para que lo encaráramos acerca de lo que madre había descubierto antes de morir.

Nos gritó aún más fuerte que madre. Roberto no pudo soportar el modo en que los inquisidores ojos de padre nos miraban. Él se acercó a padre con su cuchillo desenvainado y lo encajó con fuerza en el costado de aquel hombre viejo.

Los ojos de padre pasaron de la ira a la sorpresa rápidamente, incluso podía verse un poco de tristeza en sus iris negros. Él cayó de rodillas en la arena que bordeaba la casa, agarrándose el costado para evitar que su sangre siguiera saliendo. Sus últimas palabras fueron: ¿Por qué te atreviste a tocar a Adelina? 

Roberto le rebanó la garganta a padre. Después de un sonoro gorgoteo en el que salió una gran cantidad de sangre, él murió.

Fue una desesperación tan honda, que tardamos días en volver a mirar el mundo. Sé que no nos queda mucho tiempo antes de abandonar nuestro hogar y a estos cadáveres que nos dieron la vida. Cada noche, nos acostamos con un poco más de aflicción, esperando que los signos de putrefacción nos delaten definitivamente ante las autoridades, antes de que estas descubran que, ya nos hemos ido.

 

Aquella noche difícilmente pude conciliar el sueño. Me desperté con el cuerpo sudoroso y la respiración agitada. Estaba segura: los habitantes del pueblo nos habían descubierto.

Debíamos irnos para siempre.

La primera vez que Roberto tocó mi pierna yo tenía doce años y él tenía trece, solamente éramos unos niños jugando a ser adultos.

Al principio no pasó nada lejos de unos cuantos besos furtivos en el patio de la casa, aquello dio lugar a una serie de encuentros en medio del desierto de Tonalá en el que nos habíamos criado. Solo un simple toqueteo entre nosotros y nada más. Era fácil encontrar lugares románticos en medio de la arena.

Con el tiempo, fue inevitable terminar en los brazos del otro. Ya éramos marido y mujer en toda regla.

No era fácil mantener mi posición de esposa. Todo el tiempo pensaba que seríamos descubiertos y reprimidos por lo que hacíamos. Durante la mayoría de mis encuentros con Roberto,, muchas veces me resultó difícil hallar completa satisfacción. El goce inicial terminaba en un sentido de culpa e impotencia por sucumbir ante la idea de estar con él.

Inevitablemente, llegó el día en que descubrieron lo que hacíamos a escondidas.

Madre fue la primera en enterarse y tardó bastante en reprimirnos por lo que habíamos hecho.

Cuando nos encontró, los dos estábamos en medio de circunstancias... bastante particulares.

Roberto y yo la miramos fijamente desde donde estábamos. Era fácil notar cuan furiosa estaba con nosotros.

Sé que no era necesario que Roberto golpeara la cabeza de madre hasta hacerla sangrar y que su cuerpo comenzará a ponerse frío, pero en ese momento él estaba tan asustado que no pensó en otra cosa que mantener nuestro secreto intacto.

Antes de sucumbir ante las heridas, madre gritó. Ella sabía de nosotros desde hace un tiempo y esperaba que la situación no pasara a mayores, pero cuando nos vio así, tan enmarañados, ella supo que no había esperanza.

Padre se enteró de todo. Él estaba en la puerta, esperando para que lo encaráramos acerca de lo que madre había descubierto antes de morir.

Nos gritó aún más fuerte que madre. Roberto no pudo soportar el modo en que los inquisidores ojos de padre nos miraban. Él se acercó a padre con su cuchillo desenvainado y lo encajó con fuerza en el costado de aquel hombre viejo.

Los ojos de padre pasaron de la ira a la sorpresa rápidamente, incluso podía verse un poco de tristeza en sus iris negros. Él cayó de rodillas en la arena que bordeaba la casa, agarrándose el costado para evitar que su sangre siguiera saliendo. Sus últimas palabras fueron: ¿Por qué te atreviste a tocar a Adelina? 

Roberto le rebanó la garganta a padre. Después de un sonoro gorgoteo en el que salió una gran cantidad de sangre, él murió.

Fue una desesperación tan honda, que tardamos días en volver a mirar el mundo. Sé que no nos queda mucho tiempo antes de abandonar nuestro hogar y a estos cadáveres que nos dieron la vida. Cada noche, nos acostamos con un poco más de aflicción, esperando que los signos de putrefacción nos delaten definitivamente ante las autoridades, antes de que estas descubran que, ya nos hemos ido.

 

Aquella noche difícilmente pude conciliar el sueño. Me desperté con el cuerpo sudoroso y la respiración agitada. Estaba segura: los habitantes del pueblo nos habían descubierto.

Debíamos irnos para siempre.

La primera vez que Roberto tocó mi pierna yo tenía doce años y él tenía trece, solamente éramos unos niños jugando a ser adultos.

Al principio no pasó nada lejos de unos cuantos besos furtivos en el patio de la casa, aquello dio lugar a una serie de encuentros en medio del desierto de Tonalá en el que nos habíamos criado. Solo un simple toqueteo entre nosotros y nada más. Era fácil encontrar lugares románticos en medio de la arena.

Con el tiempo, fue inevitable terminar en los brazos del otro. Ya éramos marido y mujer en toda regla.

No era fácil mantener mi posición de esposa. Todo el tiempo pensaba que seríamos descubiertos y reprimidos por lo que hacíamos. Durante la mayoría de mis encuentros con Roberto,, muchas veces me resultó difícil hallar completa satisfacción. El goce inicial terminaba en un sentido de culpa e impotencia por sucumbir ante la idea de estar con él.

Inevitablemente, llegó el día en que descubrieron lo que hacíamos a escondidas.

Madre fue la primera en enterarse y tardó bastante en reprimirnos por lo que habíamos hecho.

Cuando nos encontró, los dos estábamos en medio de circunstancias... bastante particulares.

Roberto y yo la miramos fijamente desde donde estábamos. Era fácil notar cuan furiosa estaba con nosotros.

Sé que no era necesario que Roberto golpeara la cabeza de madre hasta hacerla sangrar y que su cuerpo comenzará a ponerse frío, pero en ese momento él estaba tan asustado que no pensó en otra cosa que mantener nuestro secreto intacto.

Antes de sucumbir ante las heridas, madre gritó. Ella sabía de nosotros desde hace un tiempo y esperaba que la situación no pasara a mayores, pero cuando nos vio así, tan enmarañados, ella supo que no había esperanza.

Padre se enteró de todo. Él estaba en la puerta, esperando para que lo encaráramos acerca de lo que madre había descubierto antes de morir.

Nos gritó aún más fuerte que madre. Roberto no pudo soportar el modo en que los inquisidores ojos de padre nos miraban. Él se acercó a padre con su cuchillo desenvainado y lo encajó con fuerza en el costado de aquel hombre viejo.

Los ojos de padre pasaron de la ira a la sorpresa rápidamente, incluso podía verse un poco de tristeza en sus iris negros. Él cayó de rodillas en la arena que bordeaba la casa, agarrándose el costado para evitar que su sangre siguiera saliendo. Sus últimas palabras fueron: ¿Por qué te atreviste a tocar a Adelina? 

Roberto le rebanó la garganta a padre. Después de un sonoro gorgoteo en el que salió una gran cantidad de sangre, él murió.

Fue una desesperación tan honda, que tardamos días en volver a mirar el mundo. Sé que no nos queda mucho tiempo antes de abandonar nuestro hogar y a estos cadáveres que nos dieron la vida. Cada noche, nos acostamos con un poco más de aflicción, esperando que los signos de putrefacción nos delaten definitivamente ante las autoridades, antes de que estas descubran que, ya nos hemos ido.

 

Aquella noche difícilmente pude conciliar el sueño. Me desperté con el cuerpo sudoroso y la respiración agitada. Estaba segura: los habitantes del pueblo nos habían descubierto.

Debíamos irnos para siempre.

La primera vez que Roberto tocó mi pierna yo tenía doce años y él tenía trece, solamente éramos unos niños jugando a ser adultos.

Al principio no pasó nada lejos de unos cuantos besos furtivos en el patio de la casa, aquello dio lugar a una serie de encuentros en medio del desierto de Tonalá en el que nos habíamos criado. Solo un simple toqueteo entre nosotros y nada más. Era fácil encontrar lugares románticos en medio de la arena.

Con el tiempo, fue inevitable terminar en los brazos del otro. Ya éramos marido y mujer en toda regla.

No era fácil mantener mi posición de esposa. Todo el tiempo pensaba que seríamos descubiertos y reprimidos por lo que hacíamos. Durante la mayoría de mis encuentros con Roberto,, muchas veces me resultó difícil hallar completa satisfacción. El goce inicial terminaba en un sentido de culpa e impotencia por sucumbir ante la idea de estar con él.

Inevitablemente, llegó el día en que descubrieron lo que hacíamos a escondidas.

Madre fue la primera en enterarse y tardó bastante en reprimirnos por lo que habíamos hecho.

Cuando nos encontró, los dos estábamos en medio de circunstancias... bastante particulares.

Roberto y yo la miramos fijamente desde donde estábamos. Era fácil notar cuan furiosa estaba con nosotros.

Sé que no era necesario que Roberto golpeara la cabeza de madre hasta hacerla sangrar y que su cuerpo comenzará a ponerse frío, pero en ese momento él estaba tan asustado que no pensó en otra cosa que mantener nuestro secreto intacto.

Antes de sucumbir ante las heridas, madre gritó. Ella sabía de nosotros desde hace un tiempo y esperaba que la situación no pasara a mayores, pero cuando nos vio así, tan enmarañados, ella supo que no había esperanza.

Padre se enteró de todo. Él estaba en la puerta, esperando para que lo encaráramos acerca de lo que madre había descubierto antes de morir.

Nos gritó aún más fuerte que madre. Roberto no pudo soportar el modo en que los inquisidores ojos de padre nos miraban. Él se acercó a padre con su cuchillo desenvainado y lo encajó con fuerza en el costado de aquel hombre viejo.

Los ojos de padre pasaron de la ira a la sorpresa rápidamente, incluso podía verse un poco de tristeza en sus iris negros. Él cayó de rodillas en la arena que bordeaba la casa, agarrándose el costado para evitar que su sangre siguiera saliendo. Sus últimas palabras fueron: ¿Por qué te atreviste a tocar a Adelina? 

Roberto le rebanó la garganta a padre. Después de un sonoro gorgoteo en el que salió una gran cantidad de sangre, él murió.

Fue una desesperación tan honda, que tardamos días en volver a mirar el mundo. Sé que no nos queda mucho tiempo antes de abandonar nuestro hogar y a estos cadáveres que nos dieron la vida. Cada noche, nos acostamos con un poco más de aflicción, esperando que los signos de putrefacción nos delaten definitivamente ante las autoridades, antes de que estas descubran que, ya nos hemos ido.

 

Aquella noche difícilmente pude conciliar el sueño. Me desperté con el cuerpo sudoroso y la respiración agitada. Estaba segura: los habitantes del pueblo nos habían descubierto.

Debíamos irnos para siempre.

La primera vez que Roberto tocó mi pierna yo tenía doce años y él tenía trece, solamente éramos unos niños jugando a ser adultos.

Al principio no pasó nada lejos de unos cuantos besos furtivos en el patio de la casa, aquello dio lugar a una serie de encuentros en medio del desierto de Tonalá en el que nos habíamos criado. Solo un simple toqueteo entre nosotros y nada más. Era fácil encontrar lugares románticos en medio de la arena.

Con el tiempo, fue inevitable terminar en los brazos del otro. Ya éramos marido y mujer en toda regla.

No era fácil mantener mi posición de esposa. Todo el tiempo pensaba que seríamos descubiertos y reprimidos por lo que hacíamos. Durante la mayoría de mis encuentros con Roberto,, muchas veces me resultó difícil hallar completa satisfacción. El goce inicial terminaba en un sentido de culpa e impotencia por sucumbir ante la idea de estar con él.

Inevitablemente, llegó el día en que descubrieron lo que hacíamos a escondidas.

Madre fue la primera en enterarse y tardó bastante en reprimirnos por lo que habíamos hecho.

Cuando nos encontró, los dos estábamos en medio de circunstancias... bastante particulares.

Roberto y yo la miramos fijamente desde donde estábamos. Era fácil notar cuan furiosa estaba con nosotros.

Sé que no era necesario que Roberto golpeara la cabeza de madre hasta hacerla sangrar y que su cuerpo comenzará a ponerse frío, pero en ese momento él estaba tan asustado que no pensó en otra cosa que mantener nuestro secreto intacto.

Antes de sucumbir ante las heridas, madre gritó. Ella sabía de nosotros desde hace un tiempo y esperaba que la situación no pasara a mayores, pero cuando nos vio así, tan enmarañados, ella supo que no había esperanza.

Padre se enteró de todo. Él estaba en la puerta, esperando para que lo encaráramos acerca de lo que madre había descubierto antes de morir.

Nos gritó aún más fuerte que madre. Roberto no pudo soportar el modo en que los inquisidores ojos de padre nos miraban. Él se acercó a padre con su cuchillo desenvainado y lo encajó con fuerza en el costado de aquel hombre viejo.

Los ojos de padre pasaron de la ira a la sorpresa rápidamente, incluso podía verse un poco de tristeza en sus iris negros. Él cayó de rodillas en la arena que bordeaba la casa, agarrándose el costado para evitar que su sangre siguiera saliendo. Sus últimas palabras fueron: ¿Por qué te atreviste a tocar a Adelina? 

Roberto le rebanó la garganta a padre. Después de un sonoro gorgoteo en el que salió una gran cantidad de sangre, él murió.

Fue una desesperación tan honda, que tardamos días en volver a mirar el mundo. Sé que no nos queda mucho tiempo antes de abandonar nuestro hogar y a estos cadáveres que nos dieron la vida. Cada noche, nos acostamos con un poco más de aflicción, esperando que los signos de putrefacción nos delaten definitivamente ante las autoridades, antes de que estas descubran que, ya nos hemos ido.

 

Imagen de portada: Maia Flore

Imagen de portada: Maia Flore

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N.011 - Poesía

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