The Bourne Identity,

escrita por Maquiavelo:

Virtud y fortuna

como estereotipos de ficción 

N.013 - Ensayo

The Bourne Identity,

escrita por Maquiavelo:

Virtud y fortuna

como estereotipos de ficción 

N.013 - Ensayo

The Bourne Identity,

escrita por Maquiavelo:

Virtud y fortuna

como estereotipos de ficción 

N.013 - Ensayo

The Bourne Identity,

escrita por Maquiavelo:

Virtud y fortuna

como estereotipos de ficción

N.013 - Ensayo

Escrito por Esteban Arredondo

Playlist para escuchar mientras se lee:
CAN – She brings the rain
Moby – Extreme Ways
Lou Reed – Vicious

 

La semana pasada tuve la oportunidad de volver a ver las cinco películas de la saga de Bourne de corrido, de las que tenía buenos recuerdos, pero algunos ya algo borrosos, considerando que la primera (The Bourne Identity) fue lanzada ya hace casi veinte años, en el 2002. Bourne es una saga de películas de thriller de acción basadas en los libros homónimos de Robert Ludlum. En ellas, el personaje de Jason Bourne (Matt Damon) es un asesino de la CIA que sufre un episodio de amnesia disociativa y debe redescubrir su pasado y su identidad real. Si no las has visto, epa, pues te advierto algunos spoilers, pero sobre todo te recomiendo verlas, aprovechando que están en Netflix.

En la primera de película la saga (The Bourne Identity, 2002), un hombre es encontrado flotando en el mar Mediterráneo, sin memoria de su pasado. Al ser salvado, descubre que se llama Jason Bourne e inicia la búsqueda de su verdadera identidad mientras sobrevive a varios intentos de asesinato gracias a habilidades sorprendentes que no sabía que tenía. Descubre que sabe al menos cinco idiomas, artes marciales, técnicas de sobrevivencia extrema y amplio conocimiento de armas. Finalmente se da cuenta de que es en realidad un asesino entrenado de la CIA que perdió la conciencia a mitad de su última misión. Sin embargo, Bourne decide desligarse de su pasado y se une con Marie Kreutz (Franka Potente), una mujer que lo ayuda en ese proceso de búsqueda y con quien termina involucrándose en una relación amorosa.

Desde la primera película, nos damos cuenta de que la saga juega con dos motivos narrativos principales, que son la columna vertebral de la franquicia: 1) la figura masculina del héroe virtuoso pero atormentado por un pasado desconocido y por la búsqueda de su identidad y 2) la figura femenina de la coprotagonista apasionada como la inspiración que lo moldea, que convierte su caos en orden y su naufragio en aventura. Dos motivos que son bastante trillados en el ámbito del thriller.

Jason Bourne es el héroe griego moderno en su búsqueda de identidad. En el análisis literario a este recurso se le llama anagnórisis (del griego antiguo ana- que es “retroceder” y gnorisis o “reconocimiento”) y consiste en que el protagonista descubra su (o parte de su) identidad y cuya revelación (de lo que ya era un hecho, pero el protagonista ignoraba) cambia su perspectiva, alterando su conducta, que se adapta y se acomoda aceptando su destino y en consecuencia propiciando que este ocurra. Para que la anagnórisis o este redescubrimiento de identidad suceda, son necesarias peripecias (del griego antiguo peripeteia o “giro de la fortuna”), es decir, momentos cruciales en los que todo se le revela y hace claro al protagonista. Esto mismo sucede con Jason Bourne. La saga entera nos muestra cómo él, poco a poco y detalle por detalle, logra recuperar su identidad y sus recuerdos, que resultan alterando gran parte de sus motivos y convicciones.

En la segunda entrega de la saga (The Bourne Supremacy, 2004), han pasado ya dos años después de enterarse de que es un asesino entrenado y de romper sus conexiones con la CIA. Bourne ha comenzado una nueva vida junto con Marie en un pueblo de la India. La figura femenina es totalmente imprescindible a este punto de la historia. Es el pan y la mantequilla que representan el estereotipo dual (y también clásico) de la razón y la pasión, pero más específicamente el de la virtud y la fortuna, que analizaremos a continuación y que, aunque menos conocidos, es clave para entender el desarrollo argumental de las novelas y las películas modernas.

Que el protagonista se ampare de la figura femenina para su escape, su anagnórisis, es un recurso común en el ámbito del thriller de acción que encontramos en la tradición entera de la ficción. Así, vemos a Helena amparando la impotencia de Aquiles (en La Ilíada); a Beatriz amparando la moralidad de Dante (en La divina comedia); a Daisy amparando la ambición de Gatsby (en The Great Gatsby); a Úrsula amparando la locura de José Arcadio y de sus descendientes (en Cien años de soledad), etc. Dicha relación entre protagonistas suele condimentarse con otros motivos trillados como romances prohibidos (Deckard y Rachel, en Blade Runner) o discursos sobre moralidad (Neo y Trinity, en Matrix), pero siempre mantiene su esencia: lo femenino catalizando lo masculino.

Este estereotipo ha reinado gran parte del arte en la tradición histórica, incluyendo el Renacimiento, donde el contraste idealista entre lo masculino y lo femenino alcanzaron quizás su pináculo en el arte. Los humanistas de ese entonces lo elevaron hasta una máxima, en la que se comparaba la masculinidad con la virtud y la feminidad con la fortuna: virtù vince fortuna, “la virtud vence a la fortuna”. Esta virtud se alejaba de la virtud cristiana de la fe, esperanza y caridad que había permeado hasta la Edad Media. Ahora era la virtus de los antiguos romanos. Una virtud que buscaba la gloria de la victoria mediante el valor físico y la fuerza. De allí que la palabra misma, provenga del latín virtutem (de vir, “varón u hombre” y de donde también proceden palabras como “viril” y “virilidad”). Un ejemplo de esta interpretación eran los levantamientos sociales, obviamente liderados por hombres y considerados en ese entonces como productos sociales masculinos que debían por la fuerza (y muchas veces por la violencia y el militarismo) vencer el statu quo, es decir, una especie de suerte, de fortuna que seducía a la sociedad hasta su adormecimiento.

En la obra renacentista de El príncipe (1532), que muchos de nosotros tuvimos que leer obligatoriamente en bachillerato, Nicolás Maquiavelo compara la virtud (lo masculino) y la fortuna (lo femenino) como dos fuerzas que se funden para formar al príncipe, al héroe moderno. Por virtud, Maquiavelo entendía la sensatez, el valor y la astucia de innovación del humano para sobresalir entre sus semejantes. Era un factor que dependía también de la capacidad de proporcionar estabilidad y orden ante las circunstancias, incluyendo, si fuere es necesario, la ambición e incluso la crueldad. Respecto a la fortuna (del latín fors, fortuna o “suerte”), Maquiavelo la utiliza para referirse a todas esas circunstancias que los seres humanos no pueden controlar y, en particular, al carácter de los tiempos, que tiene una relación directa con el éxito o el fracaso del héroe en su sociedad. Entiende que cuando más favorable es la época o las circunstancias para una persona, menos virtud necesitará para destacar. La fortuna, pues, era una fuerza complementaria y femenina que seducía pero que también apasionaba. Desechando las sesgadas concepciones machistas de Maquiavelo en su contexto cultural, en las que los hombres y las mujeres eran antagonistas sexuales por naturaleza, podemos percibir mucho de lo que actualmente se sigue replicando en el discurso del arte y sobre todo del arte comercial como lo es el cine, colmado de estereotipos de género.

Regresando a la trama, después de un atentado contra su vida, que resulta en la muerte de Marie, Bourne decide ir en la búsqueda de los responsables de su muerte. Esta peripecia despierta nuevas necesidades en Bourne, quien comienza a entender que sus acciones se siguen circunscribiendo al complot de la CIA para sacarle provecho. Si Bourne representa el instinto, Marie es la parte emocional, quien provoca en él un reordenamiento de sus causas y motivos, de su suerte. Es ella la que le da una razón para perseguir su pasado, para liquidar sus cuentas pendientes y poder ser finalmente “libre”.

Sabemos que Bourne es un virtuoso en su campo de acción, un asesino perfecto. Pero es de eso irónicamente de lo que busca escapar y las coprotagonistas femeninas, comenzando con Marie, catalizan sus instintos con gestos maternales de comprensión y de guía emocional que lo hacen depender de cada una de ellas en cierta manera. En un análisis superficial pero curiosamente generalizado del cine, estas parejas de personajes casi siempre representan la dicotomía de la virtud y la fortuna, de la razón y la pasión, del instinto y la emoción, como en el caso de Bourne y Marie. El protagonista masculino, el uomo virtuoso, que tiene las capacidades técnicas para lidiar con los obstáculos, y la protagonista femenina, la donna appassionata, desbloquea las tensiones y habilita el sentido pasional de sus acciones colaboran para que la trama alcance su grandezza, es decir, que tenga la fuerza emocional necesaria.

La fortuna, como la pasión, es una fuerza relacionada con lo femenino por la tradición. Indomable, creativa y exótica, afecta las circunstancias de una manera aleatoria pero siempre emocional. En una escena, Bourne está a punto de matar a uno de los antagonistas principales, pero repentinamente se abstiene de hacerlo, diciendo que “…ella (Marie) no lo hubiera querido así”. Los instintos y su virtud de asesino que lo caracterizan claramente se subyugan a la presencia apaciguadora femenina, que cataliza al protagonista para que recapacite sobre sus motivos y creencias.

En la tercera entrega de la saga (The Bourne Ultimatum, 2007), Bourne logra hacerse de documentos clasificados que prueban los motivos oscuros de las operaciones de la CIA, proceso en el que le ayuda Nicky Parsons (Julia Stile), una excompañera de labores que conoce mucho más de su pasado. Bourne finalmente encuentra su anagnórisis: su origen como asesino y sus recuerdos resurgen.

Nicky es un personaje mejor elaborado. Es Marie, pero con voluntad propia. A pesar de que no tiene control total sobre sus acciones debido a que es presionada por la CIA para colaborar, toma riendas de su situación e incluso se beneficia egoístamente de Bourne, como cuando se une a él por mera protección ante amenazas de muerte. Aquí es donde entendemos que la fortuna no emerge como una fuerza opuesta a la virtud. Por el contrario, la interacción equilibrada entre la fortuna y la virtud permite que los protagonistas consigan sus objetivos.

Hasta la Edad Media se elogiaba la invariabilidad emocional de un héroe, pero para Maquiavelo esa rigidez, es decir, esa incapacidad de adaptarse ante la fortuna (sea negativa o positiva) deriva en el fracaso. Quizás es obvio pero, si pudiéramos variar nuestra conducta y motivos continuamente, podríamos lograr el favor de la fortuna durante mucho tiempo. Por lo tanto, no es a la fortuna a la que el humano debe temer, sino a la inflexibilidad de su propia naturaleza, a la necedad. Es algo que en el personaje de Bourne se aplica muy bien. Para alcanzar la sobrevivencia es esencial reconocer ocasiones favorables pero también reconocer debilidades, poder aprovecharlas y adaptarse a ellas.

Es a esta incertidumbre a la que teme Bourne cuando trata de convencer continuamente a Marie o a Nicky para que se alejen de él, insistiendo en que es un peligro para ellas. Adentrados en la trama nos podemos dar cuenta de cómo estos argumentos son solo excusas con las que disfrazaba el miedo de su propia identidad. Bourne desconocía qué otros hallazgos le sucederían y cómo reaccionaría ante ellos. Y, en efecto, al menos dos de las protagonistas mueren, pero la causa de sus muertes no es Bourne, no es el hecho de acompañarlo, sino sus propias convicciones. Marie no muere por estar con Bourne en el momento equivocado, muere por decidir amar a un asesino. Nicky no muere por estar con Bourne en el momento equivocado, muere por creer en la justicia.

La cuarta entrega de la saga (The Bourne Legacy, 2012) se desvía de Bourne, pero volvemos a encontrar el arquetipo del virtuoso masculino que necesita de la fortuna femenina y apasionada para resolver sus conflictos internos. Aaron y Marta son básicamente Bourne y Marie, pero en esteroides (literalmente). Por último, en la quinta película (Jason Bourne, 2017), la acción regresa con Bourne, Nicky vuelve a aparecer como coprotagonista y beneficia a Bourne revelándole información clave sobre su pasado y su identidad. Aparece un nuevo personaje femenino, Heather Lee (Alicia Vikander), directora de la CIA, quien finalmente tiene la fuerza necesaria para poner tanto al director de la CIA —actuado por un Tommy Lee Jones ya casi cadavérico— como a Bourne mismo ante sus pies.

Bourne necesita ser consciente de su propia naturaleza, más en un acto de autoaprendizaje que un acto de superación y represión de las fuerzas “femeninas” de la fortuna y la pasión.  En su obra Breathing: Chaos and Poetry (2018), Franco Berardi explica que, más allá que una relación masculino-femenina, lo que estamos presenciando en la ficción es cómo la virtud se complementa con la fortuna, en un enamoramiento de los sentidos por medio de esta fórmula mágica que consigue que el espectador se rinda y que incluso pase por alto muchas de las lagunas de la trama por el encantamiento que la mezcla de virtud y fortuna provoca ante los sentidos.

Bourne se complementa siempre con contraparte femenina, comenzando por Marie, Nicky y finalmente con Heather. A pesar de que cada una tiene una función argumentalmente distinta en la trama, todas cumplen con el arquetipo de la fortuna que complementa a la virtud, mejorando el resultado de la historia. De alguna forma también los personajes femeninos encuentran seductiva la virtud de Bourne, y entonces todo cae de vuelta en su lugar.

Para Maquiavelo, esta combinación equilibrada entre la virtud y la fortuna era clave para el éxito y somos testigos de cómo lo sigue siendo. Es esta grandezza la que modernamente se ha convertido en una fórmula de éxito no solo para los thrillers sino para muchos otros géneros cinematográficos, como el chick flick o también las comedias románticas que siguen reproduciendo este tipo de estereotipos de género. Visto con otros ojos, Bourne es el bad boy que por momentos cede a una especie de cenicienta moderna personificada por tanto por Marie, como por Nicky y Heather. Esto nos enseña la importancia de ver con otros ojos, de intentar conocer cómo funciona intrínsecamente el arte aplicado al consumo masivo, lo cual nos ayudará entender el meta-discurso que nos sigue condicionando en la educación y en la cultura que creamos, que consumimos y que damos por sentado desde el nacimiento de la ficción (si es que existe algo como tal).

Playlist para escuchar mientras se lee:
CAN – She brings the rain
Moby – Extreme Ways
Lou Reed – Vicious

 

La semana pasada tuve la oportunidad de volver a ver las cinco películas de la saga de Bourne de corrido, de las que tenía buenos recuerdos, pero algunos ya algo borrosos, considerando que la primera (The Bourne Identity) fue lanzada ya hace casi veinte años, en el 2002. Bourne es una saga de películas de thriller de acción basadas en los libros homónimos de Robert Ludlum. En ellas, el personaje de Jason Bourne (Matt Damon) es un asesino de la CIA que sufre un episodio de amnesia disociativa y debe redescubrir su pasado y su identidad real. Si no las has visto, epa, pues te advierto algunos spoilers, pero sobre todo te recomiendo verlas, aprovechando que están en Netflix.

En la primera de película la saga (The Bourne Identity, 2002), un hombre es encontrado flotando en el mar Mediterráneo, sin memoria de su pasado. Al ser salvado, descubre que se llama Jason Bourne e inicia la búsqueda de su verdadera identidad mientras sobrevive a varios intentos de asesinato gracias a habilidades sorprendentes que no sabía que tenía. Descubre que sabe al menos cinco idiomas, artes marciales, técnicas de sobrevivencia extrema y amplio conocimiento de armas. Finalmente se da cuenta de que es en realidad un asesino entrenado de la CIA que perdió la conciencia a mitad de su última misión. Sin embargo, Bourne decide desligarse de su pasado y se une con Marie Kreutz (Franka Potente), una mujer que lo ayuda en ese proceso de búsqueda y con quien termina involucrándose en una relación amorosa.

Desde la primera película, nos damos cuenta de que la saga juega con dos motivos narrativos principales, que son la columna vertebral de la franquicia: 1) la figura masculina del héroe virtuoso pero atormentado por un pasado desconocido y por la búsqueda de su identidad y 2) la figura femenina de la coprotagonista apasionada como la inspiración que lo moldea, que convierte su caos en orden y su naufragio en aventura. Dos motivos que son bastante trillados en el ámbito del thriller.

Jason Bourne es el héroe griego moderno en su búsqueda de identidad. En el análisis literario a este recurso se le llama anagnórisis (del griego antiguo ana- que es “retroceder” y gnorisis o “reconocimiento”) y consiste en que el protagonista descubra su (o parte de su) identidad y cuya revelación (de lo que ya era un hecho, pero el protagonista ignoraba) cambia su perspectiva, alterando su conducta, que se adapta y se acomoda aceptando su destino y en consecuencia propiciando que este ocurra. Para que la anagnórisis o este redescubrimiento de identidad suceda, son necesarias peripecias (del griego antiguo peripeteia o “giro de la fortuna”), es decir, momentos cruciales en los que todo se le revela y hace claro al protagonista. Esto mismo sucede con Jason Bourne. La saga entera nos muestra cómo él, poco a poco y detalle por detalle, logra recuperar su identidad y sus recuerdos, que resultan alterando gran parte de sus motivos y convicciones.

En la segunda entrega de la saga (The Bourne Supremacy, 2004), han pasado ya dos años después de enterarse de que es un asesino entrenado y de romper sus conexiones con la CIA. Bourne ha comenzado una nueva vida junto con Marie en un pueblo de la India. La figura femenina es totalmente imprescindible a este punto de la historia. Es el pan y la mantequilla que representan el estereotipo dual (y también clásico) de la razón y la pasión, pero más específicamente el de la virtud y la fortuna, que analizaremos a continuación y que, aunque menos conocidos, es clave para entender el desarrollo argumental de las novelas y las películas modernas.

Que el protagonista se ampare de la figura femenina para su escape, su anagnórisis, es un recurso común en el ámbito del thriller de acción que encontramos en la tradición entera de la ficción. Así, vemos a Helena amparando la impotencia de Aquiles (en La Ilíada); a Beatriz amparando la moralidad de Dante (en La divina comedia); a Daisy amparando la ambición de Gatsby (en The Great Gatsby); a Úrsula amparando la locura de José Arcadio y de sus descendientes (en Cien años de soledad), etc. Dicha relación entre protagonistas suele condimentarse con otros motivos trillados como romances prohibidos (Deckard y Rachel, en Blade Runner) o discursos sobre moralidad (Neo y Trinity, en Matrix), pero siempre mantiene su esencia: lo femenino catalizando lo masculino.

Este estereotipo ha reinado gran parte del arte en la tradición histórica, incluyendo el Renacimiento, donde el contraste idealista entre lo masculino y lo femenino alcanzaron quizás su pináculo en el arte. Los humanistas de ese entonces lo elevaron hasta una máxima, en la que se comparaba la masculinidad con la virtud y la feminidad con la fortuna: virtù vince fortuna, “la virtud vence a la fortuna”. Esta virtud se alejaba de la virtud cristiana de la fe, esperanza y caridad que había permeado hasta la Edad Media. Ahora era la virtus de los antiguos romanos. Una virtud que buscaba la gloria de la victoria mediante el valor físico y la fuerza. De allí que la palabra misma, provenga del latín virtutem (de vir, “varón u hombre” y de donde también proceden palabras como “viril” y “virilidad”). Un ejemplo de esta interpretación eran los levantamientos sociales, obviamente liderados por hombres y considerados en ese entonces como productos sociales masculinos que debían por la fuerza (y muchas veces por la violencia y el militarismo) vencer el statu quo, es decir, una especie de suerte, de fortuna que seducía a la sociedad hasta su adormecimiento.

En la obra renacentista de El príncipe (1532), que muchos de nosotros tuvimos que leer obligatoriamente en bachillerato, Nicolás Maquiavelo compara la virtud (lo masculino) y la fortuna (lo femenino) como dos fuerzas que se funden para formar al príncipe, al héroe moderno. Por virtud, Maquiavelo entendía la sensatez, el valor y la astucia de innovación del humano para sobresalir entre sus semejantes. Era un factor que dependía también de la capacidad de proporcionar estabilidad y orden ante las circunstancias, incluyendo, si fuere es necesario, la ambición e incluso la crueldad. Respecto a la fortuna (del latín fors, fortuna o “suerte”), Maquiavelo la utiliza para referirse a todas esas circunstancias que los seres humanos no pueden controlar y, en particular, al carácter de los tiempos, que tiene una relación directa con el éxito o el fracaso del héroe en su sociedad. Entiende que cuando más favorable es la época o las circunstancias para una persona, menos virtud necesitará para destacar. La fortuna, pues, era una fuerza complementaria y femenina que seducía pero que también apasionaba. Desechando las sesgadas concepciones machistas de Maquiavelo en su contexto cultural, en las que los hombres y las mujeres eran antagonistas sexuales por naturaleza, podemos percibir mucho de lo que actualmente se sigue replicando en el discurso del arte y sobre todo del arte comercial como lo es el cine, colmado de estereotipos de género.

Regresando a la trama, después de un atentado contra su vida, que resulta en la muerte de Marie, Bourne decide ir en la búsqueda de los responsables de su muerte. Esta peripecia despierta nuevas necesidades en Bourne, quien comienza a entender que sus acciones se siguen circunscribiendo al complot de la CIA para sacarle provecho. Si Bourne representa el instinto, Marie es la parte emocional, quien provoca en él un reordenamiento de sus causas y motivos, de su suerte. Es ella la que le da una razón para perseguir su pasado, para liquidar sus cuentas pendientes y poder ser finalmente “libre”.

Sabemos que Bourne es un virtuoso en su campo de acción, un asesino perfecto. Pero es de eso irónicamente de lo que busca escapar y las coprotagonistas femeninas, comenzando con Marie, catalizan sus instintos con gestos maternales de comprensión y de guía emocional que lo hacen depender de cada una de ellas en cierta manera. En un análisis superficial pero curiosamente generalizado del cine, estas parejas de personajes casi siempre representan la dicotomía de la virtud y la fortuna, de la razón y la pasión, del instinto y la emoción, como en el caso de Bourne y Marie. El protagonista masculino, el uomo virtuoso, que tiene las capacidades técnicas para lidiar con los obstáculos, y la protagonista femenina, la donna appassionata, desbloquea las tensiones y habilita el sentido pasional de sus acciones colaboran para que la trama alcance su grandezza, es decir, que tenga la fuerza emocional necesaria.

La fortuna, como la pasión, es una fuerza relacionada con lo femenino por la tradición. Indomable, creativa y exótica, afecta las circunstancias de una manera aleatoria pero siempre emocional. En una escena, Bourne está a punto de matar a uno de los antagonistas principales, pero repentinamente se abstiene de hacerlo, diciendo que “…ella (Marie) no lo hubiera querido así”. Los instintos y su virtud de asesino que lo caracterizan claramente se subyugan a la presencia apaciguadora femenina, que cataliza al protagonista para que recapacite sobre sus motivos y creencias.

En la tercera entrega de la saga (The Bourne Ultimatum, 2007), Bourne logra hacerse de documentos clasificados que prueban los motivos oscuros de las operaciones de la CIA, proceso en el que le ayuda Nicky Parsons (Julia Stile), una excompañera de labores que conoce mucho más de su pasado. Bourne finalmente encuentra su anagnórisis: su origen como asesino y sus recuerdos resurgen.

Nicky es un personaje mejor elaborado. Es Marie, pero con voluntad propia. A pesar de que no tiene control total sobre sus acciones debido a que es presionada por la CIA para colaborar, toma riendas de su situación e incluso se beneficia egoístamente de Bourne, como cuando se une a él por mera protección ante amenazas de muerte. Aquí es donde entendemos que la fortuna no emerge como una fuerza opuesta a la virtud. Por el contrario, la interacción equilibrada entre la fortuna y la virtud permite que los protagonistas consigan sus objetivos.

Hasta la Edad Media se elogiaba la invariabilidad emocional de un héroe, pero para Maquiavelo esa rigidez, es decir, esa incapacidad de adaptarse ante la fortuna (sea negativa o positiva) deriva en el fracaso. Quizás es obvio pero, si pudiéramos variar nuestra conducta y motivos continuamente, podríamos lograr el favor de la fortuna durante mucho tiempo. Por lo tanto, no es a la fortuna a la que el humano debe temer, sino a la inflexibilidad de su propia naturaleza, a la necedad. Es algo que en el personaje de Bourne se aplica muy bien. Para alcanzar la sobrevivencia es esencial reconocer ocasiones favorables pero también reconocer debilidades, poder aprovecharlas y adaptarse a ellas.

Es a esta incertidumbre a la que teme Bourne cuando trata de convencer continuamente a Marie o a Nicky para que se alejen de él, insistiendo en que es un peligro para ellas. Adentrados en la trama nos podemos dar cuenta de cómo estos argumentos son solo excusas con las que disfrazaba el miedo de su propia identidad. Bourne desconocía qué otros hallazgos le sucederían y cómo reaccionaría ante ellos. Y, en efecto, al menos dos de las protagonistas mueren, pero la causa de sus muertes no es Bourne, no es el hecho de acompañarlo, sino sus propias convicciones. Marie no muere por estar con Bourne en el momento equivocado, muere por decidir amar a un asesino. Nicky no muere por estar con Bourne en el momento equivocado, muere por creer en la justicia.

La cuarta entrega de la saga (The Bourne Legacy, 2012) se desvía de Bourne, pero volvemos a encontrar el arquetipo del virtuoso masculino que necesita de la fortuna femenina y apasionada para resolver sus conflictos internos. Aaron y Marta son básicamente Bourne y Marie, pero en esteroides (literalmente). Por último, en la quinta película (Jason Bourne, 2017), la acción regresa con Bourne, Nicky vuelve a aparecer como coprotagonista y beneficia a Bourne revelándole información clave sobre su pasado y su identidad. Aparece un nuevo personaje femenino, Heather Lee (Alicia Vikander), directora de la CIA, quien finalmente tiene la fuerza necesaria para poner tanto al director de la CIA —actuado por un Tommy Lee Jones ya casi cadavérico— como a Bourne mismo ante sus pies.

Bourne necesita ser consciente de su propia naturaleza, más en un acto de autoaprendizaje que un acto de superación y represión de las fuerzas “femeninas” de la fortuna y la pasión.  En su obra Breathing: Chaos and Poetry (2018), Franco Berardi explica que, más allá que una relación masculino-femenina, lo que estamos presenciando en la ficción es cómo la virtud se complementa con la fortuna, en un enamoramiento de los sentidos por medio de esta fórmula mágica que consigue que el espectador se rinda y que incluso pase por alto muchas de las lagunas de la trama por el encantamiento que la mezcla de virtud y fortuna provoca ante los sentidos.

Bourne se complementa siempre con contraparte femenina, comenzando por Marie, Nicky y finalmente con Heather. A pesar de que cada una tiene una función argumentalmente distinta en la trama, todas cumplen con el arquetipo de la fortuna que complementa a la virtud, mejorando el resultado de la historia. De alguna forma también los personajes femeninos encuentran seductiva la virtud de Bourne, y entonces todo cae de vuelta en su lugar.

Para Maquiavelo, esta combinación equilibrada entre la virtud y la fortuna era clave para el éxito y somos testigos de cómo lo sigue siendo. Es esta grandezza la que modernamente se ha convertido en una fórmula de éxito no solo para los thrillers sino para muchos otros géneros cinematográficos, como el chick flick o también las comedias románticas que siguen reproduciendo este tipo de estereotipos de género. Visto con otros ojos, Bourne es el bad boy que por momentos cede a una especie de cenicienta moderna personificada por tanto por Marie, como por Nicky y Heather. Esto nos enseña la importancia de ver con otros ojos, de intentar conocer cómo funciona intrínsecamente el arte aplicado al consumo masivo, lo cual nos ayudará entender el meta-discurso que nos sigue condicionando en la educación y en la cultura que creamos, que consumimos y que damos por sentado desde el nacimiento de la ficción (si es que existe algo como tal).

 

Playlist para escuchar mientras se lee:
CAN – She brings the rain
Moby – Extreme Ways
Lou Reed – Vicious

 

La semana pasada tuve la oportunidad de volver a ver las cinco películas de la saga de Bourne de corrido, de las que tenía buenos recuerdos, pero algunos ya algo borrosos, considerando que la primera (The Bourne Identity) fue lanzada ya hace casi veinte años, en el 2002. Bourne es una saga de películas de thriller de acción basadas en los libros homónimos de Robert Ludlum. En ellas, el personaje de Jason Bourne (Matt Damon) es un asesino de la CIA que sufre un episodio de amnesia disociativa y debe redescubrir su pasado y su identidad real. Si no las has visto, epa, pues te advierto algunos spoilers, pero sobre todo te recomiendo verlas, aprovechando que están en Netflix.

En la primera de película la saga (The Bourne Identity, 2002), un hombre es encontrado flotando en el mar Mediterráneo, sin memoria de su pasado. Al ser salvado, descubre que se llama Jason Bourne e inicia la búsqueda de su verdadera identidad mientras sobrevive a varios intentos de asesinato gracias a habilidades sorprendentes que no sabía que tenía. Descubre que sabe al menos cinco idiomas, artes marciales, técnicas de sobrevivencia extrema y amplio conocimiento de armas. Finalmente se da cuenta de que es en realidad un asesino entrenado de la CIA que perdió la conciencia a mitad de su última misión. Sin embargo, Bourne decide desligarse de su pasado y se une con Marie Kreutz (Franka Potente), una mujer que lo ayuda en ese proceso de búsqueda y con quien termina involucrándose en una relación amorosa.

Desde la primera película, nos damos cuenta de que la saga juega con dos motivos narrativos principales, que son la columna vertebral de la franquicia: 1) la figura masculina del héroe virtuoso pero atormentado por un pasado desconocido y por la búsqueda de su identidad y 2) la figura femenina de la coprotagonista apasionada como la inspiración que lo moldea, que convierte su caos en orden y su naufragio en aventura. Dos motivos que son bastante trillados en el ámbito del thriller.

Jason Bourne es el héroe griego moderno en su búsqueda de identidad. En el análisis literario a este recurso se le llama anagnórisis (del griego antiguo ana- que es “retroceder” y gnorisis o “reconocimiento”) y consiste en que el protagonista descubra su (o parte de su) identidad y cuya revelación (de lo que ya era un hecho, pero el protagonista ignoraba) cambia su perspectiva, alterando su conducta, que se adapta y se acomoda aceptando su destino y en consecuencia propiciando que este ocurra. Para que la anagnórisis o este redescubrimiento de identidad suceda, son necesarias peripecias (del griego antiguo peripeteia o “giro de la fortuna”), es decir, momentos cruciales en los que todo se le revela y hace claro al protagonista. Esto mismo sucede con Jason Bourne. La saga entera nos muestra cómo él, poco a poco y detalle por detalle, logra recuperar su identidad y sus recuerdos, que resultan alterando gran parte de sus motivos y convicciones.

En la segunda entrega de la saga (The Bourne Supremacy, 2004), han pasado ya dos años después de enterarse de que es un asesino entrenado y de romper sus conexiones con la CIA. Bourne ha comenzado una nueva vida junto con Marie en un pueblo de la India. La figura femenina es totalmente imprescindible a este punto de la historia. Es el pan y la mantequilla que representan el estereotipo dual (y también clásico) de la razón y la pasión, pero más específicamente el de la virtud y la fortuna, que analizaremos a continuación y que, aunque menos conocidos, es clave para entender el desarrollo argumental de las novelas y las películas modernas.

Que el protagonista se ampare de la figura femenina para su escape, su anagnórisis, es un recurso común en el ámbito del thriller de acción que encontramos en la tradición entera de la ficción. Así, vemos a Helena amparando la impotencia de Aquiles (en La Ilíada); a Beatriz amparando la moralidad de Dante (en La divina comedia); a Daisy amparando la ambición de Gatsby (en The Great Gatsby); a Úrsula amparando la locura de José Arcadio y de sus descendientes (en Cien años de soledad), etc. Dicha relación entre protagonistas suele condimentarse con otros motivos trillados como romances prohibidos (Deckard y Rachel, en Blade Runner) o discursos sobre moralidad (Neo y Trinity, en Matrix), pero siempre mantiene su esencia: lo femenino catalizando lo masculino.

Este estereotipo ha reinado gran parte del arte en la tradición histórica, incluyendo el Renacimiento, donde el contraste idealista entre lo masculino y lo femenino alcanzaron quizás su pináculo en el arte. Los humanistas de ese entonces lo elevaron hasta una máxima, en la que se comparaba la masculinidad con la virtud y la feminidad con la fortuna: virtù vince fortuna, “la virtud vence a la fortuna”. Esta virtud se alejaba de la virtud cristiana de la fe, esperanza y caridad que había permeado hasta la Edad Media. Ahora era la virtus de los antiguos romanos. Una virtud que buscaba la gloria de la victoria mediante el valor físico y la fuerza. De allí que la palabra misma, provenga del latín virtutem (de vir, “varón u hombre” y de donde también proceden palabras como “viril” y “virilidad”). Un ejemplo de esta interpretación eran los levantamientos sociales, obviamente liderados por hombres y considerados en ese entonces como productos sociales masculinos que debían por la fuerza (y muchas veces por la violencia y el militarismo) vencer el statu quo, es decir, una especie de suerte, de fortuna que seducía a la sociedad hasta su adormecimiento.

En la obra renacentista de El príncipe (1532), que muchos de nosotros tuvimos que leer obligatoriamente en bachillerato, Nicolás Maquiavelo compara la virtud (lo masculino) y la fortuna (lo femenino) como dos fuerzas que se funden para formar al príncipe, al héroe moderno. Por virtud, Maquiavelo entendía la sensatez, el valor y la astucia de innovación del humano para sobresalir entre sus semejantes. Era un factor que dependía también de la capacidad de proporcionar estabilidad y orden ante las circunstancias, incluyendo, si fuere es necesario, la ambición e incluso la crueldad. Respecto a la fortuna (del latín fors, fortuna o “suerte”), Maquiavelo la utiliza para referirse a todas esas circunstancias que los seres humanos no pueden controlar y, en particular, al carácter de los tiempos, que tiene una relación directa con el éxito o el fracaso del héroe en su sociedad. Entiende que cuando más favorable es la época o las circunstancias para una persona, menos virtud necesitará para destacar. La fortuna, pues, era una fuerza complementaria y femenina que seducía pero que también apasionaba. Desechando las sesgadas concepciones machistas de Maquiavelo en su contexto cultural, en las que los hombres y las mujeres eran antagonistas sexuales por naturaleza, podemos percibir mucho de lo que actualmente se sigue replicando en el discurso del arte y sobre todo del arte comercial como lo es el cine, colmado de estereotipos de género.

Regresando a la trama, después de un atentado contra su vida, que resulta en la muerte de Marie, Bourne decide ir en la búsqueda de los responsables de su muerte. Esta peripecia despierta nuevas necesidades en Bourne, quien comienza a entender que sus acciones se siguen circunscribiendo al complot de la CIA para sacarle provecho. Si Bourne representa el instinto, Marie es la parte emocional, quien provoca en él un reordenamiento de sus causas y motivos, de su suerte. Es ella la que le da una razón para perseguir su pasado, para liquidar sus cuentas pendientes y poder ser finalmente “libre”.

Sabemos que Bourne es un virtuoso en su campo de acción, un asesino perfecto. Pero es de eso irónicamente de lo que busca escapar y las coprotagonistas femeninas, comenzando con Marie, catalizan sus instintos con gestos maternales de comprensión y de guía emocional que lo hacen depender de cada una de ellas en cierta manera. En un análisis superficial pero curiosamente generalizado del cine, estas parejas de personajes casi siempre representan la dicotomía de la virtud y la fortuna, de la razón y la pasión, del instinto y la emoción, como en el caso de Bourne y Marie. El protagonista masculino, el uomo virtuoso, que tiene las capacidades técnicas para lidiar con los obstáculos, y la protagonista femenina, la donna appassionata, desbloquea las tensiones y habilita el sentido pasional de sus acciones colaboran para que la trama alcance su grandezza, es decir, que tenga la fuerza emocional necesaria.

La fortuna, como la pasión, es una fuerza relacionada con lo femenino por la tradición. Indomable, creativa y exótica, afecta las circunstancias de una manera aleatoria pero siempre emocional. En una escena, Bourne está a punto de matar a uno de los antagonistas principales, pero repentinamente se abstiene de hacerlo, diciendo que “…ella (Marie) no lo hubiera querido así”. Los instintos y su virtud de asesino que lo caracterizan claramente se subyugan a la presencia apaciguadora femenina, que cataliza al protagonista para que recapacite sobre sus motivos y creencias.

En la tercera entrega de la saga (The Bourne Ultimatum, 2007), Bourne logra hacerse de documentos clasificados que prueban los motivos oscuros de las operaciones de la CIA, proceso en el que le ayuda Nicky Parsons (Julia Stile), una excompañera de labores que conoce mucho más de su pasado. Bourne finalmente encuentra su anagnórisis: su origen como asesino y sus recuerdos resurgen.

Nicky es un personaje mejor elaborado. Es Marie, pero con voluntad propia. A pesar de que no tiene control total sobre sus acciones debido a que es presionada por la CIA para colaborar, toma riendas de su situación e incluso se beneficia egoístamente de Bourne, como cuando se une a él por mera protección ante amenazas de muerte. Aquí es donde entendemos que la fortuna no emerge como una fuerza opuesta a la virtud. Por el contrario, la interacción equilibrada entre la fortuna y la virtud permite que los protagonistas consigan sus objetivos.

Hasta la Edad Media se elogiaba la invariabilidad emocional de un héroe, pero para Maquiavelo esa rigidez, es decir, esa incapacidad de adaptarse ante la fortuna (sea negativa o positiva) deriva en el fracaso. Quizás es obvio pero, si pudiéramos variar nuestra conducta y motivos continuamente, podríamos lograr el favor de la fortuna durante mucho tiempo. Por lo tanto, no es a la fortuna a la que el humano debe temer, sino a la inflexibilidad de su propia naturaleza, a la necedad. Es algo que en el personaje de Bourne se aplica muy bien. Para alcanzar la sobrevivencia es esencial reconocer ocasiones favorables pero también reconocer debilidades, poder aprovecharlas y adaptarse a ellas.

Es a esta incertidumbre a la que teme Bourne cuando trata de convencer continuamente a Marie o a Nicky para que se alejen de él, insistiendo en que es un peligro para ellas. Adentrados en la trama nos podemos dar cuenta de cómo estos argumentos son solo excusas con las que disfrazaba el miedo de su propia identidad. Bourne desconocía qué otros hallazgos le sucederían y cómo reaccionaría ante ellos. Y, en efecto, al menos dos de las protagonistas mueren, pero la causa de sus muertes no es Bourne, no es el hecho de acompañarlo, sino sus propias convicciones. Marie no muere por estar con Bourne en el momento equivocado, muere por decidir amar a un asesino. Nicky no muere por estar con Bourne en el momento equivocado, muere por creer en la justicia.

La cuarta entrega de la saga (The Bourne Legacy, 2012) se desvía de Bourne, pero volvemos a encontrar el arquetipo del virtuoso masculino que necesita de la fortuna femenina y apasionada para resolver sus conflictos internos. Aaron y Marta son básicamente Bourne y Marie, pero en esteroides (literalmente). Por último, en la quinta película (Jason Bourne, 2017), la acción regresa con Bourne, Nicky vuelve a aparecer como coprotagonista y beneficia a Bourne revelándole información clave sobre su pasado y su identidad. Aparece un nuevo personaje femenino, Heather Lee (Alicia Vikander), directora de la CIA, quien finalmente tiene la fuerza necesaria para poner tanto al director de la CIA —actuado por un Tommy Lee Jones ya casi cadavérico— como a Bourne mismo ante sus pies.

Bourne necesita ser consciente de su propia naturaleza, más en un acto de autoaprendizaje que un acto de superación y represión de las fuerzas “femeninas” de la fortuna y la pasión.  En su obra Breathing: Chaos and Poetry (2018), Franco Berardi explica que, más allá que una relación masculino-femenina, lo que estamos presenciando en la ficción es cómo la virtud se complementa con la fortuna, en un enamoramiento de los sentidos por medio de esta fórmula mágica que consigue que el espectador se rinda y que incluso pase por alto muchas de las lagunas de la trama por el encantamiento que la mezcla de virtud y fortuna provoca ante los sentidos.

Bourne se complementa siempre con contraparte femenina, comenzando por Marie, Nicky y finalmente con Heather. A pesar de que cada una tiene una función argumentalmente distinta en la trama, todas cumplen con el arquetipo de la fortuna que complementa a la virtud, mejorando el resultado de la historia. De alguna forma también los personajes femeninos encuentran seductiva la virtud de Bourne, y entonces todo cae de vuelta en su lugar.

Para Maquiavelo, esta combinación equilibrada entre la virtud y la fortuna era clave para el éxito y somos testigos de cómo lo sigue siendo. Es esta grandezza la que modernamente se ha convertido en una fórmula de éxito no solo para los thrillers sino para muchos otros géneros cinematográficos, como el chick flick o también las comedias románticas que siguen reproduciendo este tipo de estereotipos de género. Visto con otros ojos, Bourne es el bad boy que por momentos cede a una especie de cenicienta moderna personificada por tanto por Marie, como por Nicky y Heather. Esto nos enseña la importancia de ver con otros ojos, de intentar conocer cómo funciona intrínsecamente el arte aplicado al consumo masivo, lo cual nos ayudará entender el meta-discurso que nos sigue condicionando en la educación y en la cultura que creamos, que consumimos y que damos por sentado desde el nacimiento de la ficción (si es que existe algo como tal).

 

Playlist para escuchar mientras se lee:
CAN – She brings the rain
Moby – Extreme Ways
Lou Reed – Vicious

 

La semana pasada tuve la oportunidad de volver a ver las cinco películas de la saga de Bourne de corrido, de las que tenía buenos recuerdos, pero algunos ya algo borrosos, considerando que la primera (The Bourne Identity) fue lanzada ya hace casi veinte años, en el 2002. Bourne es una saga de películas de thriller de acción basadas en los libros homónimos de Robert Ludlum. En ellas, el personaje de Jason Bourne (Matt Damon) es un asesino de la CIA que sufre un episodio de amnesia disociativa y debe redescubrir su pasado y su identidad real. Si no las has visto, epa, pues te advierto algunos spoilers, pero sobre todo te recomiendo verlas, aprovechando que están en Netflix.

En la primera de película la saga (The Bourne Identity, 2002), un hombre es encontrado flotando en el mar Mediterráneo, sin memoria de su pasado. Al ser salvado, descubre que se llama Jason Bourne e inicia la búsqueda de su verdadera identidad mientras sobrevive a varios intentos de asesinato gracias a habilidades sorprendentes que no sabía que tenía. Descubre que sabe al menos cinco idiomas, artes marciales, técnicas de sobrevivencia extrema y amplio conocimiento de armas. Finalmente se da cuenta de que es en realidad un asesino entrenado de la CIA que perdió la conciencia a mitad de su última misión. Sin embargo, Bourne decide desligarse de su pasado y se une con Marie Kreutz (Franka Potente), una mujer que lo ayuda en ese proceso de búsqueda y con quien termina involucrándose en una relación amorosa.

Desde la primera película, nos damos cuenta de que la saga juega con dos motivos narrativos principales, que son la columna vertebral de la franquicia: 1) la figura masculina del héroe virtuoso pero atormentado por un pasado desconocido y por la búsqueda de su identidad y 2) la figura femenina de la coprotagonista apasionada como la inspiración que lo moldea, que convierte su caos en orden y su naufragio en aventura. Dos motivos que son bastante trillados en el ámbito del thriller.

Jason Bourne es el héroe griego moderno en su búsqueda de identidad. En el análisis literario a este recurso se le llama anagnórisis (del griego antiguo ana- que es “retroceder” y gnorisis o “reconocimiento”) y consiste en que el protagonista descubra su (o parte de su) identidad y cuya revelación (de lo que ya era un hecho, pero el protagonista ignoraba) cambia su perspectiva, alterando su conducta, que se adapta y se acomoda aceptando su destino y en consecuencia propiciando que este ocurra. Para que la anagnórisis o este redescubrimiento de identidad suceda, son necesarias peripecias (del griego antiguo peripeteia o “giro de la fortuna”), es decir, momentos cruciales en los que todo se le revela y hace claro al protagonista. Esto mismo sucede con Jason Bourne. La saga entera nos muestra cómo él, poco a poco y detalle por detalle, logra recuperar su identidad y sus recuerdos, que resultan alterando gran parte de sus motivos y convicciones.

En la segunda entrega de la saga (The Bourne Supremacy, 2004), han pasado ya dos años después de enterarse de que es un asesino entrenado y de romper sus conexiones con la CIA. Bourne ha comenzado una nueva vida junto con Marie en un pueblo de la India. La figura femenina es totalmente imprescindible a este punto de la historia. Es el pan y la mantequilla que representan el estereotipo dual (y también clásico) de la razón y la pasión, pero más específicamente el de la virtud y la fortuna, que analizaremos a continuación y que, aunque menos conocidos, es clave para entender el desarrollo argumental de las novelas y las películas modernas.

Que el protagonista se ampare de la figura femenina para su escape, su anagnórisis, es un recurso común en el ámbito del thriller de acción que encontramos en la tradición entera de la ficción. Así, vemos a Helena amparando la impotencia de Aquiles (en La Ilíada); a Beatriz amparando la moralidad de Dante (en La divina comedia); a Daisy amparando la ambición de Gatsby (en The Great Gatsby); a Úrsula amparando la locura de José Arcadio y de sus descendientes (en Cien años de soledad), etc. Dicha relación entre protagonistas suele condimentarse con otros motivos trillados como romances prohibidos (Deckard y Rachel, en Blade Runner) o discursos sobre moralidad (Neo y Trinity, en Matrix), pero siempre mantiene su esencia: lo femenino catalizando lo masculino.

Este estereotipo ha reinado gran parte del arte en la tradición histórica, incluyendo el Renacimiento, donde el contraste idealista entre lo masculino y lo femenino alcanzaron quizás su pináculo en el arte. Los humanistas de ese entonces lo elevaron hasta una máxima, en la que se comparaba la masculinidad con la virtud y la feminidad con la fortuna: virtù vince fortuna, “la virtud vence a la fortuna”. Esta virtud se alejaba de la virtud cristiana de la fe, esperanza y caridad que había permeado hasta la Edad Media. Ahora era la virtus de los antiguos romanos. Una virtud que buscaba la gloria de la victoria mediante el valor físico y la fuerza. De allí que la palabra misma, provenga del latín virtutem (de vir, “varón u hombre” y de donde también proceden palabras como “viril” y “virilidad”). Un ejemplo de esta interpretación eran los levantamientos sociales, obviamente liderados por hombres y considerados en ese entonces como productos sociales masculinos que debían por la fuerza (y muchas veces por la violencia y el militarismo) vencer el statu quo, es decir, una especie de suerte, de fortuna que seducía a la sociedad hasta su adormecimiento.

En la obra renacentista de El príncipe (1532), que muchos de nosotros tuvimos que leer obligatoriamente en bachillerato, Nicolás Maquiavelo compara la virtud (lo masculino) y la fortuna (lo femenino) como dos fuerzas que se funden para formar al príncipe, al héroe moderno. Por virtud, Maquiavelo entendía la sensatez, el valor y la astucia de innovación del humano para sobresalir entre sus semejantes. Era un factor que dependía también de la capacidad de proporcionar estabilidad y orden ante las circunstancias, incluyendo, si fuere es necesario, la ambición e incluso la crueldad. Respecto a la fortuna (del latín fors, fortuna o “suerte”), Maquiavelo la utiliza para referirse a todas esas circunstancias que los seres humanos no pueden controlar y, en particular, al carácter de los tiempos, que tiene una relación directa con el éxito o el fracaso del héroe en su sociedad. Entiende que cuando más favorable es la época o las circunstancias para una persona, menos virtud necesitará para destacar. La fortuna, pues, era una fuerza complementaria y femenina que seducía pero que también apasionaba. Desechando las sesgadas concepciones machistas de Maquiavelo en su contexto cultural, en las que los hombres y las mujeres eran antagonistas sexuales por naturaleza, podemos percibir mucho de lo que actualmente se sigue replicando en el discurso del arte y sobre todo del arte comercial como lo es el cine, colmado de estereotipos de género.

Regresando a la trama, después de un atentado contra su vida, que resulta en la muerte de Marie, Bourne decide ir en la búsqueda de los responsables de su muerte. Esta peripecia despierta nuevas necesidades en Bourne, quien comienza a entender que sus acciones se siguen circunscribiendo al complot de la CIA para sacarle provecho. Si Bourne representa el instinto, Marie es la parte emocional, quien provoca en él un reordenamiento de sus causas y motivos, de su suerte. Es ella la que le da una razón para perseguir su pasado, para liquidar sus cuentas pendientes y poder ser finalmente “libre”.

Sabemos que Bourne es un virtuoso en su campo de acción, un asesino perfecto. Pero es de eso irónicamente de lo que busca escapar y las coprotagonistas femeninas, comenzando con Marie, catalizan sus instintos con gestos maternales de comprensión y de guía emocional que lo hacen depender de cada una de ellas en cierta manera. En un análisis superficial pero curiosamente generalizado del cine, estas parejas de personajes casi siempre representan la dicotomía de la virtud y la fortuna, de la razón y la pasión, del instinto y la emoción, como en el caso de Bourne y Marie. El protagonista masculino, el uomo virtuoso, que tiene las capacidades técnicas para lidiar con los obstáculos, y la protagonista femenina, la donna appassionata, desbloquea las tensiones y habilita el sentido pasional de sus acciones colaboran para que la trama alcance su grandezza, es decir, que tenga la fuerza emocional necesaria.

La fortuna, como la pasión, es una fuerza relacionada con lo femenino por la tradición. Indomable, creativa y exótica, afecta las circunstancias de una manera aleatoria pero siempre emocional. En una escena, Bourne está a punto de matar a uno de los antagonistas principales, pero repentinamente se abstiene de hacerlo, diciendo que “…ella (Marie) no lo hubiera querido así”. Los instintos y su virtud de asesino que lo caracterizan claramente se subyugan a la presencia apaciguadora femenina, que cataliza al protagonista para que recapacite sobre sus motivos y creencias.

En la tercera entrega de la saga (The Bourne Ultimatum, 2007), Bourne logra hacerse de documentos clasificados que prueban los motivos oscuros de las operaciones de la CIA, proceso en el que le ayuda Nicky Parsons (Julia Stile), una excompañera de labores que conoce mucho más de su pasado. Bourne finalmente encuentra su anagnórisis: su origen como asesino y sus recuerdos resurgen.

Nicky es un personaje mejor elaborado. Es Marie, pero con voluntad propia. A pesar de que no tiene control total sobre sus acciones debido a que es presionada por la CIA para colaborar, toma riendas de su situación e incluso se beneficia egoístamente de Bourne, como cuando se une a él por mera protección ante amenazas de muerte. Aquí es donde entendemos que la fortuna no emerge como una fuerza opuesta a la virtud. Por el contrario, la interacción equilibrada entre la fortuna y la virtud permite que los protagonistas consigan sus objetivos.

Hasta la Edad Media se elogiaba la invariabilidad emocional de un héroe, pero para Maquiavelo esa rigidez, es decir, esa incapacidad de adaptarse ante la fortuna (sea negativa o positiva) deriva en el fracaso. Quizás es obvio pero, si pudiéramos variar nuestra conducta y motivos continuamente, podríamos lograr el favor de la fortuna durante mucho tiempo. Por lo tanto, no es a la fortuna a la que el humano debe temer, sino a la inflexibilidad de su propia naturaleza, a la necedad. Es algo que en el personaje de Bourne se aplica muy bien. Para alcanzar la sobrevivencia es esencial reconocer ocasiones favorables pero también reconocer debilidades, poder aprovecharlas y adaptarse a ellas.

Es a esta incertidumbre a la que teme Bourne cuando trata de convencer continuamente a Marie o a Nicky para que se alejen de él, insistiendo en que es un peligro para ellas. Adentrados en la trama nos podemos dar cuenta de cómo estos argumentos son solo excusas con las que disfrazaba el miedo de su propia identidad. Bourne desconocía qué otros hallazgos le sucederían y cómo reaccionaría ante ellos. Y, en efecto, al menos dos de las protagonistas mueren, pero la causa de sus muertes no es Bourne, no es el hecho de acompañarlo, sino sus propias convicciones. Marie no muere por estar con Bourne en el momento equivocado, muere por decidir amar a un asesino. Nicky no muere por estar con Bourne en el momento equivocado, muere por creer en la justicia.

La cuarta entrega de la saga (The Bourne Legacy, 2012) se desvía de Bourne, pero volvemos a encontrar el arquetipo del virtuoso masculino que necesita de la fortuna femenina y apasionada para resolver sus conflictos internos. Aaron y Marta son básicamente Bourne y Marie, pero en esteroides (literalmente). Por último, en la quinta película (Jason Bourne, 2017), la acción regresa con Bourne, Nicky vuelve a aparecer como coprotagonista y beneficia a Bourne revelándole información clave sobre su pasado y su identidad. Aparece un nuevo personaje femenino, Heather Lee (Alicia Vikander), directora de la CIA, quien finalmente tiene la fuerza necesaria para poner tanto al director de la CIA —actuado por un Tommy Lee Jones ya casi cadavérico— como a Bourne mismo ante sus pies.

Bourne necesita ser consciente de su propia naturaleza, más en un acto de autoaprendizaje que un acto de superación y represión de las fuerzas “femeninas” de la fortuna y la pasión.  En su obra Breathing: Chaos and Poetry (2018), Franco Berardi explica que, más allá que una relación masculino-femenina, lo que estamos presenciando en la ficción es cómo la virtud se complementa con la fortuna, en un enamoramiento de los sentidos por medio de esta fórmula mágica que consigue que el espectador se rinda y que incluso pase por alto muchas de las lagunas de la trama por el encantamiento que la mezcla de virtud y fortuna provoca ante los sentidos.

Bourne se complementa siempre con contraparte femenina, comenzando por Marie, Nicky y finalmente con Heather. A pesar de que cada una tiene una función argumentalmente distinta en la trama, todas cumplen con el arquetipo de la fortuna que complementa a la virtud, mejorando el resultado de la historia. De alguna forma también los personajes femeninos encuentran seductiva la virtud de Bourne, y entonces todo cae de vuelta en su lugar.

Para Maquiavelo, esta combinación equilibrada entre la virtud y la fortuna era clave para el éxito y somos testigos de cómo lo sigue siendo. Es esta grandezza la que modernamente se ha convertido en una fórmula de éxito no solo para los thrillers sino para muchos otros géneros cinematográficos, como el chick flick o también las comedias románticas que siguen reproduciendo este tipo de estereotipos de género. Visto con otros ojos, Bourne es el bad boy que por momentos cede a una especie de cenicienta moderna personificada por tanto por Marie, como por Nicky y Heather. Esto nos enseña la importancia de ver con otros ojos, de intentar conocer cómo funciona intrínsecamente el arte aplicado al consumo masivo, lo cual nos ayudará entender el meta-discurso que nos sigue condicionando en la educación y en la cultura que creamos, que consumimos y que damos por sentado desde el nacimiento de la ficción (si es que existe algo como tal).

 

Playlist para escuchar mientras se lee:
CAN – She brings the rain
Moby – Extreme Ways
Lou Reed – Vicious

 

La semana pasada tuve la oportunidad de volver a ver las cinco películas de la saga de Bourne de corrido, de las que tenía buenos recuerdos, pero algunos ya algo borrosos, considerando que la primera (The Bourne Identity) fue lanzada ya hace casi veinte años, en el 2002. Bourne es una saga de películas de thriller de acción basadas en los libros homónimos de Robert Ludlum. En ellas, el personaje de Jason Bourne (Matt Damon) es un asesino de la CIA que sufre un episodio de amnesia disociativa y debe redescubrir su pasado y su identidad real. Si no las has visto, epa, pues te advierto algunos spoilers, pero sobre todo te recomiendo verlas, aprovechando que están en Netflix.

En la primera de película la saga (The Bourne Identity, 2002), un hombre es encontrado flotando en el mar Mediterráneo, sin memoria de su pasado. Al ser salvado, descubre que se llama Jason Bourne e inicia la búsqueda de su verdadera identidad mientras sobrevive a varios intentos de asesinato gracias a habilidades sorprendentes que no sabía que tenía. Descubre que sabe al menos cinco idiomas, artes marciales, técnicas de sobrevivencia extrema y amplio conocimiento de armas. Finalmente se da cuenta de que es en realidad un asesino entrenado de la CIA que perdió la conciencia a mitad de su última misión. Sin embargo, Bourne decide desligarse de su pasado y se une con Marie Kreutz (Franka Potente), una mujer que lo ayuda en ese proceso de búsqueda y con quien termina involucrándose en una relación amorosa.

Desde la primera película, nos damos cuenta de que la saga juega con dos motivos narrativos principales, que son la columna vertebral de la franquicia: 1) la figura masculina del héroe virtuoso pero atormentado por un pasado desconocido y por la búsqueda de su identidad y 2) la figura femenina de la coprotagonista apasionada como la inspiración que lo moldea, que convierte su caos en orden y su naufragio en aventura. Dos motivos que son bastante trillados en el ámbito del thriller.

Jason Bourne es el héroe griego moderno en su búsqueda de identidad. En el análisis literario a este recurso se le llama anagnórisis (del griego antiguo ana- que es “retroceder” y gnorisis o “reconocimiento”) y consiste en que el protagonista descubra su (o parte de su) identidad y cuya revelación (de lo que ya era un hecho, pero el protagonista ignoraba) cambia su perspectiva, alterando su conducta, que se adapta y se acomoda aceptando su destino y en consecuencia propiciando que este ocurra. Para que la anagnórisis o este redescubrimiento de identidad suceda, son necesarias peripecias (del griego antiguo peripeteia o “giro de la fortuna”), es decir, momentos cruciales en los que todo se le revela y hace claro al protagonista. Esto mismo sucede con Jason Bourne. La saga entera nos muestra cómo él, poco a poco y detalle por detalle, logra recuperar su identidad y sus recuerdos, que resultan alterando gran parte de sus motivos y convicciones.

En la segunda entrega de la saga (The Bourne Supremacy, 2004), han pasado ya dos años después de enterarse de que es un asesino entrenado y de romper sus conexiones con la CIA. Bourne ha comenzado una nueva vida junto con Marie en un pueblo de la India. La figura femenina es totalmente imprescindible a este punto de la historia. Es el pan y la mantequilla que representan el estereotipo dual (y también clásico) de la razón y la pasión, pero más específicamente el de la virtud y la fortuna, que analizaremos a continuación y que, aunque menos conocidos, es clave para entender el desarrollo argumental de las novelas y las películas modernas.

Que el protagonista se ampare de la figura femenina para su escape, su anagnórisis, es un recurso común en el ámbito del thriller de acción que encontramos en la tradición entera de la ficción. Así, vemos a Helena amparando la impotencia de Aquiles (en La Ilíada); a Beatriz amparando la moralidad de Dante (en La divina comedia); a Daisy amparando la ambición de Gatsby (en The Great Gatsby); a Úrsula amparando la locura de José Arcadio y de sus descendientes (en Cien años de soledad), etc. Dicha relación entre protagonistas suele condimentarse con otros motivos trillados como romances prohibidos (Deckard y Rachel, en Blade Runner) o discursos sobre moralidad (Neo y Trinity, en Matrix), pero siempre mantiene su esencia: lo femenino catalizando lo masculino.

Este estereotipo ha reinado gran parte del arte en la tradición histórica, incluyendo el Renacimiento, donde el contraste idealista entre lo masculino y lo femenino alcanzaron quizás su pináculo en el arte. Los humanistas de ese entonces lo elevaron hasta una máxima, en la que se comparaba la masculinidad con la virtud y la feminidad con la fortuna: virtù vince fortuna, “la virtud vence a la fortuna”. Esta virtud se alejaba de la virtud cristiana de la fe, esperanza y caridad que había permeado hasta la Edad Media. Ahora era la virtus de los antiguos romanos. Una virtud que buscaba la gloria de la victoria mediante el valor físico y la fuerza. De allí que la palabra misma, provenga del latín virtutem (de vir, “varón u hombre” y de donde también proceden palabras como “viril” y “virilidad”). Un ejemplo de esta interpretación eran los levantamientos sociales, obviamente liderados por hombres y considerados en ese entonces como productos sociales masculinos que debían por la fuerza (y muchas veces por la violencia y el militarismo) vencer el statu quo, es decir, una especie de suerte, de fortuna que seducía a la sociedad hasta su adormecimiento.

En la obra renacentista de El príncipe (1532), que muchos de nosotros tuvimos que leer obligatoriamente en bachillerato, Nicolás Maquiavelo compara la virtud (lo masculino) y la fortuna (lo femenino) como dos fuerzas que se funden para formar al príncipe, al héroe moderno. Por virtud, Maquiavelo entendía la sensatez, el valor y la astucia de innovación del humano para sobresalir entre sus semejantes. Era un factor que dependía también de la capacidad de proporcionar estabilidad y orden ante las circunstancias, incluyendo, si fuere es necesario, la ambición e incluso la crueldad. Respecto a la fortuna (del latín fors, fortuna o “suerte”), Maquiavelo la utiliza para referirse a todas esas circunstancias que los seres humanos no pueden controlar y, en particular, al carácter de los tiempos, que tiene una relación directa con el éxito o el fracaso del héroe en su sociedad. Entiende que cuando más favorable es la época o las circunstancias para una persona, menos virtud necesitará para destacar. La fortuna, pues, era una fuerza complementaria y femenina que seducía pero que también apasionaba. Desechando las sesgadas concepciones machistas de Maquiavelo en su contexto cultural, en las que los hombres y las mujeres eran antagonistas sexuales por naturaleza, podemos percibir mucho de lo que actualmente se sigue replicando en el discurso del arte y sobre todo del arte comercial como lo es el cine, colmado de estereotipos de género.

Regresando a la trama, después de un atentado contra su vida, que resulta en la muerte de Marie, Bourne decide ir en la búsqueda de los responsables de su muerte. Esta peripecia despierta nuevas necesidades en Bourne, quien comienza a entender que sus acciones se siguen circunscribiendo al complot de la CIA para sacarle provecho. Si Bourne representa el instinto, Marie es la parte emocional, quien provoca en él un reordenamiento de sus causas y motivos, de su suerte. Es ella la que le da una razón para perseguir su pasado, para liquidar sus cuentas pendientes y poder ser finalmente “libre”.

Sabemos que Bourne es un virtuoso en su campo de acción, un asesino perfecto. Pero es de eso irónicamente de lo que busca escapar y las coprotagonistas femeninas, comenzando con Marie, catalizan sus instintos con gestos maternales de comprensión y de guía emocional que lo hacen depender de cada una de ellas en cierta manera. En un análisis superficial pero curiosamente generalizado del cine, estas parejas de personajes casi siempre representan la dicotomía de la virtud y la fortuna, de la razón y la pasión, del instinto y la emoción, como en el caso de Bourne y Marie. El protagonista masculino, el uomo virtuoso, que tiene las capacidades técnicas para lidiar con los obstáculos, y la protagonista femenina, la donna appassionata, desbloquea las tensiones y habilita el sentido pasional de sus acciones colaboran para que la trama alcance su grandezza, es decir, que tenga la fuerza emocional necesaria.

La fortuna, como la pasión, es una fuerza relacionada con lo femenino por la tradición. Indomable, creativa y exótica, afecta las circunstancias de una manera aleatoria pero siempre emocional. En una escena, Bourne está a punto de matar a uno de los antagonistas principales, pero repentinamente se abstiene de hacerlo, diciendo que “…ella (Marie) no lo hubiera querido así”. Los instintos y su virtud de asesino que lo caracterizan claramente se subyugan a la presencia apaciguadora femenina, que cataliza al protagonista para que recapacite sobre sus motivos y creencias.

En la tercera entrega de la saga (The Bourne Ultimatum, 2007), Bourne logra hacerse de documentos clasificados que prueban los motivos oscuros de las operaciones de la CIA, proceso en el que le ayuda Nicky Parsons (Julia Stile), una excompañera de labores que conoce mucho más de su pasado. Bourne finalmente encuentra su anagnórisis: su origen como asesino y sus recuerdos resurgen.

Nicky es un personaje mejor elaborado. Es Marie, pero con voluntad propia. A pesar de que no tiene control total sobre sus acciones debido a que es presionada por la CIA para colaborar, toma riendas de su situación e incluso se beneficia egoístamente de Bourne, como cuando se une a él por mera protección ante amenazas de muerte. Aquí es donde entendemos que la fortuna no emerge como una fuerza opuesta a la virtud. Por el contrario, la interacción equilibrada entre la fortuna y la virtud permite que los protagonistas consigan sus objetivos.

Hasta la Edad Media se elogiaba la invariabilidad emocional de un héroe, pero para Maquiavelo esa rigidez, es decir, esa incapacidad de adaptarse ante la fortuna (sea negativa o positiva) deriva en el fracaso. Quizás es obvio pero, si pudiéramos variar nuestra conducta y motivos continuamente, podríamos lograr el favor de la fortuna durante mucho tiempo. Por lo tanto, no es a la fortuna a la que el humano debe temer, sino a la inflexibilidad de su propia naturaleza, a la necedad. Es algo que en el personaje de Bourne se aplica muy bien. Para alcanzar la sobrevivencia es esencial reconocer ocasiones favorables pero también reconocer debilidades, poder aprovecharlas y adaptarse a ellas.

Es a esta incertidumbre a la que teme Bourne cuando trata de convencer continuamente a Marie o a Nicky para que se alejen de él, insistiendo en que es un peligro para ellas. Adentrados en la trama nos podemos dar cuenta de cómo estos argumentos son solo excusas con las que disfrazaba el miedo de su propia identidad. Bourne desconocía qué otros hallazgos le sucederían y cómo reaccionaría ante ellos. Y, en efecto, al menos dos de las protagonistas mueren, pero la causa de sus muertes no es Bourne, no es el hecho de acompañarlo, sino sus propias convicciones. Marie no muere por estar con Bourne en el momento equivocado, muere por decidir amar a un asesino. Nicky no muere por estar con Bourne en el momento equivocado, muere por creer en la justicia.

La cuarta entrega de la saga (The Bourne Legacy, 2012) se desvía de Bourne, pero volvemos a encontrar el arquetipo del virtuoso masculino que necesita de la fortuna femenina y apasionada para resolver sus conflictos internos. Aaron y Marta son básicamente Bourne y Marie, pero en esteroides (literalmente). Por último, en la quinta película (Jason Bourne, 2017), la acción regresa con Bourne, Nicky vuelve a aparecer como coprotagonista y beneficia a Bourne revelándole información clave sobre su pasado y su identidad. Aparece un nuevo personaje femenino, Heather Lee (Alicia Vikander), directora de la CIA, quien finalmente tiene la fuerza necesaria para poner tanto al director de la CIA —actuado por un Tommy Lee Jones ya casi cadavérico— como a Bourne mismo ante sus pies.

Bourne necesita ser consciente de su propia naturaleza, más en un acto de autoaprendizaje que un acto de superación y represión de las fuerzas “femeninas” de la fortuna y la pasión.  En su obra Breathing: Chaos and Poetry (2018), Franco Berardi explica que, más allá que una relación masculino-femenina, lo que estamos presenciando en la ficción es cómo la virtud se complementa con la fortuna, en un enamoramiento de los sentidos por medio de esta fórmula mágica que consigue que el espectador se rinda y que incluso pase por alto muchas de las lagunas de la trama por el encantamiento que la mezcla de virtud y fortuna provoca ante los sentidos.

Bourne se complementa siempre con contraparte femenina, comenzando por Marie, Nicky y finalmente con Heather. A pesar de que cada una tiene una función argumentalmente distinta en la trama, todas cumplen con el arquetipo de la fortuna que complementa a la virtud, mejorando el resultado de la historia. De alguna forma también los personajes femeninos encuentran seductiva la virtud de Bourne, y entonces todo cae de vuelta en su lugar.

Para Maquiavelo, esta combinación equilibrada entre la virtud y la fortuna era clave para el éxito y somos testigos de cómo lo sigue siendo. Es esta grandezza la que modernamente se ha convertido en una fórmula de éxito no solo para los thrillers sino para muchos otros géneros cinematográficos, como el chick flick o también las comedias románticas que siguen reproduciendo este tipo de estereotipos de género. Visto con otros ojos, Bourne es el bad boy que por momentos cede a una especie de cenicienta moderna personificada por tanto por Marie, como por Nicky y Heather. Esto nos enseña la importancia de ver con otros ojos, de intentar conocer cómo funciona intrínsecamente el arte aplicado al consumo masivo, lo cual nos ayudará entender el meta-discurso que nos sigue condicionando en la educación y en la cultura que creamos, que consumimos y que damos por sentado desde el nacimiento de la ficción (si es que existe algo como tal).

 

Esteban Arredondo. 27 años, Ciudad de Guatemala. Comunicador y aficionado de la ficción ("aficcionado"). Actualmente obsesionado con la hauntología, las cartas de amor de Henry Miller y con el tecno-orientalismo.

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Imagen de portada: Doug Liman

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Quiromancia

N.013 - Poesía

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