Suicidio cuántico

N.013 - Narrativa

Suicidio cuántico

N.013 - Narrativa

 Suicidio cuántico

N.013 - Narrativa

Suicidio cuántico

N.013 - Narrativa

Suicidio cuántico

N.013 - Narrativa

Escrito por Christian Anguiano

Escrito por Christian Anguiano

Escrito por Christian Anguiano

Imagine. Imagine el escenario. Un hombre — no importa su apelativo, edad o ninguna mierda similar, porque usted, lector, puede ayudarnos a establecerlo — está sentado en una silla de metal con una pistola que le apunta directo a la sien. Él mismo empuña el arma y, como establecería Chéjov, esa pistola tiene que dispararse porque ha entrado a escena y debe ser usada. El hombre se apunta a sí mismo y una gota de sudor le recorre la nunca. Sabe que va a morir. Un puñado de sujetos frente a él le han dicho que tiene que dispararse, acabar con su vida. ¿La razón? Puede ser cualquiera, lo invitamos a usted, honorable lector, a que la imagine. ¿Una deuda de cartas? ¿Un asunto pendiente? ¿Mero divertimento? ¡Qué más da! Solo sabemos que el hombre está obligado a dispararse y no hay otra salida. El gatillo tendrá que ser accionado. Pero, ¿qué pasa si el hombre decide no matarse? Es posible que usted ya se lo haya preguntado y la respuesta es clara, al menos para nuestro personaje —¿Ya le puso nombre? Si no, hágalo ahora—: los sujetos a su alrededor previamente lo han amenazado con matar a su familia si él no se dispara. El hombre no ha tenido tiempo siquiera de imaginarse cómo acabarán con ellos, ni siquiera ha pensado en su esposa ni en sus hijos, solo le pusieron en sus manos la pistola para que se disparara cuanto antes. El hombre se ha colocado el cañón en la sien y le ha gritado a uno de los sujetos detrás de él que se dispare. “¡Ahora!”, le gritan y nuestro personaje aprieta el gatillo con rabia.

En este punto de la historia entramos en un dilema físico moderadamente complicado de entender llamado suicidio cuántico, así que lo explicaremos dividiendo la trama en dos escenarios posibles:

Escenario n.° 1. El disparo se realiza

La bala ha atravesado la piel del hombre, ha perforado su cráneo y su trayecto solo daña al lóbulo frontal. La bala sale por el mismo cráneo y deja un orificio arriba de la ceja izquierda. El cuerpo de nuestro personaje cae y la silla hace lo propio. Los sujetos lo ven en el piso, a él y a la sangre que brota de su cabeza. Hagamos una acotación: en este escenario, al igual que el siguiente, nuestro personaje —al que usted ya le ha puesto un nombre— no quiere morir, mucho menos quiere que maten a su esposa e hijos. Lamentablemente él ya se ha disparado y ve a los hombres que lo miran desde arriba. Unos sonríen, porque es una imagen habitual en sus vidas, otros tienen cara de asco, porque es la primera vez que ven algo semejante. Nuestro personaje agoniza y empieza a recordar la película de su vida. Si se lo pregunta, la respuesta es sí: mientras está muriendo recuerda en retrospectiva las escenas más significativas de su existencia. El hombre recuerda, por ejemplo, por qué lo llevaron a ese lugar, qué hizo mal, las amenazas previas, los últimos días que jugó con sus hijos, el nacimiento de estos, su boda, su noviazgo, la universidad, su adolescencia, la infancia, los primeros días de su existencia. En este punto, nuestro personaje se da cuenta de que no está muriendo y que los sujetos se percatan de que no morirá. Él imagina que quizás lo llevarán al hospital más cercano para salvarle la vida, aunque eso significaría que aquellos hombres irían a matar a los suyos y eso sería peor aún. Imagina qué les podrían hacer, cómo los torturarían, de qué manera los golpearían hasta el llanto y hasta la muerte. Se imagina a sí mismo en el hospital, agonizante, inmóvil y postrado en una silla por el resto de su vida porque el cerebro le ha quedado inservible y ahora tendrá que ser atendido todos los días y querrá gritar que está harto de todo, que mejor acaben con su vida, pero solo le saldrá una baba espesa de su boca y eso será símbolo del grito ahogado que nunca saldrá porque se lo ha tragado con toda la rabia y las pocas fuerzas que le quedan. Nuestro personaje se da cuenta de que quiere gritar, pero ya no puede. La sangre que sale de su cabeza lo ha dejado inconsciente y nunca podrá despertar del sueño eterno. Su familia se ha salvado. ¡Qué suerte!

Escenario n.° 2. Una historia más optimista

El hombre — Ya le ha puesto nombre, ¿cierto? Al menos ya tiene rostro en su memoria —  ha apretado el gatillo una vez y solo ha escuchado un clic. Presiona una vez más y el mismo sonido. Otra vez y nada. Seis veces dispara y no pasa absolutamente nada. Los sujetos frente a él se miran unos a otros. Nuestro personaje suda frío. Sabe que, si no se acciona pronto el arma, lo siguiente es la muerte inminente de su familia. Aprieta el gatillo desesperadamente y el arma no se acciona. Uno de los sujetos, el más alto, le arrebata la pistola y revisa que tenga balas. Su cara se llena de impresión al ver que está llena. No entiende qué pasa. Le devuelve la pistola al hombre. Nuestro personaje se apunta a sí mismo y los nervios no se han dispersado. Presiona y nada. No se dispara el arma. El sujeto alto se la arrebata de nuevo y le apunta directo a la cara. Presiona el gatillo. Nada. Harto, apunta al cielo y dispara. El sonido aturde a todos. La pistola ha funcionado. Es hora de matar a nuestro personaje. Le apunta y presiona, pero nada. La bala no sale y todos, sobre todo el sujeto alto, comienzan a desesperarse. Uno de ellos corre por otra arma. Se la entrega al alto y antes de apuntar a nuestro personaje, dispara al aire. Funciona perfectamente. Ahora sí es hora de matar al hombre sobre la silla. Le apunta, presiona y nada. Varios click y no hay resultados. Nada funciona. Usted en este punto creerá que el hombre tiene mucha suerte y así es. Pase lo que pase, el arma nunca se disparará. Nuestro personaje será inmortal por el resto de nuestros días. Así se la pasan toda la tarde, probando armas y disparando al aire, pero nada funciona. Cualquier pistola deja de servir cuando apunta al hombre sobre la silla. Cansados de la situación, los sujetos deciden que sería mejor acabar con la familia de nuestro personaje. Este comienza a sudar frío de nueva cuenta. No es culpa de él que el arma no funcione, pero ya lo han subido a una camioneta en dirección a su domicilio. Ahí estará su esposa y sus dos hijos, mortificados porque él no ha contestado su celular y llevan días sin saber de su paradero. Posiblemente cuando la camioneta llegue, les dispararán de inmediato, pero quizá la tortura será larga. No importa. Lo único que piensa nuestro personaje, mientras la camioneta se enciende, es que ojalá pase lo mismo con ellos y la pistola nunca se dispare. Desafortunadamente, ni su esposa ni sus hijos tienen su misma suerte.

Fin de los escenarios

Volvamos a nuestra escena principal. El hombre —que se llama justo como usted le ha puesto— se apunta a la sien y presiona el gatillo. No sabemos exactamente qué pasa a continuación, pero es una de las dos variantes antes presentadas. ¿Importa saber el final? Por supuesto que no. Ahora nuestro personaje se encuentra vivo y muerto al mismo tiempo y usted, estimable lector, tendrá que decidir el destino de este hombre. Ahora usted será el creador, el responsable de los posibles últimos instantes del hombre al que le ha puesto un apelativo y un rostro. Todo depende de su propio criterio. Cualquier asunto a tratar, quedamos a sus órdenes. ¡Mucha suerte!


Imagine. Imagine el escenario. Un hombre — no importa su apelativo, edad o ninguna mierda similar, porque usted, lector, puede ayudarnos a establecerlo — está sentado en una silla de metal con una pistola que le apunta directo a la sien. Él mismo empuña el arma y, como establecería Chéjov, esa pistola tiene que dispararse porque ha entrado a escena y debe ser usada. El hombre se apunta a sí mismo y una gota de sudor le recorre la nunca. Sabe que va a morir. Un puñado de sujetos frente a él le han dicho que tiene que dispararse, acabar con su vida. ¿La razón? Puede ser cualquiera, lo invitamos a usted, honorable lector, a que la imagine. ¿Una deuda de cartas? ¿Un asunto pendiente? ¿Mero divertimento? ¡Qué más da! Solo sabemos que el hombre está obligado a dispararse y no hay otra salida. El gatillo tendrá que ser accionado. Pero, ¿qué pasa si el hombre decide no matarse? Es posible que usted ya se lo haya preguntado y la respuesta es clara, al menos para nuestro personaje —¿Ya le puso nombre? Si no, hágalo ahora—: los sujetos a su alrededor previamente lo han amenazado con matar a su familia si él no se dispara. El hombre no ha tenido tiempo siquiera de imaginarse cómo acabarán con ellos, ni siquiera ha pensado en su esposa ni en sus hijos, solo le pusieron en sus manos la pistola para que se disparara cuanto antes. El hombre se ha colocado el cañón en la sien y le ha gritado a uno de los sujetos detrás de él que se dispare. “¡Ahora!”, le gritan y nuestro personaje aprieta el gatillo con rabia.

En este punto de la historia entramos en un dilema físico moderadamente complicado de entender llamado suicidio cuántico, así que lo explicaremos dividiendo la trama en dos escenarios posibles:

Escenario n.° 1. El disparo se realiza

La bala ha atravesado la piel del hombre, ha perforado su cráneo y su trayecto solo daña al lóbulo frontal. La bala sale por el mismo cráneo y deja un orificio arriba de la ceja izquierda. El cuerpo de nuestro personaje cae y la silla hace lo propio. Los sujetos lo ven en el piso, a él y a la sangre que brota de su cabeza. Hagamos una acotación: en este escenario, al igual que el siguiente, nuestro personaje —al que usted ya le ha puesto un nombre— no quiere morir, mucho menos quiere que maten a su esposa e hijos. Lamentablemente él ya se ha disparado y ve a los hombres que lo miran desde arriba. Unos sonríen, porque es una imagen habitual en sus vidas, otros tienen cara de asco, porque es la primera vez que ven algo semejante. Nuestro personaje agoniza y empieza a recordar la película de su vida. Si se lo pregunta, la respuesta es sí: mientras está muriendo recuerda en retrospectiva las escenas más significativas de su existencia. El hombre recuerda, por ejemplo, por qué lo llevaron a ese lugar, qué hizo mal, las amenazas previas, los últimos días que jugó con sus hijos, el nacimiento de estos, su boda, su noviazgo, la universidad, su adolescencia, la infancia, los primeros días de su existencia. En este punto, nuestro personaje se da cuenta de que no está muriendo y que los sujetos se percatan de que no morirá. Él imagina que quizás lo llevarán al hospital más cercano para salvarle la vida, aunque eso significaría que aquellos hombres irían a matar a los suyos y eso sería peor aún. Imagina qué les podrían hacer, cómo los torturarían, de qué manera los golpearían hasta el llanto y hasta la muerte. Se imagina a sí mismo en el hospital, agonizante, inmóvil y postrado en una silla por el resto de su vida porque el cerebro le ha quedado inservible y ahora tendrá que ser atendido todos los días y querrá gritar que está harto de todo, que mejor acaben con su vida, pero solo le saldrá una baba espesa de su boca y eso será símbolo del grito ahogado que nunca saldrá porque se lo ha tragado con toda la rabia y las pocas fuerzas que le quedan. Nuestro personaje se da cuenta de que quiere gritar, pero ya no puede. La sangre que sale de su cabeza lo ha dejado inconsciente y nunca podrá despertar del sueño eterno. Su familia se ha salvado. ¡Qué suerte!

Escenario n.° 2. Una historia más optimista

El hombre — Ya le ha puesto nombre, ¿cierto? Al menos ya tiene rostro en su memoria —  ha apretado el gatillo una vez y solo ha escuchado un clic. Presiona una vez más y el mismo sonido. Otra vez y nada. Seis veces dispara y no pasa absolutamente nada. Los sujetos frente a él se miran unos a otros. Nuestro personaje suda frío. Sabe que, si no se acciona pronto el arma, lo siguiente es la muerte inminente de su familia. Aprieta el gatillo desesperadamente y el arma no se acciona. Uno de los sujetos, el más alto, le arrebata la pistola y revisa que tenga balas. Su cara se llena de impresión al ver que está llena. No entiende qué pasa. Le devuelve la pistola al hombre. Nuestro personaje se apunta a sí mismo y los nervios no se han dispersado. Presiona y nada. No se dispara el arma. El sujeto alto se la arrebata de nuevo y le apunta directo a la cara. Presiona el gatillo. Nada. Harto, apunta al cielo y dispara. El sonido aturde a todos. La pistola ha funcionado. Es hora de matar a nuestro personaje. Le apunta y presiona, pero nada. La bala no sale y todos, sobre todo el sujeto alto, comienzan a desesperarse. Uno de ellos corre por otra arma. Se la entrega al alto y antes de apuntar a nuestro personaje, dispara al aire. Funciona perfectamente. Ahora sí es hora de matar al hombre sobre la silla. Le apunta, presiona y nada. Varios click y no hay resultados. Nada funciona. Usted en este punto creerá que el hombre tiene mucha suerte y así es. Pase lo que pase, el arma nunca se disparará. Nuestro personaje será inmortal por el resto de nuestros días. Así se la pasan toda la tarde, probando armas y disparando al aire, pero nada funciona. Cualquier pistola deja de servir cuando apunta al hombre sobre la silla. Cansados de la situación, los sujetos deciden que sería mejor acabar con la familia de nuestro personaje. Este comienza a sudar frío de nueva cuenta. No es culpa de él que el arma no funcione, pero ya lo han subido a una camioneta en dirección a su domicilio. Ahí estará su esposa y sus dos hijos, mortificados porque él no ha contestado su celular y llevan días sin saber de su paradero. Posiblemente cuando la camioneta llegue, les dispararán de inmediato, pero quizá la tortura será larga. No importa. Lo único que piensa nuestro personaje, mientras la camioneta se enciende, es que ojalá pase lo mismo con ellos y la pistola nunca se dispare. Desafortunadamente, ni su esposa ni sus hijos tienen su misma suerte.

Fin de los escenarios

Volvamos a nuestra escena principal. El hombre —que se llama justo como usted le ha puesto— se apunta a la sien y presiona el gatillo. No sabemos exactamente qué pasa a continuación, pero es una de las dos variantes antes presentadas. ¿Importa saber el final? Por supuesto que no. Ahora nuestro personaje se encuentra vivo y muerto al mismo tiempo y usted, estimable lector, tendrá que decidir el destino de este hombre. Ahora usted será el creador, el responsable de los posibles últimos instantes del hombre al que le ha puesto un apelativo y un rostro. Todo depende de su propio criterio. Cualquier asunto a tratar, quedamos a sus órdenes. ¡Mucha suerte!

 

Imagine. Imagine el escenario. Un hombre — no importa su apelativo, edad o ninguna mierda similar, porque usted, lector, puede ayudarnos a establecerlo — está sentado en una silla de metal con una pistola que le apunta directo a la sien. Él mismo empuña el arma y, como establecería Chéjov, esa pistola tiene que dispararse porque ha entrado a escena y debe ser usada. El hombre se apunta a sí mismo y una gota de sudor le recorre la nunca. Sabe que va a morir. Un puñado de sujetos frente a él le han dicho que tiene que dispararse, acabar con su vida. ¿La razón? Puede ser cualquiera, lo invitamos a usted, honorable lector, a que la imagine. ¿Una deuda de cartas? ¿Un asunto pendiente? ¿Mero divertimento? ¡Qué más da! Solo sabemos que el hombre está obligado a dispararse y no hay otra salida. El gatillo tendrá que ser accionado. Pero, ¿qué pasa si el hombre decide no matarse? Es posible que usted ya se lo haya preguntado y la respuesta es clara, al menos para nuestro personaje —¿Ya le puso nombre? Si no, hágalo ahora—: los sujetos a su alrededor previamente lo han amenazado con matar a su familia si él no se dispara. El hombre no ha tenido tiempo siquiera de imaginarse cómo acabarán con ellos, ni siquiera ha pensado en su esposa ni en sus hijos, solo le pusieron en sus manos la pistola para que se disparara cuanto antes. El hombre se ha colocado el cañón en la sien y le ha gritado a uno de los sujetos detrás de él que se dispare. “¡Ahora!”, le gritan y nuestro personaje aprieta el gatillo con rabia.

En este punto de la historia entramos en un dilema físico moderadamente complicado de entender llamado suicidio cuántico, así que lo explicaremos dividiendo la trama en dos escenarios posibles:

Escenario n.° 1. El disparo se realiza

La bala ha atravesado la piel del hombre, ha perforado su cráneo y su trayecto solo daña al lóbulo frontal. La bala sale por el mismo cráneo y deja un orificio arriba de la ceja izquierda. El cuerpo de nuestro personaje cae y la silla hace lo propio. Los sujetos lo ven en el piso, a él y a la sangre que brota de su cabeza. Hagamos una acotación: en este escenario, al igual que el siguiente, nuestro personaje —al que usted ya le ha puesto un nombre— no quiere morir, mucho menos quiere que maten a su esposa e hijos. Lamentablemente él ya se ha disparado y ve a los hombres que lo miran desde arriba. Unos sonríen, porque es una imagen habitual en sus vidas, otros tienen cara de asco, porque es la primera vez que ven algo semejante. Nuestro personaje agoniza y empieza a recordar la película de su vida. Si se lo pregunta, la respuesta es sí: mientras está muriendo recuerda en retrospectiva las escenas más significativas de su existencia. El hombre recuerda, por ejemplo, por qué lo llevaron a ese lugar, qué hizo mal, las amenazas previas, los últimos días que jugó con sus hijos, el nacimiento de estos, su boda, su noviazgo, la universidad, su adolescencia, la infancia, los primeros días de su existencia. En este punto, nuestro personaje se da cuenta de que no está muriendo y que los sujetos se percatan de que no morirá. Él imagina que quizás lo llevarán al hospital más cercano para salvarle la vida, aunque eso significaría que aquellos hombres irían a matar a los suyos y eso sería peor aún. Imagina qué les podrían hacer, cómo los torturarían, de qué manera los golpearían hasta el llanto y hasta la muerte. Se imagina a sí mismo en el hospital, agonizante, inmóvil y postrado en una silla por el resto de su vida porque el cerebro le ha quedado inservible y ahora tendrá que ser atendido todos los días y querrá gritar que está harto de todo, que mejor acaben con su vida, pero solo le saldrá una baba espesa de su boca y eso será símbolo del grito ahogado que nunca saldrá porque se lo ha tragado con toda la rabia y las pocas fuerzas que le quedan. Nuestro personaje se da cuenta de que quiere gritar, pero ya no puede. La sangre que sale de su cabeza lo ha dejado inconsciente y nunca podrá despertar del sueño eterno. Su familia se ha salvado. ¡Qué suerte!

Escenario n.° 2. Una historia más optimista

El hombre — Ya le ha puesto nombre, ¿cierto? Al menos ya tiene rostro en su memoria —  ha apretado el gatillo una vez y solo ha escuchado un clic. Presiona una vez más y el mismo sonido. Otra vez y nada. Seis veces dispara y no pasa absolutamente nada. Los sujetos frente a él se miran unos a otros. Nuestro personaje suda frío. Sabe que, si no se acciona pronto el arma, lo siguiente es la muerte inminente de su familia. Aprieta el gatillo desesperadamente y el arma no se acciona. Uno de los sujetos, el más alto, le arrebata la pistola y revisa que tenga balas. Su cara se llena de impresión al ver que está llena. No entiende qué pasa. Le devuelve la pistola al hombre. Nuestro personaje se apunta a sí mismo y los nervios no se han dispersado. Presiona y nada. No se dispara el arma. El sujeto alto se la arrebata de nuevo y le apunta directo a la cara. Presiona el gatillo. Nada. Harto, apunta al cielo y dispara. El sonido aturde a todos. La pistola ha funcionado. Es hora de matar a nuestro personaje. Le apunta y presiona, pero nada. La bala no sale y todos, sobre todo el sujeto alto, comienzan a desesperarse. Uno de ellos corre por otra arma. Se la entrega al alto y antes de apuntar a nuestro personaje, dispara al aire. Funciona perfectamente. Ahora sí es hora de matar al hombre sobre la silla. Le apunta, presiona y nada. Varios click y no hay resultados. Nada funciona. Usted en este punto creerá que el hombre tiene mucha suerte y así es. Pase lo que pase, el arma nunca se disparará. Nuestro personaje será inmortal por el resto de nuestros días. Así se la pasan toda la tarde, probando armas y disparando al aire, pero nada funciona. Cualquier pistola deja de servir cuando apunta al hombre sobre la silla. Cansados de la situación, los sujetos deciden que sería mejor acabar con la familia de nuestro personaje. Este comienza a sudar frío de nueva cuenta. No es culpa de él que el arma no funcione, pero ya lo han subido a una camioneta en dirección a su domicilio. Ahí estará su esposa y sus dos hijos, mortificados porque él no ha contestado su celular y llevan días sin saber de su paradero. Posiblemente cuando la camioneta llegue, les dispararán de inmediato, pero quizá la tortura será larga. No importa. Lo único que piensa nuestro personaje, mientras la camioneta se enciende, es que ojalá pase lo mismo con ellos y la pistola nunca se dispare. Desafortunadamente, ni su esposa ni sus hijos tienen su misma suerte.

Fin de los escenarios

Volvamos a nuestra escena principal. El hombre —que se llama justo como usted le ha puesto— se apunta a la sien y presiona el gatillo. No sabemos exactamente qué pasa a continuación, pero es una de las dos variantes antes presentadas. ¿Importa saber el final? Por supuesto que no. Ahora nuestro personaje se encuentra vivo y muerto al mismo tiempo y usted, estimable lector, tendrá que decidir el destino de este hombre. Ahora usted será el creador, el responsable de los posibles últimos instantes del hombre al que le ha puesto un apelativo y un rostro. Todo depende de su propio criterio. Cualquier asunto a tratar, quedamos a sus órdenes. ¡Mucha suerte!

 

Imagine. Imagine el escenario. Un hombre — no importa su apelativo, edad o ninguna mierda similar, porque usted, lector, puede ayudarnos a establecerlo — está sentado en una silla de metal con una pistola que le apunta directo a la sien. Él mismo empuña el arma y, como establecería Chéjov, esa pistola tiene que dispararse porque ha entrado a escena y debe ser usada. El hombre se apunta a sí mismo y una gota de sudor le recorre la nunca. Sabe que va a morir. Un puñado de sujetos frente a él le han dicho que tiene que dispararse, acabar con su vida. ¿La razón? Puede ser cualquiera, lo invitamos a usted, honorable lector, a que la imagine. ¿Una deuda de cartas? ¿Un asunto pendiente? ¿Mero divertimento? ¡Qué más da! Solo sabemos que el hombre está obligado a dispararse y no hay otra salida. El gatillo tendrá que ser accionado. Pero, ¿qué pasa si el hombre decide no matarse? Es posible que usted ya se lo haya preguntado y la respuesta es clara, al menos para nuestro personaje —¿Ya le puso nombre? Si no, hágalo ahora—: los sujetos a su alrededor previamente lo han amenazado con matar a su familia si él no se dispara. El hombre no ha tenido tiempo siquiera de imaginarse cómo acabarán con ellos, ni siquiera ha pensado en su esposa ni en sus hijos, solo le pusieron en sus manos la pistola para que se disparara cuanto antes. El hombre se ha colocado el cañón en la sien y le ha gritado a uno de los sujetos detrás de él que se dispare. “¡Ahora!”, le gritan y nuestro personaje aprieta el gatillo con rabia.

En este punto de la historia entramos en un dilema físico moderadamente complicado de entender llamado suicidio cuántico, así que lo explicaremos dividiendo la trama en dos escenarios posibles:

Escenario n.° 1. El disparo se realiza

La bala ha atravesado la piel del hombre, ha perforado su cráneo y su trayecto solo daña al lóbulo frontal. La bala sale por el mismo cráneo y deja un orificio arriba de la ceja izquierda. El cuerpo de nuestro personaje cae y la silla hace lo propio. Los sujetos lo ven en el piso, a él y a la sangre que brota de su cabeza. Hagamos una acotación: en este escenario, al igual que el siguiente, nuestro personaje —al que usted ya le ha puesto un nombre— no quiere morir, mucho menos quiere que maten a su esposa e hijos. Lamentablemente él ya se ha disparado y ve a los hombres que lo miran desde arriba. Unos sonríen, porque es una imagen habitual en sus vidas, otros tienen cara de asco, porque es la primera vez que ven algo semejante. Nuestro personaje agoniza y empieza a recordar la película de su vida. Si se lo pregunta, la respuesta es sí: mientras está muriendo recuerda en retrospectiva las escenas más significativas de su existencia. El hombre recuerda, por ejemplo, por qué lo llevaron a ese lugar, qué hizo mal, las amenazas previas, los últimos días que jugó con sus hijos, el nacimiento de estos, su boda, su noviazgo, la universidad, su adolescencia, la infancia, los primeros días de su existencia. En este punto, nuestro personaje se da cuenta de que no está muriendo y que los sujetos se percatan de que no morirá. Él imagina que quizás lo llevarán al hospital más cercano para salvarle la vida, aunque eso significaría que aquellos hombres irían a matar a los suyos y eso sería peor aún. Imagina qué les podrían hacer, cómo los torturarían, de qué manera los golpearían hasta el llanto y hasta la muerte. Se imagina a sí mismo en el hospital, agonizante, inmóvil y postrado en una silla por el resto de su vida porque el cerebro le ha quedado inservible y ahora tendrá que ser atendido todos los días y querrá gritar que está harto de todo, que mejor acaben con su vida, pero solo le saldrá una baba espesa de su boca y eso será símbolo del grito ahogado que nunca saldrá porque se lo ha tragado con toda la rabia y las pocas fuerzas que le quedan. Nuestro personaje se da cuenta de que quiere gritar, pero ya no puede. La sangre que sale de su cabeza lo ha dejado inconsciente y nunca podrá despertar del sueño eterno. Su familia se ha salvado. ¡Qué suerte!

Escenario n.° 2. Una historia más optimista

El hombre — Ya le ha puesto nombre, ¿cierto? Al menos ya tiene rostro en su memoria —  ha apretado el gatillo una vez y solo ha escuchado un clic. Presiona una vez más y el mismo sonido. Otra vez y nada. Seis veces dispara y no pasa absolutamente nada. Los sujetos frente a él se miran unos a otros. Nuestro personaje suda frío. Sabe que, si no se acciona pronto el arma, lo siguiente es la muerte inminente de su familia. Aprieta el gatillo desesperadamente y el arma no se acciona. Uno de los sujetos, el más alto, le arrebata la pistola y revisa que tenga balas. Su cara se llena de impresión al ver que está llena. No entiende qué pasa. Le devuelve la pistola al hombre. Nuestro personaje se apunta a sí mismo y los nervios no se han dispersado. Presiona y nada. No se dispara el arma. El sujeto alto se la arrebata de nuevo y le apunta directo a la cara. Presiona el gatillo. Nada. Harto, apunta al cielo y dispara. El sonido aturde a todos. La pistola ha funcionado. Es hora de matar a nuestro personaje. Le apunta y presiona, pero nada. La bala no sale y todos, sobre todo el sujeto alto, comienzan a desesperarse. Uno de ellos corre por otra arma. Se la entrega al alto y antes de apuntar a nuestro personaje, dispara al aire. Funciona perfectamente. Ahora sí es hora de matar al hombre sobre la silla. Le apunta, presiona y nada. Varios click y no hay resultados. Nada funciona. Usted en este punto creerá que el hombre tiene mucha suerte y así es. Pase lo que pase, el arma nunca se disparará. Nuestro personaje será inmortal por el resto de nuestros días. Así se la pasan toda la tarde, probando armas y disparando al aire, pero nada funciona. Cualquier pistola deja de servir cuando apunta al hombre sobre la silla. Cansados de la situación, los sujetos deciden que sería mejor acabar con la familia de nuestro personaje. Este comienza a sudar frío de nueva cuenta. No es culpa de él que el arma no funcione, pero ya lo han subido a una camioneta en dirección a su domicilio. Ahí estará su esposa y sus dos hijos, mortificados porque él no ha contestado su celular y llevan días sin saber de su paradero. Posiblemente cuando la camioneta llegue, les dispararán de inmediato, pero quizá la tortura será larga. No importa. Lo único que piensa nuestro personaje, mientras la camioneta se enciende, es que ojalá pase lo mismo con ellos y la pistola nunca se dispare. Desafortunadamente, ni su esposa ni sus hijos tienen su misma suerte.

Fin de los escenarios

Volvamos a nuestra escena principal. El hombre —que se llama justo como usted le ha puesto— se apunta a la sien y presiona el gatillo. No sabemos exactamente qué pasa a continuación, pero es una de las dos variantes antes presentadas. ¿Importa saber el final? Por supuesto que no. Ahora nuestro personaje se encuentra vivo y muerto al mismo tiempo y usted, estimable lector, tendrá que decidir el destino de este hombre. Ahora usted será el creador, el responsable de los posibles últimos instantes del hombre al que le ha puesto un apelativo y un rostro. Todo depende de su propio criterio. Cualquier asunto a tratar, quedamos a sus órdenes. ¡Mucha suerte!

 

Imagine. Imagine el escenario. Un hombre — no importa su apelativo, edad o ninguna mierda similar, porque usted, lector, puede ayudarnos a establecerlo — está sentado en una silla de metal con una pistola que le apunta directo a la sien. Él mismo empuña el arma y, como establecería Chéjov, esa pistola tiene que dispararse porque ha entrado a escena y debe ser usada. El hombre se apunta a sí mismo y una gota de sudor le recorre la nunca. Sabe que va a morir. Un puñado de sujetos frente a él le han dicho que tiene que dispararse, acabar con su vida. ¿La razón? Puede ser cualquiera, lo invitamos a usted, honorable lector, a que la imagine. ¿Una deuda de cartas? ¿Un asunto pendiente? ¿Mero divertimento? ¡Qué más da! Solo sabemos que el hombre está obligado a dispararse y no hay otra salida. El gatillo tendrá que ser accionado. Pero, ¿qué pasa si el hombre decide no matarse? Es posible que usted ya se lo haya preguntado y la respuesta es clara, al menos para nuestro personaje —¿Ya le puso nombre? Si no, hágalo ahora—: los sujetos a su alrededor previamente lo han amenazado con matar a su familia si él no se dispara. El hombre no ha tenido tiempo siquiera de imaginarse cómo acabarán con ellos, ni siquiera ha pensado en su esposa ni en sus hijos, solo le pusieron en sus manos la pistola para que se disparara cuanto antes. El hombre se ha colocado el cañón en la sien y le ha gritado a uno de los sujetos detrás de él que se dispare. “¡Ahora!”, le gritan y nuestro personaje aprieta el gatillo con rabia.

En este punto de la historia entramos en un dilema físico moderadamente complicado de entender llamado suicidio cuántico, así que lo explicaremos dividiendo la trama en dos escenarios posibles:

Escenario n.° 1. El disparo se realiza

La bala ha atravesado la piel del hombre, ha perforado su cráneo y su trayecto solo daña al lóbulo frontal. La bala sale por el mismo cráneo y deja un orificio arriba de la ceja izquierda. El cuerpo de nuestro personaje cae y la silla hace lo propio. Los sujetos lo ven en el piso, a él y a la sangre que brota de su cabeza. Hagamos una acotación: en este escenario, al igual que el siguiente, nuestro personaje —al que usted ya le ha puesto un nombre— no quiere morir, mucho menos quiere que maten a su esposa e hijos. Lamentablemente él ya se ha disparado y ve a los hombres que lo miran desde arriba. Unos sonríen, porque es una imagen habitual en sus vidas, otros tienen cara de asco, porque es la primera vez que ven algo semejante. Nuestro personaje agoniza y empieza a recordar la película de su vida. Si se lo pregunta, la respuesta es sí: mientras está muriendo recuerda en retrospectiva las escenas más significativas de su existencia. El hombre recuerda, por ejemplo, por qué lo llevaron a ese lugar, qué hizo mal, las amenazas previas, los últimos días que jugó con sus hijos, el nacimiento de estos, su boda, su noviazgo, la universidad, su adolescencia, la infancia, los primeros días de su existencia. En este punto, nuestro personaje se da cuenta de que no está muriendo y que los sujetos se percatan de que no morirá. Él imagina que quizás lo llevarán al hospital más cercano para salvarle la vida, aunque eso significaría que aquellos hombres irían a matar a los suyos y eso sería peor aún. Imagina qué les podrían hacer, cómo los torturarían, de qué manera los golpearían hasta el llanto y hasta la muerte. Se imagina a sí mismo en el hospital, agonizante, inmóvil y postrado en una silla por el resto de su vida porque el cerebro le ha quedado inservible y ahora tendrá que ser atendido todos los días y querrá gritar que está harto de todo, que mejor acaben con su vida, pero solo le saldrá una baba espesa de su boca y eso será símbolo del grito ahogado que nunca saldrá porque se lo ha tragado con toda la rabia y las pocas fuerzas que le quedan. Nuestro personaje se da cuenta de que quiere gritar, pero ya no puede. La sangre que sale de su cabeza lo ha dejado inconsciente y nunca podrá despertar del sueño eterno. Su familia se ha salvado. ¡Qué suerte!

Escenario n.° 2. Una historia más optimista

El hombre — Ya le ha puesto nombre, ¿cierto? Al menos ya tiene rostro en su memoria —  ha apretado el gatillo una vez y solo ha escuchado un clic. Presiona una vez más y el mismo sonido. Otra vez y nada. Seis veces dispara y no pasa absolutamente nada. Los sujetos frente a él se miran unos a otros. Nuestro personaje suda frío. Sabe que, si no se acciona pronto el arma, lo siguiente es la muerte inminente de su familia. Aprieta el gatillo desesperadamente y el arma no se acciona. Uno de los sujetos, el más alto, le arrebata la pistola y revisa que tenga balas. Su cara se llena de impresión al ver que está llena. No entiende qué pasa. Le devuelve la pistola al hombre. Nuestro personaje se apunta a sí mismo y los nervios no se han dispersado. Presiona y nada. No se dispara el arma. El sujeto alto se la arrebata de nuevo y le apunta directo a la cara. Presiona el gatillo. Nada. Harto, apunta al cielo y dispara. El sonido aturde a todos. La pistola ha funcionado. Es hora de matar a nuestro personaje. Le apunta y presiona, pero nada. La bala no sale y todos, sobre todo el sujeto alto, comienzan a desesperarse. Uno de ellos corre por otra arma. Se la entrega al alto y antes de apuntar a nuestro personaje, dispara al aire. Funciona perfectamente. Ahora sí es hora de matar al hombre sobre la silla. Le apunta, presiona y nada. Varios click y no hay resultados. Nada funciona. Usted en este punto creerá que el hombre tiene mucha suerte y así es. Pase lo que pase, el arma nunca se disparará. Nuestro personaje será inmortal por el resto de nuestros días. Así se la pasan toda la tarde, probando armas y disparando al aire, pero nada funciona. Cualquier pistola deja de servir cuando apunta al hombre sobre la silla. Cansados de la situación, los sujetos deciden que sería mejor acabar con la familia de nuestro personaje. Este comienza a sudar frío de nueva cuenta. No es culpa de él que el arma no funcione, pero ya lo han subido a una camioneta en dirección a su domicilio. Ahí estará su esposa y sus dos hijos, mortificados porque él no ha contestado su celular y llevan días sin saber de su paradero. Posiblemente cuando la camioneta llegue, les dispararán de inmediato, pero quizá la tortura será larga. No importa. Lo único que piensa nuestro personaje, mientras la camioneta se enciende, es que ojalá pase lo mismo con ellos y la pistola nunca se dispare. Desafortunadamente, ni su esposa ni sus hijos tienen su misma suerte.

Fin de los escenarios

Volvamos a nuestra escena principal. El hombre —que se llama justo como usted le ha puesto— se apunta a la sien y presiona el gatillo. No sabemos exactamente qué pasa a continuación, pero es una de las dos variantes antes presentadas. ¿Importa saber el final? Por supuesto que no. Ahora nuestro personaje se encuentra vivo y muerto al mismo tiempo y usted, estimable lector, tendrá que decidir el destino de este hombre. Ahora usted será el creador, el responsable de los posibles últimos instantes del hombre al que le ha puesto un apelativo y un rostro. Todo depende de su propio criterio. Cualquier asunto a tratar, quedamos a sus órdenes. ¡Mucha suerte!

 

Christian Anguiano (Guadalajara, 1993). Licenciado en Letras Hispánicas y estudiante de Escritura creativa. Ha colaborado en las revistas Luvina, Huraño, Larvaria, entre otras. Becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el Curso de Creación Literaria para Jóvenes 2016. Mantiene el blog personal

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Imagen de portada: Biel Capllonch

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