Sísifo en las alturas

N.002 - Crónica

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Sísifo en las alturas

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Escrito por Iván Pérez

Las reflexiones acerca del suicidio siempre, o casi siempre, suelen ser hipotéticas. Incluso cuando la soga pasa por el cuello o el tostador está a punto de ocupar la bañera es imposible deshacerte del tan mencionado “¿Qué pasaría si lo hago?”. Normalmente piensas en la familia, en los amigos, en la chica(o) de los sueños libidinosos, en la mascota, en la situación económica de los niños en África, etc. La mayoría de las veces terminas por convencerte de que alguien te echará de menos. Dado que los hombres son mortales y es imposible analizar el acto de suicidio después de hacerlo —aunque el esoterismo diga lo contrario—, no te queda sino la suposición de que la muerte te privará de lo que está por escribirse. El porvenir te interesa mucho más que el presente; sobre todo si el presente está, meramente, jodido. En carne propia tu vida se reduce a un montón de opiniones subjetivas. Raras veces eres capaz de aislar los problemas, sin considerar aspectos emocionales y preferenciales, y tomar un punto de vista objetivo. En cambio, cuando analizas la situación de tus pares, procuras dar opiniones basadas en la estadística y en la psicología de más alto nivel. Bueno, afirmar que siempre haces lo dicho sería creer en la perfección. Mejor sería suponer que si la persona en cuestión no te ha hecho rabiar en demasía, te tomarás el lujo de ser objetivo. ¿Qué pasaría entonces si, por azares del destino, presenciaras un intento de suicidio? Como la diversidad impera en el género humano y las maneras de suicidarse son múltiples, pongamos una situación imaginable y real a la vez.

Es un miércoles o jueves por la tarde, el mes de noviembre está por terminarse y dará paso a la víspera de Navidad; quizás por esto la ciudad de Culiacán ha decidido dar un respiro a sus habitantes y aparentar una tranquilidad que les extraña. Te diriges a la casa de tu amigo más cercano para pasar el rato; con este calor no te dan ganas de nada, mucho menos de aburrirte en casa. El tráfico te parece extrañamente fluido y decides tomar el boulevard Zapata a pesar de que siempre se producen embotellamientos en él. Con una sonrisa dibujada en tu rostro te olvidas del tedio de vivir y piensas que no van tan mal las cosas. Nunca has tenido un pensamiento tan optimista como ése y lo celebras como si México ganara la copa mundial de futbol. Sin embargo, la realidad se ve tentada, ante tu ingenuidad, a restregarte que todo aquello es una simple ilusión.

Cuando menos piensas, te ves frenando el auto porque adelante algo está deteniendo el tráfico. Maldices a la humanidad entera y quieres bajar del auto para ver qué sucede. Al final decides esperar pues no puedes dejar el auto a la deriva. Después el tráfico se moviliza; han desviado a los conductores a calles aledañas. La mesura cede a la curiosidad y, tras estacionar tu coche, te diriges al epicentro del incidente. Pronto la situación se presenta ante tus ojos: un hombre se encuentra montado en un espectacular de una cervecería, a unos 20 o 30 metros del suelo. Salvo que sea el encargado de la limpieza, todo apunta a que quiere quitarse la vida.

Esto último lo confirman los rescatistas y agentes de policía que llegan al lugar. Al igual que tú, algunos curiosos se han incorporado para presenciar el acto. Quizás, piensas, hay más personas que en un partido de temporada regular de los Dorados, equipo de futbol local. Repruebas tu pensamiento irónico al ver el rostro de pánico de algunas mujeres y luego subes la mirada para observar que los paramédicos, por medio de largas escaleras, ya han subido a ayudar al individuo. Éste retrocede al borde de la estructura al notar la presencia delos elementos de seguridad. Las mujeres gritan de horror; los hombres, al estilo de las barras bravas, exigen al individuo que se tire. No falta el morboso que por medio de su teléfono celular invita a sus amigos para que acudan al lugar como si se tratara del cierre de campaña de algún político. Ya ciertos vendedores ambulantes se incorporan al séquito para ofrecer golosinas o cigarros a precio considerable. El circo Rolex anunció su última función desde hace tres meses y nunca ha tenido una concurrencia como ésta. Confundido por el peculiar comportamiento de los que presumen ser ciudadanos comprometidos, te mantienes perplejo y con la vista en alto. Las siguientes dos horas podrías resumirlas en esto: una mujer, podría ser una psicóloga, sube a intentar convencer al suicida de que no se quite la vida. Ciento veinte minutos para pensar en las razones que tiene este hombre para suicidarse. Quién nova a querer matarse en una ciudad como ésta donde, de buenas a primeras, sin deberla ni temerla, unas cuantas balas te arruinan, por no decir liquidan, la existencia.

Arriba la situación sigue igual de tensa; abajo parece una fiesta y algunos ya hasta compraron su cerveza en el expendio que sirve como base del espectacular y miran la función cómodamente. Pero, de repente, te percatas de que los rescatistas ya han agarrado al muchacho y lo bajan sobre una camilla. Ahora la función ha terminado y te vas a casa con el sonido de las ambulancias resonando en tus oídos. Sin quererlo, has pasado toda la tarde en ese embrollo y olvidado que tenías una cita con tu amigo. Cuando lo llamas para disculparte y le cuentas todo lo ocurrido, suelta una risotada y te dice “Ah, cómo hay gente pendeja”. No compartes su lógica simplona, pero estás muy cansado para discutir. A la hora de dormir comienzas a reflexionar acerca del intento de suicidio; inexplicablemente quieres saberlo todo. No te explicas por qué te llama tanto la atención la desgracia ajena, quizás es parte delmontón de cosas que se suponen en el carácter humano. Sin embargo, tendrás que esperar a leer los diarios de mañana para informarte acerca de lo que ya viviste.

Al día siguiente, durante el desayuno, buscas con ansia la susodicha noticia. Ahí está: “Bajan a joven que intentaba suicidarse en Culiacán”. Te intriga lo que mencionan de su identidad: puede ser un policía encubierto proveniente de Tijuana o un simple limpiaparabrisas. También señalan que pedía la ayuda del Ejército Mexicano porque decía estar amenazado de muerte por un grupo armado. Qué extraño suena eso; ¡desde cuándo los grupos armados avisan que van a matar a alguien! La nota termina con el traslado del individuo a un hospital para su pronta recuperación. Todo lo demás ya lo sabías. Esperabas, sin duda, obtener más información.

Entonces comienzas a suponer distintas cosas. En primer lugar, piensas que el hombre debió tener un gran problema: había recibido una mala noticia, perdido a algún familiar cercano o, como se supone, estaba amenazado de muerte. Nadie se mata porque sí; todos tienen una razón cuestionable pero válida. Ahora bien, si el suicidio es un acto válido o no, no te interesa. Te conformas con su posible ejecución. Lo que todavía no comprendes es por qué decidió hacerlo desde aquel espectacular, a esa hora de la tarde y en una avenida tan transitada. Hay formas más sutiles de matarse. Salvo que quisiera cometer un suicidio político contra la industria de la cerveza, la desesperación debió orillarle a no planear su muerte. Hastiado de divagaciones te propones leer aquel libro de Camus en busca de respuestas. Lees y lees poniendo atención en los apuntes que has hecho anteriormente. No encuentras nada, excepto más divagaciones de las que ya tenías. Derrotado, decides continuar con tu vida.

Han pasado dos días desde el intento de suicidio y, de nuevo, buscas en la prensa más con morbo que interés. De nuevo: “Joven que intentó suicidarse padece trastorno psicótico”. Algunas incógnitas quedan despejadas; el individuo se llama Francisco Javier Hernández y, en efecto, proviene de Tijuana pero no es policía. Nuestro “presunto” suicida no resultó ser más que un joven que divagaba al igual que nosotros. Las “tachas”, de nuevo, le habían jugado una mala pasada; alucinaba estar amenazado de muerte y había subido a la estructura para esconderse. Al final, terminas riéndote como tonto y no crees lo que lees. Quizás, desde el principio, debiste tomártelo con humor como lo hizo tu amigo cuando le relataste los pormenores del suceso; de su reacción te asalta esta ironía: “¡A quién se le ocurre suicidarse cuando existen las prostitutas y se es homónimo de un ídolo como el Chicharito!”.

 

Las reflexiones acerca del suicidio siempre, o casi siempre, suelen ser hipotéticas. Incluso cuando la soga pasa por el cuello o el tostador está a punto de ocupar la bañera es imposible deshacerte del tan mencionado “¿Qué pasaría si lo hago?”. Normalmente piensas en la familia, en los amigos, en la chica(o) de los sueños libidinosos, en la mascota, en la situación económica de los niños en África, etc. La mayoría de las veces terminas por convencerte de que alguien te echará de menos. Dado que los hombres son mortales y es imposible analizar el acto de suicidio después de hacerlo —aunque el esoterismo diga lo contrario—, no te queda sino la suposición de que la muerte te privará de lo que está por escribirse. El porvenir te interesa mucho más que el presente; sobre todo si el presente está, meramente, jodido. En carne propia tu vida se reduce a un montón de opiniones subjetivas. Raras veces eres capaz de aislar los problemas, sin considerar aspectos emocionales y preferenciales, y tomar un punto de vista objetivo. En cambio, cuando analizas la situación de tus pares, procuras dar opiniones basadas en la estadística y en la psicología de más alto nivel. Bueno, afirmar que siempre haces lo dicho sería creer en la perfección. Mejor sería suponer que si la persona en cuestión no te ha hecho rabiar en demasía, te tomarás el lujo de ser objetivo. ¿Qué pasaría entonces si, por azares del destino, presenciaras un intento de suicidio? Como la diversidad impera en el género humano y las maneras de suicidarse son múltiples, pongamos una situación imaginable y real a la vez.

Es un miércoles o jueves por la tarde, el mes de noviembre está por terminarse y dará paso a la víspera de Navidad; quizás por esto la ciudad de Culiacán ha decidido dar un respiro a sus habitantes y aparentar una tranquilidad que les extraña. Te diriges a la casa de tu amigo más cercano para pasar el rato; con este calor no te dan ganas de nada, mucho menos de aburrirte en casa. El tráfico te parece extrañamente fluido y decides tomar el boulevard Zapata a pesar de que siempre se producen embotellamientos en él. Con una sonrisa dibujada en tu rostro te olvidas del tedio de vivir y piensas que no van tan mal las cosas. Nunca has tenido un pensamiento tan optimista como ése y lo celebras como si México ganara la copa mundial de futbol. Sin embargo, la realidad se ve tentada, ante tu ingenuidad, a restregarte que todo aquello es una simple ilusión.

Cuando menos piensas, te ves frenando el auto porque adelante algo está deteniendo el tráfico. Maldices a la humanidad entera y quieres bajar del auto para ver qué sucede. Al final decides esperar pues no puedes dejar el auto a la deriva. Después el tráfico se moviliza; han desviado a los conductores a calles aledañas. La mesura cede a la curiosidad y, tras estacionar tu coche, te diriges al epicentro del incidente. Pronto la situación se presenta ante tus ojos: un hombre se encuentra montado en un espectacular de una cervecería, a unos 20 o 30 metros del suelo. Salvo que sea el encargado de la limpieza, todo apunta a que quiere quitarse la vida.

Esto último lo confirman los rescatistas y agentes de policía que llegan al lugar. Al igual que tú, algunos curiosos se han incorporado para presenciar el acto. Quizás, piensas, hay más personas que en un partido de temporada regular de los Dorados, equipo de futbol local. Repruebas tu pensamiento irónico al ver el rostro de pánico de algunas mujeres y luego subes la mirada para observar que los paramédicos, por medio de largas escaleras, ya han subido a ayudar al individuo. Éste retrocede al borde de la estructura al notar la presencia delos elementos de seguridad. Las mujeres gritan de horror; los hombres, al estilo de las barras bravas, exigen al individuo que se tire. No falta el morboso que por medio de su teléfono celular invita a sus amigos para que acudan al lugar como si se tratara del cierre de campaña de algún político. Ya ciertos vendedores ambulantes se incorporan al séquito para ofrecer golosinas o cigarros a precio considerable. El circo Rolex anunció su última función desde hace tres meses y nunca ha tenido una concurrencia como ésta. Confundido por el peculiar comportamiento de los que presumen ser ciudadanos comprometidos, te mantienes perplejo y con la vista en alto. Las siguientes dos horas podrías resumirlas en esto: una mujer, podría ser una psicóloga, sube a intentar convencer al suicida de que no se quite la vida. Ciento veinte minutos para pensar en las razones que tiene este hombre para suicidarse. Quién nova a querer matarse en una ciudad como ésta donde, de buenas a primeras, sin deberla ni temerla, unas cuantas balas te arruinan, por no decir liquidan, la existencia.

Arriba la situación sigue igual de tensa; abajo parece una fiesta y algunos ya hasta compraron su cerveza en el expendio que sirve como base del espectacular y miran la función cómodamente. Pero, de repente, te percatas de que los rescatistas ya han agarrado al muchacho y lo bajan sobre una camilla. Ahora la función ha terminado y te vas a casa con el sonido de las ambulancias resonando en tus oídos. Sin quererlo, has pasado toda la tarde en ese embrollo y olvidado que tenías una cita con tu amigo. Cuando lo llamas para disculparte y le cuentas todo lo ocurrido, suelta una risotada y te dice “Ah, cómo hay gente pendeja”. No compartes su lógica simplona, pero estás muy cansado para discutir. A la hora de dormir comienzas a reflexionar acerca del intento de suicidio; inexplicablemente quieres saberlo todo. No te explicas por qué te llama tanto la atención la desgracia ajena, quizás es parte delmontón de cosas que se suponen en el carácter humano. Sin embargo, tendrás que esperar a leer los diarios de mañana para informarte acerca de lo que ya viviste.

Al día siguiente, durante el desayuno, buscas con ansia la susodicha noticia. Ahí está: “Bajan a joven que intentaba suicidarse en Culiacán”. Te intriga lo que mencionan de su identidad: puede ser un policía encubierto proveniente de Tijuana o un simple limpiaparabrisas. También señalan que pedía la ayuda del Ejército Mexicano porque decía estar amenazado de muerte por un grupo armado. Qué extraño suena eso; ¡desde cuándo los grupos armados avisan que van a matar a alguien! La nota termina con el traslado del individuo a un hospital para su pronta recuperación. Todo lo demás ya lo sabías. Esperabas, sin duda, obtener más información.

Entonces comienzas a suponer distintas cosas. En primer lugar, piensas que el hombre debió tener un gran problema: había recibido una mala noticia, perdido a algún familiar cercano o, como se supone, estaba amenazado de muerte. Nadie se mata porque sí; todos tienen una razón cuestionable pero válida. Ahora bien, si el suicidio es un acto válido o no, no te interesa. Te conformas con su posible ejecución. Lo que todavía no comprendes es por qué decidió hacerlo desde aquel espectacular, a esa hora de la tarde y en una avenida tan transitada. Hay formas más sutiles de matarse. Salvo que quisiera cometer un suicidio político contra la industria de la cerveza, la desesperación debió orillarle a no planear su muerte. Hastiado de divagaciones te propones leer aquel libro de Camus en busca de respuestas. Lees y lees poniendo atención en los apuntes que has hecho anteriormente. No encuentras nada, excepto más divagaciones de las que ya tenías. Derrotado, decides continuar con tu vida.

Han pasado dos días desde el intento de suicidio y, de nuevo, buscas en la prensa más con morbo que interés. De nuevo: “Joven que intentó suicidarse padece trastorno psicótico”. Algunas incógnitas quedan despejadas; el individuo se llama Francisco Javier Hernández y, en efecto, proviene de Tijuana pero no es policía. Nuestro “presunto” suicida no resultó ser más que un joven que divagaba al igual que nosotros. Las “tachas”, de nuevo, le habían jugado una mala pasada; alucinaba estar amenazado de muerte y había subido a la estructura para esconderse. Al final, terminas riéndote como tonto y no crees lo que lees. Quizás, desde el principio, debiste tomártelo con humor como lo hizo tu amigo cuando le relataste los pormenores del suceso; de su reacción te asalta esta ironía: “¡A quién se le ocurre suicidarse cuando existen las prostitutas y se es homónimo de un ídolo como el Chicharito!”.

Las reflexiones acerca del suicidio siempre, o casi siempre, suelen ser hipotéticas. Incluso cuando la soga pasa por el cuello o el tostador está a punto de ocupar la bañera es imposible deshacerte del tan mencionado “¿Qué pasaría si lo hago?”. Normalmente piensas en la familia, en los amigos, en la chica(o) de los sueños libidinosos, en la mascota, en la situación económica de los niños en África, etc. La mayoría de las veces terminas por convencerte de que alguien te echará de menos. Dado que los hombres son mortales y es imposible analizar el acto de suicidio después de hacerlo —aunque el esoterismo diga lo contrario—, no te queda sino la suposición de que la muerte te privará de lo que está por escribirse. El porvenir te interesa mucho más que el presente; sobre todo si el presente está, meramente, jodido. En carne propia tu vida se reduce a un montón de opiniones subjetivas. Raras veces eres capaz de aislar los problemas, sin considerar aspectos emocionales y preferenciales, y tomar un punto de vista objetivo. En cambio, cuando analizas la situación de tus pares, procuras dar opiniones basadas en la estadística y en la psicología de más alto nivel. Bueno, afirmar que siempre haces lo dicho sería creer en la perfección. Mejor sería suponer que si la persona en cuestión no te ha hecho rabiar en demasía, te tomarás el lujo de ser objetivo. ¿Qué pasaría entonces si, por azares del destino, presenciaras un intento de suicidio? Como la diversidad impera en el género humano y las maneras de suicidarse son múltiples, pongamos una situación imaginable y real a la vez.

Es un miércoles o jueves por la tarde, el mes de noviembre está por terminarse y dará paso a la víspera de Navidad; quizás por esto la ciudad de Culiacán ha decidido dar un respiro a sus habitantes y aparentar una tranquilidad que les extraña. Te diriges a la casa de tu amigo más cercano para pasar el rato; con este calor no te dan ganas de nada, mucho menos de aburrirte en casa. El tráfico te parece extrañamente fluido y decides tomar el boulevard Zapata a pesar de que siempre se producen embotellamientos en él. Con una sonrisa dibujada en tu rostro te olvidas del tedio de vivir y piensas que no van tan mal las cosas. Nunca has tenido un pensamiento tan optimista como ése y lo celebras como si México ganara la copa mundial de futbol. Sin embargo, la realidad se ve tentada, ante tu ingenuidad, a restregarte que todo aquello es una simple ilusión.

Cuando menos piensas, te ves frenando el auto porque adelante algo está deteniendo el tráfico. Maldices a la humanidad entera y quieres bajar del auto para ver qué sucede. Al final decides esperar pues no puedes dejar el auto a la deriva. Después el tráfico se moviliza; han desviado a los conductores a calles aledañas. La mesura cede a la curiosidad y, tras estacionar tu coche, te diriges al epicentro del incidente. Pronto la situación se presenta ante tus ojos: un hombre se encuentra montado en un espectacular de una cervecería, a unos 20 o 30 metros del suelo. Salvo que sea el encargado de la limpieza, todo apunta a que quiere quitarse la vida.

Esto último lo confirman los rescatistas y agentes de policía que llegan al lugar. Al igual que tú, algunos curiosos se han incorporado para presenciar el acto. Quizás, piensas, hay más personas que en un partido de temporada regular de los Dorados, equipo de futbol local. Repruebas tu pensamiento irónico al ver el rostro de pánico de algunas mujeres y luego subes la mirada para observar que los paramédicos, por medio de largas escaleras, ya han subido a ayudar al individuo. Éste retrocede al borde de la estructura al notar la presencia delos elementos de seguridad. Las mujeres gritan de horror; los hombres, al estilo de las barras bravas, exigen al individuo que se tire. No falta el morboso que por medio de su teléfono celular invita a sus amigos para que acudan al lugar como si se tratara del cierre de campaña de algún político. Ya ciertos vendedores ambulantes se incorporan al séquito para ofrecer golosinas o cigarros a precio considerable. El circo Rolex anunció su última función desde hace tres meses y nunca ha tenido una concurrencia como ésta. Confundido por el peculiar comportamiento de los que presumen ser ciudadanos comprometidos, te mantienes perplejo y con la vista en alto. Las siguientes dos horas podrías resumirlas en esto: una mujer, podría ser una psicóloga, sube a intentar convencer al suicida de que no se quite la vida. Ciento veinte minutos para pensar en las razones que tiene este hombre para suicidarse. Quién nova a querer matarse en una ciudad como ésta donde, de buenas a primeras, sin deberla ni temerla, unas cuantas balas te arruinan, por no decir liquidan, la existencia.

Arriba la situación sigue igual de tensa; abajo parece una fiesta y algunos ya hasta compraron su cerveza en el expendio que sirve como base del espectacular y miran la función cómodamente. Pero, de repente, te percatas de que los rescatistas ya han agarrado al muchacho y lo bajan sobre una camilla. Ahora la función ha terminado y te vas a casa con el sonido de las ambulancias resonando en tus oídos. Sin quererlo, has pasado toda la tarde en ese embrollo y olvidado que tenías una cita con tu amigo. Cuando lo llamas para disculparte y le cuentas todo lo ocurrido, suelta una risotada y te dice “Ah, cómo hay gente pendeja”. No compartes su lógica simplona, pero estás muy cansado para discutir. A la hora de dormir comienzas a reflexionar acerca del intento de suicidio; inexplicablemente quieres saberlo todo. No te explicas por qué te llama tanto la atención la desgracia ajena, quizás es parte delmontón de cosas que se suponen en el carácter humano. Sin embargo, tendrás que esperar a leer los diarios de mañana para informarte acerca de lo que ya viviste.

Al día siguiente, durante el desayuno, buscas con ansia la susodicha noticia. Ahí está: “Bajan a joven que intentaba suicidarse en Culiacán”. Te intriga lo que mencionan de su identidad: puede ser un policía encubierto proveniente de Tijuana o un simple limpiaparabrisas. También señalan que pedía la ayuda del Ejército Mexicano porque decía estar amenazado de muerte por un grupo armado. Qué extraño suena eso; ¡desde cuándo los grupos armados avisan que van a matar a alguien! La nota termina con el traslado del individuo a un hospital para su pronta recuperación. Todo lo demás ya lo sabías. Esperabas, sin duda, obtener más información.

Entonces comienzas a suponer distintas cosas. En primer lugar, piensas que el hombre debió tener un gran problema: había recibido una mala noticia, perdido a algún familiar cercano o, como se supone, estaba amenazado de muerte. Nadie se mata porque sí; todos tienen una razón cuestionable pero válida. Ahora bien, si el suicidio es un acto válido o no, no te interesa. Te conformas con su posible ejecución. Lo que todavía no comprendes es por qué decidió hacerlo desde aquel espectacular, a esa hora de la tarde y en una avenida tan transitada. Hay formas más sutiles de matarse. Salvo que quisiera cometer un suicidio político contra la industria de la cerveza, la desesperación debió orillarle a no planear su muerte. Hastiado de divagaciones te propones leer aquel libro de Camus en busca de respuestas. Lees y lees poniendo atención en los apuntes que has hecho anteriormente. No encuentras nada, excepto más divagaciones de las que ya tenías. Derrotado, decides continuar con tu vida.

Han pasado dos días desde el intento de suicidio y, de nuevo, buscas en la prensa más con morbo que interés. De nuevo: “Joven que intentó suicidarse padece trastorno psicótico”. Algunas incógnitas quedan despejadas; el individuo se llama Francisco Javier Hernández y, en efecto, proviene de Tijuana pero no es policía. Nuestro “presunto” suicida no resultó ser más que un joven que divagaba al igual que nosotros. Las “tachas”, de nuevo, le habían jugado una mala pasada; alucinaba estar amenazado de muerte y había subido a la estructura para esconderse. Al final, terminas riéndote como tonto y no crees lo que lees. Quizás, desde el principio, debiste tomártelo con humor como lo hizo tu amigo cuando le relataste los pormenores del suceso; de su reacción te asalta esta ironía: “¡A quién se le ocurre suicidarse cuando existen las prostitutas y se es homónimo de un ídolo como el Chicharito!”.

Las reflexiones acerca del suicidio siempre, o casi siempre, suelen ser hipotéticas. Incluso cuando la soga pasa por el cuello o el tostador está a punto de ocupar la bañera es imposible deshacerte del tan mencionado “¿Qué pasaría si lo hago?”. Normalmente piensas en la familia, en los amigos, en la chica(o) de los sueños libidinosos, en la mascota, en la situación económica de los niños en África, etc. La mayoría de las veces terminas por convencerte de que alguien te echará de menos. Dado que los hombres son mortales y es imposible analizar el acto de suicidio después de hacerlo —aunque el esoterismo diga lo contrario—, no te queda sino la suposición de que la muerte te privará de lo que está por escribirse. El porvenir te interesa mucho más que el presente; sobre todo si el presente está, meramente, jodido. En carne propia tu vida se reduce a un montón de opiniones subjetivas. Raras veces eres capaz de aislar los problemas, sin considerar aspectos emocionales y preferenciales, y tomar un punto de vista objetivo. En cambio, cuando analizas la situación de tus pares, procuras dar opiniones basadas en la estadística y en la psicología de más alto nivel. Bueno, afirmar que siempre haces lo dicho sería creer en la perfección. Mejor sería suponer que si la persona en cuestión no te ha hecho rabiar en demasía, te tomarás el lujo de ser objetivo. ¿Qué pasaría entonces si, por azares del destino, presenciaras un intento de suicidio? Como la diversidad impera en el género humano y las maneras de suicidarse son múltiples, pongamos una situación imaginable y real a la vez.

Es un miércoles o jueves por la tarde, el mes de noviembre está por terminarse y dará paso a la víspera de Navidad; quizás por esto la ciudad de Culiacán ha decidido dar un respiro a sus habitantes y aparentar una tranquilidad que les extraña. Te diriges a la casa de tu amigo más cercano para pasar el rato; con este calor no te dan ganas de nada, mucho menos de aburrirte en casa. El tráfico te parece extrañamente fluido y decides tomar el boulevard Zapata a pesar de que siempre se producen embotellamientos en él. Con una sonrisa dibujada en tu rostro te olvidas del tedio de vivir y piensas que no van tan mal las cosas. Nunca has tenido un pensamiento tan optimista como ése y lo celebras como si México ganara la copa mundial de futbol. Sin embargo, la realidad se ve tentada, ante tu ingenuidad, a restregarte que todo aquello es una simple ilusión.

Cuando menos piensas, te ves frenando el auto porque adelante algo está deteniendo el tráfico. Maldices a la humanidad entera y quieres bajar del auto para ver qué sucede. Al final decides esperar pues no puedes dejar el auto a la deriva. Después el tráfico se moviliza; han desviado a los conductores a calles aledañas. La mesura cede a la curiosidad y, tras estacionar tu coche, te diriges al epicentro del incidente. Pronto la situación se presenta ante tus ojos: un hombre se encuentra montado en un espectacular de una cervecería, a unos 20 o 30 metros del suelo. Salvo que sea el encargado de la limpieza, todo apunta a que quiere quitarse la vida.

Esto último lo confirman los rescatistas y agentes de policía que llegan al lugar. Al igual que tú, algunos curiosos se han incorporado para presenciar el acto. Quizás, piensas, hay más personas que en un partido de temporada regular de los Dorados, equipo de futbol local. Repruebas tu pensamiento irónico al ver el rostro de pánico de algunas mujeres y luego subes la mirada para observar que los paramédicos, por medio de largas escaleras, ya han subido a ayudar al individuo. Éste retrocede al borde de la estructura al notar la presencia delos elementos de seguridad. Las mujeres gritan de horror; los hombres, al estilo de las barras bravas, exigen al individuo que se tire. No falta el morboso que por medio de su teléfono celular invita a sus amigos para que acudan al lugar como si se tratara del cierre de campaña de algún político. Ya ciertos vendedores ambulantes se incorporan al séquito para ofrecer golosinas o cigarros a precio considerable. El circo Rolex anunció su última función desde hace tres meses y nunca ha tenido una concurrencia como ésta. Confundido por el peculiar comportamiento de los que presumen ser ciudadanos comprometidos, te mantienes perplejo y con la vista en alto. Las siguientes dos horas podrías resumirlas en esto: una mujer, podría ser una psicóloga, sube a intentar convencer al suicida de que no se quite la vida. Ciento veinte minutos para pensar en las razones que tiene este hombre para suicidarse. Quién nova a querer matarse en una ciudad como ésta donde, de buenas a primeras, sin deberla ni temerla, unas cuantas balas te arruinan, por no decir liquidan, la existencia.

Arriba la situación sigue igual de tensa; abajo parece una fiesta y algunos ya hasta compraron su cerveza en el expendio que sirve como base del espectacular y miran la función cómodamente. Pero, de repente, te percatas de que los rescatistas ya han agarrado al muchacho y lo bajan sobre una camilla. Ahora la función ha terminado y te vas a casa con el sonido de las ambulancias resonando en tus oídos. Sin quererlo, has pasado toda la tarde en ese embrollo y olvidado que tenías una cita con tu amigo. Cuando lo llamas para disculparte y le cuentas todo lo ocurrido, suelta una risotada y te dice “Ah, cómo hay gente pendeja”. No compartes su lógica simplona, pero estás muy cansado para discutir. A la hora de dormir comienzas a reflexionar acerca del intento de suicidio; inexplicablemente quieres saberlo todo. No te explicas por qué te llama tanto la atención la desgracia ajena, quizás es parte delmontón de cosas que se suponen en el carácter humano. Sin embargo, tendrás que esperar a leer los diarios de mañana para informarte acerca de lo que ya viviste.

Al día siguiente, durante el desayuno, buscas con ansia la susodicha noticia. Ahí está: “Bajan a joven que intentaba suicidarse en Culiacán”. Te intriga lo que mencionan de su identidad: puede ser un policía encubierto proveniente de Tijuana o un simple limpiaparabrisas. También señalan que pedía la ayuda del Ejército Mexicano porque decía estar amenazado de muerte por un grupo armado. Qué extraño suena eso; ¡desde cuándo los grupos armados avisan que van a matar a alguien! La nota termina con el traslado del individuo a un hospital para su pronta recuperación. Todo lo demás ya lo sabías. Esperabas, sin duda, obtener más información.

Entonces comienzas a suponer distintas cosas. En primer lugar, piensas que el hombre debió tener un gran problema: había recibido una mala noticia, perdido a algún familiar cercano o, como se supone, estaba amenazado de muerte. Nadie se mata porque sí; todos tienen una razón cuestionable pero válida. Ahora bien, si el suicidio es un acto válido o no, no te interesa. Te conformas con su posible ejecución. Lo que todavía no comprendes es por qué decidió hacerlo desde aquel espectacular, a esa hora de la tarde y en una avenida tan transitada. Hay formas más sutiles de matarse. Salvo que quisiera cometer un suicidio político contra la industria de la cerveza, la desesperación debió orillarle a no planear su muerte. Hastiado de divagaciones te propones leer aquel libro de Camus en busca de respuestas. Lees y lees poniendo atención en los apuntes que has hecho anteriormente. No encuentras nada, excepto más divagaciones de las que ya tenías. Derrotado, decides continuar con tu vida.

Han pasado dos días desde el intento de suicidio y, de nuevo, buscas en la prensa más con morbo que interés. De nuevo: “Joven que intentó suicidarse padece trastorno psicótico”. Algunas incógnitas quedan despejadas; el individuo se llama Francisco Javier Hernández y, en efecto, proviene de Tijuana pero no es policía. Nuestro “presunto” suicida no resultó ser más que un joven que divagaba al igual que nosotros. Las “tachas”, de nuevo, le habían jugado una mala pasada; alucinaba estar amenazado de muerte y había subido a la estructura para esconderse. Al final, terminas riéndote como tonto y no crees lo que lees. Quizás, desde el principio, debiste tomártelo con humor como lo hizo tu amigo cuando le relataste los pormenores del suceso; de su reacción te asalta esta ironía: “¡A quién se le ocurre suicidarse cuando existen las prostitutas y se es homónimo de un ídolo como el Chicharito!”.

Iván Pérez. Septiembre de 1993. Culiacán, Sinaloa. Estudiante de la Licenciatura en Letras Hispánicas de la Universidad de Guadalajara.

Imagen de portada: Olivia Harris

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