Ser un dictador de instantes

N.006 - Narrativa

Cadáver exquisito Vol. II

N.001 - Experimental

Cadáver exquisito Vol. II

N.001 - Experimental

Ser un dictador

de instantes

N.006 - Narrativa

Escrito por Luis Enrique Aráoz

Mi cara está completamente fija. No es mi rostro, es algo más.

Una máscara que me exigen mostrar en un acuerdo implícito para expresar contento o felicidad o, por lo menos, la intención de resaltar este momento como uno memorable y distinto a cualquier otro. Duele. Es navidad. Noche buena, quise decir. No importa de qué año, porque siempre pasa lo mismo (lo que no quiere decir que me haya acostumbrado). En todo caso, tal vez lo único que ha cambiado –complicándolo aún más– con el paso del tiempo es el artefacto implementado para capturar este instante que sobre todas las cosas es molesto y desesperante. Si nuestras sonrisas son similares me resulta imposible saberlo. Realmente siento pavor de que en el momento en que se dispare el obturador mis ojos se pierdan en el rostro de otros, porque entonces mi tía, la persona que sostiene el artefacto considerado por mí y muchas otras culturas como diabólico, ordenará que la operación se repita. Otra vez, diría, porque saliste mal. Y sabemos que con cada reiteración se pierde naturalidad (algo que resulta imprescindible al momento de documentar el contento o la felicidad o, como sucede en este caso, la penetrante desgracia).

Tal vez padecen lo mismo que yo. Las personas que rodeo con mi brazo, quiero decir. Me parece imposible que exista en sus mentes algo siquiera remotamente parecido a la empatía, pero al mismo tiempo, no creo que mi pensamiento difiera mucho del de ellos o que tenga un vago ápice de excentricidad, lo que quiere decir que tal vez alguno de ellos esté tan molesto como yo.

Algo es extraño. Tensificante diría, aunque la palabra no exista (¿o sí?). El momento de la fotografía familiar. Los primos, otra nada más de los varones y otra con las mujeres y las tías ahí juntas, la familia entera sonriendo y la familia entera haciendo algo desacostumbrado: algo así como una cara que resulte chistosa y grotesca para otro momento del futuro que ahora es increíblemente lejano. Casi paradisiaco.

Si tuviera que elegir una profesión me gustaría ejercer la que ahora mismo ejerce mi tía: ser dictador de instantes. Tal vez lo haría todo mal, pero me esforzaría por obsequiarle a la posteridad un instante sincero, un recuerdo en el cual se represente la verdadera discordia y podredumbre que subyace bajo el tronco familiar. Una larga hilera de problemas que en mi opinión son bellos porque son reales y reflejan nuestra naturaleza contradictoria. Pero no queremos resolverlos. Eso no es importante. Lo que sí es importante es mantenernos unidos, ponernos la máscara correspondiente y actuar nuestro papel en momentos como éste. Hay que conocer nuestro lugar sobre el escenario y aceptarlo para lograr seguir adelante. Aquí, junto a un árbol empalagoso que brilla como si en cualquier momento se prendiera en fuego. Tal vez esa es la pequeña catástrofe que necesitamos: cientos de angelitos con los ojos derretidos y el pelito chamuscado. Quizá solo así la comida comience también a sabernos mal. Podría tener un efecto dominó: el árbol en fuego, alguien empuja al anciano más próximo, disculpas, comida y el silencio de una cumbia que nadie quiere bailar, espinas en el pavo, y quien pudo haber sido tan bruto, tan distraído, pero bueno, algo de eso tenemos en la sangre, ¿no?, luego pensaremos si nuestra sangre en verdad se parece y qué tuviéramos que hacer para comprobarlo. Y así llegaría la verdad, la nuestra, la única que hemos intentado escondernos. La verdad quemándonos el pecho y la cabeza. Pero no pasaría de ahí.

Solamente sonreiríamos, porque nos lo han enseñado bien. Sonreímos para no romper nada, sonreímos para no vernos la sangre, sonreímos como ahora mismo lo hacemos, para clausurar por fin este instante y tener una prueba más que certifique nuestra maestría al momento de ser una familia.


Ontología de crema zigzagueante en penumbras galácticas escogidas por Itórforo con sus garrafones cualitativos.

Carne rica de óxido nitroso alarmada que obstaculó la pequeña risa endórfica para este bostezo sumiso y dormido que ahulla incuestionablemente.

Pie envuelto en canas verdes como gato en parque sumido por la levedad que
ahoga los gritos hasta pelar deslumbrantemente una mirada de páginas viejas
con cerilla putrafacta deliciosa.

Escuchaba el ruido de un insecto cuando un caballo que sonaba como motor
no dejaba de mirarme.

Ontología de crema zigzagueante en penumbras galácticas escogidas por
Itórforo con sus garrafones cualitativos.

Carne rica de óxido nitroso alarmada que obtaculó la pequeña risa endórfica para este bostezo sumiso y dormido que aulla incuestionablemente.

Pie envuelto en canas verdes como gato en parque sumido por la levedad
que ahoga los gritos hasta pelar deslumbrantemente una mirada de páginas
viejas con cerilla putrafacta deliciosa.

Escuchaba el ruido de un insecto cuando un caballo que sonaba como motor no dejaba de mirarme.

Mi cara está completamente fija. No es mi rostro, es algo más.

Una máscara que me exigen mostrar en un acuerdo implícito para expresar contento o felicidad o, por lo menos, la intención de resaltar este momento como uno memorable y distinto a cualquier otro. Duele. Es navidad. Noche buena, quise decir. No importa de qué año, porque siempre pasa lo mismo (lo que no quiere decir que me haya acostumbrado). En todo caso, tal vez lo único que ha cambiado –complicándolo aún más– con el paso del tiempo es el artefacto implementado para capturar este instante que sobre todas las cosas es molesto y desesperante. Si nuestras sonrisas son similares me resulta imposible saberlo. Realmente siento pavor de que en el momento en que se dispare el obturador mis ojos se pierdan en el rostro de otros, porque entonces mi tía, la persona que sostiene el artefacto considerado por mí y muchas otras culturas como diabólico, ordenará que la operación se repita. Otra vez, diría, porque saliste mal. Y sabemos que con cada reiteración se pierde naturalidad (algo que resulta imprescindible al momento de documentar el contento o la felicidad o, como sucede en este caso, la penetrante desgracia).

Tal vez padecen lo mismo que yo. Las personas que rodeo con mi brazo, quiero decir. Me parece imposible que exista en sus mentes algo siquiera remotamente parecido a la empatía, pero al mismo tiempo, no creo que mi pensamiento difiera mucho del de ellos o que tenga un vago ápice de excentricidad, lo que quiere decir que tal vez alguno de ellos esté tan molesto como yo.

Algo es extraño. Tensificante diría, aunque la palabra no exista (¿o sí?). El momento de la fotografía familiar. Los primos, otra nada más de los varones y otra con las mujeres y las tías ahí juntas, la familia entera sonriendo y la familia entera haciendo algo desacostumbrado: algo así como una cara que resulte chistosa y grotesca para otro momento del futuro que ahora es increíblemente lejano. Casi paradisiaco.

Si tuviera que elegir una profesión me gustaría ejercer la que ahora mismo ejerce mi tía: ser dictador de instantes. Tal vez lo haría todo mal, pero me esforzaría por obsequiarle a la posteridad un instante sincero, un recuerdo en el cual se represente la verdadera discordia y podredumbre que subyace bajo el tronco familiar. Una larga hilera de problemas que en mi opinión son bellos porque son reales y reflejan nuestra naturaleza contradictoria. Pero no queremos resolverlos. Eso no es importante. Lo que sí es importante es mantenernos unidos, ponernos la máscara correspondiente y actuar nuestro papel en momentos como éste. Hay que conocer nuestro lugar sobre el escenario y aceptarlo para lograr seguir adelante. Aquí, junto a un árbol empalagoso que brilla como si en cualquier momento se prendiera en fuego. Tal vez esa es la pequeña catástrofe que necesitamos: cientos de angelitos con los ojos derretidos y el pelito chamuscado. Quizá solo así la comida comience también a sabernos mal. Podría tener un efecto dominó: el árbol en fuego, alguien empuja al anciano más próximo, disculpas, comida y el silencio de una cumbia que nadie quiere bailar, espinas en el pavo, y quien pudo haber sido tan bruto, tan distraído, pero bueno, algo de eso tenemos en la sangre, ¿no?, luego pensaremos si nuestra sangre en verdad se parece y qué tuviéramos que hacer para comprobarlo. Y así llegaría la verdad, la nuestra, la única que hemos intentado escondernos. La verdad quemándonos el pecho y la cabeza. Pero no pasaría de ahí.

Solamente sonreiríamos, porque nos lo han enseñado bien. Sonreímos para no romper nada, sonreímos para no vernos la sangre, sonreímos como ahora mismo lo hacemos, para clausurar por fin este instante y tener una prueba más que certifique nuestra maestría al momento de ser una familia.

Mi cara está completamente fija. No es mi rostro, es algo más.

Una máscara que me exigen mostrar en un acuerdo implícito para expresar contento o felicidad o, por lo menos, la intención de resaltar este momento como uno memorable y distinto a cualquier otro. Duele. Es navidad. Noche buena, quise decir. No importa de qué año, porque siempre pasa lo mismo (lo que no quiere decir que me haya acostumbrado). En todo caso, tal vez lo único que ha cambiado –complicándolo aún más– con el paso del tiempo es el artefacto implementado para capturar este instante que sobre todas las cosas es molesto y desesperante. Si nuestras sonrisas son similares me resulta imposible saberlo. Realmente siento pavor de que en el momento en que se dispare el obturador mis ojos se pierdan en el rostro de otros, porque entonces mi tía, la persona que sostiene el artefacto considerado por mí y muchas otras culturas como diabólico, ordenará que la operación se repita. Otra vez, diría, porque saliste mal. Y sabemos que con cada reiteración se pierde naturalidad (algo que resulta imprescindible al momento de documentar el contento o la felicidad o, como sucede en este caso, la penetrante desgracia).

Tal vez padecen lo mismo que yo. Las personas que rodeo con mi brazo, quiero decir. Me parece imposible que exista en sus mentes algo siquiera remotamente parecido a la empatía, pero al mismo tiempo, no creo que mi pensamiento difiera mucho del de ellos o que tenga un vago ápice de excentricidad, lo que quiere decir que tal vez alguno de ellos esté tan molesto como yo.

Algo es extraño. Tensificante diría, aunque la palabra no exista (¿o sí?). El momento de la fotografía familiar. Los primos, otra nada más de los varones y otra con las mujeres y las tías ahí juntas, la familia entera sonriendo y la familia entera haciendo algo desacostumbrado: algo así como una cara que resulte chistosa y grotesca para otro momento del futuro que ahora es increíblemente lejano. Casi paradisiaco.

Si tuviera que elegir una profesión me gustaría ejercer la que ahora mismo ejerce mi tía: ser dictador de instantes. Tal vez lo haría todo mal, pero me esforzaría por obsequiarle a la posteridad un instante sincero, un recuerdo en el cual se represente la verdadera discordia y podredumbre que subyace bajo el tronco familiar. Una larga hilera de problemas que en mi opinión son bellos porque son reales y reflejan nuestra naturaleza contradictoria. Pero no queremos resolverlos. Eso no es importante. Lo que sí es importante es mantenernos unidos, ponernos la máscara correspondiente y actuar nuestro papel en momentos como éste. Hay que conocer nuestro lugar sobre el escenario y aceptarlo para lograr seguir adelante. Aquí, junto a un árbol empalagoso que brilla como si en cualquier momento se prendiera en fuego. Tal vez esa es la pequeña catástrofe que necesitamos: cientos de angelitos con los ojos derretidos y el pelito chamuscado. Quizá solo así la comida comience también a sabernos mal. Podría tener un efecto dominó: el árbol en fuego, alguien empuja al anciano más próximo, disculpas, comida y el silencio de una cumbia que nadie quiere bailar, espinas en el pavo, y quien pudo haber sido tan bruto, tan distraído, pero bueno, algo de eso tenemos en la sangre, ¿no?, luego pensaremos si nuestra sangre en verdad se parece y qué tuviéramos que hacer para comprobarlo. Y así llegaría la verdad, la nuestra, la única que hemos intentado escondernos. La verdad quemándonos el pecho y la cabeza. Pero no pasaría de ahí.

Solamente sonreiríamos, porque nos lo han enseñado bien. Sonreímos para no romper nada, sonreímos para no vernos la sangre, sonreímos como ahora mismo lo hacemos, para clausurar por fin este instante y tener una prueba más que certifique nuestra maestría al momento de ser una familia.

Imagen de portada:Tierney Gearon

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