Sangre y tinta

N.002 - Narrativa

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N.002 - Cuento

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Escrito por Gema Adame

Es un lugar obscuro, los clientes así lo prefieren...
¿Celebrando? Aún no lo entiendo. Al fondo los amigos con el brindis, por la entrada las hermosas parejas tratando de expresar lo que sienten en palabras, sonrisas, caricias... ¡Casi patético! En el brillo de la barra se reflejan los tarros vacíos de los seres abandonados. Recargados en sus codos, algunos viendo alrededor y otros cazadores solitarios ignorados por las bargirls.

Dentro de la barra, queriendo huir; todo mojado y cada vez más incómodo, sin saber cómo seguir ignorando a ésos perdedores y ebrios despreciados. ¡Comanda! Por fin.... una pequeña distracción y fingir interés en el trabajo. Hasta la esquina un ebrio grita:
-¡Disculpe señorita! Ése tarro es para mí.
El transcurso hasta allá me pareció eterno. Mi mente suplicaba que no me preguntara nada fuera del trabajo. Pero ahí va, justo a tiempo lo que temía...
-¿Cuál es tu nombre?
-Rebeca...- respondí.
- El mío es Gonzalo, qué gusto.

A mí ni siquiera me importaba, pero tuve que ser amable. Continuó hablando pero no podía escucharlo, yo solo sonreía y asentía. Hasta que me hizo una pregunta y salí huyendo de la conversación... volvían las náuseas. Me apretaban los cuerpos en el pasillo próximo al baño, uno con otro, sudor con sudor, sudor propio. Por fin... llegué al baño: ¡OCUPADO! En la espera a mi turno había tenido que controlar esa sensación de abundante saliva antes del vómito.

Después de casi ya tres minutos de espera llega mi turno y entro desesperada a arrodillarme en la taza, casi vomito mis intestinos. Lavé mi rostro, me observé al espejo y traté de verme interiormente, tratando de encontrar belleza al menos en el reflejo. Era un espejo grande, extremadamente limpio; así nadie podría evitar aumentar el odio o el amor a su propia existencia. Vaya castigo. La frustración que me invadía al verme tan ajena ante mi propio reflejo me gritaba con la voz de muerte. Golpeé el espejo con puño cerrado, manchando el suelo con mi sangre, de sangre con adrenalina y odio inyectado. El reflejo de mi mirada había quedado encerrado en el espejo, hecho trizas como el odio que siempre me tuve.

 

Es un lugar obscuro, los clientes así lo prefieren...
¿Celebrando? Aún no lo entiendo. Al fondo los amigos con el brindis, por la entrada las hermosas parejas tratando de expresar lo que sienten en palabras, sonrisas, caricias... ¡Casi patético! En el brillo de la barra se reflejan los tarros medio vacíos de los seres abandonados. Recargados en sus codos, algunos viendo alrededor y otros cazadores solitarios ignorados por las bargirls.

Dentro de la barra, queriendo huir; todo mojado y cada vez más incómodo, sin saber cómo seguir ignorando a ésos perdedores y ebrios despreciados. ¡Comanda! Por fin.... una pequeña distracción y fingir interés en el trabajo. Hasta la esquina un ebrio grita:
-¡Disculpe señorita! Ése tarro es para mí.
El transcurso hasta allá me pareció eterno. Mi mente suplicaba que no me preguntara nada fuera del trabajo. Pero ahí va, justo a tiempo lo que temía...
-¿Cuál es tu nombre?
-Rebeca...- respondí.
- El mío es Gonzalo, qué gusto.

A mí ni siquiera me importaba, pero tuve que ser amable. Continuó hablando pero no podía escucharlo, yo solo sonreía y asentía. Hasta que me hizo una pregunta y salí huyendo de la conversación... volvían las náuseas. Me apretaban los cuerpos en el pasillo próximo al baño, uno con otro, sudor con sudor, sudor propio. Por fin... llegué al baño: ¡OCUPADO! En la espera a mi turno había tenido que controlar ésa sensación de abundante saliva antes del vómito.

Después de casi ya tres minutos de espera llega mi turno y entro desesperada a arrodillarme en la taza, casi vomito mis intestinos. Lavé mi rostro, me observé al espejo y traté de verme interiormente, tratando de encontrar belleza al menos en el reflejo. Era un espejo grande, extremadamente limpio; así nadie podría evitar aumentar el odio o el amor a su propia existencia. Vaya castigo. La frustración que me invadía al verme tan ajena ante mi propio reflejo me gritaba con la voz de muerte. Golpeé el espejo con puño cerrado, manchando el suelo con mi sangre, de sangre con adrenalina y odio inyectado. El reflejo de mi mirada había quedado encerrado en el espejo, hecho trizas como el odio que siempre me tuve.

 

Es un lugar obscuro, los clientes así lo prefieren...
¿Celebrando? Aún no lo entiendo. Al fondo los amigos con el brindis, por la entrada las hermosas parejas tratando de expresar lo que sienten en palabras, sonrisas, caricias... ¡Casi patético! En el brillo de la barra se reflejan los tarros medio vacíos de los seres abandonados. Recargados en sus codos, algunos viendo alrededor y otros cazadores solitarios ignorados por las bargirls.

Dentro de la barra, queriendo huir; todo mojado y cada vez más incómodo, sin saber cómo seguir ignorando a ésos perdedores y ebrios despreciados. ¡Comanda! Por fin.... una pequeña distracción y fingir interés en el trabajo. Hasta la esquina un ebrio grita:
-¡Disculpe señorita! Ése tarro es para mí.
El transcurso hasta allá me pareció eterno. Mi mente suplicaba que no me preguntara nada fuera del trabajo. Pero ahí va, justo a tiempo lo que temía...
-¿Cuál es tu nombre?
-Rebeca...- respondí.
- El mío es Gonzalo, qué gusto.

A mí ni siquiera me importaba, pero tuve que ser amable. Continuó hablando pero no podía escucharlo, yo solo sonreía y asentía. Hasta que me hizo una pregunta y salí huyendo de la conversación... volvían las náuseas. Me apretaban los cuerpos en el pasillo próximo al baño, uno con otro, sudor con sudor, sudor propio. Por fin... llegué al baño: ¡OCUPADO! En la espera a mi turno había tenido que controlar ésa sensación de abundante saliva antes del vómito.

Después de casi ya tres minutos de espera llega mi turno y entro desesperada a arrodillarme en la taza, casi vomito mis intestinos. Lavé mi rostro, me observé al espejo y traté de verme interiormente, tratando de encontrar belleza al menos en el reflejo. Era un espejo grande, extremadamente limpio; así nadie podría evitar aumentar el odio o el amor a su propia existencia. Vaya castigo. La frustración que me invadía al verme tan ajena ante mi propio reflejo me gritaba con la voz de muerte. Golpeé el espejo con puño cerrado, manchando el suelo con mi sangre, de sangre con adrenalina y odio inyectado. El reflejo de mi mirada había quedado encerrado en el espejo, hecho trizas como el odio que siempre me tuve.

 

Es un lugar obscuro, los clientes así lo prefieren...
¿Celebrando? Aún no lo entiendo. Al fondo los amigos con el brindis, por la entrada las hermosas parejas tratando de expresar lo que sienten en palabras, sonrisas, caricias... ¡Casi patético! En el brillo de la barra se reflejan los tarros medio vacíos de los seres abandonados. Recargados en sus codos, algunos viendo alrededor y otros cazadores solitarios ignorados por las bargirls.

Dentro de la barra, queriendo huir; todo mojado y cada vez más incómodo, sin saber cómo seguir ignorando a ésos perdedores y ebrios despreciados. ¡Comanda! Por fin.... una pequeña distracción y fingir interés en el trabajo. Hasta la esquina un ebrio grita:
-¡Disculpe señorita! Ése tarro es para mí.
El transcurso hasta allá me pareció eterno. Mi mente suplicaba que no me preguntara nada fuera del trabajo. Pero ahí va, justo a tiempo lo que temía...
-¿Cuál es tu nombre?
-Rebeca...- respondí.
- El mío es Gonzalo, qué gusto.

A mí ni siquiera me importaba, pero tuve que ser amable. Continuó hablando pero no podía escucharlo, yo solo sonreía y asentía. Hasta que me hizo una pregunta y salí huyendo de la conversación... volvían las náuseas. Me apretaban los cuerpos en el pasillo próximo al baño, uno con otro, sudor con sudor, sudor propio. Por fin... llegué al baño: ¡OCUPADO! En la espera a mi turno había tenido que controlar ésa sensación de abundante saliva antes del vómito.

Después de casi ya tres minutos de espera llega mi turno y entro desesperada a arrodillarme en la taza, casi vomito mis intestinos. Lavé mi rostro, me observé al espejo y traté de verme interiormente, tratando de encontrar belleza al menos en el reflejo. Era un espejo grande, extremadamente limpio; así nadie podría evitar aumentar el odio o el amor a su propia existencia. Vaya castigo. La frustración que me invadía al verme tan ajena ante mi propio reflejo me gritaba con la voz de muerte. Golpeé el espejo con puño cerrado, manchando
el suelo con mi sangre, de sangre con adrenalina y odio inyectado. El reflejo de mi mirada había quedado encerrado en el espejo, hecho trizas como el odio que siempre me tuve.

 

Es un lugar obscuro, los clientes así lo prefieren...
¿Celebrando? Aún no lo entiendo. Al fondo los amigos con el brindis, por la entrada las hermosas parejas tratando de expresar lo que sienten en palabras, sonrisas, caricias... ¡Casi patético! En el brillo de la barra se reflejan los tarros medio vacíos de los seres abandonados. Recargados en sus codos, algunos viendo alrededor y otros cazadores solitarios ignorados por las bargirls.

Dentro de la barra, queriendo huir; todo mojado y cada vez más incómodo, sin saber cómo seguir ignorando a ésos perdedores y ebrios despreciados. ¡Comanda! Por fin.... una pequeña distracción y fingir interés en el trabajo. Hasta la esquina un ebrio grita:
-¡Disculpe señorita! Ése tarro es para mí.
El transcurso hasta allá me pareció eterno. Mi mente suplicaba que no me preguntara nada fuera del trabajo. Pero ahí va, justo a tiempo lo que temía...
-¿Cuál es tu nombre?
-Rebeca...- respondí.
- El mío es Gonzalo, qué gusto.

A mí ni siquiera me importaba, pero tuve que ser amable. Continuó hablando pero no podía escucharlo, yo solo sonreía y asentía. Hasta que me hizo una pregunta y salí huyendo de la conversación... volvían las náuseas. Me apretaban los cuerpos en el pasillo próximo al baño, uno con otro, sudor con sudor, sudor propio. Por fin... llegué al baño: ¡OCUPADO! En la espera a mi turno había tenido que controlar ésa sensación de abundante saliva antes del vómito.

Después de casi ya tres minutos de espera llega mi turno y entro desesperada a arrodillarme en la taza, casi vomito mis intestinos. Lavé mi rostro, me observé al espejo y traté de verme interiormente, tratando de encontrar belleza al menos en el reflejo. Era un espejo grande, extremadamente limpio; así nadie podría evitar aumentar el odio o el amor a su propia existencia. Vaya castigo. La frustración que me invadía al verme tan ajena ante mi propio reflejo me gritaba con la voz de muerte. Golpeé el espejo con puño cerrado, manchando el suelo con mi sangre, de sangre con adrenalina y odio inyectado. El reflejo de mi mirada había quedado encerrado en el espejo, hecho trizas como el odio que siempre me tuve.

 

Gema Adame. El hechizo que causa una buena narración ligado con todos los sentimientos que a diario somos víctimas; sin dudar, la necesidad de poder transmitir de la manera más profunda el sentir de la vida.

Imagen de portada: Terje Abusdal

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