Primavera podrida

N.013 - Narrativa

Primavera podrida

N.013 - Narrativa

 Primavera podrida

N.013 - Narrativa

Primavera podrida

N.013 - Narrativa

Primavera podrida

N.013 - Narrativa

Escrito por Alan Rolon

Escrito por Alan Rolon

Escrito por Alan Rolon

Ha de aclararse que la muerte de este hombre no fue el resultado inminente de jugar a la ruleta rusa, sino un premeditado y anhelado suicidio ante las funestas consecuencias de ser un eterno campeón del juego. Lo llamaban suertudo porque tenía en su récord, ese que entre todos se cuentan pero nadie anota, el haber sobrevivido a cerca de dos docenas de rondas, la más famosa de ellas una en la cual, por azares de la borrachera y el hecho de que todo en ese estado es buena idea, pusieron cinco balas en el tambor del revólver, y vio cómo, uno a uno, sus compañeros de juerga cayeron con sendos agujeros en el cráneo.

            Aquella vez los presentes se vanagloriaron de atestiguar por enésima vez su victoria, ignorando el pesar que demacraba ese rostro que dejó de sonreír desde la tercera vez que ganó, cuando se dio cuenta de que ya no podía ser coincidencia que se cobrara tan caro esquivar la muerte. Que su gato muriera la misma noche en que jugó por primera vez fue un mal rato, pero nada más que circunstancial. Una tía a la que no frecuentaba mucho pero recordaba con infantil cariño fue hallada muerta horas después de que ganó por segunda vez, y una ligera sospecha se paseó junto a él por la funeraria, al ver en otra sala a los parientes del vencido. Pero no quedó lugar a dudas que la muerte del padre era consecuencia de haber ganado una tercera ocasión, porque rara vez a alguien le cae una piedra del cielo.

            A partir de entonces, al escuchar el estruendo de la pólvora junto a un triste cráneo sangrante y ver el premio que había ganado al no morir, sabía que a alguien iba a perder. Así se le fueron un par de hermanos, su madre, algunos amigos y personas a las que hubiera querido conocer mejor, pero que, al haber decidido jugar con él, terminaron con su vida.

            En algún momento todas esas muertes le endurecieron el corazón y continuó jugando con la esperanza de eventualmente morirse, porque por mera estadística tenía que salirle una bala directo a la sien. Por el contrario, incluso perdió a una novia, de manera que las rondas fueron cada vez menos frecuentes, hasta durar años sin jugar. Hizo una vida, tuvo esposa y un hijo y olvidó el pesar por algún tiempo.

            No obstante, cierta vez, necesitado de dinero, se arriesgó y perdió a la madre del pequeño. Llorando y atormentado, alimentó al huérfano, que sufría y preguntaba por su madre, a la que ya no veía pero extrañaba. El hombre decidió que ya era hora de dejar de ser verdugo y colgar las botas, el revólver o el pescuezo y se dirigió a la cantina más cercana a retar a la cantidad de valientes que se necesitara.

            ― No hay quien te rete, te sabemos ganador de todas las rondas ―le dijeron al llegar.

            ― Hoy no tendré victoria, de este lugar no salgo vivo ―gritó casi en reclamo, sabiendo que lo único que le quedaba por perder era a su hijo.

            Y en colérico arrebato, sacó alguno de tantos premios pasados, con el que la codicia pudo más que el miedo en las miradas de los hombres. Se sentó el primero y una bala le atravesó la sien. La sangre se le heló al campeón, pero retó casi a sollozos al siguiente. Del montón de temblorosos uno alzó la mano y, convencido de su triunfo, se apuntó el cañón. Recámara vacía y sonrió confiado, el campeón temblaba de ansiedad, giró el tambor y encañonó, pero su disparo tampoco tenía bala. 

            ― Vaya suerte ―exclamó el aspirante a campeón mientras tomaba el revólver, pero fue lo último que dijo.

            El campeón se desplomó en lamentos y todos creyeron que por el segundo muerto de la noche, pero su cabeza solo tenía lugar para una persona.

            ―Jueguen, ¡juéguense la vida! Todo esto es el premio por vencerme.

            El rumor de un gran tesoro ganando una ruleta pronto se desperdigó por varias calles, así que muchos desconocidos se apersonaron en la cantina. De ellos salieron los siguientes cadáveres, y el hombre ya veía en esto una burla de Dios, del universo, del destino o del absurdo. Tenía que salir muerto, no podía tolerar ser el verdugo de su hijo. Pero las balas siguieron acabando con aquellos que se sentaban frente a él, como si en la mesa de juego se hiciera fila para hallar la muerte, aunque el único que la deseaba era el que a todo sobrevivía y toda apuesta ganaba, ese que parecía empecinado en agrandar la pila de cadáveres. ¿Cuántas muertes habrían de pagar la suya? ¿Cuántos hombres muertos valen uno solo, ese que tantos se ha llevado? 

            Ya entrada la madrugada, el fervor en la cantina no menguó, porque a los vivos les atrae la sangre y la recompensa. Con solo imaginarse poseedores, olvidan que ellos mismos se encañonan y ni se enteran de la derrota. El campeón se obligó a no desesperarse, ya llegará alguno que le quite el sufrimiento de vivir y saber al hijo víctima de su victoria. Mas nadie ya se sienta, tienen dudas y cuestionan la naturaleza de aquel tipo. Es un demonio, se alcanza a escuchar, Es un ángel que pone a prueba nuestros corazones, dicen algunos que deciden que abandonar el lugar es lo mejor, Es la mismísima muerte que, holgazana, hace que nosotros solitos vayamos con ella, grita uno y las cabezas asienten al no poder dar réplica.

            ― Soy tan humano como ustedes, tan de tierra que ruego por misericordia, así como la tienen con un animal herido―.

            Pocos entienden de qué habla, pero hay uno que se adelanta. Nadie sabría decir si comprendía las palabras del eterno campeón o fue la soberbia lo que lo llevó a la silla. Se sentó como un rey en su trono, cargó una bala y giró el tambor.

            ―¿Duele un balazo en la cabeza? ―dijo y apretó el gatillo. De inmediato le pasó el revólver al campeón.

            ― No alcanzaría a contestarte ―se oyó el chasquido sordo de una recámara vacía. El tipo frente a él recibió el arma y tampoco tuvo bala.

            ―Es de esas cosas que se lleva uno a la tumba, ¿no? ―le dijo al pasarle el turno.

            El campeón solo tuvo una sonrisa por respuesta, giró el tambor y puso el cañón en la sien; el metal frío sobre su cráneo fue el recorrido de una mano apaciguando sus nervios. En el siguiente instante, una alegría enervante, inmensa y eléctrica reptó por toda su materia, desde la médula hasta el índice que apretó el gatillo, porque escuchó la detonación dentro del arma, un estruendo que durante el último momento de lucidez lo ensordeció, un signo inequívoco del descanso que tanto anhelaba, que recibía placentero con una sonrisa que no alcanzó jamás a dibujarse en su cara, pero antes de que la bala penetrara en su sien se dio cuenta de que lo único que hizo fue heredarle el sufrimiento a su pequeño hijo.

Ha de aclararse que la muerte de este hombre no fue el resultado inminente de jugar a la ruleta rusa, sino un premeditado y anhelado suicidio ante las funestas consecuencias de ser un eterno campeón del juego. Lo llamaban suertudo porque tenía en su récord, ese que entre todos se cuentan pero nadie anota, el haber sobrevivido a cerca de dos docenas de rondas, la más famosa de ellas una en la cual, por azares de la borrachera y el hecho de que todo en ese estado es buena idea, pusieron cinco balas en el tambor del revólver, y vio cómo, uno a uno, sus compañeros de juerga cayeron con sendos agujeros en el cráneo.

            Aquella vez los presentes se vanagloriaron de atestiguar por enésima vez su victoria, ignorando el pesar que demacraba ese rostro que dejó de sonreír desde la tercera vez que ganó, cuando se dio cuenta de que ya no podía ser coincidencia que se cobrara tan caro esquivar la muerte. Que su gato muriera la misma noche en que jugó por primera vez fue un mal rato, pero nada más que circunstancial. Una tía a la que no frecuentaba mucho pero recordaba con infantil cariño fue hallada muerta horas después de que ganó por segunda vez, y una ligera sospecha se paseó junto a él por la funeraria, al ver en otra sala a los parientes del vencido. Pero no quedó lugar a dudas que la muerte del padre era consecuencia de haber ganado una tercera ocasión, porque rara vez a alguien le cae una piedra del cielo.

            A partir de entonces, al escuchar el estruendo de la pólvora junto a un triste cráneo sangrante y ver el premio que había ganado al no morir, sabía que a alguien iba a perder. Así se le fueron un par de hermanos, su madre, algunos amigos y personas a las que hubiera querido conocer mejor, pero que, al haber decidido jugar con él, terminaron con su vida.

            En algún momento todas esas muertes le endurecieron el corazón y continuó jugando con la esperanza de eventualmente morirse, porque por mera estadística tenía que salirle una bala directo a la sien. Por el contrario, incluso perdió a una novia, de manera que las rondas fueron cada vez menos frecuentes, hasta durar años sin jugar. Hizo una vida, tuvo esposa y un hijo y olvidó el pesar por algún tiempo.

            No obstante, cierta vez, necesitado de dinero, se arriesgó y perdió a la madre del pequeño. Llorando y atormentado, alimentó al huérfano, que sufría y preguntaba por su madre, a la que ya no veía pero extrañaba. El hombre decidió que ya era hora de dejar de ser verdugo y colgar las botas, el revólver o el pescuezo y se dirigió a la cantina más cercana a retar a la cantidad de valientes que se necesitara.

            ― No hay quien te rete, te sabemos ganador de todas las rondas ―le dijeron al llegar.

            ― Hoy no tendré victoria, de este lugar no salgo vivo ―gritó casi en reclamo, sabiendo que lo único que le quedaba por perder era a su hijo.

            Y en colérico arrebato, sacó alguno de tantos premios pasados, con el que la codicia pudo más que el miedo en las miradas de los hombres. Se sentó el primero y una bala le atravesó la sien. La sangre se le heló al campeón, pero retó casi a sollozos al siguiente. Del montón de temblorosos uno alzó la mano y, convencido de su triunfo, se apuntó el cañón. Recámara vacía y sonrió confiado, el campeón temblaba de ansiedad, giró el tambor y encañonó, pero su disparo tampoco tenía bala. 

            ― Vaya suerte ―exclamó el aspirante a campeón mientras tomaba el revólver, pero fue lo último que dijo.

            El campeón se desplomó en lamentos y todos creyeron que por el segundo muerto de la noche, pero su cabeza solo tenía lugar para una persona.

            ―Jueguen, ¡juéguense la vida! Todo esto es el premio por vencerme.

            El rumor de un gran tesoro ganando una ruleta pronto se desperdigó por varias calles, así que muchos desconocidos se apersonaron en la cantina. De ellos salieron los siguientes cadáveres, y el hombre ya veía en esto una burla de Dios, del universo, del destino o del absurdo. Tenía que salir muerto, no podía tolerar ser el verdugo de su hijo. Pero las balas siguieron acabando con aquellos que se sentaban frente a él, como si en la mesa de juego se hiciera fila para hallar la muerte, aunque el único que la deseaba era el que a todo sobrevivía y toda apuesta ganaba, ese que parecía empecinado en agrandar la pila de cadáveres. ¿Cuántas muertes habrían de pagar la suya? ¿Cuántos hombres muertos valen uno solo, ese que tantos se ha llevado? 

            Ya entrada la madrugada, el fervor en la cantina no menguó, porque a los vivos les atrae la sangre y la recompensa. Con solo imaginarse poseedores, olvidan que ellos mismos se encañonan y ni se enteran de la derrota. El campeón se obligó a no desesperarse, ya llegará alguno que le quite el sufrimiento de vivir y saber al hijo víctima de su victoria. Mas nadie ya se sienta, tienen dudas y cuestionan la naturaleza de aquel tipo. Es un demonio, se alcanza a escuchar, Es un ángel que pone a prueba nuestros corazones, dicen algunos que deciden que abandonar el lugar es lo mejor, Es la mismísima muerte que, holgazana, hace que nosotros solitos vayamos con ella, grita uno y las cabezas asienten al no poder dar réplica.

            ― Soy tan humano como ustedes, tan de tierra que ruego por misericordia, así como la tienen con un animal herido―.

            Pocos entienden de qué habla, pero hay uno que se adelanta. Nadie sabría decir si comprendía las palabras del eterno campeón o fue la soberbia lo que lo llevó a la silla. Se sentó como un rey en su trono, cargó una bala y giró el tambor.

            ―¿Duele un balazo en la cabeza? ―dijo y apretó el gatillo. De inmediato le pasó el revólver al campeón.

            ― No alcanzaría a contestarte ―se oyó el chasquido sordo de una recámara vacía. El tipo frente a él recibió el arma y tampoco tuvo bala.

            ―Es de esas cosas que se lleva uno a la tumba, ¿no? ―le dijo al pasarle el turno.

            El campeón solo tuvo una sonrisa por respuesta, giró el tambor y puso el cañón en la sien; el metal frío sobre su cráneo fue el recorrido de una mano apaciguando sus nervios. En el siguiente instante, una alegría enervante, inmensa y eléctrica reptó por toda su materia, desde la médula hasta el índice que apretó el gatillo, porque escuchó la detonación dentro del arma, un estruendo que durante el último momento de lucidez lo ensordeció, un signo inequívoco del descanso que tanto anhelaba, que recibía placentero con una sonrisa que no alcanzó jamás a dibujarse en su cara, pero antes de que la bala penetrara en su sien se dio cuenta de que lo único que hizo fue heredarle el sufrimiento a su pequeño hijo.

 

Ha de aclararse que la muerte de este hombre no fue el resultado inminente de jugar a la ruleta rusa, sino un premeditado y anhelado suicidio ante las funestas consecuencias de ser un eterno campeón del juego. Lo llamaban suertudo porque tenía en su récord, ese que entre todos se cuentan pero nadie anota, el haber sobrevivido a cerca de dos docenas de rondas, la más famosa de ellas una en la cual, por azares de la borrachera y el hecho de que todo en ese estado es buena idea, pusieron cinco balas en el tambor del revólver, y vio cómo, uno a uno, sus compañeros de juerga cayeron con sendos agujeros en el cráneo.

            Aquella vez los presentes se vanagloriaron de atestiguar por enésima vez su victoria, ignorando el pesar que demacraba ese rostro que dejó de sonreír desde la tercera vez que ganó, cuando se dio cuenta de que ya no podía ser coincidencia que se cobrara tan caro esquivar la muerte. Que su gato muriera la misma noche en que jugó por primera vez fue un mal rato, pero nada más que circunstancial. Una tía a la que no frecuentaba mucho pero recordaba con infantil cariño fue hallada muerta horas después de que ganó por segunda vez, y una ligera sospecha se paseó junto a él por la funeraria, al ver en otra sala a los parientes del vencido. Pero no quedó lugar a dudas que la muerte del padre era consecuencia de haber ganado una tercera ocasión, porque rara vez a alguien le cae una piedra del cielo.

            A partir de entonces, al escuchar el estruendo de la pólvora junto a un triste cráneo sangrante y ver el premio que había ganado al no morir, sabía que a alguien iba a perder. Así se le fueron un par de hermanos, su madre, algunos amigos y personas a las que hubiera querido conocer mejor, pero que, al haber decidido jugar con él, terminaron con su vida.

            En algún momento todas esas muertes le endurecieron el corazón y continuó jugando con la esperanza de eventualmente morirse, porque por mera estadística tenía que salirle una bala directo a la sien. Por el contrario, incluso perdió a una novia, de manera que las rondas fueron cada vez menos frecuentes, hasta durar años sin jugar. Hizo una vida, tuvo esposa y un hijo y olvidó el pesar por algún tiempo.

            No obstante, cierta vez, necesitado de dinero, se arriesgó y perdió a la madre del pequeño. Llorando y atormentado, alimentó al huérfano, que sufría y preguntaba por su madre, a la que ya no veía pero extrañaba. El hombre decidió que ya era hora de dejar de ser verdugo y colgar las botas, el revólver o el pescuezo y se dirigió a la cantina más cercana a retar a la cantidad de valientes que se necesitara.

            ― No hay quien te rete, te sabemos ganador de todas las rondas ―le dijeron al llegar.

            ― Hoy no tendré victoria, de este lugar no salgo vivo ―gritó casi en reclamo, sabiendo que lo único que le quedaba por perder era a su hijo.

            Y en colérico arrebato, sacó alguno de tantos premios pasados, con el que la codicia pudo más que el miedo en las miradas de los hombres. Se sentó el primero y una bala le atravesó la sien. La sangre se le heló al campeón, pero retó casi a sollozos al siguiente. Del montón de temblorosos uno alzó la mano y, convencido de su triunfo, se apuntó el cañón. Recámara vacía y sonrió confiado, el campeón temblaba de ansiedad, giró el tambor y encañonó, pero su disparo tampoco tenía bala. 

            ― Vaya suerte ―exclamó el aspirante a campeón mientras tomaba el revólver, pero fue lo último que dijo.

            El campeón se desplomó en lamentos y todos creyeron que por el segundo muerto de la noche, pero su cabeza solo tenía lugar para una persona.

            ―Jueguen, ¡juéguense la vida! Todo esto es el premio por vencerme.

            El rumor de un gran tesoro ganando una ruleta pronto se desperdigó por varias calles, así que muchos desconocidos se apersonaron en la cantina. De ellos salieron los siguientes cadáveres, y el hombre ya veía en esto una burla de Dios, del universo, del destino o del absurdo. Tenía que salir muerto, no podía tolerar ser el verdugo de su hijo. Pero las balas siguieron acabando con aquellos que se sentaban frente a él, como si en la mesa de juego se hiciera fila para hallar la muerte, aunque el único que la deseaba era el que a todo sobrevivía y toda apuesta ganaba, ese que parecía empecinado en agrandar la pila de cadáveres. ¿Cuántas muertes habrían de pagar la suya? ¿Cuántos hombres muertos valen uno solo, ese que tantos se ha llevado? 

            Ya entrada la madrugada, el fervor en la cantina no menguó, porque a los vivos les atrae la sangre y la recompensa. Con solo imaginarse poseedores, olvidan que ellos mismos se encañonan y ni se enteran de la derrota. El campeón se obligó a no desesperarse, ya llegará alguno que le quite el sufrimiento de vivir y saber al hijo víctima de su victoria. Mas nadie ya se sienta, tienen dudas y cuestionan la naturaleza de aquel tipo. Es un demonio, se alcanza a escuchar, Es un ángel que pone a prueba nuestros corazones, dicen algunos que deciden que abandonar el lugar es lo mejor, Es la mismísima muerte que, holgazana, hace que nosotros solitos vayamos con ella, grita uno y las cabezas asienten al no poder dar réplica.

            ― Soy tan humano como ustedes, tan de tierra que ruego por misericordia, así como la tienen con un animal herido―.

            Pocos entienden de qué habla, pero hay uno que se adelanta. Nadie sabría decir si comprendía las palabras del eterno campeón o fue la soberbia lo que lo llevó a la silla. Se sentó como un rey en su trono, cargó una bala y giró el tambor.

            ―¿Duele un balazo en la cabeza? ―dijo y apretó el gatillo. De inmediato le pasó el revólver al campeón.

            ― No alcanzaría a contestarte ―se oyó el chasquido sordo de una recámara vacía. El tipo frente a él recibió el arma y tampoco tuvo bala.

            ―Es de esas cosas que se lleva uno a la tumba, ¿no? ―le dijo al pasarle el turno.

            El campeón solo tuvo una sonrisa por respuesta, giró el tambor y puso el cañón en la sien; el metal frío sobre su cráneo fue el recorrido de una mano apaciguando sus nervios. En el siguiente instante, una alegría enervante, inmensa y eléctrica reptó por toda su materia, desde la médula hasta el índice que apretó el gatillo, porque escuchó la detonación dentro del arma, un estruendo que durante el último momento de lucidez lo ensordeció, un signo inequívoco del descanso que tanto anhelaba, que recibía placentero con una sonrisa que no alcanzó jamás a dibujarse en su cara, pero antes de que la bala penetrara en su sien se dio cuenta de que lo único que hizo fue heredarle el sufrimiento a su pequeño hijo.

 

Ha de aclararse que la muerte de este hombre no fue el resultado inminente de jugar a la ruleta rusa, sino un premeditado y anhelado suicidio ante las funestas consecuencias de ser un eterno campeón del juego. Lo llamaban suertudo porque tenía en su récord, ese que entre todos se cuentan pero nadie anota, el haber sobrevivido a cerca de dos docenas de rondas, la más famosa de ellas una en la cual, por azares de la borrachera y el hecho de que todo en ese estado es buena idea, pusieron cinco balas en el tambor del revólver, y vio cómo, uno a uno, sus compañeros de juerga cayeron con sendos agujeros en el cráneo.

            Aquella vez los presentes se vanagloriaron de atestiguar por enésima vez su victoria, ignorando el pesar que demacraba ese rostro que dejó de sonreír desde la tercera vez que ganó, cuando se dio cuenta de que ya no podía ser coincidencia que se cobrara tan caro esquivar la muerte. Que su gato muriera la misma noche en que jugó por primera vez fue un mal rato, pero nada más que circunstancial. Una tía a la que no frecuentaba mucho pero recordaba con infantil cariño fue hallada muerta horas después de que ganó por segunda vez, y una ligera sospecha se paseó junto a él por la funeraria, al ver en otra sala a los parientes del vencido. Pero no quedó lugar a dudas que la muerte del padre era consecuencia de haber ganado una tercera ocasión, porque rara vez a alguien le cae una piedra del cielo.

            A partir de entonces, al escuchar el estruendo de la pólvora junto a un triste cráneo sangrante y ver el premio que había ganado al no morir, sabía que a alguien iba a perder. Así se le fueron un par de hermanos, su madre, algunos amigos y personas a las que hubiera querido conocer mejor, pero que, al haber decidido jugar con él, terminaron con su vida.

            En algún momento todas esas muertes le endurecieron el corazón y continuó jugando con la esperanza de eventualmente morirse, porque por mera estadística tenía que salirle una bala directo a la sien. Por el contrario, incluso perdió a una novia, de manera que las rondas fueron cada vez menos frecuentes, hasta durar años sin jugar. Hizo una vida, tuvo esposa y un hijo y olvidó el pesar por algún tiempo.

            No obstante, cierta vez, necesitado de dinero, se arriesgó y perdió a la madre del pequeño. Llorando y atormentado, alimentó al huérfano, que sufría y preguntaba por su madre, a la que ya no veía pero extrañaba. El hombre decidió que ya era hora de dejar de ser verdugo y colgar las botas, el revólver o el pescuezo y se dirigió a la cantina más cercana a retar a la cantidad de valientes que se necesitara.

            ― No hay quien te rete, te sabemos ganador de todas las rondas ―le dijeron al llegar.

            ― Hoy no tendré victoria, de este lugar no salgo vivo ―gritó casi en reclamo, sabiendo que lo único que le quedaba por perder era a su hijo.

            Y en colérico arrebato, sacó alguno de tantos premios pasados, con el que la codicia pudo más que el miedo en las miradas de los hombres. Se sentó el primero y una bala le atravesó la sien. La sangre se le heló al campeón, pero retó casi a sollozos al siguiente. Del montón de temblorosos uno alzó la mano y, convencido de su triunfo, se apuntó el cañón. Recámara vacía y sonrió confiado, el campeón temblaba de ansiedad, giró el tambor y encañonó, pero su disparo tampoco tenía bala. 

            ― Vaya suerte ―exclamó el aspirante a campeón mientras tomaba el revólver, pero fue lo último que dijo.

            El campeón se desplomó en lamentos y todos creyeron que por el segundo muerto de la noche, pero su cabeza solo tenía lugar para una persona.

            ―Jueguen, ¡juéguense la vida! Todo esto es el premio por vencerme.

            El rumor de un gran tesoro ganando una ruleta pronto se desperdigó por varias calles, así que muchos desconocidos se apersonaron en la cantina. De ellos salieron los siguientes cadáveres, y el hombre ya veía en esto una burla de Dios, del universo, del destino o del absurdo. Tenía que salir muerto, no podía tolerar ser el verdugo de su hijo. Pero las balas siguieron acabando con aquellos que se sentaban frente a él, como si en la mesa de juego se hiciera fila para hallar la muerte, aunque el único que la deseaba era el que a todo sobrevivía y toda apuesta ganaba, ese que parecía empecinado en agrandar la pila de cadáveres. ¿Cuántas muertes habrían de pagar la suya? ¿Cuántos hombres muertos valen uno solo, ese que tantos se ha llevado? 

            Ya entrada la madrugada, el fervor en la cantina no menguó, porque a los vivos les atrae la sangre y la recompensa. Con solo imaginarse poseedores, olvidan que ellos mismos se encañonan y ni se enteran de la derrota. El campeón se obligó a no desesperarse, ya llegará alguno que le quite el sufrimiento de vivir y saber al hijo víctima de su victoria. Mas nadie ya se sienta, tienen dudas y cuestionan la naturaleza de aquel tipo. Es un demonio, se alcanza a escuchar, Es un ángel que pone a prueba nuestros corazones, dicen algunos que deciden que abandonar el lugar es lo mejor, Es la mismísima muerte que, holgazana, hace que nosotros solitos vayamos con ella, grita uno y las cabezas asienten al no poder dar réplica.

            ― Soy tan humano como ustedes, tan de tierra que ruego por misericordia, así como la tienen con un animal herido―.

            Pocos entienden de qué habla, pero hay uno que se adelanta. Nadie sabría decir si comprendía las palabras del eterno campeón o fue la soberbia lo que lo llevó a la silla. Se sentó como un rey en su trono, cargó una bala y giró el tambor.

            ―¿Duele un balazo en la cabeza? ―dijo y apretó el gatillo. De inmediato le pasó el revólver al campeón.

            ― No alcanzaría a contestarte ―se oyó el chasquido sordo de una recámara vacía. El tipo frente a él recibió el arma y tampoco tuvo bala.

            ―Es de esas cosas que se lleva uno a la tumba, ¿no? ―le dijo al pasarle el turno.

            El campeón solo tuvo una sonrisa por respuesta, giró el tambor y puso el cañón en la sien; el metal frío sobre su cráneo fue el recorrido de una mano apaciguando sus nervios. En el siguiente instante, una alegría enervante, inmensa y eléctrica reptó por toda su materia, desde la médula hasta el índice que apretó el gatillo, porque escuchó la detonación dentro del arma, un estruendo que durante el último momento de lucidez lo ensordeció, un signo inequívoco del descanso que tanto anhelaba, que recibía placentero con una sonrisa que no alcanzó jamás a dibujarse en su cara, pero antes de que la bala penetrara en su sien se dio cuenta de que lo único que hizo fue heredarle el sufrimiento a su pequeño hijo.

 

Ha de aclararse que la muerte de este hombre no fue el resultado inminente de jugar a la ruleta rusa, sino un premeditado y anhelado suicidio ante las funestas consecuencias de ser un eterno campeón del juego. Lo llamaban suertudo porque tenía en su récord, ese que entre todos se cuentan pero nadie anota, el haber sobrevivido a cerca de dos docenas de rondas, la más famosa de ellas una en la cual, por azares de la borrachera y el hecho de que todo en ese estado es buena idea, pusieron cinco balas en el tambor del revólver, y vio cómo, uno a uno, sus compañeros de juerga cayeron con sendos agujeros en el cráneo.

            Aquella vez los presentes se vanagloriaron de atestiguar por enésima vez su victoria, ignorando el pesar que demacraba ese rostro que dejó de sonreír desde la tercera vez que ganó, cuando se dio cuenta de que ya no podía ser coincidencia que se cobrara tan caro esquivar la muerte. Que su gato muriera la misma noche en que jugó por primera vez fue un mal rato, pero nada más que circunstancial. Una tía a la que no frecuentaba mucho pero recordaba con infantil cariño fue hallada muerta horas después de que ganó por segunda vez, y una ligera sospecha se paseó junto a él por la funeraria, al ver en otra sala a los parientes del vencido. Pero no quedó lugar a dudas que la muerte del padre era consecuencia de haber ganado una tercera ocasión, porque rara vez a alguien le cae una piedra del cielo.

            A partir de entonces, al escuchar el estruendo de la pólvora junto a un triste cráneo sangrante y ver el premio que había ganado al no morir, sabía que a alguien iba a perder. Así se le fueron un par de hermanos, su madre, algunos amigos y personas a las que hubiera querido conocer mejor, pero que, al haber decidido jugar con él, terminaron con su vida.

            En algún momento todas esas muertes le endurecieron el corazón y continuó jugando con la esperanza de eventualmente morirse, porque por mera estadística tenía que salirle una bala directo a la sien. Por el contrario, incluso perdió a una novia, de manera que las rondas fueron cada vez menos frecuentes, hasta durar años sin jugar. Hizo una vida, tuvo esposa y un hijo y olvidó el pesar por algún tiempo.

            No obstante, cierta vez, necesitado de dinero, se arriesgó y perdió a la madre del pequeño. Llorando y atormentado, alimentó al huérfano, que sufría y preguntaba por su madre, a la que ya no veía pero extrañaba. El hombre decidió que ya era hora de dejar de ser verdugo y colgar las botas, el revólver o el pescuezo y se dirigió a la cantina más cercana a retar a la cantidad de valientes que se necesitara.

            ― No hay quien te rete, te sabemos ganador de todas las rondas ―le dijeron al llegar.

            ― Hoy no tendré victoria, de este lugar no salgo vivo ―gritó casi en reclamo, sabiendo que lo único que le quedaba por perder era a su hijo.

            Y en colérico arrebato, sacó alguno de tantos premios pasados, con el que la codicia pudo más que el miedo en las miradas de los hombres. Se sentó el primero y una bala le atravesó la sien. La sangre se le heló al campeón, pero retó casi a sollozos al siguiente. Del montón de temblorosos uno alzó la mano y, convencido de su triunfo, se apuntó el cañón. Recámara vacía y sonrió confiado, el campeón temblaba de ansiedad, giró el tambor y encañonó, pero su disparo tampoco tenía bala. 

            ― Vaya suerte ―exclamó el aspirante a campeón mientras tomaba el revólver, pero fue lo último que dijo.

            El campeón se desplomó en lamentos y todos creyeron que por el segundo muerto de la noche, pero su cabeza solo tenía lugar para una persona.

            ―Jueguen, ¡juéguense la vida! Todo esto es el premio por vencerme.

            El rumor de un gran tesoro ganando una ruleta pronto se desperdigó por varias calles, así que muchos desconocidos se apersonaron en la cantina. De ellos salieron los siguientes cadáveres, y el hombre ya veía en esto una burla de Dios, del universo, del destino o del absurdo. Tenía que salir muerto, no podía tolerar ser el verdugo de su hijo. Pero las balas siguieron acabando con aquellos que se sentaban frente a él, como si en la mesa de juego se hiciera fila para hallar la muerte, aunque el único que la deseaba era el que a todo sobrevivía y toda apuesta ganaba, ese que parecía empecinado en agrandar la pila de cadáveres. ¿Cuántas muertes habrían de pagar la suya? ¿Cuántos hombres muertos valen uno solo, ese que tantos se ha llevado? 

            Ya entrada la madrugada, el fervor en la cantina no menguó, porque a los vivos les atrae la sangre y la recompensa. Con solo imaginarse poseedores, olvidan que ellos mismos se encañonan y ni se enteran de la derrota. El campeón se obligó a no desesperarse, ya llegará alguno que le quite el sufrimiento de vivir y saber al hijo víctima de su victoria. Mas nadie ya se sienta, tienen dudas y cuestionan la naturaleza de aquel tipo. Es un demonio, se alcanza a escuchar, Es un ángel que pone a prueba nuestros corazones, dicen algunos que deciden que abandonar el lugar es lo mejor, Es la mismísima muerte que, holgazana, hace que nosotros solitos vayamos con ella, grita uno y las cabezas asienten al no poder dar réplica.

            ― Soy tan humano como ustedes, tan de tierra que ruego por misericordia, así como la tienen con un animal herido―.

            Pocos entienden de qué habla, pero hay uno que se adelanta. Nadie sabría decir si comprendía las palabras del eterno campeón o fue la soberbia lo que lo llevó a la silla. Se sentó como un rey en su trono, cargó una bala y giró el tambor.

            ―¿Duele un balazo en la cabeza? ―dijo y apretó el gatillo. De inmediato le pasó el revólver al campeón.

            ― No alcanzaría a contestarte ―se oyó el chasquido sordo de una recámara vacía. El tipo frente a él recibió el arma y tampoco tuvo bala.

            ―Es de esas cosas que se lleva uno a la tumba, ¿no? ―le dijo al pasarle el turno.

            El campeón solo tuvo una sonrisa por respuesta, giró el tambor y puso el cañón en la sien; el metal frío sobre su cráneo fue el recorrido de una mano apaciguando sus nervios. En el siguiente instante, una alegría enervante, inmensa y eléctrica reptó por toda su materia, desde la médula hasta el índice que apretó el gatillo, porque escuchó la detonación dentro del arma, un estruendo que durante el último momento de lucidez lo ensordeció, un signo inequívoco del descanso que tanto anhelaba, que recibía placentero con una sonrisa que no alcanzó jamás a dibujarse en su cara, pero antes de que la bala penetrara en su sien se dio cuenta de que lo único que hizo fue heredarle el sufrimiento a su pequeño hijo.

 

Alan Rolon (Colima, 1996) Algunos textos suyos han sido publicados en revistas como Primera Página, Retruécano, Trepanación o Monolito. Interesado en la literatura, el cine, la hermenéutica y los estudios de la cultura.

Imagen de portada: Zed Nelson

Alan Rolon (Colima, 1996) Algunos textos suyos han sido publicados en revistas como Primera Página, Retruécano, Trepanación o Monolito. Interesado en la literatura, el cine, la hermenéutica y los estudios de la cultura.

Foto de portada: Zed Nelson

 

Alan Rolon (Colima, 1996) Algunos textos suyos han sido publicados en revistas como Primera Página, Retruécano, Trepanación o Monolito. Interesado en la literatura, el cine, la hermenéutica y los estudios de la cultura.

Imagen de portada: Zed Nelson

Alan Rolon (Colima, 1996) Algunos textos suyos han sido publicados en revistas como Primera Página, Retruécano, Trepanación o Monolito. Interesado en la literatura, el cine, la hermenéutica y los estudios de la cultura.

Imagen de portada: Zed Nelson

Alan Rolon (Colima, 1996) Algunos textos suyos han sido publicados en revistas como Primera Página, Retruécano, Trepanación o Monolito. Interesado en la literatura, el cine, la hermenéutica y los estudios de la cultura.

Imagen de portada: Zed Nelson

convo 14

Convocatoria abierta N.014

Leer convocatoria

Acércate a nosotros

Nuestra meta

Suscríbete

Nuestro propósito es servir como una plataforma de difusión para escritores de habla hispana.

La Revista Himen es un proyecto completamente independiente. Puedes apoyarnos  haciendo una donación.

Himen es un proyecto independiente. Nuestro propósito es servir como una plataforma para exponer escritores de habla hispana.

La Revista Himen es un proyecto completamente independiente. Puedes apoyarnos comprando nuestros productos o haciendo una donación.

Himen es un proyecto independiente. Nuestro propósito es servir como una plataforma para exponer escritores de habla hispana.

La Revista Himen es un proyecto completamente independiente. Puedes apoyarnos comprando nuestros productos o haciendo una donación.

Himen es un proyecto independiente. Nuestro propósito es servir como una plataforma para exponer escritores de habla hispana.

La Revista Himen es un proyecto completamente independiente. Puedes apoyarnos comprando nuestros productos o haciendo una donación.

Suscríbete a nuestra Newsletter y entérate de nuestras convocatorias. Prometemos no llenar tu correo de spam :)

Suscríbete a nuestra Newsletter y entérate de nuestras convocatorias. Prometemos no llenar tu correo de spam :)

Suscríbete a nuestra Newsletter y entérate de nuestras convocatorias. Prometemos no llenar tu correo de spam :)

circulo-animacion
logo_himen-01

© 2013 – 2019 Revista Himen. Diseño por C.A.

Términos y Condiciones - Copyrights