Primavera nuclear

N.014 - Poesía

Primavera nuclear

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 Primavera nuclear

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Primavera Nuclear

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Primavera nuclear

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Escrito por Santiago Gómez Sánchez

Escrito por Santiago Gómez Sánchez

Escrito por Santiago Gómez Sánchez

I

(en mi sueño estoy manejando sobre el puente honorio segura, voy tan rápido que en la curva salgo volando, segundos antes de morir un amigo que va al lado de mi dice “ya valió verga”)

en el apocalipsis nuclear de la ciudad de méxico solo sobrevivirán tres cosas:

las cucarachas / el hombre rata del metro / y uno o dos taqueros

al principio (algunos meses después de que la bomba se encargue de convertir todas las calles de la ciudad en un bache colosal) los sobrevivientes tratarán de mantenerse unidos, pero eventualmente se dividirán en dos: las personas que alguna vez en su vida salieron en el complemento club del periódico reforma y las que no

los primeros se resguardarán en algún club de golf, situación que develará en una especie de 120 días de sodoma y un culto suicida llamado o.s.e.a (objetos sintientes en el apocalipsis)

los segundos caminarán por las calles de la ciudad como aquel que busca un domicilio perdido entre una numeración caótica,

aprenderán a nadar en las fuentes de la ciudad y comprenderán que estas siempre han sido pedazos de cielo donde se puede chapotear,

lamerán los ladrillos de los edificios y las grietas de las banquetas como recordando el peso del smog,

se sabrán flores de la primavera nuclear y por eso, entre fogatas en donde cocinan cadáveres,

entre esqueletos de combis y el fantasma de un pesero,

lograrán atisbar algo, un letrero neón que se prende y apaga en algún local abandonado del centro:

el final de una ciudad que nunca lloró por nada


II

(en mis sueños se destruye el puente de monte líbano y todos los que manejábamos sobre este caemos. cuando golpeábamos el suelo nuestra piel se convertía en metal y concreto, nuestra sangre en gasolina)

eventualmente la radioactividad despertará a los monstruos del lago de xochimilco del sueño etílico al cual fueron relegados durante la década de los setentas, y estos se comerán a todos (así como sus hermanos bendijeron alguna vez las tripas de los transeúntes banqueteros)

entonces solo sobrevivirán:

las cucarachas / el hombre rata del metro / y uno o dos taqueros (cuyos cuchillos no dudaron ni un segundo al momento de cruzarse con los monstruos) 

y no quedará nadie que compre colchones viejos, ni siquiera fierro viejo,

ni ningún camotero que se anuncie con su silbidito,

nadie que te deje checar sin compromiso,

nadie que arregle sillas de bejuco, ni de mimbre, ni de tule,

ningún pásale güerito

 

los taqueros tendrán que dejar un trompo de pastor crudo cada mes en alguna entrada del metro como tributo para el hombre rata,

nadie sabe qué pedo con las cucarachas;

las nubes se irán porque ya no quedarán personas qué ver desde arriba,

los semáforos dejarán de brillar rojo o verde y alumbrarán morado o azul clarito

 

(en mis sueños siempre me muero en un coche,

en el sueño de la ciudad esta vive para siempre y nunca nadie logra salir de ella,

en el sueño de la ciudad el anochecer es infinito y nunca nadie logra dormir)


I

(en mi sueño estoy manejando sobre el puente honorio segura, voy tan rápido que en la curva salgo volando, segundos antes de morir un amigo que va al lado de mi dice “ya valió verga”)

en el apocalipsis nuclear de la ciudad de méxico solo sobrevivirán tres cosas:

las cucarachas / el hombre rata del metro / y uno o dos taqueros

al principio (algunos meses después de que la bomba se encargue de convertir todas las calles de la ciudad en un bache colosal) los sobrevivientes tratarán de mantenerse unidos, pero eventualmente se dividirán en dos: las personas que alguna vez en su vida salieron en el complemento club del periódico reforma y las que no

los primeros se resguardarán en algún club de golf, situación que develará en una especie de 120 días de sodoma y un culto suicida llamado o.s.e.a (objetos sintientes en el apocalipsis)

los segundos caminarán por las calles de la ciudad como aquel que busca un domicilio perdido entre una numeración caótica,

aprenderán a nadar en las fuentes de la ciudad y comprenderán que estas siempre han sido pedazos de cielo donde se puede chapotear,

lamerán los ladrillos de los edificios y las grietas de las banquetas como recordando el peso del smog,

se sabrán flores de la primavera nuclear y por eso, entre fogatas en donde cocinan cadáveres,

entre esqueletos de combis y el fantasma de un pesero,

lograrán atisbar algo, un letrero neón que se prende y apaga en algún local abandonado del centro:

el final de una ciudad que nunca lloró por nada

 

II

(en mis sueños se destruye el puente de monte líbano y todos los que manejábamos sobre este caemos. cuando golpeábamos el suelo nuestra piel se convertía en metal y concreto, nuestra sangre en gasolina)

eventualmente la radioactividad despertará a los monstruos del lago de xochimilco del sueño etílico al cual fueron relegados durante la década de los setentas, y estos se comerán a todos (así como sus hermanos bendijeron alguna vez las tripas de los transeúntes banqueteros)

entonces solo sobrevivirán:

las cucarachas / el hombre rata del metro / y uno o dos taqueros (cuyos cuchillos no dudaron ni un segundo al momento de cruzarse con los monstruos) 

y no quedará nadie que compre colchones viejos, ni siquiera fierro viejo,

ni ningún camotero que se anuncie con su silbidito,

nadie que te deje checar sin compromiso,

nadie que arregle sillas de bejuco, ni de mimbre, ni de tule,

ningún pásale güerito

 

los taqueros tendrán que dejar un trompo de pastor crudo cada mes en alguna entrada del metro como tributo para el hombre rata,

nadie sabe qué pedo con las cucarachas;

las nubes se irán porque ya no quedarán personas qué ver desde arriba,

los semáforos dejarán de brillar rojo o verde y alumbrarán morado o azul clarito

 

(en mis sueños siempre me muero en un coche,

en el sueño de la ciudad esta vive para siempre y nunca nadie logra salir de ella,

en el sueño de la ciudad el anochecer es infinito y nunca nadie logra dormir)

 

I

(en mi sueño estoy manejando sobre el puente honorio segura, voy tan rápido que en la curva salgo volando, segundos antes de morir un amigo que va al lado de mi dice “ya valió verga”)

en el apocalipsis nuclear de la ciudad de méxico solo sobrevivirán tres cosas:

las cucarachas / el hombre rata del metro / y uno o dos taqueros

al principio (algunos meses después de que la bomba se encargue de convertir todas las calles de la ciudad en un bache colosal) los sobrevivientes tratarán de mantenerse unidos, pero eventualmente se dividirán en dos: las personas que alguna vez en su vida salieron en el complemento club del periódico reforma y las que no

los primeros se resguardarán en algún club de golf, situación que develará en una especie de 120 días de sodoma y un culto suicida llamado o.s.e.a (objetos sintientes en el apocalipsis)

los segundos caminarán por las calles de la ciudad como aquel que busca un domicilio perdido entre una numeración caótica,

aprenderán a nadar en las fuentes de la ciudad y comprenderán que estas siempre han sido pedazos de cielo donde se puede chapotear,

lamerán los ladrillos de los edificios y las grietas de las banquetas como recordando el peso del smog,

se sabrán flores de la primavera nuclear y por eso, entre fogatas en donde cocinan cadáveres,

entre esqueletos de combis y el fantasma de un pesero,

lograrán atisbar algo, un letrero neón que se prende y apaga en algún local abandonado del centro:

el final de una ciudad que nunca lloró por nada

 

II

(en mis sueños se destruye el puente de monte líbano y todos los que manejábamos sobre este caemos. cuando golpeábamos el suelo nuestra piel se convertía en metal y concreto, nuestra sangre en gasolina)

eventualmente la radioactividad despertará a los monstruos del lago de xochimilco del sueño etílico al cual fueron relegados durante la década de los setentas, y estos se comerán a todos (así como sus hermanos bendijeron alguna vez las tripas de los transeúntes banqueteros)

entonces solo sobrevivirán:

las cucarachas / el hombre rata del metro / y uno o dos taqueros (cuyos cuchillos no dudaron ni un segundo al momento de cruzarse con los monstruos) 

y no quedará nadie que compre colchones viejos, ni siquiera fierro viejo,

ni ningún camotero que se anuncie con su silbidito,

nadie que te deje checar sin compromiso,

nadie que arregle sillas de bejuco, ni de mimbre, ni de tule,

ningún pásale güerito

 

los taqueros tendrán que dejar un trompo de pastor crudo cada mes en alguna entrada del metro como tributo para el hombre rata,

nadie sabe qué pedo con las cucarachas;

las nubes se irán porque ya no quedarán personas qué ver desde arriba,

los semáforos dejarán de brillar rojo o verde y alumbrarán morado o azul clarito

 

(en mis sueños siempre me muero en un coche,

en el sueño de la ciudad esta vive para siempre y nunca nadie logra salir de ella,

en el sueño de la ciudad el anochecer es infinito y nunca nadie logra dormir)

 

I

(en mi sueño estoy manejando sobre el puente honorio segura, voy tan rápido que en la curva salgo volando, segundos antes de morir un amigo que va al lado de mi dice “ya valió verga”)

en el apocalipsis nuclear de la ciudad de méxico solo sobrevivirán tres cosas:

las cucarachas / el hombre rata del metro / y uno o dos taqueros

al principio (algunos meses después de que la bomba se encargue de convertir todas las calles de la ciudad en un bache colosal) los sobrevivientes tratarán de mantenerse unidos, pero eventualmente se dividirán en dos: las personas que alguna vez en su vida salieron en el complemento club del periódico reforma y las que no

los primeros se resguardarán en algún club de golf, situación que develará en una especie de 120 días de sodoma y un culto suicida llamado o.s.e.a (objetos sintientes en el apocalipsis)

los segundos caminarán por las calles de la ciudad como aquel que busca un domicilio perdido entre una numeración caótica,

aprenderán a nadar en las fuentes de la ciudad y comprenderán que estas siempre han sido pedazos de cielo donde se puede chapotear,

lamerán los ladrillos de los edificios y las grietas de las banquetas como recordando el peso del smog,

se sabrán flores de la primavera nuclear y por eso, entre fogatas en donde cocinan cadáveres,

entre esqueletos de combis y el fantasma de un pesero,

lograrán atisbar algo, un letrero neón que se prende y apaga en algún local abandonado del centro:

el final de una ciudad que nunca lloró por nada

 

II

(en mis sueños se destruye el puente de monte líbano y todos los que manejábamos sobre este caemos. cuando golpeábamos el suelo nuestra piel se convertía en metal y concreto, nuestra sangre en gasolina)

eventualmente la radioactividad despertará a los monstruos del lago de xochimilco del sueño etílico al cual fueron relegados durante la década de los setentas, y estos se comerán a todos (así como sus hermanos bendijeron alguna vez las tripas de los transeúntes banqueteros)

entonces solo sobrevivirán:

las cucarachas / el hombre rata del metro / y uno o dos taqueros (cuyos cuchillos no dudaron ni un segundo al momento de cruzarse con los monstruos) 

y no quedará nadie que compre colchones viejos, ni siquiera fierro viejo,

ni ningún camotero que se anuncie con su silbidito,

nadie que te deje checar sin compromiso,

nadie que arregle sillas de bejuco, ni de mimbre, ni de tule,

ningún pásale güerito

 

los taqueros tendrán que dejar un trompo de pastor crudo cada mes en alguna entrada del metro como tributo para el hombre rata,

nadie sabe qué pedo con las cucarachas;

las nubes se irán porque ya no quedarán personas qué ver desde arriba,

los semáforos dejarán de brillar rojo o verde y alumbrarán morado o azul clarito

 

(en mis sueños siempre me muero en un coche,

en el sueño de la ciudad esta vive para siempre y nunca nadie logra salir de ella,

en el sueño de la ciudad el anochecer es infinito y nunca nadie logra dormir)

 

I

(en mi sueño estoy manejando sobre el puente honorio segura, voy tan rápido que en la curva salgo volando, segundos antes de morir un amigo que va al lado de mi dice “ya valió verga”)

en el apocalipsis nuclear de la ciudad de méxico solo sobrevivirán tres cosas:

las cucarachas / el hombre rata del metro / y uno o dos taqueros

al principio (algunos meses después de que la bomba se encargue de convertir todas las calles de la ciudad en un bache colosal) los sobrevivientes tratarán de mantenerse unidos, pero eventualmente se dividirán en dos: las personas que alguna vez en su vida salieron en el complemento club del periódico reforma y las que no

los primeros se resguardarán en algún club de golf, situación que develará en una especie de 120 días de sodoma y un culto suicida llamado o.s.e.a (objetos sintientes en el apocalipsis)

los segundos caminarán por las calles de la ciudad como aquel que busca un domicilio perdido entre una numeración caótica,

aprenderán a nadar en las fuentes de la ciudad y comprenderán que estas siempre han sido pedazos de cielo donde se puede chapotear,

lamerán los ladrillos de los edificios y las grietas de las banquetas como recordando el peso del smog,

se sabrán flores de la primavera nuclear y por eso, entre fogatas en donde cocinan cadáveres,

entre esqueletos de combis y el fantasma de un pesero,

lograrán atisbar algo, un letrero neón que se prende y apaga en algún local abandonado del centro:

el final de una ciudad que nunca lloró por nada

 

II

(en mis sueños se destruye el puente de monte líbano y todos los que manejábamos sobre este caemos. cuando golpeábamos el suelo nuestra piel se convertía en metal y concreto, nuestra sangre en gasolina)

eventualmente la radioactividad despertará a los monstruos del lago de xochimilco del sueño etílico al cual fueron relegados durante la década de los setentas, y estos se comerán a todos (así como sus hermanos bendijeron alguna vez las tripas de los transeúntes banqueteros)

entonces solo sobrevivirán:

las cucarachas / el hombre rata del metro / y uno o dos taqueros (cuyos cuchillos no dudaron ni un segundo al momento de cruzarse con los monstruos) 

y no quedará nadie que compre colchones viejos, ni siquiera fierro viejo,

ni ningún camotero que se anuncie con su silbidito,

nadie que te deje checar sin compromiso,

nadie que arregle sillas de bejuco, ni de mimbre, ni de tule,

ningún pásale güerito

 

los taqueros tendrán que dejar un trompo de pastor crudo cada mes en alguna entrada del metro como tributo para el hombre rata,

nadie sabe qué pedo con las cucarachas;

las nubes se irán porque ya no quedarán personas qué ver desde arriba,

los semáforos dejarán de brillar rojo o verde y alumbrarán morado o azul clarito

 

(en mis sueños siempre me muero en un coche,

en el sueño de la ciudad esta vive para siempre y nunca nadie logra salir de ella,

en el sueño de la ciudad el anochecer es infinito y nunca nadie logra dormir)

 

Santiago Gómez Sánchez (CDMX-1997) Actualmente se encuentra en proceso de “vivir” (no tiene muchas ganas de incursionar en la “reproducción”) y morirá en un futuro. Estudió EC y Literatura en la UCSJ. Es parte del grupo Penca Poética. No sabe contar sin usar sus dedos.

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Instagram: @bebe_muerto_
Twitter: @x666nox
Soundcloud: mirreypster emocore

Imagen de portada: Maria Mavropoulou

Santiago Gómez Sánchez (CDMX-1997) Actualmente se encuentra en proceso de “vivir” (no tiene muchas ganas de incursionar en la “reproducción”) y morirá en un futuro. Estudió EC y Literatura en la UCSJ. Es parte del grupo Penca Poética. No sabe contar sin usar sus dedos.

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Foto de portada: Maria Mavropoulou

 

Santiago Gómez Sánchez (CDMX-1997) Actualmente se encuentra en proceso de “vivir” (no tiene muchas ganas de incursionar en la “reproducción”) y morirá en un futuro. Estudió EC y Literatura en la UCSJ. Es parte del grupo Penca Poética. No sabe contar sin usar sus dedos.

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Dios crucificado

N.014 - Narrativa 

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