Pequeñas venganzas

N.012 - Narrativa

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Escrito por Carmina H. Orozco

Gracias a K. por reírse.

 

Detesto las risas exageradas. Esas que suenan tan fuerte que delatan su propia falsedad. Carcajadas que pretenden ser pulcras e interesantes, que tienen por objetivo ser el centro de atención para ser observadas, para que, quienquiera que las escuche, no pueda sacárselas jamás de la cabeza. Juliana ríe de esa manera. Ríe como queriendo demostrar un sentido del humor que solo yo sé que no existe; porque a Juliana, en verdad, nada le divierte. Yo, que no me separo de ella desde el momento que nació, he aprendido a notar que en su mente no existe tal cosa como el entusiasmo o la alegría que causa una broma.

Juliana es una falsa entusiasta hasta los huesos. Por eso la odio. No soporto tener que escuchar aquella risa de mentira todos los días. A veces la entiendo. En este mundo que nos tocó vivir, existen reglas de comportamiento que Juliana tuvo que aprender a las malas. Lo que no comprendo es por qué yo tengo que soportar esto con ella.

Sé que lo único por lo que siente algo es por hacerme pasarla mal. Porque yo, a diferencia de ella, puedo sentir cosas. Con el tiempo comprendí que cuando se ríe de esa manera son como pequeñas venganzas por haberme quedado con su capacidad de sentir. Cada que se ve al espejo puedo notar que sufre, que aunque no puede sentir nada en el fondo de sus ojos hay una desesperación enorme por ser una persona como las otras. Yo me río de ella, porque también tengo derecho a la venganza.

Los momentos frente al espejo son para reafirmar el odio que sentimos el uno por el otro. Al burlarme de ella, Juliana hace resonar en el eco del baño esa carcajada que me enloquece. No me queda más que permanecer en silencio, haciéndole creer que ella es la más fuerte. Pero dentro de mí, muy en el fondo y cuando Juliana ya no puede escucharme, repito una y otra vez que yo, a diferencia de ella, puedo sentir cosas.

Un día todo se salió de control. Juliana seguía engañando a los demás con su risa, pero durante un momento, al ir hacia el trabajo, dejé de escucharla. Sus carcajadas ya no ocupaban el silencio del coche y yo sentí un alivio enorme. Juliana ya no podría hacerme nada. Podía sentirla reír, pero sus carcajadas no entraban a mis oídos. A pesar de la felicidad que me invadía, mi satisfacción duró muy poco. Por la noche, frente al espejo, Juliana notó que sucedía algo extraño y burlarme de ella hizo que terminara por comprender lo que pasaba.

— ¡Como un saco inerte de órganos, así es como eres!

Al gritarle aquello podía sentir cómo tenía la victoria en la mano. Finalmente era inmune al falso entusiasmo de Juliana, a su vida privada de sentimientos y ella no podía soportarlo, pero en medio de mis burlas sentí cómo todo iba oscureciendo. Mis sentidos quedaron aturdidos y la incertidumbre se apoderó de mi cuerpo.

En mi cabeza comenzaron a sonar estridentes carcajadas. Eran horribles. Mecánicas, llenas de mentiras, pero que se mezclaban con una naturalidad aterradora en el espacio que habitaban. Un inmenso dolor en la frente me devolvió al cuarto de baño. Vi el rostro ensangrentado de Juliana entre pedazos de un espejo roto y el ruido de sus carcajadas me revelaba la más aterradora de sus venganzas.

 

Gracias a K. por reírse.

 

Detesto las risas exageradas. Esas que suenan tan fuerte que delatan su propia falsedad. Carcajadas que pretenden ser pulcras e interesantes, que tienen por objetivo ser el centro de atención para ser observadas, para que, quienquiera que las escuche, no pueda sacárselas jamás de la cabeza. Juliana ríe de esa manera. Ríe como queriendo demostrar un sentido del humor que solo yo sé que no existe; porque a Juliana, en verdad, nada le divierte. Yo, que no me separo de ella desde el momento que nació, he aprendido a notar que en su mente no existe tal cosa como el entusiasmo o la alegría que causa una broma.

Juliana es una falsa entusiasta hasta los huesos. Por eso la odio. No soporto tener que escuchar aquella risa de mentira todos los días. A veces la entiendo. En este mundo que nos tocó vivir, existen reglas de comportamiento que Juliana tuvo que aprender a las malas. Lo que no comprendo es por qué yo tengo que soportar esto con ella.

Sé que lo único por lo que siente algo es por hacerme pasarla mal. Porque yo, a diferencia de ella, puedo sentir cosas. Con el tiempo comprendí que cuando se ríe de esa manera son como pequeñas venganzas por haberme quedado con su capacidad de sentir. Cada que se ve al espejo puedo notar que sufre, que aunque no puede sentir nada en el fondo de sus ojos hay una desesperación enorme por ser una persona como las otras. Yo me río de ella, porque también tengo derecho a la venganza.

Los momentos frente al espejo son para reafirmar el odio que sentimos el uno por el otro. Al burlarme de ella, Juliana hace resonar en el eco del baño esa carcajada que me enloquece. No me queda más que permanecer en silencio, haciéndole creer que ella es la más fuerte. Pero dentro de mí, muy en el fondo y cuando Juliana ya no puede escucharme, repito una y otra vez que yo, a diferencia de ella, puedo sentir cosas.

Un día todo se salió de control. Juliana seguía engañando a los demás con su risa, pero durante un momento, al ir hacia el trabajo, dejé de escucharla. Sus carcajadas ya no ocupaban el silencio del coche y yo sentí un alivio enorme. Juliana ya no podría hacerme nada. Podía sentirla reír, pero sus carcajadas no entraban a mis oídos. A pesar de la felicidad que me invadía, mi satisfacción duró muy poco. Por la noche, frente al espejo, Juliana notó que sucedía algo extraño y burlarme de ella hizo que terminara por comprender lo que pasaba.

— ¡Como un saco inerte de órganos, así es como eres!

Al gritarle aquello podía sentir cómo tenía la victoria en la mano. Finalmente era inmune al falso entusiasmo de Juliana, a su vida privada de sentimientos y ella no podía soportarlo, pero en medio de mis burlas sentí cómo todo iba oscureciendo. Mis sentidos quedaron aturdidos y la incertidumbre se apoderó de mi cuerpo.

En mi cabeza comenzaron a sonar estridentes carcajadas. Eran horribles. Mecánicas, llenas de mentiras, pero que se mezclaban con una naturalidad aterradora en el espacio que habitaban. Un inmenso dolor en la frente me devolvió al cuarto de baño. Vi el rostro ensangrentado de Juliana entre pedazos de un espejo roto y el ruido de sus carcajadas me revelaba la más aterradora de sus venganzas.

 

Gracias a K. por reírse.

 

Detesto las risas exageradas. Esas que suenan tan fuerte que delatan su propia falsedad. Carcajadas que pretenden ser pulcras e interesantes, que tienen por objetivo ser el centro de atención para ser observadas, para que, quienquiera que las escuche, no pueda sacárselas jamás de la cabeza. Juliana ríe de esa manera. Ríe como queriendo demostrar un sentido del humor que solo yo sé que no existe; porque a Juliana, en verdad, nada le divierte. Yo, que no me separo de ella desde el momento que nació, he aprendido a notar que en su mente no existe tal cosa como el entusiasmo o la alegría que causa una broma.

Juliana es una falsa entusiasta hasta los huesos. Por eso la odio. No soporto tener que escuchar aquella risa de mentira todos los días. A veces la entiendo. En este mundo que nos tocó vivir, existen reglas de comportamiento que Juliana tuvo que aprender a las malas. Lo que no comprendo es por qué yo tengo que soportar esto con ella.

Sé que lo único por lo que siente algo es por hacerme pasarla mal. Porque yo, a diferencia de ella, puedo sentir cosas. Con el tiempo comprendí que cuando se ríe de esa manera son como pequeñas venganzas por haberme quedado con su capacidad de sentir. Cada que se ve al espejo puedo notar que sufre, que aunque no puede sentir nada en el fondo de sus ojos hay una desesperación enorme por ser una persona como las otras. Yo me río de ella, porque también tengo derecho a la venganza.

Los momentos frente al espejo son para reafirmar el odio que sentimos el uno por el otro. Al burlarme de ella, Juliana hace resonar en el eco del baño esa carcajada que me enloquece. No me queda más que permanecer en silencio, haciéndole creer que ella es la más fuerte. Pero dentro de mí, muy en el fondo y cuando Juliana ya no puede escucharme, repito una y otra vez que yo, a diferencia de ella, puedo sentir cosas.

Un día todo se salió de control. Juliana seguía engañando a los demás con su risa, pero durante un momento, al ir hacia el trabajo, dejé de escucharla. Sus carcajadas ya no ocupaban el silencio del coche y yo sentí un alivio enorme. Juliana ya no podría hacerme nada. Podía sentirla reír, pero sus carcajadas no entraban a mis oídos. A pesar de la felicidad que me invadía, mi satisfacción duró muy poco. Por la noche, frente al espejo, Juliana notó que sucedía algo extraño y burlarme de ella hizo que terminara por comprender lo que pasaba.

— ¡Como un saco inerte de órganos, así es como eres!

Al gritarle aquello podía sentir cómo tenía la victoria en la mano. Finalmente era inmune al falso entusiasmo de Juliana, a su vida privada de sentimientos y ella no podía soportarlo, pero en medio de mis burlas sentí cómo todo iba oscureciendo. Mis sentidos quedaron aturdidos y la incertidumbre se apoderó de mi cuerpo.

En mi cabeza comenzaron a sonar estridentes carcajadas. Eran horribles. Mecánicas, llenas de mentiras, pero que se mezclaban con una naturalidad aterradora en el espacio que habitaban. Un inmenso dolor en la frente me devolvió al cuarto de baño. Vi el rostro ensangrentado de Juliana entre pedazos de un espejo roto y el ruido de sus carcajadas me revelaba la más aterradora de sus venganzas.


Gracias a K. por reírse.

 

Detesto las risas exageradas. Esas que suenan tan fuerte que delatan su propia falsedad. Carcajadas que pretenden ser pulcras e interesantes, que tienen por objetivo ser el centro de atención para ser observadas, para que, quienquiera que las escuche, no pueda sacárselas jamás de la cabeza. Juliana ríe de esa manera. Ríe como queriendo demostrar un sentido del humor que solo yo sé que no existe; porque a Juliana, en verdad, nada le divierte. Yo, que no me separo de ella desde el momento que nació, he aprendido a notar que en su mente no existe tal cosa como el entusiasmo o la alegría que causa una broma.

Juliana es una falsa entusiasta hasta los huesos. Por eso la odio. No soporto tener que escuchar aquella risa de mentira todos los días. A veces la entiendo. En este mundo que nos tocó vivir, existen reglas de comportamiento que Juliana tuvo que aprender a las malas. Lo que no comprendo es por qué yo tengo que soportar esto con ella.

Sé que lo único por lo que siente algo es por hacerme pasarla mal. Porque yo, a diferencia de ella, puedo sentir cosas. Con el tiempo comprendí que cuando se ríe de esa manera son como pequeñas venganzas por haberme quedado con su capacidad de sentir. Cada que se ve al espejo puedo notar que sufre, que aunque no puede sentir nada en el fondo de sus ojos hay una desesperación enorme por ser una persona como las otras. Yo me río de ella, porque también tengo derecho a la venganza.

Los momentos frente al espejo son para reafirmar el odio que sentimos el uno por el otro. Al burlarme de ella, Juliana hace resonar en el eco del baño esa carcajada que me enloquece. No me queda más que permanecer en silencio, haciéndole creer que ella es la más fuerte. Pero dentro de mí, muy en el fondo y cuando Juliana ya no puede escucharme, repito una y otra vez que yo, a diferencia de ella, puedo sentir cosas.

Un día todo se salió de control. Juliana seguía engañando a los demás con su risa, pero durante un momento, al ir hacia el trabajo, dejé de escucharla. Sus carcajadas ya no ocupaban el silencio del coche y yo sentí un alivio enorme. Juliana ya no podría hacerme nada. Podía sentirla reír, pero sus carcajadas no entraban a mis oídos. A pesar de la felicidad que me invadía, mi satisfacción duró muy poco. Por la noche, frente al espejo, Juliana notó que sucedía algo extraño y burlarme de ella hizo que terminara por comprender lo que pasaba.

— ¡Como un saco inerte de órganos, así es como eres!

Al gritarle aquello podía sentir cómo tenía la victoria en la mano. Finalmente era inmune al falso entusiasmo de Juliana, a su vida privada de sentimientos y ella no podía soportarlo, pero en medio de mis burlas sentí cómo todo iba oscureciendo. Mis sentidos quedaron aturdidos y la incertidumbre se apoderó de mi cuerpo.

En mi cabeza comenzaron a sonar estridentes carcajadas. Eran horribles. Mecánicas, llenas de mentiras, pero que se mezclaban con una naturalidad aterradora en el espacio que habitaban. Un inmenso dolor en la frente me devolvió al cuarto de baño. Vi el rostro ensangrentado de Juliana entre pedazos de un espejo roto y el ruido de sus carcajadas me revelaba la más aterradora de sus venganzas.


Gracias a K. por reírse.

 

Detesto las risas exageradas. Esas que suenan tan fuerte que delatan su propia falsedad. Carcajadas que pretenden ser pulcras e interesantes, que tienen por objetivo ser el centro de atención para ser observadas, para que, quienquiera que las escuche, no pueda sacárselas jamás de la cabeza. Juliana ríe de esa manera. Ríe como queriendo demostrar un sentido del humor que solo yo sé que no existe; porque a Juliana, en verdad, nada le divierte. Yo, que no me separo de ella desde el momento que nació, he aprendido a notar que en su mente no existe tal cosa como el entusiasmo o la alegría que causa una broma.

Juliana es una falsa entusiasta hasta los huesos. Por eso la odio. No soporto tener que escuchar aquella risa de mentira todos los días. A veces la entiendo. En este mundo que nos tocó vivir, existen reglas de comportamiento que Juliana tuvo que aprender a las malas. Lo que no comprendo es por qué yo tengo que soportar esto con ella.

Sé que lo único por lo que siente algo es por hacerme pasarla mal. Porque yo, a diferencia de ella, puedo sentir cosas. Con el tiempo comprendí que cuando se ríe de esa manera son como pequeñas venganzas por haberme quedado con su capacidad de sentir. Cada que se ve al espejo puedo notar que sufre, que aunque no puede sentir nada en el fondo de sus ojos hay una desesperación enorme por ser una persona como las otras. Yo me río de ella, porque también tengo derecho a la venganza.

Los momentos frente al espejo son para reafirmar el odio que sentimos el uno por el otro. Al burlarme de ella, Juliana hace resonar en el eco del baño esa carcajada que me enloquece. No me queda más que permanecer en silencio, haciéndole creer que ella es la más fuerte. Pero dentro de mí, muy en el fondo y cuando Juliana ya no puede escucharme, repito una y otra vez que yo, a diferencia de ella, puedo sentir cosas.

Un día todo se salió de control. Juliana seguía engañando a los demás con su risa, pero durante un momento, al ir hacia el trabajo, dejé de escucharla. Sus carcajadas ya no ocupaban el silencio del coche y yo sentí un alivio enorme. Juliana ya no podría hacerme nada. Podía sentirla reír, pero sus carcajadas no entraban a mis oídos. A pesar de la felicidad que me invadía, mi satisfacción duró muy poco. Por la noche, frente al espejo, Juliana notó que sucedía algo extraño y burlarme de ella hizo que terminara por comprender lo que pasaba.

— ¡Como un saco inerte de órganos, así es como eres!

Al gritarle aquello podía sentir cómo tenía la victoria en la mano. Finalmente era inmune al falso entusiasmo de Juliana, a su vida privada de sentimientos y ella no podía soportarlo, pero en medio de mis burlas sentí cómo todo iba oscureciendo. Mis sentidos quedaron aturdidos y la incertidumbre se apoderó de mi cuerpo.

En mi cabeza comenzaron a sonar estridentes carcajadas. Eran horribles. Mecánicas, llenas de mentiras, pero que se mezclaban con una naturalidad aterradora en el espacio que habitaban. Un inmenso dolor en la frente me devolvió al cuarto de baño. Vi el rostro ensangrentado de Juliana entre pedazos de un espejo roto y el ruido de sus carcajadas me revelaba la más aterradora de sus venganzas.


Carmina H. Orozco (2000) Estudiante de Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara. A veces escribe.

Imagen de portada: Jacob Cornelisz van Oostsanen

Carmina H. Orozco (2000). Estudiante de Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara. A veces escribe.

Imagen de portada: Philippe Gontier

Carmina H. Orozco (2000). Estudiante de Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara. A veces escribe.

Imagen de portada: Philippe Gontier

Carmina H. Orozco (2000). Estudiante de Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara. A veces escribe.

Imagen de portada: Philippe Gontier

Carmina H. Orozco (2000). Estudiante de Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara. A veces escribe.

Imagen de portada: Philippe Gontier

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