Pajaritos de la suerte

N.013 - Narrativa

Pajaritos de la suerte

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Pajaritos de la suerte

N.013 - Narrativa

Pajaritos de la suerte

N.013 - Narrativa

Escrito por Andrea Luna Mendoza

Escrito por Andrea Luna Mendoza

Escrito por Andrea Luna Mendoza

Aquel sueño abrumador hizo que regresara a la realidad. Abrió la ventana para que le diera el fresco, bebió un sorbo de café frío del día anterior escupiéndolo de inmediato y se metió a la ducha tratando de recordar el abrupto despertar que le había ocasionado un chipote en la cabeza. No se consideraba una persona supersticiosa, no obstante, su madre siempre le hacía recordar las pesadillas nocturnas, para que estas no le trajeran desgracias y aquellos "animalitos"―nunca supo a qué especie se refería— no le robaran la poquita suerte con la que había nacido.

Con la voz de su progenitora retumbando entre recuerdos, se acostó en el sofá para recrear la escena otorgada por Morfeo. Pasó horas intentando regresar al momento exacto, siguió la línea trazada desde que fue a dormir hasta el despertar, sin éxito. La memoria se le había borrado y el sueño se evaporó como agua hirviendo por largo rato. F sabía que el inconsciente jugaba a su antojo, trató de tranquilizarse contando hasta diez; tomó grandes bocanadas de aire y exhaló lentamente. Más tarde decidió que una visita al mercado serviría como distracción.Tomó la bolsa de yute, anotó algunos elementos para la despensa y echó las llaves, decidida a reencontrarse con la memoria. Los malos augurios le parecían absurdos, pero tenía que recordar, por si acaso.

Llegó a los puestos de frutas y vegetales, compró lo necesario. Repitió otras cuatro vueltas esforzándose en reactivar el cerebro, sin resultados positivos. Buscó entre las curanderas de locales aledaños algún remedio herbal que otorgara poder sobre la mente; sin embargo, la mayoría concluyó que lo mejor que podía hacer era dirigirse con don Gerardo, el pajarero.

Arrastrando los pies por el pasillo, resolvió que no tenía nada que perder. Dobló a la izquierda, luego a la derecha; siguió todas las indicaciones hasta llegar a su destino.

El hombre parado frente a ella tenía mirada afable, además, cargaba una bella jaula de colores vibrantes, con flores naranja enredadas entre barrotes. Una estructura familiar adornaba la parte superior. Por dentro, varios pajaritos amarillos movían la cabeza inquietos.

Atormentada por el pasar del tiempo, expulsó el malestar que le aquejaba sin corte alguno. El pajarero, temeroso de que se atragantara con sus palabras, suplicó calma y escuchó indulgente. Al terminar sacó la cajita con pequeños papelitos doblados, abrió la jaula donde las aves se hospedaban, acercando el pequeño artefacto contenedor de suertes.

Uno de los animalitos observó por breves minutos a la mujer. Parecía entender las expresiones que su rostro denotaba; los ojos brillaron en cuanto giró la cabeza, saltó y con el pico seleccionó uno de los rectángulos mal cortados entregándolo a Gerardo.

F estiró la cabeza, aunque solo vio una letra manuscrita que no alcanzó a descifrar. El ave retornó dando brinquitos, mientras el hombre negaba con movimientos bruscos.

— ¿Es que usted me quiere matar del suspenso? ¡Vamos! ¿Qué dice?

— Vendrán por ti.

— Significa… que no tengo solución, ¿verdad? Ya decía yo que esto era una pérdida de tiempo. Ahora me voy peor que antes. ¿Cuánto le debo?

— Mira, no quiero tu dinero, esto no pinta nada bien. Puedo proporcionarte la solución. Si valoras la escasa fortuna que te queda, deberás hacer todo cuanto te diga.

F se sentó, estupefacta, como el niño al que llaman la atención después de realizar la travesura.

— Confiado en tu buen corazón, te daré siete de mis aves amarillas, las cuales, al finalizar su cometido deberás regresar. Colocarás la jaula sobre una superficie estable, abrirás la puerta y se alojarán en la habitación que consideren adecuada.

Durante las noches, una por una, te ofrecerán fragmentos del sueño omitido; pero cuidado, no debes olvidar cambiar todos los días sus provisiones. Jamás las dejarás encerradas.

Tras aceptar el trato, la desdichada mujer se retiró jaula en mano y con siete pequeñas emplumadas.

Llegó al hogar impaciente. Efectuó las instrucciones aportadas, quedándose dormida a los pocos minutos. Abatida, no tardó en emitir los primeros ronquidos. El sueño llegó inoportuno: el vacío de una habitación, ella abandonada en el gélido piso, la luz del atardecer, un espejo, pedazos de algún animal. Al despertar, F comprendió que la primera parte le fue concedida, mientras veía de reojo un manchón volar sobre la nuca.

Los dos días siguientes acontecieron bajo las mismas circunstancias. Estaba cerca de recuperar lo perdido y eso le otorgaba calma. Llegó a pensar que el sueño se refería a alguna receta de cocina, por la cantidad de carne fresca que observaba constante. Exhausta por las labores de oficina, llegó al cuarto día sin reparar en ninguna otra actividad. Cayó de espaldas sobre el colchón, repitiendo la fórmula de quien se consume en vida por un trabajo en condiciones precarias.

Despertó horas más tarde, con los últimos rayos dorados que entraban por la ventana. Adolorida, se levantó de prisa dejando un pequeño rastro rojizo en su camino a la regadera. Con cada paso refunfuñaba y prometía enmendar la falta de libertad e insumos a las aves. "Uno no es ninguno"―dijo entre dientes—, mientras la piel desnuda se empapaba con las gotas, intensificando el dolor.

Harta de la sensación, se enrolló la toalla a medias, aventurándose rumbo al espejo de cuerpo entero. Acercándose lentamente, reparó en los múltiples piquetes en piernas y brazos, además del hueco en el lateral derecho de la cabeza. La piel se tornó pálida. Un grito ahogado fue emitido cuando el reflejo captó el acecho de siete siluetas sobre la cabecera. El consuelo de saberse dentro de pesadillas quedó extinto, al sentir pequeñas garras encajarse en los globos oculares y picos desprender pedazos del cuerpo, ahora inerte.

La suerte había sido echada.

Aquel sueño abrumador hizo que regresara a la realidad. Abrió la ventana para que le diera el fresco, bebió un sorbo de café frío del día anterior escupiéndolo de inmediato y se metió a la ducha tratando de recordar el abrupto despertar que le había ocasionado un chipote en la cabeza. No se consideraba una persona supersticiosa, no obstante, su madre siempre le hacía recordar las pesadillas nocturnas, para que estas no le trajeran desgracias y aquellos "animalitos"―nunca supo a qué especie se refería— no le robaran la poquita suerte con la que había nacido.

Con la voz de su progenitora retumbando entre recuerdos, se acostó en el sofá para recrear la escena otorgada por Morfeo. Pasó horas intentando regresar al momento exacto, siguió la línea trazada desde que fue a dormir hasta el despertar, sin éxito. La memoria se le había borrado y el sueño se evaporó como agua hirviendo por largo rato. F sabía que el inconsciente jugaba a su antojo, trató de tranquilizarse contando hasta diez; tomó grandes bocanadas de aire y exhaló lentamente. Más tarde decidió que una visita al mercado serviría como distracción.Tomó la bolsa de yute, anotó algunos elementos para la despensa y echó las llaves, decidida a reencontrarse con la memoria. Los malos augurios le parecían absurdos, pero tenía que recordar, por si acaso.

Llegó a los puestos de frutas y vegetales, compró lo necesario. Repitió otras cuatro vueltas esforzándose en reactivar el cerebro, sin resultados positivos. Buscó entre las curanderas de locales aledaños algún remedio herbal que otorgara poder sobre la mente; sin embargo, la mayoría concluyó que lo mejor que podía hacer era dirigirse con don Gerardo, el pajarero.

Arrastrando los pies por el pasillo, resolvió que no tenía nada que perder. Dobló a la izquierda, luego a la derecha; siguió todas las indicaciones hasta llegar a su destino.

El hombre parado frente a ella tenía mirada afable, además, cargaba una bella jaula de colores vibrantes, con flores naranja enredadas entre barrotes. Una estructura familiar adornaba la parte superior. Por dentro, varios pajaritos amarillos movían la cabeza inquietos.

Atormentada por el pasar del tiempo, expulsó el malestar que le aquejaba sin corte alguno. El pajarero, temeroso de que se atragantara con sus palabras, suplicó calma y escuchó indulgente. Al terminar sacó la cajita con pequeños papelitos doblados, abrió la jaula donde las aves se hospedaban, acercando el pequeño artefacto contenedor de suertes.

Uno de los animalitos observó por breves minutos a la mujer. Parecía entender las expresiones que su rostro denotaba; los ojos brillaron en cuanto giró la cabeza, saltó y con el pico seleccionó uno de los rectángulos mal cortados entregándolo a Gerardo.

F estiró la cabeza, aunque solo vio una letra manuscrita que no alcanzó a descifrar. El ave retornó dando brinquitos, mientras el hombre negaba con movimientos bruscos.

— ¿Es que usted me quiere matar del suspenso? ¡Vamos! ¿Qué dice?

— Vendrán por ti.

— Significa… que no tengo solución, ¿verdad? Ya decía yo que esto era una pérdida de tiempo. Ahora me voy peor que antes. ¿Cuánto le debo?

— Mira, no quiero tu dinero, esto no pinta nada bien. Puedo proporcionarte la solución. Si valoras la escasa fortuna que te queda, deberás hacer todo cuanto te diga.

F se sentó, estupefacta, como el niño al que llaman la atención después de realizar la travesura.

— Confiado en tu buen corazón, te daré siete de mis aves amarillas, las cuales, al finalizar su cometido deberás regresar. Colocarás la jaula sobre una superficie estable, abrirás la puerta y se alojarán en la habitación que consideren adecuada.

Durante las noches, una por una, te ofrecerán fragmentos del sueño omitido; pero cuidado, no debes olvidar cambiar todos los días sus provisiones. Jamás las dejarás encerradas.

Tras aceptar el trato, la desdichada mujer se retiró jaula en mano y con siete pequeñas emplumadas.

Llegó al hogar impaciente. Efectuó las instrucciones aportadas, quedándose dormida a los pocos minutos. Abatida, no tardó en emitir los primeros ronquidos. El sueño llegó inoportuno: el vacío de una habitación, ella abandonada en el gélido piso, la luz del atardecer, un espejo, pedazos de algún animal. Al despertar, F comprendió que la primera parte le fue concedida, mientras veía de reojo un manchón volar sobre la nuca.

Los dos días siguientes acontecieron bajo las mismas circunstancias. Estaba cerca de recuperar lo perdido y eso le otorgaba calma. Llegó a pensar que el sueño se refería a alguna receta de cocina, por la cantidad de carne fresca que observaba constante. Exhausta por las labores de oficina, llegó al cuarto día sin reparar en ninguna otra actividad. Cayó de espaldas sobre el colchón, repitiendo la fórmula de quien se consume en vida por un trabajo en condiciones precarias.

Despertó horas más tarde, con los últimos rayos dorados que entraban por la ventana. Adolorida, se levantó de prisa dejando un pequeño rastro rojizo en su camino a la regadera. Con cada paso refunfuñaba y prometía enmendar la falta de libertad e insumos a las aves. "Uno no es ninguno"―dijo entre dientes—, mientras la piel desnuda se empapaba con las gotas, intensificando el dolor.

Harta de la sensación, se enrolló la toalla a medias, aventurándose rumbo al espejo de cuerpo entero. Acercándose lentamente, reparó en los múltiples piquetes en piernas y brazos, además del hueco en el lateral derecho de la cabeza. La piel se tornó pálida. Un grito ahogado fue emitido cuando el reflejo captó el acecho de siete siluetas sobre la cabecera. El consuelo de saberse dentro de pesadillas quedó extinto, al sentir pequeñas garras encajarse en los globos oculares y picos desprender pedazos del cuerpo, ahora inerte.

La suerte había sido echada.

 

Aquel sueño abrumador hizo que regresara a la realidad. Abrió la ventana para que le diera el fresco, bebió un sorbo de café frío del día anterior escupiéndolo de inmediato y se metió a la ducha tratando de recordar el abrupto despertar que le había ocasionado un chipote en la cabeza. No se consideraba una persona supersticiosa, no obstante, su madre siempre le hacía recordar las pesadillas nocturnas, para que estas no le trajeran desgracias y aquellos "animalitos"―nunca supo a qué especie se refería— no le robaran la poquita suerte con la que había nacido.

Con la voz de su progenitora retumbando entre recuerdos, se acostó en el sofá para recrear la escena otorgada por Morfeo. Pasó horas intentando regresar al momento exacto, siguió la línea trazada desde que fue a dormir hasta el despertar, sin éxito. La memoria se le había borrado y el sueño se evaporó como agua hirviendo por largo rato. F sabía que el inconsciente jugaba a su antojo, trató de tranquilizarse contando hasta diez; tomó grandes bocanadas de aire y exhaló lentamente. Más tarde decidió que una visita al mercado serviría como distracción.Tomó la bolsa de yute, anotó algunos elementos para la despensa y echó las llaves, decidida a reencontrarse con la memoria. Los malos augurios le parecían absurdos, pero tenía que recordar, por si acaso.

Llegó a los puestos de frutas y vegetales, compró lo necesario. Repitió otras cuatro vueltas esforzándose en reactivar el cerebro, sin resultados positivos. Buscó entre las curanderas de locales aledaños algún remedio herbal que otorgara poder sobre la mente; sin embargo, la mayoría concluyó que lo mejor que podía hacer era dirigirse con don Gerardo, el pajarero.

Arrastrando los pies por el pasillo, resolvió que no tenía nada que perder. Dobló a la izquierda, luego a la derecha; siguió todas las indicaciones hasta llegar a su destino.

El hombre parado frente a ella tenía mirada afable, además, cargaba una bella jaula de colores vibrantes, con flores naranja enredadas entre barrotes. Una estructura familiar adornaba la parte superior. Por dentro, varios pajaritos amarillos movían la cabeza inquietos.

Atormentada por el pasar del tiempo, expulsó el malestar que le aquejaba sin corte alguno. El pajarero, temeroso de que se atragantara con sus palabras, suplicó calma y escuchó indulgente. Al terminar sacó la cajita con pequeños papelitos doblados, abrió la jaula donde las aves se hospedaban, acercando el pequeño artefacto contenedor de suertes.

Uno de los animalitos observó por breves minutos a la mujer. Parecía entender las expresiones que su rostro denotaba; los ojos brillaron en cuanto giró la cabeza, saltó y con el pico seleccionó uno de los rectángulos mal cortados entregándolo a Gerardo.

F estiró la cabeza, aunque solo vio una letra manuscrita que no alcanzó a descifrar. El ave retornó dando brinquitos, mientras el hombre negaba con movimientos bruscos.

— ¿Es que usted me quiere matar del suspenso? ¡Vamos! ¿Qué dice?

— Vendrán por ti.

— Significa… que no tengo solución, ¿verdad? Ya decía yo que esto era una pérdida de tiempo. Ahora me voy peor que antes. ¿Cuánto le debo?

— Mira, no quiero tu dinero, esto no pinta nada bien. Puedo proporcionarte la solución. Si valoras la escasa fortuna que te queda, deberás hacer todo cuanto te diga.

F se sentó, estupefacta, como el niño al que llaman la atención después de realizar la travesura.

— Confiado en tu buen corazón, te daré siete de mis aves amarillas, las cuales, al finalizar su cometido deberás regresar. Colocarás la jaula sobre una superficie estable, abrirás la puerta y se alojarán en la habitación que consideren adecuada.

Durante las noches, una por una, te ofrecerán fragmentos del sueño omitido; pero cuidado, no debes olvidar cambiar todos los días sus provisiones. Jamás las dejarás encerradas.

Tras aceptar el trato, la desdichada mujer se retiró jaula en mano y con siete pequeñas emplumadas.

Llegó al hogar impaciente. Efectuó las instrucciones aportadas, quedándose dormida a los pocos minutos. Abatida, no tardó en emitir los primeros ronquidos. El sueño llegó inoportuno: el vacío de una habitación, ella abandonada en el gélido piso, la luz del atardecer, un espejo, pedazos de algún animal. Al despertar, F comprendió que la primera parte le fue concedida, mientras veía de reojo un manchón volar sobre la nuca.

Los dos días siguientes acontecieron bajo las mismas circunstancias. Estaba cerca de recuperar lo perdido y eso le otorgaba calma. Llegó a pensar que el sueño se refería a alguna receta de cocina, por la cantidad de carne fresca que observaba constante. Exhausta por las labores de oficina, llegó al cuarto día sin reparar en ninguna otra actividad. Cayó de espaldas sobre el colchón, repitiendo la fórmula de quien se consume en vida por un trabajo en condiciones precarias.

Despertó horas más tarde, con los últimos rayos dorados que entraban por la ventana. Adolorida, se levantó de prisa dejando un pequeño rastro rojizo en su camino a la regadera. Con cada paso refunfuñaba y prometía enmendar la falta de libertad e insumos a las aves. "Uno no es ninguno"―dijo entre dientes—, mientras la piel desnuda se empapaba con las gotas, intensificando el dolor.

Harta de la sensación, se enrolló la toalla a medias, aventurándose rumbo al espejo de cuerpo entero. Acercándose lentamente, reparó en los múltiples piquetes en piernas y brazos, además del hueco en el lateral derecho de la cabeza. La piel se tornó pálida. Un grito ahogado fue emitido cuando el reflejo captó el acecho de siete siluetas sobre la cabecera. El consuelo de saberse dentro de pesadillas quedó extinto, al sentir pequeñas garras encajarse en los globos oculares y picos desprender pedazos del cuerpo, ahora inerte.

La suerte había sido echada.

 

Aquel sueño abrumador hizo que regresara a la realidad. Abrió la ventana para que le diera el fresco, bebió un sorbo de café frío del día anterior escupiéndolo de inmediato y se metió a la ducha tratando de recordar el abrupto despertar que le había ocasionado un chipote en la cabeza. No se consideraba una persona supersticiosa, no obstante, su madre siempre le hacía recordar las pesadillas nocturnas, para que estas no le trajeran desgracias y aquellos "animalitos"―nunca supo a qué especie se refería— no le robaran la poquita suerte con la que había nacido.

Con la voz de su progenitora retumbando entre recuerdos, se acostó en el sofá para recrear la escena otorgada por Morfeo. Pasó horas intentando regresar al momento exacto, siguió la línea trazada desde que fue a dormir hasta el despertar, sin éxito. La memoria se le había borrado y el sueño se evaporó como agua hirviendo por largo rato. F sabía que el inconsciente jugaba a su antojo, trató de tranquilizarse contando hasta diez; tomó grandes bocanadas de aire y exhaló lentamente. Más tarde decidió que una visita al mercado serviría como distracción.Tomó la bolsa de yute, anotó algunos elementos para la despensa y echó las llaves, decidida a reencontrarse con la memoria. Los malos augurios le parecían absurdos, pero tenía que recordar, por si acaso.

Llegó a los puestos de frutas y vegetales, compró lo necesario. Repitió otras cuatro vueltas esforzándose en reactivar el cerebro, sin resultados positivos. Buscó entre las curanderas de locales aledaños algún remedio herbal que otorgara poder sobre la mente; sin embargo, la mayoría concluyó que lo mejor que podía hacer era dirigirse con don Gerardo, el pajarero.

Arrastrando los pies por el pasillo, resolvió que no tenía nada que perder. Dobló a la izquierda, luego a la derecha; siguió todas las indicaciones hasta llegar a su destino.

El hombre parado frente a ella tenía mirada afable, además, cargaba una bella jaula de colores vibrantes, con flores naranja enredadas entre barrotes. Una estructura familiar adornaba la parte superior. Por dentro, varios pajaritos amarillos movían la cabeza inquietos.

Atormentada por el pasar del tiempo, expulsó el malestar que le aquejaba sin corte alguno. El pajarero, temeroso de que se atragantara con sus palabras, suplicó calma y escuchó indulgente. Al terminar sacó la cajita con pequeños papelitos doblados, abrió la jaula donde las aves se hospedaban, acercando el pequeño artefacto contenedor de suertes.

Uno de los animalitos observó por breves minutos a la mujer. Parecía entender las expresiones que su rostro denotaba; los ojos brillaron en cuanto giró la cabeza, saltó y con el pico seleccionó uno de los rectángulos mal cortados entregándolo a Gerardo.

F estiró la cabeza, aunque solo vio una letra manuscrita que no alcanzó a descifrar. El ave retornó dando brinquitos, mientras el hombre negaba con movimientos bruscos.

— ¿Es que usted me quiere matar del suspenso? ¡Vamos! ¿Qué dice?

— Vendrán por ti.

— Significa… que no tengo solución, ¿verdad? Ya decía yo que esto era una pérdida de tiempo. Ahora me voy peor que antes. ¿Cuánto le debo?

— Mira, no quiero tu dinero, esto no pinta nada bien. Puedo proporcionarte la solución. Si valoras la escasa fortuna que te queda, deberás hacer todo cuanto te diga.

F se sentó, estupefacta, como el niño al que llaman la atención después de realizar la travesura.

— Confiado en tu buen corazón, te daré siete de mis aves amarillas, las cuales, al finalizar su cometido deberás regresar. Colocarás la jaula sobre una superficie estable, abrirás la puerta y se alojarán en la habitación que consideren adecuada.

Durante las noches, una por una, te ofrecerán fragmentos del sueño omitido; pero cuidado, no debes olvidar cambiar todos los días sus provisiones. Jamás las dejarás encerradas.

Tras aceptar el trato, la desdichada mujer se retiró jaula en mano y con siete pequeñas emplumadas.

Llegó al hogar impaciente. Efectuó las instrucciones aportadas, quedándose dormida a los pocos minutos. Abatida, no tardó en emitir los primeros ronquidos. El sueño llegó inoportuno: el vacío de una habitación, ella abandonada en el gélido piso, la luz del atardecer, un espejo, pedazos de algún animal. Al despertar, F comprendió que la primera parte le fue concedida, mientras veía de reojo un manchón volar sobre la nuca.

Los dos días siguientes acontecieron bajo las mismas circunstancias. Estaba cerca de recuperar lo perdido y eso le otorgaba calma. Llegó a pensar que el sueño se refería a alguna receta de cocina, por la cantidad de carne fresca que observaba constante. Exhausta por las labores de oficina, llegó al cuarto día sin reparar en ninguna otra actividad. Cayó de espaldas sobre el colchón, repitiendo la fórmula de quien se consume en vida por un trabajo en condiciones precarias.

Despertó horas más tarde, con los últimos rayos dorados que entraban por la ventana. Adolorida, se levantó de prisa dejando un pequeño rastro rojizo en su camino a la regadera. Con cada paso refunfuñaba y prometía enmendar la falta de libertad e insumos a las aves. "Uno no es ninguno"―dijo entre dientes—, mientras la piel desnuda se empapaba con las gotas, intensificando el dolor.

Harta de la sensación, se enrolló la toalla a medias, aventurándose rumbo al espejo de cuerpo entero. Acercándose lentamente, reparó en los múltiples piquetes en piernas y brazos, además del hueco en el lateral derecho de la cabeza. La piel se tornó pálida. Un grito ahogado fue emitido cuando el reflejo captó el acecho de siete siluetas sobre la cabecera. El consuelo de saberse dentro de pesadillas quedó extinto, al sentir pequeñas garras encajarse en los globos oculares y picos desprender pedazos del cuerpo, ahora inerte.

La suerte había sido echada.

 

Aquel sueño abrumador hizo que regresara a la realidad. Abrió la ventana para que le diera el fresco, bebió un sorbo de café frío del día anterior escupiéndolo de inmediato y se metió a la ducha tratando de recordar el abrupto despertar que le había ocasionado un chipote en la cabeza. No se consideraba una persona supersticiosa, no obstante, su madre siempre le hacía recordar las pesadillas nocturnas, para que estas no le trajeran desgracias y aquellos "animalitos"―nunca supo a qué especie se refería— no le robaran la poquita suerte con la que había nacido.

Con la voz de su progenitora retumbando entre recuerdos, se acostó en el sofá para recrear la escena otorgada por Morfeo.Pasó horas intentando regresar al momento exacto, siguió la línea trazada desde que fue a dormir hasta el despertar, sin éxito. La memoria se le había borrado y el sueño se evaporó como agua hirviendo por largo rato. F sabía que el inconsciente jugaba a su antojo, trató de tranquilizarse contando hasta diez; tomó grandes bocanadas de aire y exhaló lentamente. Más tarde decidió que una visita al mercado serviría como distracción.Tomó la bolsa de yute, anotó algunos elementos para la despensa y echó las llaves, decidida a reencontrarse con la memoria. Los malos augurios le parecían absurdos, pero tenía que recordar, por si acaso.

Llegó a los puestos de frutas y vegetales, compró lo necesario. Repitió otras cuatro vueltas esforzándose en reactivar el cerebro, sin resultados positivos. Buscó entre las curanderas de locales aledaños algún remedio herbal que otorgara poder sobre la mente; sin embargo, la mayoría concluyó que lo mejor que podía hacer era dirigirse con don Gerardo, el pajarero.

Arrastrando los pies por el pasillo, resolvió que no tenía nada que perder. Dobló a la izquierda, luego a la derecha; siguió todas las indicaciones hasta llegar a su destino.

El hombre parado frente a ella tenía mirada afable, además, cargaba una bella jaula de colores vibrantes, con flores naranja enredadas entre barrotes. Una estructura familiar adornaba la parte superior. Por dentro, varios pajaritos amarillos movían la cabeza inquietos.

Atormentada por el pasar del tiempo, expulsó el malestar que le aquejaba sin corte alguno. El pajarero, temeroso de que se atragantara con sus palabras, suplicó calma y escuchó indulgente. Al terminar sacó la cajita con pequeños papelitos doblados, abrió la jaula donde las aves se hospedaban, acercando el pequeño artefacto contenedor de suertes.

Uno de los animalitos observó por breves minutos a la mujer. Parecía entender las expresiones que su rostro denotaba; los ojos brillaron en cuanto giró la cabeza, saltó y con el pico seleccionó uno de los rectángulos mal cortados entregándolo a Gerardo.

F estiró la cabeza, aunque solo vio una letra manuscrita que no alcanzó a descifrar. El ave retornó dando brinquitos, mientras el hombre negaba con movimientos bruscos.

— ¿Es que usted me quiere matar del suspenso? ¡Vamos! ¿Qué dice?

— Vendrán por ti.

— Significa… que no tengo solución, ¿verdad? Ya decía yo que esto era una pérdida de tiempo. Ahora me voy peor que antes. ¿Cuánto le debo?

— Mira, no quiero tu dinero, esto no pinta nada bien. Puedo proporcionarte la solución. Si valoras la escasa fortuna que te queda, deberás hacer todo cuanto te diga.

F se sentó, estupefacta, como el niño al que llaman la atención después de realizar la travesura.

— Confiado en tu buen corazón, te daré siete de mis aves amarillas, las cuales, al finalizar su cometido deberás regresar. Colocarás la jaula sobre una superficie estable, abrirás la puerta y se alojarán en la habitación que consideren adecuada.

Durante las noches, una por una, te ofrecerán fragmentos del sueño omitido; pero cuidado, no debes olvidar cambiar todos los días sus provisiones. Jamás las dejarás encerradas.

Tras aceptar el trato, la desdichada mujer se retiró jaula en mano y con siete pequeñas emplumadas.

Llegó al hogar impaciente. Efectuó las instrucciones aportadas, quedándose dormida a los pocos minutos. Abatida, no tardó en emitir los primeros ronquidos. El sueño llegó inoportuno: el vacío de una habitación, ella abandonada en el gélido piso, la luz del atardecer, un espejo, pedazos de algún animal. Al despertar, F comprendió que la primera parte le fue concedida, mientras veía de reojo un manchón volar sobre la nuca.

Los dos días siguientes acontecieron bajo las mismas circunstancias. Estaba cerca de recuperar lo perdido y eso le otorgaba calma. Llegó a pensar que el sueño se refería a alguna receta de cocina, por la cantidad de carne fresca que observaba constante. Exhausta por las labores de oficina, llegó al cuarto día sin reparar en ninguna otra actividad. Cayó de espaldas sobre el colchón, repitiendo la fórmula de quien se consume en vida por un trabajo en condiciones precarias.

Despertó horas más tarde, con los últimos rayos dorados que entraban por la ventana. Adolorida, se levantó de prisa dejando un pequeño rastro rojizo en su camino a la regadera. Con cada paso refunfuñaba y prometía enmendar la falta de libertad e insumos a las aves. "Uno no es ninguno"―dijo entre dientes—, mientras la piel desnuda se empapaba con las gotas, intensificando el dolor.

Harta de la sensación, se enrolló la toalla a medias, aventurándose rumbo al espejo de cuerpo entero. Acercándose lentamente, reparó en los múltiples piquetes en piernas y brazos, además del hueco en el lateral derecho de la cabeza. La piel se tornó pálida. Un grito ahogado fue emitido cuando el reflejo captó el acecho de siete siluetas sobre la cabecera. El consuelo de saberse dentro de pesadillas quedó extinto, al sentir pequeñas garras encajarse en los globos oculares y picos desprender pedazos del cuerpo, ahora inerte.

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Andrea Luna Mendoza (Querétaro, 1993) es Licenciada en Estudios Literarios por la UAQ. Ha publicado ensayo y cuento en medios digitales e impresos, como Revista Monolito, Oajaca, Revista 217, Zompantle y Periódico El Universal Querétaro. 

Facebook | Instagram

Imagen de portada: Mariela Casabonne

Andrea Luna Mendoza (Querétaro, 1993) es Licenciada en Estudios Literarios por la UAQ. Ha publicado ensayo y cuento en medios digitales e impresos, como Revista Monolito, Oajaca, Revista 217, Zompantle y Periódico El Universal Querétaro. 

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La Quimera

N.013 - Poesía

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