Mutante

N.009 - Narrativa

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Escrito por Alberto Partida

Dedicado a Alejandro Zambra


Un bonsái no es un árbol, o bueno sí, en todo caso: un bonsái es un mutante. Y es curioso que lo diga, porque lo feo de estos arbustos no recae en su tamaño. Lo realmente horrible en estos ejemplares, es el proceso al que son sometidos; por ejemplo, el tronco es abusado vilmente para lograr que el árbol sea un enano. Yo de niño, como todos los niños, me aburría a montones, sobre todo los domingos y, si no fuera por las películas que ya sabía de memoria y nada tenían de novedoso, mi infancia se hubiera ido al carajo. Pasaba las inacabables tardes alucinando con trepar a un peñasco, y ahí, colgado entre las rocas, descubrir a uno de esos enanos para hacerlo a mi manera —exacto—, igual que en la escena de Karate Kid, en la que, colgado de una soga, Daniel San arriesga el pellejo en busca de su dichoso arbolito.

Para colmo eran los noventa, esa época en la que los bonsái nos invadieron y a mi prima se le ocurrió hacerse novia de mi maestro de karate; el tipo se creía de a de veras japonés, y hasta escribía algunas letras en ese idioma —aunque yo no sé si realmente él comprendía algo de lo que hacía, o nada más continuaba para tenernos a su alrededor como pendejos.

Otro día, mi prima llegó a la casa con un arbolito y su pequeña base, doblado completamente, dolorosamente, como simulando una cascada color verde. El árbol estaba lleno de alambres, lo que forzaba al tronco a adoptar la forma en caída que a mi prima y a su novio se les había antojado.  Mi prima me preguntó si ese bonsái me gustaba. Contesté que por supuesto, que claro que me gustaba. Pero ahora, me pregunto si los bonsái de veras me gustan, la respuesta es Sí, me gustan. Me gusta su ridículo tamaño, me gusta la enredadera de sus minúsculas ramas, su escasísimo follaje; pienso que tienen esa anomalía genética en la que a las personas, todavía siendo niños, aparentan ser unos ancianos con todo y sus arrugas, con la espalda molida por los años.

Los bonsái me gustan, aunque no debería, porque… un bonsái es básicamente un árbol intervenido, un árbol torturado. Le pusieron alambre. Manipularon su forma. Eh…, hicieron que el árbol cumpliera, eh…, un deseo exterior, y le impidieron crecer. Todo esto suena un poco ambientalista, lo sé, pero igual es cierto. Cuando uno empieza a investigar cómo se hace un bonsái, nos damos cuenta que se le ponen tantos fierros, que el árbol, indudablemente y contra su voluntad, adopta la forma que a uno convenga. Las ramas y el tronco siguen esta forma impuesta, se ven las heridas en el tronco, por ejemplo.

¡Se ven las heridas!

Muchas veces, en este proyecto de deformación, en el proceso de hacer un bonsái, se mata al árbol: el árbol muere. Entonces, yo decía —bueno, me gusta ¿pero por qué me gusta?,   y quizá sea esta separación de lo Bello y lo Sublime, en la que por una parte, lo Bello es lo aceptado, y lo sublime es aquello que nos rebasa, lo que no se puede contener, o sea, algo que no sería preciso de calificar como Bello. Lo diferente —el infinito y su oscuridad, o el mar y su violencia.

Todos somos un bonsái, adoptamos formas que no son nuestras y nos convertimos en mutante.

 

Dedicado a Alejandro Zambra


Un bonsái no es un árbol, o bueno sí, en todo caso: un bonsái es un mutante. Y es curioso que lo diga, porque lo feo de estos arbustos no recae en su tamaño. Lo realmente horrible en estos ejemplares, es el proceso al que son sometidos; por ejemplo, el tronco es abusado vilmente para lograr que el árbol sea un enano. Yo de niño, como todos los niños, me aburría a montones, sobre todo los domingos y, si no fuera por las películas que ya sabía de memoria y nada tenían de novedoso, mi infancia se hubiera ido al carajo. Pasaba las inacabables tardes alucinando con trepar a un peñasco, y ahí, colgado entre las rocas, descubrir a uno de esos enanos para hacerlo a mi manera —exacto—, igual que en la escena de Karate Kid, en la que, colgado de una soga, Daniel San arriesga el pellejo en busca de su dichoso arbolito.

Para colmo eran los noventa, esa época en la que los bonsái nos invadieron y a mi prima se le ocurrió hacerse novia de mi maestro de karate; el tipo se creía de a de veras japonés, y hasta escribía algunas letras en ese idioma —aunque yo no sé si realmente él comprendía algo de lo que hacía, o nada más continuaba para tenernos a su alrededor como pendejos.

Otro día, mi prima llegó a la casa con un arbolito y su pequeña base, doblado completamente, dolorosamente, como simulando una cascada color verde. El árbol estaba lleno de alambres, lo que forzaba al tronco a adoptar la forma en caída que a mi prima y a su novio se les había antojado.  Mi prima me preguntó si ese bonsái me gustaba. Contesté que por supuesto, que claro que me gustaba. Pero ahora, me pregunto si los bonsái de veras me gustan, la respuesta es Sí, me gustan. Me gusta su ridículo tamaño, me gusta la enredadera de sus minúsculas ramas, su escasísimo follaje; pienso que tienen esa anomalía genética en la que a las personas, todavía siendo niños, aparentan ser unos ancianos con todo y sus arrugas, con la espalda molida por los años.

Los bonsái me gustan, aunque no debería, porque… un bonsái es básicamente un árbol intervenido, un árbol torturado. Le pusieron alambre. Manipularon su forma. Eh…, hicieron que el árbol cumpliera, eh…, un deseo exterior, y le impidieron crecer. Todo esto suena un poco ambientalista, lo sé, pero igual es cierto. Cuando uno empieza a investigar cómo se hace un bonsái, nos damos cuenta que se le ponen tantos fierros, que el árbol, indudablemente y contra su voluntad, adopta la forma que a uno convenga. Las ramas y el tronco siguen esta forma impuesta, se ven las heridas en el tronco, por ejemplo.

¡Se ven las heridas!

Muchas veces, en este proyecto de deformación, en el proceso de hacer un bonsái, se mata al árbol: el árbol muere. Entonces, yo decía —bueno, me gusta ¿pero por qué me gusta?,   y quizá sea esta separación de lo Bello y lo Sublime, en la que por una parte, lo Bello es lo aceptado, y lo sublime es aquello que nos rebasa, lo que no se puede contener, o sea, algo que no sería preciso de calificar como Bello. Lo diferente —el infinito y su oscuridad, o el mar y su violencia.

Todos somos un bonsái, adoptamos formas que no son nuestras y nos convertimos en mutante.

 

Dedicado a Alejandro Zambra


Un bonsái no es un árbol, o bueno sí, en todo caso: un bonsái es un mutante. Y es curioso que lo diga, porque lo feo de estos arbustos no recae en su tamaño. Lo realmente horrible en estos ejemplares, es el proceso al que son sometidos; por ejemplo, el tronco es abusado vilmente para lograr que el árbol sea un enano. Yo de niño, como todos los niños, me aburría a montones, sobre todo los domingos y, si no fuera por las películas que ya sabía de memoria y nada tenían de novedoso, mi infancia se hubiera ido al carajo. Pasaba las inacabables tardes alucinando con trepar a un peñasco, y ahí, colgado entre las rocas, descubrir a uno de esos enanos para hacerlo a mi manera —exacto—, igual que en la escena de Karate Kid, en la que, colgado de una soga, Daniel San arriesga el pellejo en busca de su dichoso arbolito.

Para colmo eran los noventa, esa época en la que los bonsái nos invadieron y a mi prima se le ocurrió hacerse novia de mi maestro de karate; el tipo se creía de a de veras japonés, y hasta escribía algunas letras en ese idioma —aunque yo no sé si realmente él comprendía algo de lo que hacía, o nada más continuaba para tenernos a su alrededor como pendejos.

Otro día, mi prima llegó a la casa con un arbolito y su pequeña base, doblado completamente, dolorosamente, como simulando una cascada color verde. El árbol estaba lleno de alambres, lo que forzaba al tronco a adoptar la forma en caída que a mi prima y a su novio se les había antojado.  Mi prima me preguntó si ese bonsái me gustaba. Contesté que por supuesto, que claro que me gustaba. Pero ahora, me pregunto si los bonsái de veras me gustan, la respuesta es Sí, me gustan. Me gusta su ridículo tamaño, me gusta la enredadera de sus minúsculas ramas, su escasísimo follaje; pienso que tienen esa anomalía genética en la que a las personas, todavía siendo niños, aparentan ser unos ancianos con todo y sus arrugas, con la espalda molida por los años.

Los bonsái me gustan, aunque no debería, porque… un bonsái es básicamente un árbol intervenido, un árbol torturado. Le pusieron alambre. Manipularon su forma. Eh…, hicieron que el árbol cumpliera, eh…, un deseo exterior, y le impidieron crecer. Todo esto suena un poco ambientalista, lo sé, pero igual es cierto. Cuando uno empieza a investigar cómo se hace un bonsái, nos damos cuenta que se le ponen tantos fierros, que el árbol, indudablemente y contra su voluntad, adopta la forma que a uno convenga. Las ramas y el tronco siguen esta forma impuesta, se ven las heridas en el tronco, por ejemplo.

¡Se ven las heridas!

Muchas veces, en este proyecto de deformación, en el proceso de hacer un bonsái, se mata al árbol: el árbol muere. Entonces, yo decía —bueno, me gusta ¿pero por qué me gusta?,   y quizá sea esta separación de lo Bello y lo Sublime, en la que por una parte, lo Bello es lo aceptado, y lo sublime es aquello que nos rebasa, lo que no se puede contener, o sea, algo que no sería preciso de calificar como Bello. Lo diferente —el infinito y su oscuridad, o el mar y su violencia.

Todos somos un bonsái, adoptamos formas que no son nuestras y nos convertimos en mutante.

 

Dedicado a Alejandro Zambra


Un bonsái no es un árbol, o bueno sí, en todo caso: un bonsái es un mutante. Y es curioso que lo diga, porque lo feo de estos arbustos no recae en su tamaño. Lo realmente horrible en estos ejemplares, es el proceso al que son sometidos; por ejemplo, el tronco es abusado vilmente para lograr que el árbol sea un enano. Yo de niño, como todos los niños, me aburría a montones, sobre todo los domingos y, si no fuera por las películas que ya sabía de memoria y nada tenían de novedoso, mi infancia se hubiera ido al carajo. Pasaba las inacabables tardes alucinando con trepar a un peñasco, y ahí, colgado entre las rocas, descubrir a uno de esos enanos para hacerlo a mi manera —exacto—, igual que en la escena de Karate Kid, en la que, colgado de una soga, Daniel San arriesga el pellejo en busca de su dichoso arbolito.

Para colmo eran los noventa, esa época en la que los bonsái nos invadieron y a mi prima se le ocurrió hacerse novia de mi maestro de karate; el tipo se creía de a de veras japonés, y hasta escribía algunas letras en ese idioma —aunque yo no sé si realmente él comprendía algo de lo que hacía, o nada más continuaba para tenernos a su alrededor como pendejos.

Otro día, mi prima llegó a la casa con un arbolito y su pequeña base, doblado completamente, dolorosamente, como simulando una cascada color verde. El árbol estaba lleno de alambres, lo que forzaba al tronco a adoptar la forma en caída que a mi prima y a su novio se les había antojado.  Mi prima me preguntó si ese bonsái me gustaba. Contesté que por supuesto, que claro que me gustaba. Pero ahora, me pregunto si los bonsái de veras me gustan, la respuesta es Sí, me gustan. Me gusta su ridículo tamaño, me gusta la enredadera de sus minúsculas ramas, su escasísimo follaje; pienso que tienen esa anomalía genética en la que a las personas, todavía siendo niños, aparentan ser unos ancianos con todo y sus arrugas, con la espalda molida por los años.

Los bonsái me gustan, aunque no debería, porque… un bonsái es básicamente un árbol intervenido, un árbol torturado. Le pusieron alambre. Manipularon su forma. Eh…, hicieron que el árbol cumpliera, eh…, un deseo exterior, y le impidieron crecer. Todo esto suena un poco ambientalista, lo sé, pero igual es cierto. Cuando uno empieza a investigar cómo se hace un bonsái, nos damos cuenta que se le ponen tantos fierros, que el árbol, indudablemente y contra su voluntad, adopta la forma que a uno convenga. Las ramas y el tronco siguen esta forma impuesta, se ven las heridas en el tronco, por ejemplo.

¡Se ven las heridas!

Muchas veces, en este proyecto de deformación, en el proceso de hacer un bonsái, se mata al árbol: el árbol muere. Entonces, yo decía —bueno, me gusta ¿pero por qué me gusta?,   y quizá sea esta separación de lo Bello y lo Sublime, en la que por una parte, lo Bello es lo aceptado, y lo sublime es aquello que nos rebasa, lo que no se puede contener, o sea, algo que no sería preciso de calificar como Bello. Lo diferente —el infinito y su oscuridad, o el mar y su violencia.

Todos somos un bonsái, adoptamos formas que no son nuestras y nos convertimos en mutante.

 

Dedicado a Alejandro Zambra


Un bonsái no es un árbol, o bueno sí, en todo caso: un bonsái es un mutante. Y es curioso que lo diga, porque lo feo de estos arbustos no recae en su tamaño. Lo realmente horrible en estos ejemplares, es el proceso al que son sometidos; por ejemplo, el tronco es abusado vilmente para lograr que el árbol sea un enano. Yo de niño, como todos los niños, me aburría a montones, sobre todo los domingos y, si no fuera por las películas que ya sabía de memoria y nada tenían de novedoso, mi infancia se hubiera ido al carajo. Pasaba las inacabables tardes alucinando con trepar a un peñasco, y ahí, colgado entre las rocas, descubrir a uno de esos enanos para hacerlo a mi manera —exacto—, igual que en la escena de Karate Kid, en la que, colgado de una soga, Daniel San arriesga el pellejo en busca de su dichoso arbolito.

Para colmo eran los noventa, esa época en la que los bonsái nos invadieron y a mi prima se le ocurrió hacerse novia de mi maestro de karate; el tipo se creía de a de veras japonés, y hasta escribía algunas letras en ese idioma —aunque yo no sé si realmente él comprendía algo de lo que hacía, o nada más continuaba para tenernos a su alrededor como pendejos.

Otro día, mi prima llegó a la casa con un arbolito y su pequeña base, doblado completamente, dolorosamente, como simulando una cascada color verde. El árbol estaba lleno de alambres, lo que forzaba al tronco a adoptar la forma en caída que a mi prima y a su novio se les había antojado.  Mi prima me preguntó si ese bonsái me gustaba. Contesté que por supuesto, que claro que me gustaba. Pero ahora, me pregunto si los bonsái de veras me gustan, la respuesta es Sí, me gustan. Me gusta su ridículo tamaño, me gusta la enredadera de sus minúsculas ramas, su escasísimo follaje; pienso que tienen esa anomalía genética en la que a las personas, todavía siendo niños, aparentan ser unos ancianos con todo y sus arrugas, con la espalda molida por los años.

Los bonsái me gustan, aunque no debería, porque… un bonsái es básicamente un árbol intervenido, un árbol torturado. Le pusieron alambre. Manipularon su forma. Eh…, hicieron que el árbol cumpliera, eh…, un deseo exterior, y le impidieron crecer. Todo esto suena un poco ambientalista, lo sé, pero igual es cierto. Cuando uno empieza a investigar cómo se hace un bonsái, nos damos cuenta que se le ponen tantos fierros, que el árbol, indudablemente y contra su voluntad, adopta la forma que a uno convenga. Las ramas y el tronco siguen esta forma impuesta, se ven las heridas en el tronco, por ejemplo.

¡Se ven las heridas!

Muchas veces, en este proyecto de deformación, en el proceso de hacer un bonsái, se mata al árbol: el árbol muere. Entonces, yo decía —bueno, me gusta ¿pero por qué me gusta?,   y quizá sea esta separación de lo Bello y lo Sublime, en la que por una parte, lo Bello es lo aceptado, y lo sublime es aquello que nos rebasa, lo que no se puede contener, o sea, algo que no sería preciso de calificar como Bello. Lo diferente —el infinito y su oscuridad, o el mar y su violencia.

Todos somos un bonsái, adoptamos formas que no son nuestras y nos convertimos en mutante.

 

Imagen de portada: Dillon Marsh

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