Murmur

N.005 - Narrativa

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Escrito por Holden Melaza 

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Turco, siendo como eres un culo de café... ¿por qué no has vuelto al PAP?

Sabía que esto iba a pasar. ¿Cómo le explico yo ahora a este que odio la cafetería en la que trabaja? Cuando estuve trabajando de camarero en el Tacuba el verano pasado y allí no entraba nadie ni para sacar tabaco de la máquina, él siempre sacaba un rato para visitarme y echarse un cafelito conmigo. El caso es que esto es diferente. Como él bien dice, yo soy un culo de café. Me paso más tiempo en las cafeterias que en casa. Me ocurre con ellas lo mismo que le ocurre a Miguel Noguera. Son mi oficina, me inspiran y en ellas escribo, escribo y escribo. Si alguna de mis cafeterias favoritas cerrase, Dios no lo quiera, lo lamentaría tanto como si me abandonase una mujer.

-Ya sé que la decoración del sitio tiene un tufo a corta y pega del Ikea, pero de ahí a que no te asomes ni un día.

Si se lo cuento, no lo va entender. Cómo se vea una cafetería es secundario. No me importa que tenga look colonial o moderno, que apeste a faria o a costo, que de las paredes cuelguen fotos de viejas glorias o exposiciones de artistas noveles. Lo importante no es como luce sino como suena, lo fundamental es el murmur: el runrún de las conversaciones indistinguibles mantenidas por desconocidos a mi alrededor, el chiflido volcánico de la cafetera, el repique seco de las cucharillas chocando contra la loza cuando el camarero sirve un café, el arrastre sordo de las sillas de quienes se levantan de la mesa, el ronroneo judío de la calderilla cayendo en la caja registradora... Habrá quienes no presten atención a estos sonidos, que incluso los tilden de ruidos. Se equivocan, esas onomatopeyas son como una banda sonora envolvente, un son del me confieso adicto.

- Es por la música, ¿es eso? Sé que pasan mucho pachangeo pero tampoco es tan mala como para que cortes y no hayas vuelto a visitarme.

Si mis oidos captan murmur no existe música, por alta que retumbe, que se le imponga en mi cabeza. Da igual que por los altavoves del local atruenen las rancias rancheras de Bertín Osborne o el swing pegajoso de los Squirell Nut Zippers. El murmur siempre gana y su extraña polifonía hipnótica y espontánea solapa la armonia de cualquier  canción sea cual sea, ninguna es capaz de penetrar esta burbuja sonora.

- Reconozco que la clientela es un poco pija, al estar cerca del hospital universitario y de la universidad privada ya se sabe, pero tampoco es insufrible.

Ahí hiciste diana, amigo mío. En la clientela reside precisamente la razón por la que evito su cafetería como a la peste. Los tres días que fui al PAP, entre los clientes que allí cafetean, tuve que soportar a grupitos de universitarios pseudoculturetas bobochorras que rebuznaban sobre chorradas de diferente indole y cero interés, a ancianas cluecas que se orinaban sin descanso con risa hístérica mientras pedían, bebían y abandonaban el lugar y, el último día, a un irlandés que daba palique sin cesar a mi amigo con anécdotas sobre la isla verde que refrendaba con golpes bruscos contra el mostrador. Yendo a esta cafetería, pude entender lo que sintío Ignacio Jurado Martinez cuando se le infestó la cafetería de exilados de la II República. Es como si fuese inevitable, como si no hubiese remedio y cada vez que yo me paso por allí, infaliblemente, alguno de estos especimenes amantes de las bananlidades a alto nivel decibelios transformaran esa atmósfera acústica en la que me gusta refugiarme en un irritante y molesto ruido . Algunos lo llamaran mala suerte, yo soy más pesimista, prefiero el término constante negativa. Puede decirse que todo aquel que pague una consumición está en su derecho de conversar en el tono que desee. Discrepo. Cualquiera que imponga su voz como ruido dominante en un café es un lerdo desconsiderado similar al anormal sin civilizar que rompe el silencio de una bibilioteca con gañidos por pura diversión idiota.

- Cuentame, dime la verdad, ¿por qué no has vuelto?

Sé sincero, explicale todos estos pensamientos, cuentale tu fascinación hacia el murmur, tu aborrecimiento hacia esos ruidosos faroleros y si se niega a entender tus razones o las toma como extravagancias caprichosas, sueltale algo directo como: “No me arriesgo más, no vuelvo a poner un pie por el PAP. Al fin y al cabo, esto es España y aquí por cada calle hay dos cafés y tres bares. ¿Por qué voy a sacrificarme a tener que ir al tuyo, por amistad? Pideme cualquier otra cosa, menos eso. Yo te dejo dormir en mi sofa después de una noche de pedo, te presto pasta para ir a ver al Moha, te presento a mi prima la de Quilos que tanto te gustaba, pero no me atormentes más pidiéndome que me deje caer por tu café de chirriantes cabrones.” No, eso no va a funcionar, no soy tan franco, prefiero ser tomado por borde que por incomprendido. Tengo que mentirle, salir con algo más asequible, algo que me dé absolutamente igual esté en la cafetería que esté pero que para otros tenga importancia. Ya lo tengo.

- Lo siento, Eli, pero es que el café que sirves es agua de fregar.

 

Turco, siendo como eres un culo de café... ¿por qué no has vuelto al PAP?

Sabía que esto iba a pasar. ¿Cómo le explico yo ahora a este que odio la cafetería en la que trabaja? Cuando estuve trabajando de camarero en el Tacuba el verano pasado y allí no entraba nadie ni para sacar tabaco de la máquina, él siempre sacaba un rato para visitarme y echarse un cafelito conmigo. El caso es que esto es diferente. Como él bien dice, yo soy un culo de café. Me paso más tiempo en las cafeterias que en casa. Me ocurre con ellas lo mismo que le ocurre a Miguel Noguera. Son mi oficina, me inspiran y en ellas escribo, escribo y escribo. Si alguna de mis cafeterias favoritas cerrase, Dios no lo quiera, lo lamentaría tanto como si me abandonase una mujer.

-Ya sé que la decoración del sitio tiene un tufo a corta y pega del Ikea, pero de ahí a que no te asomes ni un día.

Si se lo cuento, no lo va entender. Cómo se vea una cafetería es secundario. No me importa que tenga look colonial o moderno, que apeste a faria o a costo, que de las paredes cuelguen fotos de viejas glorias o exposiciones de artistas noveles. Lo importante no es como luce sino como suena, lo fundamental es el murmur: el runrún de las conversaciones indistinguibles mantenidas por desconocidos a mi alrededor, el chiflido volcánico de la cafetera, el repique seco de las cucharillas chocando contra la loza cuando el camarero sirve un café, el arrastre sordo de las sillas de quienes se levantan de la mesa, el ronroneo judío de la calderilla cayendo en la caja registradora... Habrá quienes no presten atención a estos sonidos, que incluso los tilden de ruidos. Se equivocan, esas onomatopeyas son como una banda sonora envolvente, un son del me confieso adicto.

- Es por la música, ¿es eso? Sé que pasan mucho pachangeo pero tampoco es tan mala como para que cortes y no hayas vuelto a visitarme.

Si mis oidos captan murmur no existe música, por alta que retumbe, que se le imponga en mi cabeza. Da igual que por los altavoves del local atruenen las rancias rancheras de Bertín Osborne o el swing pegajoso de los Squirell Nut Zippers. El murmur siempre gana y su extraña polifonía hipnótica y espontánea solapa la armonia de cualquier canción sea cual sea, ninguna es capaz de penetrar esta burbuja sonora.

- Reconozco que la clientela es un poco pija, al estar cerca del hospital universitario y de la universidad privada ya se sabe, pero tampoco es insufrible.

Ahí hiciste diana, amigo mío. En la clientela reside precisamente la razón por la que evito su cafetería como a la peste. Los tres días que fui al PAP, entre los clientes que allí cafetean, tuve que soportar a grupitos de universitarios pseudoculturetas bobochorras que rebuznaban sobre chorradas de diferente indole y cero interés, a ancianas cluecas que se orinaban sin descanso con risa hístérica mientras pedían, bebían y abandonaban el lugar y, el último día, a un irlandés que daba palique sin cesar a mi amigo con anécdotas sobre la isla verde que refrendaba con golpes bruscos contra el mostrador. Yendo a esta cafetería, pude entender lo que sintío Ignacio Jurado Martinez cuando se le infestó la cafetería de exilados de la II República. Es como si fuese inevitable, como si no hubiese remedio y cada vez que yo me paso por allí, infaliblemente, alguno de estos especimenes amantes de las bananlidades a alto nivel decibelios transformaran esa atmósfera acústica en la que me gusta refugiarme en un irritante y molesto ruido . Algunos lo llamaran mala suerte, yo soy más pesimista, prefiero el término constante negativa. Puede decirse que todo aquel que pague una consumición está en su derecho de conversar en el tono que desee. Discrepo. Cualquiera que imponga su voz como ruido dominante en un café es un lerdo desconsiderado similar al anormal sin civilizar que rompe el silencio de una bibilioteca con gañidos por pura diversión idiota.

- Cuentame, dime la verdad, ¿por qué no has vuelto?

Sé sincero, explicale todos estos pensamientos, cuentale tu fascinación hacia el murmur, tu aborrecimiento hacia esos ruidosos faroleros y si se niega a entender tus razones o las toma como extravagancias caprichosas, sueltale algo directo como: “No me arriesgo más, no vuelvo a poner un pie por el PAP. Al fin y al cabo, esto es España y aquí por cada calle hay dos cafés y tres bares. ¿Por qué voy a sacrificarme a tener que ir al tuyo, por amistad? Pideme cualquier otra cosa, menos eso. Yo te dejo dormir en mi sofa después de una noche de pedo, te presto pasta para ir a ver al Moha, te presento a mi prima la de Quilos que tanto te gustaba, pero no me atormentes más pidiéndome que me deje caer por tu café de chirriantes cabrones.” No, eso no va a funcionar, no soy tan franco, prefiero ser tomado por borde que por incomprendido. Tengo que mentirle, salir con algo más asequible, algo que me dé absolutamente igual esté en la cafetería que esté pero que para otros tenga importancia. Ya lo tengo.

- Lo siento, Eli, pero es que el café que sirves es agua de fregar.


Turco, siendo como eres un culo de café... ¿por qué no has vuelto al PAP?

Sabía que esto iba a pasar. ¿Cómo le explico yo ahora a este que odio la cafetería en la que trabaja? Cuando estuve trabajando de camarero en el Tacuba el verano pasado y allí no entraba nadie ni para sacar tabaco de la máquina, él siempre sacaba un rato para visitarme y echarse un cafelito conmigo. El caso es que esto es diferente. Como él bien dice, yo soy un culo de café. Me paso más tiempo en las cafeterias que en casa. Me ocurre con ellas lo mismo que le ocurre a Miguel Noguera. Son mi oficina, me inspiran y en ellas escribo, escribo y escribo. Si alguna de mis cafeterias favoritas cerrase, Dios no lo quiera, lo lamentaría tanto como si me abandonase una mujer.

-Ya sé que la decoración del sitio tiene un tufo a corta y pega del Ikea, pero de ahí a que no te asomes ni un día.

Si se lo cuento, no lo va entender. Cómo se vea una cafetería es secundario. No me importa que tenga look colonial o moderno, que apeste a faria o a costo, que de las paredes cuelguen fotos de viejas glorias o exposiciones de artistas noveles. Lo importante no es como luce sino como suena, lo fundamental es el murmur: el runrún de las conversaciones indistinguibles mantenidas por desconocidos a mi alrededor, el chiflido volcánico de la cafetera, el repique seco de las cucharillas chocando contra la loza cuando el camarero sirve un café, el arrastre sordo de las sillas de quienes se levantan de la mesa, el ronroneo judío de la calderilla cayendo en la caja registradora... Habrá quienes no presten atención a estos sonidos, que incluso los tilden de ruidos. Se equivocan, esas onomatopeyas son como una banda sonora envolvente, un son del me confieso adicto.

- Es por la música, ¿es eso? Sé que pasan mucho pachangeo pero tampoco es tan mala como para que cortes y no hayas vuelto a visitarme.

Si mis oidos captan murmur no existe música, por alta que retumbe, que se le imponga en mi cabeza. Da igual que por los altavoves del local atruenen las rancias rancheras de Bertín Osborne o el swing pegajoso de los Squirell Nut Zippers. El murmur siempre gana y su extraña polifonía hipnótica y espontánea solapa la armonia de cualquier canción sea cual sea, ninguna es capaz de penetrar esta burbuja sonora.

- Reconozco que la clientela es un poco pija, al estar cerca del hospital universitario y de la universidad privada ya se sabe, pero tampoco es insufrible.

Ahí hiciste diana, amigo mío. En la clientela reside precisamente la razón por la que evito su cafetería como a la peste. Los tres días que fui al PAP, entre los clientes que allí cafetean, tuve que soportar a grupitos de universitarios pseudoculturetas bobochorras que rebuznaban sobre chorradas de diferente indole y cero interés, a ancianas cluecas que se orinaban sin descanso con risa hístérica mientras pedían, bebían y abandonaban el lugar y, el último día, a un irlandés que daba palique sin cesar a mi amigo con anécdotas sobre la isla verde que refrendaba con golpes bruscos contra el mostrador. Yendo a esta cafetería, pude entender lo que sintío Ignacio Jurado Martinez cuando se le infestó la cafetería de exilados de la II República. Es como si fuese inevitable, como si no hubiese remedio y cada vez que yo me paso por allí, infaliblemente, alguno de estos especimenes amantes de las bananlidades a alto nivel decibelios transformaran esa atmósfera acústica en la que me gusta refugiarme en un irritante y molesto ruido . Algunos lo llamaran mala suerte, yo soy más pesimista, prefiero el término constante negativa. Puede decirse que todo aquel que pague una consumición está en su derecho de conversar en el tono que desee. Discrepo. Cualquiera que imponga su voz como ruido dominante en un café es un lerdo desconsiderado similar al anormal sin civilizar que rompe el silencio de una bibilioteca con gañidos por pura diversión idiota.

- Cuentame, dime la verdad, ¿por qué no has vuelto?

Sé sincero, explicale todos estos pensamientos, cuentale tu fascinación hacia el murmur, tu aborrecimiento hacia esos ruidosos faroleros y si se niega a entender tus razones o las toma como extravagancias caprichosas, sueltale algo directo como: “No me arriesgo más, no vuelvo a poner un pie por el PAP. Al fin y al cabo, esto es España y aquí por cada calle hay dos cafés y tres bares. ¿Por qué voy a sacrificarme a tener que ir al tuyo, por amistad? Pideme cualquier otra cosa, menos eso. Yo te dejo dormir en mi sofa después de una noche de pedo, te presto pasta para ir a ver al Moha, te presento a mi prima la de Quilos que tanto te gustaba, pero no me atormentes más pidiéndome que me deje caer por tu café de chirriantes cabrones.” No, eso no va a funcionar, no soy tan franco, prefiero ser tomado por borde que por incomprendido. Tengo que mentirle, salir con algo más asequible, algo que me dé absolutamente igual esté en la cafetería que esté pero que para otros tenga importancia. Ya lo tengo.

- Lo siento, Eli, pero es que el café que sirves es agua de fregar.

 

Turco, siendo como eres un culo de café... ¿por qué no has vuelto al PAP?

Sabía que esto iba a pasar. ¿Cómo le explico yo ahora a este que odio la cafetería en la que trabaja? Cuando estuve trabajando de camarero en el Tacuba el verano pasado y allí no entraba nadie ni para sacar tabaco de la máquina, él siempre sacaba un rato para visitarme y echarse un cafelito conmigo. El caso es que esto es diferente. Como él bien dice, yo soy un culo de café. Me paso más tiempo en las cafeterias que en casa. Me ocurre con ellas lo mismo que le ocurre a Miguel Noguera. Son mi oficina, me inspiran y en ellas escribo, escribo y escribo. Si alguna de mis cafeterias favoritas cerrase, Dios no lo quiera, lo lamentaría tanto como si me abandonase una mujer.

-Ya sé que la decoración del sitio tiene un tufo a corta y pega del Ikea, pero de ahí a que no te asomes ni un día.

Si se lo cuento, no lo va entender. Cómo se vea una cafetería es secundario. No me importa que tenga look colonial o moderno, que apeste a faria o a costo, que de las paredes cuelguen fotos de viejas glorias o exposiciones de artistas noveles. Lo importante no es como luce sino como suena, lo fundamental es el murmur: el runrún de las conversaciones indistinguibles mantenidas por desconocidos a mi alrededor, el chiflido volcánico de la cafetera, el repique seco de las cucharillas chocando contra la loza cuando el camarero sirve un café, el arrastre sordo de las sillas de quienes se levantan de la mesa, el ronroneo judío de la calderilla cayendo en la caja registradora... Habrá quienes no presten atención a estos sonidos, que incluso los tilden de ruidos. Se equivocan, esas onomatopeyas son como una banda sonora envolvente, un son del me confieso adicto.

- Es por la música, ¿es eso? Sé que pasan mucho pachangeo pero tampoco es tan mala como para que cortes y no hayas vuelto a visitarme.

Si mis oidos captan murmur no existe música, por alta que retumbe, que se le imponga en mi cabeza. Da igual que por los altavoves del local atruenen las rancias rancheras de Bertín Osborne o el swing pegajoso de los Squirell Nut Zippers. El murmur siempre gana y su extraña polifonía hipnótica y espontánea solapa la armonia de cualquier canción sea cual sea, ninguna es capaz de penetrar esta burbuja sonora.

- Reconozco que la clientela es un poco pija, al estar cerca del hospital universitario y de la universidad privada ya se sabe, pero tampoco es insufrible.

Ahí hiciste diana, amigo mío. En la clientela reside precisamente la razón por la que evito su cafetería como a la peste. Los tres días que fui al PAP, entre los clientes que allí cafetean, tuve que soportar a grupitos de universitarios pseudoculturetas bobochorras que rebuznaban sobre chorradas de diferente indole y cero interés, a ancianas cluecas que se orinaban sin descanso con risa hístérica mientras pedían, bebían y abandonaban el lugar y, el último día, a un irlandés que daba palique sin cesar a mi amigo con anécdotas sobre la isla verde que refrendaba con golpes bruscos contra el mostrador. Yendo a esta cafetería, pude entender lo que sintío Ignacio Jurado Martinez cuando se le infestó la cafetería de exilados de la II República. Es como si fuese inevitable, como si no hubiese remedio y cada vez que yo me paso por allí, infaliblemente, alguno de estos especimenes amantes de las bananlidades a alto nivel decibelios transformaran esa atmósfera acústica en la que me gusta refugiarme en un irritante y molesto ruido . Algunos lo llamaran mala suerte, yo soy más pesimista, prefiero el término constante negativa. Puede decirse que todo aquel que pague una consumición está en su derecho de conversar en el tono que desee. Discrepo. Cualquiera que imponga su voz como ruido dominante en un café es un lerdo desconsiderado similar al anormal sin civilizar que rompe el silencio de una bibilioteca con gañidos por pura diversión idiota.

- Cuentame, dime la verdad, ¿por qué no has vuelto?

Sé sincero, explicale todos estos pensamientos, cuentale tu fascinación hacia el murmur, tu aborrecimiento hacia esos ruidosos faroleros y si se niega a entender tus razones o las toma como extravagancias caprichosas, sueltale algo directo como: “No me arriesgo más, no vuelvo a poner un pie por el PAP. Al fin y al cabo, esto es España y aquí por cada calle hay dos cafés y tres bares. ¿Por qué voy a sacrificarme a tener que ir al tuyo, por amistad? Pideme cualquier otra cosa, menos eso. Yo te dejo dormir en mi sofa después de una noche de pedo, te presto pasta para ir a ver al Moha, te presento a mi prima la de Quilos que tanto te gustaba, pero no me atormentes más pidiéndome que me deje caer por tu café de chirriantes cabrones.” No, eso no va a funcionar, no soy tan franco, prefiero ser tomado por borde que por incomprendido. Tengo que mentirle, salir con algo más asequible, algo que me dé absolutamente igual esté en la cafetería que esté pero que para otros tenga importancia. Ya lo tengo.

- Lo siento, Eli, pero es que el café que sirves es agua de fregar.

 

Imagen de portada: Fulvio Bugani

Imagen de portada: Fulvio Bugani

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Negación en claroscuros

N.005 - Poesía

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