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N.005 - Narrativa

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Escrito por Krsna Sánchez

Escrito por Krsna Sánchez

Abastecí con agua la expendedora de café. Emparejé los paquetes de botanas y frituras a lo largo de la repisa. Conté cuántas cajetillas de cada tipo de cigarros quedaban en el exhibidor: 7 mentolados, 5 extra largos, 4 sin filtro.  Me ubiqué tras el mostrador e inicié el sistema de cobros en la computadora. Yo estaba listo para afrontar a solas el turno nocturno en una tienda 24/7 al filo de la carretera. Realmente, después del anochecer y siendo temporada baja, casi ningún automóvil cruzaba por aquella vía. Sabía de antemano que uno o dos camioneros llegarían en toda la noche. Mi puesto casi era una guardia simbólica. Pasé las primeras horas mirando la tienda vacía en el monitor de vigilancia. 

Antes de medianoche las puertas de cristal se abrieron por fin.  Un hombre extraño apareció en el negocio. Miré hacia afuera y no vi ningún automóvil en el estacionamiento. Me pregunté cómo el hombre llegó sin vehículo si no había nada a varios kilómetros. Le eché un vistazo discreto. Me pareció alguien salido de un mundo salvaje. Llevaba una vestimenta armada con prendas de distintas personas. Usaba un impermeable de plástico, bermudas camufladas, una bota de obrero en un pie y una sandalia en el otro pie. Bajo la capucha amarilla se perdían las facciones de su rostro. Esa apariencia me provocó el mal presentimiento, o mejor dicho, la terrible certeza de que se trataba de un ladrón o algo peor. 

El hombre se adentró en el establecimiento perdiéndose detrás de un estante de sopas instantáneas rumbo al pasillo donde estaban alineados los refrigeradores. La cámara de seguridad apuntaba directo a esa parte. Miré de reojo la escena en el monitor y me espanté al descubrir que la figura del hombre no aparecía en el video. La imagen mostraba en su lugar un cúmulo incongruente de bloques y bandas con tonalidades contrastantes. Para no perder la calma, preferí pensar que la distorsión se debía a un desperfecto de la cámara, a pesar de que el resto de la escena no se apreciaba pixelada. Contemple cómo el espectro plano y anguloso se paseó frente a los refrigeradores, abrió la puerta de uno y tomó varios productos. No pude librarme de la idea que aquel era su aspecto auténtico y no el de humano.   

Él regresó por el mismo pasillo, se aproximó al mostrador y dejó caer encima una decena de latas de bebida energética. No me extrañó que ese líquido fatal fuera el sustento del ente. No dejaba de imaginar que me hallaba en presencia de un fantasma, o un vampiro, o un demonio.  Sin evidenciar mi nerviosismo, pasé una a una las latas sobre el lector de precios. La cuenta apareció automáticamente en la computadora. 

− ¿Necesita una recarga telefónica, señor? −se me escapó la pregunta protocolaria.

− ¿Qué quieres decir? −gruñó.

−Que me dé su número si desea abonar saldo a su teléfono

− ¡Ah entiendo!− exclamó con perversa satisfacción. − quieres conocer mi número.

Me dictó una secuencia que recuerdo parcialmente: 0, 1, 0, 1, 0, 1, 0, 0, 0…    Tecleé el largo número en el sistema, aunque me di cuenta que no podía tratarse de una clave telefónica.  Y de inmediato la computadora arrojó un código de error. −Lo siento, pero no…

Alcé la mirada y el hombre ya no estaba ahí, tampoco las diez bebidas energéticas. Abandoné el mostrador, me acerqué al escaparate y pegué el rostro en el vidrio. No vi rastro del hombre afuera. Simplemente desapareció en la oscuridad. Después de todo no era más que un ladrón común y corriente, pensé. Sentí una mezcla de alivio y decepción. 

Al darme vuelta me encontré en un escenario turbulento y fragmentario. Todos los objetos perdían su volumen, subdividiéndose en formas elementales, delgadas como membranas. El espacio se recortó en porciones ilógicas de colores básicos. La tienda era semejante a una imagen hecha con las piezas perdidas de rompecabezas distintos. La repisa de frituras se había convertido en una retícula de paneles fluctuantes. El corredor de los refrigeradores se repetía sin fin, con bebidas suficientes para calmar la sed del mundo. Y también mi cuerpo fue afectado, comenzó a descomponerse en sus elementos mínimos. 

En medio de la confusión solamente la computadora permanecía inmune. Conservé cordura suficiente para dirigir con dificultad mi cuerpo desarticulado hacia la máquina. Moverme en esa condición me hacía temer que las piezas de mi ser se vendrían abajo, igual que una casa de cartas. Con una mano apenas bosquejada, accedí en el sistema y reinicié el equipo, como cuando un programa funcionaba mal. En cuanto la computadora encendió de nuevo, la tienda fue reintegrada de prisa. La expendedora de café rezumó con normalidad. Todo apareció en su sitio y en perfectas condiciones. No faltaba ni una cajetilla de cigarros en el exhibidor. Yo recuperé mi cuerpo sin sufrir heridas.


Abastecí con agua la expendedora de café. Emparejé los paquetes de botanas y frituras a lo largo de la repisa. Conté cuántas cajetillas de cada tipo de cigarros quedaban en el exhibidor: 7 mentolados, 5 extra largos, 4 sin filtro.  Me ubiqué tras el mostrador e inicié el sistema de cobros en la computadora. Yo estaba listo para afrontar a solas el turno nocturno en una tienda 24/7 al filo de la carretera. Realmente, después del anochecer y siendo temporada baja, casi ningún automóvil cruzaba por aquella vía. Sabía de antemano que uno o dos camioneros llegarían en toda la noche. Mi puesto casi era una guardia simbólica. Pasé las primeras horas mirando la tienda vacía en el monitor de vigilancia. 

Antes de medianoche las puertas de cristal se abrieron por fin.  Un hombre extraño apareció en el negocio. Miré hacia afuera y no vi ningún automóvil en el estacionamiento. Me pregunté cómo el hombre llegó sin vehículo si no había nada a varios kilómetros. Le eché un vistazo discreto. Me pareció alguien salido de un mundo salvaje. Llevaba una vestimenta armada con prendas de distintas personas. Usaba un impermeable de plástico, bermudas camufladas, una bota de obrero en un pie y una sandalia en el otro pie. Bajo la capucha amarilla se perdían las facciones de su rostro. Esa apariencia me provocó el mal presentimiento, o mejor dicho, la terrible certeza de que se trataba de un ladrón o algo peor. 

El hombre se adentró en el establecimiento perdiéndose detrás de un estante de sopas instantáneas rumbo al pasillo donde estaban alineados los refrigeradores. La cámara de seguridad apuntaba directo a esa parte. Miré de reojo la escena en el monitor y me espanté al descubrir que la figura del hombre no aparecía en el video. La imagen mostraba en su lugar un cúmulo incongruente de bloques y bandas con tonalidades contrastantes. Para no perder la calma, preferí pensar que la distorsión se debía a un desperfecto de la cámara, a pesar de que el resto de la escena no se apreciaba pixelada. Contemple cómo el espectro plano y anguloso se paseó frente a los refrigeradores, abrió la puerta de uno y tomó varios productos. No pude librarme de la idea que aquel era su aspecto auténtico y no el de humano.   

Él regresó por el mismo pasillo, se aproximó al mostrador y dejó caer encima una decena de latas de bebida energética. No me extrañó que ese líquido fatal fuera el sustento del ente. No dejaba de imaginar que me hallaba en presencia de un fantasma, o un vampiro, o un demonio.  Sin evidenciar mi nerviosismo, pasé una a una las latas sobre el lector de precios. La cuenta apareció automáticamente en la computadora. 

− ¿Necesita una recarga telefónica, señor? −se me escapó la pregunta protocolaria.

− ¿Qué quieres decir? −gruñó.

−Que me dé su número si desea abonar saldo a su teléfono

− ¡Ah entiendo!− exclamó con perversa satisfacción. − quieres conocer mi número.

Me dictó una secuencia que recuerdo parcialmente: 0, 1, 0, 1, 0, 1, 0, 0, 0…    Tecleé el largo número en el sistema, aunque me di cuenta que no podía tratarse de una clave telefónica.  Y de inmediato la computadora arrojó un código de error. −Lo siento, pero no…

Alcé la mirada y el hombre ya no estaba ahí, tampoco las diez bebidas energéticas. Abandoné el mostrador, me acerqué al escaparate y pegué el rostro en el vidrio. No vi rastro del hombre afuera. Simplemente desapareció en la oscuridad. Después de todo no era más que un ladrón común y corriente, pensé. Sentí una mezcla de alivio y decepción. 

Al darme vuelta me encontré en un escenario turbulento y fragmentario. Todos los objetos perdían su volumen, subdividiéndose en formas elementales, delgadas como membranas. El espacio se recortó en porciones ilógicas de colores básicos. La tienda era semejante a una imagen hecha con las piezas perdidas de rompecabezas distintos. La repisa de frituras se había convertido en una retícula de paneles fluctuantes. El corredor de los refrigeradores se repetía sin fin, con bebidas suficientes para calmar la sed del mundo. Y también mi cuerpo fue afectado, comenzó a descomponerse en sus elementos mínimos. 

En medio de la confusión solamente la computadora permanecía inmune. Conservé cordura suficiente para dirigir con dificultad mi cuerpo desarticulado hacia la máquina. Moverme en esa condición me hacía temer que las piezas de mi ser se vendrían abajo, igual que una casa de cartas. Con una mano apenas bosquejada, accedí en el sistema y reinicié el equipo, como cuando un programa funcionaba mal. En cuanto la computadora encendió de nuevo, la tienda fue reintegrada de prisa. La expendedora de café rezumó con normalidad. Todo apareció en su sitio y en perfectas condiciones. No faltaba ni una cajetilla de cigarros en el exhibidor. Yo recuperé mi cuerpo sin sufrir heridas.


Abastecí con agua la expendedora de café. Emparejé los paquetes de botanas y frituras a lo largo de la repisa. Conté cuántas cajetillas de cada tipo de cigarros quedaban en el exhibidor: 7 mentolados, 5 extra largos, 4 sin filtro.  Me ubiqué tras el mostrador e inicié el sistema de cobros en la computadora. Yo estaba listo para afrontar a solas el turno nocturno en una tienda 24/7 al filo de la carretera. Realmente, después del anochecer y siendo temporada baja, casi ningún automóvil cruzaba por aquella vía. Sabía de antemano que uno o dos camioneros llegarían en toda la noche. Mi puesto casi era una guardia simbólica. Pasé las primeras horas mirando la tienda vacía en el monitor de vigilancia. 

Antes de medianoche las puertas de cristal se abrieron por fin.  Un hombre extraño apareció en el negocio. Miré hacia afuera y no vi ningún automóvil en el estacionamiento. Me pregunté cómo el hombre llegó sin vehículo si no había nada a varios kilómetros. Le eché un vistazo discreto. Me pareció alguien salido de un mundo salvaje. Llevaba una vestimenta armada con prendas de distintas personas. Usaba un impermeable de plástico, bermudas camufladas, una bota de obrero en un pie y una sandalia en el otro pie. Bajo la capucha amarilla se perdían las facciones de su rostro. Esa apariencia me provocó el mal presentimiento, o mejor dicho, la terrible certeza de que se trataba de un ladrón o algo peor. 

El hombre se adentró en el establecimiento perdiéndose detrás de un estante de sopas instantáneas rumbo al pasillo donde estaban alineados los refrigeradores. La cámara de seguridad apuntaba directo a esa parte. Miré de reojo la escena en el monitor y me espanté al descubrir que la figura del hombre no aparecía en el video. La imagen mostraba en su lugar un cúmulo incongruente de bloques y bandas con tonalidades contrastantes. Para no perder la calma, preferí pensar que la distorsión se debía a un desperfecto de la cámara, a pesar de que el resto de la escena no se apreciaba pixelada. Contemple cómo el espectro plano y anguloso se paseó frente a los refrigeradores, abrió la puerta de uno y tomó varios productos. No pude librarme de la idea que aquel era su aspecto auténtico y no el de humano.   

Él regresó por el mismo pasillo, se aproximó al mostrador y dejó caer encima una decena de latas de bebida energética. No me extrañó que ese líquido fatal fuera el sustento del ente. No dejaba de imaginar que me hallaba en presencia de un fantasma, o un vampiro, o un demonio.  Sin evidenciar mi nerviosismo, pasé una a una las latas sobre el lector de precios. La cuenta apareció automáticamente en la computadora. 

− ¿Necesita una recarga telefónica, señor? −se me escapó la pregunta protocolaria.

− ¿Qué quieres decir? −gruñó.

−Que me dé su número si desea abonar saldo a su teléfono

− ¡Ah entiendo!− exclamó con perversa satisfacción. − quieres conocer mi número.

Me dictó una secuencia que recuerdo parcialmente: 0, 1, 0, 1, 0, 1, 0, 0, 0…    Tecleé el largo número en el sistema, aunque me di cuenta que no podía tratarse de una clave telefónica.  Y de inmediato la computadora arrojó un código de error. −Lo siento, pero no…

Alcé la mirada y el hombre ya no estaba ahí, tampoco las diez bebidas energéticas. Abandoné el mostrador, me acerqué al escaparate y pegué el rostro en el vidrio. No vi rastro del hombre afuera. Simplemente desapareció en la oscuridad. Después de todo no era más que un ladrón común y corriente, pensé. Sentí una mezcla de alivio y decepción. 

Al darme vuelta me encontré en un escenario turbulento y fragmentario. Todos los objetos perdían su volumen, subdividiéndose en formas elementales, delgadas como membranas. El espacio se recortó en porciones ilógicas de colores básicos. La tienda era semejante a una imagen hecha con las piezas perdidas de rompecabezas distintos. La repisa de frituras se había convertido en una retícula de paneles fluctuantes. El corredor de los refrigeradores se repetía sin fin, con bebidas suficientes para calmar la sed del mundo. Y también mi cuerpo fue afectado, comenzó a descomponerse en sus elementos mínimos. 

En medio de la confusión solamente la computadora permanecía inmune. Conservé cordura suficiente para dirigir con dificultad mi cuerpo desarticulado hacia la máquina. Moverme en esa condición me hacía temer que las piezas de mi ser se vendrían abajo, igual que una casa de cartas. Con una mano apenas bosquejada, accedí en el sistema y reinicié el equipo, como cuando un programa funcionaba mal. En cuanto la computadora encendió de nuevo, la tienda fue reintegrada de prisa. La expendedora de café rezumó con normalidad. Todo apareció en su sitio y en perfectas condiciones. No faltaba ni una cajetilla de cigarros en el exhibidor. Yo recuperé mi cuerpo sin sufrir heridas.


Abastecí con agua la expendedora de café. Emparejé los paquetes de botanas y frituras a lo largo de la repisa. Conté cuántas cajetillas de cada tipo de cigarros quedaban en el exhibidor: 7 mentolados, 5 extra largos, 4 sin filtro.  Me ubiqué tras el mostrador e inicié el sistema de cobros en la computadora. Yo estaba listo para afrontar a solas el turno nocturno en una tienda 24/7 al filo de la carretera. Realmente, después del anochecer y siendo temporada baja, casi ningún automóvil cruzaba por aquella vía. Sabía de antemano que uno o dos camioneros llegarían en toda la noche. Mi puesto casi era una guardia simbólica. Pasé las primeras horas mirando la tienda vacía en el monitor de vigilancia. 

Antes de medianoche las puertas de cristal se abrieron por fin.  Un hombre extraño apareció en el negocio. Miré hacia afuera y no vi ningún automóvil en el estacionamiento. Me pregunté cómo el hombre llegó sin vehículo si no había nada a varios kilómetros. Le eché un vistazo discreto. Me pareció alguien salido de un mundo salvaje. Llevaba una vestimenta armada con prendas de distintas personas. Usaba un impermeable de plástico, bermudas camufladas, una bota de obrero en un pie y una sandalia en el otro pie. Bajo la capucha amarilla se perdían las facciones de su rostro. Esa apariencia me provocó el mal presentimiento, o mejor dicho, la terrible certeza de que se trataba de un ladrón o algo peor. 

El hombre se adentró en el establecimiento perdiéndose detrás de un estante de sopas instantáneas rumbo al pasillo donde estaban alineados los refrigeradores. La cámara de seguridad apuntaba directo a esa parte. Miré de reojo la escena en el monitor y me espanté al descubrir que la figura del hombre no aparecía en el video. La imagen mostraba en su lugar un cúmulo incongruente de bloques y bandas con tonalidades contrastantes. Para no perder la calma, preferí pensar que la distorsión se debía a un desperfecto de la cámara, a pesar de que el resto de la escena no se apreciaba pixelada. Contemple cómo el espectro plano y anguloso se paseó frente a los refrigeradores, abrió la puerta de uno y tomó varios productos. No pude librarme de la idea que aquel era su aspecto auténtico y no el de humano.   

Él regresó por el mismo pasillo, se aproximó al mostrador y dejó caer encima una decena de latas de bebida energética. No me extrañó que ese líquido fatal fuera el sustento del ente. No dejaba de imaginar que me hallaba en presencia de un fantasma, o un vampiro, o un demonio.  Sin evidenciar mi nerviosismo, pasé una a una las latas sobre el lector de precios. La cuenta apareció automáticamente en la computadora. 

− ¿Necesita una recarga telefónica, señor? −se me escapó la pregunta protocolaria.

− ¿Qué quieres decir? −gruñó.

−Que me dé su número si desea abonar saldo a su teléfono

− ¡Ah entiendo!− exclamó con perversa satisfacción. − quieres conocer mi número.

Me dictó una secuencia que recuerdo parcialmente: 0, 1, 0, 1, 0, 1, 0, 0, 0…    Tecleé el largo número en el sistema, aunque me di cuenta que no podía tratarse de una clave telefónica.  Y de inmediato la computadora arrojó un código de error. −Lo siento, pero no…

Alcé la mirada y el hombre ya no estaba ahí, tampoco las diez bebidas energéticas. Abandoné el mostrador, me acerqué al escaparate y pegué el rostro en el vidrio. No vi rastro del hombre afuera. Simplemente desapareció en la oscuridad. Después de todo no era más que un ladrón común y corriente, pensé. Sentí una mezcla de alivio y decepción. 

Al darme vuelta me encontré en un escenario turbulento y fragmentario. Todos los objetos perdían su volumen, subdividiéndose en formas elementales, delgadas como membranas. El espacio se recortó en porciones ilógicas de colores básicos. La tienda era semejante a una imagen hecha con las piezas perdidas de rompecabezas distintos. La repisa de frituras se había convertido en una retícula de paneles fluctuantes. El corredor de los refrigeradores se repetía sin fin, con bebidas suficientes para calmar la sed del mundo. Y también mi cuerpo fue afectado, comenzó a descomponerse en sus elementos mínimos. 

En medio de la confusión solamente la computadora permanecía inmune. Conservé cordura suficiente para dirigir con dificultad mi cuerpo desarticulado hacia la máquina. Moverme en esa condición me hacía temer que las piezas de mi ser se vendrían abajo, igual que una casa de cartas. Con una mano apenas bosquejada, accedí en el sistema y reinicié el equipo, como cuando un programa funcionaba mal. En cuanto la computadora encendió de nuevo, la tienda fue reintegrada de prisa. La expendedora de café rezumó con normalidad. Todo apareció en su sitio y en perfectas condiciones. No faltaba ni una cajetilla de cigarros en el exhibidor. Yo recuperé mi cuerpo sin sufrir heridas.


Krsna Sánchez. Michoacán, 1988. Ha publicado cuentos en las revistas La Cigarra, El Perro, La Higuera, Morbífica e Himen, así como en la página web de Hybris. Obtuvo el segundo lugar en el concurso José María Mendiola 2015 de Ciencia Ficción.

Imagen de portada: Leigh Merril

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N.005 - Poesía

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