Mis vecinos

N.004 - Narrativa

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N.004 - Narrativa

Escrito por Nabor Rachowsky

Tengo un sentimiento de paz y desasosiego al saber que nadie piensa en mí. Una contradicción absurda en un mundo demasiado ensimismado en sus ideas. Veo la manera en que vuelan las aves y les tengo envidia, nadie piensa más en ellas de esa manera tan pasajera como yo. Resulta ridículo que piense en su rumbo, pero a la mayoría de la gente le gusta especular en qué gasta su tiempo el vecino. No les basta saber que existen, quieren saber cuáles son sus motivos. Al menos tengo una idea de medio vivir. Pero aquellas personas quieren saber más de lo que uno sabe. No están pacientes, creen que en cualquier momento saldré con algún arma y mataré unos cuantos individuos. Sin embargo, mi única ambición es que nadie me moleste. Respeto demasiado la intimidad de los demás que nunca preguntaré cómo se encuentran.

Son demasiados los motivos para mantenerme callado que esperaría nadie los cuestione. Porque probablemente entablaríamos una conversación sin sentido. Ellos argumentando lo hermoso que resulta expresarse; y yo, defendiendo la postura, que siempre resulta incomoda, de la muerte; el día, ciego. Quieren saber las cosas, pero no están dispuestos a afrontarlas. Qué más da si digo un comentario vulgar o una broma cáustica, ellos siempre creerán en sus ideales, y los defenderán con tal de que nadie irrumpa en su bienestar. Mi comentario será ignorado o tomado como chiste inoportuno.

En mi vida resultan inoportunas la mayoría de las situaciones, desde saber que gané una beca, hasta enterarme que mi mujer se acuesta con otro individuo. No soy grosero, acepto todo, pero no permito que quieran cambiar mi pensar, que traten de mudar mi entusiasmo a sus casas recién pintadas. Al fin de cuentas, toda casa se deteriora. Me resulta absurdo verlos mover cosas de un sitio a otro, sin llegar a algún lugar. Yo también podría mentirme de esa manera, pero no le encuentro sentido.

Prefiero quedarme en mi sitio mohoso. Porque, al fin y al cabo, terminaré peor que eso.

Desisto de hablar con personas que se incomodan por sandeces mortuorias, ¿a caso no están consientes de su fin? Supongo que no, les gusta engañar y autoengañarse. Requieren de sus redes sociales, cuales quiera que sean éstas. Yo también las necesito para comer, para permanecer un día más en un mundo informe. Si fuera por mí, y tuviera dinero, compraría un lugar aislado, de naturaleza basta, donde no tuviese la necesidad de andar mendigando un papel de cambio. No obstante, nos han enseñado a depender de economías a las que les importa un carajo el ser. Estoy consiente de que tratar de regresar a un estado primitivo, sería como soltar a un animal que toda su vida vivió en cautiverio a la naturaleza salvaje. De ninguna manera lo lograríamos, vivimos en un marasmo de tecnocracias. Los daños son irreversibles y los frutos de la modernidad están cada día más oxidados.

Como las cosas pintan y el panorama del porvenir, resulta ingenuo creer que algo va a mejorar. No hay un cambio, ya ni siquiera se generan nuevas vertientes en ningún campo. Se exalta lo retro y ya no hay vanguardias que aporten algo sensato. Para lo nuevo todo es abstracto, aunque nuestro pequeño planeta ya sea lo suficientemente abstracto; no les basta. Nunca nada le basta a nadie. Los iconos idiotas de la juventud se consumen con el paso de las imágenes, dentro de una pantalla manipuladora. Es un frenesí por lo nuevo, una excitación ridícula sin contemplaciones por el pasado. Todos quieren sobresalir en algo, eso es intrínseco a el ser, ¿pero en una sobrepoblación, quién puede determinar qué es bueno y qué no? Todo se torna más subjetivo de lo habitual.

Sería un error evocar épocas pasadas, pero entonces, cuál es nuestro modelo a seguir, cuando son grupos de ignorantes los que detentan la autoridad. Los que proponen reconocimientos a seres que se pasan la mayor parte de su tiempo en charlas hueras frente a un monitor. No dudo que proporcionen alguna alegría. Pero, en una comunidad de millones de habitantes, cómo prestarles atención.

Si mi vecino me preocupaba tanto, con está tecnología tengo que consumir estupefacientes para olvidar a la masa y pensar qué pasará cuando muera, qué pasará con sus cuentas de internet. ¿A sus virtuales, amigos de Lituania, les notificarán de su fenecimiento, les llegará un sentimiento de tristeza, o solo lo tomarán como a un desconocido en portada de periódico amarillista? Mientras no resuelva esto, tendré que empezar a saludar a mis vecinos.

 

Tengo un sentimiento de paz y desasosiego al saber que nadie piensa en mí. Una contradicción absurda en un mundo demasiado ensimismado en sus ideas. Veo la manera en que vuelan las aves y les tengo envidia, nadie piensa más en ellas de esa manera tan pasajera como yo. Resulta ridículo que piense en su rumbo, pero a la mayoría de la gente le gusta especular en qué gasta su tiempo el vecino. No les basta saber que existen, quieren saber cuáles son sus motivos. Al menos tengo una idea de medio vivir. Pero aquellas personas quieren saber más de lo que uno sabe. No están pacientes, creen que en cualquier momento saldré con algún arma y mataré unos cuantos individuos. Sin embargo, mi única ambición es que nadie me moleste. Respeto demasiado la intimidad de los demás que nunca preguntaré cómo se encuentran.

Son demasiados los motivos para mantenerme callado que esperaría nadie los cuestione. Porque probablemente entablaríamos una conversación sin sentido. Ellos argumentando lo hermoso que resulta expresarse; y yo, defendiendo la postura, que siempre resulta incomoda, de la muerte; el día, ciego. Quieren saber las cosas, pero no están dispuestos a afrontarlas. Qué más da si digo un comentario vulgar o una broma cáustica, ellos siempre creerán en sus ideales, y los defenderán con tal de que nadie irrumpa en su bienestar. Mi comentario será ignorado o tomado como chiste inoportuno.

En mi vida resultan inoportunas la mayoría de las situaciones, desde saber que gané una beca, hasta enterarme que mi mujer se acuesta con otro individuo. No soy grosero, acepto todo, pero no permito que quieran cambiar mi pensar, que traten de mudar mi entusiasmo a sus casas recién pintadas. Al fin de cuentas, toda casa se deteriora. Me resulta absurdo verlos mover cosas de un sitio a otro, sin llegar a algún lugar. Yo también podría mentirme de esa manera, pero no le encuentro sentido.

Prefiero quedarme en mi sitio mohoso. Porque, al fin y al cabo, terminaré peor que eso.

Desisto de hablar con personas que se incomodan por sandeces mortuorias, ¿a caso no están consientes de su fin? Supongo que no, les gusta engañar y autoengañarse. Requieren de sus redes sociales, cuales quiera que sean éstas. Yo también las necesito para comer, para permanecer un día más en un mundo informe. Si fuera por mí, y tuviera dinero, compraría un lugar aislado, de naturaleza basta, donde no tuviese la necesidad de andar mendigando un papel de cambio. No obstante, nos han enseñado a depender de economías a las que les importa un carajo el ser. Estoy consiente de que tratar de regresar a un estado primitivo, sería como soltar a un animal que toda su vida vivió en cautiverio a la naturaleza salvaje. De ninguna manera lo lograríamos, vivimos en un marasmo de tecnocracias. Los daños son irreversibles y los frutos de la modernidad están cada día más oxidados.

Como las cosas pintan y el panorama del porvenir, resulta ingenuo creer que algo

va a mejorar. No hay un cambio, ya ni siquiera se generan nuevas vertientes en ningún campo. Se exalta lo retro y ya no hay vanguardias que aporten algo sensato. Para lo nuevo todo es abstracto, aunque nuestro pequeño planeta ya sea lo suficientemente abstracto; no les basta. Nunca nada le basta a nadie. Los iconos idiotas de la juventud se consumen con el paso de las imágenes, dentro de una pantalla manipuladora. Es un frenesí por lo nuevo, una excitación ridícula sin contemplaciones por el pasado. Todos quieren sobresalir en algo, eso es intrínseco a el ser, ¿pero en una sobrepoblación, quién puede determinar qué es bueno y qué no? Todo se torna más subjetivo de lo habitual.

Sería un error evocar épocas pasadas, pero entonces, cuál es nuestro modelo a seguir, cuando son grupos de ignorantes los que detentan la autoridad. Los que proponen reconocimientos a seres que se pasan la mayor parte de su tiempo en charlas hueras frente a un monitor. No dudo que proporcionen alguna alegría. Pero, en una comunidad de millones de habitantes, cómo prestarles atención.

Si mi vecino me preocupaba tanto, con está tecnología tengo que consumir estupefacientes para olvidar a la masa y pensar qué pasará cuando muera, qué pasará con sus cuentas de internet. ¿A sus virtuales, amigos de Lituania, les notificarán de su fenecimiento, les llegará un sentimiento de tristeza, o solo lo tomarán como a un desconocido en portada de periódico amarillista? Mientras no resuelva esto, tendré que empezar a saludar a mis vecinos.

 

Tengo un sentimiento de paz y desasosiego al saber que nadie piensa en mí. Una contradicción absurda en un mundo demasiado ensimismado en sus ideas. Veo la manera en que vuelan las aves y les tengo envidia, nadie piensa más en ellas de esa manera tan pasajera como yo. Resulta ridículo que piense en su rumbo, pero a la mayoría de la gente le gusta especular en qué gasta su tiempo el vecino. No les basta saber que existen, quieren saber cuáles son sus motivos. Al menos tengo una idea de medio vivir. Pero aquellas personas quieren saber más de lo que uno sabe. No están pacientes, creen que en cualquier momento saldré con algún arma y mataré unos cuantos individuos. Sin embargo, mi única ambición es que nadie me moleste. Respeto demasiado la intimidad de los demás que nunca preguntaré cómo se encuentran.

Son demasiados los motivos para mantenerme callado que esperaría nadie los cuestione. Porque probablemente entablaríamos una conversación sin sentido. Ellos argumentando lo hermoso que resulta expresarse; y yo, defendiendo la postura, que siempre resulta incomoda, de la muerte; el día, ciego. Quieren saber las cosas, pero no están dispuestos a afrontarlas. Qué más da si digo un comentario vulgar o una broma cáustica, ellos siempre creerán en sus ideales, y los defenderán con tal de que nadie irrumpa en su bienestar. Mi comentario será ignorado o tomado como chiste inoportuno.

En mi vida resultan inoportunas la mayoría de las situaciones, desde saber que gané una beca, hasta enterarme que mi mujer se acuesta con otro individuo. No soy grosero, acepto todo, pero no permito que quieran cambiar mi pensar, que traten de mudar mi entusiasmo a sus casas recién pintadas. Al fin de cuentas, toda casa se deteriora. Me resulta absurdo verlos mover cosas de un sitio a otro, sin llegar a algún lugar. Yo también podría mentirme de esa manera, pero no le encuentro sentido.

Prefiero quedarme en mi sitio mohoso. Porque, al fin y al cabo, terminaré peor que eso.

Desisto de hablar con personas que se incomodan por sandeces mortuorias, ¿a caso no están consientes de su fin? Supongo que no, les gusta engañar y autoengañarse. Requieren de sus redes sociales, cuales quiera que sean éstas. Yo también las necesito para comer, para permanecer un día más en un mundo informe. Si fuera por mí, y tuviera dinero, compraría un lugar aislado, de naturaleza basta, donde no tuviese la necesidad de andar mendigando un papel de cambio. No obstante, nos han enseñado a depender de economías a las que les importa un carajo el ser. Estoy consiente de que tratar de regresar a un estado primitivo, sería como soltar a un animal que toda su vida vivió en cautiverio a la naturaleza salvaje. De ninguna manera lo lograríamos, vivimos en un marasmo de tecnocracias. Los daños son irreversibles y los frutos de la modernidad están cada día más oxidados.

Como las cosas pintan y el panorama del porvenir, resulta ingenuo creer que algo

va a mejorar. No hay un cambio, ya ni siquiera se generan nuevas vertientes en ningún campo. Se exalta lo retro y ya no hay vanguardias que aporten algo sensato. Para lo nuevo todo es abstracto, aunque nuestro pequeño planeta ya sea lo suficientemente abstracto; no les basta. Nunca nada le basta a nadie. Los iconos idiotas de la juventud se consumen con el paso de las imágenes, dentro de una pantalla manipuladora. Es un frenesí por lo nuevo, una excitación ridícula sin contemplaciones por el pasado. Todos quieren sobresalir en algo, eso es intrínseco a el ser, ¿pero en una sobrepoblación, quién puede determinar qué es bueno y qué no? Todo se torna más subjetivo de lo habitual.

Sería un error evocar épocas pasadas, pero entonces, cuál es nuestro modelo a seguir, cuando son grupos de ignorantes los que detentan la autoridad. Los que proponen reconocimientos a seres que se pasan la mayor parte de su tiempo en charlas hueras frente a un monitor. No dudo que proporcionen alguna alegría. Pero, en una comunidad de millones de habitantes, cómo prestarles atención.

Si mi vecino me preocupaba tanto, con está tecnología tengo que consumir estupefacientes para olvidar a la masa y pensar qué pasará cuando muera, qué pasará con sus cuentas de internet. ¿A sus virtuales, amigos de Lituania, les notificarán de su fenecimiento, les llegará un sentimiento de tristeza, o solo lo tomarán como a un desconocido en portada de periódico amarillista? Mientras no resuelva esto, tendré que empezar a saludar a mis vecinos.

 

Tengo un sentimiento de paz y desasosiego al saber que nadie piensa en mí. Una contradicción absurda en un mundo demasiado ensimismado en sus ideas. Veo la manera en que vuelan las aves y les tengo envidia, nadie piensa más en ellas de esa manera tan pasajera como yo. Resulta ridículo que piense en su rumbo, pero a la mayoría de la gente le gusta especular en qué gasta su tiempo el vecino. No les basta saber que existen, quieren saber cuáles son sus motivos. Al menos tengo una idea de medio vivir. Pero aquellas personas quieren saber más de lo que uno sabe. No están pacientes, creen que en cualquier momento saldré con algún arma y mataré unos cuantos individuos. Sin embargo, mi única ambición es que nadie me moleste. Respeto demasiado la intimidad de los demás que nunca preguntaré cómo se encuentran.

Son demasiados los motivos para mantenerme callado que esperaría nadie los cuestione. Porque probablemente entablaríamos una conversación sin sentido. Ellos argumentando lo hermoso que resulta expresarse; y yo, defendiendo la postura, que siempre resulta incomoda, de la muerte; el día, ciego. Quieren saber las cosas, pero no están dispuestos a afrontarlas. Qué más da si digo un comentario vulgar o una broma cáustica, ellos siempre creerán en sus ideales, y los defenderán con tal de que nadie irrumpa en su bienestar. Mi comentario será ignorado o tomado como chiste inoportuno.

En mi vida resultan inoportunas la mayoría de las situaciones, desde saber que gané una beca, hasta enterarme que mi mujer se acuesta con otro individuo. No soy grosero, acepto todo, pero no permito que quieran cambiar mi pensar, que traten de mudar mi entusiasmo a sus casas recién pintadas. Al fin de cuentas, toda casa se deteriora. Me resulta absurdo verlos mover cosas de un sitio a otro, sin llegar a algún lugar. Yo también podría mentirme de esa manera, pero no le encuentro sentido.

Prefiero quedarme en mi sitio mohoso. Porque, al fin y al cabo, terminaré peor que eso.

Desisto de hablar con personas que se incomodan por sandeces mortuorias, ¿a caso no están consientes de su fin? Supongo que no, les gusta engañar y autoengañarse. Requieren de sus redes sociales, cuales quiera que sean éstas. Yo también las necesito para comer, para permanecer un día más en un mundo informe. Si fuera por mí, y tuviera dinero, compraría un lugar aislado, de naturaleza basta, donde no tuviese la necesidad de andar mendigando un papel de cambio. No obstante, nos han enseñado a depender de economías a las que les importa un carajo el ser. Estoy consiente de que tratar de regresar a un estado primitivo, sería como soltar a un animal que toda su vida vivió en cautiverio a la naturaleza salvaje. De ninguna manera lo lograríamos, vivimos en un marasmo de tecnocracias. Los daños son irreversibles y los frutos de la modernidad están cada día más oxidados.

Como las cosas pintan y el panorama del porvenir, resulta ingenuo creer que algo

va a mejorar. No hay un cambio, ya ni siquiera se generan nuevas vertientes en ningún campo. Se exalta lo retro y ya no hay vanguardias que aporten algo sensato. Para lo nuevo todo es abstracto, aunque nuestro pequeño planeta ya sea lo suficientemente abstracto; no les basta. Nunca nada le basta a nadie. Los iconos idiotas de la juventud se consumen con el paso de las imágenes, dentro de una pantalla manipuladora. Es un frenesí por lo nuevo, una excitación ridícula sin contemplaciones por el pasado. Todos quieren sobresalir en algo, eso es intrínseco a el ser, ¿pero en una sobrepoblación, quién puede determinar qué es bueno y qué no? Todo se torna más subjetivo de lo habitual.

Sería un error evocar épocas pasadas, pero entonces, cuál es nuestro modelo a seguir, cuando son grupos de ignorantes los que detentan la autoridad. Los que proponen reconocimientos a seres que se pasan la mayor parte de su tiempo en charlas hueras frente a un monitor. No dudo que proporcionen alguna alegría. Pero, en una comunidad de millones de habitantes, cómo prestarles atención.

Si mi vecino me preocupaba tanto, con está tecnología tengo que consumir estupefacientes para olvidar a la masa y pensar qué pasará cuando muera, qué pasará con sus cuentas de internet. ¿A sus virtuales, amigos de Lituania, les notificarán de su fenecimiento, les llegará un sentimiento de tristeza, o solo lo tomarán como a un desconocido en portada de periódico amarillista? Mientras no resuelva esto, tendré que empezar a saludar a mis vecinos.

 

Tengo un sentimiento de paz y desasosiego al saber que nadie piensa en mí. Una contradicción absurda en un mundo demasiado ensimismado en sus ideas. Veo la manera en que vuelan las aves y les tengo envidia, nadie piensa más en ellas de esa manera tan pasajera como yo. Resulta ridículo que piense en su rumbo, pero a la mayoría de la gente le gusta especular en qué gasta su tiempo el vecino. No les basta saber que existen, quieren saber cuáles son sus motivos. Al menos tengo una idea de medio vivir. Pero aquellas personas quieren saber más de lo que uno sabe. No están pacientes, creen que en cualquier momento saldré con algún arma y mataré unos cuantos individuos. Sin embargo, mi única ambición es que nadie me moleste. Respeto demasiado la intimidad de los demás que nunca preguntaré cómo se encuentran.

Son demasiados los motivos para mantenerme callado que esperaría nadie los cuestione. Porque probablemente entablaríamos una conversación sin sentido. Ellos argumentando lo hermoso que resulta expresarse; y yo, defendiendo la postura, que siempre resulta incomoda, de la muerte; el día, ciego. Quieren saber las cosas, pero no están dispuestos a afrontarlas. Qué más da si digo un comentario vulgar o una broma cáustica, ellos siempre creerán en sus ideales, y los defenderán con tal de que nadie irrumpa en su bienestar. Mi comentario será ignorado o tomado como chiste inoportuno.

En mi vida resultan inoportunas la mayoría de las situaciones, desde saber que gané una beca, hasta enterarme que mi mujer se acuesta con otro individuo. No soy grosero, acepto todo, pero no permito que quieran cambiar mi pensar, que traten de mudar mi entusiasmo a sus casas recién pintadas. Al fin de cuentas, toda casa se deteriora. Me resulta absurdo verlos mover cosas de un sitio a otro, sin llegar a algún lugar. Yo también podría mentirme de esa manera, pero no le encuentro sentido.

Prefiero quedarme en mi sitio mohoso. Porque, al fin y al cabo, terminaré peor que eso.

Desisto de hablar con personas que se incomodan por sandeces mortuorias, ¿a caso no están consientes de su fin? Supongo que no, les gusta engañar y autoengañarse. Requieren de sus redes sociales, cuales quiera que sean éstas. Yo también las necesito para comer, para permanecer un día más en un mundo informe. Si fuera por mí, y tuviera dinero, compraría un lugar aislado, de naturaleza basta, donde no tuviese la necesidad de andar mendigando un papel de cambio. No obstante, nos han enseñado a depender de economías a las que les importa un carajo el ser. Estoy consiente de que tratar de regresar a un estado primitivo, sería como soltar a un animal que toda su vida vivió en cautiverio a la naturaleza salvaje. De ninguna manera lo lograríamos, vivimos en un marasmo de tecnocracias. Los daños son irreversibles y los frutos de la modernidad están cada día más oxidados.

Como las cosas pintan y el panorama del porvenir, resulta ingenuo creer que algo

va a mejorar. No hay un cambio, ya ni siquiera se generan nuevas vertientes en ningún campo. Se exalta lo retro y ya no hay vanguardias que aporten algo sensato. Para lo nuevo todo es abstracto, aunque nuestro pequeño planeta ya sea lo suficientemente abstracto; no les basta. Nunca nada le basta a nadie. Los iconos idiotas de la juventud se consumen con el paso de las imágenes, dentro de una pantalla manipuladora. Es un frenesí por lo nuevo, una excitación ridícula sin contemplaciones por el pasado. Todos quieren sobresalir en algo, eso es intrínseco a el ser, ¿pero en una sobrepoblación, quién puede determinar qué es bueno y qué no? Todo se torna más subjetivo de lo habitual.

Sería un error evocar épocas pasadas, pero entonces, cuál es nuestro modelo a seguir, cuando son grupos de ignorantes los que detentan la autoridad. Los que proponen reconocimientos a seres que se pasan la mayor parte de su tiempo en charlas hueras frente a un monitor. No dudo que proporcionen alguna alegría. Pero, en una comunidad de millones de habitantes, cómo prestarles atención.

Si mi vecino me preocupaba tanto, con está tecnología tengo que consumir estupefacientes para olvidar a la masa y pensar qué pasará cuando muera, qué pasará con sus cuentas de internet. ¿A sus virtuales, amigos de Lituania, les notificarán de su fenecimiento, les llegará un sentimiento de tristeza, o solo lo tomarán como a un desconocido en portada de periódico amarillista? Mientras no resuelva esto, tendré que empezar a saludar a mis vecinos.

 

Nabor Rachowsky. 1986. Ha publicado textos en revistas como La piedra y Traspatio, así como en los portales web Artificial Radio, Lado B, y Revista Cronopio. Actualmente (siempre) busca empleo, sin resultados satisfactorios. Le gusta leer y no es muy entusiasta.

Imagen de portada: Massimo Vitali

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