Mebodysomebody

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N.011 - Narrativa

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N.011 - Narrativa

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N.011 - Narrativa

Escrito por Javier Armendariz

El rostro de Lucía flota por un instante en la habitación cuando Guillermo abre los ojos. Luego se desvanece. Las paredes giran lentamente. Le cuesta unos segundos incorporarse de la cama. Por un momento, tiene la impresión de que antes de despertar estaba en otro sitio. Pero no, todo sigue igual. Siente las lágrimas agolpándose bajo sus ojos. Lucía no está. Pasó. Todo pasó. Manos invisibles aprietan alrededor de su cuello.

El sonido de un desgarro. Unas manos calientes apretando sus rodillas y una mancha de humedad expandiéndose sobre su pierna derecha. Los recuerdos truenan y le cavan un pozo entre las vísceras.

Extiende la mano y sus dedos resbalan por la pantalla de su celular. El resumen con las noticias del mediodía comienza mientras él mira la pantalla sin mirarla en realidad.

Luego de una primera prueba exitosa, científicos en Suiza preparan los últimos detalles para la segunda prueba a realizarse en el Gran Colisionador de Hadrones esta noche. Esta prueba busca confirmar los resultados del experimento realizado diez meses atrás, cuando el colosal acelerador de partículas al parecer comprobó la existencia de gravitones, partículas predichas por algunas teorías pero que, hasta ahora, habían sido elusivas para la Humanidad.

De lograrse confirmar la existencia del gravitón, estaríamos dando un paso gigantesco en el estudio de la expansión del universo. Si efectivamente lo que encontramos es un gravitón, la expansión del cosmos se podría explicar una fuga de gravedad en nuestro universo. Poniéndolo en términos muy, muy rústicos, estas partículas de gravedad estarían escapando a otros universos paralelos al nuestro.

Guillermo no presta atención. Busca entre la ropa desperdigada por el suelo algo que todavía aguante otra puesta. El teléfono continúa.

Hoy recordamos un clásico del verano de 2011. Hace casi una década que el australiano Wally De Backer, mejor conocido como Gotye, nos regaló el himno que nuestros corazones rotos necesitaban con esta canción. El siguiente tema fue el segundo sencillo del álbum Making Mirrors, último disco que Gotye lanzó antes de desaparecer por completo del ojo público. Arrancamos la mañana con un toque de despecho y los dejamos con “Somebody That I Used to Know”.

Cuando la línea del bajo se extiende por el aire, la sangre que corre por las venas de Guillermo se transforma en hielo. Un punzón gélido se le clava en el costado izquierdo del pecho y una pizca de escarcha le brota de un ojo.

***

Now and then I think of when we were together suena en la sala, acompañado por teclados que parecen hechos por Giorgio Moroder. Guillermo pasa una esponja por un plato sucio y la espuma corre fría entre sus dedos. ¿Recuerdas a Édgar Ponce?, dice Lucía detrás de él, sentada en la barra de la cocina. ¿Édgar? ¿De la uni? ¿Qué hay con él?, dice él. Mmm hmm. Hoy llamó a mi número. ¿En serio? No he sabido nada de él en años, ¿qué dice o qué? Estuvo medio raro. Se escuchaba muy desorientado, como si no estuviera muy seguro de con quién estaba hablando. Me preguntó si de verdad era yo y si todavía vivíamos aquí. Cuando le respondí que sí, no dijo nada. Nomás oí que como que se le iba el aire. Creo que estaba llorando. Luego se disculpó y colgó. Así, nada más.

Guillermo frunce el ceño. Coloca el último plato limpio sobre el secador y se vuelve hacia ella. Lucía está sentada sobre la barra de la cocina con la mirada baja. Scrollea con un dedo en su teléfono. No sabía nada de él desde que terminó la Uni. Salías con él, ¿no?, dice él. Solo una vez. Yo tampoco sabía qué pasó con él. A lo mejor estaba pedo o algo.

Guillermo echa un gruñido. Lucía levanta la cabeza, lo mira a los ojos y sonríe. Uy, uy, celosito, suelta ella con una voz socarrona.

Él se acerca a ella.
But you didn't have to cut me off
Se besan.
Make out like it never happened and that we were nothing
El timbre de la puerta suena.

***

No tiene sentido, piensa Guillermo mientras da play por enésima ocasión. El bajo. El sonido tan nítido. La canción continúa y en la pantalla se asoman unas manos rojas, un par de ojos que miran en direcciones distintas. Los espasmos húmedos regresan en su pierna. Aporreando el teclado, atraviesa desnudo un valle de rosales digitales como un condenado, con la mente desconectada de su cuerpo de tantas heridas. Pero no encuentra lo que busca por ningún lado. La sala comienza a contraerse y extenderse como un pulmón. Él hunde la cabeza entre ambas manos.

Al menos la voz de su hermano al otro lado del teléfono es la misma. Guillermo se aferra como puede a esta boya. Alex, Alex, dice. Eres tú. ¿Eres tú? ¿Guillermo? ¿Qué pedo, güey?

Guillermo solamente puede mascullar Somebody That I Used to Know una y otra vez antes de atreverse a preguntar en qué año salió la canción con el tono de quien va a exhumar un cuerpo. Confundido, Alex responde que salió hace cinco o seis años, quizá un poco más. Guillermo le pregunta si no recuerda una Navidad cuando eran niños, papá compró una videocámara y los dos se pusieron pelucas para imitar la letra de la canción. Esa era otra canción, responde Alex. Era “Wicked Love” o algo así. La de “Noooooooaaaahhhh I don’t want to fall in looove”. Guillermo dice que no puede ser, que él le contó esa historia a Lucía y a Alejo cientos de veces, hasta cansarlos. Les prometió que les mostraría el video cuando lo encontrara entre toda las chácharas que su madre tiene en su casa.

¿A quiénes?, pregunta Alex.
A Lucía y a Alejo, responde Guillermo.
¿Quiénes son ellos?

La voz de Álex es un tren bala que se aleja a cientos de kilómetros por hora. Guillermo se olvida del teléfono y regresa a su habitación para buscar su cartera.

***

Édgar clava la mirada en todo a su alrededor mientras solloza en la sala de la cocina. Ojos desesperados como los de un perro que no ha comido en días. Seguro hay alguien a quien le podamos avisar, alguien lo debe estar buscando, insiste Lucía. Es igual, es igual, es prácticamente todo igual, Édgar no deja de sollozar. Guillermo nota cómo esos ojos se comen toda la casa, barren cada centímetro de cada pared, de cada objeto y se paran en la puerta donde está Alejo asomando la mirada. Alejo, vete a tu cuarto dice Guillermo y él corre al otro lado de su madre y se agarra de su pierna. Édgar se pone de pie y no deja de mirarlo diciendo Alejo, Alejo, tu cara, qué le pasó a tu cara. Sus palabras se extienden como manchas de tinta sucia por el aire y se revuelven con los sintetizadores con el but Alejo you tu treat cara me qué like le a pasó stranger a and tu that cara feels Alejo so mírame rough luego todo se enmudece por un segundo y en el mundo entero se escucha un desgarro, un golpe, la música en loop, otro golpe, la visión nublada, otro y otro y otro y no hay aire en los la visión nublada y las manos en sus rodillas y la humedad sobre su pierna.

***

Guillermo abre la cartera y vierte su contenido por todo el suelo. Tarjetas, monedas. No está la fotografía. Busca en sus cajones. Nada. Recorre de principio a fin la galería de su teléfono celular cien veces. Nada. De un golpe abre la computadora. Archivos, redes sociales. Nada.

Como puede, se arrastra al baño y suelta arcadas pero solo cae un hilo de bilis en el agua del inodoro. Se lleve las manos a la cabeza y se recuesta en posición fetal. El mundo gira lentamente como en una danza lenta y mordaz que Guillermo no puede dejar de observar con unas náuseas imposibles de arrancarse de la médula espinal. Se tambalea de regreso a la sala y recoge su teléfono del suelo. No hay ningún rastro, pero él recuerda. Recuerda todo.

Marca un número. ¿Bueno?, dicen en la línea.
¿L-Lucía?

***

Si vuelvo a escuchar esa canción, me voy a morir, dice Lucía en la cocina mientras saca la lengua y hace ademán de meterse un dedo en la boca. Guillermo sonríe, comienza a mover las caderas al ritmo de los sintetizadores y responde que a él le mama. Nada como un loop de música ochentera para lavar los trastes, dice. Además, a Alejo también le gusta. Algo tiene que lo relaja y lo pone a dormir. Es porque es aburridísima, dice ella. Como tú. La sonrisa de él se ensancha y sin dejar de pasar la esponja de jabón por el plato la mira y comienza a mover los labios.

Now and then I think of when we were together…

***

El tiempo se vuelve el reflejo de un rostro en el agua del huracán. Los rostros de las personas parecen todas moldeadas del mismo maniquí sin rasgos. El sol se vuelve un abanico que corre sobre su cabeza mientras las horas se desgranan entre las calles corriendo, buscando. Por fin, llega. La misma casa. El mismo sonido del timbre. El mismo rostro, manchado con una mirada desconcertada. La misma casa que no es la misma casa. El mundo gira y gira. La canción. La canción. La canción. Trata de hablar pero las palabras son petróleo agolpado en la garganta. Es igual, es igual, es prácticamente todo igual. Otro rostro. Édgar. El miedo es una mancha de ácido en el estómago. Le tiemblan las manos. Su conciencia se despega de su cuerpo. Es una mala — la canción, la canción, la canción — película. Otro rostro. Alejo. Puede ver la sombra de Lucía en él. Pero no el suyo. El de Édgar. La canción. Todo gira más y más rápido. Un desgarro. La canción. Un golpe. Por el rabillo del ojo ve cómo las bocinas golpean el suelo y la canción se congela. Todo gira. Golpe. Golpe. Golpe. El horror ardiendo en el aire. Sus manos rojas y calientes. El miedo. El grito ahogado. Se aferra a la pierna de Édgar y vacía sobre ella sus lágrimas. La canción abriéndose paso como un sacacorchos a través de su cien mebodysomebodysomebodysomebyso.

El rostro de Lucía flota por un instante en la habitación cuando Guillermo abre los ojos. Luego se desvanece. Las paredes giran lentamente. Le cuesta unos segundos incorporarse de la cama. Por un momento, tiene la impresión de que antes de despertar estaba en otro sitio. Pero no, todo sigue igual. Siente las lágrimas agolpándose bajo sus ojos. Lucía no está. Pasó. Todo pasó. Manos invisibles aprietan alrededor de su cuello.

El sonido de un desgarro. Unas manos calientes apretando sus rodillas y una mancha de humedad expandiéndose sobre su pierna derecha. Los recuerdos truenan y le cavan un pozo entre las vísceras.

Extiende la mano y sus dedos resbalan por la pantalla de su celular. El resumen con las noticias del mediodía comienza mientras él mira la pantalla sin mirarla en realidad.

Luego de una primera prueba exitosa, científicos en Suiza preparan los últimos detalles para la segunda prueba a realizarse en el Gran Colisionador de Hadrones esta noche. Esta prueba busca confirmar los resultados del experimento realizado diez meses atrás, cuando el colosal acelerador de partículas al parecer comprobó la existencia de gravitones, partículas predichas por algunas teorías pero que, hasta ahora, habían sido elusivas para la Humanidad.

De lograrse confirmar la existencia del gravitón, estaríamos dando un paso gigantesco en el estudio de la expansión del universo. Si efectivamente lo que encontramos es un gravitón, la expansión del cosmos se podría explicar una fuga de gravedad en nuestro universo. Poniéndolo en términos muy, muy rústicos, estas partículas de gravedad estarían escapando a otros universos paralelos al nuestro.

Guillermo no presta atención. Busca entre la ropa desperdigada por el suelo algo que todavía aguante otra puesta. El teléfono continúa.

Hoy recordamos un clásico del verano de 2011. Hace casi una década que el australiano Wally De Backer, mejor conocido como Gotye, nos regaló el himno que nuestros corazones rotos necesitaban con esta canción. El siguiente tema fue el segundo sencillo del álbum Making Mirrors, último disco que Gotye lanzó antes de desaparecer por completo del ojo público. Arrancamos la mañana con un toque de despecho y los dejamos con “Somebody That I Used to Know”.

Cuando la línea del bajo se extiende por el aire, la sangre que corre por las venas de Guillermo se transforma en hielo. Un punzón gélido se le clava en el costado izquierdo del pecho y una pizca de escarcha le brota de un ojo.

***

Now and then I think of when we were together suena en la sala, acompañado por teclados que parecen hechos por Giorgio Moroder. Guillermo pasa una esponja por un plato sucio y la espuma corre fría entre sus dedos. ¿Recuerdas a Édgar Ponce?, dice Lucía detrás de él, sentada en la barra de la cocina. ¿Édgar? ¿De la uni? ¿Qué hay con él?, dice él. Mmm hmm. Hoy llamó a mi número. ¿En serio? No he sabido nada de él en años, ¿qué dice o qué? Estuvo medio raro. Se escuchaba muy desorientado, como si no estuviera muy seguro de con quién estaba hablando. Me preguntó si de verdad era yo y si todavía vivíamos aquí. Cuando le respondí que sí, no dijo nada. Nomás oí que como que se le iba el aire. Creo que estaba llorando. Luego se disculpó y colgó. Así, nada más.

Guillermo frunce el ceño. Coloca el último plato limpio sobre el secador y se vuelve hacia ella. Lucía está sentada sobre la barra de la cocina con la mirada baja. Scrollea con un dedo en su teléfono. No sabía nada de él desde que terminó la Uni. Salías con él, ¿no?, dice él. Solo una vez. Yo tampoco sabía qué pasó con él. A lo mejor estaba pedo o algo.

Guillermo echa un gruñido. Lucía levanta la cabeza, lo mira a los ojos y sonríe. Uy, uy, celosito, suelta ella con una voz socarrona.

Él se acerca a ella.
But you didn't have to cut me off
Se besan.
Make out like it never happened and that we were nothing
El timbre de la puerta suena.

***

No tiene sentido, piensa Guillermo mientras da play por enésima ocasión. El bajo. El sonido tan nítido. La canción continúa y en la pantalla se asoman unas manos rojas, un par de ojos que miran en direcciones distintas. Los espasmos húmedos regresan en su pierna. Aporreando el teclado, atraviesa desnudo un valle de rosales digitales como un condenado, con la mente desconectada de su cuerpo de tantas heridas. Pero no encuentra lo que busca por ningún lado. La sala comienza a contraerse y extenderse como un pulmón. Él hunde la cabeza entre ambas manos.

Al menos la voz de su hermano al otro lado del teléfono es la misma. Guillermo se aferra como puede a esta boya. Alex, Alex, dice. Eres tú. ¿Eres tú? ¿Guillermo? ¿Qué pedo, güey?

Guillermo solamente puede mascullar Somebody That I Used to Know una y otra vez antes de atreverse a preguntar en qué año salió la canción con el tono de quien va a exhumar un cuerpo. Confundido, Alex responde que salió hace cinco o seis años, quizá un poco más. Guillermo le pregunta si no recuerda una Navidad cuando eran niños, papá compró una videocámara y los dos se pusieron pelucas para imitar la letra de la canción. Esa era otra canción, responde Alex. Era “Wicked Love” o algo así. La de “Noooooooaaaahhhh I don’t want to fall in looove”. Guillermo dice que no puede ser, que él le contó esa historia a Lucía y a Alejo cientos de veces, hasta cansarlos. Les prometió que les mostraría el video cuando lo encontrara entre toda las chácharas que su madre tiene en su casa.

¿A quiénes?, pregunta Alex.
A Lucía y a Alejo, responde Guillermo.
¿Quiénes son ellos?

La voz de Álex es un tren bala que se aleja a cientos de kilómetros por hora. Guillermo se olvida del teléfono y regresa a su habitación para buscar su cartera.

***

Édgar clava la mirada en todo a su alrededor mientras solloza en la sala de la cocina. Ojos desesperados como los de un perro que no ha comido en días. Seguro hay alguien a quien le podamos avisar, alguien lo debe estar buscando, insiste Lucía. Es igual, es igual, es prácticamente todo igual, Édgar no deja de sollozar. Guillermo nota cómo esos ojos se comen toda la casa, barren cada centímetro de cada pared, de cada objeto y se paran en la puerta donde está Alejo asomando la mirada. Alejo, vete a tu cuarto dice Guillermo y él corre al otro lado de su madre y se agarra de su pierna. Édgar se pone de pie y no deja de mirarlo diciendo Alejo, Alejo, tu cara, qué le pasó a tu cara. Sus palabras se extienden como manchas de tinta sucia por el aire y se revuelven con los sintetizadores con el but Alejo you tu treat cara me qué like le a pasó stranger a and tu that cara feels Alejo so mírame rough luego todo se enmudece por un segundo y en el mundo entero se escucha un desgarro, un golpe, la música en loop, otro golpe, la visión nublada, otro y otro y otro y no hay aire en los la visión nublada y las manos en sus rodillas y la humedad sobre su pierna.

***

Guillermo abre la cartera y vierte su contenido por todo el suelo. Tarjetas, monedas. No está la fotografía. Busca en sus cajones. Nada. Recorre de principio a fin la galería de su teléfono celular cien veces. Nada. De un golpe abre la computadora. Archivos, redes sociales. Nada.

Como puede, se arrastra al baño y suelta arcadas pero solo cae un hilo de bilis en el agua del inodoro. Se lleve las manos a la cabeza y se recuesta en posición fetal. El mundo gira lentamente como en una danza lenta y mordaz que Guillermo no puede dejar de observar con unas náuseas imposibles de arrancarse de la médula espinal. Se tambalea de regreso a la sala y recoge su teléfono del suelo. No hay ningún rastro, pero él recuerda. Recuerda todo.

Marca un número. ¿Bueno?, dicen en la línea.
¿L-Lucía?

***

Si vuelvo a escuchar esa canción, me voy a morir, dice Lucía en la cocina mientras saca la lengua y hace ademán de meterse un dedo en la boca. Guillermo sonríe, comienza a mover las caderas al ritmo de los sintetizadores y responde que a él le mama. Nada como un loop de música ochentera para lavar los trastes, dice. Además, a Alejo también le gusta. Algo tiene que lo relaja y lo pone a dormir. Es porque es aburridísima, dice ella. Como tú. La sonrisa de él se ensancha y sin dejar de pasar la esponja de jabón por el plato la mira y comienza a mover los labios.

Now and then I think of when we were together…

***

El tiempo se vuelve el reflejo de un rostro en el agua del huracán. Los rostros de las personas parecen todas moldeadas del mismo maniquí sin rasgos. El sol se vuelve un abanico que corre sobre su cabeza mientras las horas se desgranan entre las calles corriendo, buscando. Por fin, llega. La misma casa. El mismo sonido del timbre. El mismo rostro, manchado con una mirada desconcertada. La misma casa que no es la misma casa. El mundo gira y gira. La canción. La canción. La canción. Trata de hablar pero las palabras son petróleo agolpado en la garganta. Es igual, es igual, es prácticamente todo igual. Otro rostro. Édgar. El miedo es una mancha de ácido en el estómago. Le tiemblan las manos. Su conciencia se despega de su cuerpo. Es una mala — la canción, la canción, la canción — película. Otro rostro. Alejo. Puede ver la sombra de Lucía en él. Pero no el suyo. El de Édgar. La canción. Todo gira más y más rápido. Un desgarro. La canción. Un golpe. Por el rabillo del ojo ve cómo las bocinas golpean el suelo y la canción se congela. Todo gira. Golpe. Golpe. Golpe. El horror ardiendo en el aire. Sus manos rojas y calientes. El miedo. El grito ahogado. Se aferra a la pierna de Édgar y vacía sobre ella sus lágrimas. La canción abriéndose paso como un sacacorchos a través de su cien mebodysomebodysomebodysomebyso.


El rostro de Lucía flota por un instante en la habitación cuando Guillermo abre los ojos. Luego se desvanece. Las paredes giran lentamente. Le cuesta unos segundos incorporarse de la cama. Por un momento, tiene la impresión de que antes de despertar estaba en otro sitio. Pero no, todo sigue igual. Siente las lágrimas agolpándose bajo sus ojos. Lucía no está. Pasó. Todo pasó. Manos invisibles aprietan alrededor de su cuello.

El sonido de un desgarro. Unas manos calientes apretando sus rodillas y una mancha de humedad expandiéndose sobre su pierna derecha. Los recuerdos truenan y le cavan un pozo entre las vísceras.

Extiende la mano y sus dedos resbalan por la pantalla de su celular. El resumen con las noticias del mediodía comienza mientras él mira la pantalla sin mirarla en realidad.

Luego de una primera prueba exitosa, científicos en Suiza preparan los últimos detalles para la segunda prueba a realizarse en el Gran Colisionador de Hadrones esta noche. Esta prueba busca confirmar los resultados del experimento realizado diez meses atrás, cuando el colosal acelerador de partículas al parecer comprobó la existencia de gravitones, partículas predichas por algunas teorías pero que, hasta ahora, habían sido elusivas para la Humanidad.

De lograrse confirmar la existencia del gravitón, estaríamos dando un paso gigantesco en el estudio de la expansión del universo. Si efectivamente lo que encontramos es un gravitón, la expansión del cosmos se podría explicar una fuga de gravedad en nuestro universo. Poniéndolo en términos muy, muy rústicos, estas partículas de gravedad estarían escapando a otros universos paralelos al nuestro.

Guillermo no presta atención. Busca entre la ropa desperdigada por el suelo algo que todavía aguante otra puesta. El teléfono continúa.

Hoy recordamos un clásico del verano de 2011. Hace casi una década que el australiano Wally De Backer, mejor conocido como Gotye, nos regaló el himno que nuestros corazones rotos necesitaban con esta canción. El siguiente tema fue el segundo sencillo del álbum Making Mirrors, último disco que Gotye lanzó antes de desaparecer por completo del ojo público. Arrancamos la mañana con un toque de despecho y los dejamos con “Somebody That I Used to Know”.

Cuando la línea del bajo se extiende por el aire, la sangre que corre por las venas de Guillermo se transforma en hielo. Un punzón gélido se le clava en el costado izquierdo del pecho y una pizca de escarcha le brota de un ojo.

***

Now and then I think of when we were together suena en la sala, acompañado por teclados que parecen hechos por Giorgio Moroder. Guillermo pasa una esponja por un plato sucio y la espuma corre fría entre sus dedos. ¿Recuerdas a Édgar Ponce?, dice Lucía detrás de él, sentada en la barra de la cocina. ¿Édgar? ¿De la uni? ¿Qué hay con él?, dice él. Mmm hmm. Hoy llamó a mi número. ¿En serio? No he sabido nada de él en años, ¿qué dice o qué? Estuvo medio raro. Se escuchaba muy desorientado, como si no estuviera muy seguro de con quién estaba hablando. Me preguntó si de verdad era yo y si todavía vivíamos aquí. Cuando le respondí que sí, no dijo nada. Nomás oí que como que se le iba el aire. Creo que estaba llorando. Luego se disculpó y colgó. Así, nada más.

Guillermo frunce el ceño. Coloca el último plato limpio sobre el secador y se vuelve hacia ella. Lucía está sentada sobre la barra de la cocina con la mirada baja. Scrollea con un dedo en su teléfono. No sabía nada de él desde que terminó la Uni. Salías con él, ¿no?, dice él. Solo una vez. Yo tampoco sabía qué pasó con él. A lo mejor estaba pedo o algo.

Guillermo echa un gruñido. Lucía levanta la cabeza, lo mira a los ojos y sonríe. Uy, uy, celosito, suelta ella con una voz socarrona.

Él se acerca a ella.
But you didn't have to cut me off
Se besan.
Make out like it never happened and that we were
                                                                 [nothing

El timbre de la puerta suena.

***

No tiene sentido, piensa Guillermo mientras da play por enésima ocasión. El bajo. El sonido tan nítido. La canción continúa y en la pantalla se asoman unas manos rojas, un par de ojos que miran en direcciones distintas. Los espasmos húmedos regresan en su pierna. Aporreando el teclado, atraviesa desnudo un valle de rosales digitales como un condenado, con la mente desconectada de su cuerpo de tantas heridas. Pero no encuentra lo que busca por ningún lado. La sala comienza a contraerse y extenderse como un pulmón. Él hunde la cabeza entre ambas manos.

Al menos la voz de su hermano al otro lado del teléfono es la misma. Guillermo se aferra como puede a esta boya. Alex, Alex, dice. Eres tú. ¿Eres tú? ¿Guillermo? ¿Qué pedo, güey?

Guillermo solamente puede mascullar Somebody That I Used to Know una y otra vez antes de atreverse a preguntar en qué año salió la canción con el tono de quien va a exhumar un cuerpo. Confundido, Alex responde que salió hace cinco o seis años, quizá un poco más. Guillermo le pregunta si no recuerda una Navidad cuando eran niños, papá compró una videocámara y los dos se pusieron pelucas para imitar la letra de la canción. Esa era otra canción, responde Alex. Era “Wicked Love” o algo así. La de “Noooooooaaaahhhh I don’t want to fall in looove”. Guillermo dice que no puede ser, que él le contó esa historia a Lucía y a Alejo cientos de veces, hasta cansarlos. Les prometió que les mostraría el video cuando lo encontrara entre toda las chácharas que su madre tiene en su casa.

¿A quiénes?, pregunta Alex.
A Lucía y a Alejo, responde Guillermo.
¿Quiénes son ellos?

La voz de Álex es un tren bala que se aleja a cientos de kilómetros por hora. Guillermo se olvida del teléfono y regresa a su habitación para buscar su cartera.

***

Édgar clava la mirada en todo a su alrededor mientras solloza en la sala de la cocina. Ojos desesperados como los de un perro que no ha comido en días. Seguro hay alguien a quien le podamos avisar, alguien lo debe estar buscando, insiste Lucía. Es igual, es igual, es prácticamente todo igual, Édgar no deja de sollozar. Guillermo nota cómo esos ojos se comen toda la casa, barren cada centímetro de cada pared, de cada objeto y se paran en la puerta donde está Alejo asomando la mirada. Alejo, vete a tu cuarto dice Guillermo y él corre al otro lado de su madre y se agarra de su pierna. Édgar se pone de pie y no deja de mirarlo diciendo Alejo, Alejo, tu cara, qué le pasó a tu cara. Sus palabras se extienden como manchas de tinta sucia por el aire y se revuelven con los sintetizadores con el but Alejo you tu treat cara me qué like le a pasó stranger a and tu that cara feels Alejo so mírame rough luego todo se enmudece por un segundo y en el mundo entero se escucha un desgarro, un golpe, la música en loop, otro golpe, la visión nublada, otro y otro y otro y no hay aire en los la visión nublada y las manos en sus rodillas y la humedad sobre su pierna.

***

Guillermo abre la cartera y vierte su contenido por todo el suelo. Tarjetas, monedas. No está la fotografía. Busca en sus cajones. Nada. Recorre de principio a fin la galería de su teléfono celular cien veces. Nada. De un golpe abre la computadora. Archivos, redes sociales. Nada.

Como puede, se arrastra al baño y suelta arcadas pero solo cae un hilo de bilis en el agua del inodoro. Se lleve las manos a la cabeza y se recuesta en posición fetal. El mundo gira lentamente como en una danza lenta y mordaz que Guillermo no puede dejar de observar con unas náuseas imposibles de arrancarse de la médula espinal. Se tambalea de regreso a la sala y recoge su teléfono del suelo. No hay ningún rastro, pero él recuerda. Recuerda todo.

Marca un número. ¿Bueno?, dicen en la línea.
¿L-Lucía?

***

Si vuelvo a escuchar esa canción, me voy a morir, dice Lucía en la cocina mientras saca la lengua y hace ademán de meterse un dedo en la boca. Guillermo sonríe, comienza a mover las caderas al ritmo de los sintetizadores y responde que a él le mama. Nada como un loop de música ochentera para lavar los trastes, dice. Además, a Alejo también le gusta. Algo tiene que lo relaja y lo pone a dormir. Es porque es aburridísima, dice ella. Como tú. La sonrisa de él se ensancha y sin dejar de pasar la esponja de jabón por el plato la mira y comienza a mover los labios.

Now and then I think of when we were together…

***

El tiempo se vuelve el reflejo de un rostro en el agua del huracán. Los rostros de las personas parecen todas moldeadas del mismo maniquí sin rasgos. El sol se vuelve un abanico que corre sobre su cabeza mientras las horas se desgranan entre las calles corriendo, buscando. Por fin, llega. La misma casa. El mismo sonido del timbre. El mismo rostro, manchado con una mirada desconcertada. La misma casa que no es la misma casa. El mundo gira y gira. La canción. La canción. La canción. Trata de hablar pero las palabras son petróleo agolpado en la garganta. Es igual, es igual, es prácticamente todo igual. Otro rostro. Édgar. El miedo es una mancha de ácido en el estómago. Le tiemblan las manos. Su conciencia se despega de su cuerpo. Es una mala — la canción, la canción, la canción — película. Otro rostro. Alejo. Puede ver la sombra de Lucía en él. Pero no el suyo. El de Édgar. La canción. Todo gira más y más rápido. Un desgarro. La canción. Un golpe. Por el rabillo del ojo ve cómo las bocinas golpean el suelo y la canción se congela. Todo gira. Golpe. Golpe. Golpe. El horror ardiendo en el aire. Sus manos rojas y calientes. El miedo. El grito ahogado. Se aferra a la pierna de Édgar y vacía sobre ella sus lágrimas. La canción abriéndose paso como un sacacorchos a través de su cien mebodysomebodysomebodysomebyso.


El rostro de Lucía flota por un instante en la habitación cuando Guillermo abre los ojos. Luego se desvanece. Las paredes giran lentamente. Le cuesta unos segundos incorporarse de la cama. Por un momento, tiene la impresión de que antes de despertar estaba en otro sitio. Pero no, todo sigue igual. Siente las lágrimas agolpándose bajo sus ojos. Lucía no está. Pasó. Todo pasó. Manos invisibles aprietan alrededor de su cuello.

El sonido de un desgarro. Unas manos calientes apretando sus rodillas y una mancha de humedad expandiéndose sobre su pierna derecha. Los recuerdos truenan y le cavan un pozo entre las vísceras.

Extiende la mano y sus dedos resbalan por la pantalla de su celular. El resumen con las noticias del mediodía comienza mientras él mira la pantalla sin mirarla en realidad.

Luego de una primera prueba exitosa, científicos en Suiza preparan los últimos detalles para la segunda prueba a realizarse en el Gran Colisionador de Hadrones esta noche. Esta prueba busca confirmar los resultados del experimento realizado diez meses atrás, cuando el colosal acelerador de partículas al parecer comprobó la existencia de gravitones, partículas predichas por algunas teorías pero que, hasta ahora, habían sido elusivas para la Humanidad.

De lograrse confirmar la existencia del gravitón, estaríamos dando un paso gigantesco en el estudio de la expansión del universo. Si efectivamente lo que encontramos es un gravitón, la expansión del cosmos se podría explicar una fuga de gravedad en nuestro universo. Poniéndolo en términos muy, muy rústicos, estas partículas de gravedad estarían escapando a otros universos paralelos al nuestro.

Guillermo no presta atención. Busca entre la ropa desperdigada por el suelo algo que todavía aguante otra puesta. El teléfono continúa.

Hoy recordamos un clásico del verano de 2011. Hace casi una década que el australiano Wally De Backer, mejor conocido como Gotye, nos regaló el himno que nuestros corazones rotos necesitaban con esta canción. El siguiente tema fue el segundo sencillo del álbum Making Mirrors, último disco que Gotye lanzó antes de desaparecer por completo del ojo público. Arrancamos la mañana con un toque de despecho y los dejamos con “Somebody That I Used to Know”.

Cuando la línea del bajo se extiende por el aire, la sangre que corre por las venas de Guillermo se transforma en hielo. Un punzón gélido se le clava en el costado izquierdo del pecho y una pizca de escarcha le brota de un ojo.

***

Now and then I think of when we were together suena en la sala, acompañado por teclados que parecen hechos por Giorgio Moroder. Guillermo pasa una esponja por un plato sucio y la espuma corre fría entre sus dedos. ¿Recuerdas a Édgar Ponce?, dice Lucía detrás de él, sentada en la barra de la cocina. ¿Édgar? ¿De la uni? ¿Qué hay con él?, dice él. Mmm hmm. Hoy llamó a mi número. ¿En serio? No he sabido nada de él en años, ¿qué dice o qué? Estuvo medio raro. Se escuchaba muy desorientado, como si no estuviera muy seguro de con quién estaba hablando. Me preguntó si de verdad era yo y si todavía vivíamos aquí. Cuando le respondí que sí, no dijo nada. Nomás oí que como que se le iba el aire. Creo que estaba llorando. Luego se disculpó y colgó. Así, nada más.

Guillermo frunce el ceño. Coloca el último plato limpio sobre el secador y se vuelve hacia ella. Lucía está sentada sobre la barra de la cocina con la mirada baja. Scrollea con un dedo en su teléfono. No sabía nada de él desde que terminó la Uni. Salías con él, ¿no?, dice él. Solo una vez. Yo tampoco sabía qué pasó con él. A lo mejor estaba pedo o algo.

Guillermo echa un gruñido. Lucía levanta la cabeza, lo mira a los ojos y sonríe. Uy, uy, celosito, suelta ella con una voz socarrona.

Él se acerca a ella.
But you didn't have to cut me off
Se besan.
Make out like it never happened and that we were nothing
El timbre de la puerta suena.

***

No tiene sentido, piensa Guillermo mientras da play por enésima ocasión. El bajo. El sonido tan nítido. La canción continúa y en la pantalla se asoman unas manos rojas, un par de ojos que miran en direcciones distintas. Los espasmos húmedos regresan en su pierna. Aporreando el teclado, atraviesa desnudo un valle de rosales digitales como un condenado, con la mente desconectada de su cuerpo de tantas heridas. Pero no encuentra lo que busca por ningún lado. La sala comienza a contraerse y extenderse como un pulmón. Él hunde la cabeza entre ambas manos.

Al menos la voz de su hermano al otro lado del teléfono es la misma. Guillermo se aferra como puede a esta boya. Alex, Alex, dice. Eres tú. ¿Eres tú? ¿Guillermo? ¿Qué pedo, güey?

Guillermo solamente puede mascullar Somebody That I Used to Know una y otra vez antes de atreverse a preguntar en qué año salió la canción con el tono de quien va a exhumar un cuerpo. Confundido, Alex responde que salió hace cinco o seis años, quizá un poco más. Guillermo le pregunta si no recuerda una Navidad cuando eran niños, papá compró una videocámara y los dos se pusieron pelucas para imitar la letra de la canción. Esa era otra canción, responde Alex. Era “Wicked Love” o algo así. La de “Noooooooaaaahhhh I don’t want to fall in looove”. Guillermo dice que no puede ser, que él le contó esa historia a Lucía y a Alejo cientos de veces, hasta cansarlos. Les prometió que les mostraría el video cuando lo encontrara entre toda las chácharas que su madre tiene en su casa.

¿A quiénes?, pregunta Alex.
A Lucía y a Alejo, responde Guillermo.
¿Quiénes son ellos?

La voz de Álex es un tren bala que se aleja a cientos de kilómetros por hora. Guillermo se olvida del teléfono y regresa a su habitación para buscar su cartera.

***

Édgar clava la mirada en todo a su alrededor mientras solloza en la sala de la cocina. Ojos desesperados como los de un perro que no ha comido en días. Seguro hay alguien a quien le podamos avisar, alguien lo debe estar buscando, insiste Lucía. Es igual, es igual, es prácticamente todo igual, Édgar no deja de sollozar. Guillermo nota cómo esos ojos se comen toda la casa, barren cada centímetro de cada pared, de cada objeto y se paran en la puerta donde está Alejo asomando la mirada. Alejo, vete a tu cuarto dice Guillermo y él corre al otro lado de su madre y se agarra de su pierna. Édgar se pone de pie y no deja de mirarlo diciendo Alejo, Alejo, tu cara, qué le pasó a tu cara. Sus palabras se extienden como manchas de tinta sucia por el aire y se revuelven con los sintetizadores con el but Alejo you tu treat cara me qué like le a pasó stranger a and tu that cara feels Alejo so mírame rough luego todo se enmudece por un segundo y en el mundo entero se escucha un desgarro, un golpe, la música en loop, otro golpe, la visión nublada, otro y otro y otro y no hay aire en los la visión nublada y las manos en sus rodillas y la humedad sobre su pierna.

***

Guillermo abre la cartera y vierte su contenido por todo el suelo. Tarjetas, monedas. No está la fotografía. Busca en sus cajones. Nada. Recorre de principio a fin la galería de su teléfono celular cien veces. Nada. De un golpe abre la computadora. Archivos, redes sociales. Nada.

Como puede, se arrastra al baño y suelta arcadas pero solo cae un hilo de bilis en el agua del inodoro. Se lleve las manos a la cabeza y se recuesta en posición fetal. El mundo gira lentamente como en una danza lenta y mordaz que Guillermo no puede dejar de observar con unas náuseas imposibles de arrancarse de la médula espinal. Se tambalea de regreso a la sala y recoge su teléfono del suelo. No hay ningún rastro, pero él recuerda. Recuerda todo.

Marca un número. ¿Bueno?, dicen en la línea.
¿L-Lucía?

***

Si vuelvo a escuchar esa canción, me voy a morir, dice Lucía en la cocina mientras saca la lengua y hace ademán de meterse un dedo en la boca. Guillermo sonríe, comienza a mover las caderas al ritmo de los sintetizadores y responde que a él le mama. Nada como un loop de música ochentera para lavar los trastes, dice. Además, a Alejo también le gusta. Algo tiene que lo relaja y lo pone a dormir. Es porque es aburridísima, dice ella. Como tú. La sonrisa de él se ensancha y sin dejar de pasar la esponja de jabón por el plato la mira y comienza a mover los labios.

Now and then I think of when we were together…

***

El tiempo se vuelve el reflejo de un rostro en el agua del huracán. Los rostros de las personas parecen todas moldeadas del mismo maniquí sin rasgos. El sol se vuelve un abanico que corre sobre su cabeza mientras las horas se desgranan entre las calles corriendo, buscando. Por fin, llega. La misma casa. El mismo sonido del timbre. El mismo rostro, manchado con una mirada desconcertada. La misma casa que no es la misma casa. El mundo gira y gira. La canción. La canción. La canción. Trata de hablar pero las palabras son petróleo agolpado en la garganta. Es igual, es igual, es prácticamente todo igual. Otro rostro. Édgar. El miedo es una mancha de ácido en el estómago. Le tiemblan las manos. Su conciencia se despega de su cuerpo. Es una mala — la canción, la canción, la canción — película. Otro rostro. Alejo. Puede ver la sombra de Lucía en él. Pero no el suyo. El de Édgar. La canción. Todo gira más y más rápido. Un desgarro. La canción. Un golpe. Por el rabillo del ojo ve cómo las bocinas golpean el suelo y la canción se congela. Todo gira. Golpe. Golpe. Golpe. El horror ardiendo en el aire. Sus manos rojas y calientes. El miedo. El grito ahogado. Se aferra a la pierna de Édgar y vacía sobre ella sus lágrimas. La canción abriéndose paso como un sacacorchos a través de su cien mebodysomebodysomebodysomebyso.

El rostro de Lucía flota por un instante en la habitación cuando Guillermo abre los ojos. Luego se desvanece. Las paredes giran lentamente. Le cuesta unos segundos incorporarse de la cama. Por un momento, tiene la impresión de que antes de despertar estaba en otro sitio. Pero no, todo sigue igual. Siente las lágrimas agolpándose bajo sus ojos. Lucía no está. Pasó. Todo pasó. Manos invisibles aprietan alrededor de su cuello.

El sonido de un desgarro. Unas manos calientes apretando sus rodillas y una mancha de humedad expandiéndose sobre su pierna derecha. Los recuerdos truenan y le cavan un pozo entre las vísceras.

Extiende la mano y sus dedos resbalan por la pantalla de su celular. El resumen con las noticias del mediodía comienza mientras él mira la pantalla sin mirarla en realidad.

Luego de una primera prueba exitosa, científicos en Suiza preparan los últimos detalles para la segunda prueba a realizarse en el Gran Colisionador de Hadrones esta noche. Esta prueba busca confirmar los resultados del experimento realizado diez meses atrás, cuando el colosal acelerador de partículas al parecer comprobó la existencia de gravitones, partículas predichas por algunas teorías pero que, hasta ahora, habían sido elusivas para la Humanidad.

De lograrse confirmar la existencia del gravitón, estaríamos dando un paso gigantesco en el estudio de la expansión del universo. Si efectivamente lo que encontramos es un gravitón, la expansión del cosmos se podría explicar una fuga de gravedad en nuestro universo. Poniéndolo en términos muy, muy rústicos, estas partículas de gravedad estarían escapando a otros universos paralelos al nuestro.

Guillermo no presta atención. Busca entre la ropa desperdigada por el suelo algo que todavía aguante otra puesta. El teléfono continúa.

Hoy recordamos un clásico del verano de 2011. Hace casi una década que el australiano Wally De Backer, mejor conocido como Gotye, nos regaló el himno que nuestros corazones rotos necesitaban con esta canción. El siguiente tema fue el segundo sencillo del álbum Making Mirrors, último disco que Gotye lanzó antes de desaparecer por completo del ojo público. Arrancamos la mañana con un toque de despecho y los dejamos con “Somebody That I Used to Know”.

Cuando la línea del bajo se extiende por el aire, la sangre que corre por las venas de Guillermo se transforma en hielo. Un punzón gélido se le clava en el costado izquierdo del pecho y una pizca de escarcha le brota de un ojo.

***

Now and then I think of when we were together suena en la sala, acompañado por teclados que parecen hechos por Giorgio Moroder. Guillermo pasa una esponja por un plato sucio y la espuma corre fría entre sus dedos. ¿Recuerdas a Édgar Ponce?, dice Lucía detrás de él, sentada en la barra de la cocina. ¿Édgar? ¿De la uni? ¿Qué hay con él?, dice él. Mmm hmm. Hoy llamó a mi número. ¿En serio? No he sabido nada de él en años, ¿qué dice o qué? Estuvo medio raro. Se escuchaba muy desorientado, como si no estuviera muy seguro de con quién estaba hablando. Me preguntó si de verdad era yo y si todavía vivíamos aquí. Cuando le respondí que sí, no dijo nada. Nomás oí que como que se le iba el aire. Creo que estaba llorando. Luego se disculpó y colgó. Así, nada más.

Guillermo frunce el ceño. Coloca el último plato limpio sobre el secador y se vuelve hacia ella. Lucía está sentada sobre la barra de la cocina con la mirada baja. Scrollea con un dedo en su teléfono. No sabía nada de él desde que terminó la Uni. Salías con él, ¿no?, dice él. Solo una vez. Yo tampoco sabía qué pasó con él. A lo mejor estaba pedo o algo.

Guillermo echa un gruñido. Lucía levanta la cabeza, lo mira a los ojos y sonríe. Uy, uy, celosito, suelta ella con una voz socarrona.

Él se acerca a ella.
But you didn't have to cut me off
Se besan.
Make out like it never happened and that we
                                               [were nothing
El timbre de la puerta suena.

***

No tiene sentido, piensa Guillermo mientras da play por enésima ocasión. El bajo. El sonido tan nítido. La canción continúa y en la pantalla se asoman unas manos rojas, un par de ojos que miran en direcciones distintas. Los espasmos húmedos regresan en su pierna. Aporreando el teclado, atraviesa desnudo un valle de rosales digitales como un condenado, con la mente desconectada de su cuerpo de tantas heridas. Pero no encuentra lo que busca por ningún lado. La sala comienza a contraerse y extenderse como un pulmón. Él hunde la cabeza entre ambas manos.

Al menos la voz de su hermano al otro lado del teléfono es la misma. Guillermo se aferra como puede a esta boya. Alex, Alex, dice. Eres tú. ¿Eres tú? ¿Guillermo? ¿Qué pedo, güey?

Guillermo solamente puede mascullar Somebody That I Used to Know una y otra vez antes de atreverse a preguntar en qué año salió la canción con el tono de quien va a exhumar un cuerpo. Confundido, Alex responde que salió hace cinco o seis años, quizá un poco más. Guillermo le pregunta si no recuerda una Navidad cuando eran niños, papá compró una videocámara y los dos se pusieron pelucas para imitar la letra de la canción. Esa era otra canción, responde Alex. Era “Wicked Love” o algo así. La de “Noooooooaaaahhhh I don’t want to fall in looove”. Guillermo dice que no puede ser, que él le contó esa historia a Lucía y a Alejo cientos de veces, hasta cansarlos. Les prometió que les mostraría el video cuando lo encontrara entre toda las chácharas que su madre tiene en su casa.

¿A quiénes?, pregunta Alex.
A Lucía y a Alejo, responde Guillermo.
¿Quiénes son ellos?

La voz de Álex es un tren bala que se aleja a cientos de kilómetros por hora. Guillermo se olvida del teléfono y regresa a su habitación para buscar su cartera.

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Édgar clava la mirada en todo a su alrededor mientras solloza en la sala de la cocina. Ojos desesperados como los de un perro que no ha comido en días. Seguro hay alguien a quien le podamos avisar, alguien lo debe estar buscando, insiste Lucía. Es igual, es igual, es prácticamente todo igual, Édgar no deja de sollozar. Guillermo nota cómo esos ojos se comen toda la casa, barren cada centímetro de cada pared, de cada objeto y se paran en la puerta donde está Alejo asomando la mirada. Alejo, vete a tu cuarto dice Guillermo y él corre al otro lado de su madre y se agarra de su pierna. Édgar se pone de pie y no deja de mirarlo diciendo Alejo, Alejo, tu cara, qué le pasó a tu cara. Sus palabras se extienden como manchas de tinta sucia por el aire y se revuelven con los sintetizadores con el but Alejo you tu treat cara me qué like le a pasó stranger a and tu that cara feels Alejo so mírame rough luego todo se enmudece por un segundo y en el mundo entero se escucha un desgarro, un golpe, la música en loop, otro golpe, la visión nublada, otro y otro y otro y no hay aire en los la visión nublada y las manos en sus rodillas y la humedad sobre su pierna.

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Guillermo abre la cartera y vierte su contenido por todo el suelo. Tarjetas, monedas. No está la fotografía. Busca en sus cajones. Nada. Recorre de principio a fin la galería de su teléfono celular cien veces. Nada. De un golpe abre la computadora. Archivos, redes sociales. Nada.

Como puede, se arrastra al baño y suelta arcadas pero solo cae un hilo de bilis en el agua del inodoro. Se lleve las manos a la cabeza y se recuesta en posición fetal. El mundo gira lentamente como en una danza lenta y mordaz que Guillermo no puede dejar de observar con unas náuseas imposibles de arrancarse de la médula espinal. Se tambalea de regreso a la sala y recoge su teléfono del suelo. No hay ningún rastro, pero él recuerda. Recuerda todo.

Marca un número. ¿Bueno?, dicen en la línea.
¿L-Lucía?

***

Si vuelvo a escuchar esa canción, me voy a morir, dice Lucía en la cocina mientras saca la lengua y hace ademán de meterse un dedo en la boca. Guillermo sonríe, comienza a mover las caderas al ritmo de los sintetizadores y responde que a él le mama. Nada como un loop de música ochentera para lavar los trastes, dice. Además, a Alejo también le gusta. Algo tiene que lo relaja y lo pone a dormir. Es porque es aburridísima, dice ella. Como tú. La sonrisa de él se ensancha y sin dejar de pasar la esponja de jabón por el plato la mira y comienza a mover los labios.

Now and then I think of when we were together…

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El tiempo se vuelve el reflejo de un rostro en el agua del huracán. Los rostros de las personas parecen todas moldeadas del mismo maniquí sin rasgos. El sol se vuelve un abanico que corre sobre su cabeza mientras las horas se desgranan entre las calles corriendo, buscando. Por fin, llega. La misma casa. El mismo sonido del timbre. El mismo rostro, manchado con una mirada desconcertada. La misma casa que no es la misma casa. El mundo gira y gira. La canción. La canción. La canción. Trata de hablar pero las palabras son petróleo agolpado en la garganta. Es igual, es igual, es prácticamente todo igual. Otro rostro. Édgar. El miedo es una mancha de ácido en el estómago. Le tiemblan las manos. Su conciencia se despega de su cuerpo. Es una mala — la canción, la canción, la canción — película. Otro rostro. Alejo. Puede ver la sombra de Lucía en él. Pero no el suyo. El de Édgar. La canción. Todo gira más y más rápido. Un desgarro. La canción. Un golpe. Por el rabillo del ojo ve cómo las bocinas golpean el suelo y la canción se congela. Todo gira. Golpe. Golpe. Golpe. El horror ardiendo en el aire. Sus manos rojas y calientes. El miedo. El grito ahogado. Se aferra a la pierna de Édgar y vacía sobre ella sus lágrimas. La canción abriéndose paso como un sacacorchos a través de su cien mebodysomebodysomebodysomebyso.


Javier Armendáriz (Parral, 1994). Egresado de la Lic. en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara. Es reportero en El Informador y colabora en el portal musical Sin Documentos.
Link a red social: @elpinshijavi

Imagen de portada: Philippe Gontier

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