Malleus Maleficarum

N.015 - Narrativa

Malleus Maleficarum

N.015 - Narrativa

 Malleus Maleficarum

N.015 - Narrativa

Malleus Maleficarum

N.015 - Narrativa

Malleus Maleficarum

N.015 - Narrativa

Escrito por Adolfo Nomadha González

Escrito por Adolfo Nomadha González

Escrito por Adolfo Nomadha González

Escrito por Adolfo Nomadha González

Escrito por Adolfo Nomadha González

Recurrieron a embriagarse para soportar la ansiedad que provocó su vigilia, sin mucho éxito; ni la absenta más amarga pudo enjuagar el terror que se pegó a su rostro aquella noche. Se reunieron en el campamento para esperar el regreso de los caballeros. Don Rodrigo de Goribar abandonó la villa junto a siete de sus mejores hombres, con la consigna de requisar todo rincón desde Ciboure hasta los Pirineos y traer consigo al macho cabrío que formó parte de los aquelarres de Vasconia. Ministros del Santo Oficio decidieron encomendar tal hazaña por su osadía en combate; dispuesto a sumergirse en territorios prohibidos, repletos de arroyos azufrosos y marañas de hiedra venenosa que se extendieron más allá de las sombras. Se esfumaron sin dejar rastro, por varios días, en los que comenzaron a levantarse toda clase de horribles sospechas en la provincia.

    Aquel prado poseyó una extensión de alrededor de un kilómetro, aunque la sucesión de colinas pequeñas en su trayecto lo hizo ver más imponente; completamente desprovisto de hierba y espolvoreado por grava afilada, desembocó en grupos de peñascos y montes contorneados por árboles de olivo. El murmullo del viento se deslizó zigzagueante entre cornisas, provocó una sensación de vacío que solo pudo romper el carraspeo de las brasas al extinguirse en la fogata. Pensaron que no verían caballería alguna arribar a Zugarramurdi y, por consiguiente, todo estaba perdido. Enviaron a un joven centinela a informarle al sacerdote del pueblo, quien de inmediato ordenó a todo mundo que sacrificase a los corderos de la aldea para esparcir su alma en cruces sangrientas sobre muros y puertas ante la posible muerte de los jinetes.

     Por las noches, ciertos sonsonetes lejanos les hicieron creer que una comitiva se aproximó; pensamientos que se esfumaron tan pronto como se percataron que se trató del murmullo de las rocas al deslizarse en los arroyos o el cabalgar de tarpanes solitarios que deambularon la espesura de los bosques. Fue durante una noche particularmente fría de enero cuando finalmente pudieron reconocer la silueta de varios jinetes romper la bruma en la última hilera de colinas; sus armaduras espejearon luz nocturna y desde la distancia se apreciaron como una constelación errante bajando del cielo púrpura.

      A mitad del prado, una vez extraviadas las sombras de la cordillera, vieron retorcer una figura de aspecto inusual, atada a los últimos caballos. Una bestia que, pese a sus características antropomorfas, no podría considerarse humana en un sentido estricto. Su cabeza y espinazo rebotaron entre la grava; aun con luz rala pudieron ver el enrojecimiento que causó la sangre al correr por su cuerpo. Al perder distancia y resonar cada vez más cerca los cascos, la textura de su piel y sus facciones adquirieron una nitidez que ninguno de ellos hubiera querido experimentar:

     Cabellera encrespada como paja, de un gris melancolía que cayó por sus hombros y mentón en zigzagueantes mechones. Emergieron cuernos de ambos lados de su frente como si fueran un par de troncos torcidos. Su piel era púrpura, como si su cuerpo entero estuviese cubierto por hematomas y al acercarse a sus facciones adquirían un aspecto negruzco y agrietado. Sus ojos mostraron escleróticas inquietantemente negras, con bordes sanguinolentos y membranosos. 

      Sus brazos raquíticos desembocaron en un par de manos largas, con uñas negras de un grosor impresionante. Sus piernas, torcidas hacia atrás, estaban cubiertas por el mismo pelaje tupido que ocultó su cabeza, con los pies achicados y deformes como los de una cabra pero delicados como los de un hombre. Intimidó a los pobladores la desnudez de aquella criatura; con el sexo completamente al descubierto, coronado por un ralo vello que trepó desde su ingle hasta el pecho, donde se bifurcó en dirección a sus hombros, que presentaron gran cantidad de pelaje. 

     Los hombres de Goribar en Zugarramurdi prepararon, según órdenes del caballero, un caldero posicionado en la parte más alta del monte Urdax que debía ser encendido en cuanto se divisasen indicios de caballería al fondo del claro, con antorchas a los cuatro extremos para que todo poblador consternado pudiera atestiguar la caída del demonio frente a sus propios ojos. Sin duda alguna y para asombro de los pobladores que comenzaron a salir de sus casas al primer llamado de los centinelas, don Rodrigo de Goribar no solo había sido capaz de atrapar al demonio, sino que este se encontraba completamente rendido y malherido a los pies de su caballo. ¡Debieron convertir a aquel hombre en Santo!

      Nada más alejado de la realidad; lo que llevaron a rastras durante horas no se trató de un demonio ni nada parecido: un ser demoniforme, para su desgracia católica, sí. Pero distó bastante de aquella descripción, si me permiten decirlo. La bestia de cadera dislocada por los golpes del camino era Arbor; un fauno que habitó por mucho tiempo los bosques de los Pirineos, siendo las cavernas de Zalain su refugio predilecto hasta el momento de su captura. Una criatura inocente que recibió castigo injusto de la Inquisición: fue un ser muy bueno. Jamás le causó daño a ser alguno; era vegetariano por respeto a los animales y que, aun con aquello, comía muy poco y solo lo hacía de los frutos maduros que cayeron de los árboles por su propia naturaleza, pues tampoco era capaz de perturbar a las plantas. 

      Por eso el reino animal en su entereza le respetó, cosa que despertó temor entre humanos, pues se sospechó que las bestias conspiraban junto con él. Lobos hambrientos pasaban de largo al ver su figura entre los árboles. Los buitres respetaron las siestas que tomó en claros ocultos por horas, como si hubiese muerto. Tanto que vivió por largos años, hasta que las aldeas a las afueras comenzaron a crecer y amurallarse a cal y canto.

       Proveniente de una estirpe extinta y legendaria de la que salió el mismísimo dios Pan, en momentos más brillantes de la historia, y que fue enflaquecida con el paso de los años y tras la adopción del catolicismo en el occidente de Europa, vio su extinción con la llegada del Santo Oficio al control del orden público. Maestra absoluta de la tierra, excepcional conocedora de la herbolaria y curanderos por naturaleza; en temporadas tardías. Después de adaptar un estilo de vida ermitaño y ocultarse de todo rastro humano, fungieron como médicos del bosque, ayudando por igual a reptiles como mamíferos e incluso a un par de viajeros honestos que colapsaron en sus tierras.

      La caballería siguió avanzando en dirección al gran caldero, seguida por una muchedumbre envuelta en halo de fuego que emergió de sus antorchas. Se aproximaron con increíble rapidez hacia las bestias y armados con rocas, que lanzaron con sus manos libres, apedrearon a Arbor hasta que uno de los proyectiles le vació un ojo y otro particularmente grande le rompió un par de costillas.  —¡Lo han atrapado! ¡Han atrapado a Belcebú en persona! ¡Dios salve a don Rodrigo de Goribar y sus hombres gallardos! — se escuchó gritar a un aldeano en la hilera más próxima al prisionero, seguido por un griterío hirviente en vitoreos y aplausos que se burlaron del moribundo con toda la fuerza que sus pulmones les permitieron.

      El hombre al frente a la comitiva sonrió al retirarse su casco y, de manera regia, descendió de su caballo para dirigirse lentamente hacia Arbor, al tiempo que entonó una arenga para todos los espectadores a los pies del monte:

     —Pobladores de Zugarramurdi, yo, Rodrigo de Goribar y Etxebarria, solo soy un fiel mensajero de nuestro señor. Por esa razón acepté la peligrosísima encomienda de hacerme con mi espada y adentrarme en terrenos oscuros para liberaros del yugo de Satanás sobre las tierras de Vasconia. ¡Vida eterna a Cristo, y que nuestro padre cuide al reino!

      Al terminar aquellas palabras, todos enfrascaron sus voces; y lo único que se escuchó entre el silencio de sus frases fue el caldero que comenzó a hervir de a poco. Don Rodrigo tomó a Arbor por los cuernos e intentó obligarlo a pararse, aunque su cadera completamente destrozada se lo impidió, por lo que le encomendó a dos de sus hombres sostenerlo mientras él blandió su espada y de un tajo cortó los cuernos del fauno. El estruendo que hizo la bestia al amputarle estos fue tal que todos los lobos en la lejanía comenzaron a aullar al unísono, provocando ensordecedora onda que cimbró la tierra.

     —¡El adversario cae frente a vuestros ojos y, sin la cornamenta, no es más que un inmundo ser, sin poder alguno!— gritó el caballero al propinarle una patada al fauno y dejarlo retorcerse en las piedras desnudas; para ese punto ciego, cuadrapléjico y con la mandíbula dislocada. Las personas aplaudieron y las mujeres soltaron lágrimas de emoción al ver el increíble derroche de valentía que emergió de aquel caballero. El caldero a su espalda hirvió cada vez con más vehemencia y, al distinguir el burbujeo en sus tímpanos, Arbor pidió que se le echase a la caldera de una vez por todas para interrumpir su martirio. Pero el hombre continuó su discurso, leyendo en voz alta para todo mundo fragmentos del Malleus Maleficarum, tratado para identificar conductas herméticas en el reino, alternados con series de golpes y patadas.

    Las criaturas del bosque emergieron tímidamente a los bordes del claro, apenas fueron perceptibles en medio de la oscura madrugada. Gran desilusión corrió por las venas y corazones de bestias que, sin distinción de cazadores y presas, se aproximaron a presenciar el último suspiro de su héroe. Solo un par de lobos se atrevieron a hacerle frente a los hombres para rescatar al fauno, sin éxito alguno; fueron interceptados por gran cantidad de pobladores que los derribaron y apedrearon hasta la muerte en cuestión de minutos. 

     Arbor murió antes de que le arrojaran a la caldera. Un último golpe con el mango de la espada de don Rodrigo terminó por arrebatarle la vida. La desesperanza se respiró más allá de los límites de Zugarramurdi, donde el llanto de las bestias alcanzó tal precipitación que el sonido no cesó en varios días y los ecos aún se guardan entre surcos de corteza y recovecos de cuevas. Los animales desde entonces supieron que se encontraban solos contra un mundo que deseaba la muerte de todos por igual; se alimentaron de la más profunda desgracia y no se volvió a experimentar goce alguno desde la muerte del último fauno de los Balcanes.

 

Recurrieron a embriagarse para soportar la ansiedad que provocó su vigilia, sin mucho éxito; ni la absenta más amarga pudo enjuagar el terror que se pegó a su rostro aquella noche. Se reunieron en el campamento para esperar el regreso de los caballeros. Don Rodrigo de Goribar abandonó la villa junto a siete de sus mejores hombres, con la consigna de requisar todo rincón desde Ciboure hasta los Pirineos y traer consigo al macho cabrío que formó parte de los aquelarres de Vasconia. Ministros del Santo Oficio decidieron encomendar tal hazaña por su osadía en combate; dispuesto a sumergirse en territorios prohibidos, repletos de arroyos azufrosos y marañas de hiedra venenosa que se extendieron más allá de las sombras. Se esfumaron sin dejar rastro, por varios días, en los que comenzaron a levantarse toda clase de horribles sospechas en la provincia.

    Aquel prado poseyó una extensión de alrededor de un kilómetro, aunque la sucesión de colinas pequeñas en su trayecto lo hizo ver más imponente; completamente desprovisto de hierba y espolvoreado por grava afilada, desembocó en grupos de peñascos y montes contorneados por árboles de olivo. El murmullo del viento se deslizó zigzagueante entre cornisas, provocó una sensación de vacío que solo pudo romper el carraspeo de las brasas al extinguirse en la fogata. Pensaron que no verían caballería alguna arribar a Zugarramurdi y, por consiguiente, todo estaba perdido. Enviaron a un joven centinela a informarle al sacerdote del pueblo, quien de inmediato ordenó a todo mundo que sacrificase a los corderos de la aldea para esparcir su alma en cruces sangrientas sobre muros y puertas ante la posible muerte de los jinetes.

     Por las noches, ciertos sonsonetes lejanos les hicieron creer que una comitiva se aproximó; pensamientos que se esfumaron tan pronto como se percataron que se trató del murmullo de las rocas al deslizarse en los arroyos o el cabalgar de tarpanes solitarios que deambularon la espesura de los bosques. Fue durante una noche particularmente fría de enero cuando finalmente pudieron reconocer la silueta de varios jinetes romper la bruma en la última hilera de colinas; sus armaduras espejearon luz nocturna y desde la distancia se apreciaron como una constelación errante bajando del cielo púrpura.

      A mitad del prado, una vez extraviadas las sombras de la cordillera, vieron retorcer una figura de aspecto inusual, atada a los últimos caballos. Una bestia que, pese a sus características antropomorfas, no podría considerarse humana en un sentido estricto. Su cabeza y espinazo rebotaron entre la grava; aun con luz rala pudieron ver el enrojecimiento que causó la sangre al correr por su cuerpo. Al perder distancia y resonar cada vez más cerca los cascos, la textura de su piel y sus facciones adquirieron una nitidez que ninguno de ellos hubiera querido experimentar:

     Cabellera encrespada como paja, de un gris melancolía que cayó por sus hombros y mentón en zigzagueantes mechones. Emergieron cuernos de ambos lados de su frente como si fueran un par de troncos torcidos. Su piel era púrpura, como si su cuerpo entero estuviese cubierto por hematomas y al acercarse a sus facciones adquirían un aspecto negruzco y agrietado. Sus ojos mostraron escleróticas inquietantemente negras, con bordes sanguinolentos y membranosos. 

      Sus brazos raquíticos desembocaron en un par de manos largas, con uñas negras de un grosor impresionante. Sus piernas, torcidas hacia atrás, estaban cubiertas por el mismo pelaje tupido que ocultó su cabeza, con los pies achicados y deformes como los de una cabra pero delicados como los de un hombre. Intimidó a los pobladores la desnudez de aquella criatura; con el sexo completamente al descubierto, coronado por un ralo vello que trepó desde su ingle hasta el pecho, donde se bifurcó en dirección a sus hombros, que presentaron gran cantidad de pelaje. 

     Los hombres de Goribar en Zugarramurdi prepararon, según órdenes del caballero, un caldero posicionado en la parte más alta del monte Urdax que debía ser encendido en cuanto se divisasen indicios de caballería al fondo del claro, con antorchas a los cuatro extremos para que todo poblador consternado pudiera atestiguar la caída del demonio frente a sus propios ojos. Sin duda alguna y para asombro de los pobladores que comenzaron a salir de sus casas al primer llamado de los centinelas, don Rodrigo de Goribar no solo había sido capaz de atrapar al demonio, sino que este se encontraba completamente rendido y malherido a los pies de su caballo. ¡Debieron convertir a aquel hombre en Santo!

      Nada más alejado de la realidad; lo que llevaron a rastras durante horas no se trató de un demonio ni nada parecido: un ser demoniforme, para su desgracia católica, sí. Pero distó bastante de aquella descripción, si me permiten decirlo. La bestia de cadera dislocada por los golpes del camino era Arbor; un fauno que habitó por mucho tiempo los bosques de los Pirineos, siendo las cavernas de Zalain su refugio predilecto hasta el momento de su captura. Una criatura inocente que recibió castigo injusto de la Inquisición: fue un ser muy bueno. Jamás le causó daño a ser alguno; era vegetariano por respeto a los animales y que, aun con aquello, comía muy poco y solo lo hacía de los frutos maduros que cayeron de los árboles por su propia naturaleza, pues tampoco era capaz de perturbar a las plantas. 

      Por eso el reino animal en su entereza le respetó, cosa que despertó temor entre humanos, pues se sospechó que las bestias conspiraban junto con él. Lobos hambrientos pasaban de largo al ver su figura entre los árboles. Los buitres respetaron las siestas que tomó en claros ocultos por horas, como si hubiese muerto. Tanto que vivió por largos años, hasta que las aldeas a las afueras comenzaron a crecer y amurallarse a cal y canto.

       Proveniente de una estirpe extinta y legendaria de la que salió el mismísimo dios Pan, en momentos más brillantes de la historia, y que fue enflaquecida con el paso de los años y tras la adopción del catolicismo en el occidente de Europa, vio su extinción con la llegada del Santo Oficio al control del orden público. Maestra absoluta de la tierra, excepcional conocedora de la herbolaria y curanderos por naturaleza; en temporadas tardías. Después de adaptar un estilo de vida ermitaño y ocultarse de todo rastro humano, fungieron como médicos del bosque, ayudando por igual a reptiles como mamíferos e incluso a un par de viajeros honestos que colapsaron en sus tierras.

      La caballería siguió avanzando en dirección al gran caldero, seguida por una muchedumbre envuelta en halo de fuego que emergió de sus antorchas. Se aproximaron con increíble rapidez hacia las bestias y armados con rocas, que lanzaron con sus manos libres, apedrearon a Arbor hasta que uno de los proyectiles le vació un ojo y otro particularmente grande le rompió un par de costillas.  —¡Lo han atrapado! ¡Han atrapado a Belcebú en persona! ¡Dios salve a don Rodrigo de Goribar y sus hombres gallardos! — se escuchó gritar a un aldeano en la hilera más próxima al prisionero, seguido por un griterío hirviente en vitoreos y aplausos que se burlaron del moribundo con toda la fuerza que sus pulmones les permitieron.

      El hombre al frente a la comitiva sonrió al retirarse su casco y, de manera regia, descendió de su caballo para dirigirse lentamente hacia Arbor, al tiempo que entonó una arenga para todos los espectadores a los pies del monte:

     —Pobladores de Zugarramurdi, yo, Rodrigo de Goribar y Etxebarria, solo soy un fiel mensajero de nuestro señor. Por esa razón acepté la peligrosísima encomienda de hacerme con mi espada y adentrarme en terrenos oscuros para liberaros del yugo de Satanás sobre las tierras de Vasconia. ¡Vida eterna a Cristo, y que nuestro padre cuide al reino!

      Al terminar aquellas palabras, todos enfrascaron sus voces; y lo único que se escuchó entre el silencio de sus frases fue el caldero que comenzó a hervir de a poco. Don Rodrigo tomó a Arbor por los cuernos e intentó obligarlo a pararse, aunque su cadera completamente destrozada se lo impidió, por lo que le encomendó a dos de sus hombres sostenerlo mientras él blandió su espada y de un tajo cortó los cuernos del fauno. El estruendo que hizo la bestia al amputarle estos fue tal que todos los lobos en la lejanía comenzaron a aullar al unísono, provocando ensordecedora onda que cimbró la tierra.

     —¡El adversario cae frente a vuestros ojos y, sin la cornamenta, no es más que un inmundo ser, sin poder alguno!— gritó el caballero al propinarle una patada al fauno y dejarlo retorcerse en las piedras desnudas; para ese punto ciego, cuadrapléjico y con la mandíbula dislocada. Las personas aplaudieron y las mujeres soltaron lágrimas de emoción al ver el increíble derroche de valentía que emergió de aquel caballero. El caldero a su espalda hirvió cada vez con más vehemencia y, al distinguir el burbujeo en sus tímpanos, Arbor pidió que se le echase a la caldera de una vez por todas para interrumpir su martirio. Pero el hombre continuó su discurso, leyendo en voz alta para todo mundo fragmentos del Malleus Maleficarum, tratado para identificar conductas herméticas en el reino, alternados con series de golpes y patadas.

    Las criaturas del bosque emergieron tímidamente a los bordes del claro, apenas fueron perceptibles en medio de la oscura madrugada. Gran desilusión corrió por las venas y corazones de bestias que, sin distinción de cazadores y presas, se aproximaron a presenciar el último suspiro de su héroe. Solo un par de lobos se atrevieron a hacerle frente a los hombres para rescatar al fauno, sin éxito alguno; fueron interceptados por gran cantidad de pobladores que los derribaron y apedrearon hasta la muerte en cuestión de minutos. 

     Arbor murió antes de que le arrojaran a la caldera. Un último golpe con el mango de la espada de don Rodrigo terminó por arrebatarle la vida. La desesperanza se respiró más allá de los límites de Zugarramurdi, donde el llanto de las bestias alcanzó tal precipitación que el sonido no cesó en varios días y los ecos aún se guardan entre surcos de corteza y recovecos de cuevas. Los animales desde entonces supieron que se encontraban solos contra un mundo que deseaba la muerte de todos por igual; se alimentaron de la más profunda desgracia y no se volvió a experimentar goce alguno desde la muerte del último fauno de los Balcanes.

 

Recurrieron a embriagarse para soportar la ansiedad que provocó su vigilia, sin mucho éxito; ni la absenta más amarga pudo enjuagar el terror que se pegó a su rostro aquella noche. Se reunieron en el campamento para esperar el regreso de los caballeros. Don Rodrigo de Goribar abandonó la villa junto a siete de sus mejores hombres, con la consigna de requisar todo rincón desde Ciboure hasta los Pirineos y traer consigo al macho cabrío que formó parte de los aquelarres de Vasconia. Ministros del Santo Oficio decidieron encomendar tal hazaña por su osadía en combate; dispuesto a sumergirse en territorios prohibidos, repletos de arroyos azufrosos y marañas de hiedra venenosa que se extendieron más allá de las sombras. Se esfumaron sin dejar rastro, por varios días, en los que comenzaron a levantarse toda clase de horribles sospechas en la provincia.

    Aquel prado poseyó una extensión de alrededor de un kilómetro, aunque la sucesión de colinas pequeñas en su trayecto lo hizo ver más imponente; completamente desprovisto de hierba y espolvoreado por grava afilada, desembocó en grupos de peñascos y montes contorneados por árboles de olivo. El murmullo del viento se deslizó zigzagueante entre cornisas, provocó una sensación de vacío que solo pudo romper el carraspeo de las brasas al extinguirse en la fogata. Pensaron que no verían caballería alguna arribar a Zugarramurdi y, por consiguiente, todo estaba perdido. Enviaron a un joven centinela a informarle al sacerdote del pueblo, quien de inmediato ordenó a todo mundo que sacrificase a los corderos de la aldea para esparcir su alma en cruces sangrientas sobre muros y puertas ante la posible muerte de los jinetes.

     Por las noches, ciertos sonsonetes lejanos les hicieron creer que una comitiva se aproximó; pensamientos que se esfumaron tan pronto como se percataron que se trató del murmullo de las rocas al deslizarse en los arroyos o el cabalgar de tarpanes solitarios que deambularon la espesura de los bosques. Fue durante una noche particularmente fría de enero cuando finalmente pudieron reconocer la silueta de varios jinetes romper la bruma en la última hilera de colinas; sus armaduras espejearon luz nocturna y desde la distancia se apreciaron como una constelación errante bajando del cielo púrpura.

      A mitad del prado, una vez extraviadas las sombras de la cordillera, vieron retorcer una figura de aspecto inusual, atada a los últimos caballos. Una bestia que, pese a sus características antropomorfas, no podría considerarse humana en un sentido estricto. Su cabeza y espinazo rebotaron entre la grava; aun con luz rala pudieron ver el enrojecimiento que causó la sangre al correr por su cuerpo. Al perder distancia y resonar cada vez más cerca los cascos, la textura de su piel y sus facciones adquirieron una nitidez que ninguno de ellos hubiera querido experimentar:

     Cabellera encrespada como paja, de un gris melancolía que cayó por sus hombros y mentón en zigzagueantes mechones. Emergieron cuernos de ambos lados de su frente como si fueran un par de troncos torcidos. Su piel era púrpura, como si su cuerpo entero estuviese cubierto por hematomas y al acercarse a sus facciones adquirían un aspecto negruzco y agrietado. Sus ojos mostraron escleróticas inquietantemente negras, con bordes sanguinolentos y membranosos. 

      Sus brazos raquíticos desembocaron en un par de manos largas, con uñas negras de un grosor impresionante. Sus piernas, torcidas hacia atrás, estaban cubiertas por el mismo pelaje tupido que ocultó su cabeza, con los pies achicados y deformes como los de una cabra pero delicados como los de un hombre. Intimidó a los pobladores la desnudez de aquella criatura; con el sexo completamente al descubierto, coronado por un ralo vello que trepó desde su ingle hasta el pecho, donde se bifurcó en dirección a sus hombros, que presentaron gran cantidad de pelaje. 

     Los hombres de Goribar en Zugarramurdi prepararon, según órdenes del caballero, un caldero posicionado en la parte más alta del monte Urdax que debía ser encendido en cuanto se divisasen indicios de caballería al fondo del claro, con antorchas a los cuatro extremos para que todo poblador consternado pudiera atestiguar la caída del demonio frente a sus propios ojos. Sin duda alguna y para asombro de los pobladores que comenzaron a salir de sus casas al primer llamado de los centinelas, don Rodrigo de Goribar no solo había sido capaz de atrapar al demonio, sino que este se encontraba completamente rendido y malherido a los pies de su caballo. ¡Debieron convertir a aquel hombre en Santo!

      Nada más alejado de la realidad; lo que llevaron a rastras durante horas no se trató de un demonio ni nada parecido: un ser demoniforme, para su desgracia católica, sí. Pero distó bastante de aquella descripción, si me permiten decirlo. La bestia de cadera dislocada por los golpes del camino era Arbor; un fauno que habitó por mucho tiempo los bosques de los Pirineos, siendo las cavernas de Zalain su refugio predilecto hasta el momento de su captura. Una criatura inocente que recibió castigo injusto de la Inquisición: fue un ser muy bueno. Jamás le causó daño a ser alguno; era vegetariano por respeto a los animales y que, aun con aquello, comía muy poco y solo lo hacía de los frutos maduros que cayeron de los árboles por su propia naturaleza, pues tampoco era capaz de perturbar a las plantas. 

      Por eso el reino animal en su entereza le respetó, cosa que despertó temor entre humanos, pues se sospechó que las bestias conspiraban junto con él. Lobos hambrientos pasaban de largo al ver su figura entre los árboles. Los buitres respetaron las siestas que tomó en claros ocultos por horas, como si hubiese muerto. Tanto que vivió por largos años, hasta que las aldeas a las afueras comenzaron a crecer y amurallarse a cal y canto.

       Proveniente de una estirpe extinta y legendaria de la que salió el mismísimo dios Pan, en momentos más brillantes de la historia, y que fue enflaquecida con el paso de los años y tras la adopción del catolicismo en el occidente de Europa, vio su extinción con la llegada del Santo Oficio al control del orden público. Maestra absoluta de la tierra, excepcional conocedora de la herbolaria y curanderos por naturaleza; en temporadas tardías. Después de adaptar un estilo de vida ermitaño y ocultarse de todo rastro humano, fungieron como médicos del bosque, ayudando por igual a reptiles como mamíferos e incluso a un par de viajeros honestos que colapsaron en sus tierras.

      La caballería siguió avanzando en dirección al gran caldero, seguida por una muchedumbre envuelta en halo de fuego que emergió de sus antorchas. Se aproximaron con increíble rapidez hacia las bestias y armados con rocas, que lanzaron con sus manos libres, apedrearon a Arbor hasta que uno de los proyectiles le vació un ojo y otro particularmente grande le rompió un par de costillas.  —¡Lo han atrapado! ¡Han atrapado a Belcebú en persona! ¡Dios salve a don Rodrigo de Goribar y sus hombres gallardos! — se escuchó gritar a un aldeano en la hilera más próxima al prisionero, seguido por un griterío hirviente en vitoreos y aplausos que se burlaron del moribundo con toda la fuerza que sus pulmones les permitieron.

      El hombre al frente a la comitiva sonrió al retirarse su casco y, de manera regia, descendió de su caballo para dirigirse lentamente hacia Arbor, al tiempo que entonó una arenga para todos los espectadores a los pies del monte:

     —Pobladores de Zugarramurdi, yo, Rodrigo de Goribar y Etxebarria, solo soy un fiel mensajero de nuestro señor. Por esa razón acepté la peligrosísima encomienda de hacerme con mi espada y adentrarme en terrenos oscuros para liberaros del yugo de Satanás sobre las tierras de Vasconia. ¡Vida eterna a Cristo, y que nuestro padre cuide al reino!

      Al terminar aquellas palabras, todos enfrascaron sus voces; y lo único que se escuchó entre el silencio de sus frases fue el caldero que comenzó a hervir de a poco. Don Rodrigo tomó a Arbor por los cuernos e intentó obligarlo a pararse, aunque su cadera completamente destrozada se lo impidió, por lo que le encomendó a dos de sus hombres sostenerlo mientras él blandió su espada y de un tajo cortó los cuernos del fauno. El estruendo que hizo la bestia al amputarle estos fue tal que todos los lobos en la lejanía comenzaron a aullar al unísono, provocando ensordecedora onda que cimbró la tierra.

     —¡El adversario cae frente a vuestros ojos y, sin la cornamenta, no es más que un inmundo ser, sin poder alguno!— gritó el caballero al propinarle una patada al fauno y dejarlo retorcerse en las piedras desnudas; para ese punto ciego, cuadrapléjico y con la mandíbula dislocada. Las personas aplaudieron y las mujeres soltaron lágrimas de emoción al ver el increíble derroche de valentía que emergió de aquel caballero. El caldero a su espalda hirvió cada vez con más vehemencia y, al distinguir el burbujeo en sus tímpanos, Arbor pidió que se le echase a la caldera de una vez por todas para interrumpir su martirio. Pero el hombre continuó su discurso, leyendo en voz alta para todo mundo fragmentos del Malleus Maleficarum, tratado para identificar conductas herméticas en el reino, alternados con series de golpes y patadas.

    Las criaturas del bosque emergieron tímidamente a los bordes del claro, apenas fueron perceptibles en medio de la oscura madrugada. Gran desilusión corrió por las venas y corazones de bestias que, sin distinción de cazadores y presas, se aproximaron a presenciar el último suspiro de su héroe. Solo un par de lobos se atrevieron a hacerle frente a los hombres para rescatar al fauno, sin éxito alguno; fueron interceptados por gran cantidad de pobladores que los derribaron y apedrearon hasta la muerte en cuestión de minutos. 

     Arbor murió antes de que le arrojaran a la caldera. Un último golpe con el mango de la espada de don Rodrigo terminó por arrebatarle la vida. La desesperanza se respiró más allá de los límites de Zugarramurdi, donde el llanto de las bestias alcanzó tal precipitación que el sonido no cesó en varios días y los ecos aún se guardan entre surcos de corteza y recovecos de cuevas. Los animales desde entonces supieron que se encontraban solos contra un mundo que deseaba la muerte de todos por igual; se alimentaron de la más profunda desgracia y no se volvió a experimentar goce alguno desde la muerte del último fauno de los Balcanes.

 

Recurrieron a embriagarse para soportar la ansiedad que provocó su vigilia, sin mucho éxito; ni la absenta más amarga pudo enjuagar el terror que se pegó a su rostro aquella noche. Se reunieron en el campamento para esperar el regreso de los caballeros. Don Rodrigo de Goribar abandonó la villa junto a siete de sus mejores hombres, con la consigna de requisar todo rincón desde Ciboure hasta los Pirineos y traer consigo al macho cabrío que formó parte de los aquelarres de Vasconia. Ministros del Santo Oficio decidieron encomendar tal hazaña por su osadía en combate; dispuesto a sumergirse en territorios prohibidos, repletos de arroyos azufrosos y marañas de hiedra venenosa que se extendieron más allá de las sombras. Se esfumaron sin dejar rastro, por varios días, en los que comenzaron a levantarse toda clase de horribles sospechas en la provincia.

    Aquel prado poseyó una extensión de alrededor de un kilómetro, aunque la sucesión de colinas pequeñas en su trayecto lo hizo ver más imponente; completamente desprovisto de hierba y espolvoreado por grava afilada, desembocó en grupos de peñascos y montes contorneados por árboles de olivo. El murmullo del viento se deslizó zigzagueante entre cornisas, provocó una sensación de vacío que solo pudo romper el carraspeo de las brasas al extinguirse en la fogata. Pensaron que no verían caballería alguna arribar a Zugarramurdi y, por consiguiente, todo estaba perdido. Enviaron a un joven centinela a informarle al sacerdote del pueblo, quien de inmediato ordenó a todo mundo que sacrificase a los corderos de la aldea para esparcir su alma en cruces sangrientas sobre muros y puertas ante la posible muerte de los jinetes.

     Por las noches, ciertos sonsonetes lejanos les hicieron creer que una comitiva se aproximó; pensamientos que se esfumaron tan pronto como se percataron que se trató del murmullo de las rocas al deslizarse en los arroyos o el cabalgar de tarpanes solitarios que deambularon la espesura de los bosques. Fue durante una noche particularmente fría de enero cuando finalmente pudieron reconocer la silueta de varios jinetes romper la bruma en la última hilera de colinas; sus armaduras espejearon luz nocturna y desde la distancia se apreciaron como una constelación errante bajando del cielo púrpura.

      A mitad del prado, una vez extraviadas las sombras de la cordillera, vieron retorcer una figura de aspecto inusual, atada a los últimos caballos. Una bestia que, pese a sus características antropomorfas, no podría considerarse humana en un sentido estricto. Su cabeza y espinazo rebotaron entre la grava; aun con luz rala pudieron ver el enrojecimiento que causó la sangre al correr por su cuerpo. Al perder distancia y resonar cada vez más cerca los cascos, la textura de su piel y sus facciones adquirieron una nitidez que ninguno de ellos hubiera querido experimentar:

     Cabellera encrespada como paja, de un gris melancolía que cayó por sus hombros y mentón en zigzagueantes mechones. Emergieron cuernos de ambos lados de su frente como si fueran un par de troncos torcidos. Su piel era púrpura, como si su cuerpo entero estuviese cubierto por hematomas y al acercarse a sus facciones adquirían un aspecto negruzco y agrietado. Sus ojos mostraron escleróticas inquietantemente negras, con bordes sanguinolentos y membranosos. 

      Sus brazos raquíticos desembocaron en un par de manos largas, con uñas negras de un grosor impresionante. Sus piernas, torcidas hacia atrás, estaban cubiertas por el mismo pelaje tupido que ocultó su cabeza, con los pies achicados y deformes como los de una cabra pero delicados como los de un hombre. Intimidó a los pobladores la desnudez de aquella criatura; con el sexo completamente al descubierto, coronado por un ralo vello que trepó desde su ingle hasta el pecho, donde se bifurcó en dirección a sus hombros, que presentaron gran cantidad de pelaje. 

     Los hombres de Goribar en Zugarramurdi prepararon, según órdenes del caballero, un caldero posicionado en la parte más alta del monte Urdax que debía ser encendido en cuanto se divisasen indicios de caballería al fondo del claro, con antorchas a los cuatro extremos para que todo poblador consternado pudiera atestiguar la caída del demonio frente a sus propios ojos. Sin duda alguna y para asombro de los pobladores que comenzaron a salir de sus casas al primer llamado de los centinelas, don Rodrigo de Goribar no solo había sido capaz de atrapar al demonio, sino que este se encontraba completamente rendido y malherido a los pies de su caballo. ¡Debieron convertir a aquel hombre en Santo!

      Nada más alejado de la realidad; lo que llevaron a rastras durante horas no se trató de un demonio ni nada parecido: un ser demoniforme, para su desgracia católica, sí. Pero distó bastante de aquella descripción, si me permiten decirlo. La bestia de cadera dislocada por los golpes del camino era Arbor; un fauno que habitó por mucho tiempo los bosques de los Pirineos, siendo las cavernas de Zalain su refugio predilecto hasta el momento de su captura. Una criatura inocente que recibió castigo injusto de la Inquisición: fue un ser muy bueno. Jamás le causó daño a ser alguno; era vegetariano por respeto a los animales y que, aun con aquello, comía muy poco y solo lo hacía de los frutos maduros que cayeron de los árboles por su propia naturaleza, pues tampoco era capaz de perturbar a las plantas. 

      Por eso el reino animal en su entereza le respetó, cosa que despertó temor entre humanos, pues se sospechó que las bestias conspiraban junto con él. Lobos hambrientos pasaban de largo al ver su figura entre los árboles. Los buitres respetaron las siestas que tomó en claros ocultos por horas, como si hubiese muerto. Tanto que vivió por largos años, hasta que las aldeas a las afueras comenzaron a crecer y amurallarse a cal y canto.

       Proveniente de una estirpe extinta y legendaria de la que salió el mismísimo dios Pan, en momentos más brillantes de la historia, y que fue enflaquecida con el paso de los años y tras la adopción del catolicismo en el occidente de Europa, vio su extinción con la llegada del Santo Oficio al control del orden público. Maestra absoluta de la tierra, excepcional conocedora de la herbolaria y curanderos por naturaleza; en temporadas tardías. Después de adaptar un estilo de vida ermitaño y ocultarse de todo rastro humano, fungieron como médicos del bosque, ayudando por igual a reptiles como mamíferos e incluso a un par de viajeros honestos que colapsaron en sus tierras.

      La caballería siguió avanzando en dirección al gran caldero, seguida por una muchedumbre envuelta en halo de fuego que emergió de sus antorchas. Se aproximaron con increíble rapidez hacia las bestias y armados con rocas, que lanzaron con sus manos libres, apedrearon a Arbor hasta que uno de los proyectiles le vació un ojo y otro particularmente grande le rompió un par de costillas.  —¡Lo han atrapado! ¡Han atrapado a Belcebú en persona! ¡Dios salve a don Rodrigo de Goribar y sus hombres gallardos! — se escuchó gritar a un aldeano en la hilera más próxima al prisionero, seguido por un griterío hirviente en vitoreos y aplausos que se burlaron del moribundo con toda la fuerza que sus pulmones les permitieron.

      El hombre al frente a la comitiva sonrió al retirarse su casco y, de manera regia, descendió de su caballo para dirigirse lentamente hacia Arbor, al tiempo que entonó una arenga para todos los espectadores a los pies del monte:

     —Pobladores de Zugarramurdi, yo, Rodrigo de Goribar y Etxebarria, solo soy un fiel mensajero de nuestro señor. Por esa razón acepté la peligrosísima encomienda de hacerme con mi espada y adentrarme en terrenos oscuros para liberaros del yugo de Satanás sobre las tierras de Vasconia. ¡Vida eterna a Cristo, y que nuestro padre cuide al reino!

      Al terminar aquellas palabras, todos enfrascaron sus voces; y lo único que se escuchó entre el silencio de sus frases fue el caldero que comenzó a hervir de a poco. Don Rodrigo tomó a Arbor por los cuernos e intentó obligarlo a pararse, aunque su cadera completamente destrozada se lo impidió, por lo que le encomendó a dos de sus hombres sostenerlo mientras él blandió su espada y de un tajo cortó los cuernos del fauno. El estruendo que hizo la bestia al amputarle estos fue tal que todos los lobos en la lejanía comenzaron a aullar al unísono, provocando ensordecedora onda que cimbró la tierra.

     —¡El adversario cae frente a vuestros ojos y, sin la cornamenta, no es más que un inmundo ser, sin poder alguno!— gritó el caballero al propinarle una patada al fauno y dejarlo retorcerse en las piedras desnudas; para ese punto ciego, cuadrapléjico y con la mandíbula dislocada. Las personas aplaudieron y las mujeres soltaron lágrimas de emoción al ver el increíble derroche de valentía que emergió de aquel caballero. El caldero a su espalda hirvió cada vez con más vehemencia y, al distinguir el burbujeo en sus tímpanos, Arbor pidió que se le echase a la caldera de una vez por todas para interrumpir su martirio. Pero el hombre continuó su discurso, leyendo en voz alta para todo mundo fragmentos del Malleus Maleficarum, tratado para identificar conductas herméticas en el reino, alternados con series de golpes y patadas.

    Las criaturas del bosque emergieron tímidamente a los bordes del claro, apenas fueron perceptibles en medio de la oscura madrugada. Gran desilusión corrió por las venas y corazones de bestias que, sin distinción de cazadores y presas, se aproximaron a presenciar el último suspiro de su héroe. Solo un par de lobos se atrevieron a hacerle frente a los hombres para rescatar al fauno, sin éxito alguno; fueron interceptados por gran cantidad de pobladores que los derribaron y apedrearon hasta la muerte en cuestión de minutos. 

     Arbor murió antes de que le arrojaran a la caldera. Un último golpe con el mango de la espada de don Rodrigo terminó por arrebatarle la vida. La desesperanza se respiró más allá de los límites de Zugarramurdi, donde el llanto de las bestias alcanzó tal precipitación que el sonido no cesó en varios días y los ecos aún se guardan entre surcos de corteza y recovecos de cuevas. Los animales desde entonces supieron que se encontraban solos contra un mundo que deseaba la muerte de todos por igual; se alimentaron de la más profunda desgracia y no se volvió a experimentar goce alguno desde la muerte del último fauno de los Balcanes.

 

Recurrieron a embriagarse para soportar la ansiedad que provocó su vigilia, sin mucho éxito; ni la absenta más amarga pudo enjuagar el terror que se pegó a su rostro aquella noche. Se reunieron en el campamento para esperar el regreso de los caballeros. Don Rodrigo de Goribar abandonó la villa junto a siete de sus mejores hombres, con la consigna de requisar todo rincón desde Ciboure hasta los Pirineos y traer consigo al macho cabrío que formó parte de los aquelarres de Vasconia. Ministros del Santo Oficio decidieron encomendar tal hazaña por su osadía en combate; dispuesto a sumergirse en territorios prohibidos, repletos de arroyos azufrosos y marañas de hiedra venenosa que se extendieron más allá de las sombras. Se esfumaron sin dejar rastro, por varios días, en los que comenzaron a levantarse toda clase de horribles sospechas en la provincia.

    Aquel prado poseyó una extensión de alrededor de un kilómetro, aunque la sucesión de colinas pequeñas en su trayecto lo hizo ver más imponente; completamente desprovisto de hierba y espolvoreado por grava afilada, desembocó en grupos de peñascos y montes contorneados por árboles de olivo. El murmullo del viento se deslizó zigzagueante entre cornisas, provocó una sensación de vacío que solo pudo romper el carraspeo de las brasas al extinguirse en la fogata. Pensaron que no verían caballería alguna arribar a Zugarramurdi y, por consiguiente, todo estaba perdido. Enviaron a un joven centinela a informarle al sacerdote del pueblo, quien de inmediato ordenó a todo mundo que sacrificase a los corderos de la aldea para esparcir su alma en cruces sangrientas sobre muros y puertas ante la posible muerte de los jinetes.

     Por las noches, ciertos sonsonetes lejanos les hicieron creer que una comitiva se aproximó; pensamientos que se esfumaron tan pronto como se percataron que se trató del murmullo de las rocas al deslizarse en los arroyos o el cabalgar de tarpanes solitarios que deambularon la espesura de los bosques. Fue durante una noche particularmente fría de enero cuando finalmente pudieron reconocer la silueta de varios jinetes romper la bruma en la última hilera de colinas; sus armaduras espejearon luz nocturna y desde la distancia se apreciaron como una constelación errante bajando del cielo púrpura.

      A mitad del prado, una vez extraviadas las sombras de la cordillera, vieron retorcer una figura de aspecto inusual, atada a los últimos caballos. Una bestia que, pese a sus características antropomorfas, no podría considerarse humana en un sentido estricto. Su cabeza y espinazo rebotaron entre la grava; aun con luz rala pudieron ver el enrojecimiento que causó la sangre al correr por su cuerpo. Al perder distancia y resonar cada vez más cerca los cascos, la textura de su piel y sus facciones adquirieron una nitidez que ninguno de ellos hubiera querido experimentar:

     Cabellera encrespada como paja, de un gris melancolía que cayó por sus hombros y mentón en zigzagueantes mechones. Emergieron cuernos de ambos lados de su frente como si fueran un par de troncos torcidos. Su piel era púrpura, como si su cuerpo entero estuviese cubierto por hematomas y al acercarse a sus facciones adquirían un aspecto negruzco y agrietado. Sus ojos mostraron escleróticas inquietantemente negras, con bordes sanguinolentos y membranosos. 

      Sus brazos raquíticos desembocaron en un par de manos largas, con uñas negras de un grosor impresionante. Sus piernas, torcidas hacia atrás, estaban cubiertas por el mismo pelaje tupido que ocultó su cabeza, con los pies achicados y deformes como los de una cabra pero delicados como los de un hombre. Intimidó a los pobladores la desnudez de aquella criatura; con el sexo completamente al descubierto, coronado por un ralo vello que trepó desde su ingle hasta el pecho, donde se bifurcó en dirección a sus hombros, que presentaron gran cantidad de pelaje. 

     Los hombres de Goribar en Zugarramurdi prepararon, según órdenes del caballero, un caldero posicionado en la parte más alta del monte Urdax que debía ser encendido en cuanto se divisasen indicios de caballería al fondo del claro, con antorchas a los cuatro extremos para que todo poblador consternado pudiera atestiguar la caída del demonio frente a sus propios ojos. Sin duda alguna y para asombro de los pobladores que comenzaron a salir de sus casas al primer llamado de los centinelas, don Rodrigo de Goribar no solo había sido capaz de atrapar al demonio, sino que este se encontraba completamente rendido y malherido a los pies de su caballo. ¡Debieron convertir a aquel hombre en Santo!

      Nada más alejado de la realidad; lo que llevaron a rastras durante horas no se trató de un demonio ni nada parecido: un ser demoniforme, para su desgracia católica, sí. Pero distó bastante de aquella descripción, si me permiten decirlo. La bestia de cadera dislocada por los golpes del camino era Arbor; un fauno que habitó por mucho tiempo los bosques de los Pirineos, siendo las cavernas de Zalain su refugio predilecto hasta el momento de su captura. Una criatura inocente que recibió castigo injusto de la Inquisición: fue un ser muy bueno. Jamás le causó daño a ser alguno; era vegetariano por respeto a los animales y que, aun con aquello, comía muy poco y solo lo hacía de los frutos maduros que cayeron de los árboles por su propia naturaleza, pues tampoco era capaz de perturbar a las plantas. 

      Por eso el reino animal en su entereza le respetó, cosa que despertó temor entre humanos, pues se sospechó que las bestias conspiraban junto con él. Lobos hambrientos pasaban de largo al ver su figura entre los árboles. Los buitres respetaron las siestas que tomó en claros ocultos por horas, como si hubiese muerto. Tanto que vivió por largos años, hasta que las aldeas a las afueras comenzaron a crecer y amurallarse a cal y canto.

       Proveniente de una estirpe extinta y legendaria de la que salió el mismísimo dios Pan, en momentos más brillantes de la historia, y que fue enflaquecida con el paso de los años y tras la adopción del catolicismo en el occidente de Europa, vio su extinción con la llegada del Santo Oficio al control del orden público. Maestra absoluta de la tierra, excepcional conocedora de la herbolaria y curanderos por naturaleza; en temporadas tardías. Después de adaptar un estilo de vida ermitaño y ocultarse de todo rastro humano, fungieron como médicos del bosque, ayudando por igual a reptiles como mamíferos e incluso a un par de viajeros honestos que colapsaron en sus tierras.

      La caballería siguió avanzando en dirección al gran caldero, seguida por una muchedumbre envuelta en halo de fuego que emergió de sus antorchas. Se aproximaron con increíble rapidez hacia las bestias y armados con rocas, que lanzaron con sus manos libres, apedrearon a Arbor hasta que uno de los proyectiles le vació un ojo y otro particularmente grande le rompió un par de costillas.  —¡Lo han atrapado! ¡Han atrapado a Belcebú en persona! ¡Dios salve a don Rodrigo de Goribar y sus hombres gallardos! — se escuchó gritar a un aldeano en la hilera más próxima al prisionero, seguido por un griterío hirviente en vitoreos y aplausos que se burlaron del moribundo con toda la fuerza que sus pulmones les permitieron.

      El hombre al frente a la comitiva sonrió al retirarse su casco y, de manera regia, descendió de su caballo para dirigirse lentamente hacia Arbor, al tiempo que entonó una arenga para todos los espectadores a los pies del monte:

     —Pobladores de Zugarramurdi, yo, Rodrigo de Goribar y Etxebarria, solo soy un fiel mensajero de nuestro señor. Por esa razón acepté la peligrosísima encomienda de hacerme con mi espada y adentrarme en terrenos oscuros para liberaros del yugo de Satanás sobre las tierras de Vasconia. ¡Vida eterna a Cristo, y que nuestro padre cuide al reino!

      Al terminar aquellas palabras, todos enfrascaron sus voces; y lo único que se escuchó entre el silencio de sus frases fue el caldero que comenzó a hervir de a poco. Don Rodrigo tomó a Arbor por los cuernos e intentó obligarlo a pararse, aunque su cadera completamente destrozada se lo impidió, por lo que le encomendó a dos de sus hombres sostenerlo mientras él blandió su espada y de un tajo cortó los cuernos del fauno. El estruendo que hizo la bestia al amputarle estos fue tal que todos los lobos en la lejanía comenzaron a aullar al unísono, provocando ensordecedora onda que cimbró la tierra.

     —¡El adversario cae frente a vuestros ojos y, sin la cornamenta, no es más que un inmundo ser, sin poder alguno!— gritó el caballero al propinarle una patada al fauno y dejarlo retorcerse en las piedras desnudas; para ese punto ciego, cuadrapléjico y con la mandíbula dislocada. Las personas aplaudieron y las mujeres soltaron lágrimas de emoción al ver el increíble derroche de valentía que emergió de aquel caballero. El caldero a su espalda hirvió cada vez con más vehemencia y, al distinguir el burbujeo en sus tímpanos, Arbor pidió que se le echase a la caldera de una vez por todas para interrumpir su martirio. Pero el hombre continuó su discurso, leyendo en voz alta para todo mundo fragmentos del Malleus Maleficarum, tratado para identificar conductas herméticas en el reino, alternados con series de golpes y patadas.

    Las criaturas del bosque emergieron tímidamente a los bordes del claro, apenas fueron perceptibles en medio de la oscura madrugada. Gran desilusión corrió por las venas y corazones de bestias que, sin distinción de cazadores y presas, se aproximaron a presenciar el último suspiro de su héroe. Solo un par de lobos se atrevieron a hacerle frente a los hombres para rescatar al fauno, sin éxito alguno; fueron interceptados por gran cantidad de pobladores que los derribaron y apedrearon hasta la muerte en cuestión de minutos. 

     Arbor murió antes de que le arrojaran a la caldera. Un último golpe con el mango de la espada de don Rodrigo terminó por arrebatarle la vida. La desesperanza se respiró más allá de los límites de Zugarramurdi, donde el llanto de las bestias alcanzó tal precipitación que el sonido no cesó en varios días y los ecos aún se guardan entre surcos de corteza y recovecos de cuevas. Los animales desde entonces supieron que se encontraban solos contra un mundo que deseaba la muerte de todos por igual; se alimentaron de la más profunda desgracia y no se volvió a experimentar goce alguno desde la muerte del último fauno de los Balcanes.

 

Adolfo 'Nomadha' González 
Alguna vez los renglones fueron vistos en revistas como Vaivén y Bichos Implumes. Alguna que otra vez escuchadas por Radio Universidad y C7. Son como el aire negro que Rulfo respiró en Luvina; nubes que flotan en la mente y se le pegan como salitre.
Mis letras pretenden esparcirse como rabia. Que lleven consigo renglones y podcast. Que dejen salir espuma de sus bocas cada que declaman y pueda emerger de mi agujero cada que se repiten mis palabras.

Soundcloud

 

Imagen de portada: Alexey Menschikov

Adolfo 'Nomadha' González 
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