Mala puntería

N.015 - Narrativa

Mala puntería

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Malu Puntería

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Escrito por Gustavo Ambrosio

Escrito por Gustavo Ambrosio

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Escrito por Gustavo Ambrosio

Cuando la piedra golpeó la cabeza de su amigo, Guti supo que su mal tino lo había traicionado nuevamente. El cuerpo de Abdul yacía en ese pozo lleno de bolsas de plástico, llantas descarapeladas, latas oxidadas, fruta podrida, estiércol seco y una que otra rata que olisqueaba la sangre parda que le brotaba de la nuca.

Un remolino en el pecho absorbió las ganas de llorar de Guti. Una mujer envuelta en un chal negro se deslizaba tarareando hacia el cuerpo de su amigo. Era ella. A la que los viejos del pueblo le pedían diariamente que los dejara ver una vez más el sol. Lo sabía porque tenía los ojos blancos como el marfil de los elefantes.

Justo cuando la mujer desenvolvía el chal para cargar a Abdul, Guti bajó hasta ellos derrapando y deshaciendo los arcoíris que salían de las botellas de vidrio.

No se lo lleve, por favor.

La mujer lo ignoró y prosiguió a envolver a Abdul en su chal.

Se lo ruego. Es mi amigo. Me estaba enseñando a lanzar. Fue mi culpa.

Las rodillas de Guti tocaron un trozo de pasto que crecía como un oasis bajo ese desierto de desechos.

¿Por qué tendría que estar más tiempo aquí?

Es el mejor jugador de americano del pueblo… Va a ir a la universidad… Y…

¿Y qué recibo a cambio?

Un balazo. Dos. Una ráfaga. Los tronidos de las ametralladoras habían causado pánico un par de años antes; ahora la gente apenas respingaba por las detonaciones antes de seguir su camino.

La pierna muerta de Guti se atoró en un bache de la calle polvorienta. Tiró de ella con un esfuerzo que remarcaba sus arrugas prematuras. Debido a esa extremidad inútil, las mujeres del pueblo lo habían rechazado desde antes de que tuviera consciencia del sexo y apenas había conseguido un trabajo como vendedor de velas afuera de la iglesia que se había construido por las fechas en que sus padres murieron de malaria. Se dirigía hacia allá con un trozo de pan y un puñado de col en el estómago.

Pasó una caravana de hombres vestidos con playeras de futbol americano y estuches negros repletos de droga colgando de la cintura. Abdul iba a la cabeza. Guti alzó la mano para saludarlo, pero quien fuera su mejor amigo fingió no verlo como hacía desde que se quedó sin poder mover la pierna. Se dirigían a aquella covacha donde veían el super bowl en una pantalla robada. Bebían cervezas. Fumaban meta de mala calidad y a veces llevaban a algunas mujeres que eran obligadas a redimir los moribundos penes de esos dealers en su palacio sin ventanas y con asientos de automóviles viejos.

Justo fue una de esas esclavas de los días de futbol la que salió en medio de un lanzamiento de los Patriots. Gritaba, mientras Abdul iba perezosamente detrás de ella abrochándose el cinturón. Sangraba de un muslo y se aferró a la muleta apolillada de Guti para evitar caerse.

Guti buscó la mirada de su viejo amigo, pero Abdul, nuevamente, pasó de largo y tomó del cabello a la prófuga. Guti intervino con su muleta y buscó la cara de Abdul, pero ese cuerpo hinchado, enrojecido, tatuado y que emanaba un sudor agrio se deshizo de él de un empujón, sacó su arma y disparó a la mujer que quedó con el cabello cubriéndole el rostro.

Su amigo se alejaba. La esperanza de ver de nuevo al viejo Abdul se rompió como su muleta vieja. Guti agarró una roca y se la lanzó. Por primera vez, tuvo buena puntería. La sangre brotó de esa cabeza rapada, pero, a diferencia de hace 20 años, Abdul siguió de pie, se giró con el arma y le disparó a Guti antes de regresar a ver su partido.

Sus párpados estaban pastosos y rápidamente la sangre evitó que las lágrimas salieran transparentes. Guti sintió que alguien lo levantaba del suelo y lo cubría con un manto negro. Era la chica que había huido de la covacha.

 

Cuando la piedra golpeó la cabeza de su amigo, Guti supo que su mal tino lo había traicionado nuevamente. El cuerpo de Abdul yacía en ese pozo lleno de bolsas de plástico, llantas descarapeladas, latas oxidadas, fruta podrida, estiércol seco y una que otra rata que olisqueaba la sangre parda que le brotaba de la nuca.

Un remolino en el pecho absorbió las ganas de llorar de Guti. Una mujer envuelta en un chal negro se deslizaba tarareando hacia el cuerpo de su amigo. Era ella. A la que los viejos del pueblo le pedían diariamente que los dejara ver una vez más el sol. Lo sabía porque tenía los ojos blancos como el marfil de los elefantes.

Justo cuando la mujer desenvolvía el chal para cargar a Abdul, Guti bajó hasta ellos derrapando y deshaciendo los arcoíris que salían de las botellas de vidrio.

No se lo lleve, por favor.

La mujer lo ignoró y prosiguió a envolver a Abdul en su chal.

Se lo ruego. Es mi amigo. Me estaba enseñando a lanzar. Fue mi culpa.

Las rodillas de Guti tocaron un trozo de pasto que crecía como un oasis bajo ese desierto de desechos.

¿Por qué tendría que estar más tiempo aquí?

Es el mejor jugador de americano del pueblo… Va a ir a la universidad… Y…

¿Y qué recibo a cambio?

Un balazo. Dos. Una ráfaga. Los tronidos de las ametralladoras habían causado pánico un par de años antes; ahora la gente apenas respingaba por las detonaciones antes de seguir su camino.

La pierna muerta de Guti se atoró en un bache de la calle polvorienta. Tiró de ella con un esfuerzo que remarcaba sus arrugas prematuras. Debido a esa extremidad inútil, las mujeres del pueblo lo habían rechazado desde antes de que tuviera consciencia del sexo y apenas había conseguido un trabajo como vendedor de velas afuera de la iglesia que se había construido por las fechas en que sus padres murieron de malaria. Se dirigía hacia allá con un trozo de pan y un puñado de col en el estómago.

Pasó una caravana de hombres vestidos con playeras de futbol americano y estuches negros repletos de droga colgando de la cintura. Abdul iba a la cabeza. Guti alzó la mano para saludarlo, pero quien fuera su mejor amigo fingió no verlo como hacía desde que se quedó sin poder mover la pierna. Se dirigían a aquella covacha donde veían el super bowl en una pantalla robada. Bebían cervezas. Fumaban meta de mala calidad y a veces llevaban a algunas mujeres que eran obligadas a redimir los moribundos penes de esos dealers en su palacio sin ventanas y con asientos de automóviles viejos.

Justo fue una de esas esclavas de los días de futbol la que salió en medio de un lanzamiento de los Patriots. Gritaba, mientras Abdul iba perezosamente detrás de ella abrochándose el cinturón. Sangraba de un muslo y se aferró a la muleta apolillada de Guti para evitar caerse.

Guti buscó la mirada de su viejo amigo, pero Abdul, nuevamente, pasó de largo y tomó del cabello a la prófuga. Guti intervino con su muleta y buscó la cara de Abdul, pero ese cuerpo hinchado, enrojecido, tatuado y que emanaba un sudor agrio se deshizo de él de un empujón, sacó su arma y disparó a la mujer que quedó con el cabello cubriéndole el rostro.

Su amigo se alejaba. La esperanza de ver de nuevo al viejo Abdul se rompió como su muleta vieja. Guti agarró una roca y se la lanzó. Por primera vez, tuvo buena puntería. La sangre brotó de esa cabeza rapada, pero, a diferencia de hace 20 años, Abdul siguió de pie, se giró con el arma y le disparó a Guti antes de regresar a ver su partido.

Sus párpados estaban pastosos y rápidamente la sangre evitó que las lágrimas salieran transparentes. Guti sintió que alguien lo levantaba del suelo y lo cubría con un manto negro. Era la chica que había huido de la covacha.

 

Cuando la piedra golpeó la cabeza de su amigo, Guti supo que su mal tino lo había traicionado nuevamente. El cuerpo de Abdul yacía en ese pozo lleno de bolsas de plástico, llantas descarapeladas, latas oxidadas, fruta podrida, estiércol seco y una que otra rata que olisqueaba la sangre parda que le brotaba de la nuca.

Un remolino en el pecho absorbió las ganas de llorar de Guti. Una mujer envuelta en un chal negro se deslizaba tarareando hacia el cuerpo de su amigo. Era ella. A la que los viejos del pueblo le pedían diariamente que los dejara ver una vez más el sol. Lo sabía porque tenía los ojos blancos como el marfil de los elefantes.

Justo cuando la mujer desenvolvía el chal para cargar a Abdul, Guti bajó hasta ellos derrapando y deshaciendo los arcoíris que salían de las botellas de vidrio.

No se lo lleve, por favor.

La mujer lo ignoró y prosiguió a envolver a Abdul en su chal.

Se lo ruego. Es mi amigo. Me estaba enseñando a lanzar. Fue mi culpa.

Las rodillas de Guti tocaron un trozo de pasto que crecía como un oasis bajo ese desierto de desechos.

¿Por qué tendría que estar más tiempo aquí?

Es el mejor jugador de americano del pueblo… Va a ir a la universidad… Y…

¿Y qué recibo a cambio?

Un balazo. Dos. Una ráfaga. Los tronidos de las ametralladoras habían causado pánico un par de años antes; ahora la gente apenas respingaba por las detonaciones antes de seguir su camino.

La pierna muerta de Guti se atoró en un bache de la calle polvorienta. Tiró de ella con un esfuerzo que remarcaba sus arrugas prematuras. Debido a esa extremidad inútil, las mujeres del pueblo lo habían rechazado desde antes de que tuviera consciencia del sexo y apenas había conseguido un trabajo como vendedor de velas afuera de la iglesia que se había construido por las fechas en que sus padres murieron de malaria. Se dirigía hacia allá con un trozo de pan y un puñado de col en el estómago.

Pasó una caravana de hombres vestidos con playeras de futbol americano y estuches negros repletos de droga colgando de la cintura. Abdul iba a la cabeza. Guti alzó la mano para saludarlo, pero quien fuera su mejor amigo fingió no verlo como hacía desde que se quedó sin poder mover la pierna. Se dirigían a aquella covacha donde veían el super bowl en una pantalla robada. Bebían cervezas. Fumaban meta de mala calidad y a veces llevaban a algunas mujeres que eran obligadas a redimir los moribundos penes de esos dealers en su palacio sin ventanas y con asientos de automóviles viejos.

Justo fue una de esas esclavas de los días de futbol la que salió en medio de un lanzamiento de los Patriots. Gritaba, mientras Abdul iba perezosamente detrás de ella abrochándose el cinturón. Sangraba de un muslo y se aferró a la muleta apolillada de Guti para evitar caerse.

Guti buscó la mirada de su viejo amigo, pero Abdul, nuevamente, pasó de largo y tomó del cabello a la prófuga. Guti intervino con su muleta y buscó la cara de Abdul, pero ese cuerpo hinchado, enrojecido, tatuado y que emanaba un sudor agrio se deshizo de él de un empujón, sacó su arma y disparó a la mujer que quedó con el cabello cubriéndole el rostro.

Su amigo se alejaba. La esperanza de ver de nuevo al viejo Abdul se rompió como su muleta vieja. Guti agarró una roca y se la lanzó. Por primera vez, tuvo buena puntería. La sangre brotó de esa cabeza rapada, pero, a diferencia de hace 20 años, Abdul siguió de pie, se giró con el arma y le disparó a Guti antes de regresar a ver su partido.

Sus párpados estaban pastosos y rápidamente la sangre evitó que las lágrimas salieran transparentes. Guti sintió que alguien lo levantaba del suelo y lo cubría con un manto negro. Era la chica que había huido de la covacha.

 

Cuando la piedra golpeó la cabeza de su amigo, Guti supo que su mal tino lo había traicionado nuevamente. El cuerpo de Abdul yacía en ese pozo lleno de bolsas de plástico, llantas descarapeladas, latas oxidadas, fruta podrida, estiércol seco y una que otra rata que olisqueaba la sangre parda que le brotaba de la nuca.

Un remolino en el pecho absorbió las ganas de llorar de Guti. Una mujer envuelta en un chal negro se deslizaba tarareando hacia el cuerpo de su amigo. Era ella. A la que los viejos del pueblo le pedían diariamente que los dejara ver una vez más el sol. Lo sabía porque tenía los ojos blancos como el marfil de los elefantes.

Justo cuando la mujer desenvolvía el chal para cargar a Abdul, Guti bajó hasta ellos derrapando y deshaciendo los arcoíris que salían de las botellas de vidrio.

No se lo lleve, por favor.

La mujer lo ignoró y prosiguió a envolver a Abdul en su chal.

Se lo ruego. Es mi amigo. Me estaba enseñando a lanzar. Fue mi culpa.

Las rodillas de Guti tocaron un trozo de pasto que crecía como un oasis bajo ese desierto de desechos.

¿Por qué tendría que estar más tiempo aquí?

Es el mejor jugador de americano del pueblo… Va a ir a la universidad… Y…

¿Y qué recibo a cambio?

Un balazo. Dos. Una ráfaga. Los tronidos de las ametralladoras habían causado pánico un par de años antes; ahora la gente apenas respingaba por las detonaciones antes de seguir su camino.

La pierna muerta de Guti se atoró en un bache de la calle polvorienta. Tiró de ella con un esfuerzo que remarcaba sus arrugas prematuras. Debido a esa extremidad inútil, las mujeres del pueblo lo habían rechazado desde antes de que tuviera consciencia del sexo y apenas había conseguido un trabajo como vendedor de velas afuera de la iglesia que se había construido por las fechas en que sus padres murieron de malaria. Se dirigía hacia allá con un trozo de pan y un puñado de col en el estómago.

Pasó una caravana de hombres vestidos con playeras de futbol americano y estuches negros repletos de droga colgando de la cintura. Abdul iba a la cabeza. Guti alzó la mano para saludarlo, pero quien fuera su mejor amigo fingió no verlo como hacía desde que se quedó sin poder mover la pierna. Se dirigían a aquella covacha donde veían el super bowl en una pantalla robada. Bebían cervezas. Fumaban meta de mala calidad y a veces llevaban a algunas mujeres que eran obligadas a redimir los moribundos penes de esos dealers en su palacio sin ventanas y con asientos de automóviles viejos.

Justo fue una de esas esclavas de los días de futbol la que salió en medio de un lanzamiento de los Patriots. Gritaba, mientras Abdul iba perezosamente detrás de ella abrochándose el cinturón. Sangraba de un muslo y se aferró a la muleta apolillada de Guti para evitar caerse.

Guti buscó la mirada de su viejo amigo, pero Abdul, nuevamente, pasó de largo y tomó del cabello a la prófuga. Guti intervino con su muleta y buscó la cara de Abdul, pero ese cuerpo hinchado, enrojecido, tatuado y que emanaba un sudor agrio se deshizo de él de un empujón, sacó su arma y disparó a la mujer que quedó con el cabello cubriéndole el rostro.

Su amigo se alejaba. La esperanza de ver de nuevo al viejo Abdul se rompió como su muleta vieja. Guti agarró una roca y se la lanzó. Por primera vez, tuvo buena puntería. La sangre brotó de esa cabeza rapada, pero, a diferencia de hace 20 años, Abdul siguió de pie, se giró con el arma y le disparó a Guti antes de regresar a ver su partido.

Sus párpados estaban pastosos y rápidamente la sangre evitó que las lágrimas salieran transparentes. Guti sintió que alguien lo levantaba del suelo y lo cubría con un manto negro. Era la chica que había huido de la covacha.

 

Cuando la piedra golpeó la cabeza de su amigo, Guti supo que su mal tino lo había traicionado nuevamente. El cuerpo de Abdul yacía en ese pozo lleno de bolsas de plástico, llantas descarapeladas, latas oxidadas, fruta podrida, estiércol seco y una que otra rata que olisqueaba la sangre parda que le brotaba de la nuca.

Un remolino en el pecho absorbió las ganas de llorar de Guti. Una mujer envuelta en un chal negro se deslizaba tarareando hacia el cuerpo de su amigo. Era ella. A la que los viejos del pueblo le pedían diariamente que los dejara ver una vez más el sol. Lo sabía porque tenía los ojos blancos como el marfil de los elefantes.

Justo cuando la mujer desenvolvía el chal para cargar a Abdul, Guti bajó hasta ellos derrapando y deshaciendo los arcoíris que salían de las botellas de vidrio.

No se lo lleve, por favor.

La mujer lo ignoró y prosiguió a envolver a Abdul en su chal.

Se lo ruego. Es mi amigo. Me estaba enseñando a lanzar. Fue mi culpa.

Las rodillas de Guti tocaron un trozo de pasto que crecía como un oasis bajo ese desierto de desechos.

¿Por qué tendría que estar más tiempo aquí?

Es el mejor jugador de americano del pueblo… Va a ir a la universidad… Y…

¿Y qué recibo a cambio?

Un balazo. Dos. Una ráfaga. Los tronidos de las ametralladoras habían causado pánico un par de años antes; ahora la gente apenas respingaba por las detonaciones antes de seguir su camino.

La pierna muerta de Guti se atoró en un bache de la calle polvorienta. Tiró de ella con un esfuerzo que remarcaba sus arrugas prematuras. Debido a esa extremidad inútil, las mujeres del pueblo lo habían rechazado desde antes de que tuviera consciencia del sexo y apenas había conseguido un trabajo como vendedor de velas afuera de la iglesia que se había construido por las fechas en que sus padres murieron de malaria. Se dirigía hacia allá con un trozo de pan y un puñado de col en el estómago.

Pasó una caravana de hombres vestidos con playeras de futbol americano y estuches negros repletos de droga colgando de la cintura. Abdul iba a la cabeza. Guti alzó la mano para saludarlo, pero quien fuera su mejor amigo fingió no verlo como hacía desde que se quedó sin poder mover la pierna. Se dirigían a aquella covacha donde veían el super bowl en una pantalla robada. Bebían cervezas. Fumaban meta de mala calidad y a veces llevaban a algunas mujeres que eran obligadas a redimir los moribundos penes de esos dealers en su palacio sin ventanas y con asientos de automóviles viejos.

Justo fue una de esas esclavas de los días de futbol la que salió en medio de un lanzamiento de los Patriots. Gritaba, mientras Abdul iba perezosamente detrás de ella abrochándose el cinturón. Sangraba de un muslo y se aferró a la muleta apolillada de Guti para evitar caerse.

Guti buscó la mirada de su viejo amigo, pero Abdul, nuevamente, pasó de largo y tomó del cabello a la prófuga. Guti intervino con su muleta y buscó la cara de Abdul, pero ese cuerpo hinchado, enrojecido, tatuado y que emanaba un sudor agrio se deshizo de él de un empujón, sacó su arma y disparó a la mujer que quedó con el cabello cubriéndole el rostro.

Su amigo se alejaba. La esperanza de ver de nuevo al viejo Abdul se rompió como su muleta vieja. Guti agarró una roca y se la lanzó. Por primera vez, tuvo buena puntería. La sangre brotó de esa cabeza rapada, pero, a diferencia de hace 20 años, Abdul siguió de pie, se giró con el arma y le disparó a Guti antes de regresar a ver su partido.

Sus párpados estaban pastosos y rápidamente la sangre evitó que las lágrimas salieran transparentes. Guti sintió que alguien lo levantaba del suelo y lo cubría con un manto negro. Era la chica que había huido de la covacha.

 

Gustavo Ambrosio – Bonilla (1992) Periodista y Guionista. Ganador del 5to premio Bengala 2018, becario de dramaturgia en la Fundación para Las Letras Mexicanas. Director de los cortometrajes Ignición y ¡Están curados!

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Imagen de portada: David Schermann

Gustavo Ambrosio – Bonilla (1992) Periodista y Guionista. Ganador del 5to premio Bengala 2018, becario de dramaturgia en la Fundación para Las Letras Mexicanas. Director de los cortometrajes Ignición y ¡Están curados!

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Foto de portada: Alexey Menschikov

 

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