La venganza lírica 

N.012 - Narrativa

La venganza lírica 

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La venganza lírica 

N.012 - Narrativa

La venganza lírica

N.012 - Narrativa

Escrito por Holden Melaza

Es cosa sabida. Cualquier actividad o tarea, por atractiva o interesante que sea, pierde su encanto de inmediato si se impone como obligatoria. La escuela se ofrece como el escenario ideal para comprobar esta teoría ya que en ella se ratifica curso tras curso. Cuántos profesores no han mandado leer tal o cual libro creyendo que fomentan la lectura cuando lo que lograban era justo el efecto contrario y que nombres como Cervantes o Delibes adquirieran un regusto somnífero y repelente entre los estudiantes. Quien dijese aquello de que no hay cosa, por fácil que sea, que no haga difícil la mala gana, conocía bien la obstinada resistencia de muchos alumnos ante el saber reglado. En realidad, no hay mejor momento que la infancia para cuestionar y rebelarse contra la autoridad. Después, poco a poco, comenzamos a claudicar, a someternos y soportar mayores cantidades de aburrimiento. Por esa razón, nunca una negativa vuelve a sonar tan brutalmente honesta como a esas edades. Mi relación con la poesía comenzó así, con un “no” mayúsculo, un “NO me interesa” tenaz e inquebrantable.

Ni qué decir tiene que mi postura actual al respecto es muy distinta. Ahora aprecio el embrujo de su cadencia, ese mágico equilibrio entre sonido y sentido... pero con ocho años, ¿qué interés podía tener yo por la poesía? Entonces, la poesía no me decía nada, no despertaba en mí ninguna emoción. Tan solo era una palabra hueca que mi mente asociaba maliciosamente a una forma cursi y relamida de escribir.

Debía tener ocho años cuando un lunes por la mañana la profesora de Lengua y Literatura, Doña Ángela —quien además era la directora del colegio—, realizó el siguiente anuncio. El viernes de aquella misma semana celebraríamos una fiesta por el Día Internacional de la Paz. La noticia fue recibida con un grito de júbilo, no porque el pacifismo fuese especialmente popular entre nosotros, sino porque sabíamos lo que esto implicaba: suspensión de las clases y fin de semana anticipado. Sin embargo, la alegría duró poco. Cuando nos callamos, Doña Ángela continúo su anuncio comunicándonos que, con motivo de tal evento, todos debíamos escribir un poema sobre tan noble concepto. La actividad era obligatoria y debía ser entregada el jueves como muy tarde. Para rematar, los afortunados cuyos poemas fuesen elegidos como los mejores tendrían el privilegio de recitarlos en público ese mismo viernes durante una ceremonia de premios agendada para la hora del recreo.

Desde el principio supe que no escribiría aquel poema. No porque el encargo me resultase difícil o supusiese un gran esfuerzo, sino porque, simple y llanamente, aquello me parecía una ñoñería de la peor clase. Sin embargo, a medida que el viernes se fue acercando, mis compañeros fueron entregando sus poemas hasta que, finalmente, fui el único que aún no lo había entregado. El miércoles a última hora, mientras el resto de los alumnos huía despavorido del aula, Doña Ángela me retuvo en la puerta. Me dijo que tenía dos opciones: o entregar al día siguiente el poema o ir todas las tardes de la siguiente semana a hacer dictados con ella como castigo. Sabiendo ahora lo que ocurrió después, más me hubiese valido haber escrito una cacofonía sobre palomas, ramas de olivo y niños palestinos o haber aceptado el justo castigo a mi pereza. Pero no hice ninguna de las dos cosas. Tenía una alternativa y ante aquel ultimátum no dude en aprovecharla.

Para salir del entuerto, aquella misma tarde recurrí a la única persona con vocación poética que conocía: mi padre. A pesar de que su profesión como camionero estaba lejos de ser artística, el viejo siempre se preocupó por inculcarme el gusanillo literario. Según él, las palabras nunca caen en el vacío, con ellas uno se rebela o se revela. Una de sus frases favoritas — aún hoy se la oigo decir a veces — es “un par de palabras bien dichas puede hacer tanto daño como un ostia a mano abierta en la cara” con la que se entrevé su espíritu animoso y combativo. No tuve miedo en explicarle mi situación, sabía que no se enfadaría conmigo, entre otras cosas porque si hay algo que el viejo ha odiado siempre es cualquier figura de autoridad que no sea él mismo.:

— ¿Pero cómo pueden obligaros a escribir un poema? Si sois unos críos… De verdad, tus maestros cada día son más fatos. Si lo que quieren es que le cojáis asco a la poesía, lo están consiguiendo. Anda, ve a la cocina  y tráeme una cerveza y el calendario de notas de Iveco que hay en la galería.

Media hora después, el viejo había escrito el poema y me lo entregó diciendo:

— Con esto tienen más que suficiente. Eso sí, si para el Día de la Mujer esos lerdos te mandan escribir una obra de teatro, se lo pides a tu madre.

No conservo ese poema ni recuerdo ninguno de sus versos. Tan solo me acuerdo de la afilada letra de mi padre y de algunas palabras sueltas como “petróleo”, “huérfanos” y “sangre”. Lo transcribí a una hoja de cuaderno y a la mañana siguiente lo entregué sin arrancarle los pelillos, pensando que ahí se acababan todos mis problemas. Nada más lejos de la realidad.

La mañana del viernes, a mitad de la clase de Educación Física, fui llamado al despacho de Doña Ángela. De camino, me puse muy nervioso. Caminando cabizbajo por el pasillo, no podía dejar de pensar que todo había acabado, me habían pillado. Estaba convencido de que me obligarían a confesar quién me había escrito la poesía bajo amenaza de más castigos o peor aún de expulsión. Al entrar en el despacho lo que vi no me reconfortó. Sentada frente a su escritorio estaba Doña Ángela. Tenía el poema de mi padre en la mano, el cual reconocí por los pellilos; a su espalda, de pie, leyendo por encima de su hombro, estaba Don José Antonio, jefe de estudios y profesor de Matemáticas. Desconozco el porqué, pero a aquel tipo bajito, rechoncho, irritable y muy orgulloso de ser pueblo nunca le gusté. A pesar de que había en mi clase otros alumnos a los que tampoco se les daba bien su asignatura, conmigo se ensañaba especialmente, tratándome con una actitud beligerante que, tanto entonces como ahora, solo me explico en los términos de una animadversión genuina e irracional. Por ejemplo, cuando me equivocaba al responder alguna de sus preguntas, solía repetir con voz aflautada mi respuesta. Como no podía ser de otra manera, fue él quien verbalizó primero mis temores sobre el motivo de aquella reunión:

— ¿Tú has escrito esto? Dinos la verdad. ¿Lo has copiado de algún libro, te lo ha escrito alguien, no? Sabremos si nos mientes.

Repasando el incidente en mi memoria, estoy convencido de que, si en lugar de haber estado los dos, hubiese estado sólo Doña Ángela, probablemente habría confesado y reconocido que yo no era el autor de esa poesía. Sin embargo, el hecho de que ese palurdo con camisa de cuadros y pantalón de pana me creyese incapaz de escribirla me espoleó. Apreté los dientes y, abandonando la actitud timorata con la que había entrado, adopté otra mucho más desafiante.

— Que no se me den bien las Matemáticas no significa que no haga bien otras cosas. La he escrito yo.

Tras un breve silencio, Doña Ángela me escrutó dubitativa con sus acuosos ojos de rana. No parecía muy convencida de mi paternidad en aquel asunto. Releyó para sus adentros el poema, me miró, se levantó de la silla y finalmente me lo entregó diciendo :

— José Antonio, si él dice que es suyo, es suyo. El poema que has escrito está muy bien, Javi. Por eso queremos que la leas en la ceremonia. Tú cerrarás el recital.

En ese momento, de la ira pasé al pánico más absoluto. Sonreí como pude, fingiendo una alegría que estaba lejos de sentir y salí torpemente de la habitación deseando que me tragase la tierra. No solo iba tener que leer como propias las palabras de mi padre frente a un montón de gente, sino que además lo haría en último lugar. La farsa se había transformado de golpe en una tortura china de lo más atroz.

A la hora del recreo, el timbre que marcaba el inicio de  la ceremonia retumbó con su eco apocalíptico. Los y las poetas junior fuimos conducidos a un escenario improvisado en el patio del colegio. Cuando miré a mi alrededor, se me hizo un nudo en el estómago. El lugar estaba completamente abarrotado e, incluso tras las verjas verdes del recinto y desde los balcones de los edificios colindantes, se habían congregado toda suerte de curiosos y personas desocupadas intrigados por aquel sarao. Lo único que me consolaba es que ni mi madre ni mi padre estarían allí para verme haciendo el paripé porque ambos trabajaban.

El recital dio comienzo y, a medida que se acercaba mi turno, la poesía ya no me parecía esa cosa cursi y blanda propia de amanerados. Se me representó como una dama de hierro despiadada e implacable que castiga ferozmente a quienes se burlan de ella o la menosprecian. Mientras esperaba sentía como si me tuviese sujeto de la pechera y me susurrase al oído: “¿Te creías que ibas a zafar? Pequeño idiota... Se acabaron los atajos y no va a haber intermediario que te salve. Ese profesor de Matemáticas tuyo te va a parecer Bambi cuando acabe contigo. ¿Conque no querías conocerme ni dedicarme ni un cochino minuto de tu tiempo? Pues ahora la vas a sudar. Toma, aquí tienes un recuerdo mío para toda la vida, niñato”.

Llegó mi turno. Renqueante, me acerqué al micrófono. Un temblor irrefrenable me recorrió las manos, las rodillas y, por temblar, me temblaba hasta el aliento. Comencé a leer los versos escritos por el viejo despacio, haciendo pausas para tomar aire, notando cómo el sudor me bajaba por la espalda, rezando a mis adentros para que no se me quebrase la voz. Mi mala conciencia me convenció de que en cualquier momento el público, de algún modo sabedor de mi delito, me increparía y abuchearía, exigiendo a los responsables de la charada lírica que sacasen de allí a ese crío impostor. Nada de eso ocurrió. Una vez terminó aquel suplicio, recibí un sobrecogedor aplauso que me fue completamente ajeno. Al pasar a su lado, la directora me tocó el hombro en un gesto de aprobación que me llenó de vergüenza. Solo yo sabía la verdad. Era un plagiario que había recibido su justo castigo.

 

Es cosa sabida. Cualquier actividad o tarea, por atractiva o interesante que sea, pierde su encanto de inmediato si se impone como obligatoria. La escuela se ofrece como el escenario ideal para comprobar esta teoría ya que en ella se ratifica curso tras curso. Cuántos profesores no han mandado leer tal o cual libro creyendo que fomentan la lectura cuando lo que lograban era justo el efecto contrario y que nombres como Cervantes o Delibes adquirieran un regusto somnífero y repelente entre los estudiantes. Quien dijese aquello de que no hay cosa, por fácil que sea, que no haga difícil la mala gana, conocía bien la obstinada resistencia de muchos alumnos ante el saber reglado. En realidad, no hay mejor momento que la infancia para cuestionar y rebelarse contra la autoridad. Después, poco a poco, comenzamos a claudicar, a someternos y soportar mayores cantidades de aburrimiento. Por esa razón, nunca una negativa vuelve a sonar tan brutalmente honesta como a esas edades. Mi relación con la poesía comenzó así, con un “no” mayúsculo, un “NO me interesa” tenaz e inquebrantable.

Ni qué decir tiene que mi postura actual al respecto es muy distinta. Ahora aprecio el embrujo de su cadencia, ese mágico equilibrio entre sonido y sentido... pero con ocho años, ¿qué interés podía tener yo por la poesía? Entonces, la poesía no me decía nada, no despertaba en mí ninguna emoción. Tan solo era una palabra hueca que mi mente asociaba maliciosamente a una forma cursi y relamida de escribir.

Debía tener ocho años cuando un lunes por la mañana la profesora de Lengua y Literatura, Doña Ángela —quien además era la directora del colegio—, realizó el siguiente anuncio. El viernes de aquella misma semana celebraríamos una fiesta por el Día Internacional de la Paz. La noticia fue recibida con un grito de júbilo, no porque el pacifismo fuese especialmente popular entre nosotros, sino porque sabíamos lo que esto implicaba: suspensión de las clases y fin de semana anticipado. Sin embargo, la alegría duró poco. Cuando nos callamos, Doña Ángela continúo su anuncio comunicándonos que, con motivo de tal evento, todos debíamos escribir un poema sobre tan noble concepto. La actividad era obligatoria y debía ser entregada el jueves como muy tarde. Para rematar, los afortunados cuyos poemas fuesen elegidos como los mejores tendrían el privilegio de recitarlos en público ese mismo viernes durante una ceremonia de premios agendada para la hora del recreo.

Desde el principio supe que no escribiría aquel poema. No porque el encargo me resultase difícil o supusiese un gran esfuerzo, sino porque, simple y llanamente, aquello me parecía una ñoñería de la peor clase. Sin embargo, a medida que el viernes se fue acercando, mis compañeros fueron entregando sus poemas hasta que, finalmente, fui el único que aún no lo había entregado. El miércoles a última hora, mientras el resto de los alumnos huía despavorido del aula, Doña Ángela me retuvo en la puerta. Me dijo que tenía dos opciones: o entregar al día siguiente el poema o ir todas las tardes de la siguiente semana a hacer dictados con ella como castigo. Sabiendo ahora lo que ocurrió después, más me hubiese valido haber escrito una cacofonía sobre palomas, ramas de olivo y niños palestinos o haber aceptado el justo castigo a mi pereza. Pero no hice ninguna de las dos cosas. Tenía una alternativa y ante aquel ultimátum no dude en aprovecharla.

Para salir del entuerto, aquella misma tarde recurrí a la única persona con vocación poética que conocía: mi padre. A pesar de que su profesión como camionero estaba lejos de ser artística, el viejo siempre se preocupó por inculcarme el gusanillo literario. Según él, las palabras nunca caen en el vacío, con ellas uno se rebela o se revela. Una de sus frases favoritas — aún hoy se la oigo decir a veces — es “un par de palabras bien dichas puede hacer tanto daño como un ostia a mano abierta en la cara” con la que se entrevé su espíritu animoso y combativo. No tuve miedo en explicarle mi situación, sabía que no se enfadaría conmigo, entre otras cosas porque si hay algo que el viejo ha odiado siempre es cualquier figura de autoridad que no sea él mismo.:

— ¿Pero cómo pueden obligaros a escribir un poema? Si sois unos críos… De verdad, tus maestros cada día son más fatos. Si lo que quieren es que le cojáis asco a la poesía, lo están consiguiendo. Anda, ve a la cocina  y tráeme una cerveza y el calendario de notas de Iveco que hay en la galería.

Media hora después, el viejo había escrito el poema y me lo entregó diciendo:

— Con esto tienen más que suficiente. Eso sí, si para el Día de la Mujer esos lerdos te mandan escribir una obra de teatro, se lo pides a tu madre.

No conservo ese poema ni recuerdo ninguno de sus versos. Tan solo me acuerdo de la afilada letra de mi padre y de algunas palabras sueltas como “petróleo”, “huérfanos” y “sangre”. Lo transcribí a una hoja de cuaderno y a la mañana siguiente lo entregué sin arrancarle los pelillos, pensando que ahí se acababan todos mis problemas. Nada más lejos de la realidad.

La mañana del viernes, a mitad de la clase de Educación Física, fui llamado al despacho de Doña Ángela. De camino, me puse muy nervioso. Caminando cabizbajo por el pasillo, no podía dejar de pensar que todo había acabado, me habían pillado. Estaba convencido de que me obligarían a confesar quién me había escrito la poesía bajo amenaza de más castigos o peor aún de expulsión. Al entrar en el despacho lo que vi no me reconfortó. Sentada frente a su escritorio estaba Doña Ángela. Tenía el poema de mi padre en la mano, el cual reconocí por los pellilos; a su espalda, de pie, leyendo por encima de su hombro, estaba Don José Antonio, jefe de estudios y profesor de Matemáticas. Desconozco el porqué, pero a aquel tipo bajito, rechoncho, irritable y muy orgulloso de ser pueblo nunca le gusté. A pesar de que había en mi clase otros alumnos a los que tampoco se les daba bien su asignatura, conmigo se ensañaba especialmente, tratándome con una actitud beligerante que, tanto entonces como ahora, solo me explico en los términos de una animadversión genuina e irracional. Por ejemplo, cuando me equivocaba al responder alguna de sus preguntas, solía repetir con voz aflautada mi respuesta. Como no podía ser de otra manera, fue él quien verbalizó primero mis temores sobre el motivo de aquella reunión:

— ¿Tú has escrito esto? Dinos la verdad. ¿Lo has copiado de algún libro, te lo ha escrito alguien, no? Sabremos si nos mientes.

Repasando el incidente en mi memoria, estoy convencido de que, si en lugar de haber estado los dos, hubiese estado sólo Doña Ángela, probablemente habría confesado y reconocido que yo no era el autor de esa poesía. Sin embargo, el hecho de que ese palurdo con camisa de cuadros y pantalón de pana me creyese incapaz de escribirla me espoleó. Apreté los dientes y, abandonando la actitud timorata con la que había entrado, adopté otra mucho más desafiante.

— Que no se me den bien las Matemáticas no significa que no haga bien otras cosas. La he escrito yo.

Tras un breve silencio, Doña Ángela me escrutó dubitativa con sus acuosos ojos de rana. No parecía muy convencida de mi paternidad en aquel asunto. Releyó para sus adentros el poema, me miró, se levantó de la silla y finalmente me lo entregó diciendo :

— José Antonio, si él dice que es suyo, es suyo. El poema que has escrito está muy bien, Javi. Por eso queremos que la leas en la ceremonia. Tú cerrarás el recital.

En ese momento, de la ira pasé al pánico más absoluto. Sonreí como pude, fingiendo una alegría que estaba lejos de sentir y salí torpemente de la habitación deseando que me tragase la tierra. No solo iba tener que leer como propias las palabras de mi padre frente a un montón de gente, sino que además lo haría en último lugar. La farsa se había transformado de golpe en una tortura china de lo más atroz.

A la hora del recreo, el timbre que marcaba el inicio de  la ceremonia retumbó con su eco apocalíptico. Los y las poetas junior fuimos conducidos a un escenario improvisado en el patio del colegio. Cuando miré a mi alrededor, se me hizo un nudo en el estómago. El lugar estaba completamente abarrotado e, incluso tras las verjas verdes del recinto y desde los balcones de los edificios colindantes, se habían congregado toda suerte de curiosos y personas desocupadas intrigados por aquel sarao. Lo único que me consolaba es que ni mi madre ni mi padre estarían allí para verme haciendo el paripé porque ambos trabajaban.

El recital dio comienzo y, a medida que se acercaba mi turno, la poesía ya no me parecía esa cosa cursi y blanda propia de amanerados. Se me representó como una dama de hierro despiadada e implacable que castiga ferozmente a quienes se burlan de ella o la menosprecian. Mientras esperaba sentía como si me tuviese sujeto de la pechera y me susurrase al oído: “¿Te creías que ibas a zafar? Pequeño idiota... Se acabaron los atajos y no va a haber intermediario que te salve. Ese profesor de Matemáticas tuyo te va a parecer Bambi cuando acabe contigo. ¿Conque no querías conocerme ni dedicarme ni un cochino minuto de tu tiempo? Pues ahora la vas a sudar. Toma, aquí tienes un recuerdo mío para toda la vida, niñato”.

Llegó mi turno. Renqueante, me acerqué al micrófono. Un temblor irrefrenable me recorrió las manos, las rodillas y, por temblar, me temblaba hasta el aliento. Comencé a leer los versos escritos por el viejo despacio, haciendo pausas para tomar aire, notando cómo el sudor me bajaba por la espalda, rezando a mis adentros para que no se me quebrase la voz. Mi mala conciencia me convenció de que en cualquier momento el público, de algún modo sabedor de mi delito, me increparía y abuchearía, exigiendo a los responsables de la charada lírica que sacasen de allí a ese crío impostor. Nada de eso ocurrió. Una vez terminó aquel suplicio, recibí un sobrecogedor aplauso que me fue completamente ajeno. Al pasar a su lado, la directora me tocó el hombro en un gesto de aprobación que me llenó de vergüenza. Solo yo sabía la verdad. Era un plagiario que había recibido su justo castigo.

 

Es cosa sabida. Cualquier actividad o tarea, por atractiva o interesante que sea, pierde su encanto de inmediato si se impone como obligatoria. La escuela se ofrece como el escenario ideal para comprobar esta teoría ya que en ella se ratifica curso tras curso. Cuántos profesores no han mandado leer tal o cual libro creyendo que fomentan la lectura cuando lo que lograban era justo el efecto contrario y que nombres como Cervantes o Delibes adquirieran un regusto somnífero y repelente entre los estudiantes. Quien dijese aquello de que no hay cosa, por fácil que sea, que no haga difícil la mala gana, conocía bien la obstinada resistencia de muchos alumnos ante el saber reglado. En realidad, no hay mejor momento que la infancia para cuestionar y rebelarse contra la autoridad. Después, poco a poco, comenzamos a claudicar, a someternos y soportar mayores cantidades de aburrimiento. Por esa razón, nunca una negativa vuelve a sonar tan brutalmente honesta como a esas edades. Mi relación con la poesía comenzó así, con un “no” mayúsculo, un “NO me interesa” tenaz e inquebrantable.

Ni qué decir tiene que mi postura actual al respecto es muy distinta. Ahora aprecio el embrujo de su cadencia, ese mágico equilibrio entre sonido y sentido... pero con ocho años, ¿qué interés podía tener yo por la poesía? Entonces, la poesía no me decía nada, no despertaba en mí ninguna emoción. Tan solo era una palabra hueca que mi mente asociaba maliciosamente a una forma cursi y relamida de escribir.

Debía tener ocho años cuando un lunes por la mañana la profesora de Lengua y Literatura, Doña Ángela —quien además era la directora del colegio—, realizó el siguiente anuncio. El viernes de aquella misma semana celebraríamos una fiesta por el Día Internacional de la Paz. La noticia fue recibida con un grito de júbilo, no porque el pacifismo fuese especialmente popular entre nosotros, sino porque sabíamos lo que esto implicaba: suspensión de las clases y fin de semana anticipado. Sin embargo, la alegría duró poco. Cuando nos callamos, Doña Ángela continúo su anuncio comunicándonos que, con motivo de tal evento, todos debíamos escribir un poema sobre tan noble concepto. La actividad era obligatoria y debía ser entregada el jueves como muy tarde. Para rematar, los afortunados cuyos poemas fuesen elegidos como los mejores tendrían el privilegio de recitarlos en público ese mismo viernes durante una ceremonia de premios agendada para la hora del recreo.

Desde el principio supe que no escribiría aquel poema. No porque el encargo me resultase difícil o supusiese un gran esfuerzo, sino porque, simple y llanamente, aquello me parecía una ñoñería de la peor clase. Sin embargo, a medida que el viernes se fue acercando, mis compañeros fueron entregando sus poemas hasta que, finalmente, fui el único que aún no lo había entregado. El miércoles a última hora, mientras el resto de los alumnos huía despavorido del aula, Doña Ángela me retuvo en la puerta. Me dijo que tenía dos opciones: o entregar al día siguiente el poema o ir todas las tardes de la siguiente semana a hacer dictados con ella como castigo. Sabiendo ahora lo que ocurrió después, más me hubiese valido haber escrito una cacofonía sobre palomas, ramas de olivo y niños palestinos o haber aceptado el justo castigo a mi pereza. Pero no hice ninguna de las dos cosas. Tenía una alternativa y ante aquel ultimátum no dude en aprovecharla.

Para salir del entuerto, aquella misma tarde recurrí a la única persona con vocación poética que conocía: mi padre. A pesar de que su profesión como camionero estaba lejos de ser artística, el viejo siempre se preocupó por inculcarme el gusanillo literario. Según él, las palabras nunca caen en el vacío, con ellas uno se rebela o se revela. Una de sus frases favoritas — aún hoy se la oigo decir a veces — es “un par de palabras bien dichas puede hacer tanto daño como un ostia a mano abierta en la cara” con la que se entrevé su espíritu animoso y combativo. No tuve miedo en explicarle mi situación, sabía que no se enfadaría conmigo, entre otras cosas porque si hay algo que el viejo ha odiado siempre es cualquier figura de autoridad que no sea él mismo.:

— ¿Pero cómo pueden obligaros a escribir un poema? Si sois unos críos… De verdad, tus maestros cada día son más fatos. Si lo que quieren es que le cojáis asco a la poesía, lo están consiguiendo. Anda, ve a la cocina  y tráeme una cerveza y el calendario de notas de Iveco que hay en la galería.

Media hora después, el viejo había escrito el poema y me lo entregó diciendo:

— Con esto tienen más que suficiente. Eso sí, si para el Día de la Mujer esos lerdos te mandan escribir una obra de teatro, se lo pides a tu madre.

No conservo ese poema ni recuerdo ninguno de sus versos. Tan solo me acuerdo de la afilada letra de mi padre y de algunas palabras sueltas como “petróleo”, “huérfanos” y “sangre”. Lo transcribí a una hoja de cuaderno y a la mañana siguiente lo entregué sin arrancarle los pelillos, pensando que ahí se acababan todos mis problemas. Nada más lejos de la realidad.

La mañana del viernes, a mitad de la clase de Educación Física, fui llamado al despacho de Doña Ángela. De camino, me puse muy nervioso. Caminando cabizbajo por el pasillo, no podía dejar de pensar que todo había acabado, me habían pillado. Estaba convencido de que me obligarían a confesar quién me había escrito la poesía bajo amenaza de más castigos o peor aún de expulsión. Al entrar en el despacho lo que vi no me reconfortó. Sentada frente a su escritorio estaba Doña Ángela. Tenía el poema de mi padre en la mano, el cual reconocí por los pellilos; a su espalda, de pie, leyendo por encima de su hombro, estaba Don José Antonio, jefe de estudios y profesor de Matemáticas. Desconozco el porqué, pero a aquel tipo bajito, rechoncho, irritable y muy orgulloso de ser pueblo nunca le gusté. A pesar de que había en mi clase otros alumnos a los que tampoco se les daba bien su asignatura, conmigo se ensañaba especialmente, tratándome con una actitud beligerante que, tanto entonces como ahora, solo me explico en los términos de una animadversión genuina e irracional. Por ejemplo, cuando me equivocaba al responder alguna de sus preguntas, solía repetir con voz aflautada mi respuesta. Como no podía ser de otra manera, fue él quien verbalizó primero mis temores sobre el motivo de aquella reunión:

— ¿Tú has escrito esto? Dinos la verdad. ¿Lo has copiado de algún libro, te lo ha escrito alguien, no? Sabremos si nos mientes.

Repasando el incidente en mi memoria, estoy convencido de que, si en lugar de haber estado los dos, hubiese estado sólo Doña Ángela, probablemente habría confesado y reconocido que yo no era el autor de esa poesía. Sin embargo, el hecho de que ese palurdo con camisa de cuadros y pantalón de pana me creyese incapaz de escribirla me espoleó. Apreté los dientes y, abandonando la actitud timorata con la que había entrado, adopté otra mucho más desafiante.

— Que no se me den bien las Matemáticas no significa que no haga bien otras cosas. La he escrito yo.

Tras un breve silencio, Doña Ángela me escrutó dubitativa con sus acuosos ojos de rana. No parecía muy convencida de mi paternidad en aquel asunto. Releyó para sus adentros el poema, me miró, se levantó de la silla y finalmente me lo entregó diciendo :

— José Antonio, si él dice que es suyo, es suyo. El poema que has escrito está muy bien, Javi. Por eso queremos que la leas en la ceremonia. Tú cerrarás el recital.

En ese momento, de la ira pasé al pánico más absoluto. Sonreí como pude, fingiendo una alegría que estaba lejos de sentir y salí torpemente de la habitación deseando que me tragase la tierra. No solo iba tener que leer como propias las palabras de mi padre frente a un montón de gente, sino que además lo haría en último lugar. La farsa se había transformado de golpe en una tortura china de lo más atroz.

A la hora del recreo, el timbre que marcaba el inicio de  la ceremonia retumbó con su eco apocalíptico. Los y las poetas junior fuimos conducidos a un escenario improvisado en el patio del colegio. Cuando miré a mi alrededor, se me hizo un nudo en el estómago. El lugar estaba completamente abarrotado e, incluso tras las verjas verdes del recinto y desde los balcones de los edificios colindantes, se habían congregado toda suerte de curiosos y personas desocupadas intrigados por aquel sarao. Lo único que me consolaba es que ni mi madre ni mi padre estarían allí para verme haciendo el paripé porque ambos trabajaban.

El recital dio comienzo y, a medida que se acercaba mi turno, la poesía ya no me parecía esa cosa cursi y blanda propia de amanerados. Se me representó como una dama de hierro despiadada e implacable que castiga ferozmente a quienes se burlan de ella o la menosprecian. Mientras esperaba sentía como si me tuviese sujeto de la pechera y me susurrase al oído: “¿Te creías que ibas a zafar? Pequeño idiota... Se acabaron los atajos y no va a haber intermediario que te salve. Ese profesor de Matemáticas tuyo te va a parecer Bambi cuando acabe contigo. ¿Conque no querías conocerme ni dedicarme ni un cochino minuto de tu tiempo? Pues ahora la vas a sudar. Toma, aquí tienes un recuerdo mío para toda la vida, niñato”.

Llegó mi turno. Renqueante, me acerqué al micrófono. Un temblor irrefrenable me recorrió las manos, las rodillas y, por temblar, me temblaba hasta el aliento. Comencé a leer los versos escritos por el viejo despacio, haciendo pausas para tomar aire, notando cómo el sudor me bajaba por la espalda, rezando a mis adentros para que no se me quebrase la voz. Mi mala conciencia me convenció de que en cualquier momento el público, de algún modo sabedor de mi delito, me increparía y abuchearía, exigiendo a los responsables de la charada lírica que sacasen de allí a ese crío impostor. Nada de eso ocurrió. Una vez terminó aquel suplicio, recibí un sobrecogedor aplauso que me fue completamente ajeno. Al pasar a su lado, la directora me tocó el hombro en un gesto de aprobación que me llenó de vergüenza. Solo yo sabía la verdad. Era un plagiario que había recibido su justo castigo.

 

Es cosa sabida. Cualquier actividad o tarea, por atractiva o interesante que sea, pierde su encanto de inmediato si se impone como obligatoria. La escuela se ofrece como el escenario ideal para comprobar esta teoría ya que en ella se ratifica curso tras curso. Cuántos profesores no han mandado leer tal o cual libro creyendo que fomentan la lectura cuando lo que lograban era justo el efecto contrario y que nombres como Cervantes o Delibes adquirieran un regusto somnífero y repelente entre los estudiantes. Quien dijese aquello de que no hay cosa, por fácil que sea, que no haga difícil la mala gana, conocía bien la obstinada resistencia de muchos alumnos ante el saber reglado. En realidad, no hay mejor momento que la infancia para cuestionar y rebelarse contra la autoridad. Después, poco a poco, comenzamos a claudicar, a someternos y soportar mayores cantidades de aburrimiento. Por esa razón, nunca una negativa vuelve a sonar tan brutalmente honesta como a esas edades. Mi relación con la poesía comenzó así, con un “no” mayúsculo, un “NO me interesa” tenaz e inquebrantable.

Ni qué decir tiene que mi postura actual al respecto es muy distinta. Ahora aprecio el embrujo de su cadencia, ese mágico equilibrio entre sonido y sentido... pero con ocho años, ¿qué interés podía tener yo por la poesía? Entonces, la poesía no me decía nada, no despertaba en mí ninguna emoción. Tan solo era una palabra hueca que mi mente asociaba maliciosamente a una forma cursi y relamida de escribir.

Debía tener ocho años cuando un lunes por la mañana la profesora de Lengua y Literatura, Doña Ángela —quien además era la directora del colegio—, realizó el siguiente anuncio. El viernes de aquella misma semana celebraríamos una fiesta por el Día Internacional de la Paz. La noticia fue recibida con un grito de júbilo, no porque el pacifismo fuese especialmente popular entre nosotros, sino porque sabíamos lo que esto implicaba: suspensión de las clases y fin de semana anticipado. Sin embargo, la alegría duró poco. Cuando nos callamos, Doña Ángela continúo su anuncio comunicándonos que, con motivo de tal evento, todos debíamos escribir un poema sobre tan noble concepto. La actividad era obligatoria y debía ser entregada el jueves como muy tarde. Para rematar, los afortunados cuyos poemas fuesen elegidos como los mejores tendrían el privilegio de recitarlos en público ese mismo viernes durante una ceremonia de premios agendada para la hora del recreo.

Desde el principio supe que no escribiría aquel poema. No porque el encargo me resultase difícil o supusiese un gran esfuerzo, sino porque, simple y llanamente, aquello me parecía una ñoñería de la peor clase. Sin embargo, a medida que el viernes se fue acercando, mis compañeros fueron entregando sus poemas hasta que, finalmente, fui el único que aún no lo había entregado. El miércoles a última hora, mientras el resto de los alumnos huía despavorido del aula, Doña Ángela me retuvo en la puerta. Me dijo que tenía dos opciones: o entregar al día siguiente el poema o ir todas las tardes de la siguiente semana a hacer dictados con ella como castigo. Sabiendo ahora lo que ocurrió después, más me hubiese valido haber escrito una cacofonía sobre palomas, ramas de olivo y niños palestinos o haber aceptado el justo castigo a mi pereza. Pero no hice ninguna de las dos cosas. Tenía una alternativa y ante aquel ultimátum no dude en aprovecharla.

Para salir del entuerto, aquella misma tarde recurrí a la única persona con vocación poética que conocía: mi padre. A pesar de que su profesión como camionero estaba lejos de ser artística, el viejo siempre se preocupó por inculcarme el gusanillo literario. Según él, las palabras nunca caen en el vacío, con ellas uno se rebela o se revela. Una de sus frases favoritas — aún hoy se la oigo decir a veces — es “un par de palabras bien dichas puede hacer tanto daño como un ostia a mano abierta en la cara” con la que se entrevé su espíritu animoso y combativo. No tuve miedo en explicarle mi situación, sabía que no se enfadaría conmigo, entre otras cosas porque si hay algo que el viejo ha odiado siempre es cualquier figura de autoridad que no sea él mismo.:

— ¿Pero cómo pueden obligaros a escribir un poema? Si sois unos críos… De verdad, tus maestros cada día son más fatos. Si lo que quieren es que le cojáis asco a la poesía, lo están consiguiendo. Anda, ve a la cocina  y tráeme una cerveza y el calendario de notas de Iveco que hay en la galería.

Media hora después, el viejo había escrito el poema y me lo entregó diciendo:

— Con esto tienen más que suficiente. Eso sí, si para el Día de la Mujer esos lerdos te mandan escribir una obra de teatro, se lo pides a tu madre.

No conservo ese poema ni recuerdo ninguno de sus versos. Tan solo me acuerdo de la afilada letra de mi padre y de algunas palabras sueltas como “petróleo”, “huérfanos” y “sangre”. Lo transcribí a una hoja de cuaderno y a la mañana siguiente lo entregué sin arrancarle los pelillos, pensando que ahí se acababan todos mis problemas. Nada más lejos de la realidad.

La mañana del viernes, a mitad de la clase de Educación Física, fui llamado al despacho de Doña Ángela. De camino, me puse muy nervioso. Caminando cabizbajo por el pasillo, no podía dejar de pensar que todo había acabado, me habían pillado. Estaba convencido de que me obligarían a confesar quién me había escrito la poesía bajo amenaza de más castigos o peor aún de expulsión. Al entrar en el despacho lo que vi no me reconfortó. Sentada frente a su escritorio estaba Doña Ángela. Tenía el poema de mi padre en la mano, el cual reconocí por los pellilos; a su espalda, de pie, leyendo por encima de su hombro, estaba Don José Antonio, jefe de estudios y profesor de Matemáticas. Desconozco el porqué, pero a aquel tipo bajito, rechoncho, irritable y muy orgulloso de ser pueblo nunca le gusté. A pesar de que había en mi clase otros alumnos a los que tampoco se les daba bien su asignatura, conmigo se ensañaba especialmente, tratándome con una actitud beligerante que, tanto entonces como ahora, solo me explico en los términos de una animadversión genuina e irracional. Por ejemplo, cuando me equivocaba al responder alguna de sus preguntas, solía repetir con voz aflautada mi respuesta. Como no podía ser de otra manera, fue él quien verbalizó primero mis temores sobre el motivo de aquella reunión:

— ¿Tú has escrito esto? Dinos la verdad. ¿Lo has copiado de algún libro, te lo ha escrito alguien, no? Sabremos si nos mientes.

Repasando el incidente en mi memoria, estoy convencido de que, si en lugar de haber estado los dos, hubiese estado sólo Doña Ángela, probablemente habría confesado y reconocido que yo no era el autor de esa poesía. Sin embargo, el hecho de que ese palurdo con camisa de cuadros y pantalón de pana me creyese incapaz de escribirla me espoleó. Apreté los dientes y, abandonando la actitud timorata con la que había entrado, adopté otra mucho más desafiante.

— Que no se me den bien las Matemáticas no significa que no haga bien otras cosas. La he escrito yo.

Tras un breve silencio, Doña Ángela me escrutó dubitativa con sus acuosos ojos de rana. No parecía muy convencida de mi paternidad en aquel asunto. Releyó para sus adentros el poema, me miró, se levantó de la silla y finalmente me lo entregó diciendo :

— José Antonio, si él dice que es suyo, es suyo. El poema que has escrito está muy bien, Javi. Por eso queremos que la leas en la ceremonia. Tú cerrarás el recital.

En ese momento, de la ira pasé al pánico más absoluto. Sonreí como pude, fingiendo una alegría que estaba lejos de sentir y salí torpemente de la habitación deseando que me tragase la tierra. No solo iba tener que leer como propias las palabras de mi padre frente a un montón de gente, sino que además lo haría en último lugar. La farsa se había transformado de golpe en una tortura china de lo más atroz.

A la hora del recreo, el timbre que marcaba el inicio de  la ceremonia retumbó con su eco apocalíptico. Los y las poetas junior fuimos conducidos a un escenario improvisado en el patio del colegio. Cuando miré a mi alrededor, se me hizo un nudo en el estómago. El lugar estaba completamente abarrotado e, incluso tras las verjas verdes del recinto y desde los balcones de los edificios colindantes, se habían congregado toda suerte de curiosos y personas desocupadas intrigados por aquel sarao. Lo único que me consolaba es que ni mi madre ni mi padre estarían allí para verme haciendo el paripé porque ambos trabajaban.

El recital dio comienzo y, a medida que se acercaba mi turno, la poesía ya no me parecía esa cosa cursi y blanda propia de amanerados. Se me representó como una dama de hierro despiadada e implacable que castiga ferozmente a quienes se burlan de ella o la menosprecian. Mientras esperaba sentía como si me tuviese sujeto de la pechera y me susurrase al oído: “¿Te creías que ibas a zafar? Pequeño idiota... Se acabaron los atajos y no va a haber intermediario que te salve. Ese profesor de Matemáticas tuyo te va a parecer Bambi cuando acabe contigo. ¿Conque no querías conocerme ni dedicarme ni un cochino minuto de tu tiempo? Pues ahora la vas a sudar. Toma, aquí tienes un recuerdo mío para toda la vida, niñato”.

Llegó mi turno. Renqueante, me acerqué al micrófono. Un temblor irrefrenable me recorrió las manos, las rodillas y, por temblar, me temblaba hasta el aliento. Comencé a leer los versos escritos por el viejo despacio, haciendo pausas para tomar aire, notando cómo el sudor me bajaba por la espalda, rezando a mis adentros para que no se me quebrase la voz. Mi mala conciencia me convenció de que en cualquier momento el público, de algún modo sabedor de mi delito, me increparía y abuchearía, exigiendo a los responsables de la charada lírica que sacasen de allí a ese crío impostor. Nada de eso ocurrió. Una vez terminó aquel suplicio, recibí un sobrecogedor aplauso que me fue completamente ajeno. Al pasar a su lado, la directora me tocó el hombro en un gesto de aprobación que me llenó de vergüenza. Solo yo sabía la verdad. Era un plagiario que había recibido su justo castigo.

 

Es cosa sabida. Cualquier actividad o tarea, por atractiva o interesante que sea, pierde su encanto de inmediato si se impone como obligatoria. La escuela se ofrece como el escenario ideal para comprobar esta teoría ya que en ella se ratifica curso tras curso. Cuántos profesores no han mandado leer tal o cual libro creyendo que fomentan la lectura cuando lo que lograban era justo el efecto contrario y que nombres como Cervantes o Delibes adquirieran un regusto somnífero y repelente entre los estudiantes. Quien dijese aquello de que no hay cosa, por fácil que sea, que no haga difícil la mala gana, conocía bien la obstinada resistencia de muchos alumnos ante el saber reglado. En realidad, no hay mejor momento que la infancia para cuestionar y rebelarse contra la autoridad. Después, poco a poco, comenzamos a claudicar, a someternos y soportar mayores cantidades de aburrimiento. Por esa razón, nunca una negativa vuelve a sonar tan brutalmente honesta como a esas edades. Mi relación con la poesía comenzó así, con un “no” mayúsculo, un “NO me interesa” tenaz e inquebrantable.

Ni qué decir tiene que mi postura actual al respecto es muy distinta. Ahora aprecio el embrujo de su cadencia, ese mágico equilibrio entre sonido y sentido... pero con ocho años, ¿qué interés podía tener yo por la poesía? Entonces, la poesía no me decía nada, no despertaba en mí ninguna emoción. Tan solo era una palabra hueca que mi mente asociaba maliciosamente a una forma cursi y relamida de escribir.

Debía tener ocho años cuando un lunes por la mañana la profesora de Lengua y Literatura, Doña Ángela —quien además era la directora del colegio—, realizó el siguiente anuncio. El viernes de aquella misma semana celebraríamos una fiesta por el Día Internacional de la Paz. La noticia fue recibida con un grito de júbilo, no porque el pacifismo fuese especialmente popular entre nosotros, sino porque sabíamos lo que esto implicaba: suspensión de las clases y fin de semana anticipado. Sin embargo, la alegría duró poco. Cuando nos callamos, Doña Ángela continúo su anuncio comunicándonos que, con motivo de tal evento, todos debíamos escribir un poema sobre tan noble concepto. La actividad era obligatoria y debía ser entregada el jueves como muy tarde. Para rematar, los afortunados cuyos poemas fuesen elegidos como los mejores tendrían el privilegio de recitarlos en público ese mismo viernes durante una ceremonia de premios agendada para la hora del recreo.

Desde el principio supe que no escribiría aquel poema. No porque el encargo me resultase difícil o supusiese un gran esfuerzo, sino porque, simple y llanamente, aquello me parecía una ñoñería de la peor clase. Sin embargo, a medida que el viernes se fue acercando, mis compañeros fueron entregando sus poemas hasta que, finalmente, fui el único que aún no lo había entregado. El miércoles a última hora, mientras el resto de los alumnos huía despavorido del aula, Doña Ángela me retuvo en la puerta. Me dijo que tenía dos opciones: o entregar al día siguiente el poema o ir todas las tardes de la siguiente semana a hacer dictados con ella como castigo. Sabiendo ahora lo que ocurrió después, más me hubiese valido haber escrito una cacofonía sobre palomas, ramas de olivo y niños palestinos o haber aceptado el justo castigo a mi pereza. Pero no hice ninguna de las dos cosas. Tenía una alternativa y ante aquel ultimátum no dude en aprovecharla.

Para salir del entuerto, aquella misma tarde recurrí a la única persona con vocación poética que conocía: mi padre. A pesar de que su profesión como camionero estaba lejos de ser artística, el viejo siempre se preocupó por inculcarme el gusanillo literario. Según él, las palabras nunca caen en el vacío, con ellas uno se rebela o se revela. Una de sus frases favoritas — aún hoy se la oigo decir a veces — es “un par de palabras bien dichas puede hacer tanto daño como un ostia a mano abierta en la cara” con la que se entrevé su espíritu animoso y combativo. No tuve miedo en explicarle mi situación, sabía que no se enfadaría conmigo, entre otras cosas porque si hay algo que el viejo ha odiado siempre es cualquier figura de autoridad que no sea él mismo.:

— ¿Pero cómo pueden obligaros a escribir un poema? Si sois unos críos… De verdad, tus maestros cada día son más fatos. Si lo que quieren es que le cojáis asco a la poesía, lo están consiguiendo. Anda, ve a la cocina  y tráeme una cerveza y el calendario de notas de Iveco que hay en la galería.

Media hora después, el viejo había escrito el poema y me lo entregó diciendo:

— Con esto tienen más que suficiente. Eso sí, si para el Día de la Mujer esos lerdos te mandan escribir una obra de teatro, se lo pides a tu madre.

No conservo ese poema ni recuerdo ninguno de sus versos. Tan solo me acuerdo de la afilada letra de mi padre y de algunas palabras sueltas como “petróleo”, “huérfanos” y “sangre”. Lo transcribí a una hoja de cuaderno y a la mañana siguiente lo entregué sin arrancarle los pelillos, pensando que ahí se acababan todos mis problemas. Nada más lejos de la realidad.

La mañana del viernes, a mitad de la clase de Educación Física, fui llamado al despacho de Doña Ángela. De camino, me puse muy nervioso. Caminando cabizbajo por el pasillo, no podía dejar de pensar que todo había acabado, me habían pillado. Estaba convencido de que me obligarían a confesar quién me había escrito la poesía bajo amenaza de más castigos o peor aún de expulsión. Al entrar en el despacho lo que vi no me reconfortó. Sentada frente a su escritorio estaba Doña Ángela. Tenía el poema de mi padre en la mano, el cual reconocí por los pellilos; a su espalda, de pie, leyendo por encima de su hombro, estaba Don José Antonio, jefe de estudios y profesor de Matemáticas. Desconozco el porqué, pero a aquel tipo bajito, rechoncho, irritable y muy orgulloso de ser pueblo nunca le gusté. A pesar de que había en mi clase otros alumnos a los que tampoco se les daba bien su asignatura, conmigo se ensañaba especialmente, tratándome con una actitud beligerante que, tanto entonces como ahora, solo me explico en los términos de una animadversión genuina e irracional. Por ejemplo, cuando me equivocaba al responder alguna de sus preguntas, solía repetir con voz aflautada mi respuesta. Como no podía ser de otra manera, fue él quien verbalizó primero mis temores sobre el motivo de aquella reunión:

— ¿Tú has escrito esto? Dinos la verdad. ¿Lo has copiado de algún libro, te lo ha escrito alguien, no? Sabremos si nos mientes.

Repasando el incidente en mi memoria, estoy convencido de que, si en lugar de haber estado los dos, hubiese estado sólo Doña Ángela, probablemente habría confesado y reconocido que yo no era el autor de esa poesía. Sin embargo, el hecho de que ese palurdo con camisa de cuadros y pantalón de pana me creyese incapaz de escribirla me espoleó. Apreté los dientes y, abandonando la actitud timorata con la que había entrado, adopté otra mucho más desafiante.

— Que no se me den bien las Matemáticas no significa que no haga bien otras cosas. La he escrito yo.

Tras un breve silencio, Doña Ángela me escrutó dubitativa con sus acuosos ojos de rana. No parecía muy convencida de mi paternidad en aquel asunto. Releyó para sus adentros el poema, me miró, se levantó de la silla y finalmente me lo entregó diciendo :

— José Antonio, si él dice que es suyo, es suyo. El poema que has escrito está muy bien, Javi. Por eso queremos que la leas en la ceremonia. Tú cerrarás el recital.

En ese momento, de la ira pasé al pánico más absoluto. Sonreí como pude, fingiendo una alegría que estaba lejos de sentir y salí torpemente de la habitación deseando que me tragase la tierra. No solo iba tener que leer como propias las palabras de mi padre frente a un montón de gente, sino que además lo haría en último lugar. La farsa se había transformado de golpe en una tortura china de lo más atroz.

A la hora del recreo, el timbre que marcaba el inicio de  la ceremonia retumbó con su eco apocalíptico. Los y las poetas junior fuimos conducidos a un escenario improvisado en el patio del colegio. Cuando miré a mi alrededor, se me hizo un nudo en el estómago. El lugar estaba completamente abarrotado e, incluso tras las verjas verdes del recinto y desde los balcones de los edificios colindantes, se habían congregado toda suerte de curiosos y personas desocupadas intrigados por aquel sarao. Lo único que me consolaba es que ni mi madre ni mi padre estarían allí para verme haciendo el paripé porque ambos trabajaban.

El recital dio comienzo y, a medida que se acercaba mi turno, la poesía ya no me parecía esa cosa cursi y blanda propia de amanerados. Se me representó como una dama de hierro despiadada e implacable que castiga ferozmente a quienes se burlan de ella o la menosprecian. Mientras esperaba sentía como si me tuviese sujeto de la pechera y me susurrase al oído: “¿Te creías que ibas a zafar? Pequeño idiota... Se acabaron los atajos y no va a haber intermediario que te salve. Ese profesor de Matemáticas tuyo te va a parecer Bambi cuando acabe contigo. ¿Conque no querías conocerme ni dedicarme ni un cochino minuto de tu tiempo? Pues ahora la vas a sudar. Toma, aquí tienes un recuerdo mío para toda la vida, niñato”.

Llegó mi turno. Renqueante, me acerqué al micrófono. Un temblor irrefrenable me recorrió las manos, las rodillas y, por temblar, me temblaba hasta el aliento. Comencé a leer los versos escritos por el viejo despacio, haciendo pausas para tomar aire, notando cómo el sudor me bajaba por la espalda, rezando a mis adentros para que no se me quebrase la voz. Mi mala conciencia me convenció de que en cualquier momento el público, de algún modo sabedor de mi delito, me increparía y abuchearía, exigiendo a los responsables de la charada lírica que sacasen de allí a ese crío impostor. Nada de eso ocurrió. Una vez terminó aquel suplicio, recibí un sobrecogedor aplauso que me fue completamente ajeno. Al pasar a su lado, la directora me tocó el hombro en un gesto de aprobación que me llenó de vergüenza. Solo yo sabía la verdad. Era un plagiario que había recibido su justo castigo.

 

Holeden Melaza. Roeh de letras, operador de luz para falsear tinieblas. Golem que trabaja en sábados. Vecino no reconocido del espíritu de la escalera. Profesor poco particular del saber trivial. Obsoleto bibliófilo sin aparato telemático. Si deseas preguntarme algo, contáctame por caralibro.

Imagen de portada: Vittorio Ciccatelli

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