La superstición de enamorarse

N.013 - Narrativa

La superstición de enamorarse

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La superstición de enamorarse

N.013 - Narrativa

La superstición de enamorarse

N.013 - Narrativa

Escrito por Sabina Orozco

Escrito por Sabina Orozco

Escrito por Sabina Orozco

A las casualidades disfrazadas de certezas


Parte del encanto de salir con alguien se sostiene en la incertidumbre, un juego donde la curiosidad y el deseo giran como en una ruleta. Tengo más inclinaciones esotéricas de las que me gustaría. En una suerte de práctica adivinatoria, intenté leer a una persona a través de sus subrayados. Las cosas no acabaron bien, pero ¿a quién le interesan las historias de amor con finales felices?

El año pasado, salí con un chico a quien llamaré Javier, Juan o José (da igual). Al principio, lo único que sabía de él era su simpatía por los perros y que vivía a 5 kilómetros de mí. En una de nuestras primeras citas, me habló de su costumbre de subrayar los libros o hacer otra clase de rayones que a mucha gente le aterraría. Lo constaté en su departamento, al hojear lo que había en su librero y notar líneas de plumón rojo señalando párrafos o versos. Saqué un poemario de un estante, dijo que se lo había regalado una exnovia cuando terminaron. “Por las despedidas”, había puesto ella en la primera página. Supuse que algo parecido al destino nos había hecho coincidir. Años atrás, al terminar una lectura en San Ildefonso, el autor de ese mismo poemario estaba a punto de irse cansado de hacer un montón de firmas que al parecer terminarían por quebrarle el brazo. Corrí hacia él y le pedí que firmara mi libro. Aceptó con una sonrisa que me enterneció y, luego descubrí, en realidad se hallaba llena de malicia. Minutos después, leí sus palabras escritas con fuerza: “A Sabina, no de mi afecto”. A la fecha, considero que es la mejor dedicatoria, dudo que muchos otros lectores puedan presumir de haber recibido un mensaje de él con tanto odio. A Javier le hizo gracia esa historia. Comentó que el amor y el odio son parecidos porque se perciben con la misma intensidad. Le pedí que me prestara el poemario. “¿No dices que ya lo tienes?”, preguntó. Me interesaba leer sus subrayados, respondí. 

Me llevé el libro y durante días eché un vistazo a las palabras resaltadas, como si de esa manera pudiera revelar rasgos ocultos de él o una pequeña señal de encontrarnos más vinculados de lo que creíamos. “Esa noche volví a soñar con mis hijos y desperté llorando bajo el frío que cae en la noche en los desiertos”, era el primero de varios subrayados que apuntaban a relaciones filiales tormentosas. De la familia de Javier conocí de oídas su madre, solía mencionarla con frecuencia. Una tarde, platicábamos con los ojos puestos en el techo de su cuarto. Sin mirarlo a la cara, le pregunté por su padre. Contestó que lo odiaba porque nunca lo había visto. Le hablé del subrayado en el libro y de mi teoría sobre estar descubriendo asuntos de su personalidad por ese medio. “Me asusta que seas tan supersticiosa”, confesó antes de darme un beso. 

Hace tiempo, un amigo me leyó la mano. Aseguró que mi línea de la vida superaba la del amor. Una parte de mí trató de ignorarlo; otra, se preocupó al imaginarme envejecer en profunda soledad. Desde entonces, me cuestiono si preferiría vivir poco y enamorarme constantemente. Las líneas de la mano de Javier apenas se marcaban. Pensándolo bien, todo él lucía borroso: su pasado y lo que rondaba su cabeza era demasiado oscuro. 

“Al levantarme ya era mañana y sólo pude retener esas imágenes: un muelle y la silueta de un botero recogiendo mis restos en las orillas de un río de sangre”, leí un subrayado, igual que un oráculo. Le pregunté a Javier qué tanto le temía a morir. Respondió que la sola idea le daba vértigo. Contrario a eso, poco a poco me di cuenta de sus hábitos casi suicidas, solía manejar en estados muy poco convenientes o cruzar la calle sin siquiera mirar a la esquina. Quizá mis aproximaciones a él por medio del libro habían fallado en esa ocasión. 

Varios de los poemas marcados por él refieren una película compuesta de distintas historias cuya constante es el cambio, la muerte y los estados alterados, una especie de viaje iniciático. Al verla siempre termino con un nudo en el pecho. Javier y yo la pusimos una noche. Se quedó dormido hacia el final, perdiéndose de la escena donde el azul parece tragarse todo, ser la única certeza dentro y fuera de la pantalla. 

Aún no logro explicarme mi interés en inventar una forma de predicciones. A lo mejor, necesitaba convencerme de que entre nosotros había un nexo especial. Pero la magia ocurre muchas veces en el chispazo de lo intrascendente. Las líneas subrayadas que resultarían más profética fueron: “Sobre ciudad de México amanecía y era un amanecer violeta Kurosawa. Inmenso, infinito”. Un día, tras haber discutido con Javier, nos despedimos y me fui muy temprano. A pesar de la contaminación, el cielo mostraba el tono del mar cuando se agita. Enamorarse se parece a ese azul mezclado con las nubes, tan perverso como fascinante. 

Javier, Juan o José (mencioné que da igual) volvió a llamar para pedirme su libro. No pienso devolvérselo. Fantaseo con que, en el futuro, un supersticioso lea las páginas que ahora yo he marcado e intente descifrar algo que nunca podrá entender.

A las casualidades disfrazadas de certezas


Parte del encanto de salir con alguien se sostiene en la incertidumbre, un juego donde la curiosidad y el deseo giran como en una ruleta. Tengo más inclinaciones esotéricas de las que me gustaría. En una suerte de práctica adivinatoria, intenté leer a una persona a través de sus subrayados. Las cosas no acabaron bien, pero ¿a quién le interesan las historias de amor con finales felices?

El año pasado, salí con un chico a quien llamaré Javier, Juan o José (da igual). Al principio, lo único que sabía de él era su simpatía por los perros y que vivía a 5 kilómetros de mí. En una de nuestras primeras citas, me habló de su costumbre de subrayar los libros o hacer otra clase de rayones que a mucha gente le aterraría. Lo constaté en su departamento, al hojear lo que había en su librero y notar líneas de plumón rojo señalando párrafos o versos. Saqué un poemario de un estante, dijo que se lo había regalado una exnovia cuando terminaron. “Por las despedidas”, había puesto ella en la primera página. Supuse que algo parecido al destino nos había hecho coincidir. Años atrás, al terminar una lectura en San Ildefonso, el autor de ese mismo poemario estaba a punto de irse cansado de hacer un montón de firmas que al parecer terminarían por quebrarle el brazo. Corrí hacia él y le pedí que firmara mi libro. Aceptó con una sonrisa que me enterneció y, luego descubrí, en realidad se hallaba llena de malicia. Minutos después, leí sus palabras escritas con fuerza: “A Sabina, no de mi afecto”. A la fecha, considero que es la mejor dedicatoria, dudo que muchos otros lectores puedan presumir de haber recibido un mensaje de él con tanto odio. A Javier le hizo gracia esa historia. Comentó que el amor y el odio son parecidos porque se perciben con la misma intensidad. Le pedí que me prestara el poemario. “¿No dices que ya lo tienes?”, preguntó. Me interesaba leer sus subrayados, respondí. 

Me llevé el libro y durante días eché un vistazo a las palabras resaltadas, como si de esa manera pudiera revelar rasgos ocultos de él o una pequeña señal de encontrarnos más vinculados de lo que creíamos. “Esa noche volví a soñar con mis hijos y desperté llorando bajo el frío que cae en la noche en los desiertos”, era el primero de varios subrayados que apuntaban a relaciones filiales tormentosas. De la familia de Javier conocí de oídas su madre, solía mencionarla con frecuencia. Una tarde, platicábamos con los ojos puestos en el techo de su cuarto. Sin mirarlo a la cara, le pregunté por su padre. Contestó que lo odiaba porque nunca lo había visto. Le hablé del subrayado en el libro y de mi teoría sobre estar descubriendo asuntos de su personalidad por ese medio. “Me asusta que seas tan supersticiosa”, confesó antes de darme un beso. 

Hace tiempo, un amigo me leyó la mano. Aseguró que mi línea de la vida superaba la del amor. Una parte de mí trató de ignorarlo; otra, se preocupó al imaginarme envejecer en profunda soledad. Desde entonces, me cuestiono si preferiría vivir poco y enamorarme constantemente. Las líneas de la mano de Javier apenas se marcaban. Pensándolo bien, todo él lucía borroso: su pasado y lo que rondaba su cabeza era demasiado oscuro. 

“Al levantarme ya era mañana y sólo pude retener esas imágenes: un muelle y la silueta de un botero recogiendo mis restos en las orillas de un río de sangre”, leí un subrayado, igual que un oráculo. Le pregunté a Javier qué tanto le temía a morir. Respondió que la sola idea le daba vértigo. Contrario a eso, poco a poco me di cuenta de sus hábitos casi suicidas, solía manejar en estados muy poco convenientes o cruzar la calle sin siquiera mirar a la esquina. Quizá mis aproximaciones a él por medio del libro habían fallado en esa ocasión. 

Varios de los poemas marcados por él refieren una película compuesta de distintas historias cuya constante es el cambio, la muerte y los estados alterados, una especie de viaje iniciático. Al verla siempre termino con un nudo en el pecho. Javier y yo la pusimos una noche. Se quedó dormido hacia el final, perdiéndose de la escena donde el azul parece tragarse todo, ser la única certeza dentro y fuera de la pantalla. 

Aún no logro explicarme mi interés en inventar una forma de predicciones. A lo mejor, necesitaba convencerme de que entre nosotros había un nexo especial. Pero la magia ocurre muchas veces en el chispazo de lo intrascendente. Las líneas subrayadas que resultarían más profética fueron: “Sobre ciudad de México amanecía y era un amanecer violeta Kurosawa. Inmenso, infinito”. Un día, tras haber discutido con Javier, nos despedimos y me fui muy temprano. A pesar de la contaminación, el cielo mostraba el tono del mar cuando se agita. Enamorarse se parece a ese azul mezclado con las nubes, tan perverso como fascinante. 

Javier, Juan o José (mencioné que da igual) volvió a llamar para pedirme su libro. No pienso devolvérselo. Fantaseo con que, en el futuro, un supersticioso lea las páginas que ahora yo he marcado e intente descifrar algo que nunca podrá entender.

A las casualidades disfrazadas de certezas


Parte del encanto de salir con alguien se sostiene en la incertidumbre, un juego donde la curiosidad y el deseo giran como en una ruleta. Tengo más inclinaciones esotéricas de las que me gustaría. En una suerte de práctica adivinatoria, intenté leer a una persona a través de sus subrayados. Las cosas no acabaron bien, pero ¿a quién le interesan las historias de amor con finales felices?

El año pasado, salí con un chico a quien llamaré Javier, Juan o José (da igual). Al principio, lo único que sabía de él era su simpatía por los perros y que vivía a 5 kilómetros de mí. En una de nuestras primeras citas, me habló de su costumbre de subrayar los libros o hacer otra clase de rayones que a mucha gente le aterraría. Lo constaté en su departamento, al hojear lo que había en su librero y notar líneas de plumón rojo señalando párrafos o versos. Saqué un poemario de un estante, dijo que se lo había regalado una exnovia cuando terminaron. “Por las despedidas”, había puesto ella en la primera página. Supuse que algo parecido al destino nos había hecho coincidir. Años atrás, al terminar una lectura en San Ildefonso, el autor de ese mismo poemario estaba a punto de irse cansado de hacer un montón de firmas que al parecer terminarían por quebrarle el brazo. Corrí hacia él y le pedí que firmara mi libro. Aceptó con una sonrisa que me enterneció y, luego descubrí, en realidad se hallaba llena de malicia. Minutos después, leí sus palabras escritas con fuerza: “A Sabina, no de mi afecto”. A la fecha, considero que es la mejor dedicatoria, dudo que muchos otros lectores puedan presumir de haber recibido un mensaje de él con tanto odio. A Javier le hizo gracia esa historia. Comentó que el amor y el odio son parecidos porque se perciben con la misma intensidad. Le pedí que me prestara el poemario. “¿No dices que ya lo tienes?”, preguntó. Me interesaba leer sus subrayados, respondí. 

Me llevé el libro y durante días eché un vistazo a las palabras resaltadas, como si de esa manera pudiera revelar rasgos ocultos de él o una pequeña señal de encontrarnos más vinculados de lo que creíamos. “Esa noche volví a soñar con mis hijos y desperté llorando bajo el frío que cae en la noche en los desiertos”, era el primero de varios subrayados que apuntaban a relaciones filiales tormentosas. De la familia de Javier conocí de oídas su madre, solía mencionarla con frecuencia. Una tarde, platicábamos con los ojos puestos en el techo de su cuarto. Sin mirarlo a la cara, le pregunté por su padre. Contestó que lo odiaba porque nunca lo había visto. Le hablé del subrayado en el libro y de mi teoría sobre estar descubriendo asuntos de su personalidad por ese medio. “Me asusta que seas tan supersticiosa”, confesó antes de darme un beso. 

Hace tiempo, un amigo me leyó la mano. Aseguró que mi línea de la vida superaba la del amor. Una parte de mí trató de ignorarlo; otra, se preocupó al imaginarme envejecer en profunda soledad. Desde entonces, me cuestiono si preferiría vivir poco y enamorarme constantemente. Las líneas de la mano de Javier apenas se marcaban. Pensándolo bien, todo él lucía borroso: su pasado y lo que rondaba su cabeza era demasiado oscuro. 

“Al levantarme ya era mañana y sólo pude retener esas imágenes: un muelle y la silueta de un botero recogiendo mis restos en las orillas de un río de sangre”, leí un subrayado, igual que un oráculo. Le pregunté a Javier qué tanto le temía a morir. Respondió que la sola idea le daba vértigo. Contrario a eso, poco a poco me di cuenta de sus hábitos casi suicidas, solía manejar en estados muy poco convenientes o cruzar la calle sin siquiera mirar a la esquina. Quizá mis aproximaciones a él por medio del libro habían fallado en esa ocasión. 

Varios de los poemas marcados por él refieren una película compuesta de distintas historias cuya constante es el cambio, la muerte y los estados alterados, una especie de viaje iniciático. Al verla siempre termino con un nudo en el pecho. Javier y yo la pusimos una noche. Se quedó dormido hacia el final, perdiéndose de la escena donde el azul parece tragarse todo, ser la única certeza dentro y fuera de la pantalla. 

Aún no logro explicarme mi interés en inventar una forma de predicciones. A lo mejor, necesitaba convencerme de que entre nosotros había un nexo especial. Pero la magia ocurre muchas veces en el chispazo de lo intrascendente. Las líneas subrayadas que resultarían más profética fueron: “Sobre ciudad de México amanecía y era un amanecer violeta Kurosawa. Inmenso, infinito”. Un día, tras haber discutido con Javier, nos despedimos y me fui muy temprano. A pesar de la contaminación, el cielo mostraba el tono del mar cuando se agita. Enamorarse se parece a ese azul mezclado con las nubes, tan perverso como fascinante. 

Javier, Juan o José (mencioné que da igual) volvió a llamar para pedirme su libro. No pienso devolvérselo. Fantaseo con que, en el futuro, un supersticioso lea las páginas que ahora yo he marcado e intente descifrar algo que nunca podrá entender.

A las casualidades disfrazadas de certezas


Parte del encanto de salir con alguien se sostiene en la incertidumbre, un juego donde la curiosidad y el deseo giran como en una ruleta. Tengo más inclinaciones esotéricas de las que me gustaría. En una suerte de práctica adivinatoria, intenté leer a una persona a través de sus subrayados. Las cosas no acabaron bien, pero ¿a quién le interesan las historias de amor con finales felices?

El año pasado, salí con un chico a quien llamaré Javier, Juan o José (da igual). Al principio, lo único que sabía de él era su simpatía por los perros y que vivía a 5 kilómetros de mí. En una de nuestras primeras citas, me habló de su costumbre de subrayar los libros o hacer otra clase de rayones que a mucha gente le aterraría. Lo constaté en su departamento, al hojear lo que había en su librero y notar líneas de plumón rojo señalando párrafos o versos. Saqué un poemario de un estante, dijo que se lo había regalado una exnovia cuando terminaron. “Por las despedidas”, había puesto ella en la primera página. Supuse que algo parecido al destino nos había hecho coincidir. Años atrás, al terminar una lectura en San Ildefonso, el autor de ese mismo poemario estaba a punto de irse cansado de hacer un montón de firmas que al parecer terminarían por quebrarle el brazo. Corrí hacia él y le pedí que firmara mi libro. Aceptó con una sonrisa que me enterneció y, luego descubrí, en realidad se hallaba llena de malicia. Minutos después, leí sus palabras escritas con fuerza: “A Sabina, no de mi afecto”. A la fecha, considero que es la mejor dedicatoria, dudo que muchos otros lectores puedan presumir de haber recibido un mensaje de él con tanto odio. A Javier le hizo gracia esa historia. Comentó que el amor y el odio son parecidos porque se perciben con la misma intensidad. Le pedí que me prestara el poemario. “¿No dices que ya lo tienes?”, preguntó. Me interesaba leer sus subrayados, respondí. 

Me llevé el libro y durante días eché un vistazo a las palabras resaltadas, como si de esa manera pudiera revelar rasgos ocultos de él o una pequeña señal de encontrarnos más vinculados de lo que creíamos. “Esa noche volví a soñar con mis hijos y desperté llorando bajo el frío que cae en la noche en los desiertos”, era el primero de varios subrayados que apuntaban a relaciones filiales tormentosas. De la familia de Javier conocí de oídas su madre, solía mencionarla con frecuencia. Una tarde, platicábamos con los ojos puestos en el techo de su cuarto. Sin mirarlo a la cara, le pregunté por su padre. Contestó que lo odiaba porque nunca lo había visto. Le hablé del subrayado en el libro y de mi teoría sobre estar descubriendo asuntos de su personalidad por ese medio. “Me asusta que seas tan supersticiosa”, confesó antes de darme un beso. 

Hace tiempo, un amigo me leyó la mano. Aseguró que mi línea de la vida superaba la del amor. Una parte de mí trató de ignorarlo; otra, se preocupó al imaginarme envejecer en profunda soledad. Desde entonces, me cuestiono si preferiría vivir poco y enamorarme constantemente. Las líneas de la mano de Javier apenas se marcaban. Pensándolo bien, todo él lucía borroso: su pasado y lo que rondaba su cabeza era demasiado oscuro. 

“Al levantarme ya era mañana y sólo pude retener esas imágenes: un muelle y la silueta de un botero recogiendo mis restos en las orillas de un río de sangre”, leí un subrayado, igual que un oráculo. Le pregunté a Javier qué tanto le temía a morir. Respondió que la sola idea le daba vértigo. Contrario a eso, poco a poco me di cuenta de sus hábitos casi suicidas, solía manejar en estados muy poco convenientes o cruzar la calle sin siquiera mirar a la esquina. Quizá mis aproximaciones a él por medio del libro habían fallado en esa ocasión. 

Varios de los poemas marcados por él refieren una película compuesta de distintas historias cuya constante es el cambio, la muerte y los estados alterados, una especie de viaje iniciático. Al verla siempre termino con un nudo en el pecho. Javier y yo la pusimos una noche. Se quedó dormido hacia el final, perdiéndose de la escena donde el azul parece tragarse todo, ser la única certeza dentro y fuera de la pantalla. 

Aún no logro explicarme mi interés en inventar una forma de predicciones. A lo mejor, necesitaba convencerme de que entre nosotros había un nexo especial. Pero la magia ocurre muchas veces en el chispazo de lo intrascendente. Las líneas subrayadas que resultarían más profética fueron: “Sobre ciudad de México amanecía y era un amanecer violeta Kurosawa. Inmenso, infinito”. Un día, tras haber discutido con Javier, nos despedimos y me fui muy temprano. A pesar de la contaminación, el cielo mostraba el tono del mar cuando se agita. Enamorarse se parece a ese azul mezclado con las nubes, tan perverso como fascinante. 

Javier, Juan o José (mencioné que da igual) volvió a llamar para pedirme su libro. No pienso devolvérselo. Fantaseo con que, en el futuro, un supersticioso lea las páginas que ahora yo he marcado e intente descifrar algo que nunca podrá entender.

A las casualidades disfrazadas de certezas


Parte del encanto de salir con alguien se sostiene en la incertidumbre, un juego donde la curiosidad y el deseo giran como en una ruleta. Tengo más inclinaciones esotéricas de las que me gustaría. En una suerte de práctica adivinatoria, intenté leer a una persona a través de sus subrayados. Las cosas no acabaron bien, pero ¿a quién le interesan las historias de amor con finales felices?

El año pasado, salí con un chico a quien llamaré Javier, Juan o José (da igual). Al principio, lo único que sabía de él era su simpatía por los perros y que vivía a 5 kilómetros de mí. En una de nuestras primeras citas, me habló de su costumbre de subrayar los libros o hacer otra clase de rayones que a mucha gente le aterraría. Lo constaté en su departamento, al hojear lo que había en su librero y notar líneas de plumón rojo señalando párrafos o versos. Saqué un poemario de un estante, dijo que se lo había regalado una exnovia cuando terminaron. “Por las despedidas”, había puesto ella en la primera página. Supuse que algo parecido al destino nos había hecho coincidir. Años atrás, al terminar una lectura en San Ildefonso, el autor de ese mismo poemario estaba a punto de irse cansado de hacer un montón de firmas que al parecer terminarían por quebrarle el brazo. Corrí hacia él y le pedí que firmara mi libro. Aceptó con una sonrisa que me enterneció y, luego descubrí, en realidad se hallaba llena de malicia. Minutos después, leí sus palabras escritas con fuerza: “A Sabina, no de mi afecto”. A la fecha, considero que es la mejor dedicatoria, dudo que muchos otros lectores puedan presumir de haber recibido un mensaje de él con tanto odio. A Javier le hizo gracia esa historia. Comentó que el amor y el odio son parecidos porque se perciben con la misma intensidad. Le pedí que me prestara el poemario. “¿No dices que ya lo tienes?”, preguntó. Me interesaba leer sus subrayados, respondí. 

Me llevé el libro y durante días eché un vistazo a las palabras resaltadas, como si de esa manera pudiera revelar rasgos ocultos de él o una pequeña señal de encontrarnos más vinculados de lo que creíamos. “Esa noche volví a soñar con mis hijos y desperté llorando bajo el frío que cae en la noche en los desiertos”, era el primero de varios subrayados que apuntaban a relaciones filiales tormentosas. De la familia de Javier conocí de oídas su madre, solía mencionarla con frecuencia. Una tarde, platicábamos con los ojos puestos en el techo de su cuarto. Sin mirarlo a la cara, le pregunté por su padre. Contestó que lo odiaba porque nunca lo había visto. Le hablé del subrayado en el libro y de mi teoría sobre estar descubriendo asuntos de su personalidad por ese medio. “Me asusta que seas tan supersticiosa”, confesó antes de darme un beso. 

Hace tiempo, un amigo me leyó la mano. Aseguró que mi línea de la vida superaba la del amor. Una parte de mí trató de ignorarlo; otra, se preocupó al imaginarme envejecer en profunda soledad. Desde entonces, me cuestiono si preferiría vivir poco y enamorarme constantemente. Las líneas de la mano de Javier apenas se marcaban. Pensándolo bien, todo él lucía borroso: su pasado y lo que rondaba su cabeza era demasiado oscuro. 

“Al levantarme ya era mañana y sólo pude retener esas imágenes: un muelle y la silueta de un botero recogiendo mis restos en las orillas de un río de sangre”, leí un subrayado, igual que un oráculo. Le pregunté a Javier qué tanto le temía a morir. Respondió que la sola idea le daba vértigo. Contrario a eso, poco a poco me di cuenta de sus hábitos casi suicidas, solía manejar en estados muy poco convenientes o cruzar la calle sin siquiera mirar a la esquina. Quizá mis aproximaciones a él por medio del libro habían fallado en esa ocasión. 

Varios de los poemas marcados por él refieren una película compuesta de distintas historias cuya constante es el cambio, la muerte y los estados alterados, una especie de viaje iniciático. Al verla siempre termino con un nudo en el pecho. Javier y yo la pusimos una noche. Se quedó dormido hacia el final, perdiéndose de la escena donde el azul parece tragarse todo, ser la única certeza dentro y fuera de la pantalla. 

Aún no logro explicarme mi interés en inventar una forma de predicciones. A lo mejor, necesitaba convencerme de que entre nosotros había un nexo especial. Pero la magia ocurre muchas veces en el chispazo de lo intrascendente. Las líneas subrayadas que resultarían más profética fueron: “Sobre ciudad de México amanecía y era un amanecer violeta Kurosawa. Inmenso, infinito”. Un día, tras haber discutido con Javier, nos despedimos y me fui muy temprano. A pesar de la contaminación, el cielo mostraba el tono del mar cuando se agita. Enamorarse se parece a ese azul mezclado con las nubes, tan perverso como fascinante. 

Javier, Juan o José (mencioné que da igual) volvió a llamar para pedirme su libro. No pienso devolvérselo. Fantaseo con que, en el futuro, un supersticioso lea las páginas que ahora yo he marcado e intente descifrar algo que nunca podrá entender.

Sabina Orozco (1993). Ha publicado textos críticos y de ficción en medios como Este País, Tierra Adentro, Ambulante y Punto de Partida. Fue becaria en la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa.

Imagen de portada: Caleb Stein

Sabina Orozco (1993). Ha publicado textos críticos y de ficción en medios como Este País, Tierra Adentro, Ambulante y Punto de Partida. Fue becaria en la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa.

Imagen de portada: Caleb Stein

 

Sabina Orozco (1993). Ha publicado textos críticos y de ficción en medios como Este País, Tierra Adentro, Ambulante y Punto de Partida. Fue becaria en la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa.

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Sabina Orozco (1993). Ha publicado textos críticos y de ficción en medios como Este País, Tierra Adentro, Ambulante y Punto de Partida. Fue becaria en la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa.

Imagen de portada: Caleb Stein

Sabina Orozco (1993). Ha publicado textos críticos y de ficción en medios como Este País, Tierra Adentro, Ambulante y Punto de Partida. Fue becaria en la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa.

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