La sombra de un contorno

N.015 - Poesía

La sombra de un contorno

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La sombra de un contorno

N.015 - Poesía

La sombre de

un contorno

N.015 - Poesía

Escrito por Fabiola Lizette

Escrito por Fabiola Lizette

Escrito por Fabiola Lizette

Escrito por Fabiola Lizette

A veces tengo la sensación de desaparecer.
Busco mi peso en el colchón y no encuentro el hueco,
como si intentara encajar en un contorno ajeno:
mis sueños se ajustan a mi cintura
pero los perros del vecindario le ladran a mi sombra
al no reconocerme
—o no saber hacerlo—.

Cuando desaparezco
sé que puedo pararme en el pasto y no lastimarlo,
atrapar un ave y compartir plumaje.
Puedo saltar por la ventana y no caer,
puedo colgarme de los cables eléctricos
sin desplazar a los pájaros de su nido.
El tráfico de la ciudad no importa.
Nadie se da cuenta
de que voy más rápido que ellos
aunque no me mueva de lugar.
Cuando desaparezco
quiero dejarme una nota para
cuando vuelva a tomar una forma material:
no eres un cuerpo.
Intento dejar prueba de que me fui al teléfono,
pero supongo que los fantasmas no pueden tener voz.

Nunca sé cómo volver.
A veces juego con los timbres de las tiendas,
que parecen ser los únicos en alegrarse de anunciar mi                                                                                        [presencia.
Comienzo a buscar a alguien que me reconozca
y así poder tomar forma en su reflejo,
pero no sé cuánto tiempo llevan sin verme.
Debe ser mi culpa por cambiar tanto de forma.

¿Necesito un cuerpo para hacer lo que vine a hacer?
La duda me suspende
en la primera persona del verbo.

Cuando desaparezco no me voy,
me quedo
dentro de mí
y
no
me
encuentro.


A veces tengo la sensación de desaparecer.
Busco mi peso en el colchón y no encuentro el hueco,
como si intentara encajar en un contorno ajeno:
mis sueños se ajustan a mi cintura
pero los perros del vecindario le ladran a mi sombra
al no reconocerme
—o no saber hacerlo—.

Cuando desaparezco
sé que puedo pararme en el pasto y no lastimarlo,
atrapar un ave y compartir plumaje.
Puedo saltar por la ventana y no caer,
puedo colgarme de los cables eléctricos
sin desplazar a los pájaros de su nido.
El tráfico de la ciudad no importa.
Nadie se da cuenta
de que voy más rápido que ellos
aunque no me mueva de lugar.
Cuando desaparezco
quiero dejarme una nota para
cuando vuelva a tomar una forma material:
no eres un cuerpo.
Intento dejar prueba de que me fui al teléfono,
pero supongo que los fantasmas no pueden tener voz.

Nunca sé cómo volver.
A veces juego con los timbres de las tiendas,
que parecen ser los únicos en alegrarse de anunciar mi                                                                                      [presencia.
Comienzo a buscar a alguien que me reconozca
y así poder tomar forma en su reflejo,
pero no sé cuánto tiempo llevan sin verme.
Debe ser mi culpa por cambiar tanto de forma.

¿Necesito un cuerpo para hacer lo que vine a hacer?
La duda me suspende
en la primera persona del verbo.

Cuando desaparezco no me voy,
me quedo
dentro de mí
y
no
me
encuentro.

 

A veces tengo la sensación de desaparecer.
Busco mi peso en el colchón y no encuentro el                                                                          [hueco,
como si intentara encajar en un contorno ajeno:
mis sueños se ajustan a mi cintura
pero los perros del vecindario le ladran a mi                                                                          [sombra
al no reconocerme
—o no saber hacerlo—.

Cuando desaparezco
sé que puedo pararme en el pasto y no lastimarlo,
atrapar un ave y compartir plumaje.
Puedo saltar por la ventana y no caer,
puedo colgarme de los cables eléctricos
sin desplazar a los pájaros de su nido.
El tráfico de la ciudad no importa.
Nadie se da cuenta
de que voy más rápido que ellos
aunque no me mueva de lugar.
Cuando desaparezco
quiero dejarme una nota para
cuando vuelva a tomar una forma material:
no eres un cuerpo.
Intento dejar prueba de que me fui al teléfono,
pero supongo que los fantasmas no pueden tener                                                                           [voz.

Nunca sé cómo volver.
A veces juego con los timbres de las tiendas,
que parecen ser los únicos en alegrarse de                                                       [anunciar mi presencia.
Comienzo a buscar a alguien que me reconozca
y así poder tomar forma en su reflejo,
pero no sé cuánto tiempo llevan sin verme.
Debe ser mi culpa por cambiar tanto de forma.

¿Necesito un cuerpo para hacer lo que vine a                                                                          [hacer?
La duda me suspende
en la primera persona del verbo.

Cuando desaparezco no me voy,
me quedo
dentro de mí
y
no
me
encuentro.

 

A veces tengo la sensación de desaparecer.
Busco mi peso en el colchón y no encuentro el hueco,
como si intentara encajar en un contorno ajeno:
mis sueños se ajustan a mi cintura
pero los perros del vecindario le ladran a mi sombra
al no reconocerme
—o no saber hacerlo—.

Cuando desaparezco
sé que puedo pararme en el pasto y no lastimarlo,
atrapar un ave y compartir plumaje.
Puedo saltar por la ventana y no caer,
puedo colgarme de los cables eléctricos
sin desplazar a los pájaros de su nido.
El tráfico de la ciudad no importa.
Nadie se da cuenta
de que voy más rápido que ellos
aunque no me mueva de lugar.
Cuando desaparezco
quiero dejarme una nota para
cuando vuelva a tomar una forma material:
no eres un cuerpo.
Intento dejar prueba de que me fui al teléfono,
pero supongo que los fantasmas no pueden tener voz.

Nunca sé cómo volver.
A veces juego con los timbres de las tiendas,
que parecen ser los únicos en alegrarse de anunciar mi                                                                                      [presencia.
Comienzo a buscar a alguien que me reconozca
y así poder tomar forma en su reflejo,
pero no sé cuánto tiempo llevan sin verme.
Debe ser mi culpa por cambiar tanto de forma.

¿Necesito un cuerpo para hacer lo que vine a hacer?
La duda me suspende
en la primera persona del verbo.

Cuando desaparezco no me voy,
me quedo
dentro de mí
y
no
me
encuentro.

 

A veces tengo la sensación de desaparecer.
Busco mi peso en el colchón y no encuentro el                                                                     [hueco,
como si intentara encajar en un contorno ajeno:
mis sueños se ajustan a mi cintura
pero los perros del vecindario le ladran a mi                                                                      [sombra
al no reconocerme
—o no saber hacerlo—.

Cuando desaparezco
sé que puedo pararme en el pasto y no                                                                 [lastimarlo,
atrapar un ave y compartir plumaje.
Puedo saltar por la ventana y no caer,
puedo colgarme de los cables eléctricos
sin desplazar a los pájaros de su nido.
El tráfico de la ciudad no importa.
Nadie se da cuenta
de que voy más rápido que ellos
aunque no me mueva de lugar.
Cuando desaparezco
quiero dejarme una nota para
cuando vuelva a tomar una forma material:
no eres un cuerpo.
Intento dejar prueba de que me fui al teléfono,
pero supongo que los fantasmas no pueden                                                                  [tener voz.

Nunca sé cómo volver.
A veces juego con los timbres de las tiendas,
que parecen ser los únicos en alegrarse de                                                 [anunciar mi presencia.
Comienzo a buscar a alguien que me reconozca
y así poder tomar forma en su reflejo,
pero no sé cuánto tiempo llevan sin verme.
Debe ser mi culpa por cambiar tanto de forma.

¿Necesito un cuerpo para hacer lo que vine a                                                                      [hacer?
La duda me suspende
en la primera persona del verbo.

Cuando desaparezco no me voy,
me quedo
dentro de mí
y
no
me
encuentro.

 

Fabiola Lizette (Guadalajara, 1999) resultó ganadora del Primer Premio de Poesía Joven Versorama, por proyecto Ululayu en 2020. Además, tiene un espacio en la antología de voces poéticas jóvenes y mexicanas Metrópoli; el suelo de una voz (Alcorce ediciones, 2019) y forma parte del proyecto Conticinio Poesía.

https://www.instagram.com/lizetxt/

 

Imagen de portada: Juan Sebastian Perez

Fabiola Lizette (Guadalajara, 1999) resultó ganadora del Primer Premio de Poesía Joven Versorama, por proyecto Ululayu en 2020. Además, tiene un espacio en la antología de voces poéticas jóvenes y mexicanas Metrópoli; el suelo de una voz (Alcorce ediciones, 2019) y forma parte del proyecto Conticinio Poesía.

https://www.instagram.com/lizetxt/

 

Foto de portada: Alexey Menschikov

 

Fabiola Lizette (Guadalajara, 1999) resultó ganadora del Primer Premio de Poesía Joven Versorama, por proyecto Ululayu en 2020. Además, tiene un espacio en la antología de voces poéticas jóvenes y mexicanas Metrópoli; el suelo de una voz (Alcorce ediciones, 2019) y forma parte del proyecto Conticinio Poesía.

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Imagen de portada: Alexey Menschikov

Fabiola Lizette (Guadalajara, 1999) resultó ganadora del Primer Premio de Poesía Joven Versorama, por proyecto Ululayu en 2020. Además, tiene un espacio en la antología de voces poéticas jóvenes y mexicanas Metrópoli; el suelo de una voz (Alcorce ediciones, 2019) y forma parte del proyecto Conticinio Poesía.

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Imagen de portada: Alexey Menschikov

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Imagen de portada: Alexey Menschikov

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