La fábula del

Quebrantahuesos

N.003 - Narrativa

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Escrito por Krsna Sánchez N.

Mientras volaba por el cielo tórrido, un Quebrantahuesos divisó el esqueleto de un elefante muerto de inanición, a las faldas del Kilimanyaro. Bajo el sol del mediodía, un fémur del paquidermo se erguía imponente, semejante a una torre blanca. El Quebrantahuesos plegó las alas y se arrojó en picada. Descendió en la cumbre del hueso monumental. Posado allí, presumió su silueta de águila, con cabeza de chacal y pechuga leonada.

No había rastro de carne a lo largo del fémur. Los buitres y los cuervos disfrutaron de un banquete poco antes. Después se fueron a digerir a la sombra de una acacia. El Quebrantahuesos agradeció la ausencia de ellos, porque detestaba compartir la mesa junto a los carroñeros emplumados. Él no se consideraba un necrófago. Poseía un gusto más refinado, como todo miembro de su familia, que saciaba con la medula escondida en lo recóndito de los huesos. La medula era el manjar más exótico, accesible para una inteligencia aguda, exclusivamente.

Al echar un vistazo a la complexión del fémur, el Quebrantahuesos supo que se enfrentaba al mayor reto que la naturaleza podía oponer a sus capacidades de fragmentación osteológica. Era una viga de calcio, gruesa y maciza, apropiada para sostener a la suprema bestia terrestre. El tejido esquelético no mostraba evidencias de osteoporosis, ni fracturas previas. El Quebrantahuesos se puso a trabajar, sin perder tiempo. Martilló el fémur con su pico, soltó varios zarpazos y no provocó la menor fisura. El enorme hueso se mantuvo inexpugnable, por medios convencionales. El Quebrantahuesos se daba cuenta que no tenía porque tomarse la molestia, pues con cascar una falange del elefante saciaría el hambre. Pero eso no hubiera satisfecho su innato apetito de quebrar huesos.

Decidió usar la máxima técnica del repertorio familiar. Se trataba de un recurso infalible, por medio del cual antes logró romper caderas de rinoceronte, partir vertebras de jirafa y despedazar costillares de hipopótamo. Era la rigurosa ciencia del proyectil. El Quebrantahuesos sujetó el extremo del fémur con las garras y agitó las alas, vigoroso, para emprender el vuelo. Ascendió con dificultad, llevando la pesada carga hasta una altura elevada, donde el sol casi le quemó el lomo. El Quebrantahuesos calculó que, en razón del peso y la aceleración constante, la vaina huesosa se fracturaría con un choque desde esa altitud exacta, sin que el tuétano terminara regado por la sabana. No obstante, el ave decidió ascender un poco más, con tal de asegurar un buen resultado. Cuando sus alas no tuvieron fuerza de seguir, soltó el fémur a los aires, en caída libre.

El fémur se precipitó en línea recta, giraba sobre sí mismo, como un taladro temible que penetraba la cúpula celeste. El impacto contra la tierra estremeció África entera. Después que una gran tolvanera se disipó, medio hueso apareció clavado al centro de un cráter amplio y profundo. Una fisura subterránea se desarrolló hasta cruzar con una vena del volcán cercano. Alrededor del hueso se formó un estanque de lava incandescente.

Al contemplar el espeso y rojo líquido emergido, el Quebrantahuesos pensó que era el tuétano que salía abundante del fémur. Desplegó las alas y descendió suave por el viento. Creyó que comería y se bañaría en una tibia sopa de medula. Pero comprendió la equivocación apenas acercó el pico al caldo radiante. No logró remontar el vuelo, sus plumas se calcinaron antes. El Quebrantahuesos se clavó en la lava. Al fundirse solo deploró que no quedaría un esqueleto de él, como aperitivo de sus congéneres. 

Moraleja: Alguna cosa respecto a la voracidad, pero quien sabe qué en particular.


Mientras volaba por el cielo tórrido, un Quebrantahuesos divisó el esqueleto de un elefante muerto de inanición, a las faldas del Kilimanyaro. Bajo el sol del mediodía, un fémur del paquidermo se erguía imponente, semejante a una torre blanca. El Quebrantahuesos plegó las alas y se arrojó en picada. Descendió en la cumbre del hueso monumental. Posado allí, presumió su silueta de águila, con cabeza de chacal y pechuga leonada.

No había rastro de carne a lo largo del fémur. Los buitres y los cuervos disfrutaron de un banquete poco antes. Después se fueron a digerir a la sombra de una acacia. El Quebrantahuesos agradeció la ausencia de ellos, porque detestaba compartir la mesa junto a los carroñeros emplumados. Él no se consideraba un necrófago. Poseía un gusto más refinado, como todo miembro de su familia, que saciaba con la medula escondida en lo recóndito de los huesos. La medula era el manjar más exótico, accesible para una inteligencia aguda, exclusivamente.

Al echar un vistazo a la complexión del fémur, el Quebrantahuesos supo que se enfrentaba al mayor reto que la naturaleza podía oponer a sus capacidades de fragmentación osteológica. Era una viga de calcio, gruesa y maciza, apropiada para sostener a la suprema bestia terrestre. El tejido esquelético no mostraba evidencias de osteoporosis, ni fracturas previas. El Quebrantahuesos se puso a trabajar, sin perder tiempo. Martilló el fémur con su pico, soltó varios zarpazos y no provocó la menor fisura. El enorme hueso se mantuvo inexpugnable, por medios convencionales. El Quebrantahuesos se daba cuenta que no tenía porque tomarse la molestia, pues con cascar una falange del elefante saciaría el hambre. Pero eso no hubiera satisfecho su innato apetito de quebrar huesos.

Decidió usar la máxima técnica del repertorio familiar. Se trataba de un recurso infalible, por medio del cual antes logró romper caderas de rinoceronte, partir vertebras de jirafa y despedazar costillares de hipopótamo. Era la rigurosa ciencia del proyectil. El Quebrantahuesos sujetó el extremo del fémur con las garras y agitó las alas, vigoroso, para emprender el vuelo. Ascendió con dificultad, llevando la pesada carga hasta una altura elevada, donde el sol casi le quemó el lomo. El Quebrantahuesos calculó que, en razón del peso y la aceleración constante, la vaina huesosa se fracturaría con un choque desde esa altitud exacta, sin que el tuétano terminara regado por la sabana. No obstante, el ave decidió ascender un poco más, con tal de asegurar un buen resultado. Cuando sus alas no tuvieron fuerza de seguir, soltó el fémur a los aires, en caída libre.

El fémur se precipitó en línea recta, giraba sobre sí mismo, como un taladro temible que penetraba la cúpula celeste. El impacto contra la tierra estremeció África entera. Después que una gran tolvanera se disipó, medio hueso apareció clavado al centro de un cráter amplio y profundo. Una fisura subterránea se desarrolló hasta cruzar con una vena del volcán cercano. Alrededor del hueso se formó un estanque de lava incandescente.

Al contemplar el espeso y rojo líquido emergido, el Quebrantahuesos pensó que era el tuétano que salía abundante del fémur. Desplegó las alas y descendió suave por el viento. Creyó que comería y se bañaría en una tibia sopa de medula. Pero comprendió la equivocación apenas acercó el pico al caldo radiante. No logró remontar el vuelo, sus plumas se calcinaron antes. El Quebrantahuesos se clavó en la lava. Al fundirse solo deploró que no quedaría un esqueleto de él, como aperitivo de sus congéneres. 

Moraleja: Alguna cosa respecto a la voracidad, pero quien sabe qué en particular.

 

Mientras volaba por el cielo tórrido, un Quebrantahuesos divisó el esqueleto de un elefante muerto de inanición, a las faldas del Kilimanyaro. Bajo el sol del mediodía, un fémur del paquidermo se erguía imponente, semejante a una torre blanca. El Quebrantahuesos plegó las alas y se arrojó en picada. Descendió en la cumbre del hueso monumental. Posado allí, presumió su silueta de águila, con cabeza de chacal y pechuga leonada.

No había rastro de carne a lo largo del fémur. Los buitres y los cuervos disfrutaron de un banquete poco antes. Después se fueron a digerir a la sombra de una acacia. El Quebrantahuesos agradeció la ausencia de ellos, porque detestaba compartir la mesa junto a los carroñeros emplumados. Él no se consideraba un necrófago. Poseía un gusto más refinado, como todo miembro de su familia, que saciaba con la medula escondida en lo recóndito de los huesos. La medula era el manjar más exótico, accesible para una inteligencia aguda, exclusivamente.

Al echar un vistazo a la complexión del fémur, el Quebrantahuesos supo que se enfrentaba al mayor reto que la naturaleza podía oponer a sus capacidades de fragmentación osteológica. Era una viga de calcio, gruesa y maciza, apropiada para sostener a la suprema bestia terrestre. El tejido esquelético no mostraba evidencias de osteoporosis, ni fracturas previas. El Quebrantahuesos se puso a trabajar, sin perder tiempo. Martilló el fémur con su pico, soltó varios zarpazos y no provocó la menor fisura. El enorme hueso se mantuvo inexpugnable, por medios convencionales. El Quebrantahuesos se daba cuenta que no tenía porque tomarse la molestia, pues con cascar una falange del elefante saciaría el hambre. Pero eso no hubiera satisfecho su innato apetito de quebrar huesos.

Decidió usar la máxima técnica del repertorio familiar. Se trataba de un recurso infalible, por medio del cual antes logró romper caderas de rinoceronte, partir vertebras de jirafa y despedazar costillares de hipopótamo. Era la rigurosa ciencia del proyectil. El Quebrantahuesos sujetó el extremo del fémur con las garras y agitó las alas, vigoroso, para emprender el vuelo. Ascendió con dificultad, llevando la pesada carga hasta una altura elevada, donde el sol casi le quemó el lomo. El Quebrantahuesos calculó que, en razón del peso y la aceleración constante, la vaina huesosa se fracturaría con un choque desde esa altitud exacta, sin que el tuétano terminara regado por la sabana. No obstante, el ave decidió ascender un poco más, con tal de asegurar un buen resultado. Cuando sus alas no tuvieron fuerza de seguir, soltó el fémur a los aires, en caída libre.

El fémur se precipitó en línea recta, giraba sobre sí mismo, como un taladro temible que penetraba la cúpula celeste. El impacto contra la tierra estremeció África entera. Después que una gran tolvanera se disipó, medio hueso apareció clavado al centro de un cráter amplio y profundo. Una fisura subterránea se desarrolló hasta cruzar con una vena del volcán cercano. Alrededor del hueso se formó un estanque de lava incandescente.

Al contemplar el espeso y rojo líquido emergido, el Quebrantahuesos pensó que era el tuétano que salía abundante del fémur. Desplegó las alas y descendió suave por el viento. Creyó que comería y se bañaría en una tibia sopa de medula. Pero comprendió la equivocación apenas acercó el pico al caldo radiante. No logró remontar el vuelo, sus plumas se calcinaron antes. El Quebrantahuesos se clavó en la lava. Al fundirse solo deploró que no quedaría un esqueleto de él, como aperitivo de sus congéneres. 

Moraleja: Alguna cosa respecto a la voracidad, pero quien sabe qué en particular.

 

Mientras volaba por el cielo tórrido, un Quebrantahuesos divisó el esqueleto de un elefante muerto de inanición, a las faldas del Kilimanyaro. Bajo el sol del mediodía, un fémur del paquidermo se erguía imponente, semejante a una torre blanca. El Quebrantahuesos plegó las alas y se arrojó en picada. Descendió en la cumbre del hueso monumental. Posado allí, presumió su silueta de águila, con cabeza de chacal y pechuga leonada.

No había rastro de carne a lo largo del fémur. Los buitres y los cuervos disfrutaron de un banquete poco antes. Después se fueron a digerir a la sombra de una acacia. El Quebrantahuesos agradeció la ausencia de ellos, porque detestaba compartir la mesa junto a los carroñeros emplumados. Él no se consideraba un necrófago. Poseía un gusto más refinado, como todo miembro de su familia, que saciaba con la medula escondida en lo recóndito de los huesos. La medula era el manjar más exótico, accesible para una inteligencia aguda, exclusivamente.

Al echar un vistazo a la complexión del fémur, el Quebrantahuesos supo que se enfrentaba al mayor reto que la naturaleza podía oponer a sus capacidades de fragmentación osteológica. Era una viga de calcio, gruesa y maciza, apropiada para sostener a la suprema bestia terrestre. El tejido esquelético no mostraba evidencias de osteoporosis, ni fracturas previas. El Quebrantahuesos se puso a trabajar, sin perder tiempo. Martilló el fémur con su pico, soltó varios zarpazos y no provocó la menor fisura. El enorme hueso se mantuvo inexpugnable, por medios convencionales. El Quebrantahuesos se daba cuenta que no tenía porque tomarse la molestia, pues con cascar una falange del elefante saciaría el hambre. Pero eso no hubiera satisfecho su innato apetito de quebrar huesos.

Decidió usar la máxima técnica del repertorio familiar. Se trataba de un recurso infalible, por medio del cual antes logró romper caderas de rinoceronte, partir vertebras de jirafa y despedazar costillares de hipopótamo. Era la rigurosa ciencia del proyectil. El Quebrantahuesos sujetó el extremo del fémur con las garras y agitó las alas, vigoroso, para emprender el vuelo. Ascendió con dificultad, llevando la pesada carga hasta una altura elevada, donde el sol casi le quemó el lomo. El Quebrantahuesos calculó que, en razón del peso y la aceleración constante, la vaina huesosa se fracturaría con un choque desde esa altitud exacta, sin que el tuétano terminara regado por la sabana. No obstante, el ave decidió ascender un poco más, con tal de asegurar un buen resultado. Cuando sus alas no tuvieron fuerza de seguir, soltó el fémur a los aires, en caída libre.

El fémur se precipitó en línea recta, giraba sobre sí mismo, como un taladro temible que penetraba la cúpula celeste. El impacto contra la tierra estremeció África entera. Después que una gran tolvanera se disipó, medio hueso apareció clavado al centro de un cráter amplio y profundo. Una fisura subterránea se desarrolló hasta cruzar con una vena del volcán cercano. Alrededor del hueso se formó un estanque de lava incandescente.

Al contemplar el espeso y rojo líquido emergido, el Quebrantahuesos pensó que era el tuétano que salía abundante del fémur. Desplegó las alas y descendió suave por el viento. Creyó que comería y se bañaría en una tibia sopa de medula. Pero comprendió la equivocación apenas acercó el pico al caldo radiante. No logró remontar el vuelo, sus plumas se calcinaron antes. El Quebrantahuesos se clavó en la lava. Al fundirse solo deploró que no quedaría un esqueleto de él, como aperitivo de sus congéneres. 

Moraleja: Alguna cosa respecto a la voracidad, pero quien sabe qué en particular.

 

Krsna Sánchez Nevarez. Originario de Michoacán. Estudiante de letras en la Universidad de Guadalajara. Ha publicado cuentos y minificciones en las revistas La Cigarra y El Perro. Uno de sus relatos forma parte de la antología Breavis&Cortus de la editorial FA Cartonera.

Imagen de portada: Bisybackson

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Acariciando a charly miau
después del trabajo

N.003 - Poesía

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