Irrupciones

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Escrito por Daniel Montes

Nadie sabe con seguridad cuándo comenzó, pero la mayoría de usuarios coincide que fue hace más de cuatro décadas. Al inicio eran sonidos sutiles y sorprendentes para quienes los escuchaban; eran silbidos, casi melodías.

Gradualmente, dichos sonidos se volvieron nítidos para algunos pasajeros quienes, las más de las veces, se detenían o incluso buscaban la fuente para disfrutar de su misteriosa sonoridad. El fenómeno era inconstante y los pocos aludidos sentían una especie de privilegio e interrumpían su trayecto para celebrar la ruptura de su rutina.

Tiempo después, fueron reconocidas como “las voces” y ya no eran exclusivas para nadie y muchos decidían ignorarlas, sobre todo si habían tenido un mal día o, como es costumbre en la ciudad, si llevaban mucha prisa para llegar a su destino. Así pues, y como si fuera una respuesta, “las voces” se tornaron enérgicas y ofensivas, ya no eran coros ni tonadas contagiosas, de hecho, sonaban como reclamos; timbres agudísimos seguidos de aullidos cavernosos eran mucho más frecuentes y se extendían por todos los tramos de cada estación. Era estremecedor pues no se sabía si al utilizar una escalera, al doblar para acceder a los andenes o hasta dentro de los mismos vagones los gritos irrumpirían con una fuerza tal que silenciara todo a su alrededor.

Sin embargo, hasta entonces nadie lo consideraba un problema y no era raro observar que ciertos pasajeros, cansados de su vida, contestaran con insultos similares o peores a “las voces” que ahora podían provenir desde varios puntos al unísono. Algunos aún se dejaban seducir por el ruido pero inmediatamente eran horadados por las miradas de los otros usuarios que mudos, como se mencionó, se asombraban de su falta de conciencia.

Desde entonces los episodios acompañarían día con día, recorrido con recorrido y estación con estación a los viajantes durante todos los años venideros. Al menos esto fue así hasta hace un par de años pues actualmente “las voces” han menguado aunque muchas personas especulan que sólo emigraron al exterior en donde además han modificado su tono y resonancia pues, según testigos, las personas sorprendidas por el prodigio han quedado sordas de por vida.


Nadie sabe con seguridad cuándo comenzó, pero la mayoría de usuarios coincide que fue hace más de cuatro décadas. Al inicio eran sonidos sutiles y sorprendentes para quienes los escuchaban; eran silbidos, casi melodías.

Gradualmente, dichos sonidos se volvieron nítidos para algunos pasajeros quienes, las más de las veces, se detenían o incluso buscaban la fuente para disfrutar de su misteriosa sonoridad. El fenómeno era inconstante y los pocos aludidos sentían una especie de privilegio e interrumpían su trayecto para celebrar la ruptura de su rutina.

Tiempo después, fueron reconocidas como “las voces” y ya no eran exclusivas para nadie y muchos decidían ignorarlas, sobre todo si habían tenido un mal día o, como es costumbre en la ciudad, si llevaban mucha prisa para llegar a su destino. Así pues, y como si fuera una respuesta, “las voces” se tornaron enérgicas y ofensivas, ya no eran coros ni tonadas contagiosas, de hecho, sonaban como reclamos; timbres agudísimos seguidos de aullidos cavernosos eran mucho más frecuentes y se extendían por todos los tramos de cada estación. Era estremecedor pues no se sabía si al utilizar una escalera, al doblar para acceder a los andenes o hasta dentro de los mismos vagones los gritos irrumpirían con una fuerza tal que silenciara todo a su alrededor.

Sin embargo, hasta entonces nadie lo consideraba un problema y no era raro observar que ciertos pasajeros, cansados de su vida, contestaran con insultos similares o peores a “las voces” que ahora podían provenir desde varios puntos al unísono. Algunos aún se dejaban seducir por el ruido pero inmediatamente eran horadados por las miradas de los otros usuarios que mudos, como se mencionó, se asombraban de su falta de conciencia.

Desde entonces los episodios acompañarían día con día, recorrido con recorrido y estación con estación a los viajantes durante todos los años venideros. Al menos esto fue así hasta hace un par de años pues actualmente “las voces” han menguado aunque muchas personas especulan que sólo emigraron al exterior en donde además han modificado su tono y resonancia pues, según testigos, las personas sorprendidas por el prodigio han quedado sordas de por vida.


Nadie sabe con seguridad cuándo comenzó, pero la mayoría de usuarios coincide que fue hace más de cuatro décadas. Al inicio eran sonidos sutiles y sorprendentes para quienes los escuchaban; eran silbidos, casi melodías.

Gradualmente, dichos sonidos se volvieron nítidos para algunos pasajeros quienes, las más de las veces, se detenían o incluso buscaban la fuente para disfrutar de su misteriosa sonoridad. El fenómeno era inconstante y los pocos aludidos sentían una especie de privilegio e interrumpían su trayecto para celebrar la ruptura de su rutina.

Tiempo después, fueron reconocidas como “las voces” y ya no eran exclusivas para nadie y muchos decidían ignorarlas, sobre todo si habían tenido un mal día o, como es costumbre en la ciudad, si llevaban mucha prisa para llegar a su destino. Así pues, y como si fuera una respuesta, “las voces” se tornaron enérgicas y ofensivas, ya no eran coros ni tonadas contagiosas, de hecho, sonaban como reclamos; timbres agudísimos seguidos de aullidos cavernosos eran mucho más frecuentes y se extendían por todos los tramos de cada estación. Era estremecedor pues no se sabía si al utilizar una escalera, al doblar para acceder a los andenes o hasta dentro de los mismos vagones los gritos irrumpirían con una fuerza tal que silenciara todo a su alrededor.

Sin embargo, hasta entonces nadie lo consideraba un problema y no era raro observar que ciertos pasajeros, cansados de su vida, contestaran con insultos similares o peores a “las voces” que ahora podían provenir desde varios puntos al unísono. Algunos aún se dejaban seducir por el ruido pero inmediatamente eran horadados por las miradas de los otros usuarios que mudos, como se mencionó, se asombraban de su falta de conciencia.

Desde entonces los episodios acompañarían día con día, recorrido con recorrido y estación con estación a los viajantes durante todos los años venideros. Al menos esto fue así hasta hace un par de años pues actualmente “las voces” han menguado aunque muchas personas especulan que sólo emigraron al exterior en donde además han modificado su tono y resonancia pues, según testigos, las personas sorprendidas por el prodigio han quedado sordas de por vida.


Nadie sabe con seguridad cuándo comenzó, pero la mayoría de usuarios coincide que fue hace más de cuatro décadas. Al inicio eran sonidos sutiles y sorprendentes para quienes los escuchaban; eran silbidos, casi melodías.

Gradualmente, dichos sonidos se volvieron nítidos para algunos pasajeros quienes, las más de las veces, se detenían o incluso buscaban la fuente para disfrutar de su misteriosa sonoridad. El fenómeno era inconstante y los pocos aludidos sentían una especie de privilegio e interrumpían su trayecto para celebrar la ruptura de su rutina.

Tiempo después, fueron reconocidas como “las voces” y ya no eran exclusivas para nadie y muchos decidían ignorarlas, sobre todo si habían tenido un mal día o, como es costumbre en la ciudad, si llevaban mucha prisa para llegar a su destino. Así pues, y como si fuera una respuesta, “las voces” se tornaron enérgicas y ofensivas, ya no eran coros ni tonadas contagiosas, de hecho, sonaban como reclamos; timbres agudísimos seguidos de aullidos cavernosos eran mucho más frecuentes y se extendían por todos los tramos de cada estación. Era estremecedor pues no se sabía si al utilizar una escalera, al doblar para acceder a los andenes o hasta dentro de los mismos vagones los gritos irrumpirían con una fuerza tal que silenciara todo a su alrededor.

Sin embargo, hasta entonces nadie lo consideraba un problema y no era raro observar que ciertos pasajeros, cansados de su vida, contestaran con insultos similares o peores a “las voces” que ahora podían provenir desde varios puntos al unísono. Algunos aún se dejaban seducir por el ruido pero inmediatamente eran horadados por las miradas de los otros usuarios que mudos, como se mencionó, se asombraban de su falta de conciencia.

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Daniel Montes. Mexiquense errante, obrero de las letras y cantante bizarro (sí, del español). Estudiante de Letras Hispánicas en la UNAM además de columnista y colaborador en medios digi-tales. En mis tiempos libres intento el cine y la fotografía.

Imagen de portada: Jordan Tiberio

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