Guerra de mundos:

El metamodernismo

y la venganza de

la modernidad 

N.012 - Ensayo

Guerra de mundos:
El metamodernismo
y la venganza de
la modernidad
 

N.012 - Ensayo

Guerra de mundos:
El metamodernismo
y la venganza de
la modernidad
 

N.012 - Ensayo

Guerra de mundos:

El metamodernismo

y la venganza de

la modernidad 

N.012 - Ensayo

Escrito por Esteban Arredondo

La cuarentena me hizo revisitar una novela muy querida de la ciencia ficción, a la cual le tengo cierto apego desde niño. Su adaptación del 2005 —con un Tom Cruise aún robusto y significativo— fue la primera película madura que vi del género en el cine y, fuck, la primera con la que recuerdo haber tenido pesadillas sobre marcianos. Es el clásico de H. G. Wells La Guerra de los Mundos.

En la obra de Wells, los marcianos visitan la tierra, armados de gigantescas naves trípodes con las cuales comienzan a azotar y a cultivar nuestro planeta con sus oscuros propósitos. El protagonista narra una serie de andanzas en las cuales, a pesar del terror, logra sobrevivir. Los extraterrestres parecen invencibles y avanzan sin tregua, por lo que su desesperanza lo lleva a cuestionarse su sanidad mental y, atestiguando de la destrucción de su pueblo natal, su único refugio es imaginarse un futuro en el que los marcianos reinen sobre la tierra y en el que él de alguna forma sobreviva como animal de patio o esclavo. Antes de que esto comience a suceder, sin embargo, los marcianos sucumben y comienzan a morir por un enemigo invisible: las bacterias terrestres que, tan familiares para nosotros, resultan totalmente mortales para nuestros invasores.

La novela es una lenta dosis de suspenso, que curiosamente me deja una sonrisa de consternación al final: ¿Los marcianos realmente perdieron tremenda batalla contra una especie de resfriado bacteriano? Pero heme aquí, escribiendo en el ocio de una cuarentena contra el mismo enemigo absurdo.

No es necesario conocer mucho de filosofía o de sociología para entender que el mundo cultural evoluciona también por una especie de “guerra de mundos”. Es decir que nuestro pensamiento evoluciona por luchas y movimientos culturales que nos hacen cambiar, cada cierto tiempo, de parecer. Así, cada era o momento cultural es una especie de reacción: una invasión destructora al planeta madre.

La ausencia de una sola gran estructura reguladora y difusiva como lo es ahora el internet impedía que el mundo evolucionara al mismo tiempo y así el mundo evolucionaba de la mano de las élites visionarias, de la vanguardia del pensamiento que iba, como la nave nodriza, explorando planetas desconocidos y nuevas formas de ver el mundo. Hemos de saber, pues, que las sociedades no se encuentran nunca en la misma etapa de desarrollo, sino que estas élites son las que comienzan a incursionar hacia la siguiente etapa y los demás individuos lo comienzan a hacer en olas migratorias de forma progresiva. Imagina un éxodo hacia otro planeta, en el que los primeros pioneros, tanto por supervivencia como por ingenio de desarrollo, serán siempre los mejores dotados o al menos los mejor preparados.

Hanzi Freinancht define de una forma tan hermosa a estas “élites” como “Las tres H”, que son nada más y nada menos que los Hipsters, los Hackers y los Hippies. Con ellas se refiere a tres grandes grupos de gente: 1) los hípsters o aquellas personas que buscan formas alternativas de vida; 2) los hackers o aquellas personas que desafían su pensamiento o tecnología actual; y 3) los hippies o aquellas personas que se desligan de los sistemas impositivos. Da risa pero es cierto: estos tres grupos de personas son lo que tienen la mayor cantidad de capital cultural y los que son capaces de producir aquellas nuevas cosas que todos queremos o necesitamos tener. Son personas que ya han llegado a las etapas de desarrollo y que generalmente viven fuera de las estructuras de trabajo tradicionales, algo tan necesario para generar cambios culturales.

Y aquí es donde comienza la guerra. En los noventa y principios de nuevo milenio, es en gran medida justo decir que crecimos con una visión particular de la vida, una visión de ironía, de deconstrucción y de cinismo contra la modernidad. Esto se debe en buena parte a la común sensación de que el mundo se estaba “terminando” y que las verdades que se nos habían predicado durante mucho tiempo dejaban de tener sentido. Parecía que todas las cosas llegaban a su fin: el fin del arte, de la ideología, de la historia… y ese sentido de ironía que terminamos adoptando como defensa propia, es lo que podemos llamar posmodernismo. Como los sobrevivientes del libro, teníamos miedo de estar presenciando el apocalipsis. Éramos lo suficientemente astutos como para encontrar los fallos de este planteamiento, pero estábamos lo suficientemente cansados como para involucrarnos en la lucha, por lo que solo criticábamos desde afuera, lejos de los monstruos marcianos y desde una periferia que nos daba el poder de criticar.

Fue una época sumida en una sensación general de cansancio y de hartazgo de la cultura, por lo que surgieron y sobresalieron numerosos productos culturales que explotaban la ironía. Vemos cómo Los Simpsons, Seinfeld y South Park irrumpieron en la televisión para sacarnos de la monotonía del trabajo y el estudio. Vemos cómo la desesperación se palpaba en el grunge de Nirvana y en la alternativa de Radiohead. Vemos cómo el salvajismo se mostraba tan obvio en libros como American Psycho de Bret Easton Ellis y cómo el individualismo de Houellebecq nos encerraba en burbujas asociales. Toda esta sobresensibilidad y rechazo a lo moderno fueron bautizados como posmodernismo.

El posmodernismo no creía en el progreso, sospechaba de las grandes narrativas y en vez de eso se enfocaba en detalles y periferias: critica siempre el poder y el prestigio de las grandes verdades. Si la modernidad era positiva, porque nos quería llevar a un “mundo mejor”, el posmodernismo es neutro y se enfoca en cuestionar lo que damos por sentado.

Pero la historia siempre cambia y no podemos enfrascarla. Mientras la sociedad finalmente estaba convirtiéndose posmoderna, la élite cultural ya había identificado la siguiente tendencia: el metamodernismo.

A través de la década de los 2000, comenzamos a notar algunos sutiles pero sustanciales cambios. La ironía, el cinismo y la desesperación comenzaron a transformarse en algo irónico pero con moraleja, con ganas de querer dejar algo trascendental. En un artículo de 2010, los principales teóricos del metamodernismo, Timotheus Vermeulen y Robin Van Der Akker, describieron una serie de cambios en el arte y arquitectura que venían a ejemplificar este escape de la ironía. Y quizás no escape, sino una transformación. En esta visión, la sociedad mantenía la crítica irónica y escéptica del posmodernismo, pero retomaba curiosamente la creencia en la ciencia y en el progreso de la modernidad.

Justo como en La Guerra de los Mundos, en la que las bacterias, los organismos más primitivos, se vengan por nosotros y reinician el mundo pero con una civilización consciente y más fuerte, la modernidad se venga por nosotros y nos recuerda que el mundo necesita dirección y un progreso. Después de varios intentos, comenzamos a darnos cuenta de que los grandes movimientos sociales generados en las redes sociales necesitan un sustrato y una propuesta para enraizar. Al igual que las bacterias, todas esas viejas estructuras “primitivas” de la modernidad y todas esas grandes verdades, que nos unían en una ideología, se vengan del mundo posmoderno e individualista, con el mero objetivo de recordarnos que necesitamos guías y que coincidimos como sociedad en la búsqueda de un futuro más “justo” pero sobre todo más honesto para todos.

El metamodernismo es como el mundo después del apocalipsis marciano: en el que las personas recobran la esperanza y unidas reconstruyen sus hogares. Propone ideas que suenan muy adecuadas para la cultura contemporánea y virtual en la que las nuevas generaciones están creciendo. Hay nuevas y más claras tendencias a la aceptación del progreso, de las jerarquías, de las figuras de autoridad, de la sinceridad, la espiritualidad y el desarrollo integrador y anti-discriminatorio. ¿Por qué? Porque pareciera que comprendemos finalmente que lo superficial se quiebra fácilmente y que un movimiento cultural sin propuesta se queda flotando, como un trending topic, en un espacio muy reducido de tiempo.

La creciente sensación de libertad de la información en internet nos mueve vertiginosamente a querer creer que existen estructuras más grandes que nos amparan ante el terror de lo “extraterrestre”, el terror de un individualismo que nos aísla en nuestros hogares y que nos permite salir solamente por medio de la virtualidad de un mundo digital. Las grandes catástrofes nos hacen buscarnos mutuamente y refugiarnos los unos con los otros y alzar la voz para “alertar” a nuestros iguales, incluso cuando esto sea por medio de memes (que funcionan muy bien al momento de concientizarnos). Esta actitud de sinceridad, tan inocente como una simple bacteria, se venga de todo el negativismo que nos invadió durante las últimas décadas.

En este nuevo mundo, la sinceridad se convierte en un performance y en un acto simbólico de venganza. Ahora más que nunca, con la situación del COVID.-19, por ejemplo, podemos volver a ver un trazo de esperanza que nos une en cadenas mediáticas y en reencuentros con el altruismo de ayudar al prójimo y la caridad de compartir un mismo mensaje de fortaleza.

Cuando descubrí esta cosa llamada metamodernismo, me hizo atar inmediatamente muchos cabos sueltos que veía en esta especie de cultura colectiva altruista en las redes sociales… una cultura cada vez más compartida y, genuina o falsa (no importa), mejor construida para beneficio de los invisibilizados. Una cultura que realmente aporte.

Si bien es cierto que la globalización ha unido las actividades diarias de las personas, la imaginación de las grandes masas necesita cada vez más contextualización. Cada vez hay mayor multiplicidad de opiniones públicas, si es que las hay, o un creciente sentido de superficialidad de opinión. Necesitamos de vuelta esa sensación de unidad y de solidez cada vez más, algo que la modernidad nos sabía vender muy bien en forma de grandes ideologías. Esta necesidad, por más superficial que parezca, nos hace apreciar más la sinceridad de movimientos populares. A pesar de que la universalidad de la razón y de que el sentido de internacionalismo parecieran ser la solución: el nacionalismo, el racismo y el fundamentalismo religioso son cada vez más aclamados por las masas y estamos lejos de comprenderlo. Necesitamos actuar juntos.

¿Es el metamodernismo la única posibilidad que tenemos de escapar al capitalismo? No lo sé, pero el hecho de creer que es posible nos hace ser parte de este “realismo mágico” que impera en el nuevo pensamiento colectivo. ¿Será también que estas nuevas sensaciones de unidad son meros invasores extraterrestres de futuros que no se lograron cumplir en la modernidad? ¿Somos meros testigos de una invasión ante la cual no podemos actuar? Es probable. Pero si realmente somos sobrevivientes de este apocalipsis, necesitamos mapas e ingeniería: necesitamos una guía para comenzar de nuevo.

 

La cuarentena me hizo revisitar una novela muy querida de la ciencia ficción, a la cual le tengo cierto apego desde niño. Su adaptación del 2005 —con un Tom Cruise aún robusto y significativo— fue la primera película madura que vi del género en el cine y, fuck, la primera con la que recuerdo haber tenido pesadillas sobre marcianos. Es el clásico de H. G. Wells La Guerra de los Mundos.

En la obra de Wells, los marcianos visitan la tierra, armados de gigantescas naves trípodes con las cuales comienzan a azotar y a cultivar nuestro planeta con sus oscuros propósitos. El protagonista narra una serie de andanzas en las cuales, a pesar del terror, logra sobrevivir. Los extraterrestres parecen invencibles y avanzan sin tregua, por lo que su desesperanza lo lleva a cuestionarse su sanidad mental y, atestiguando de la destrucción de su pueblo natal, su único refugio es imaginarse un futuro en el que los marcianos reinen sobre la tierra y en el que él de alguna forma sobreviva como animal de patio o esclavo. Antes de que esto comience a suceder, sin embargo, los marcianos sucumben y comienzan a morir por un enemigo invisible: las bacterias terrestres que, tan familiares para nosotros, resultan totalmente mortales para nuestros invasores.

La novela es una lenta dosis de suspenso, que curiosamente me deja una sonrisa de consternación al final: ¿Los marcianos realmente perdieron tremenda batalla contra una especie de resfriado bacteriano? Pero heme aquí, escribiendo en el ocio de una cuarentena contra el mismo enemigo absurdo.

No es necesario conocer mucho de filosofía o de sociología para entender que el mundo cultural evoluciona también por una especie de “guerra de mundos”. Es decir que nuestro pensamiento evoluciona por luchas y movimientos culturales que nos hacen cambiar, cada cierto tiempo, de parecer. Así, cada era o momento cultural es una especie de reacción: una invasión destructora al planeta madre.

La ausencia de una sola gran estructura reguladora y difusiva como lo es ahora el internet impedía que el mundo evolucionara al mismo tiempo y así el mundo evolucionaba de la mano de las élites visionarias, de la vanguardia del pensamiento que iba, como la nave nodriza, explorando planetas desconocidos y nuevas formas de ver el mundo. Hemos de saber, pues, que las sociedades no se encuentran nunca en la misma etapa de desarrollo, sino que estas élites son las que comienzan a incursionar hacia la siguiente etapa y los demás individuos lo comienzan a hacer en olas migratorias de forma progresiva. Imagina un éxodo hacia otro planeta, en el que los primeros pioneros, tanto por supervivencia como por ingenio de desarrollo, serán siempre los mejores dotados o al menos los mejor preparados.

Hanzi Freinancht define de una forma tan hermosa a estas “élites” como “Las tres H”, que son nada más y nada menos que los Hipsters, los Hackers y los Hippies. Con ellas se refiere a tres grandes grupos de gente: 1) los hípsters o aquellas personas que buscan formas alternativas de vida; 2) los hackers o aquellas personas que desafían su pensamiento o tecnología actual; y 3) los hippies o aquellas personas que se desligan de los sistemas impositivos. Da risa pero es cierto: estos tres grupos de personas son lo que tienen la mayor cantidad de capital cultural y los que son capaces de producir aquellas nuevas cosas que todos queremos o necesitamos tener. Son personas que ya han llegado a las etapas de desarrollo y que generalmente viven fuera de las estructuras de trabajo tradicionales, algo tan necesario para generar cambios culturales.

Y aquí es donde comienza la guerra. En los noventa y principios de nuevo milenio, es en gran medida justo decir que crecimos con una visión particular de la vida, una visión de ironía, de deconstrucción y de cinismo contra la modernidad. Esto se debe en buena parte a la común sensación de que el mundo se estaba “terminando” y que las verdades que se nos habían predicado durante mucho tiempo dejaban de tener sentido. Parecía que todas las cosas llegaban a su fin: el fin del arte, de la ideología, de la historia… y ese sentido de ironía que terminamos adoptando como defensa propia, es lo que podemos llamar posmodernismo. Como los sobrevivientes del libro, teníamos miedo de estar presenciando el apocalipsis. Éramos lo suficientemente astutos como para encontrar los fallos de este planteamiento, pero estábamos lo suficientemente cansados como para involucrarnos en la lucha, por lo que solo criticábamos desde afuera, lejos de los monstruos marcianos y desde una periferia que nos daba el poder de criticar.

Fue una época sumida en una sensación general de cansancio y de hartazgo de la cultura, por lo que surgieron y sobresalieron numerosos productos culturales que explotaban la ironía. Vemos cómo Los Simpsons, Seinfeld y South Park irrumpieron en la televisión para sacarnos de la monotonía del trabajo y el estudio. Vemos cómo la desesperación se palpaba en el grunge de Nirvana y en la alternativa de Radiohead. Vemos cómo el salvajismo se mostraba tan obvio en libros como American Psycho de Bret Easton Ellis y cómo el individualismo de Houellebecq nos encerraba en burbujas asociales. Toda esta sobresensibilidad y rechazo a lo moderno fueron bautizados como posmodernismo.

El posmodernismo no creía en el progreso, sospechaba de las grandes narrativas y en vez de eso se enfocaba en detalles y periferias: critica siempre el poder y el prestigio de las grandes verdades. Si la modernidad era positiva, porque nos quería llevar a un “mundo mejor”, el posmodernismo es neutro y se enfoca en cuestionar lo que damos por sentado.

Pero la historia siempre cambia y no podemos enfrascarla. Mientras la sociedad finalmente estaba convirtiéndose posmoderna, la élite cultural ya había identificado la siguiente tendencia: el metamodernismo.

A través de la década de los 2000, comenzamos a notar algunos sutiles pero sustanciales cambios. La ironía, el cinismo y la desesperación comenzaron a transformarse en algo irónico pero con moraleja, con ganas de querer dejar algo trascendental. En un artículo de 2010, los principales teóricos del metamodernismo, Timotheus Vermeulen y Robin Van Der Akker, describieron una serie de cambios en el arte y arquitectura que venían a ejemplificar este escape de la ironía. Y quizás no escape, sino una transformación. En esta visión, la sociedad mantenía la crítica irónica y escéptica del posmodernismo, pero retomaba curiosamente la creencia en la ciencia y en el progreso de la modernidad.

Justo como en La Guerra de los Mundos, en la que las bacterias, los organismos más primitivos, se vengan por nosotros y reinician el mundo pero con una civilización consciente y más fuerte, la modernidad se venga por nosotros y nos recuerda que el mundo necesita dirección y un progreso. Después de varios intentos, comenzamos a darnos cuenta de que los grandes movimientos sociales generados en las redes sociales necesitan un sustrato y una propuesta para enraizar. Al igual que las bacterias, todas esas viejas estructuras “primitivas” de la modernidad y todas esas grandes verdades, que nos unían en una ideología, se vengan del mundo posmoderno e individualista, con el mero objetivo de recordarnos que necesitamos guías y que coincidimos como sociedad en la búsqueda de un futuro más “justo” pero sobre todo más honesto para todos.

El metamodernismo es como el mundo después del apocalipsis marciano: en el que las personas recobran la esperanza y unidas reconstruyen sus hogares. Propone ideas que suenan muy adecuadas para la cultura contemporánea y virtual en la que las nuevas generaciones están creciendo. Hay nuevas y más claras tendencias a la aceptación del progreso, de las jerarquías, de las figuras de autoridad, de la sinceridad, la espiritualidad y el desarrollo integrador y anti-discriminatorio. ¿Por qué? Porque pareciera que comprendemos finalmente que lo superficial se quiebra fácilmente y que un movimiento cultural sin propuesta se queda flotando, como un trending topic, en un espacio muy reducido de tiempo.

La creciente sensación de libertad de la información en internet nos mueve vertiginosamente a querer creer que existen estructuras más grandes que nos amparan ante el terror de lo “extraterrestre”, el terror de un individualismo que nos aísla en nuestros hogares y que nos permite salir solamente por medio de la virtualidad de un mundo digital. Las grandes catástrofes nos hacen buscarnos mutuamente y refugiarnos los unos con los otros y alzar la voz para “alertar” a nuestros iguales, incluso cuando esto sea por medio de memes (que funcionan muy bien al momento de concientizarnos). Esta actitud de sinceridad, tan inocente como una simple bacteria, se venga de todo el negativismo que nos invadió durante las últimas décadas.

En este nuevo mundo, la sinceridad se convierte en un performance y en un acto simbólico de venganza. Ahora más que nunca, con la situación del COVID.-19, por ejemplo, podemos volver a ver un trazo de esperanza que nos une en cadenas mediáticas y en reencuentros con el altruismo de ayudar al prójimo y la caridad de compartir un mismo mensaje de fortaleza.

Cuando descubrí esta cosa llamada metamodernismo, me hizo atar inmediatamente muchos cabos sueltos que veía en esta especie de cultura colectiva altruista en las redes sociales… una cultura cada vez más compartida y, genuina o falsa (no importa), mejor construida para beneficio de los invisibilizados. Una cultura que realmente aporte.

Si bien es cierto que la globalización ha unido las actividades diarias de las personas, la imaginación de las grandes masas necesita cada vez más contextualización. Cada vez hay mayor multiplicidad de opiniones públicas, si es que las hay, o un creciente sentido de superficialidad de opinión. Necesitamos de vuelta esa sensación de unidad y de solidez cada vez más, algo que la modernidad nos sabía vender muy bien en forma de grandes ideologías. Esta necesidad, por más superficial que parezca, nos hace apreciar más la sinceridad de movimientos populares. A pesar de que la universalidad de la razón y de que el sentido de internacionalismo parecieran ser la solución: el nacionalismo, el racismo y el fundamentalismo religioso son cada vez más aclamados por las masas y estamos lejos de comprenderlo. Necesitamos actuar juntos.

¿Es el metamodernismo la única posibilidad que tenemos de escapar al capitalismo? No lo sé, pero el hecho de creer que es posible nos hace ser parte de este “realismo mágico” que impera en el nuevo pensamiento colectivo. ¿Será también que estas nuevas sensaciones de unidad son meros invasores extraterrestres de futuros que no se lograron cumplir en la modernidad? ¿Somos meros testigos de una invasión ante la cual no podemos actuar? Es probable. Pero si realmente somos sobrevivientes de este apocalipsis, necesitamos mapas e ingeniería: necesitamos una guía para comenzar de nuevo.

 

La cuarentena me hizo revisitar una novela muy querida de la ciencia ficción, a la cual le tengo cierto apego desde niño. Su adaptación del 2005 —con un Tom Cruise aún robusto y significativo— fue la primera película madura que vi del género en el cine y, fuck, la primera con la que recuerdo haber tenido pesadillas sobre marcianos. Es el clásico de H. G. Wells La Guerra de los Mundos.

En la obra de Wells, los marcianos visitan la tierra, armados de gigantescas naves trípodes con las cuales comienzan a azotar y a cultivar nuestro planeta con sus oscuros propósitos. El protagonista narra una serie de andanzas en las cuales, a pesar del terror, logra sobrevivir. Los extraterrestres parecen invencibles y avanzan sin tregua, por lo que su desesperanza lo lleva a cuestionarse su sanidad mental y, atestiguando de la destrucción de su pueblo natal, su único refugio es imaginarse un futuro en el que los marcianos reinen sobre la tierra y en el que él de alguna forma sobreviva como animal de patio o esclavo. Antes de que esto comience a suceder, sin embargo, los marcianos sucumben y comienzan a morir por un enemigo invisible: las bacterias terrestres que, tan familiares para nosotros, resultan totalmente mortales para nuestros invasores.

La novela es una lenta dosis de suspenso, que curiosamente me deja una sonrisa de consternación al final: ¿Los marcianos realmente perdieron tremenda batalla contra una especie de resfriado bacteriano? Pero heme aquí, escribiendo en el ocio de una cuarentena contra el mismo enemigo absurdo.

No es necesario conocer mucho de filosofía o de sociología para entender que el mundo cultural evoluciona también por una especie de “guerra de mundos”. Es decir que nuestro pensamiento evoluciona por luchas y movimientos culturales que nos hacen cambiar, cada cierto tiempo, de parecer. Así, cada era o momento cultural es una especie de reacción: una invasión destructora al planeta madre.

La ausencia de una sola gran estructura reguladora y difusiva como lo es ahora el internet impedía que el mundo evolucionara al mismo tiempo y así el mundo evolucionaba de la mano de las élites visionarias, de la vanguardia del pensamiento que iba, como la nave nodriza, explorando planetas desconocidos y nuevas formas de ver el mundo. Hemos de saber, pues, que las sociedades no se encuentran nunca en la misma etapa de desarrollo, sino que estas élites son las que comienzan a incursionar hacia la siguiente etapa y los demás individuos lo comienzan a hacer en olas migratorias de forma progresiva. Imagina un éxodo hacia otro planeta, en el que los primeros pioneros, tanto por supervivencia como por ingenio de desarrollo, serán siempre los mejores dotados o al menos los mejor preparados.

Hanzi Freinancht define de una forma tan hermosa a estas “élites” como “Las tres H”, que son nada más y nada menos que los Hipsters, los Hackers y los Hippies. Con ellas se refiere a tres grandes grupos de gente: 1) los hípsters o aquellas personas que buscan formas alternativas de vida; 2) los hackers o aquellas personas que desafían su pensamiento o tecnología actual; y 3) los hippies o aquellas personas que se desligan de los sistemas impositivos. Da risa pero es cierto: estos tres grupos de personas son lo que tienen la mayor cantidad de capital cultural y los que son capaces de producir aquellas nuevas cosas que todos queremos o necesitamos tener. Son personas que ya han llegado a las etapas de desarrollo y que generalmente viven fuera de las estructuras de trabajo tradicionales, algo tan necesario para generar cambios culturales.

Y aquí es donde comienza la guerra. En los noventa y principios de nuevo milenio, es en gran medida justo decir que crecimos con una visión particular de la vida, una visión de ironía, de deconstrucción y de cinismo contra la modernidad. Esto se debe en buena parte a la común sensación de que el mundo se estaba “terminando” y que las verdades que se nos habían predicado durante mucho tiempo dejaban de tener sentido. Parecía que todas las cosas llegaban a su fin: el fin del arte, de la ideología, de la historia… y ese sentido de ironía que terminamos adoptando como defensa propia, es lo que podemos llamar posmodernismo. Como los sobrevivientes del libro, teníamos miedo de estar presenciando el apocalipsis. Éramos lo suficientemente astutos como para encontrar los fallos de este planteamiento, pero estábamos lo suficientemente cansados como para involucrarnos en la lucha, por lo que solo criticábamos desde afuera, lejos de los monstruos marcianos y desde una periferia que nos daba el poder de criticar.

Fue una época sumida en una sensación general de cansancio y de hartazgo de la cultura, por lo que surgieron y sobresalieron numerosos productos culturales que explotaban la ironía. Vemos cómo Los Simpsons, Seinfeld y South Park irrumpieron en la televisión para sacarnos de la monotonía del trabajo y el estudio. Vemos cómo la desesperación se palpaba en el grunge de Nirvana y en la alternativa de Radiohead. Vemos cómo el salvajismo se mostraba tan obvio en libros como American Psycho de Bret Easton Ellis y cómo el individualismo de Houellebecq nos encerraba en burbujas asociales. Toda esta sobresensibilidad y rechazo a lo moderno fueron bautizados como posmodernismo.

El posmodernismo no creía en el progreso, sospechaba de las grandes narrativas y en vez de eso se enfocaba en detalles y periferias: critica siempre el poder y el prestigio de las grandes verdades. Si la modernidad era positiva, porque nos quería llevar a un “mundo mejor”, el posmodernismo es neutro y se enfoca en cuestionar lo que damos por sentado.

Pero la historia siempre cambia y no podemos enfrascarla. Mientras la sociedad finalmente estaba convirtiéndose posmoderna, la élite cultural ya había identificado la siguiente tendencia: el metamodernismo.

A través de la década de los 2000, comenzamos a notar algunos sutiles pero sustanciales cambios. La ironía, el cinismo y la desesperación comenzaron a transformarse en algo irónico pero con moraleja, con ganas de querer dejar algo trascendental. En un artículo de 2010, los principales teóricos del metamodernismo, Timotheus Vermeulen y Robin Van Der Akker, describieron una serie de cambios en el arte y arquitectura que venían a ejemplificar este escape de la ironía. Y quizás no escape, sino una transformación. En esta visión, la sociedad mantenía la crítica irónica y escéptica del posmodernismo, pero retomaba curiosamente la creencia en la ciencia y en el progreso de la modernidad.

Justo como en La Guerra de los Mundos, en la que las bacterias, los organismos más primitivos, se vengan por nosotros y reinician el mundo pero con una civilización consciente y más fuerte, la modernidad se venga por nosotros y nos recuerda que el mundo necesita dirección y un progreso. Después de varios intentos, comenzamos a darnos cuenta de que los grandes movimientos sociales generados en las redes sociales necesitan un sustrato y una propuesta para enraizar. Al igual que las bacterias, todas esas viejas estructuras “primitivas” de la modernidad y todas esas grandes verdades, que nos unían en una ideología, se vengan del mundo posmoderno e individualista, con el mero objetivo de recordarnos que necesitamos guías y que coincidimos como sociedad en la búsqueda de un futuro más “justo” pero sobre todo más honesto para todos.

El metamodernismo es como el mundo después del apocalipsis marciano: en el que las personas recobran la esperanza y unidas reconstruyen sus hogares. Propone ideas que suenan muy adecuadas para la cultura contemporánea y virtual en la que las nuevas generaciones están creciendo. Hay nuevas y más claras tendencias a la aceptación del progreso, de las jerarquías, de las figuras de autoridad, de la sinceridad, la espiritualidad y el desarrollo integrador y anti-discriminatorio. ¿Por qué? Porque pareciera que comprendemos finalmente que lo superficial se quiebra fácilmente y que un movimiento cultural sin propuesta se queda flotando, como un trending topic, en un espacio muy reducido de tiempo.

La creciente sensación de libertad de la información en internet nos mueve vertiginosamente a querer creer que existen estructuras más grandes que nos amparan ante el terror de lo “extraterrestre”, el terror de un individualismo que nos aísla en nuestros hogares y que nos permite salir solamente por medio de la virtualidad de un mundo digital. Las grandes catástrofes nos hacen buscarnos mutuamente y refugiarnos los unos con los otros y alzar la voz para “alertar” a nuestros iguales, incluso cuando esto sea por medio de memes (que funcionan muy bien al momento de concientizarnos). Esta actitud de sinceridad, tan inocente como una simple bacteria, se venga de todo el negativismo que nos invadió durante las últimas décadas.

En este nuevo mundo, la sinceridad se convierte en un performance y en un acto simbólico de venganza. Ahora más que nunca, con la situación del COVID.-19, por ejemplo, podemos volver a ver un trazo de esperanza que nos une en cadenas mediáticas y en reencuentros con el altruismo de ayudar al prójimo y la caridad de compartir un mismo mensaje de fortaleza.

Cuando descubrí esta cosa llamada metamodernismo, me hizo atar inmediatamente muchos cabos sueltos que veía en esta especie de cultura colectiva altruista en las redes sociales… una cultura cada vez más compartida y, genuina o falsa (no importa), mejor construida para beneficio de los invisibilizados. Una cultura que realmente aporte.

Si bien es cierto que la globalización ha unido las actividades diarias de las personas, la imaginación de las grandes masas necesita cada vez más contextualización. Cada vez hay mayor multiplicidad de opiniones públicas, si es que las hay, o un creciente sentido de superficialidad de opinión. Necesitamos de vuelta esa sensación de unidad y de solidez cada vez más, algo que la modernidad nos sabía vender muy bien en forma de grandes ideologías. Esta necesidad, por más superficial que parezca, nos hace apreciar más la sinceridad de movimientos populares. A pesar de que la universalidad de la razón y de que el sentido de internacionalismo parecieran ser la solución: el nacionalismo, el racismo y el fundamentalismo religioso son cada vez más aclamados por las masas y estamos lejos de comprenderlo. Necesitamos actuar juntos.

¿Es el metamodernismo la única posibilidad que tenemos de escapar al capitalismo? No lo sé, pero el hecho de creer que es posible nos hace ser parte de este “realismo mágico” que impera en el nuevo pensamiento colectivo. ¿Será también que estas nuevas sensaciones de unidad son meros invasores extraterrestres de futuros que no se lograron cumplir en la modernidad? ¿Somos meros testigos de una invasión ante la cual no podemos actuar? Es probable. Pero si realmente somos sobrevivientes de este apocalipsis, necesitamos mapas e ingeniería: necesitamos una guía para comenzar de nuevo.

 

La cuarentena me hizo revisitar una novela muy querida de la ciencia ficción, a la cual le tengo cierto apego desde niño. Su adaptación del 2005 —con un Tom Cruise aún robusto y significativo— fue la primera película madura que vi del género en el cine y, fuck, la primera con la que recuerdo haber tenido pesadillas sobre marcianos. Es el clásico de H. G. Wells La Guerra de los Mundos.

En la obra de Wells, los marcianos visitan la tierra, armados de gigantescas naves trípodes con las cuales comienzan a azotar y a cultivar nuestro planeta con sus oscuros propósitos. El protagonista narra una serie de andanzas en las cuales, a pesar del terror, logra sobrevivir. Los extraterrestres parecen invencibles y avanzan sin tregua, por lo que su desesperanza lo lleva a cuestionarse su sanidad mental y, atestiguando de la destrucción de su pueblo natal, su único refugio es imaginarse un futuro en el que los marcianos reinen sobre la tierra y en el que él de alguna forma sobreviva como animal de patio o esclavo. Antes de que esto comience a suceder, sin embargo, los marcianos sucumben y comienzan a morir por un enemigo invisible: las bacterias terrestres que, tan familiares para nosotros, resultan totalmente mortales para nuestros invasores.

La novela es una lenta dosis de suspenso, que curiosamente me deja una sonrisa de consternación al final: ¿Los marcianos realmente perdieron tremenda batalla contra una especie de resfriado bacteriano? Pero heme aquí, escribiendo en el ocio de una cuarentena contra el mismo enemigo absurdo.

No es necesario conocer mucho de filosofía o de sociología para entender que el mundo cultural evoluciona también por una especie de “guerra de mundos”. Es decir que nuestro pensamiento evoluciona por luchas y movimientos culturales que nos hacen cambiar, cada cierto tiempo, de parecer. Así, cada era o momento cultural es una especie de reacción: una invasión destructora al planeta madre.

La ausencia de una sola gran estructura reguladora y difusiva como lo es ahora el internet impedía que el mundo evolucionara al mismo tiempo y así el mundo evolucionaba de la mano de las élites visionarias, de la vanguardia del pensamiento que iba, como la nave nodriza, explorando planetas desconocidos y nuevas formas de ver el mundo. Hemos de saber, pues, que las sociedades no se encuentran nunca en la misma etapa de desarrollo, sino que estas élites son las que comienzan a incursionar hacia la siguiente etapa y los demás individuos lo comienzan a hacer en olas migratorias de forma progresiva. Imagina un éxodo hacia otro planeta, en el que los primeros pioneros, tanto por supervivencia como por ingenio de desarrollo, serán siempre los mejores dotados o al menos los mejor preparados.

Hanzi Freinancht define de una forma tan hermosa a estas “élites” como “Las tres H”, que son nada más y nada menos que los Hipsters, los Hackers y los Hippies. Con ellas se refiere a tres grandes grupos de gente: 1) los hípsters o aquellas personas que buscan formas alternativas de vida; 2) los hackers o aquellas personas que desafían su pensamiento o tecnología actual; y 3) los hippies o aquellas personas que se desligan de los sistemas impositivos. Da risa pero es cierto: estos tres grupos de personas son lo que tienen la mayor cantidad de capital cultural y los que son capaces de producir aquellas nuevas cosas que todos queremos o necesitamos tener. Son personas que ya han llegado a las etapas de desarrollo y que generalmente viven fuera de las estructuras de trabajo tradicionales, algo tan necesario para generar cambios culturales.

Y aquí es donde comienza la guerra. En los noventa y principios de nuevo milenio, es en gran medida justo decir que crecimos con una visión particular de la vida, una visión de ironía, de deconstrucción y de cinismo contra la modernidad. Esto se debe en buena parte a la común sensación de que el mundo se estaba “terminando” y que las verdades que se nos habían predicado durante mucho tiempo dejaban de tener sentido. Parecía que todas las cosas llegaban a su fin: el fin del arte, de la ideología, de la historia… y ese sentido de ironía que terminamos adoptando como defensa propia, es lo que podemos llamar posmodernismo. Como los sobrevivientes del libro, teníamos miedo de estar presenciando el apocalipsis. Éramos lo suficientemente astutos como para encontrar los fallos de este planteamiento, pero estábamos lo suficientemente cansados como para involucrarnos en la lucha, por lo que solo criticábamos desde afuera, lejos de los monstruos marcianos y desde una periferia que nos daba el poder de criticar.

Fue una época sumida en una sensación general de cansancio y de hartazgo de la cultura, por lo que surgieron y sobresalieron numerosos productos culturales que explotaban la ironía. Vemos cómo Los Simpsons, Seinfeld y South Park irrumpieron en la televisión para sacarnos de la monotonía del trabajo y el estudio. Vemos cómo la desesperación se palpaba en el grunge de Nirvana y en la alternativa de Radiohead. Vemos cómo el salvajismo se mostraba tan obvio en libros como American Psycho de Bret Easton Ellis y cómo el individualismo de Houellebecq nos encerraba en burbujas asociales. Toda esta sobresensibilidad y rechazo a lo moderno fueron bautizados como posmodernismo.

El posmodernismo no creía en el progreso, sospechaba de las grandes narrativas y en vez de eso se enfocaba en detalles y periferias: critica siempre el poder y el prestigio de las grandes verdades. Si la modernidad era positiva, porque nos quería llevar a un “mundo mejor”, el posmodernismo es neutro y se enfoca en cuestionar lo que damos por sentado.

Pero la historia siempre cambia y no podemos enfrascarla. Mientras la sociedad finalmente estaba convirtiéndose posmoderna, la élite cultural ya había identificado la siguiente tendencia: el metamodernismo.

A través de la década de los 2000, comenzamos a notar algunos sutiles pero sustanciales cambios. La ironía, el cinismo y la desesperación comenzaron a transformarse en algo irónico pero con moraleja, con ganas de querer dejar algo trascendental. En un artículo de 2010, los principales teóricos del metamodernismo, Timotheus Vermeulen y Robin Van Der Akker, describieron una serie de cambios en el arte y arquitectura que venían a ejemplificar este escape de la ironía. Y quizás no escape, sino una transformación. En esta visión, la sociedad mantenía la crítica irónica y escéptica del posmodernismo, pero retomaba curiosamente la creencia en la ciencia y en el progreso de la modernidad.

Justo como en La Guerra de los Mundos, en la que las bacterias, los organismos más primitivos, se vengan por nosotros y reinician el mundo pero con una civilización consciente y más fuerte, la modernidad se venga por nosotros y nos recuerda que el mundo necesita dirección y un progreso. Después de varios intentos, comenzamos a darnos cuenta de que los grandes movimientos sociales generados en las redes sociales necesitan un sustrato y una propuesta para enraizar. Al igual que las bacterias, todas esas viejas estructuras “primitivas” de la modernidad y todas esas grandes verdades, que nos unían en una ideología, se vengan del mundo posmoderno e individualista, con el mero objetivo de recordarnos que necesitamos guías y que coincidimos como sociedad en la búsqueda de un futuro más “justo” pero sobre todo más honesto para todos.

El metamodernismo es como el mundo después del apocalipsis marciano: en el que las personas recobran la esperanza y unidas reconstruyen sus hogares. Propone ideas que suenan muy adecuadas para la cultura contemporánea y virtual en la que las nuevas generaciones están creciendo. Hay nuevas y más claras tendencias a la aceptación del progreso, de las jerarquías, de las figuras de autoridad, de la sinceridad, la espiritualidad y el desarrollo integrador y anti-discriminatorio. ¿Por qué? Porque pareciera que comprendemos finalmente que lo superficial se quiebra fácilmente y que un movimiento cultural sin propuesta se queda flotando, como un trending topic, en un espacio muy reducido de tiempo.

La creciente sensación de libertad de la información en internet nos mueve vertiginosamente a querer creer que existen estructuras más grandes que nos amparan ante el terror de lo “extraterrestre”, el terror de un individualismo que nos aísla en nuestros hogares y que nos permite salir solamente por medio de la virtualidad de un mundo digital. Las grandes catástrofes nos hacen buscarnos mutuamente y refugiarnos los unos con los otros y alzar la voz para “alertar” a nuestros iguales, incluso cuando esto sea por medio de memes (que funcionan muy bien al momento de concientizarnos). Esta actitud de sinceridad, tan inocente como una simple bacteria, se venga de todo el negativismo que nos invadió durante las últimas décadas.

En este nuevo mundo, la sinceridad se convierte en un performance y en un acto simbólico de venganza. Ahora más que nunca, con la situación del COVID.-19, por ejemplo, podemos volver a ver un trazo de esperanza que nos une en cadenas mediáticas y en reencuentros con el altruismo de ayudar al prójimo y la caridad de compartir un mismo mensaje de fortaleza.

Cuando descubrí esta cosa llamada metamodernismo, me hizo atar inmediatamente muchos cabos sueltos que veía en esta especie de cultura colectiva altruista en las redes sociales… una cultura cada vez más compartida y, genuina o falsa (no importa), mejor construida para beneficio de los invisibilizados. Una cultura que realmente aporte.

Si bien es cierto que la globalización ha unido las actividades diarias de las personas, la imaginación de las grandes masas necesita cada vez más contextualización. Cada vez hay mayor multiplicidad de opiniones públicas, si es que las hay, o un creciente sentido de superficialidad de opinión. Necesitamos de vuelta esa sensación de unidad y de solidez cada vez más, algo que la modernidad nos sabía vender muy bien en forma de grandes ideologías. Esta necesidad, por más superficial que parezca, nos hace apreciar más la sinceridad de movimientos populares. A pesar de que la universalidad de la razón y de que el sentido de internacionalismo parecieran ser la solución: el nacionalismo, el racismo y el fundamentalismo religioso son cada vez más aclamados por las masas y estamos lejos de comprenderlo. Necesitamos actuar juntos.

¿Es el metamodernismo la única posibilidad que tenemos de escapar al capitalismo? No lo sé, pero el hecho de creer que es posible nos hace ser parte de este “realismo mágico” que impera en el nuevo pensamiento colectivo. ¿Será también que estas nuevas sensaciones de unidad son meros invasores extraterrestres de futuros que no se lograron cumplir en la modernidad? ¿Somos meros testigos de una invasión ante la cual no podemos actuar? Es probable. Pero si realmente somos sobrevivientes de este apocalipsis, necesitamos mapas e ingeniería: necesitamos una guía para comenzar de nuevo.

 

La cuarentena me hizo revisitar una novela muy querida de la ciencia ficción, a la cual le tengo cierto apego desde niño. Su adaptación del 2005 —con un Tom Cruise aún robusto y significativo— fue la primera película madura que vi del género en el cine y, fuck, la primera con la que recuerdo haber tenido pesadillas sobre marcianos. Es el clásico de H. G. Wells La Guerra de los Mundos.

En la obra de Wells, los marcianos visitan la tierra, armados de gigantescas naves trípodes con las cuales comienzan a azotar y a cultivar nuestro planeta con sus oscuros propósitos. El protagonista narra una serie de andanzas en las cuales, a pesar del terror, logra sobrevivir. Los extraterrestres parecen invencibles y avanzan sin tregua, por lo que su desesperanza lo lleva a cuestionarse su sanidad mental y, atestiguando de la destrucción de su pueblo natal, su único refugio es imaginarse un futuro en el que los marcianos reinen sobre la tierra y en el que él de alguna forma sobreviva como animal de patio o esclavo. Antes de que esto comience a suceder, sin embargo, los marcianos sucumben y comienzan a morir por un enemigo invisible: las bacterias terrestres que, tan familiares para nosotros, resultan totalmente mortales para nuestros invasores.

La novela es una lenta dosis de suspenso, que curiosamente me deja una sonrisa de consternación al final: ¿Los marcianos realmente perdieron tremenda batalla contra una especie de resfriado bacteriano? Pero heme aquí, escribiendo en el ocio de una cuarentena contra el mismo enemigo absurdo.

No es necesario conocer mucho de filosofía o de sociología para entender que el mundo cultural evoluciona también por una especie de “guerra de mundos”. Es decir que nuestro pensamiento evoluciona por luchas y movimientos culturales que nos hacen cambiar, cada cierto tiempo, de parecer. Así, cada era o momento cultural es una especie de reacción: una invasión destructora al planeta madre.

La ausencia de una sola gran estructura reguladora y difusiva como lo es ahora el internet impedía que el mundo evolucionara al mismo tiempo y así el mundo evolucionaba de la mano de las élites visionarias, de la vanguardia del pensamiento que iba, como la nave nodriza, explorando planetas desconocidos y nuevas formas de ver el mundo. Hemos de saber, pues, que las sociedades no se encuentran nunca en la misma etapa de desarrollo, sino que estas élites son las que comienzan a incursionar hacia la siguiente etapa y los demás individuos lo comienzan a hacer en olas migratorias de forma progresiva. Imagina un éxodo hacia otro planeta, en el que los primeros pioneros, tanto por supervivencia como por ingenio de desarrollo, serán siempre los mejores dotados o al menos los mejor preparados.

Hanzi Freinancht define de una forma tan hermosa a estas “élites” como “Las tres H”, que son nada más y nada menos que los Hipsters, los Hackers y los Hippies. Con ellas se refiere a tres grandes grupos de gente: 1) los hípsters o aquellas personas que buscan formas alternativas de vida; 2) los hackers o aquellas personas que desafían su pensamiento o tecnología actual; y 3) los hippies o aquellas personas que se desligan de los sistemas impositivos. Da risa pero es cierto: estos tres grupos de personas son lo que tienen la mayor cantidad de capital cultural y los que son capaces de producir aquellas nuevas cosas que todos queremos o necesitamos tener. Son personas que ya han llegado a las etapas de desarrollo y que generalmente viven fuera de las estructuras de trabajo tradicionales, algo tan necesario para generar cambios culturales.

Y aquí es donde comienza la guerra. En los noventa y principios de nuevo milenio, es en gran medida justo decir que crecimos con una visión particular de la vida, una visión de ironía, de deconstrucción y de cinismo contra la modernidad. Esto se debe en buena parte a la común sensación de que el mundo se estaba “terminando” y que las verdades que se nos habían predicado durante mucho tiempo dejaban de tener sentido. Parecía que todas las cosas llegaban a su fin: el fin del arte, de la ideología, de la historia… y ese sentido de ironía que terminamos adoptando como defensa propia, es lo que podemos llamar posmodernismo. Como los sobrevivientes del libro, teníamos miedo de estar presenciando el apocalipsis. Éramos lo suficientemente astutos como para encontrar los fallos de este planteamiento, pero estábamos lo suficientemente cansados como para involucrarnos en la lucha, por lo que solo criticábamos desde afuera, lejos de los monstruos marcianos y desde una periferia que nos daba el poder de criticar.

Fue una época sumida en una sensación general de cansancio y de hartazgo de la cultura, por lo que surgieron y sobresalieron numerosos productos culturales que explotaban la ironía. Vemos cómo Los Simpsons, Seinfeld y South Park irrumpieron en la televisión para sacarnos de la monotonía del trabajo y el estudio. Vemos cómo la desesperación se palpaba en el grunge de Nirvana y en la alternativa de Radiohead. Vemos cómo el salvajismo se mostraba tan obvio en libros como American Psycho de Bret Easton Ellis y cómo el individualismo de Houellebecq nos encerraba en burbujas asociales. Toda esta sobresensibilidad y rechazo a lo moderno fueron bautizados como posmodernismo.

El posmodernismo no creía en el progreso, sospechaba de las grandes narrativas y en vez de eso se enfocaba en detalles y periferias: critica siempre el poder y el prestigio de las grandes verdades. Si la modernidad era positiva, porque nos quería llevar a un “mundo mejor”, el posmodernismo es neutro y se enfoca en cuestionar lo que damos por sentado.

Pero la historia siempre cambia y no podemos enfrascarla. Mientras la sociedad finalmente estaba convirtiéndose posmoderna, la élite cultural ya había identificado la siguiente tendencia: el metamodernismo.

A través de la década de los 2000, comenzamos a notar algunos sutiles pero sustanciales cambios. La ironía, el cinismo y la desesperación comenzaron a transformarse en algo irónico pero con moraleja, con ganas de querer dejar algo trascendental. En un artículo de 2010, los principales teóricos del metamodernismo, Timotheus Vermeulen y Robin Van Der Akker, describieron una serie de cambios en el arte y arquitectura que venían a ejemplificar este escape de la ironía. Y quizás no escape, sino una transformación. En esta visión, la sociedad mantenía la crítica irónica y escéptica del posmodernismo, pero retomaba curiosamente la creencia en la ciencia y en el progreso de la modernidad.

Justo como en La Guerra de los Mundos, en la que las bacterias, los organismos más primitivos, se vengan por nosotros y reinician el mundo pero con una civilización consciente y más fuerte, la modernidad se venga por nosotros y nos recuerda que el mundo necesita dirección y un progreso. Después de varios intentos, comenzamos a darnos cuenta de que los grandes movimientos sociales generados en las redes sociales necesitan un sustrato y una propuesta para enraizar. Al igual que las bacterias, todas esas viejas estructuras “primitivas” de la modernidad y todas esas grandes verdades, que nos unían en una ideología, se vengan del mundo posmoderno e individualista, con el mero objetivo de recordarnos que necesitamos guías y que coincidimos como sociedad en la búsqueda de un futuro más “justo” pero sobre todo más honesto para todos.

El metamodernismo es como el mundo después del apocalipsis marciano: en el que las personas recobran la esperanza y unidas reconstruyen sus hogares. Propone ideas que suenan muy adecuadas para la cultura contemporánea y virtual en la que las nuevas generaciones están creciendo. Hay nuevas y más claras tendencias a la aceptación del progreso, de las jerarquías, de las figuras de autoridad, de la sinceridad, la espiritualidad y el desarrollo integrador y anti-discriminatorio. ¿Por qué? Porque pareciera que comprendemos finalmente que lo superficial se quiebra fácilmente y que un movimiento cultural sin propuesta se queda flotando, como un trending topic, en un espacio muy reducido de tiempo.

La creciente sensación de libertad de la información en internet nos mueve vertiginosamente a querer creer que existen estructuras más grandes que nos amparan ante el terror de lo “extraterrestre”, el terror de un individualismo que nos aísla en nuestros hogares y que nos permite salir solamente por medio de la virtualidad de un mundo digital. Las grandes catástrofes nos hacen buscarnos mutuamente y refugiarnos los unos con los otros y alzar la voz para “alertar” a nuestros iguales, incluso cuando esto sea por medio de memes (que funcionan muy bien al momento de concientizarnos). Esta actitud de sinceridad, tan inocente como una simple bacteria, se venga de todo el negativismo que nos invadió durante las últimas décadas.

En este nuevo mundo, la sinceridad se convierte en un performance y en un acto simbólico de venganza. Ahora más que nunca, con la situación del COVID.-19, por ejemplo, podemos volver a ver un trazo de esperanza que nos une en cadenas mediáticas y en reencuentros con el altruismo de ayudar al prójimo y la caridad de compartir un mismo mensaje de fortaleza.

Cuando descubrí esta cosa llamada metamodernismo, me hizo atar inmediatamente muchos cabos sueltos que veía en esta especie de cultura colectiva altruista en las redes sociales… una cultura cada vez más compartida y, genuina o falsa (no importa), mejor construida para beneficio de los invisibilizados. Una cultura que realmente aporte.

Si bien es cierto que la globalización ha unido las actividades diarias de las personas, la imaginación de las grandes masas necesita cada vez más contextualización. Cada vez hay mayor multiplicidad de opiniones públicas, si es que las hay, o un creciente sentido de superficialidad de opinión. Necesitamos de vuelta esa sensación de unidad y de solidez cada vez más, algo que la modernidad nos sabía vender muy bien en forma de grandes ideologías. Esta necesidad, por más superficial que parezca, nos hace apreciar más la sinceridad de movimientos populares. A pesar de que la universalidad de la razón y de que el sentido de internacionalismo parecieran ser la solución: el nacionalismo, el racismo y el fundamentalismo religioso son cada vez más aclamados por las masas y estamos lejos de comprenderlo. Necesitamos actuar juntos.

¿Es el metamodernismo la única posibilidad que tenemos de escapar al capitalismo? No lo sé, pero el hecho de creer que es posible nos hace ser parte de este “realismo mágico” que impera en el nuevo pensamiento colectivo. ¿Será también que estas nuevas sensaciones de unidad son meros invasores extraterrestres de futuros que no se lograron cumplir en la modernidad? ¿Somos meros testigos de una invasión ante la cual no podemos actuar? Es probable. Pero si realmente somos sobrevivientes de este apocalipsis, necesitamos mapas e ingeniería: necesitamos una guía para comenzar de nuevo.

 

Esteban Arredondo. 27 años, Ciudad de Guatemala. Comunicador y aficionado de la ficción ("aficcionado"). Actualmente obsesionado con la hauntología, las cartas de amor de Henry Miller y con el tecno-orientalismo.

Facebook

Imagen de portada: Warwick Goble

Esteban Arredondo. 27 años, Ciudad de Guatemala. Comunicador y aficionado de la ficción ("aficcionado"). Actualmente obsesionado con la hauntología, las cartas de amor de Henry Miller y con el tecno-orientalismo.

Facebook

Imagen de portada: Warwick Goble

Esteban Arredondo. 27 años, Ciudad de Guatemala. Comunicador y aficionado de la ficción ("aficcionado"). Actualmente obsesionado con la hauntología, las cartas de amor de Henry Miller y con el tecno-orientalismo.

Facebook

Imagen de portada: Warwick Goble

m_galleta

Galletas de la fortuna

N.013 - Poesía

Acércate a nosotros

Nuestra meta

Suscríbete

Nuestro propósito es servir como una plataforma de difusión para escritores de habla hispana.

La Revista Himen es un proyecto completamente independiente. Puedes apoyarnos  haciendo una donación.

Himen es un proyecto independiente. Nuestro propósito es servir como una plataforma para exponer escritores de habla hispana.

La Revista Himen es un proyecto completamente independiente. Puedes apoyarnos comprando nuestros productos o haciendo una donación.

Himen es un proyecto independiente. Nuestro propósito es servir como una plataforma para exponer escritores de habla hispana.

La Revista Himen es un proyecto completamente independiente. Puedes apoyarnos comprando nuestros productos o haciendo una donación.

Himen es un proyecto independiente. Nuestro propósito es servir como una plataforma para exponer escritores de habla hispana.

La Revista Himen es un proyecto completamente independiente. Puedes apoyarnos comprando nuestros productos o haciendo una donación.

Suscríbete a nuestra Newsletter y entérate de nuestras convocatorias. Prometemos no llenar tu correo de spam :)

Suscríbete a nuestra Newsletter y entérate de nuestras convocatorias. Prometemos no llenar tu correo de spam :)

Suscríbete a nuestra Newsletter y entérate de nuestras convocatorias. Prometemos no llenar tu correo de spam :)

circulo-animacion
logo_himen-01

© 2013 – 2019 Revista Himen. Diseño por C.A.

Términos y Condiciones - Copyrights