Fruto de mi vientre

N.015 - Narrativa

Fruto de mi vientre

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Fruto de mi vientre

N.015 - Narrativa

Fruto de mi vientre

N.015 - Narrativa

Escrito por Itzel Robles Mora

Escrito por Itzel Robles Mora

Escrito por Itzel Robles Mora

Escrito por Itzel Robles Mora

Para R., por enseñarme a no alimentar la desilusión.

    “Pero seguro han cogido, ¿no?”. Era la pregunta inoportuna que salía a relucir en cualquier conversación que tuviéramos por más de veinte minutos con algún extraño o en cualquier fiesta de ocasión.  Me molestaba cada vez que alguien asumía que íbamos a terminar juntos, me parecía una falta de respeto hacia la amistad que habíamos construido por tantos años. Sentía que estaban afirmando que no nos amábamos y solo nos teníamos cerca a la espera de formar una relación. La cuestión es que fue difícil no escuchar las preguntas de afuera y terminamos haciéndolas nuestras. Ese día ni siquiera habíamos bebido, pero lo que nos embriagó fueron los múltiples escenarios en los que formar una relación hacía que el continuar fuese menos asfixiante. A partir de algún momento todo fue más rápido…

  La música, su cuerpo sobre el mío, mi cuerpo sobre el suyo. En algún instante ya no me fue posible detener la cronología. Había empezado con una pregunta: “¿Y si estuviésemos juntos?”. No estoy segura de quién salió aquella frase profética que nos sumió en miles de historias aterciopeladas. Cada una de esas posibilidades nos llevaban a otras y al tomarnos un respiro cada quien viajó a sus propias historias, llenas de sus propios deseos… Hasta que, claro, la pregunta que a todos inquietaba dejó de responderse con un no. El sueño era tan profundo…

  El deseo nos llevó a los nueve meses más aterradores de nuestras vidas. El miedo se impregnaba en cada uno de los dos, ante la espera, ante la responsabilidad de criar a alguien sin ser capaces de sostenernos a nosotros mismos. Mi hijo llegó y con él la incapacidad de sentir satisfacción por lo que me rodeaba. Al sentarnos a platicar sobre qué pasaría si estuviéramos juntos nunca llegamos a esto: una casa gris en donde me sentía sola y donde el llanto del niño me recordaba la pena de no estarlo. Comencé a apodarlo Desilusión. Nunca frente a su padre, ni frente a mi familia. Ahí sonreía discretamente ante los comentarios de aprobación que todos tenían para él. “Desilusión, tu papi otra vez nos deja”, le susurraba cuando Ernesto, mi amigo, mi marido, se marchaba a un trabajo que nunca quiso. En ese momento la rutina iniciaba para mí y el pequeño. Mientras él dormía, yo me dedicaba por entero al hogar y hacía todo lo que había visto hacer a mi madre. Hasta lloraba largas horas como ella a causa del hartazgo y, justo cuando Desilusión despertaba, mis lágrimas se desvanecían para otorgarle un espacio a él.

  De manera amorosa me acercaba a su cunita, lo ponía sobre mi regazo y él comenzaba a mamar de mi pecho. Tarareaba una canción aprendida y lo mecía con ternura. “Desilusión, Desilusión”, le susurré un día mientras se alimentaba de mí. Lo quise como a nadie, pero es que el amor, y ni siquiera este como todos dicen, está peleado con la decepción y las ganas de huir. Ernesto siempre llegaba tarde y, sin preguntarme más, se limitaba a darme el beso de buenas noches que me prometió aquel día cuando hicimos nuestra desilusión. Yo sabía que era de los dos, lo único que seguíamos compartiendo. Él rara vez estuvo en juntas, desfiles, graduaciones, peleas con los vecinos, borracheras, hospitales, gritos, comidas familiares, abrazos, llanto… En fin, Ernesto era ausencia, pero compartíamos la pena. Yo sí estuve. Deambulé por la vida de mi niño como un fantasmita y olvidé que durante tantos años lo apodé Desilusión. Para mi poca o mucha suerte, él no fue capaz de hacerlo y me juzgó de mala madre. El mismo adjetivo le tocó a su padre. Alimentar la desilusión sale caro y una noche nos lo cobró.

   La porosidad del aire era una advertencia, pero como tantas otras la pasé por alto. Ernesto me besó como en los años anteriores y dormimos. Nuestro niño, que ya no era un niño, tenía años que se había marchado y pocas veces sabíamos de su destino. Quién iba a decir que entraría sin ser advertido. Quién diría que nos llevaría a la sala como cuando era pequeño y nos pondría su película favorita. Me sabía los diálogos de memoria y es que era lo único que veíamos en ese sillón viejo, los dos juntitos, mi niño y yo. Quise recuperar el nombre de mi película favorita, lo intenté como si en eso se me fuera la vida, pero, por más que hice el esfuerzo, nunca llegué a un título, ni siquiera a una ligera imagen. Ernesto y mi hijo lloraban y gritaban, pero sus formas parecían estar evaporadas. Nada estuvo claro hasta que vi la desilusión sacar el arma, apuntar a su padre con maestría y disparar sin titubeos. Grité como nunca, grité tanto que el sonido nunca llegó a mis oídos y la desesperación aumentó. Me ahogaba pidiendo ayuda, pero ya no tenía voz. Mi voz se había quedado sin eco, sabrá Dios si esa noche o la pasada, o la de hace años. Me cuestioné si había nacido con voz.

  Mirando de frente mi realidad, esperé. Esperé unos segundos y el muy desgraciado también en eso me decepcionó. Me entregó el arma y se fue de la casa, no sin antes sonreírme como si me hubiese dado un regalo: el último tiro.

  Todo seguía borroso. Recuerdo haber disparado. Recuerdo el estruendo, pero al despertar me di cuenta de que eran los cuetes de la colonia. A lado estaba mi buen amigo Ernesto, tan joven como siempre y tan vivo. Por supuesto, los dos estábamos vestidos y parecía que nos quedamos dormidos después de llorar abrazados. Aun así, la posibilidad estaba ahí. Se me había metido en el cuerpo y el miedo se sentía como un hormiguero en la boca del estómago. Me fui sin hacer ruido y estando afuera corrí como si estuviera huyendo de una profecía, del propio asesino en mi sueño.

  Es curioso, a pesar de eso, por las mañanas mientras me tomo el café para apresurarme al trabajo me pregunto: ¿Qué hubiera pasado de haberme quedado a su lado? Y cuando la duda me apachurra el alma, recorro las habitaciones de la casa, buscando si aquel hijo no me sigue acechando.

 

Para R., por enseñarme a no alimentar la desilusión.

  “Pero seguro han cogido, ¿no?”. Era la pregunta inoportuna que salía a relucir en cualquier conversación que tuviéramos por más de veinte minutos con algún extraño o en cualquier fiesta de ocasión.  Me molestaba cada vez que alguien asumía que íbamos a terminar juntos, me parecía una falta de respeto hacia la amistad que habíamos construido por tantos años. Sentía que estaban afirmando que no nos amábamos y solo nos teníamos cerca a la espera de formar una relación. La cuestión es que fue difícil no escuchar las preguntas de afuera y terminamos haciéndolas nuestras. Ese día ni siquiera habíamos bebido, pero lo que nos embriagó fueron los múltiples escenarios en los que formar una relación hacía que el continuar fuese menos asfixiante. A partir de algún momento todo fue más rápido…

  La música, su cuerpo sobre el mío, mi cuerpo sobre el suyo. En algún instante ya no me fue posible detener la cronología. Había empezado con una pregunta: “¿Y si estuviésemos juntos?”. No estoy segura de quién salió aquella frase profética que nos sumió en miles de historias aterciopeladas. Cada una de esas posibilidades nos llevaban a otras y al tomarnos un respiro cada quien viajó a sus propias historias, llenas de sus propios deseos… Hasta que, claro, la pregunta que a todos inquietaba dejó de responderse con un no. El sueño era tan profundo…

  El deseo nos llevó a los nueve meses más aterradores de nuestras vidas. El miedo se impregnaba en cada uno de los dos, ante la espera, ante la responsabilidad de criar a alguien sin ser capaces de sostenernos a nosotros mismos. Mi hijo llegó y con él la incapacidad de sentir satisfacción por lo que me rodeaba. Al sentarnos a platicar sobre qué pasaría si estuviéramos juntos nunca llegamos a esto: una casa gris en donde me sentía sola y donde el llanto del niño me recordaba la pena de no estarlo. Comencé a apodarlo Desilusión. Nunca frente a su padre, ni frente a mi familia. Ahí sonreía discretamente ante los comentarios de aprobación que todos tenían para él. “Desilusión, tu papi otra vez nos deja”, le susurraba cuando Ernesto, mi amigo, mi marido, se marchaba a un trabajo que nunca quiso. En ese momento la rutina iniciaba para mí y el pequeño. Mientras él dormía, yo me dedicaba por entero al hogar y hacía todo lo que había visto hacer a mi madre. Hasta lloraba largas horas como ella a causa del hartazgo y, justo cuando Desilusión despertaba, mis lágrimas se desvanecían para otorgarle un espacio a él.

  De manera amorosa me acercaba a su cunita, lo ponía sobre mi regazo y él comenzaba a mamar de mi pecho. Tarareaba una canción aprendida y lo mecía con ternura. “Desilusión, Desilusión”, le susurré un día mientras se alimentaba de mí. Lo quise como a nadie, pero es que el amor, y ni siquiera este como todos dicen, está peleado con la decepción y las ganas de huir. Ernesto siempre llegaba tarde y, sin preguntarme más, se limitaba a darme el beso de buenas noches que me prometió aquel día cuando hicimos nuestra desilusión. Yo sabía que era de los dos, lo único que seguíamos compartiendo. Él rara vez estuvo en juntas, desfiles, graduaciones, peleas con los vecinos, borracheras, hospitales, gritos, comidas familiares, abrazos, llanto… En fin, Ernesto era ausencia, pero compartíamos la pena. Yo sí estuve. Deambulé por la vida de mi niño como un fantasmita y olvidé que durante tantos años lo apodé Desilusión. Para mi poca o mucha suerte, él no fue capaz de hacerlo y me juzgó de mala madre. El mismo adjetivo le tocó a su padre. Alimentar la desilusión sale caro y una noche nos lo cobró.

   La porosidad del aire era una advertencia, pero como tantas otras la pasé por alto. Ernesto me besó como en los años anteriores y dormimos. Nuestro niño, que ya no era un niño, tenía años que se había marchado y pocas veces sabíamos de su destino. Quién iba a decir que entraría sin ser advertido. Quién diría que nos llevaría a la sala como cuando era pequeño y nos pondría su película favorita. Me sabía los diálogos de memoria y es que era lo único que veíamos en ese sillón viejo, los dos juntitos, mi niño y yo. Quise recuperar el nombre de mi película favorita, lo intenté como si en eso se me fuera la vida, pero, por más que hice el esfuerzo, nunca llegué a un título, ni siquiera a una ligera imagen. Ernesto y mi hijo lloraban y gritaban, pero sus formas parecían estar evaporadas. Nada estuvo claro hasta que vi la desilusión sacar el arma, apuntar a su padre con maestría y disparar sin titubeos. Grité como nunca, grité tanto que el sonido nunca llegó a mis oídos y la desesperación aumentó. Me ahogaba pidiendo ayuda, pero ya no tenía voz. Mi voz se había quedado sin eco, sabrá Dios si esa noche o la pasada, o la de hace años. Me cuestioné si había nacido con voz.

  Mirando de frente mi realidad, esperé. Esperé unos segundos y el muy desgraciado también en eso me decepcionó. Me entregó el arma y se fue de la casa, no sin antes sonreírme como si me hubiese dado un regalo: el último tiro.

  Todo seguía borroso. Recuerdo haber disparado. Recuerdo el estruendo, pero al despertar me di cuenta de que eran los cuetes de la colonia. A lado estaba mi buen amigo Ernesto, tan joven como siempre y tan vivo. Por supuesto, los dos estábamos vestidos y parecía que nos quedamos dormidos después de llorar abrazados. Aun así, la posibilidad estaba ahí. Se me había metido en el cuerpo y el miedo se sentía como un hormiguero en la boca del estómago. Me fui sin hacer ruido y estando afuera corrí como si estuviera huyendo de una profecía, del propio asesino en mi sueño.

  Es curioso, a pesar de eso, por las mañanas mientras me tomo el café para apresurarme al trabajo me pregunto: ¿Qué hubiera pasado de haberme quedado a su lado? Y cuando la duda me apachurra el alma, recorro las habitaciones de la casa, buscando si aquel hijo no me sigue acechando.


Para R., por enseñarme a no alimentar la desilusión.

    “Pero seguro han cogido, ¿no?”. Era la pregunta inoportuna que salía a relucir en cualquier conversación que tuviéramos por más de veinte minutos con algún extraño o en cualquier fiesta de ocasión.  Me molestaba cada vez que alguien asumía que íbamos a terminar juntos, me parecía una falta de respeto hacia la amistad que habíamos construido por tantos años. Sentía que estaban afirmando que no nos amábamos y solo nos teníamos cerca a la espera de formar una relación. La cuestión es que fue difícil no escuchar las preguntas de afuera y terminamos haciéndolas nuestras. Ese día ni siquiera habíamos bebido, pero lo que nos embriagó fueron los múltiples escenarios en los que formar una relación hacía que el continuar fuese menos asfixiante. A partir de algún momento todo fue más rápido…

  La música, su cuerpo sobre el mío, mi cuerpo sobre el suyo. En algún instante ya no me fue posible detener la cronología. Había empezado con una pregunta: “¿Y si estuviésemos juntos?”. No estoy segura de quién salió aquella frase profética que nos sumió en miles de historias aterciopeladas. Cada una de esas posibilidades nos llevaban a otras y al tomarnos un respiro cada quien viajó a sus propias historias, llenas de sus propios deseos… Hasta que, claro, la pregunta que a todos inquietaba dejó de responderse con un no. El sueño era tan profundo…

  El deseo nos llevó a los nueve meses más aterradores de nuestras vidas. El miedo se impregnaba en cada uno de los dos, ante la espera, ante la responsabilidad de criar a alguien sin ser capaces de sostenernos a nosotros mismos. Mi hijo llegó y con él la incapacidad de sentir satisfacción por lo que me rodeaba. Al sentarnos a platicar sobre qué pasaría si estuviéramos juntos nunca llegamos a esto: una casa gris en donde me sentía sola y donde el llanto del niño me recordaba la pena de no estarlo. Comencé a apodarlo Desilusión. Nunca frente a su padre, ni frente a mi familia. Ahí sonreía discretamente ante los comentarios de aprobación que todos tenían para él. “Desilusión, tu papi otra vez nos deja”, le susurraba cuando Ernesto, mi amigo, mi marido, se marchaba a un trabajo que nunca quiso. En ese momento la rutina iniciaba para mí y el pequeño. Mientras él dormía, yo me dedicaba por entero al hogar y hacía todo lo que había visto hacer a mi madre. Hasta lloraba largas horas como ella a causa del hartazgo y, justo cuando Desilusión despertaba, mis lágrimas se desvanecían para otorgarle un espacio a él.

  De manera amorosa me acercaba a su cunita, lo ponía sobre mi regazo y él comenzaba a mamar de mi pecho. Tarareaba una canción aprendida y lo mecía con ternura. “Desilusión, Desilusión”, le susurré un día mientras se alimentaba de mí. Lo quise como a nadie, pero es que el amor, y ni siquiera este como todos dicen, está peleado con la decepción y las ganas de huir. Ernesto siempre llegaba tarde y, sin preguntarme más, se limitaba a darme el beso de buenas noches que me prometió aquel día cuando hicimos nuestra desilusión. Yo sabía que era de los dos, lo único que seguíamos compartiendo. Él rara vez estuvo en juntas, desfiles, graduaciones, peleas con los vecinos, borracheras, hospitales, gritos, comidas familiares, abrazos, llanto… En fin, Ernesto era ausencia, pero compartíamos la pena. Yo sí estuve. Deambulé por la vida de mi niño como un fantasmita y olvidé que durante tantos años lo apodé Desilusión. Para mi poca o mucha suerte, él no fue capaz de hacerlo y me juzgó de mala madre. El mismo adjetivo le tocó a su padre. Alimentar la desilusión sale caro y una noche nos lo cobró.

   La porosidad del aire era una advertencia, pero como tantas otras la pasé por alto. Ernesto me besó como en los años anteriores y dormimos. Nuestro niño, que ya no era un niño, tenía años que se había marchado y pocas veces sabíamos de su destino. Quién iba a decir que entraría sin ser advertido. Quién diría que nos llevaría a la sala como cuando era pequeño y nos pondría su película favorita. Me sabía los diálogos de memoria y es que era lo único que veíamos en ese sillón viejo, los dos juntitos, mi niño y yo. Quise recuperar el nombre de mi película favorita, lo intenté como si en eso se me fuera la vida, pero, por más que hice el esfuerzo, nunca llegué a un título, ni siquiera a una ligera imagen. Ernesto y mi hijo lloraban y gritaban, pero sus formas parecían estar evaporadas. Nada estuvo claro hasta que vi la desilusión sacar el arma, apuntar a su padre con maestría y disparar sin titubeos. Grité como nunca, grité tanto que el sonido nunca llegó a mis oídos y la desesperación aumentó. Me ahogaba pidiendo ayuda, pero ya no tenía voz. Mi voz se había quedado sin eco, sabrá Dios si esa noche o la pasada, o la de hace años. Me cuestioné si había nacido con voz.

  Mirando de frente mi realidad, esperé. Esperé unos segundos y el muy desgraciado también en eso me decepcionó. Me entregó el arma y se fue de la casa, no sin antes sonreírme como si me hubiese dado un regalo: el último tiro.

  Todo seguía borroso. Recuerdo haber disparado. Recuerdo el estruendo, pero al despertar me di cuenta de que eran los cuetes de la colonia. A lado estaba mi buen amigo Ernesto, tan joven como siempre y tan vivo. Por supuesto, los dos estábamos vestidos y parecía que nos quedamos dormidos después de llorar abrazados. Aun así, la posibilidad estaba ahí. Se me había metido en el cuerpo y el miedo se sentía como un hormiguero en la boca del estómago. Me fui sin hacer ruido y estando afuera corrí como si estuviera huyendo de una profecía, del propio asesino en mi sueño.

  Es curioso, a pesar de eso, por las mañanas mientras me tomo el café para apresurarme al trabajo me pregunto: ¿Qué hubiera pasado de haberme quedado a su lado? Y cuando la duda me apachurra el alma, recorro las habitaciones de la casa, buscando si aquel hijo no me sigue acechando.


Para R., por enseñarme a no alimentar la desilusión.

“Pero seguro han cogido, ¿no?”. Era la pregunta inoportuna que salía a relucir en cualquier conversación que tuviéramos por más de veinte minutos con algún extraño o en cualquier fiesta de ocasión.  Me molestaba cada vez que alguien asumía que íbamos a terminar juntos, me parecía una falta de respeto hacia la amistad que habíamos construido por tantos años. Sentía que estaban afirmando que no nos amábamos y solo nos teníamos cerca a la espera de formar una relación. La cuestión es que fue difícil no escuchar las preguntas de afuera y terminamos haciéndolas nuestras. Ese día ni siquiera habíamos bebido, pero lo que nos embriagó fueron los múltiples escenarios en los que formar una relación hacía que el continuar fuese menos asfixiante. A partir de algún momento todo fue más rápido…

  La música, su cuerpo sobre el mío, mi cuerpo sobre el suyo. En algún instante ya no me fue posible detener la cronología. Había empezado con una pregunta: “¿Y si estuviésemos juntos?”. No estoy segura de quién salió aquella frase profética que nos sumió en miles de historias aterciopeladas. Cada una de esas posibilidades nos llevaban a otras y al tomarnos un respiro cada quien viajó a sus propias historias, llenas de sus propios deseos… Hasta que, claro, la pregunta que a todos inquietaba dejó de responderse con un no. El sueño era tan profundo…

  El deseo nos llevó a los nueve meses más aterradores de nuestras vidas. El miedo se impregnaba en cada uno de los dos, ante la espera, ante la responsabilidad de criar a alguien sin ser capaces de sostenernos a nosotros mismos. Mi hijo llegó y con él la incapacidad de sentir satisfacción por lo que me rodeaba. Al sentarnos a platicar sobre qué pasaría si estuviéramos juntos nunca llegamos a esto: una casa gris en donde me sentía sola y donde el llanto del niño me recordaba la pena de no estarlo. Comencé a apodarlo Desilusión. Nunca frente a su padre, ni frente a mi familia. Ahí sonreía discretamente ante los comentarios de aprobación que todos tenían para él. “Desilusión, tu papi otra vez nos deja”, le susurraba cuando Ernesto, mi amigo, mi marido, se marchaba a un trabajo que nunca quiso. En ese momento la rutina iniciaba para mí y el pequeño. Mientras él dormía, yo me dedicaba por entero al hogar y hacía todo lo que había visto hacer a mi madre. Hasta lloraba largas horas como ella a causa del hartazgo y, justo cuando Desilusión despertaba, mis lágrimas se desvanecían para otorgarle un espacio a él.

  De manera amorosa me acercaba a su cunita, lo ponía sobre mi regazo y él comenzaba a mamar de mi pecho. Tarareaba una canción aprendida y lo mecía con ternura. “Desilusión, Desilusión”, le susurré un día mientras se alimentaba de mí. Lo quise como a nadie, pero es que el amor, y ni siquiera este como todos dicen, está peleado con la decepción y las ganas de huir. Ernesto siempre llegaba tarde y, sin preguntarme más, se limitaba a darme el beso de buenas noches que me prometió aquel día cuando hicimos nuestra desilusión. Yo sabía que era de los dos, lo único que seguíamos compartiendo. Él rara vez estuvo en juntas, desfiles, graduaciones, peleas con los vecinos, borracheras, hospitales, gritos, comidas familiares, abrazos, llanto… En fin, Ernesto era ausencia, pero compartíamos la pena. Yo sí estuve. Deambulé por la vida de mi niño como un fantasmita y olvidé que durante tantos años lo apodé Desilusión. Para mi poca o mucha suerte, él no fue capaz de hacerlo y me juzgó de mala madre. El mismo adjetivo le tocó a su padre. Alimentar la desilusión sale caro y una noche nos lo cobró.

   La porosidad del aire era una advertencia, pero como tantas otras la pasé por alto. Ernesto me besó como en los años anteriores y dormimos. Nuestro niño, que ya no era un niño, tenía años que se había marchado y pocas veces sabíamos de su destino. Quién iba a decir que entraría sin ser advertido. Quién diría que nos llevaría a la sala como cuando era pequeño y nos pondría su película favorita. Me sabía los diálogos de memoria y es que era lo único que veíamos en ese sillón viejo, los dos juntitos, mi niño y yo. Quise recuperar el nombre de mi película favorita, lo intenté como si en eso se me fuera la vida, pero, por más que hice el esfuerzo, nunca llegué a un título, ni siquiera a una ligera imagen. Ernesto y mi hijo lloraban y gritaban, pero sus formas parecían estar evaporadas. Nada estuvo claro hasta que vi la desilusión sacar el arma, apuntar a su padre con maestría y disparar sin titubeos. Grité como nunca, grité tanto que el sonido nunca llegó a mis oídos y la desesperación aumentó. Me ahogaba pidiendo ayuda, pero ya no tenía voz. Mi voz se había quedado sin eco, sabrá Dios si esa noche o la pasada, o la de hace años. Me cuestioné si había nacido con voz.

  Mirando de frente mi realidad, esperé. Esperé unos segundos y el muy desgraciado también en eso me decepcionó. Me entregó el arma y se fue de la casa, no sin antes sonreírme como si me hubiese dado un regalo: el último tiro.

  Todo seguía borroso. Recuerdo haber disparado. Recuerdo el estruendo, pero al despertar me di cuenta de que eran los cuetes de la colonia. A lado estaba mi buen amigo Ernesto, tan joven como siempre y tan vivo. Por supuesto, los dos estábamos vestidos y parecía que nos quedamos dormidos después de llorar abrazados. Aun así, la posibilidad estaba ahí. Se me había metido en el cuerpo y el miedo se sentía como un hormiguero en la boca del estómago. Me fui sin hacer ruido y estando afuera corrí como si estuviera huyendo de una profecía, del propio asesino en mi sueño.

  Es curioso, a pesar de eso, por las mañanas mientras me tomo el café para apresurarme al trabajo me pregunto: ¿Qué hubiera pasado de haberme quedado a su lado? Y cuando la duda me apachurra el alma, recorro las habitaciones de la casa, buscando si aquel hijo no me sigue acechando.

 

Para R., por enseñarme a no alimentar la desilusión.

“Pero seguro han cogido, ¿no?”. Era la pregunta inoportuna que salía a relucir en cualquier conversación que tuviéramos por más de veinte minutos con algún extraño o en cualquier fiesta de ocasión.  Me molestaba cada vez que alguien asumía que íbamos a terminar juntos, me parecía una falta de respeto hacia la amistad que habíamos construido por tantos años. Sentía que estaban afirmando que no nos amábamos y solo nos teníamos cerca a la espera de formar una relación. La cuestión es que fue difícil no escuchar las preguntas de afuera y terminamos haciéndolas nuestras. Ese día ni siquiera habíamos bebido, pero lo que nos embriagó fueron los múltiples escenarios en los que formar una relación hacía que el continuar fuese menos asfixiante. A partir de algún momento todo fue más rápido…

  La música, su cuerpo sobre el mío, mi cuerpo sobre el suyo. En algún instante ya no me fue posible detener la cronología. Había empezado con una pregunta: “¿Y si estuviésemos juntos?”. No estoy segura de quién salió aquella frase profética que nos sumió en miles de historias aterciopeladas. Cada una de esas posibilidades nos llevaban a otras y al tomarnos un respiro cada quien viajó a sus propias historias, llenas de sus propios deseos… Hasta que, claro, la pregunta que a todos inquietaba dejó de responderse con un no. El sueño era tan profundo…

  El deseo nos llevó a los nueve meses más aterradores de nuestras vidas. El miedo se impregnaba en cada uno de los dos, ante la espera, ante la responsabilidad de criar a alguien sin ser capaces de sostenernos a nosotros mismos. Mi hijo llegó y con él la incapacidad de sentir satisfacción por lo que me rodeaba. Al sentarnos a platicar sobre qué pasaría si estuviéramos juntos nunca llegamos a esto: una casa gris en donde me sentía sola y donde el llanto del niño me recordaba la pena de no estarlo. Comencé a apodarlo Desilusión. Nunca frente a su padre, ni frente a mi familia. Ahí sonreía discretamente ante los comentarios de aprobación que todos tenían para él. “Desilusión, tu papi otra vez nos deja”, le susurraba cuando Ernesto, mi amigo, mi marido, se marchaba a un trabajo que nunca quiso. En ese momento la rutina iniciaba para mí y el pequeño. Mientras él dormía, yo me dedicaba por entero al hogar y hacía todo lo que había visto hacer a mi madre. Hasta lloraba largas horas como ella a causa del hartazgo y, justo cuando Desilusión despertaba, mis lágrimas se desvanecían para otorgarle un espacio a él.

  De manera amorosa me acercaba a su cunita, lo ponía sobre mi regazo y él comenzaba a mamar de mi pecho. Tarareaba una canción aprendida y lo mecía con ternura. “Desilusión, Desilusión”, le susurré un día mientras se alimentaba de mí. Lo quise como a nadie, pero es que el amor, y ni siquiera este como todos dicen, está peleado con la decepción y las ganas de huir. Ernesto siempre llegaba tarde y, sin preguntarme más, se limitaba a darme el beso de buenas noches que me prometió aquel día cuando hicimos nuestra desilusión. Yo sabía que era de los dos, lo único que seguíamos compartiendo. Él rara vez estuvo en juntas, desfiles, graduaciones, peleas con los vecinos, borracheras, hospitales, gritos, comidas familiares, abrazos, llanto… En fin, Ernesto era ausencia, pero compartíamos la pena. Yo sí estuve. Deambulé por la vida de mi niño como un fantasmita y olvidé que durante tantos años lo apodé Desilusión. Para mi poca o mucha suerte, él no fue capaz de hacerlo y me juzgó de mala madre. El mismo adjetivo le tocó a su padre. Alimentar la desilusión sale caro y una noche nos lo cobró.

   La porosidad del aire era una advertencia, pero como tantas otras la pasé por alto. Ernesto me besó como en los años anteriores y dormimos. Nuestro niño, que ya no era un niño, tenía años que se había marchado y pocas veces sabíamos de su destino. Quién iba a decir que entraría sin ser advertido. Quién diría que nos llevaría a la sala como cuando era pequeño y nos pondría su película favorita. Me sabía los diálogos de memoria y es que era lo único que veíamos en ese sillón viejo, los dos juntitos, mi niño y yo. Quise recuperar el nombre de mi película favorita, lo intenté como si en eso se me fuera la vida, pero, por más que hice el esfuerzo, nunca llegué a un título, ni siquiera a una ligera imagen. Ernesto y mi hijo lloraban y gritaban, pero sus formas parecían estar evaporadas. Nada estuvo claro hasta que vi la desilusión sacar el arma, apuntar a su padre con maestría y disparar sin titubeos. Grité como nunca, grité tanto que el sonido nunca llegó a mis oídos y la desesperación aumentó. Me ahogaba pidiendo ayuda, pero ya no tenía voz. Mi voz se había quedado sin eco, sabrá Dios si esa noche o la pasada, o la de hace años. Me cuestioné si había nacido con voz.

  Mirando de frente mi realidad, esperé. Esperé unos segundos y el muy desgraciado también en eso me decepcionó. Me entregó el arma y se fue de la casa, no sin antes sonreírme como si me hubiese dado un regalo: el último tiro.

  Todo seguía borroso. Recuerdo haber disparado. Recuerdo el estruendo, pero al despertar me di cuenta de que eran los cuetes de la colonia. A lado estaba mi buen amigo Ernesto, tan joven como siempre y tan vivo. Por supuesto, los dos estábamos vestidos y parecía que nos quedamos dormidos después de llorar abrazados. Aun así, la posibilidad estaba ahí. Se me había metido en el cuerpo y el miedo se sentía como un hormiguero en la boca del estómago. Me fui sin hacer ruido y estando afuera corrí como si estuviera huyendo de una profecía, del propio asesino en mi sueño.

  Es curioso, a pesar de eso, por las mañanas mientras me tomo el café para apresurarme al trabajo me pregunto: ¿Qué hubiera pasado de haberme quedado a su lado? Y cuando la duda me apachurra el alma, recorro las habitaciones de la casa, buscando si aquel hijo no me sigue acechando.


Itzel Robles Mora, estudiante de Letras hispánicas en la Universidad de Guadalajara y docente de lectura y redacción. A veces escribo para sacudir mis inquietudes y ver si resuenan en otros.

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Imagen de portada: Josh

Itzel Robles Mora, estudiante de Letras hispánicas en la Universidad de Guadalajara y docente de lectura y redacción. A veces escribo para sacudir mis inquietudes y ver si resuenan en otros.

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Foto de portada: Alexey Menschikov

 

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Itzel Robles Mora, estudiante de Letras hispánicas en la Universidad de Guadalajara y docente de lectura y redacción. A veces escribo para sacudir mis inquietudes y ver si resuenan en otros.

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Todo huele a pólvora pobre...

N.015 - Poesía

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