Ellas

N.012 - Narrativa

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Escrito por Sandra Soler

Estoy aquí acariciando mis manos. Las encremo con el aceite que me han dejado, casi sin aroma, pero agradable y tibio.

Mientras las recorro, estrujo, dirijo hacia arriba y abajo cada falange como si las estuviera creando, observo sus líneas y arrugas del dorso. Sus manchas, sus cicatrices pequeñas de algún cuchillo de cocina estrenado. Las venas las circundan como meandros infinitos que fluyen sin controles. Venas que toleraron agujas y presiones diferentes.

Mis manos. Son esas que trabajaron tan duro en tantos lados diferentes fregando, cortando, escribiendo, limpiando. Llenas de anillos, vacías de promesas.

Las que descubrieron poemas en los libros y entre los poemas las flores disecadas de alguien olvidado. Que fueron relamidas luego de las dulzuras y sacudidas en saludos diferentes.

Manos que acariciaron y tocaron miembros, que excitaron buceando, sacudiendo, probando.

Que calmaron, curaron y levantaron a otros.

Esas que trenzaron los cabellos de la abuela y de la niña, las que plantaron la menta del patio. Las que trajeron al niño a su cuna y colocaron el hielo en su frente febril.

Esas que golpearon puertas y cerraron en puño mordiendo, maldiciendo.

Paso sobre los surcos y ampollas, sanando. Perdonando. Alisando. Suavizando.

Vuelvo a verter más aceite y a fregar con dulzura mis manos. La única parte de mi cuerpo que aún es solo mía. Aunque navegó por muchas aguas no quedó en ningún puerto. Mías.

Porque todo lo demás con el tiempo ha cambiado notablemente. En cambio, ellas son casi las mismas. Serviciales, obedientes, fuertemente delicadas, inadvertidas.

Amo esa parte que ha hecho tanto por mí sin desmerecerse. La única que pudo obedecerme. Que está aquí confortándome cuando no hay nadie. Ni mi cuerpo está con ellas. Ni mi mente.

Sola, recluida, amonestada por mucho tiempo, las cuido para que me preserven.

Mis manos. Las que empuñaron el cuchillo en tu estómago asqueroso, con fuerza porque no entraba fácil. En el preciso lugar que estudié minuciosamente. Hasta el mango. Mirándote a los ojos.

Mis manos, bañadas con tu vida, benditas para siempre.


Estoy aquí acariciando mis manos. Las encremo con el aceite que me han dejado, casi sin aroma, pero agradable y tibio.

Mientras las recorro, estrujo, dirijo hacia arriba y abajo cada falange como si las estuviera creando, observo sus líneas y arrugas del dorso. Sus manchas, sus cicatrices pequeñas de algún cuchillo de cocina estrenado. Las venas las circundan como meandros infinitos que fluyen sin controles. Venas que toleraron agujas y presiones diferentes.

Mis manos. Son esas que trabajaron tan duro en tantos lados diferentes fregando, cortando, escribiendo, limpiando. Llenas de anillos, vacías de promesas.

Las que descubrieron poemas en los libros y entre los poemas las flores disecadas de alguien olvidado. Que fueron relamidas luego de las dulzuras y sacudidas en saludos diferentes.

Manos que acariciaron y tocaron miembros, que excitaron buceando, sacudiendo, probando.

Que calmaron, curaron y levantaron a otros.

Esas que trenzaron los cabellos de la abuela y de la niña, las que plantaron la menta del patio. Las que trajeron al niño a su cuna y colocaron el hielo en su frente febril.

Esas que golpearon puertas y cerraron en puño mordiendo, maldiciendo.

Paso sobre los surcos y ampollas, sanando. Perdonando. Alisando. Suavizando.

Vuelvo a verter más aceite y a fregar con dulzura mis manos. La única parte de mi cuerpo que aún es solo mía. Aunque navegó por muchas aguas no quedó en ningún puerto. Mías.

Porque todo lo demás con el tiempo ha cambiado notablemente. En cambio, ellas son casi las mismas. Serviciales, obedientes, fuertemente delicadas, inadvertidas.

Amo esa parte que ha hecho tanto por mí sin desmerecerse. La única que pudo obedecerme. Que está aquí confortándome cuando no hay nadie. Ni mi cuerpo está con ellas. Ni mi mente.

Sola, recluida, amonestada por mucho tiempo, las cuido para que me preserven.

Mis manos. Las que empuñaron el cuchillo en tu estómago asqueroso, con fuerza porque no entraba fácil. En el preciso lugar que estudié minuciosamente. Hasta el mango. Mirándote a los ojos.

Mis manos, bañadas con tu vida, benditas para siempre.


Estoy aquí acariciando mis manos. Las encremo con el aceite que me han dejado, casi sin aroma, pero agradable y tibio.

Mientras las recorro, estrujo, dirijo hacia arriba y abajo cada falange como si las estuviera creando, observo sus líneas y arrugas del dorso. Sus manchas, sus cicatrices pequeñas de algún cuchillo de cocina estrenado. Las venas las circundan como meandros infinitos que fluyen sin controles. Venas que toleraron agujas y presiones diferentes.

Mis manos. Son esas que trabajaron tan duro en tantos lados diferentes fregando, cortando, escribiendo, limpiando. Llenas de anillos, vacías de promesas.

Las que descubrieron poemas en los libros y entre los poemas las flores disecadas de alguien olvidado. Que fueron relamidas luego de las dulzuras y sacudidas en saludos diferentes.

Manos que acariciaron y tocaron miembros, que excitaron buceando, sacudiendo, probando.

Que calmaron, curaron y levantaron a otros.

Esas que trenzaron los cabellos de la abuela y de la niña, las que plantaron la menta del patio. Las que trajeron al niño a su cuna y colocaron el hielo en su frente febril.

Esas que golpearon puertas y cerraron en puño mordiendo, maldiciendo.

Paso sobre los surcos y ampollas, sanando. Perdonando. Alisando. Suavizando.

Vuelvo a verter más aceite y a fregar con dulzura mis manos. La única parte de mi cuerpo que aún es solo mía. Aunque navegó por muchas aguas no quedó en ningún puerto. Mías.

Porque todo lo demás con el tiempo ha cambiado notablemente. En cambio, ellas son casi las mismas. Serviciales, obedientes, fuertemente delicadas, inadvertidas.

Amo esa parte que ha hecho tanto por mí sin desmerecerse. La única que pudo obedecerme. Que está aquí confortándome cuando no hay nadie. Ni mi cuerpo está con ellas. Ni mi mente.

Sola, recluida, amonestada por mucho tiempo, las cuido para que me preserven.

Mis manos. Las que empuñaron el cuchillo en tu estómago asqueroso, con fuerza porque no entraba fácil. En el preciso lugar que estudié minuciosamente. Hasta el mango. Mirándote a los ojos.

Mis manos, bañadas con tu vida, benditas para siempre.


Estoy aquí acariciando mis manos. Las encremo con el aceite que me han dejado, casi sin aroma, pero agradable y tibio.

Mientras las recorro, estrujo, dirijo hacia arriba y abajo cada falange como si las estuviera creando, observo sus líneas y arrugas del dorso. Sus manchas, sus cicatrices pequeñas de algún cuchillo de cocina estrenado. Las venas las circundan como meandros infinitos que fluyen sin controles. Venas que toleraron agujas y presiones diferentes.

Mis manos. Son esas que trabajaron tan duro en tantos lados diferentes fregando, cortando, escribiendo, limpiando. Llenas de anillos, vacías de promesas.

Las que descubrieron poemas en los libros y entre los poemas las flores disecadas de alguien olvidado. Que fueron relamidas luego de las dulzuras y sacudidas en saludos diferentes.

Manos que acariciaron y tocaron miembros, que excitaron buceando, sacudiendo, probando.

Que calmaron, curaron y levantaron a otros.

Esas que trenzaron los cabellos de la abuela y de la niña, las que plantaron la menta del patio. Las que trajeron al niño a su cuna y colocaron el hielo en su frente febril.

Esas que golpearon puertas y cerraron en puño mordiendo, maldiciendo.

Paso sobre los surcos y ampollas, sanando. Perdonando. Alisando. Suavizando.

Vuelvo a verter más aceite y a fregar con dulzura mis manos. La única parte de mi cuerpo que aún es solo mía. Aunque navegó por muchas aguas no quedó en ningún puerto. Mías.

Porque todo lo demás con el tiempo ha cambiado notablemente. En cambio, ellas son casi las mismas. Serviciales, obedientes, fuertemente delicadas, inadvertidas.

Amo esa parte que ha hecho tanto por mí sin desmerecerse. La única que pudo obedecerme. Que está aquí confortándome cuando no hay nadie. Ni mi cuerpo está con ellas. Ni mi mente.

Sola, recluida, amonestada por mucho tiempo, las cuido para que me preserven.

Mis manos. Las que empuñaron el cuchillo en tu estómago asqueroso, con fuerza porque no entraba fácil. En el preciso lugar que estudié minuciosamente. Hasta el mango. Mirándote a los ojos.

Mis manos, bañadas con tu vida, benditas para siempre.

Estoy aquí acariciando mis manos. Las encremo con el aceite que me han dejado, casi sin aroma, pero agradable y tibio.

Mientras las recorro, estrujo, dirijo hacia arriba y abajo cada falange como si las estuviera creando, observo sus líneas y arrugas del dorso. Sus manchas, sus cicatrices pequeñas de algún cuchillo de cocina estrenado. Las venas las circundan como meandros infinitos que fluyen sin controles. Venas que toleraron agujas y presiones diferentes.

Mis manos. Son esas que trabajaron tan duro en tantos lados diferentes fregando, cortando, escribiendo, limpiando. Llenas de anillos, vacías de promesas.

Las que descubrieron poemas en los libros y entre los poemas las flores disecadas de alguien olvidado. Que fueron relamidas luego de las dulzuras y sacudidas en saludos diferentes.

Manos que acariciaron y tocaron miembros, que excitaron buceando, sacudiendo, probando.

Que calmaron, curaron y levantaron a otros.

Esas que trenzaron los cabellos de la abuela y de la niña, las que plantaron la menta del patio. Las que trajeron al niño a su cuna y colocaron el hielo en su frente febril.

Esas que golpearon puertas y cerraron en puño mordiendo, maldiciendo.

Paso sobre los surcos y ampollas, sanando. Perdonando. Alisando. Suavizando.

Vuelvo a verter más aceite y a fregar con dulzura mis manos. La única parte de mi cuerpo que aún es solo mía. Aunque navegó por muchas aguas no quedó en ningún puerto. Mías.

Porque todo lo demás con el tiempo ha cambiado notablemente. En cambio, ellas son casi las mismas. Serviciales, obedientes, fuertemente delicadas, inadvertidas.

Amo esa parte que ha hecho tanto por mí sin desmerecerse. La única que pudo obedecerme. Que está aquí confortándome cuando no hay nadie. Ni mi cuerpo está con ellas. Ni mi mente.

Sola, recluida, amonestada por mucho tiempo, las cuido para que me preserven.

Mis manos. Las que empuñaron el cuchillo en tu estómago asqueroso, con fuerza porque no entraba fácil. En el preciso lugar que estudié minuciosamente. Hasta el mango. Mirándote a los ojos.

Mis manos, bañadas con tu vida, benditas para siempre.


Sandra Soler
sandramariasol@hotmail.com
Argentina Chaco Resistencia C.P. 3500

Imagen de portada: Cristina Coral

Sandra Soler
sandramariasol@hotmail.com
Argentina Chaco Resistencia C.P. 3500

Imagen de portada: Philippe Gontier

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