El Monchis

N.003 - Narrativa

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Escrito por Holden Melaza

Cada vez hay más gordos, chacho, y los gordos gastan mucho de todo. No dejan de zampar mierda y creen que luego con comprar esos trastos de la teletienda y haciendo dietas del pepino lo arreglan todo. Sí, joder, la máquina esa de los abdominales que te la pones y hala... como si con eso desapareciera el hecho de que cada vez que comen lo hacen como si fuese su última cena. No tienen autocontrol y les da igual, prefieren creer en fórmulas mágicas en lugar de cortarse un poco con la comida. Cualquier cosa menos privarse. Eso no es así, chacho. La pérdida jode. Si no la sufres, no la tienes, ¿sabes? Además, en un mundo como éste, en el que cada persona que nace es una persona menos que puede vivir, ellos se comen la ración diaria de un yemení adulto solo en el almuerzo. ¿Que qué considero gordo? Alguien que pierde la compostura comiendo. Eso es un gordo. Yo tengo un plan. Sí, chacho, un método para licuar a todos esos zampapancetas. No a todos, no a todos. Dejaría en paz a los hereditarios, pero a los que calman sus sentimientos papeando o hacen seis comidas al día.... Como Fido Dido iban a quedar. ¿Cómo? Escucha. ¿Has oído hablar de esos campamentos de adelgazamiento? Como los que salen en la pelis yankis, sí. Yo montaría uno. Alejado de todo, en el campo, con sus actividades diarias de ejercicio, control de peso semanal, dos comidas al día a base de avena y muesli... pero el mío tendría algo distinto. Las cámaras del monchis, del hambre química. Sí, sí. Imagínate. Los internos van hacer alguna de las actividades programadas en el horario o a sus habitaciones o alguna zona común para alguna reunión ¿no? Y de repente... ¡Zas! Se quedarían encerrados. Ellos no sabrían que todas las habitaciones de cada edificio del campamento son cámaras selladas. Todas estarían conectadas a una habitación central donde estarían los monitores, nosotros. El Tote, el Pernía, el Abdala, el Gorras, tú, yo... toda la parroquia del humo. En esa sala central estaríamos como en el Cafetín o en el Penicilino. De parloteo y fumando hash y verde durante horas y horas, pero todo ese humo, en lugar de perderse, iría a parar a las habitaciones donde estuviesen encerrados los tigretones a través de un sistema de ventilación. En vez de yklon B, THC. Los primeros minutos solo notarían el olor, pero un rato después... ¿qué pasaría? Que les empezaría a dar el hambre, el monchis y no podrían calmar la gusa. Solo joderse y aguantarse con la sinfonía de sus tripas como música de fondo. Cierto, la primera vez les pondría en guardia, ¿y qué? todas las habitaciones serían más herméticas que el culo de un camionero. Habría siempre una pandilla de grifotas ahumándoles día y noche en cualquier momento, sin previo aviso. No tendrían escapatoria, recuerda que estarían alejados de todo. Tendrían que andar un maratón para volver a la civilización. Al principio lo pasarían mal, sería jodido, pero después de un día, una semana, un mes... Acabarían por ganar autocontrol. Se verían obligados a confrontar el hambre cara a cara y no podrían cebarse después. El monchis funcionaría como inhibidor, no como estimulante. Después de salir del campamento quizás volvieran a lo mismo de siempre, pero al menos descubrirían que la gula tiene cura. Ya sé, ya sé, llámame nazi, pero oye, ¿no dicen que la letra con sangre entra? pues la grasa con humo sale, chacho.

 

Cada vez hay más gordos, chacho, y los gordos gastan mucho de todo. No dejan de zampar mierda y creen que luego con comprar esos trastos de la teletienda y haciendo dietas del pepino lo arreglan todo. Sí, joder, la máquina esa de los abdominales que te la pones y hala... como si con eso desapareciera el hecho de que cada vez que comen lo hacen como si fuese su última cena. No tienen autocontrol y les da igual, prefieren creer en fórmulas mágicas en lugar de cortarse un poco con la comida. Cualquier cosa menos privarse. Eso no es así, chacho. La pérdida jode. Si no la sufres, no la tienes, ¿sabes? Además, en un mundo como éste, en el que cada persona que nace es una persona menos que puede vivir, ellos se comen la ración diaria de un yemení adulto sólo en el almuerzo. ¿Que qué considero gordo? Alguien que pierde la compostura comiendo. Eso es un gordo. Yo tengo un plan. Sí, chacho, un método para licuar a todos esos zampapancetas. No a todos, no a todos. Dejaría en paz a los hereditarios, pero a los que calman sus sentimientos papeando o hacen seis comidas al día.... Como Fido Dido iban a quedar. ¿Cómo? Escucha. ¿Has oído hablar de esos campamentos de adelgazamiento? Como los que salen en la pelis yankis, sí. Yo montaría uno. Alejado de todo, en el campo, con sus actividades diarias de ejercicio, control de peso semanal, dos comidas al día a base de avena y muesli... pero el mío tendría algo distinto. Las cámaras del monchis, del hambre química. Sí, sí. Imagínate. Los internos van hacer alguna de las actividades programadas en el horario o a sus habitaciones o alguna zona común para alguna reunión ¿no? Y de repente... ¡Zas! Se quedarían encerrados. Ellos no sabrían que todas las habitaciones de cada edificio del campamento son cámaras selladas. Todas estarían conectadas a una habitación central donde estarían los monitores, nosotros. El Tote, el Pernía, el Abdala, el Gorras, tú, yo... toda la parroquia del humo. En esa sala central estaríamos como en el Cafetín o en el Penicilino. De parloteo y fumando hash y verde durante horas y horas, pero todo ese humo, en lugar de perderse, iría a parar a las habitaciones donde estuviesen encerrados los tigretones a través de un sistema de ventilación. En vez de yklon B, THC. Los primeros minutos sólo notarían el olor, pero un rato después... ¿qué pasaría? Que les empezaría a dar el hambre, el monchis y no podrían calmar la gusa. Sólo joderse y aguantarse con la sinfonía de sus tripas como música de fondo. Cierto, la primera vez les pondría en guardia, ¿y qué? todas las habitaciones serían más herméticas que el culo de un camionero. Habría siempre una pandilla de grifotas ahumándoles día y noche en cualquier momento, sin previo aviso. No tendrían escapatoria, recuerda que estarían alejados de todo. Tendrían que andar un maratón para volver a la civilización. Al principio lo pasarían mal, sería jodido, pero después de un día, una semana, un mes... Acabarían por ganar autocontrol. Se verían obligados a confrontar el hambre cara a cara y no podrían cebarse después. El monchis funcionaría como inhibidor, no como estimulante. Después de salir del campamento quizás volvieran a lo mismo de siempre, pero al menos descubrirían que la gula tiene cura. Ya sé, ya sé, llámame nazi, pero oye, ¿no dicen que la letra con sangre entra? pues la grasa con humo sale, chacho.


Cada vez hay más gordos, chacho, y los gordos gastan mucho de todo. No dejan de zampar mierda y creen que luego con comprar esos trastos de la teletienda y haciendo dietas del pepino lo arreglan todo. Sí, joder, la máquina esa de los abdominales que te la pones y hala... como si con eso desapareciera el hecho de que cada vez que comen lo hacen como si fuese su última cena. No tienen autocontrol y les da igual, prefieren creer en fórmulas mágicas en lugar de cortarse un poco con la comida. Cualquier cosa menos privarse. Eso no es así, chacho. La pérdida jode. Si no la sufres, no la tienes, ¿sabes? Además, en un mundo como éste, en el que cada persona que nace es una persona menos que puede vivir, ellos se comen la ración diaria de un yemení adulto sólo en el almuerzo. ¿Que qué considero gordo? Alguien que pierde la compostura comiendo. Eso es un gordo. Yo tengo un plan. Sí, chacho, un método para licuar a todos esos zampapancetas. No a todos, no a todos. Dejaría en paz a los hereditarios, pero a los que calman sus sentimientos papeando o hacen seis comidas al día.... Como Fido Dido iban a quedar. ¿Cómo? Escucha. ¿Has oído hablar de esos campamentos de adelgazamiento? Como los que salen en la pelis yankis, sí. Yo montaría uno. Alejado de todo, en el campo, con sus actividades diarias de ejercicio, control de peso semanal, dos comidas al día a base de avena y muesli... pero el mío tendría algo distinto. Las cámaras del monchis, del hambre química. Sí, sí. Imagínate. Los internos van hacer alguna de las actividades programadas en el horario o a sus habitaciones o alguna zona común para alguna reunión ¿no? Y de repente... ¡Zas! Se quedarían encerrados. Ellos no sabrían que todas las habitaciones de cada edificio del campamento son cámaras selladas. Todas estarían conectadas a una habitación central donde estarían los monitores, nosotros. El Tote, el Pernía, el Abdala, el Gorras, tú, yo... toda la parroquia del humo. En esa sala central estaríamos como en el Cafetín o en el Penicilino. De parloteo y fumando hash y verde durante horas y horas, pero todo ese humo, en lugar de perderse, iría a parar a las habitaciones donde estuviesen encerrados los tigretones a través de un sistema de ventilación. En vez de yklon B, THC. Los primeros minutos sólo notarían el olor, pero un rato después... ¿qué pasaría? Que les empezaría a dar el hambre, el monchis y no podrían calmar la gusa. Sólo joderse y aguantarse con la sinfonía de sus tripas como música de fondo. Cierto, la primera vez les pondría en guardia, ¿y qué? todas las habitaciones serían más herméticas que el culo de un camionero. Habría siempre una pandilla de grifotas ahumándoles día y noche en cualquier momento, sin previo aviso. No tendrían escapatoria, recuerda que estarían alejados de todo. Tendrían que andar un maratón para volver a la civilización. Al principio lo pasarían mal, sería jodido, pero después de un día, una semana, un mes... Acabarían por ganar autocontrol. Se verían obligados a confrontar el hambre cara a cara y no podrían cebarse después. El monchis funcionaría como inhibidor, no como estimulante. Después de salir del campamento quizás volvieran a lo mismo de siempre, pero al menos descubrirían que la gula tiene cura. Ya sé, ya sé, llámame nazi, pero oye, ¿no dicen que la letra con sangre entra? pues la grasa con humo sale, chacho.

 

Cada vez hay más gordos, chacho, y los gordos gastan mucho de todo. No dejan de zampar mierda y creen que luego con comprar esos trastos de la teletienda y haciendo dietas del pepino lo arreglan todo. Sí, joder, la máquina esa de los abdominales que te la pones y hala... como si con eso desapareciera el hecho de que cada vez que comen lo hacen como si fuese su última cena. No tienen autocontrol y les da igual, prefieren creer en fórmulas mágicas en lugar de cortarse un poco con la comida. Cualquier cosa menos privarse. Eso no es así, chacho. La pérdida jode. Si no la sufres, no la tienes, ¿sabes? Además, en un mundo como éste, en el que cada persona que nace es una persona menos que puede vivir, ellos se comen la ración diaria de un yemení adulto sólo en el almuerzo. ¿Que qué considero gordo? Alguien que pierde la compostura comiendo. Eso es un gordo. Yo tengo un plan. Sí, chacho, un método para licuar a todos esos zampapancetas. No a todos, no a todos. Dejaría en paz a los hereditarios, pero a los que calman sus sentimientos papeando o hacen seis comidas al día.... Como Fido Dido iban a quedar. ¿Cómo? Escucha. ¿Has oído hablar de esos campamentos de adelgazamiento? Como los que salen en la pelis yankis, sí. Yo montaría uno. Alejado de todo, en el campo, con sus actividades diarias de ejercicio, control de peso semanal, dos comidas al día a base de avena y muesli... pero el mío tendría algo distinto. Las cámaras del monchis, del hambre química. Sí, sí. Imagínate. Los internos van hacer alguna de las actividades programadas en el horario o a sus habitaciones o alguna zona común para alguna reunión ¿no? Y de repente... ¡Zas! Se quedarían encerrados. Ellos no sabrían que todas las habitaciones de cada edificio del campamento son cámaras selladas. Todas estarían conectadas a una habitación central donde estarían los monitores, nosotros. El Tote, el Pernía, el Abdala, el Gorras, tú, yo... toda la parroquia del humo. En esa sala central estaríamos como en el Cafetín o en el Penicilino. De parloteo y fumando hash y verde durante horas y horas, pero todo ese humo, en lugar de perderse, iría a parar a las habitaciones donde estuviesen encerrados los tigretones a través de un sistema de ventilación. En vez de yklon B, THC. Los primeros minutos sólo notarían el olor, pero un rato después... ¿qué pasaría? Que les empezaría a dar el hambre, el monchis y no podrían calmar la gusa. Sólo joderse y aguantarse con la sinfonía de sus tripas como música de fondo. Cierto, la primera vez les pondría en guardia, ¿y qué? todas las habitaciones serían más herméticas que el culo de un camionero. Habría siempre una pandilla de grifotas ahumándoles día y noche en cualquier momento, sin previo aviso. No tendrían escapatoria, recuerda que estarían alejados de todo. Tendrían que andar un maratón para volver a la civilización. Al principio lo pasarían mal, sería jodido, pero después de un día, una semana, un mes... Acabarían por ganar autocontrol. Se verían obligados a confrontar el hambre cara a cara y no podrían cebarse después. El monchis funcionaría como inhibidor, no como estimulante. Después de salir del campamento quizás volvieran a lo mismo de siempre, pero al menos descubrirían que la gula tiene cura. Ya sé, ya sé, llámame nazi, pero oye, ¿no dicen que la letra con sangre entra? pues la grasa con humo sale, chacho.


Holden Melaza. Nació en Valladolid aunque cuando le pregunten él contesta siempre que es del Bierzo. Noctivago reincidente, falso ermitaño, bebedor devoto... Sus conocidos dicen que es un judío con prepucio que comenzó a escribir para que no se le olvidarán las anécdotas. Actualmente se encuentra enclaustrado en la redacción de un ensayo titulado “Benditos Malditos” que el asegura tendrá listo para Navidad. Probablemente, jamás lo acabe.

Imagen de portada: Vittorio Ciccarelli

Holden Melaza. Nació en Valladolid aunque cuando le pregunten él contesta siempre que es del Bierzo. Noctivago reincidente, falso ermitaño, bebedor devoto... Sus conocidos dicen que es un judío con prepucio que comenzó a escribir para que no se le olvidarán las anécdotas. Actualmente se encuentra enclaustrado en la redacción de un ensayo titulado “Benditos Malditos” que el asegura tendrá listo para Navidad. Probablemente, jamás lo acabe. 

Imagen de portada: Vittorio Ciccarelli

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