El dios crucificado

N.014 - Narrativa

El dios crucificado

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El dios crucificado

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El dios crucificado

N.014 - Narrativa

Escrito por David Espino Lozada

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Escrito por David Espino Lozada

Quienes me hayan leído antes sabrán que he escrito de manera extensa sobre el abad […] y su trabajo de autor-copista. Más en específico, sobre su traducción al latín del texto que en la crítica bíblica es conocido ahora como el Apocalipsis de […], pero que en la terminología clásica de Constantin Tischendorf se llama La vida de Set según el monje […], porque Tischendorf y su escuela creyeron que se trataba de un texto original, pese a la dificultad de conciliar las contradicciones que los fragmentos b6-20, c8-12, f7 y —tras una serie de meticulosos estudios (véase mi libro El madero de la vida, Yale UP, 2008)— el f46 presentan. Cuando a mediados del siglo pasado se descubrieron dos versiones más antiguas, escritas en griego koiné y en armenio —esta última ya con el título de Apocalipsis, que también aparece mencionado en la obra de san Atanasio, Contra Manetón—, el abad […] perdió relevancia en el mundo académico y, debido a que su versión del Apocalipsis es más corta, casi todos los estudios se centran, desde entonces, en la versión griega. Así que cuando yo publiqué, junto con la Universidad de Tel Aviv, una edición crítica del texto del abad […], bajo el nombre clásico La vida de Set según el monje […], se armó una gran controversia y desde aquel entonces —este año se cumplen 30 años— he sido rechazado por muchos de mis compañeros académicos, que me han considerado como un charlatán por dotar de originalidad al abad […], que porque según ellos el hombre no era más que un pobre religioso del monasterio de […], que ahí nunca hubo ningún asceta ilustre, que esa región siempre ha sido cuna de estúpidos y rufianes y que, seguramente, si el abad […] en verdad existió, vendría más bien de […] o de […], donde se sabe que los religiosos eran gente docta. Tales han sido los argumentos que mis compañeros espetan y, cuando saben que no hay ninguna base científica para esas acusaciones, entonces regresan a su teoría de que existe una mítica fuente J, pues es la única manera en la que se explican el originalísimo final con el que el abad […] termina su manuscrito, no sin firmar con nombre y fecha después de una doxología que también sostengo es de su autoría.

Pues bien, por si fuera poco, mi reputación se ha vuelto a ver lastimada después de que un escritor novel, un tal David Espino Lozada, pensó que sería gracioso publicar mi edición de La vida de Set según el monje […] como si fuera suya, y para no levantar sospechas le cortó la oración y redactó algunos fragmentos, eliminó la división de Tischendorf y de Avery y le cambió el nombre a Un dios crucificado, haciendo referencia al discurso del arcángel en f46, pero también recortó esta parte y arruinó la riqueza del texto original con estas decisiones y con su propia mala traducción de mi edición en hebreo. Para justificarse, mintió diciendo que se trataba de una traducción propia del griego y que la hizo con un diccionario para turistas. Con esto bastó para que me acusaran a mí de plagio, a pesar de que el texto del abad […] se conoce desde mediados del siglo XIX. Ningún argumento que he dado logró convencer a la gente que yo he dedicado toda mi vida al abad […] y que mi edición de La vida de Set fue publicada antes de que el tal Espino Lozada naciera. Cuando la controversia llegó a las autoridades de la universidad, me amenazaron con no volver a reimprimir La vida de Set y, aunque no me despidieron, me quitaron por un semestre todos mis grupos a los que daba clase.

Confieso que, motivado por la venganza, decidí emprender una investigación exhaustiva sobre la vida del abad […]. El primer problema, claro está, es que solo tenemos su nombre de pila. Y a pesar de que viajé a […], el nombre […] era muy común en la región para aquel entonces. No obstante, si leyeron El madero de la vida, sabrán que yo propongo que la fecha que firmó el abad es genuina y en los registros de aquel entonces, en un monasterio aledaño, hablan de un monje de la orden de […] —misma orden del abad […]—, el mismo del autor de La vida de Set, que era milenarista. Este hombre parece haber dirigido una escuela de algún tipo y, si bien no era herejía nada de lo que decía, sí estaba al borde de serlo y por lo mismo parece que, desde entonces, sus ideas se esparcieron a unos cuantos y de manera muy específica. El próximo paso era revisar si aparecía el nombre […] en los registros legales, pero la situación sanitaria me lo impidió y el archivo parece que no abrirá hasta dentro de un buen tiempo. Sin poder continuar con la investigación para limpiar mi nombre, mi esposa me sugirió que por qué no hacía lo mismo que aquel chico ladrón; en otras palabras, novelar la vida del abad […]. Y solamente acepté porque ya estaba harto de estar en casa encerrado, sin nada más que hacer. Así que, como mi debut en el mundo de las letras, les presento a ustedes la novela El dios crucificado. Me gustaría poder hablar sobre lo que sucede en la obra, para promocionarla de manera correcta, pues nada apunta a que sea un éxito de ventas. Sin embargo, las revistas literarias siempre nos cuentan las palabras y procuran que no nos pasemos ni un punto más, pero ¿qué voy a poder decir yo de interesante en dos páginas? No importa, lo único que les pido es que por favor me lean porque, si no es así, ¿qué más me queda? 


Anexo aquí una copia de un texto que me robé, escrito por □ □ □ □ □ para promocionar su nuevo libro sobre el Apocalipsis de [...].  Lo mínimo que puedo hacer es encontrarle un lugar para ser publicado.


Quienes me hayan leído antes sabrán que he escrito de manera extensa sobre el abad […] y su trabajo de autor-copista. Más en específico, sobre su traducción al latín del texto que en la crítica bíblica es conocido ahora como el Apocalipsis de […], pero que en la terminología clásica de Constantin Tischendorf se llama La vida de Set según el monje […], porque Tischendorf y su escuela creyeron que se trataba de un texto original, pese a la dificultad de conciliar las contradicciones que los fragmentos b6-20, c8-12, f7 y —tras una serie de meticulosos estudios (véase mi libro El madero de la vida, Yale UP, 2008)— el f46 presentan. Cuando a mediados del siglo pasado se descubrieron dos versiones más antiguas, escritas en griego koiné y en armenio —esta última ya con el título de Apocalipsis, que también aparece mencionado en la obra de san Atanasio, Contra Manetón—, el abad […] perdió relevancia en el mundo académico y, debido a que su versión del Apocalipsis es más corta, casi todos los estudios se centran, desde entonces, en la versión griega. Así que cuando yo publiqué, junto con la Universidad de Tel Aviv, una edición crítica del texto del abad […], bajo el nombre clásico La vida de Set según el monje […], se armó una gran controversia y desde aquel entonces —este año se cumplen 30 años— he sido rechazado por muchos de mis compañeros académicos, que me han considerado como un charlatán por dotar de originalidad al abad […], que porque según ellos el hombre no era más que un pobre religioso del monasterio de […], que ahí nunca hubo ningún asceta ilustre, que esa región siempre ha sido cuna de estúpidos y rufianes y que, seguramente, si el abad […] en verdad existió, vendría más bien de […] o de […], donde se sabe que los religiosos eran gente docta. Tales han sido los argumentos que mis compañeros espetan y, cuando saben que no hay ninguna base científica para esas acusaciones, entonces regresan a su teoría de que existe una mítica fuente J, pues es la única manera en la que se explican el originalísimo final con el que el abad […] termina su manuscrito, no sin firmar con nombre y fecha después de una doxología que también sostengo es de su autoría.

Pues bien, por si fuera poco, mi reputación se ha vuelto a ver lastimada después de que un escritor novel, un tal David Espino Lozada, pensó que sería gracioso publicar mi edición de La vida de Set según el monje […] como si fuera suya, y para no levantar sospechas le cortó la oración y redactó algunos fragmentos, eliminó la división de Tischendorf y de Avery y le cambió el nombre a Un dios crucificado, haciendo referencia al discurso del arcángel en f46, pero también recortó esta parte y arruinó la riqueza del texto original con estas decisiones y con su propia mala traducción de mi edición en hebreo. Para justificarse, mintió diciendo que se trataba de una traducción propia del griego y que la hizo con un diccionario para turistas. Con esto bastó para que me acusaran a mí de plagio, a pesar de que el texto del abad […] se conoce desde mediados del siglo XIX. Ningún argumento que he dado logró convencer a la gente que yo he dedicado toda mi vida al abad […] y que mi edición de La vida de Set fue publicada antes de que el tal Espino Lozada naciera. Cuando la controversia llegó a las autoridades de la universidad, me amenazaron con no volver a reimprimir La vida de Set y, aunque no me despidieron, me quitaron por un semestre todos mis grupos a los que daba clase.

Confieso que, motivado por la venganza, decidí emprender una investigación exhaustiva sobre la vida del abad […]. El primer problema, claro está, es que solo tenemos su nombre de pila. Y a pesar de que viajé a […], el nombre […] era muy común en la región para aquel entonces. No obstante, si leyeron El madero de la vida, sabrán que yo propongo que la fecha que firmó el abad es genuina y en los registros de aquel entonces, en un monasterio aledaño, hablan de un monje de la orden de […] —misma orden del abad […]—, el mismo del autor de La vida de Set, que era milenarista. Este hombre parece haber dirigido una escuela de algún tipo y, si bien no era herejía nada de lo que decía, sí estaba al borde de serlo y por lo mismo parece que, desde entonces, sus ideas se esparcieron a unos cuantos y de manera muy específica. El próximo paso era revisar si aparecía el nombre […] en los registros legales, pero la situación sanitaria me lo impidió y el archivo parece que no abrirá hasta dentro de un buen tiempo. Sin poder continuar con la investigación para limpiar mi nombre, mi esposa me sugirió que por qué no hacía lo mismo que aquel chico ladrón; en otras palabras, novelar la vida del abad […]. Y solamente acepté porque ya estaba harto de estar en casa encerrado, sin nada más que hacer. Así que, como mi debut en el mundo de las letras, les presento a ustedes la novela El dios crucificado. Me gustaría poder hablar sobre lo que sucede en la obra, para promocionarla de manera correcta, pues nada apunta a que sea un éxito de ventas. Sin embargo, las revistas literarias siempre nos cuentan las palabras y procuran que no nos pasemos ni un punto más, pero ¿qué voy a poder decir yo de interesante en dos páginas? No importa, lo único que les pido es que por favor me lean porque, si no es así, ¿qué más me queda? 


Anexo aquí una copia de un texto que me robé, escrito por □ □ □ □ □ para promocionar su nuevo libro sobre el Apocalipsis de [...].  Lo mínimo que puedo hacer es encontrarle un lugar para ser publicado.

 

Quienes me hayan leído antes sabrán que he escrito de manera extensa sobre el abad […] y su trabajo de autor-copista. Más en específico, sobre su traducción al latín del texto que en la crítica bíblica es conocido ahora como el Apocalipsis de […], pero que en la terminología clásica de Constantin Tischendorf se llama La vida de Set según el monje […], porque Tischendorf y su escuela creyeron que se trataba de un texto original, pese a la dificultad de conciliar las contradicciones que los fragmentos b6-20, c8-12, f7 y —tras una serie de meticulosos estudios (véase mi libro El madero de la vida, Yale UP, 2008)— el f46 presentan. Cuando a mediados del siglo pasado se descubrieron dos versiones más antiguas, escritas en griego koiné y en armenio —esta última ya con el título de Apocalipsis, que también aparece mencionado en la obra de san Atanasio, Contra Manetón—, el abad […] perdió relevancia en el mundo académico y, debido a que su versión del Apocalipsis es más corta, casi todos los estudios se centran, desde entonces, en la versión griega. Así que cuando yo publiqué, junto con la Universidad de Tel Aviv, una edición crítica del texto del abad […], bajo el nombre clásico La vida de Set según el monje […], se armó una gran controversia y desde aquel entonces —este año se cumplen 30 años— he sido rechazado por muchos de mis compañeros académicos, que me han considerado como un charlatán por dotar de originalidad al abad […], que porque según ellos el hombre no era más que un pobre religioso del monasterio de […], que ahí nunca hubo ningún asceta ilustre, que esa región siempre ha sido cuna de estúpidos y rufianes y que, seguramente, si el abad […] en verdad existió, vendría más bien de […] o de […], donde se sabe que los religiosos eran gente docta. Tales han sido los argumentos que mis compañeros espetan y, cuando saben que no hay ninguna base científica para esas acusaciones, entonces regresan a su teoría de que existe una mítica fuente J, pues es la única manera en la que se explican el originalísimo final con el que el abad […] termina su manuscrito, no sin firmar con nombre y fecha después de una doxología que también sostengo es de su autoría.

Pues bien, por si fuera poco, mi reputación se ha vuelto a ver lastimada después de que un escritor novel, un tal David Espino Lozada, pensó que sería gracioso publicar mi edición de La vida de Set según el monje […] como si fuera suya, y para no levantar sospechas le cortó la oración y redactó algunos fragmentos, eliminó la división de Tischendorf y de Avery y le cambió el nombre a Un dios crucificado, haciendo referencia al discurso del arcángel en f46, pero también recortó esta parte y arruinó la riqueza del texto original con estas decisiones y con su propia mala traducción de mi edición en hebreo. Para justificarse, mintió diciendo que se trataba de una traducción propia del griego y que la hizo con un diccionario para turistas. Con esto bastó para que me acusaran a mí de plagio, a pesar de que el texto del abad […] se conoce desde mediados del siglo XIX. Ningún argumento que he dado logró convencer a la gente que yo he dedicado toda mi vida al abad […] y que mi edición de La vida de Set fue publicada antes de que el tal Espino Lozada naciera. Cuando la controversia llegó a las autoridades de la universidad, me amenazaron con no volver a reimprimir La vida de Set y, aunque no me despidieron, me quitaron por un semestre todos mis grupos a los que daba clase.

Confieso que, motivado por la venganza, decidí emprender una investigación exhaustiva sobre la vida del abad […]. El primer problema, claro está, es que solo tenemos su nombre de pila. Y a pesar de que viajé a […], el nombre […] era muy común en la región para aquel entonces. No obstante, si leyeron El madero de la vida, sabrán que yo propongo que la fecha que firmó el abad es genuina y en los registros de aquel entonces, en un monasterio aledaño, hablan de un monje de la orden de […] —misma orden del abad […]—, el mismo del autor de La vida de Set, que era milenarista. Este hombre parece haber dirigido una escuela de algún tipo y, si bien no era herejía nada de lo que decía, sí estaba al borde de serlo y por lo mismo parece que, desde entonces, sus ideas se esparcieron a unos cuantos y de manera muy específica. El próximo paso era revisar si aparecía el nombre […] en los registros legales, pero la situación sanitaria me lo impidió y el archivo parece que no abrirá hasta dentro de un buen tiempo. Sin poder continuar con la investigación para limpiar mi nombre, mi esposa me sugirió que por qué no hacía lo mismo que aquel chico ladrón; en otras palabras, novelar la vida del abad […]. Y solamente acepté porque ya estaba harto de estar en casa encerrado, sin nada más que hacer. Así que, como mi debut en el mundo de las letras, les presento a ustedes la novela El dios crucificado. Me gustaría poder hablar sobre lo que sucede en la obra, para promocionarla de manera correcta, pues nada apunta a que sea un éxito de ventas. Sin embargo, las revistas literarias siempre nos cuentan las palabras y procuran que no nos pasemos ni un punto más, pero ¿qué voy a poder decir yo de interesante en dos páginas? No importa, lo único que les pido es que por favor me lean porque, si no es así, ¿qué más me queda? 


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Quienes me hayan leído antes sabrán que he escrito de manera extensa sobre el abad […] y su trabajo de autor-copista. Más en específico, sobre su traducción al latín del texto que en la crítica bíblica es conocido ahora como el Apocalipsis de […], pero que en la terminología clásica de Constantin Tischendorf se llama La vida de Set según el monje […], porque Tischendorf y su escuela creyeron que se trataba de un texto original, pese a la dificultad de conciliar las contradicciones que los fragmentos b6-20, c8-12, f7 y —tras una serie de meticulosos estudios (véase mi libro El madero de la vida, Yale UP, 2008)— el f46 presentan. Cuando a mediados del siglo pasado se descubrieron dos versiones más antiguas, escritas en griego koiné y en armenio —esta última ya con el título de Apocalipsis, que también aparece mencionado en la obra de san Atanasio, Contra Manetón—, el abad […] perdió relevancia en el mundo académico y, debido a que su versión del Apocalipsis es más corta, casi todos los estudios se centran, desde entonces, en la versión griega. Así que cuando yo publiqué, junto con la Universidad de Tel Aviv, una edición crítica del texto del abad […], bajo el nombre clásico La vida de Set según el monje […], se armó una gran controversia y desde aquel entonces —este año se cumplen 30 años— he sido rechazado por muchos de mis compañeros académicos, que me han considerado como un charlatán por dotar de originalidad al abad […], que porque según ellos el hombre no era más que un pobre religioso del monasterio de […], que ahí nunca hubo ningún asceta ilustre, que esa región siempre ha sido cuna de estúpidos y rufianes y que, seguramente, si el abad […] en verdad existió, vendría más bien de […] o de […], donde se sabe que los religiosos eran gente docta. Tales han sido los argumentos que mis compañeros espetan y, cuando saben que no hay ninguna base científica para esas acusaciones, entonces regresan a su teoría de que existe una mítica fuente J, pues es la única manera en la que se explican el originalísimo final con el que el abad […] termina su manuscrito, no sin firmar con nombre y fecha después de una doxología que también sostengo es de su autoría.

Pues bien, por si fuera poco, mi reputación se ha vuelto a ver lastimada después de que un escritor novel, un tal David Espino Lozada, pensó que sería gracioso publicar mi edición de La vida de Set según el monje […] como si fuera suya, y para no levantar sospechas le cortó la oración y redactó algunos fragmentos, eliminó la división de Tischendorf y de Avery y le cambió el nombre a Un dios crucificado, haciendo referencia al discurso del arcángel en f46, pero también recortó esta parte y arruinó la riqueza del texto original con estas decisiones y con su propia mala traducción de mi edición en hebreo. Para justificarse, mintió diciendo que se trataba de una traducción propia del griego y que la hizo con un diccionario para turistas. Con esto bastó para que me acusaran a mí de plagio, a pesar de que el texto del abad […] se conoce desde mediados del siglo XIX. Ningún argumento que he dado logró convencer a la gente que yo he dedicado toda mi vida al abad […] y que mi edición de La vida de Set fue publicada antes de que el tal Espino Lozada naciera. Cuando la controversia llegó a las autoridades de la universidad, me amenazaron con no volver a reimprimir La vida de Set y, aunque no me despidieron, me quitaron por un semestre todos mis grupos a los que daba clase.

Confieso que, motivado por la venganza, decidí emprender una investigación exhaustiva sobre la vida del abad […]. El primer problema, claro está, es que solo tenemos su nombre de pila. Y a pesar de que viajé a […], el nombre […] era muy común en la región para aquel entonces. No obstante, si leyeron El madero de la vida, sabrán que yo propongo que la fecha que firmó el abad es genuina y en los registros de aquel entonces, en un monasterio aledaño, hablan de un monje de la orden de […] —misma orden del abad […]—, el mismo del autor de La vida de Set, que era milenarista. Este hombre parece haber dirigido una escuela de algún tipo y, si bien no era herejía nada de lo que decía, sí estaba al borde de serlo y por lo mismo parece que, desde entonces, sus ideas se esparcieron a unos cuantos y de manera muy específica. El próximo paso era revisar si aparecía el nombre […] en los registros legales, pero la situación sanitaria me lo impidió y el archivo parece que no abrirá hasta dentro de un buen tiempo. Sin poder continuar con la investigación para limpiar mi nombre, mi esposa me sugirió que por qué no hacía lo mismo que aquel chico ladrón; en otras palabras, novelar la vida del abad […]. Y solamente acepté porque ya estaba harto de estar en casa encerrado, sin nada más que hacer. Así que, como mi debut en el mundo de las letras, les presento a ustedes la novela El dios crucificado. Me gustaría poder hablar sobre lo que sucede en la obra, para promocionarla de manera correcta, pues nada apunta a que sea un éxito de ventas. Sin embargo, las revistas literarias siempre nos cuentan las palabras y procuran que no nos pasemos ni un punto más, pero ¿qué voy a poder decir yo de interesante en dos páginas? No importa, lo único que les pido es que por favor me lean porque, si no es así, ¿qué más me queda? 


Anexo aquí una copia de un texto que me robé, escrito por □ □ □ □ □ para promocionar su nuevo libro sobre el Apocalipsis de [...].  Lo mínimo que puedo hacer es encontrarle un lugar para ser publicado.

 

Quienes me hayan leído antes sabrán que he escrito de manera extensa sobre el abad […] y su trabajo de autor-copista. Más en específico, sobre su traducción al latín del texto que en la crítica bíblica es conocido ahora como el Apocalipsis de […], pero que en la terminología clásica de Constantin Tischendorf se llama La vida de Set según el monje […], porque Tischendorf y su escuela creyeron que se trataba de un texto original, pese a la dificultad de conciliar las contradicciones que los fragmentos b6-20, c8-12, f7 y —tras una serie de meticulosos estudios (véase mi libro El madero de la vida, Yale UP, 2008)— el f46 presentan. Cuando a mediados del siglo pasado se descubrieron dos versiones más antiguas, escritas en griego koiné y en armenio —esta última ya con el título de Apocalipsis, que también aparece mencionado en la obra de san Atanasio, Contra Manetón—, el abad […] perdió relevancia en el mundo académico y, debido a que su versión del Apocalipsis es más corta, casi todos los estudios se centran, desde entonces, en la versión griega. Así que cuando yo publiqué, junto con la Universidad de Tel Aviv, una edición crítica del texto del abad […], bajo el nombre clásico La vida de Set según el monje […], se armó una gran controversia y desde aquel entonces —este año se cumplen 30 años— he sido rechazado por muchos de mis compañeros académicos, que me han considerado como un charlatán por dotar de originalidad al abad […], que porque según ellos el hombre no era más que un pobre religioso del monasterio de […], que ahí nunca hubo ningún asceta ilustre, que esa región siempre ha sido cuna de estúpidos y rufianes y que, seguramente, si el abad […] en verdad existió, vendría más bien de […] o de […], donde se sabe que los religiosos eran gente docta. Tales han sido los argumentos que mis compañeros espetan y, cuando saben que no hay ninguna base científica para esas acusaciones, entonces regresan a su teoría de que existe una mítica fuente J, pues es la única manera en la que se explican el originalísimo final con el que el abad […] termina su manuscrito, no sin firmar con nombre y fecha después de una doxología que también sostengo es de su autoría.

Pues bien, por si fuera poco, mi reputación se ha vuelto a ver lastimada después de que un escritor novel, un tal David Espino Lozada, pensó que sería gracioso publicar mi edición de La vida de Set según el monje […] como si fuera suya, y para no levantar sospechas le cortó la oración y redactó algunos fragmentos, eliminó la división de Tischendorf y de Avery y le cambió el nombre a Un dios crucificado, haciendo referencia al discurso del arcángel en f46, pero también recortó esta parte y arruinó la riqueza del texto original con estas decisiones y con su propia mala traducción de mi edición en hebreo. Para justificarse, mintió diciendo que se trataba de una traducción propia del griego y que la hizo con un diccionario para turistas. Con esto bastó para que me acusaran a mí de plagio, a pesar de que el texto del abad […] se conoce desde mediados del siglo XIX. Ningún argumento que he dado logró convencer a la gente que yo he dedicado toda mi vida al abad […] y que mi edición de La vida de Set fue publicada antes de que el tal Espino Lozada naciera. Cuando la controversia llegó a las autoridades de la universidad, me amenazaron con no volver a reimprimir La vida de Set y, aunque no me despidieron, me quitaron por un semestre todos mis grupos a los que daba clase.

Confieso que, motivado por la venganza, decidí emprender una investigación exhaustiva sobre la vida del abad […]. El primer problema, claro está, es que solo tenemos su nombre de pila. Y a pesar de que viajé a […], el nombre […] era muy común en la región para aquel entonces. No obstante, si leyeron El madero de la vida, sabrán que yo propongo que la fecha que firmó el abad es genuina y en los registros de aquel entonces, en un monasterio aledaño, hablan de un monje de la orden de […] —misma orden del abad […]—, el mismo del autor de La vida de Set, que era milenarista. Este hombre parece haber dirigido una escuela de algún tipo y, si bien no era herejía nada de lo que decía, sí estaba al borde de serlo y por lo mismo parece que, desde entonces, sus ideas se esparcieron a unos cuantos y de manera muy específica. El próximo paso era revisar si aparecía el nombre […] en los registros legales, pero la situación sanitaria me lo impidió y el archivo parece que no abrirá hasta dentro de un buen tiempo. Sin poder continuar con la investigación para limpiar mi nombre, mi esposa me sugirió que por qué no hacía lo mismo que aquel chico ladrón; en otras palabras, novelar la vida del abad […]. Y solamente acepté porque ya estaba harto de estar en casa encerrado, sin nada más que hacer. Así que, como mi debut en el mundo de las letras, les presento a ustedes la novela El dios crucificado. Me gustaría poder hablar sobre lo que sucede en la obra, para promocionarla de manera correcta, pues nada apunta a que sea un éxito de ventas. Sin embargo, las revistas literarias siempre nos cuentan las palabras y procuran que no nos pasemos ni un punto más, pero ¿qué voy a poder decir yo de interesante en dos páginas? No importa, lo único que les pido es que por favor me lean porque, si no es así, ¿qué más me queda? 


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David Espino Lozada (1999) es narrador, jefe de edición en Cardenal Revista Literaria y estudiante de Letras Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México.

 

https://laoxiacanta.wordpress.com/

Imagen de portada: Ferdinand Bart Alst

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