El día que se pueda estrenar

N.012 - Narrativa

El día que se pueda estrenar

N.012 - Narrativa

 El día que se pueda estrenar

N.012 - Narrativa

El día que se pueda estrenar

N.012 - Narrativa

El día que se pueda estrenar

N.012 - Narrativa

Escrito por Cristian Felipe Leyva Meneses

La puerta de la oficina postal estaba cerrada. Su esposa se aburría en el auto.

—¿Cómo que cerrada? —salió.

—¿A dónde vas? —dijo el marido, que se llamaba Jorge.

Ana, su mujer, avanzó por el estacionamiento a paso ligero e impaciente. Por poco tropieza con un carrito del supermercado. Era una tarde soleada de viernes.

—Ana… Ana… espérame. ¿Por qué siempre me haces esto?

—Vamos, deja de lloriquear y date prisa.

Cuando llegaron a la pequeña ventanilla azul, la cortina de hierro permanecía abajo, rematada con un par de candados del tamaño de un puño de un hombre adulto. Jorge la miró:

—Ya ves… cerrada. ¿Podemos irnos?

—No. Esperemos.

—¿Para qué?

—Seguro que están tomando un descanso. Volverán en un rato.

Jorge tuvo ganas de negarse, pero carecía de valor.

Esperaron en silencio durante una hora, la plazoleta permanecía desierta, los otros locales tenían un aire sórdido.

—Esta empresa siempre es así, ya no hay respeto por el tiempo de los clientes. Mejor vámonos.

—Está bien, cariño.

Se miraron desganados. Volvían al sitio donde dejaron el auto cuando vieron cómo un hombre enano rompía la ventana y se colaba dentro. Corrieron.

—¡El auto! ¡El desgraciado nos quiere robar el auto! —vociferó Ana.

Jorge intentó abrir la puerta para bajar al hombre enano, pero este, percatándose de que los dueños habían aparecido antes de lo previsto, se escabulló y comenzó a arrojarles cosas. Primero fueron los bolsos que estaban en los asientos, luego los objetos de la guantera, después arrojó los pequeños dados de peluche que colgaban del retrovisor, entonces fue el mismo retrovisor, los cinturones de seguridad, los asientos, la palanca de cambios, el volante, los pedales; cuando el coche estuvo hecho una mera carcasa vacía, les arrojó la ropa que llevaba puesta.

—Creo que ya se rendirá —dijo Jorge, saliendo de la pila de objetos que se había formado —vamos por él.

Lo tomaron entre los dos, sin pensar realmente en lo que hacían. El hombre enano trató de escapar, pero fue inútil. Después de una cruenta paliza, Ana acertó el golpe final. Dejaron el cadáver en el maletero.

Llamaron a una grúa. Le indicaron al chofer que los dejara en una bodega a las afueras de la ciudad. Allí abandonaron el coche.

Al cabo de tres años, cuando el cadáver ya no era más que una pequeña pila de huesos, lo usaron para remodelar el interior del coche. Encajaron el fémur en la carrocería para que hiciera el papel de palanca de cambios, el coxis resultó ser un volante bastante ergonómico. Con las costillas y las vértebras, reconstruyeron los pedales y parte de los asientos —tuvieron que conformarse con unas butacas, ya que el esqueleto era pequeño, como se supondrá—, usaron el cráneo para adornar el capó. Condujeron hasta el estacionamiento.

La puerta de la oficina postal estaba abierta. Su esposa oía el noticiero mientras se esforzaba en disimular su expresión de asco.

—¿Cómo te fue? —le preguntó.

—Bien, muy bien. El pequeño Rubén estará muy feliz cuando reciba su carta y su paquete.

A Jorge, en secreto, le pareció simpático enviarle a su sobrino la ropa que había pertenecido al hombre enano.


La puerta de la oficina postal estaba cerrada. Su esposa se aburría en el auto.

—¿Cómo que cerrada? —salió.

—¿A dónde vas? —dijo el marido, que se llamaba Jorge.

Ana, su mujer, avanzó por el estacionamiento a paso ligero e impaciente. Por poco tropieza con un carrito del supermercado. Era una tarde soleada de viernes.

—Ana… Ana… espérame. ¿Por qué siempre me haces esto?

—Vamos, deja de lloriquear y date prisa.

Cuando llegaron a la pequeña ventanilla azul, la cortina de hierro permanecía abajo, rematada con un par de candados del tamaño de un puño de un hombre adulto. Jorge la miró:

—Ya ves… cerrada. ¿Podemos irnos?

—No. Esperemos.

—¿Para qué?

—Seguro que están tomando un descanso. Volverán en un rato.

Jorge tuvo ganas de negarse, pero carecía de valor.

Esperaron en silencio durante una hora, la plazoleta permanecía desierta, los otros locales tenían un aire sórdido.

—Esta empresa siempre es así, ya no hay respeto por el tiempo de los clientes. Mejor vámonos.

—Está bien, cariño.

Se miraron desganados. Volvían al sitio donde dejaron el auto cuando vieron cómo un hombre enano rompía la ventana y se colaba dentro. Corrieron.

—¡El auto! ¡El desgraciado nos quiere robar el auto! —vociferó Ana.

Jorge intentó abrir la puerta para bajar al hombre enano, pero este, percatándose de que los dueños habían aparecido antes de lo previsto, se escabulló y comenzó a arrojarles cosas. Primero fueron los bolsos que estaban en los asientos, luego los objetos de la guantera, después arrojó los pequeños dados de peluche que colgaban del retrovisor, entonces fue el mismo retrovisor, los cinturones de seguridad, los asientos, la palanca de cambios, el volante, los pedales; cuando el coche estuvo hecho una mera carcasa vacía, les arrojó la ropa que llevaba puesta.

—Creo que ya se rendirá —dijo Jorge, saliendo de la pila de objetos que se había formado —vamos por él.

Lo tomaron entre los dos, sin pensar realmente en lo que hacían. El hombre enano trató de escapar, pero fue inútil. Después de una cruenta paliza, Ana acertó el golpe final. Dejaron el cadáver en el maletero.

Llamaron a una grúa. Le indicaron al chofer que los dejara en una bodega a las afueras de la ciudad. Allí abandonaron el coche.

Al cabo de tres años, cuando el cadáver ya no era más que una pequeña pila de huesos, lo usaron para remodelar el interior del coche. Encajaron el fémur en la carrocería para que hiciera el papel de palanca de cambios, el coxis resultó ser un volante bastante ergonómico. Con las costillas y las vértebras, reconstruyeron los pedales y parte de los asientos —tuvieron que conformarse con unas butacas, ya que el esqueleto era pequeño, como se supondrá—, usaron el cráneo para adornar el capó. Condujeron hasta el estacionamiento.

La puerta de la oficina postal estaba abierta. Su esposa oía el noticiero mientras se esforzaba en disimular su expresión de asco.

—¿Cómo te fue? —le preguntó.

—Bien, muy bien. El pequeño Rubén estará muy feliz cuando reciba su carta y su paquete.

A Jorge, en secreto, le pareció simpático enviarle a su sobrino la ropa que había pertenecido al hombre enano.


La puerta de la oficina postal estaba cerrada. Su esposa se aburría en el auto.

—¿Cómo que cerrada? —salió.

—¿A dónde vas? —dijo el marido, que se llamaba Jorge.

Ana, su mujer, avanzó por el estacionamiento a paso ligero e impaciente. Por poco tropieza con un carrito del supermercado. Era una tarde soleada de viernes.

—Ana… Ana… espérame. ¿Por qué siempre me haces esto?

—Vamos, deja de lloriquear y date prisa.

Cuando llegaron a la pequeña ventanilla azul, la cortina de hierro permanecía abajo, rematada con un par de candados del tamaño de un puño de un hombre adulto. Jorge la miró:

—Ya ves… cerrada. ¿Podemos irnos?

—No. Esperemos.

—¿Para qué?

—Seguro que están tomando un descanso. Volverán en un rato.

Jorge tuvo ganas de negarse, pero carecía de valor.

Esperaron en silencio durante una hora, la plazoleta permanecía desierta, los otros locales tenían un aire sórdido.

—Esta empresa siempre es así, ya no hay respeto por el tiempo de los clientes. Mejor vámonos.

—Está bien, cariño.

Se miraron desganados. Volvían al sitio donde dejaron el auto cuando vieron cómo un hombre enano rompía la ventana y se colaba dentro. Corrieron.

—¡El auto! ¡El desgraciado nos quiere robar el auto! —vociferó Ana.

Jorge intentó abrir la puerta para bajar al hombre enano, pero este, percatándose de que los dueños habían aparecido antes de lo previsto, se escabulló y comenzó a arrojarles cosas. Primero fueron los bolsos que estaban en los asientos, luego los objetos de la guantera, después arrojó los pequeños dados de peluche que colgaban del retrovisor, entonces fue el mismo retrovisor, los cinturones de seguridad, los asientos, la palanca de cambios, el volante, los pedales; cuando el coche estuvo hecho una mera carcasa vacía, les arrojó la ropa que llevaba puesta.

—Creo que ya se rendirá —dijo Jorge, saliendo de la pila de objetos que se había formado —vamos por él.

Lo tomaron entre los dos, sin pensar realmente en lo que hacían. El hombre enano trató de escapar, pero fue inútil. Después de una cruenta paliza, Ana acertó el golpe final. Dejaron el cadáver en el maletero.

Llamaron a una grúa. Le indicaron al chofer que los dejara en una bodega a las afueras de la ciudad. Allí abandonaron el coche.

Al cabo de tres años, cuando el cadáver ya no era más que una pequeña pila de huesos, lo usaron para remodelar el interior del coche. Encajaron el fémur en la carrocería para que hiciera el papel de palanca de cambios, el coxis resultó ser un volante bastante ergonómico. Con las costillas y las vértebras, reconstruyeron los pedales y parte de los asientos —tuvieron que conformarse con unas butacas, ya que el esqueleto era pequeño, como se supondrá—, usaron el cráneo para adornar el capó. Condujeron hasta el estacionamiento.

La puerta de la oficina postal estaba abierta. Su esposa oía el noticiero mientras se esforzaba en disimular su expresión de asco.

—¿Cómo te fue? —le preguntó.

—Bien, muy bien. El pequeño Rubén estará muy feliz cuando reciba su carta y su paquete.

A Jorge, en secreto, le pareció simpático enviarle a su sobrino la ropa que había pertenecido al hombre enano.


La puerta de la oficina postal estaba cerrada. Su esposa se aburría en el auto.

—¿Cómo que cerrada? —salió.

—¿A dónde vas? —dijo el marido, que se llamaba Jorge.

Ana, su mujer, avanzó por el estacionamiento a paso ligero e impaciente. Por poco tropieza con un carrito del supermercado. Era una tarde soleada de viernes.

—Ana… Ana… espérame. ¿Por qué siempre me haces esto?

—Vamos, deja de lloriquear y date prisa.

Cuando llegaron a la pequeña ventanilla azul, la cortina de hierro permanecía abajo, rematada con un par de candados del tamaño de un puño de un hombre adulto. Jorge la miró:

—Ya ves… cerrada. ¿Podemos irnos?

—No. Esperemos.

—¿Para qué?

—Seguro que están tomando un descanso. Volverán en un rato.

Jorge tuvo ganas de negarse, pero carecía de valor.

Esperaron en silencio durante una hora, la plazoleta permanecía desierta, los otros locales tenían un aire sórdido.

—Esta empresa siempre es así, ya no hay respeto por el tiempo de los clientes. Mejor vámonos.

—Está bien, cariño.

Se miraron desganados. Volvían al sitio donde dejaron el auto cuando vieron cómo un hombre enano rompía la ventana y se colaba dentro. Corrieron.

—¡El auto! ¡El desgraciado nos quiere robar el auto! —vociferó Ana.

Jorge intentó abrir la puerta para bajar al hombre enano, pero este, percatándose de que los dueños habían aparecido antes de lo previsto, se escabulló y comenzó a arrojarles cosas. Primero fueron los bolsos que estaban en los asientos, luego los objetos de la guantera, después arrojó los pequeños dados de peluche que colgaban del retrovisor, entonces fue el mismo retrovisor, los cinturones de seguridad, los asientos, la palanca de cambios, el volante, los pedales; cuando el coche estuvo hecho una mera carcasa vacía, les arrojó la ropa que llevaba puesta.

—Creo que ya se rendirá —dijo Jorge, saliendo de la pila de objetos que se había formado —vamos por él.

Lo tomaron entre los dos, sin pensar realmente en lo que hacían. El hombre enano trató de escapar, pero fue inútil. Después de una cruenta paliza, Ana acertó el golpe final. Dejaron el cadáver en el maletero.

Llamaron a una grúa. Le indicaron al chofer que los dejara en una bodega a las afueras de la ciudad. Allí abandonaron el coche.

Al cabo de tres años, cuando el cadáver ya no era más que una pequeña pila de huesos, lo usaron para remodelar el interior del coche. Encajaron el fémur en la carrocería para que hiciera el papel de palanca de cambios, el coxis resultó ser un volante bastante ergonómico. Con las costillas y las vértebras, reconstruyeron los pedales y parte de los asientos —tuvieron que conformarse con unas butacas, ya que el esqueleto era pequeño, como se supondrá—, usaron el cráneo para adornar el capó. Condujeron hasta el estacionamiento.

La puerta de la oficina postal estaba abierta. Su esposa oía el noticiero mientras se esforzaba en disimular su expresión de asco.

—¿Cómo te fue? —le preguntó.

—Bien, muy bien. El pequeño Rubén estará muy feliz cuando reciba su carta y su paquete.

A Jorge, en secreto, le pareció simpático enviarle a su sobrino la ropa que había pertenecido al hombre enano.


La puerta de la oficina postal estaba cerrada. Su esposa se aburría en el auto.

—¿Cómo que cerrada? —salió.

—¿A dónde vas? —dijo el marido, que se llamaba Jorge.

Ana, su mujer, avanzó por el estacionamiento a paso ligero e impaciente. Por poco tropieza con un carrito del supermercado. Era una tarde soleada de viernes.

—Ana… Ana… espérame. ¿Por qué siempre me haces esto?

—Vamos, deja de lloriquear y date prisa.

Cuando llegaron a la pequeña ventanilla azul, la cortina de hierro permanecía abajo, rematada con un par de candados del tamaño de un puño de un hombre adulto. Jorge la miró:

—Ya ves… cerrada. ¿Podemos irnos?

—No. Esperemos.

—¿Para qué?

—Seguro que están tomando un descanso. Volverán en un rato.

Jorge tuvo ganas de negarse, pero carecía de valor.

Esperaron en silencio durante una hora, la plazoleta permanecía desierta, los otros locales tenían un aire sórdido.

—Esta empresa siempre es así, ya no hay respeto por el tiempo de los clientes. Mejor vámonos.

—Está bien, cariño.

Se miraron desganados. Volvían al sitio donde dejaron el auto cuando vieron cómo un hombre enano rompía la ventana y se colaba dentro. Corrieron.

—¡El auto! ¡El desgraciado nos quiere robar el auto! —vociferó Ana.

Jorge intentó abrir la puerta para bajar al hombre enano, pero este, percatándose de que los dueños habían aparecido antes de lo previsto, se escabulló y comenzó a arrojarles cosas. Primero fueron los bolsos que estaban en los asientos, luego los objetos de la guantera, después arrojó los pequeños dados de peluche que colgaban del retrovisor, entonces fue el mismo retrovisor, los cinturones de seguridad, los asientos, la palanca de cambios, el volante, los pedales; cuando el coche estuvo hecho una mera carcasa vacía, les arrojó la ropa que llevaba puesta.

—Creo que ya se rendirá —dijo Jorge, saliendo de la pila de objetos que se había formado —vamos por él.

Lo tomaron entre los dos, sin pensar realmente en lo que hacían. El hombre enano trató de escapar, pero fue inútil. Después de una cruenta paliza, Ana acertó el golpe final. Dejaron el cadáver en el maletero.

Llamaron a una grúa. Le indicaron al chofer que los dejara en una bodega a las afueras de la ciudad. Allí abandonaron el coche.

Al cabo de tres años, cuando el cadáver ya no era más que una pequeña pila de huesos, lo usaron para remodelar el interior del coche. Encajaron el fémur en la carrocería para que hiciera el papel de palanca de cambios, el coxis resultó ser un volante bastante ergonómico. Con las costillas y las vértebras, reconstruyeron los pedales y parte de los asientos —tuvieron que conformarse con unas butacas, ya que el esqueleto era pequeño, como se supondrá—, usaron el cráneo para adornar el capó. Condujeron hasta el estacionamiento.

La puerta de la oficina postal estaba abierta. Su esposa oía el noticiero mientras se esforzaba en disimular su expresión de asco.

—¿Cómo te fue? —le preguntó.

—Bien, muy bien. El pequeño Rubén estará muy feliz cuando reciba su carta y su paquete.

A Jorge, en secreto, le pareció simpático enviarle a su sobrino la ropa que había pertenecido al hombre enano.


Cristian Felipe Leyva Meneses (Armenia, Quindío, Colombia, 1997) Músico, poeta accidental y escritor. Participó en dos antologías de microrrelato: Porciones del Alma IV (2018) y Academia para escritores II (2019) y en una antología de poesía: Poetas Nocturnos V (2019). Ocupó el segundo lugar en el V concurso departamental de cuento Humberto Jaramillo Ángel.

Blog | Facebook | Twitter 

Imagen de portada: Luisa Dorr

Cristian Felipe Leyva Meneses (Armenia, Quindío, Colombia, 1997) Músico, poeta accidental y escritor. Participó en dos antologías de microrrelato: Porciones del Alma IV (2018) y Academia para escritores II (2019) y en una antología de poesía: Poetas Nocturnos V (2019). Ocupó el segundo lugar en el V concurso departamental de cuento Humberto Jaramillo Ángel.

Blog | Facebook | Twitter 

Imagen de portada: Luisa Dorr

Cristian Felipe Leyva Meneses (Armenia, Quindío, Colombia, 1997) Músico, poeta accidental y escritor. Participó en dos antologías de microrrelato: Porciones del Alma IV (2018) y Academia para escritores II (2019) y en una antología de poesía: Poetas Nocturnos V (2019). Ocupó el segundo lugar en el V concurso departamental de cuento Humberto Jaramillo Ángel.

Blog | Facebook | Twitter

Imagen de portada: Luisa Dorr

Cristian Felipe Leyva Meneses (Armenia, Quindío, Colombia, 1997) Músico, poeta accidental y escritor. Participó en dos antologías de microrrelato: Porciones del Alma IV (2018) y Academia para escritores II (2019) y en una antología de poesía: Poetas Nocturnos V (2019). Ocupó el segundo lugar en el V concurso departamental de cuento Humberto Jaramillo Ángel.

Blog | Facebook | Twitter

Imagen de portada: Luisa Dorr

Cristian Felipe Leyva Meneses (Armenia, Quindío, Colombia, 1997) Músico, poeta accidental y escritor. Participó en dos antologías de microrrelato: Porciones del Alma IV (2018) y Academia para escritores II (2019) y en una antología de poesía: Poetas Nocturnos V (2019). Ocupó el segundo lugar en el V concurso departamental de cuento Humberto Jaramillo Ángel.

Blog | Facebook | Twitter

Imagen de portada: Luisa Dorr

mosquito_m

La canción del mosquito

N.012 - Poesía

Acércate a nosotros

Nuestra meta

Suscríbete

Nuestro propósito es servir como una plataforma de difusión para escritores de habla hispana.

La Revista Himen es un proyecto completamente independiente. Puedes apoyarnos  haciendo una donación.

Himen es un proyecto independiente. Nuestro propósito es servir como una plataforma para exponer escritores de habla hispana.

La Revista Himen es un proyecto completamente independiente. Puedes apoyarnos comprando nuestros productos o haciendo una donación.

Himen es un proyecto independiente. Nuestro propósito es servir como una plataforma para exponer escritores de habla hispana.

La Revista Himen es un proyecto completamente independiente. Puedes apoyarnos comprando nuestros productos o haciendo una donación.

Himen es un proyecto independiente. Nuestro propósito es servir como una plataforma para exponer escritores de habla hispana.

La Revista Himen es un proyecto completamente independiente. Puedes apoyarnos comprando nuestros productos o haciendo una donación.

Suscríbete a nuestra Newsletter y entérate de nuestras convocatorias. Prometemos no llenar tu correo de spam :)

Suscríbete a nuestra Newsletter y entérate de nuestras convocatorias. Prometemos no llenar tu correo de spam :)

Suscríbete a nuestra Newsletter y entérate de nuestras convocatorias. Prometemos no llenar tu correo de spam :)

circulo-animacion
logo_himen-01

© 2013 – 2019 Revista Himen. Diseño por C.A.

Términos y Condiciones - Copyrights