El cerco

N.011 - Narrativa

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Escrito por Edgar Loredo

El capataz Johan Sorge se asomó con recelo por el diminuto orificio de la tapia. Le bastó observar unas pocas piedras alrededor de su choza para no salir. La actividad en las granjas continuó con normalidad tras haberse sofocado el motín del día anterior. Sorge logró escapar de la turba furiosa que lo retuvo por horas, con la intención de juzgarlo y castigarlo por su brutalidad. Gracias a la oportuna y rápida reacción de los otros capataces, la ira generalizada se pudo controlar. Como una manera de descargar su frustración, la muchedumbre apedreó su choza para hacerle pagar su violenta actitud. Sorge se escondió debajo de su cama tras haber atrancado la puerta. Permaneció ahí hasta que los jornaleros se marcharon.

Ahora, agazapado detrás de aquella endeble pared, se sentía cercado por las rocas, aunque no hubiese nadie detrás. La enorme estepa se extendía alrededor; nunca le había parecido tan peligrosa. La calma aparente en la colonia de Jortytsia le crispó los nervios. Estaba convencido de que, al momento de poner un pie fuera, las inánimes rocas se levantarían en contra suya hasta lapidarlo o se arrastrarían lentamente para destruir los muros, sus huesos, la puerta; todo. Decidió entonces apartarse y aguardar en un rincón, hasta que el odio se desmoronara por sí mismo.


El capataz Johan Sorge se asomó con recelo por el diminuto orificio de la tapia. Le bastó observar unas pocas piedras alrededor de su choza para no salir. La actividad en las granjas continuó con normalidad tras haberse sofocado el motín del día anterior. Sorge logró escapar de la turba furiosa que lo retuvo por horas, con la intención de juzgarlo y castigarlo por su brutalidad. Gracias a la oportuna y rápida reacción de los otros capataces, la ira generalizada se pudo controlar. Como una manera de descargar su frustración, la muchedumbre apedreó su choza para hacerle pagar su violenta actitud. Sorge se escondió debajo de su cama tras haber atrancado la puerta. Permaneció ahí hasta que los jornaleros se marcharon.

Ahora, agazapado detrás de aquella endeble pared, se sentía cercado por las rocas, aunque no hubiese nadie detrás. La enorme estepa se extendía alrededor; nunca le había parecido tan peligrosa. La calma aparente en la colonia de Jortytsia le crispó los nervios. Estaba convencido de que, al momento de poner un pie fuera, las inánimes rocas se levantarían en contra suya hasta lapidarlo o se arrastrarían lentamente para destruir los muros, sus huesos, la puerta; todo. Decidió entonces apartarse y aguardar en un rincón, hasta que el odio se desmoronara por sí mismo.

 

El capataz Johan Sorge se asomó con recelo por el diminuto orificio de la tapia. Le bastó observar unas pocas piedras alrededor de su choza para no salir. La actividad en las granjas continuó con normalidad tras haberse sofocado el motín del día anterior. Sorge logró escapar de la turba furiosa que lo retuvo por horas, con la intención de juzgarlo y castigarlo por su brutalidad. Gracias a la oportuna y rápida reacción de los otros capataces, la ira generalizada se pudo controlar. Como una manera de descargar su frustración, la muchedumbre apedreó su choza para hacerle pagar su violenta actitud. Sorge se escondió debajo de su cama tras haber atrancado la puerta. Permaneció ahí hasta que los jornaleros se marcharon.

Ahora, agazapado detrás de aquella endeble pared, se sentía cercado por las rocas, aunque no hubiese nadie detrás. La enorme estepa se extendía alrededor; nunca le había parecido tan peligrosa. La calma aparente en la colonia de Jortytsia le crispó los nervios. Estaba convencido de que, al momento de poner un pie fuera, las inánimes rocas se levantarían en contra suya hasta lapidarlo o se arrastrarían lentamente para destruir los muros, sus huesos, la puerta; todo. Decidió entonces apartarse y aguardar en un rincón, hasta que el odio se desmoronara por sí mismo.

 

El capataz Johan Sorge se asomó con recelo por el diminuto orificio de la tapia. Le bastó observar unas pocas piedras alrededor de su choza para no salir. La actividad en las granjas continuó con normalidad tras haberse sofocado el motín del día anterior. Sorge logró escapar de la turba furiosa que lo retuvo por horas, con la intención de juzgarlo y castigarlo por su brutalidad. Gracias a la oportuna y rápida reacción de los otros capataces, la ira generalizada se pudo controlar. Como una manera de descargar su frustración, la muchedumbre apedreó su choza para hacerle pagar su violenta actitud. Sorge se escondió debajo de su cama tras haber atrancado la puerta. Permaneció ahí hasta que los jornaleros se marcharon.

Ahora, agazapado detrás de aquella endeble pared, se sentía cercado por las rocas, aunque no hubiese nadie detrás. La enorme estepa se extendía alrededor; nunca le había parecido tan peligrosa. La calma aparente en la colonia de Jortytsia le crispó los nervios. Estaba convencido de que, al momento de poner un pie fuera, las inánimes rocas se levantarían en contra suya hasta lapidarlo o se arrastrarían lentamente para destruir los muros, sus huesos, la puerta; todo. Decidió entonces apartarse y aguardar en un rincón, hasta que el odio se desmoronara por sí mismo.

 

El capataz Johan Sorge se asomó con recelo por el diminuto orificio de la tapia. Le bastó observar unas pocas piedras alrededor de su choza para no salir. La actividad en las granjas continuó con normalidad tras haberse sofocado el motín del día anterior. Sorge logró escapar de la turba furiosa que lo retuvo por horas, con la intención de juzgarlo y castigarlo por su brutalidad. Gracias a la oportuna y rápida reacción de los otros capataces, la ira generalizada se pudo controlar. Como una manera de descargar su frustración, la muchedumbre apedreó su choza para hacerle pagar su violenta actitud. Sorge se escondió debajo de su cama tras haber atrancado la puerta. Permaneció ahí hasta que los jornaleros se marcharon.

Ahora, agazapado detrás de aquella endeble pared, se sentía cercado por las rocas, aunque no hubiese nadie detrás. La enorme estepa se extendía alrededor; nunca le había parecido tan peligrosa. La calma aparente en la colonia de Jortytsia le crispó los nervios. Estaba convencido de que, al momento de poner un pie fuera, las inánimes rocas se levantarían en contra suya hasta lapidarlo o se arrastrarían lentamente para destruir los muros, sus huesos, la puerta; todo. Decidió entonces apartarse y aguardar en un rincón, hasta que el odio se desmoronara por sí mismo.

 

Edgar Loredo (Ciudad de México, 1988), autor del poemario Cardinal (2015) y del volumen de cuentos Jaramagos (de próxima publicación). Corrector de estilo ocasional en algunas editoriales mexicanas.

Twitter

Imagen de portada: Anthony Suau

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