El camión de las cinco

N.015 - Narrativa

El camión de las cinco

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Fruto de mi vientre

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Escrito por Miguel Loera Sánchez

Escrito por Miguel Loera Sánchez

Escrito por Miguel Loera Sánchez

Escrito por Miguel Loera Sánchez

Se subió en la parada de por San Miguelito, como siempre. Iba con su rebozo morado que llevaba a todos lados. Me acuerdo porque refresca mucho a esas horas. Yo creo que esa fue la última vez que doña Ángeles fue a la maquiladora. Pero pues, ¿ya ve?, anda una toda desmañanada: una no trae cabeza para andar fijándose en la vida de los demás. De lo que sí me acuerdo es que, nomás llegando a la maquila, luego luego le mandaron hablar para que fuera a ver al gerente. Pobrecita. Ahí nomás hizo a un lado el retazo de mezclilla que tenía en la máquina y se fue caminando bien al pasito. Yo creo ya se imaginaba lo que le iban a decir.

     La comadre Estela fue la que me contó que la mayorcita de doña Ángeles estaba esperando. Ella es vecina también en San Miguelito. ¿Apoco?, ¿pues ya qué edad tendrá?, le dije a la comadre. Yo creo acabará de cumplir los dieciséis, me dijo, y me quedé pensando: ¿pues cuántos meses tendrá? Pero a las poquitas semanas doña Ángeles ya empezaba a quedarse dormida enfrente de la máquina. Se le caían las agujas. Se le enmarañaban los hilos. Antes no se llevó un dedo del encuentro… Ahí nomás nos íbamos a despertarla, como no queriendo, ¿verdad?, porque luego también la regañan a una. Me decía la comadre Estela: Ojalá no le dé una descompensada. Y es que ya varias veces a doña Ángeles se le había bajado el azúcar.

     ¿Que cuántas veces se quedó dormida? No sabría decirle, fíjese. ¿Que si puso en peligro a las demás compañeras? Tampoco sabría decirle. No creo, fíjese. Siempre que se iba quedando dormida nomás se le iban los ojitos y echaba las manos para abajo. Lo único fue que una vez tuvieron que cambiarle la máquina cuando se le quemó el motor, pero pues eso nos pasa a cada rato porque ya todas estas máquinas son del año del caldo, ¿verdad?

     El caso es que la pobre ha de haber venido toda desvelada por cuidar al nieto. Si el papá era otro güerco zonzo igual que la mamá, ¿pos cuándo iba a descansar doña Ángeles? Me dice la comadre Estela: ¿Te acuerdas del Felipito, el hijo de los de la refaccionaria? Bueno, pues es él el papá. ¡Pobre doña Ángeles!, le dije. Y es que ese güerco desde chiquito era, ahí me perdonará usted, era como la mera tiznada. Pero guapo. Eso sí: muy guapo, igual que sus tíos, lo que sea de cada quién.

     El caso es que ese güerco, cuando salía de la escuela, pasaba por San Rafael, donde está la casa de usted, y se iba arrancando las flores de todas las macetas. A mí varias veces me arrancó los jazmines. Hasta las uvas de la parra que Toño tenía en un poste: ahí iba el güerco canijo y se trepaba por el barandal para arrancarlas. ¡Qué bárbaro!, le decía yo, hasta que no te caigas y te rompas un brazo vas a estar contento. Y ahí nomás se bajaba y se iba risa y risa. ¿Y luego ahí no cree que lo voy viendo la vez pasada saliendo del Soriana? Iba según él muy galante en un carro de esos que su papá arregla. ¿Y no voy viendo que traía trepada a otra güerca babosa? ¡Ganas no me faltaron para bajarla de las greñas!

     Lo que me extraña en todo esto es que, según esto, ella era muchachita de su casa. Si hasta de primeros lugares era. Me acuerdo que me decía doña Ángeles que quería ser doctora. Pues déjela, le decía yo. Pero pues es que luego quién le cuidaba a los papás y al más chiquito…

    Pero habrían mejor de ir a hablar con la comadre Estela, que por ahí anda. Ella es vecina de doña Ángeles, como les decía, y a lo mejor les sabe dar mejor razón, porque ya mero se me termina el descanso y no he almorzado… ¿Dónde le firmo? Ahí va. Ojalá les sirva ahí en el sindicato para que le terminen de arreglar lo de su finiquito a doña Ángeles. ¿Ah, qué entonces no son del sindicato ustedes? Pues es que como yo veía ahí a don Cristóbal con ustedes dije yo: pues habrán de ser los del sindicato, ¿verdad?


Se subió en la parada de por San Miguelito, como siempre. Iba con su rebozo morado que llevaba a todos lados. Me acuerdo porque refresca mucho a esas horas. Yo creo que esa fue la última vez que doña Ángeles fue a la maquiladora. Pero pues, ¿ya ve?, anda una toda desmañanada: una no trae cabeza para andar fijándose en la vida de los demás. De lo que sí me acuerdo es que, nomás llegando a la maquila, luego luego le mandaron hablar para que fuera a ver al gerente. Pobrecita. Ahí nomás hizo a un lado el retazo de mezclilla que tenía en la máquina y se fue caminando bien al pasito. Yo creo ya se imaginaba lo que le iban a decir.

     La comadre Estela fue la que me contó que la mayorcita de doña Ángeles estaba esperando. Ella es vecina también en San Miguelito. ¿Apoco?, ¿pues ya qué edad tendrá?, le dije a la comadre. Yo creo acabará de cumplir los dieciséis, me dijo, y me quedé pensando: ¿pues cuántos meses tendrá? Pero a las poquitas semanas doña Ángeles ya empezaba a quedarse dormida enfrente de la máquina. Se le caían las agujas. Se le enmarañaban los hilos. Antes no se llevó un dedo del encuentro… Ahí nomás nos íbamos a despertarla, como no queriendo, ¿verdad?, porque luego también la regañan a una. Me decía la comadre Estela: Ojalá no le dé una descompensada. Y es que ya varias veces a doña Ángeles se le había bajado el azúcar.

    ¿Que cuántas veces se quedó dormida? No sabría decirle, fíjese. ¿Que si puso en peligro a las demás compañeras? Tampoco sabría decirle. No creo, fíjese. Siempre que se iba quedando dormida nomás se le iban los ojitos y echaba las manos para abajo. Lo único fue que una vez tuvieron que cambiarle la máquina cuando se le quemó el motor, pero pues eso nos pasa a cada rato porque ya todas estas máquinas son del año del caldo, ¿verdad?

   El caso es que la pobre ha de haber venido toda desvelada por cuidar al nieto. Si el papá era otro güerco zonzo igual que la mamá, ¿pos cuándo iba a descansar doña Ángeles? Me dice la comadre Estela: ¿Te acuerdas del Felipito, el hijo de los de la refaccionaria? Bueno, pues es él el papá. ¡Pobre doña Ángeles!, le dije. Y es que ese güerco desde chiquito era, ahí me perdonará usted, era como la mera tiznada. Pero guapo. Eso sí: muy guapo, igual que sus tíos, lo que sea de cada quién.

      El caso es que ese güerco, cuando salía de la escuela, pasaba por San Rafael, donde está la casa de usted, y se iba arrancando las flores de todas las macetas. A mí varias veces me arrancó los jazmines. Hasta las uvas de la parra que Toño tenía en un poste: ahí iba el güerco canijo y se trepaba por el barandal para arrancarlas. ¡Qué bárbaro!, le decía yo, hasta que no te caigas y te rompas un brazo vas a estar contento. Y ahí nomás se bajaba y se iba risa y risa. ¿Y luego ahí no cree que lo voy viendo la vez pasada saliendo del Soriana? Iba según él muy galante en un carro de esos que su papá arregla. ¿Y no voy viendo que traía trepada a otra güerca babosa? ¡Ganas no me faltaron para bajarla de las greñas!

     Lo que me extraña en todo esto es que, según esto, ella era muchachita de su casa. Si hasta de primeros lugares era. Me acuerdo que me decía doña Ángeles que quería ser doctora. Pues déjela, le decía yo. Pero pues es que luego quién le cuidaba a los papás y al más chiquito…

     Pero habrían mejor de ir a hablar con la comadre Estela, que por ahí anda. Ella es vecina de doña Ángeles, como les decía, y a lo mejor les sabe dar mejor razón, porque ya mero se me termina el descanso y no he almorzado… ¿Dónde le firmo? Ahí va. Ojalá les sirva ahí en el sindicato para que le terminen de arreglar lo de su finiquito a doña Ángeles. ¿Ah, qué entonces no son del sindicato ustedes? Pues es que como yo veía ahí a don Cristóbal con ustedes dije yo: pues habrán de ser los del sindicato, ¿verdad?


Se subió en la parada de por San Miguelito, como siempre. Iba con su rebozo morado que llevaba a todos lados. Me acuerdo porque refresca mucho a esas horas. Yo creo que esa fue la última vez que doña Ángeles fue a la maquiladora. Pero pues, ¿ya ve?, anda una toda desmañanada: una no trae cabeza para andar fijándose en la vida de los demás. De lo que sí me acuerdo es que, nomás llegando a la maquila, luego luego le mandaron hablar para que fuera a ver al gerente. Pobrecita. Ahí nomás hizo a un lado el retazo de mezclilla que tenía en la máquina y se fue caminando bien al pasito. Yo creo ya se imaginaba lo que le iban a decir.

     La comadre Estela fue la que me contó que la mayorcita de doña Ángeles estaba esperando. Ella es vecina también en San Miguelito. ¿Apoco?, ¿pues ya qué edad tendrá?, le dije a la comadre. Yo creo acabará de cumplir los dieciséis, me dijo, y me quedé pensando: ¿pues cuántos meses tendrá? Pero a las poquitas semanas doña Ángeles ya empezaba a quedarse dormida enfrente de la máquina. Se le caían las agujas. Se le enmarañaban los hilos. Antes no se llevó un dedo del encuentro… Ahí nomás nos íbamos a despertarla, como no queriendo, ¿verdad?, porque luego también la regañan a una. Me decía la comadre Estela: Ojalá no le dé una descompensada. Y es que ya varias veces a doña Ángeles se le había bajado el azúcar.

    ¿Que cuántas veces se quedó dormida? No sabría decirle, fíjese. ¿Que si puso en peligro a las demás compañeras? Tampoco sabría decirle. No creo, fíjese. Siempre que se iba quedando dormida nomás se le iban los ojitos y echaba las manos para abajo. Lo único fue que una vez tuvieron que cambiarle la máquina cuando se le quemó el motor, pero pues eso nos pasa a cada rato porque ya todas estas máquinas son del año del caldo, ¿verdad?

    El caso es que la pobre ha de haber venido toda desvelada por cuidar al nieto. Si el papá era otro güerco zonzo igual que la mamá, ¿pos cuándo iba a descansar doña Ángeles? Me dice la comadre Estela: ¿Te acuerdas del Felipito, el hijo de los de la refaccionaria? Bueno, pues es él el papá. ¡Pobre doña Ángeles!, le dije. Y es que ese güerco desde chiquito era, ahí me perdonará usted, era como la mera tiznada. Pero guapo. Eso sí: muy guapo, igual que sus tíos, lo que sea de cada quién.

     El caso es que ese güerco, cuando salía de la escuela, pasaba por San Rafael, donde está la casa de usted, y se iba arrancando las flores de todas las macetas. A mí varias veces me arrancó los jazmines. Hasta las uvas de la parra que Toño tenía en un poste: ahí iba el güerco canijo y se trepaba por el barandal para arrancarlas. ¡Qué bárbaro!, le decía yo, hasta que no te caigas y te rompas un brazo vas a estar contento. Y ahí nomás se bajaba y se iba risa y risa. ¿Y luego ahí no cree que lo voy viendo la vez pasada saliendo del Soriana? Iba según él muy galante en un carro de esos que su papá arregla. ¿Y no voy viendo que traía trepada a otra güerca babosa? ¡Ganas no me faltaron para bajarla de las greñas!

     Lo que me extraña en todo esto es que, según esto, ella era muchachita de su casa. Si hasta de primeros lugares era. Me acuerdo que me decía doña Ángeles que quería ser doctora. Pues déjela, le decía yo. Pero pues es que luego quién le cuidaba a los papás y al más chiquito…

   Pero habrían mejor de ir a hablar con la comadre Estela, que por ahí anda. Ella es vecina de doña Ángeles, como les decía, y a lo mejor les sabe dar mejor razón, porque ya mero se me termina el descanso y no he almorzado… ¿Dónde le firmo? Ahí va. Ojalá les sirva ahí en el sindicato para que le terminen de arreglar lo de su finiquito a doña Ángeles. ¿Ah, qué entonces no son del sindicato ustedes? Pues es que como yo veía ahí a don Cristóbal con ustedes dije yo: pues habrán de ser los del sindicato, ¿verdad?


Se subió en la parada de por San Miguelito, como siempre. Iba con su rebozo morado que llevaba a todos lados. Me acuerdo porque refresca mucho a esas horas. Yo creo que esa fue la última vez que doña Ángeles fue a la maquiladora. Pero pues, ¿ya ve?, anda una toda desmañanada: una no trae cabeza para andar fijándose en la vida de los demás. De lo que sí me acuerdo es que, nomás llegando a la maquila, luego luego le mandaron hablar para que fuera a ver al gerente. Pobrecita. Ahí nomás hizo a un lado el retazo de mezclilla que tenía en la máquina y se fue caminando bien al pasito. Yo creo ya se imaginaba lo que le iban a decir.

     La comadre Estela fue la que me contó que la mayorcita de doña Ángeles estaba esperando. Ella es vecina también en San Miguelito. ¿Apoco?, ¿pues ya qué edad tendrá?, le dije a la comadre. Yo creo acabará de cumplir los dieciséis, me dijo, y me quedé pensando: ¿pues cuántos meses tendrá? Pero a las poquitas semanas doña Ángeles ya empezaba a quedarse dormida enfrente de la máquina. Se le caían las agujas. Se le enmarañaban los hilos. Antes no se llevó un dedo del encuentro… Ahí nomás nos íbamos a despertarla, como no queriendo, ¿verdad?, porque luego también la regañan a una. Me decía la comadre Estela: Ojalá no le dé una descompensada. Y es que ya varias veces a doña Ángeles se le había bajado el azúcar.

    ¿Que cuántas veces se quedó dormida? No sabría decirle, fíjese. ¿Que si puso en peligro a las demás compañeras? Tampoco sabría decirle. No creo, fíjese. Siempre que se iba quedando dormida nomás se le iban los ojitos y echaba las manos para abajo. Lo único fue que una vez tuvieron que cambiarle la máquina cuando se le quemó el motor, pero pues eso nos pasa a cada rato porque ya todas estas máquinas son del año del caldo, ¿verdad?

     El caso es que la pobre ha de haber venido toda desvelada por cuidar al nieto. Si el papá era otro güerco zonzo igual que la mamá, ¿pos cuándo iba a descansar doña Ángeles? Me dice la comadre Estela: ¿Te acuerdas del Felipito, el hijo de los de la refaccionaria? Bueno, pues es él el papá. ¡Pobre doña Ángeles!, le dije. Y es que ese güerco desde chiquito era, ahí me perdonará usted, era como la mera tiznada. Pero guapo. Eso sí: muy guapo, igual que sus tíos, lo que sea de cada quién.

    El caso es que ese güerco, cuando salía de la escuela, pasaba por San Rafael, donde está la casa de usted, y se iba arrancando las flores de todas las macetas. A mí varias veces me arrancó los jazmines. Hasta las uvas de la parra que Toño tenía en un poste: ahí iba el güerco canijo y se trepaba por el barandal para arrancarlas. ¡Qué bárbaro!, le decía yo, hasta que no te caigas y te rompas un brazo vas a estar contento. Y ahí nomás se bajaba y se iba risa y risa. ¿Y luego ahí no cree que lo voy viendo la vez pasada saliendo del Soriana? Iba según él muy galante en un carro de esos que su papá arregla. ¿Y no voy viendo que traía trepada a otra güerca babosa? ¡Ganas no me faltaron para bajarla de las greñas!

     Lo que me extraña en todo esto es que, según esto, ella era muchachita de su casa. Si hasta de primeros lugares era. Me acuerdo que me decía doña Ángeles que quería ser doctora. Pues déjela, le decía yo. Pero pues es que luego quién le cuidaba a los papás y al más chiquito…

    Pero habrían mejor de ir a hablar con la comadre Estela, que por ahí anda. Ella es vecina de doña Ángeles, como les decía, y a lo mejor les sabe dar mejor razón, porque ya mero se me termina el descanso y no he almorzado… ¿Dónde le firmo? Ahí va. Ojalá les sirva ahí en el sindicato para que le terminen de arreglar lo de su finiquito a doña Ángeles. ¿Ah, qué entonces no son del sindicato ustedes? Pues es que como yo veía ahí a don Cristóbal con ustedes dije yo: pues habrán de ser los del sindicato, ¿verdad?


Se subió en la parada de por San Miguelito, como siempre. Iba con su rebozo morado que llevaba a todos lados. Me acuerdo porque refresca mucho a esas horas. Yo creo que esa fue la última vez que doña Ángeles fue a la maquiladora. Pero pues, ¿ya ve?, anda una toda desmañanada: una no trae cabeza para andar fijándose en la vida de los demás. De lo que sí me acuerdo es que, nomás llegando a la maquila, luego luego le mandaron hablar para que fuera a ver al gerente. Pobrecita. Ahí nomás hizo a un lado el retazo de mezclilla que tenía en la máquina y se fue caminando bien al pasito. Yo creo ya se imaginaba lo que le iban a decir.

    La comadre Estela fue la que me contó que la mayorcita de doña Ángeles estaba esperando. Ella es vecina también en San Miguelito. ¿Apoco?, ¿pues ya qué edad tendrá?, le dije a la comadre. Yo creo acabará de cumplir los dieciséis, me dijo, y me quedé pensando: ¿pues cuántos meses tendrá? Pero a las poquitas semanas doña Ángeles ya empezaba a quedarse dormida enfrente de la máquina. Se le caían las agujas. Se le enmarañaban los hilos. Antes no se llevó un dedo del encuentro… Ahí nomás nos íbamos a despertarla, como no queriendo, ¿verdad?, porque luego también la regañan a una. Me decía la comadre Estela: Ojalá no le dé una descompensada. Y es que ya varias veces a doña Ángeles se le había bajado el azúcar.

   ¿Que cuántas veces se quedó dormida? No sabría decirle, fíjese. ¿Que si puso en peligro a las demás compañeras? Tampoco sabría decirle. No creo, fíjese. Siempre que se iba quedando dormida nomás se le iban los ojitos y echaba las manos para abajo. Lo único fue que una vez tuvieron que cambiarle la máquina cuando se le quemó el motor, pero pues eso nos pasa a cada rato porque ya todas estas máquinas son del año del caldo, ¿verdad?

     El caso es que la pobre ha de haber venido toda desvelada por cuidar al nieto. Si el papá era otro güerco zonzo igual que la mamá, ¿pos cuándo iba a descansar doña Ángeles? Me dice la comadre Estela: ¿Te acuerdas del Felipito, el hijo de los de la refaccionaria? Bueno, pues es él el papá. ¡Pobre doña Ángeles!, le dije. Y es que ese güerco desde chiquito era, ahí me perdonará usted, era como la mera tiznada. Pero guapo. Eso sí: muy guapo, igual que sus tíos, lo que sea de cada quién.

     El caso es que ese güerco, cuando salía de la escuela, pasaba por San Rafael, donde está la casa de usted, y se iba arrancando las flores de todas las macetas. A mí varias veces me arrancó los jazmines. Hasta las uvas de la parra que Toño tenía en un poste: ahí iba el güerco canijo y se trepaba por el barandal para arrancarlas. ¡Qué bárbaro!, le decía yo, hasta que no te caigas y te rompas un brazo vas a estar contento. Y ahí nomás se bajaba y se iba risa y risa. ¿Y luego ahí no cree que lo voy viendo la vez pasada saliendo del Soriana? Iba según él muy galante en un carro de esos que su papá arregla. ¿Y no voy viendo que traía trepada a otra güerca babosa? ¡Ganas no me faltaron para bajarla de las greñas!

     Lo que me extraña en todo esto es que, según esto, ella era muchachita de su casa. Si hasta de primeros lugares era. Me acuerdo que me decía doña Ángeles que quería ser doctora. Pues déjela, le decía yo. Pero pues es que luego quién le cuidaba a los papás y al más chiquito…

    Pero habrían mejor de ir a hablar con la comadre Estela, que por ahí anda. Ella es vecina de doña Ángeles, como les decía, y a lo mejor les sabe dar mejor razón, porque ya mero se me termina el descanso y no he almorzado… ¿Dónde le firmo? Ahí va. Ojalá les sirva ahí en el sindicato para que le terminen de arreglar lo de su finiquito a doña Ángeles. ¿Ah, qué entonces no son del sindicato ustedes? Pues es que como yo veía ahí a don Cristóbal con ustedes dije yo: pues habrán de ser los del sindicato, ¿verdad?


Miguel Loera Sánchez (Monterrey, 1990). Ha escrito la colección Sierra Madre: mi viejo el cyborg y otros relatos, disponible en Kindle.

Blog: https://dosdieciocho.wordpress.com/

 

Imagen de portada: Juan Sebastían Pérez

Miguel Loera Sánchez (Monterrey, 1990). Ha escrito la colección Sierra Madre: mi viejo el cyborg y otros relatos, disponible en Kindle.

Blog: https://dosdieciocho.wordpress.com/

Foto de portada: Alexey Menschikov

 

Miguel Loera Sánchez (Monterrey, 1990). Ha escrito la colección Sierra Madre: mi viejo el cyborg y otros relatos, disponible en Kindle.

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Imagen de portada: Alexey Menschikov

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De cuando salí en el festival por el natalicio de Benito Juárez 

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