Diccionario carnal

del Hambre 

N.003 - Ensayo

Diccionario carnal

del Hambre 

N.003 - Ensayo

Diccionario carnal

del Hambre 

N.003 - Ensayo

Escrito por Cecilia Ramírez Calixtro

hambre.

(Del lat. vulg. *famen, - ̆inis).

1. f. Gana y necesidad de comer.

2. f. Escasez de alimentos básicos, que causa carestía y miseria generalizada.

3. f. Apetito o deseo ardiente de algo.

RAE

 

El hambre, dice la RAE, tiene tres principales acepciones. La primera y más simple vista como necesidad. Todos, y si no —deja te digo— no estás vivo, hemos sentido alguna vez una inconmensurable necesidad de recibir los sagrados alimentos. Seas vegano o carnívoro, comer se nos presenta como la principal actividad no sólo del día sino de la vida entera. Comemos no sólo por la cantidad de nutrientes que nuestro sistema biológico requiere, sino por placer, pregúntenle a las millones y millones de personas en el mundo con sobrepeso u obesidad. Si comer no fuera placentero, todos seríamos flacos.

La segunda de las significaciones que se le arroga al hambre es un tanto más de carácter social. Es cierto que al haber una escasez de alimentos el hambre se hace presente en su forma biológica, pero a esta palabra se le ha atribuido ser la encarnación de la miseria. Por eso cuando nos enojamos a rabiar con alguien que ha insultado alguna de nuestras características corporales o económicas le decimos “hambreado”. Y cómo no, esa persona seguramente no había experimentado algún tipo de placer ese día.

La tercera y última definición se nos presenta como un mar de posibilidades. Y como la palabra en cuestión proviene del latín vulgar, pues hagámosle honor al calificativo y exploremos esta representación. Tan bondadosa es la lengua – y el lenguaje también – que podemos emplear el término hambre para designar distintos campos de conocimiento. A continuación se escudriñan algunos de los componentes que participan en la determinación del hambre como apetito o deseo ardiente de algo. ¿De qué?

Sistema del hambre por placer

Si comer se sostiene de placer, entonces el hambre se sostiene de deseo, es decir, uno podría estar hambriento por el simple placer que produce comer. Así cuando nuestro deseo es carnal se genera la necesidad de devorar a la víctima de nuestro afán. Para esta compleja y deliciosa labor, se nos ha dotado de ciertas herramientas de las que echamos mano cada que se solicita.

Boca. Una de las más preciadas partes del cuerpo. Ella es la primera en entrar en acción, que no en activarse. Al ser una de las fracciones más expuestas, se puede dar el lujo de ser una de las más descaradas. Insinúa, provoca. Atrae a la presa, una mueca y ya está. La boca es la encargada del enganche. Los alimentos le importan poco, es su sabor lo que más desea. Los labios le sirven de aliados, son los peones que habrán de conseguir la conquista. Cuando el hambre es carnal, en besar se le va su mayor empeño.

Dientes. Piezas de calcio resplandecientes. Ávidos de triturar, de masticar. Anhelantes de la desintegración, de disgregar. Se mueven para transformar, para fragmentar. Son la representación del salvajismo, la expresión del hambre canina. La desesperación del desbarate, la ansiedad por el otro, el deseo por la incorporación de lo que se apetece. Cuando el hambre es carnal, muerden, desgarran, sangran al combatiente. Destellan ante su trofeo.

Lengua. Flexibilidad muscular del disfrute. Lame para degustar, para probar aquello que se ha de tragar. Catadora de dulces y amargos. Sorprende su capacidad para llegar a lugares furtivos. Alojadora de miles y miles de papilas que estipularán con qué botín han de quedarse. Junto a las glándulas salivales, deglute. Salivan a rabiar cuando existe antojo. Cuando el hambre es carnal, habla, escupe odio, saborea pasión.

Estómago. Contenedor emocional. Receptor de lo que faringe y el esófago han dispuesto. Su hambre aumenta cuando la necesidad no ha sido satisfecha. A veces crece por exceso de placer y engorda cuando su hedonismo se torna incontrolable. Albergue de mariposas en peligro de extinción. Cáliz hirviente de ímpetu y recelo. Iracundo ante la traición. Sereno ante la lealtad. Cuando el hambre es carnal, vomita exceso, digiere bondad.

Vísceras. Expendedoras de excitación emocional. Moradoras de los más lóbregos recovecos. Termostatos en los niveles de dulzura y bilis colérica. Compañeras de jolgorios, alborotos y desencantes. Furtivas y clandestinas. Desconocen al raciocinio que tanto trabajo le cuesta a su portador. Expelen réplicas violentase imprudentes. Curiosas y entrometidas, fisgonas. De contestaciones expeditas. Rememoran y evocan, cada yerro un vestigio. Desintoxican, regulan, corrigen. Prescinden de la mala sangre. Limpian y depuran, expulsan. Enredaderas de inmundicia y purificación. Cuando el hambre es carnal, protestan, desobedecen. Quebrantan, transgreden.

Pene/Vagina. Últimos —pero no menos importantes— elementos del hambre por placer. No en vano que recientemente la grelina, hormona secretada por el sistema digestivo que genera las ganas de comer, se haya vinculado con el incremento del otro apetito, el sexual. Cuando la apetencia invade, no les queda más que ceder. Si el deseo embriaga, ellos responden. Uno se erecta, la otra se dilata. Prorrumpen respuestas a la etérea sugerencia labial. Consienten el afanoso aprieto molar. Corresponden a la húmeda hospitalidad de la lengua. Reaccionan al insistente aleteo estomacal. Flaquean ante el ímpetu visceral. Se regodean del encadenamiento corporal. Alaban y enaltecen su mutua atracción. Se encumbran cuando uno termina dentro de la otra. Siempre que se come por gusto, habrá de reclamarse el derecho del hambre por placer, incluso como mero aliciente carnal.


hambre.

(Del lat. vulg. *famen, - ̆inis).

1. f. Gana y necesidad de comer.

2. f. Escasez de alimentos básicos, que causa carestía y miseria generalizada.

3. f. Apetito o deseo ardiente de algo.

RAE

 

El hambre, dice la RAE, tiene tres principales acepciones. La primera y más simple vista como necesidad. Todos, y si no —deja te digo— no estás vivo, hemos sentido alguna vez una inconmensurable necesidad de recibir los sagrados alimentos. Seas vegano o carnívoro, comer se nos presenta como la principal actividad no sólo del día sino de la vida entera. Comemos no sólo por la cantidad de nutrientes que nuestro sistema biológico requiere, sino por placer, pregúntenle a las millones y millones de personas en el mundo con sobrepeso u obesidad. Si comer no fuera placentero, todos seríamos flacos.

La segunda de las significaciones que se le arroga al hambre es un tanto más de carácter social. Es cierto que al haber una escasez de alimentos el hambre se hace presente en su forma biológica, pero a esta palabra se le ha atribuido ser la encarnación de la miseria. Por eso cuando nos enojamos a rabiar con alguien que ha insultado alguna de nuestras características corporales o económicas le decimos “hambreado”. Y cómo no, esa persona seguramente no había experimentado algún tipo de placer ese día.

La tercera y última definición se nos presenta como un mar de posibilidades. Y como la palabra en cuestión proviene del latín vulgar, pues hagámosle honor al calificativo y exploremos esta representación. Tan bondadosa es la lengua – y el lenguaje también – que podemos emplear el término hambre para designar distintos campos de conocimiento. A continuación se escudriñan algunos de los componentes que participan en la determinación del hambre como apetito o deseo ardiente de algo. ¿De qué?

Sistema del hambre por placer

Si comer se sostiene de placer, entonces el hambre se sostiene de deseo, es decir, uno podría estar hambriento por el simple placer que produce comer. Así cuando nuestro deseo es carnal se genera la necesidad de devorar a la víctima de nuestro afán. Para esta compleja y deliciosa labor, se nos ha dotado de ciertas herramientas de las que echamos mano cada que se solicita.

Boca. Una de las más preciadas partes del cuerpo. Ella es la primera en entrar en acción, que no en activarse. Al ser una de las fracciones más expuestas, se puede dar el lujo de ser una de las más descaradas. Insinúa, provoca. Atrae a la presa, una mueca y ya está. La boca es la encargada del enganche. Los alimentos le importan poco, es su sabor lo que más desea. Los labios le sirven de aliados, son los peones que habrán de conseguir la conquista. Cuando el hambre es carnal, en besar se le va su mayor empeño.

Dientes. Piezas de calcio resplandecientes. Ávidos de triturar, de masticar. Anhelantes de la desintegración, de disgregar. Se mueven para transformar, para fragmentar. Son la representación del salvajismo, la expresión del hambre canina. La desesperación del desbarate, la ansiedad por el otro, el deseo por la incorporación de lo que se apetece. Cuando el hambre es carnal, muerden, desgarran, sangran al combatiente. Destellan ante su trofeo.

Lengua. Flexibilidad muscular del disfrute. Lame para degustar, para probar aquello que se ha de tragar. Catadora de dulces y amargos. Sorprende su capacidad para llegar a lugares furtivos. Alojadora de miles y miles de papilas que estipularán con qué botín han de quedarse. Junto a las glándulas salivales, deglute. Salivan a rabiar cuando existe antojo. Cuando el hambre es carnal, habla, escupe odio, saborea pasión.

Estómago. Contenedor emocional. Receptor de lo que faringe y el esófago han dispuesto. Su hambre aumenta cuando la necesidad no ha sido satisfecha. A veces crece por exceso de placer y engorda cuando su hedonismo se torna incontrolable. Albergue de mariposas en peligro de extinción. Cáliz hirviente de ímpetu y recelo. Iracundo ante la traición. Sereno ante la lealtad. Cuando el hambre es carnal, vomita exceso, digiere bondad.

Vísceras. Expendedoras de excitación emocional. Moradoras de los más lóbregos recovecos. Termostatos en los niveles de dulzura y bilis colérica. Compañeras de jolgorios, alborotos y desencantes. Furtivas y clandestinas. Desconocen al raciocinio que tanto trabajo le cuesta a su portador. Expelen réplicas violentase imprudentes. Curiosas y entrometidas, fisgonas. De contestaciones expeditas. Rememoran y evocan, cada yerro un vestigio. Desintoxican, regulan, corrigen. Prescinden de la mala sangre. Limpian y depuran, expulsan. Enredaderas de inmundicia y purificación. Cuando el hambre es carnal, protestan, desobedecen. Quebrantan, transgreden.

Pene/Vagina. Últimos —pero no menos importantes— elementos del hambre por placer. No en vano que recientemente la grelina, hormona secretada por el sistema digestivo que genera las ganas de comer, se haya vinculado con el incremento del otro apetito, el sexual. Cuando la apetencia invade, no les queda más que ceder. Si el deseo embriaga, ellos responden. Uno se erecta, la otra se dilata. Prorrumpen respuestas a la etérea sugerencia labial. Consienten el afanoso aprieto molar. Corresponden a la húmeda hospitalidad de la lengua. Reaccionan al insistente aleteo estomacal. Flaquean ante el ímpetu visceral. Se regodean del encadenamiento corporal. Alaban y enaltecen su mutua atracción. Se encumbran cuando uno termina dentro de la otra. Siempre que se come por gusto, habrá de reclamarse el derecho del hambre por placer, incluso como mero aliciente carnal.


hambre.

(Del lat. vulg. *famen, - ̆inis).

1. f. Gana y necesidad de comer.

2. f. Escasez de alimentos básicos, que causa carestía y miseria generalizada.

3. f. Apetito o deseo ardiente de algo.

RAE

 

El hambre, dice la RAE, tiene tres principales acepciones. La primera y más simple vista como necesidad. Todos, y si no —deja te digo— no estás vivo, hemos sentido alguna vez una inconmensurable necesidad de recibir los sagrados alimentos. Seas vegano o carnívoro, comer se nos presenta como la principal actividad no sólo del día sino de la vida entera. Comemos no sólo por la cantidad de nutrientes que nuestro sistema biológico requiere, sino por placer, pregúntenle a las millones y millones de personas en el mundo con sobrepeso u obesidad. Si comer no fuera placentero, todos seríamos flacos.

La segunda de las significaciones que se le arroga al hambre es un tanto más de carácter social. Es cierto que al haber una escasez de alimentos el hambre se hace presente en su forma biológica, pero a esta palabra se le ha atribuido ser la encarnación de la miseria. Por eso cuando nos enojamos a rabiar con alguien que ha insultado alguna de nuestras características corporales o económicas le decimos “hambreado”. Y cómo no, esa persona seguramente no había experimentado algún tipo de placer ese día.

La tercera y última definición se nos presenta como un mar de posibilidades. Y como la palabra en cuestión proviene del latín vulgar, pues hagámosle honor al calificativo y exploremos esta representación. Tan bondadosa es la lengua – y el lenguaje también – que podemos emplear el término hambre para designar distintos campos de conocimiento. A continuación se escudriñan algunos de los componentes que participan en la determinación del hambre como apetito o deseo ardiente de algo. ¿De qué?

Sistema del hambre por placer

Si comer se sostiene de placer, entonces el hambre se sostiene de deseo, es decir, uno podría estar hambriento por el simple placer que produce comer. Así cuando nuestro deseo es carnal se genera la necesidad de devorar a la víctima de nuestro afán. Para esta compleja y deliciosa labor, se nos ha dotado de ciertas herramientas de las que echamos mano cada que se solicita.

Boca. Una de las más preciadas partes del cuerpo. Ella es la primera en entrar en acción, que no en activarse. Al ser una de las fracciones más expuestas, se puede dar el lujo de ser una de las más descaradas. Insinúa, provoca. Atrae a la presa, una mueca y ya está. La boca es la encargada del enganche. Los alimentos le importan poco, es su sabor lo que más desea. Los labios le sirven de aliados, son los peones que habrán de conseguir la conquista. Cuando el hambre es carnal, en besar se le va su mayor empeño.

Dientes. Piezas de calcio resplandecientes. Ávidos de triturar, de masticar. Anhelantes de la desintegración, de disgregar. Se mueven para transformar, para fragmentar. Son la representación del salvajismo, la expresión del hambre canina. La desesperación del desbarate, la ansiedad por el otro, el deseo por la incorporación de lo que se apetece. Cuando el hambre es carnal, muerden, desgarran, sangran al combatiente. Destellan ante su trofeo.

Lengua. Flexibilidad muscular del disfrute. Lame para degustar, para probar aquello que se ha de tragar. Catadora de dulces y amargos. Sorprende su capacidad para llegar a lugares furtivos. Alojadora de miles y miles de papilas que estipularán con qué botín han de quedarse. Junto a las glándulas salivales, deglute. Salivan a rabiar cuando existe antojo. Cuando el hambre es carnal, habla, escupe odio, saborea pasión.

Estómago. Contenedor emocional. Receptor de lo que faringe y el esófago han dispuesto. Su hambre aumenta cuando la necesidad no ha sido satisfecha. A veces crece por exceso de placer y engorda cuando su hedonismo se torna incontrolable. Albergue de mariposas en peligro de extinción. Cáliz hirviente de ímpetu y recelo. Iracundo ante la traición. Sereno ante la lealtad. Cuando el hambre es carnal, vomita exceso, digiere bondad.

Vísceras. Expendedoras de excitación emocional. Moradoras de los más lóbregos recovecos. Termostatos en los niveles de dulzura y bilis colérica. Compañeras de jolgorios, alborotos y desencantes. Furtivas y clandestinas. Desconocen al raciocinio que tanto trabajo le cuesta a su portador. Expelen réplicas violentase imprudentes. Curiosas y entrometidas, fisgonas. De contestaciones expeditas. Rememoran y evocan, cada yerro un vestigio. Desintoxican, regulan, corrigen. Prescinden de la mala sangre. Limpian y depuran, expulsan. Enredaderas de inmundicia y purificación. Cuando el hambre es carnal, protestan, desobedecen. Quebrantan, transgreden.

Pene/Vagina. Últimos —pero no menos importantes— elementos del hambre por placer. No en vano que recientemente la grelina, hormona secretada por el sistema digestivo que genera las ganas de comer, se haya vinculado con el incremento del otro apetito, el sexual. Cuando la apetencia invade, no les queda más que ceder. Si el deseo embriaga, ellos responden. Uno se erecta, la otra se dilata. Prorrumpen respuestas a la etérea sugerencia labial. Consienten el afanoso aprieto molar. Corresponden a la húmeda hospitalidad de la lengua. Reaccionan al insistente aleteo estomacal. Flaquean ante el ímpetu visceral. Se regodean del encadenamiento corporal. Alaban y enaltecen su mutua atracción. Se encumbran cuando uno termina dentro de la otra. Siempre que se come por gusto, habrá de reclamarse el derecho del hambre por placer, incluso como mero aliciente carnal.


hambre.

(Del lat. vulg. *famen, - ̆inis).

1. f. Gana y necesidad de comer.

2. f. Escasez de alimentos básicos, que causa carestía y miseria generalizada.

3. f. Apetito o deseo ardiente de algo.

RAE

 

El hambre, dice la RAE, tiene tres principales acepciones. La primera y más simple vista como necesidad. Todos, y si no —deja te digo— no estás vivo, hemos sentido alguna vez una inconmensurable necesidad de recibir los sagrados alimentos. Seas vegano o carnívoro, comer se nos presenta como la principal actividad no sólo del día sino de la vida entera. Comemos no sólo por la cantidad de nutrientes que nuestro sistema biológico requiere, sino por placer, pregúntenle a las millones y millones de personas en el mundo con sobrepeso u obesidad. Si comer no fuera placentero, todos seríamos flacos.

La segunda de las significaciones que se le arroga al hambre es un tanto más de carácter social. Es cierto que al haber una escasez de alimentos el hambre se hace presente en su forma biológica, pero a esta palabra se le ha atribuido ser la encarnación de la miseria. Por eso cuando nos enojamos a rabiar con alguien que ha insultado alguna de nuestras características corporales o económicas le decimos “hambreado”. Y cómo no, esa persona seguramente no había experimentado algún tipo de placer ese día.

La tercera y última definición se nos presenta como un mar de posibilidades. Y como la palabra en cuestión proviene del latín vulgar, pues hagámosle honor al calificativo y exploremos esta representación. Tan bondadosa es la lengua – y el lenguaje también – que podemos emplear el término hambre para designar distintos campos de conocimiento. A continuación se escudriñan algunos de los componentes que participan en la determinación del hambre como apetito o deseo ardiente de algo. ¿De qué?

Sistema del hambre por placer

Si comer se sostiene de placer, entonces el hambre se sostiene de deseo, es decir, uno podría estar hambriento por el simple placer que produce comer. Así cuando nuestro deseo es carnal se genera la necesidad de devorar a la víctima de nuestro afán. Para esta compleja y deliciosa labor, se nos ha dotado de ciertas herramientas de las que echamos mano cada que se solicita.

Boca. Una de las más preciadas partes del cuerpo. Ella es la primera en entrar en acción, que no en activarse. Al ser una de las fracciones más expuestas, se puede dar el lujo de ser una de las más descaradas. Insinúa, provoca. Atrae a la presa, una mueca y ya está. La boca es la encargada del enganche. Los alimentos le importan poco, es su sabor lo que más desea. Los labios le sirven de aliados, son los peones que habrán de conseguir la conquista. Cuando el hambre es carnal, en besar se le va su mayor empeño.

Dientes. Piezas de calcio resplandecientes. Ávidos de triturar, de masticar. Anhelantes de la desintegración, de disgregar. Se mueven para transformar, para fragmentar. Son la representación del salvajismo, la expresión del hambre canina. La desesperación del desbarate, la ansiedad por el otro, el deseo por la incorporación de lo que se apetece. Cuando el hambre es carnal, muerden, desgarran, sangran al combatiente. Destellan ante su trofeo.

Lengua. Flexibilidad muscular del disfrute. Lame para degustar, para probar aquello que se ha de tragar. Catadora de dulces y amargos. Sorprende su capacidad para llegar a lugares furtivos. Alojadora de miles y miles de papilas que estipularán con qué botín han de quedarse. Junto a las glándulas salivales, deglute. Salivan a rabiar cuando existe antojo. Cuando el hambre es carnal, habla, escupe odio, saborea pasión.

Estómago. Contenedor emocional. Receptor de lo que faringe y el esófago han dispuesto. Su hambre aumenta cuando la necesidad no ha sido satisfecha. A veces crece por exceso de placer y engorda cuando su hedonismo se torna incontrolable. Albergue de mariposas en peligro de extinción. Cáliz hirviente de ímpetu y recelo. Iracundo ante la traición. Sereno ante la lealtad. Cuando el hambre es carnal, vomita exceso, digiere bondad.

Vísceras. Expendedoras de excitación emocional. Moradoras de los más lóbregos recovecos. Termostatos en los niveles de dulzura y bilis colérica. Compañeras de jolgorios, alborotos y desencantes. Furtivas y clandestinas. Desconocen al raciocinio que tanto trabajo le cuesta a su portador. Expelen réplicas violentase imprudentes. Curiosas y entrometidas, fisgonas. De contestaciones expeditas. Rememoran y evocan, cada yerro un vestigio. Desintoxican, regulan, corrigen. Prescinden de la mala sangre. Limpian y depuran, expulsan. Enredaderas de inmundicia y purificación. Cuando el hambre es carnal, protestan, desobedecen. Quebrantan, transgreden.

Pene/Vagina. Últimos —pero no menos importantes— elementos del hambre por placer. No en vano que recientemente la grelina, hormona secretada por el sistema digestivo que genera las ganas de comer, se haya vinculado con el incremento del otro apetito, el sexual. Cuando la apetencia invade, no les queda más que ceder. Si el deseo embriaga, ellos responden. Uno se erecta, la otra se dilata. Prorrumpen respuestas a la etérea sugerencia labial. Consienten el afanoso aprieto molar. Corresponden a la húmeda hospitalidad de la lengua. Reaccionan al insistente aleteo estomacal. Flaquean ante el ímpetu visceral. Se regodean del encadenamiento corporal. Alaban y enaltecen su mutua atracción. Se encumbran cuando uno termina dentro de la otra. Siempre que se come por gusto, habrá de reclamarse el derecho del hambre por placer, incluso como mero aliciente carnal.


Cecilia Ramírez Calixtro. (1991) Psicóloga. Estudiante de la Especialidad en Comunicación, Cultura y Psicología Política en la Facultad de Psicología de la UNAM. Ha publicado en la revista Clarimonda. Cinéfila y melómana declarada. Creyente de las multitudes.

Imagen de portada: Guillaume Corpart Muller

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N.003 - Narrativa

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