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N.013 - Narrativa

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Escrito por Daniel Ochoa

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Tanya me llevó de la mano, con los ojos vendados; me emocionaba más una visita al dentista que con esos jipis que jugaban a ser traductores del destino. Me encabrono si estamos en donde me imagino que estamos, me encabrono de verdad. No hubo respuesta. El motor del vehículo se detuvo con un pedorreo hueco que me hizo esbozar una sonrisa, sentí su mirada y borré la mueca. Ya, pinche Tanya, ¿en dónde estamos? Me va a empezar a doler la cabeza y ahí sí me encabrono, sabes que me encabrono, le dije mientras intentaba quitarme la venda. Ya, Daniel, qué impaciente eres, ya llegamos, ¡no te quites la jodida venda! Sentí su codo en los muslos, se recargó y abrió la puerta de mi lado: Espera, ahora te ayudo a bajar.

Me tomó del brazo y caminamos un par de minutos, rodeamos lo que, por el sonido, parecía ser una fuente y dimos vuelta a la izquierda. Tocó tres veces una puerta de metal y, unos segundos después, la puerta se abrió con un chillido seco, como de bruja. Me tomó de la mano y avanzamos lentamente. La poca luz que se metía entre la tela desapareció por completo, ahora sí estaba completamente ciego; me ceñí a su brazo y recargué mi cabeza en su hombro. Total, ya estamos aquí, pensé. Subimos una escalera de caracol y una voz de mujer nos dijo que esperáramos ahí, que la Vidente estaba terminando una sesión y que estaría con nosotros en un par de minutos. Me acerqué al oído de Tanya y le dije: Chingao, si tan vidente es, ¿no sabe que este lugar huele a meados? Me soltó un codazo en la costilla y me dijo que me callara. Me callé.

¿Escuchaste eso? Un escalofrío me recorrió la espina dorsal cuando un par de voces me atravesaron de oído a oído, susurrando en un idioma que no alcancé a comprender. No, no escuché nada, siéntate, Daniel, pareces niño chiquito, dijo mientras me acercaba una silla. ¿Yo? ¿Parezco niño? Me trajiste con engaños, a quién sabe dónde, y ahora resulta que yo soy el inmaduro, ¿no? Me senté y esperé su respuesta. ¿Si sabes que hubiera venido sin necesidad de todo este desmadre?, mentí. ¿Tanya?, ¿Tan? Nada. Estiré los brazos tentando el aire, buscando su cuerpo. Nada. Ya estuvo de la pinche tortura, conste que aguanté, pero tú ya nada más me quieres asustar. Me quité la venda. Nada.

Me puse de pie e intenté gritar, pero, cuando abrí la boca, lo que solo alcanzo a describir como una mano de viento se me introdujo en la garganta y me inmovilizó las cuerdas vocales. No dolió, no, solamente dejé de tener control sobre mi cuerpo. Empecé a caminar, sin avanzar, flotando en la nada. Tranquilízate, pinche Daniel, esto es un sueño, nada más; hace unos días Tanya te dijo que quería venir a estas madres y te lo metió tanto en la cabeza que ahora, descansando, ya lo hiciste tuyo; no hay nada más aterrador, eso sí, que estar dentro de tu cabeza, pero no es el momento de pensar en esas mamadas, concéntrate y despierta. Cerré los ojos y los apreté fuerte, muy fuerte, los volví a abrir: nada. O era lo mismo, ya no sabía en qué momento los tenía abiertos y en qué momento cerrados.

Las manos de viento volvieron a mi cuerpo; me reconocí desnudo cuando una brisa me acarició los testículos. Me tapé, por mero instinto, con las manos el pene y una sacudida violenta me dejó con ambos brazos extendidos a cada lado, como crucificado; las piernas se me abrieron en un ángulo poco humano mientras miles de dedos me acariciaban juguetonamente el cuerpo, dejando una sustancia viscosa que se derramaba sobre mí y se secaba a los pocos segundos; cuando me di cuenta, ya estaba acostado.

Chertwyrtz, ¿nai?, entendí, Es él. Y hablé, en su idioma, en aquella lengua que nunca había escuchado, con una voz que no era mía: ¡Nai! Pargwuts mei. Sí, soy yo.

–¿Sabes por qué estás aquí?
–Ahora lo sé. Saca las cartas, si aún tienes dudas.
–Tenemos que hacerlo, no hay forma de cruzar sin ellas.
¡Varkly noug! ¡Noug!– dije, con una voz que me raspó las entrañas y me dejó vibrando de una furia que me devolvió el control del cuerpo.

Me levanté, me sentía más fuerte, más alto. Una luz roja comenzó a palpitar a unos centímetros; era la primera vez que veía algo desde hacía no sé cuánto tiempo; me concentré en ella y empezó a dar vueltas creando un círculo perfecto que se dibujaba justo enfrente de mí. No sé cómo, pero sabía lo que tenía que hacer: la toqué tres veces, perdí tres dedos. Empecé a sangrar. La luz se detuvo. 

La sangre cayó a mis pies y empezó a crear un remolino que se perdió en la oscuridad. Pargwuts mei, pargwuts mei, grité, mientras me golpeaba el pecho con la mano cercenada. Ni un ápice de dolor. Un extremo del cuarto empezó a despedir un albor amarillo que se convirtió en un portal por el que comenzó a avanzar un grupo de siluetas. Desnudas, con cabezas de antílopes, llegaron a mis pies y se arrodillaron; todas excepto una. Se acercó a mí, me tomó la mano y la puso en su pecho: era Tanya. Se hincó y comenzó a lamer, con esa lengua larga y rugosa, cada uno de mis dedos. Tuai reystremaz tinja: te esperamos tanto. Me empujó delicadamente a un asiento enorme que había aparecido a mis espaldas. Un trono, mi trono.

No hay suerte en mi destino. Mi destino es el suyo. Mi vida es suya y sus vidas me pertenecen. Hasta que el ojo del divino vuelva a abrirse, yo seré su vista. Estiré la mano y, sin tocarlos, les arranqué los ojos. Los antílopes sin ojos sonreían y se lamían la sangre los unos a los otros. Me puse de pie y rompí la euforia con un gruñido demoniaco. Tre Wuachal Nim hyza. ¡Nim Hyza!

¡Nim Hyza!

El nuevo mundo ha llegado.

 

Tanya me llevó de la mano, con los ojos vendados; me emocionaba más una visita al dentista que con esos jipis que jugaban a ser traductores del destino. Me encabrono si estamos en donde me imagino que estamos, me encabrono de verdad. No hubo respuesta. El motor del vehículo se detuvo con un pedorreo hueco que me hizo esbozar una sonrisa, sentí su mirada y borré la mueca. Ya, pinche Tanya, ¿en dónde estamos? Me va a empezar a doler la cabeza y ahí sí me encabrono, sabes que me encabrono, le dije mientras intentaba quitarme la venda. Ya, Daniel, qué impaciente eres, ya llegamos, ¡no te quites la jodida venda! Sentí su codo en los muslos, se recargó y abrió la puerta de mi lado: Espera, ahora te ayudo a bajar.

Me tomó del brazo y caminamos un par de minutos, rodeamos lo que, por el sonido, parecía ser una fuente y dimos vuelta a la izquierda. Tocó tres veces una puerta de metal y, unos segundos después, la puerta se abrió con un chillido seco, como de bruja. Me tomó de la mano y avanzamos lentamente. La poca luz que se metía entre la tela desapareció por completo, ahora sí estaba completamente ciego; me ceñí a su brazo y recargué mi cabeza en su hombro. Total, ya estamos aquí, pensé. Subimos una escalera de caracol y una voz de mujer nos dijo que esperáramos ahí, que la Vidente estaba terminando una sesión y que estaría con nosotros en un par de minutos. Me acerqué al oído de Tanya y le dije: Chingao, si tan vidente es, ¿no sabe que este lugar huele a meados? Me soltó un codazo en la costilla y me dijo que me callara. Me callé.

¿Escuchaste eso? Un escalofrío me recorrió la espina dorsal cuando un par de voces me atravesaron de oído a oído, susurrando en un idioma que no alcancé a comprender. No, no escuché nada, siéntate, Daniel, pareces niño chiquito, dijo mientras me acercaba una silla. ¿Yo? ¿Parezco niño? Me trajiste con engaños, a quién sabe dónde, y ahora resulta que yo soy el inmaduro, ¿no? Me senté y esperé su respuesta. ¿Si sabes que hubiera venido sin necesidad de todo este desmadre?, mentí. ¿Tanya?, ¿Tan? Nada. Estiré los brazos tentando el aire, buscando su cuerpo. Nada. Ya estuvo de la pinche tortura, conste que aguanté, pero tú ya nada más me quieres asustar. Me quité la venda. Nada.

Me puse de pie e intenté gritar, pero, cuando abrí la boca, lo que solo alcanzo a describir como una mano de viento se me introdujo en la garganta y me inmovilizó las cuerdas vocales. No dolió, no, solamente dejé de tener control sobre mi cuerpo. Empecé a caminar, sin avanzar, flotando en la nada. Tranquilízate, pinche Daniel, esto es un sueño, nada más; hace unos días Tanya te dijo que quería venir a estas madres y te lo metió tanto en la cabeza que ahora, descansando, ya lo hiciste tuyo; no hay nada más aterrador, eso sí, que estar dentro de tu cabeza, pero no es el momento de pensar en esas mamadas, concéntrate y despierta. Cerré los ojos y los apreté fuerte, muy fuerte, los volví a abrir: nada. O era lo mismo, ya no sabía en qué momento los tenía abiertos y en qué momento cerrados.

Las manos de viento volvieron a mi cuerpo; me reconocí desnudo cuando una brisa me acarició los testículos. Me tapé, por mero instinto, con las manos el pene y una sacudida violenta me dejó con ambos brazos extendidos a cada lado, como crucificado; las piernas se me abrieron en un ángulo poco humano mientras miles de dedos me acariciaban juguetonamente el cuerpo, dejando una sustancia viscosa que se derramaba sobre mí y se secaba a los pocos segundos; cuando me di cuenta, ya estaba acostado.

Chertwyrtz, ¿nai?, entendí, Es él. Y hablé, en su idioma, en aquella lengua que nunca había escuchado, con una voz que no era mía: ¡Nai! Pargwuts mei. Sí, soy yo.

–¿Sabes por qué estás aquí?
–Ahora lo sé. Saca las cartas, si aún tienes dudas.
–Tenemos que hacerlo, no hay forma de cruzar sin ellas.
¡Varkly noug! ¡Noug!– dije, con una voz que me raspó las entrañas y me dejó vibrando de una furia que me devolvió el control del cuerpo.

Me levanté, me sentía más fuerte, más alto. Una luz roja comenzó a palpitar a unos centímetros; era la primera vez que veía algo desde hacía no sé cuánto tiempo; me concentré en ella y empezó a dar vueltas creando un círculo perfecto que se dibujaba justo enfrente de mí. No sé cómo, pero sabía lo que tenía que hacer: la toqué tres veces, perdí tres dedos. Empecé a sangrar. La luz se detuvo. 

La sangre cayó a mis pies y empezó a crear un remolino que se perdió en la oscuridad. Pargwuts mei, pargwuts mei, grité, mientras me golpeaba el pecho con la mano cercenada. Ni un ápice de dolor. Un extremo del cuarto empezó a despedir un albor amarillo que se convirtió en un portal por el que comenzó a avanzar un grupo de siluetas. Desnudas, con cabezas de antílopes, llegaron a mis pies y se arrodillaron; todas excepto una. Se acercó a mí, me tomó la mano y la puso en su pecho: era Tanya. Se hincó y comenzó a lamer, con esa lengua larga y rugosa, cada uno de mis dedos. Tuai reystremaz tinja: te esperamos tanto. Me empujó delicadamente a un asiento enorme que había aparecido a mis espaldas. Un trono, mi trono.

No hay suerte en mi destino. Mi destino es el suyo. Mi vida es suya y sus vidas me pertenecen. Hasta que el ojo del divino vuelva a abrirse, yo seré su vista. Estiré la mano y, sin tocarlos, les arranqué los ojos. Los antílopes sin ojos sonreían y se lamían la sangre los unos a los otros. Me puse de pie y rompí la euforia con un gruñido demoniaco. Tre Wuachal Nim hyza. ¡Nim Hyza!

¡Nim Hyza!

El nuevo mundo ha llegado.

 

Tanya me llevó de la mano, con los ojos vendados; me emocionaba más una visita al dentista que con esos jipis que jugaban a ser traductores del destino. Me encabrono si estamos en donde me imagino que estamos, me encabrono de verdad. No hubo respuesta. El motor del vehículo se detuvo con un pedorreo hueco que me hizo esbozar una sonrisa, sentí su mirada y borré la mueca. Ya, pinche Tanya, ¿en dónde estamos? Me va a empezar a doler la cabeza y ahí sí me encabrono, sabes que me encabrono, le dije mientras intentaba quitarme la venda. Ya, Daniel, qué impaciente eres, ya llegamos, ¡no te quites la jodida venda! Sentí su codo en los muslos, se recargó y abrió la puerta de mi lado: Espera, ahora te ayudo a bajar.

Me tomó del brazo y caminamos un par de minutos, rodeamos lo que, por el sonido, parecía ser una fuente y dimos vuelta a la izquierda. Tocó tres veces una puerta de metal y, unos segundos después, la puerta se abrió con un chillido seco, como de bruja. Me tomó de la mano y avanzamos lentamente. La poca luz que se metía entre la tela desapareció por completo, ahora sí estaba completamente ciego; me ceñí a su brazo y recargué mi cabeza en su hombro. Total, ya estamos aquí, pensé. Subimos una escalera de caracol y una voz de mujer nos dijo que esperáramos ahí, que la Vidente estaba terminando una sesión y que estaría con nosotros en un par de minutos. Me acerqué al oído de Tanya y le dije: Chingao, si tan vidente es, ¿no sabe que este lugar huele a meados? Me soltó un codazo en la costilla y me dijo que me callara. Me callé.

¿Escuchaste eso? Un escalofrío me recorrió la espina dorsal cuando un par de voces me atravesaron de oído a oído, susurrando en un idioma que no alcancé a comprender. No, no escuché nada, siéntate, Daniel, pareces niño chiquito, dijo mientras me acercaba una silla. ¿Yo? ¿Parezco niño? Me trajiste con engaños, a quién sabe dónde, y ahora resulta que yo soy el inmaduro, ¿no? Me senté y esperé su respuesta. ¿Si sabes que hubiera venido sin necesidad de todo este desmadre?, mentí. ¿Tanya?, ¿Tan? Nada. Estiré los brazos tentando el aire, buscando su cuerpo. Nada. Ya estuvo de la pinche tortura, conste que aguanté, pero tú ya nada más me quieres asustar. Me quité la venda. Nada.

Me puse de pie e intenté gritar, pero, cuando abrí la boca, lo que solo alcanzo a describir como una mano de viento se me introdujo en la garganta y me inmovilizó las cuerdas vocales. No dolió, no, solamente dejé de tener control sobre mi cuerpo. Empecé a caminar, sin avanzar, flotando en la nada. Tranquilízate, pinche Daniel, esto es un sueño, nada más; hace unos días Tanya te dijo que quería venir a estas madres y te lo metió tanto en la cabeza que ahora, descansando, ya lo hiciste tuyo; no hay nada más aterrador, eso sí, que estar dentro de tu cabeza, pero no es el momento de pensar en esas mamadas, concéntrate y despierta. Cerré los ojos y los apreté fuerte, muy fuerte, los volví a abrir: nada. O era lo mismo, ya no sabía en qué momento los tenía abiertos y en qué momento cerrados.

Las manos de viento volvieron a mi cuerpo; me reconocí desnudo cuando una brisa me acarició los testículos. Me tapé, por mero instinto, con las manos el pene y una sacudida violenta me dejó con ambos brazos extendidos a cada lado, como crucificado; las piernas se me abrieron en un ángulo poco humano mientras miles de dedos me acariciaban juguetonamente el cuerpo, dejando una sustancia viscosa que se derramaba sobre mí y se secaba a los pocos segundos; cuando me di cuenta, ya estaba acostado.

Chertwyrtz, ¿nai?, entendí, Es él. Y hablé, en su idioma, en aquella lengua que nunca había escuchado, con una voz que no era mía: ¡Nai! Pargwuts mei. Sí, soy yo.

–¿Sabes por qué estás aquí?
–Ahora lo sé. Saca las cartas, si aún tienes dudas.
–Tenemos que hacerlo, no hay forma de cruzar sin ellas.
¡Varkly noug! ¡Noug!– dije, con una voz que me raspó las entrañas y me dejó vibrando de una furia que me devolvió el control del cuerpo.

Me levanté, me sentía más fuerte, más alto. Una luz roja comenzó a palpitar a unos centímetros; era la primera vez que veía algo desde hacía no sé cuánto tiempo; me concentré en ella y empezó a dar vueltas creando un círculo perfecto que se dibujaba justo enfrente de mí. No sé cómo, pero sabía lo que tenía que hacer: la toqué tres veces, perdí tres dedos. Empecé a sangrar. La luz se detuvo. 

La sangre cayó a mis pies y empezó a crear un remolino que se perdió en la oscuridad. Pargwuts mei, pargwuts mei, grité, mientras me golpeaba el pecho con la mano cercenada. Ni un ápice de dolor. Un extremo del cuarto empezó a despedir un albor amarillo que se convirtió en un portal por el que comenzó a avanzar un grupo de siluetas. Desnudas, con cabezas de antílopes, llegaron a mis pies y se arrodillaron; todas excepto una. Se acercó a mí, me tomó la mano y la puso en su pecho: era Tanya. Se hincó y comenzó a lamer, con esa lengua larga y rugosa, cada uno de mis dedos. Tuai reystremaz tinja: te esperamos tanto. Me empujó delicadamente a un asiento enorme que había aparecido a mis espaldas. Un trono, mi trono.

No hay suerte en mi destino. Mi destino es el suyo. Mi vida es suya y sus vidas me pertenecen. Hasta que el ojo del divino vuelva a abrirse, yo seré su vista. Estiré la mano y, sin tocarlos, les arranqué los ojos. Los antílopes sin ojos sonreían y se lamían la sangre los unos a los otros. Me puse de pie y rompí la euforia con un gruñido demoniaco. Tre Wuachal Nim hyza. ¡Nim Hyza!

¡Nim Hyza!

El nuevo mundo ha llegado.

 

Tanya me llevó de la mano, con los ojos vendados; me emocionaba más una visita al dentista que con esos jipis que jugaban a ser traductores del destino. Me encabrono si estamos en donde me imagino que estamos, me encabrono de verdad. No hubo respuesta. El motor del vehículo se detuvo con un pedorreo hueco que me hizo esbozar una sonrisa, sentí su mirada y borré la mueca. Ya, pinche Tanya, ¿en dónde estamos? Me va a empezar a doler la cabeza y ahí sí me encabrono, sabes que me encabrono, le dije mientras intentaba quitarme la venda. Ya, Daniel, qué impaciente eres, ya llegamos, ¡no te quites la jodida venda! Sentí su codo en los muslos, se recargó y abrió la puerta de mi lado: Espera, ahora te ayudo a bajar.

Me tomó del brazo y caminamos un par de minutos, rodeamos lo que, por el sonido, parecía ser una fuente y dimos vuelta a la izquierda. Tocó tres veces una puerta de metal y, unos segundos después, la puerta se abrió con un chillido seco, como de bruja. Me tomó de la mano y avanzamos lentamente. La poca luz que se metía entre la tela desapareció por completo, ahora sí estaba completamente ciego; me ceñí a su brazo y recargué mi cabeza en su hombro. Total, ya estamos aquí, pensé. Subimos una escalera de caracol y una voz de mujer nos dijo que esperáramos ahí, que la Vidente estaba terminando una sesión y que estaría con nosotros en un par de minutos. Me acerqué al oído de Tanya y le dije: Chingao, si tan vidente es, ¿no sabe que este lugar huele a meados? Me soltó un codazo en la costilla y me dijo que me callara. Me callé.

¿Escuchaste eso? Un escalofrío me recorrió la espina dorsal cuando un par de voces me atravesaron de oído a oído, susurrando en un idioma que no alcancé a comprender. No, no escuché nada, siéntate, Daniel, pareces niño chiquito, dijo mientras me acercaba una silla. ¿Yo? ¿Parezco niño? Me trajiste con engaños, a quién sabe dónde, y ahora resulta que yo soy el inmaduro, ¿no? Me senté y esperé su respuesta. ¿Si sabes que hubiera venido sin necesidad de todo este desmadre?, mentí. ¿Tanya?, ¿Tan? Nada. Estiré los brazos tentando el aire, buscando su cuerpo. Nada. Ya estuvo de la pinche tortura, conste que aguanté, pero tú ya nada más me quieres asustar. Me quité la venda. Nada.

Me puse de pie e intenté gritar, pero, cuando abrí la boca, lo que solo alcanzo a describir como una mano de viento se me introdujo en la garganta y me inmovilizó las cuerdas vocales. No dolió, no, solamente dejé de tener control sobre mi cuerpo. Empecé a caminar, sin avanzar, flotando en la nada. Tranquilízate, pinche Daniel, esto es un sueño, nada más; hace unos días Tanya te dijo que quería venir a estas madres y te lo metió tanto en la cabeza que ahora, descansando, ya lo hiciste tuyo; no hay nada más aterrador, eso sí, que estar dentro de tu cabeza, pero no es el momento de pensar en esas mamadas, concéntrate y despierta. Cerré los ojos y los apreté fuerte, muy fuerte, los volví a abrir: nada. O era lo mismo, ya no sabía en qué momento los tenía abiertos y en qué momento cerrados.

Las manos de viento volvieron a mi cuerpo; me reconocí desnudo cuando una brisa me acarició los testículos. Me tapé, por mero instinto, con las manos el pene y una sacudida violenta me dejó con ambos brazos extendidos a cada lado, como crucificado; las piernas se me abrieron en un ángulo poco humano mientras miles de dedos me acariciaban juguetonamente el cuerpo, dejando una sustancia viscosa que se derramaba sobre mí y se secaba a los pocos segundos; cuando me di cuenta, ya estaba acostado.

Chertwyrtz, ¿nai?, entendí, Es él. Y hablé, en su idioma, en aquella lengua que nunca había escuchado, con una voz que no era mía: ¡Nai! Pargwuts mei. Sí, soy yo.

–¿Sabes por qué estás aquí?
–Ahora lo sé. Saca las cartas, si aún tienes dudas.
–Tenemos que hacerlo, no hay forma de cruzar sin ellas.
¡Varkly noug! ¡Noug!– dije, con una voz que me raspó las entrañas y me dejó vibrando de una furia que me devolvió el control del cuerpo.

Me levanté, me sentía más fuerte, más alto. Una luz roja comenzó a palpitar a unos centímetros; era la primera vez que veía algo desde hacía no sé cuánto tiempo; me concentré en ella y empezó a dar vueltas creando un círculo perfecto que se dibujaba justo enfrente de mí. No sé cómo, pero sabía lo que tenía que hacer: la toqué tres veces, perdí tres dedos. Empecé a sangrar. La luz se detuvo. 

La sangre cayó a mis pies y empezó a crear un remolino que se perdió en la oscuridad. Pargwuts mei, pargwuts mei, grité, mientras me golpeaba el pecho con la mano cercenada. Ni un ápice de dolor. Un extremo del cuarto empezó a despedir un albor amarillo que se convirtió en un portal por el que comenzó a avanzar un grupo de siluetas. Desnudas, con cabezas de antílopes, llegaron a mis pies y se arrodillaron; todas excepto una. Se acercó a mí, me tomó la mano y la puso en su pecho: era Tanya. Se hincó y comenzó a lamer, con esa lengua larga y rugosa, cada uno de mis dedos. Tuai reystremaz tinja: te esperamos tanto. Me empujó delicadamente a un asiento enorme que había aparecido a mis espaldas. Un trono, mi trono.

No hay suerte en mi destino. Mi destino es el suyo. Mi vida es suya y sus vidas me pertenecen. Hasta que el ojo del divino vuelva a abrirse, yo seré su vista. Estiré la mano y, sin tocarlos, les arranqué los ojos. Los antílopes sin ojos sonreían y se lamían la sangre los unos a los otros. Me puse de pie y rompí la euforia con un gruñido demoniaco. Tre Wuachal Nim hyza. ¡Nim Hyza!

¡Nim Hyza!

El nuevo mundo ha llegado.

 

Tanya me llevó de la mano, con los ojos vendados; me emocionaba más una visita al dentista que con esos jipis que jugaban a ser traductores del destino. Me encabrono si estamos en donde me imagino que estamos, me encabrono de verdad. No hubo respuesta. El motor del vehículo se detuvo con un pedorreo hueco que me hizo esbozar una sonrisa, sentí su mirada y borré la mueca. Ya, pinche Tanya, ¿en dónde estamos? Me va a empezar a doler la cabeza y ahí sí me encabrono, sabes que me encabrono, le dije mientras intentaba quitarme la venda. Ya, Daniel, qué impaciente eres, ya llegamos, ¡no te quites la jodida venda! Sentí su codo en los muslos, se recargó y abrió la puerta de mi lado: Espera, ahora te ayudo a bajar.

Me tomó del brazo y caminamos un par de minutos, rodeamos lo que, por el sonido, parecía ser una fuente y dimos vuelta a la izquierda. Tocó tres veces una puerta de metal y, unos segundos después, la puerta se abrió con un chillido seco, como de bruja. Me tomó de la mano y avanzamos lentamente. La poca luz que se metía entre la tela desapareció por completo, ahora sí estaba completamente ciego; me ceñí a su brazo y recargué mi cabeza en su hombro. Total, ya estamos aquí, pensé. Subimos una escalera de caracol y una voz de mujer nos dijo que esperáramos ahí, que la Vidente estaba terminando una sesión y que estaría con nosotros en un par de minutos. Me acerqué al oído de Tanya y le dije: Chingao, si tan vidente es, ¿no sabe que este lugar huele a meados? Me soltó un codazo en la costilla y me dijo que me callara. Me callé.

¿Escuchaste eso? Un escalofrío me recorrió la espina dorsal cuando un par de voces me atravesaron de oído a oído, susurrando en un idioma que no alcancé a comprender. No, no escuché nada, siéntate, Daniel, pareces niño chiquito, dijo mientras me acercaba una silla. ¿Yo? ¿Parezco niño? Me trajiste con engaños, a quién sabe dónde, y ahora resulta que yo soy el inmaduro, ¿no? Me senté y esperé su respuesta. ¿Si sabes que hubiera venido sin necesidad de todo este desmadre?, mentí. ¿Tanya?, ¿Tan? Nada. Estiré los brazos tentando el aire, buscando su cuerpo. Nada. Ya estuvo de la pinche tortura, conste que aguanté, pero tú ya nada más me quieres asustar. Me quité la venda. Nada.

Me puse de pie e intenté gritar, pero, cuando abrí la boca, lo que solo alcanzo a describir como una mano de viento se me introdujo en la garganta y me inmovilizó las cuerdas vocales. No dolió, no, solamente dejé de tener control sobre mi cuerpo. Empecé a caminar, sin avanzar, flotando en la nada. Tranquilízate, pinche Daniel, esto es un sueño, nada más; hace unos días Tanya te dijo que quería venir a estas madres y te lo metió tanto en la cabeza que ahora, descansando, ya lo hiciste tuyo; no hay nada más aterrador, eso sí, que estar dentro de tu cabeza, pero no es el momento de pensar en esas mamadas, concéntrate y despierta. Cerré los ojos y los apreté fuerte, muy fuerte, los volví a abrir: nada. O era lo mismo, ya no sabía en qué momento los tenía abiertos y en qué momento cerrados.

Las manos de viento volvieron a mi cuerpo; me reconocí desnudo cuando una brisa me acarició los testículos. Me tapé, por mero instinto, con las manos el pene y una sacudida violenta me dejó con ambos brazos extendidos a cada lado, como crucificado; las piernas se me abrieron en un ángulo poco humano mientras miles de dedos me acariciaban juguetonamente el cuerpo, dejando una sustancia viscosa que se derramaba sobre mí y se secaba a los pocos segundos; cuando me di cuenta, ya estaba acostado.

Chertwyrtz, ¿nai?, entendí, Es él. Y hablé, en su idioma, en aquella lengua que nunca había escuchado, con una voz que no era mía: ¡Nai! Pargwuts mei. Sí, soy yo.

–¿Sabes por qué estás aquí?
–Ahora lo sé. Saca las cartas, si aún tienes dudas.
–Tenemos que hacerlo, no hay forma de cruzar sin ellas.
¡Varkly noug! ¡Noug!– dije, con una voz que me raspó las entrañas y me dejó vibrando de una furia que me devolvió el control del cuerpo.

Me levanté, me sentía más fuerte, más alto. Una luz roja comenzó a palpitar a unos centímetros; era la primera vez que veía algo desde hacía no sé cuánto tiempo; me concentré en ella y empezó a dar vueltas creando un círculo perfecto que se dibujaba justo enfrente de mí. No sé cómo, pero sabía lo que tenía que hacer: la toqué tres veces, perdí tres dedos. Empecé a sangrar. La luz se detuvo. 

La sangre cayó a mis pies y empezó a crear un remolino que se perdió en la oscuridad. Pargwuts mei, pargwuts mei, grité, mientras me golpeaba el pecho con la mano cercenada. Ni un ápice de dolor. Un extremo del cuarto empezó a despedir un albor amarillo que se convirtió en un portal por el que comenzó a avanzar un grupo de siluetas. Desnudas, con cabezas de antílopes, llegaron a mis pies y se arrodillaron; todas excepto una. Se acercó a mí, me tomó la mano y la puso en su pecho: era Tanya. Se hincó y comenzó a lamer, con esa lengua larga y rugosa, cada uno de mis dedos. Tuai reystremaz tinja: te esperamos tanto. Me empujó delicadamente a un asiento enorme que había aparecido a mis espaldas. Un trono, mi trono.

No hay suerte en mi destino. Mi destino es el suyo. Mi vida es suya y sus vidas me pertenecen. Hasta que el ojo del divino vuelva a abrirse, yo seré su vista. Estiré la mano y, sin tocarlos, les arranqué los ojos. Los antílopes sin ojos sonreían y se lamían la sangre los unos a los otros. Me puse de pie y rompí la euforia con un gruñido demoniaco. Tre Wuachal Nim hyza. ¡Nim Hyza!

¡Nim Hyza!

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