Del porvenir

N.013 - Narrativa

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Escrito por Andrea Nuñez Quintero

En la casa de mi madrastra siempre hubo magia de esa que uno se inventa para irse lejos sin irse de verdad. Y en las reuniones se hablaba de esa magia como si no pudiera escucharnos. Que si en el cuarto de Juan hay 200 figurines de troll que lo llaman padre, que si por las noches en la casa de huéspedes alguien transparente juega con las canicas que están en el suelo sin tropezarse con ellas, que si Andrea fue a donde viven los muertos insurrectos y regresó con uno colgado al pecho que se la quiere llevar otra vez para casarse con ella.                              

                                Silencio y
                                                   hay que hablarle a la bruja.

Entre en escena la bruja, sin harapos por vestimenta ni una gran nariz. Entre la bruja de clase alta, con los cabellos vírgenes y la cara torcida por las cirugías: tu familia teme que algún día te cases con el muerto. Te vengo a decir tu fortuna. Sacó de su bolsillo una hoja blanca y un bolígrafo. Me regaló la chuecura de su sonrisa, cerró los inmensos ojos azules y me tomó las manos. Hubo muecas, máscaras tragicómicas, un mal teatro de quinientos pesos. Después de haber visto lo suficiente (donde sea que lo haya visto)                                                                           Silencio y

En dos páginas y media, el porvenir de la Andrea que no se acordará de esto.
       “La verdad” de la Andrea que sigue sentada en este sillón:

No te casarás con el muerto. Él volverá a aquel lugar y no te llevará. Adiós planes de una vida extraordinaria, de una casa con olor a cempasúchil.

Tendrás una vida común. Adiós, adiós.
Esmeralda viene de paso. Bien.

***

A ese muerto que tanto me amaba, aunque era la mayor preocupación de entonces, yo nunca lo vi ni supe de él. Ni una carta de tres renglones, un pétalo de rosa o un hueso dorado con una nota tierna. Nada. Si al menos lo hubiera visto, tal vez no me habría sentido sola entre tanto ciego creyente. La vida común no se dejó alcanzar. Esmeralda no se ha ido.

Decepcionada de las dos páginas y media, recorté cada letra (algunas a la mitad) y las aventé todas al río. En la corriente formaron su sinsentido y fue apenas entonces que dijeron la verdad                                                
                    los mañanas son de juguete
y los que juegan a conocerlos se han olvidado de las reglas, que rezan:
“para jugar hay que ser invisible.”

En la casa de mi madrastra siempre hubo magia de esa que uno se inventa para irse lejos sin irse de verdad. Y en las reuniones se hablaba de esa magia como si no pudiera escucharnos. Que si en el cuarto de Juan hay 200 figurines de troll que lo llaman padre, que si por las noches en la casa de huéspedes alguien transparente juega con las canicas que están en el suelo sin tropezarse con ellas, que si Andrea fue a donde viven los muertos insurrectos y regresó con uno colgado al pecho que se la quiere llevar otra vez para casarse con ella.                              

                                Silencio y
                                                   hay que hablarle a la bruja.

Entre en escena la bruja, sin harapos por vestimenta ni una gran nariz. Entre la bruja de clase alta, con los cabellos vírgenes y la cara torcida por las cirugías: tu familia teme que algún día te cases con el muerto. Te vengo a decir tu fortuna. Sacó de su bolsillo una hoja blanca y un bolígrafo. Me regaló la chuecura de su sonrisa, cerró los inmensos ojos azules y me tomó las manos. Hubo muecas, máscaras tragicómicas, un mal teatro de quinientos pesos. Después de haber visto lo suficiente (donde sea que lo haya visto)                                  Silencio y

En dos páginas y media, el porvenir de la Andrea que no se acordará de esto.
       “La verdad” de la Andrea que sigue sentada en este
                                                                                   [sillón:

No te casarás con el muerto. Él volverá a aquel lugar y no te llevará. Adiós planes de una vida extraordinaria, de una casa con olor a cempasúchil.

Tendrás una vida común. Adiós, adiós.
Esmeralda viene de paso. Bien.

***

A ese muerto que tanto me amaba, aunque era la mayor preocupación de entonces, yo nunca lo vi ni supe de él. Ni una carta de tres renglones, un pétalo de rosa o un hueso dorado con una nota tierna. Nada. Si al menos lo hubiera visto, tal vez no me habría sentido sola entre tanto ciego creyente. La vida común no se dejó alcanzar. Esmeralda no se ha ido.

Decepcionada de las dos páginas y media, recorté cada letra (algunas a la mitad) y las aventé todas al río. En la corriente formaron su sinsentido y fue apenas entonces que dijeron la verdad                                                
                    los mañanas son de juguete
y los que juegan a conocerlos se han olvidado de las reglas, que rezan:
“para jugar hay que ser invisible.”

 

En la casa de mi madrastra siempre hubo magia de esa que uno se inventa para irse lejos sin irse de verdad. Y en las reuniones se hablaba de esa magia como si no pudiera escucharnos. Que si en el cuarto de Juan hay 200 figurines de troll que lo llaman padre, que si por las noches en la casa de huéspedes alguien transparente juega con las canicas que están en el suelo sin tropezarse con ellas, que si Andrea fue a donde viven los muertos insurrectos y regresó con uno colgado al pecho que se la quiere llevar otra vez para casarse con ella.                              

                    Silencio y
                                    hay que hablarle a la bruja.

Entre en escena la bruja, sin harapos por vestimenta ni una gran nariz. Entre la bruja de clase alta, con los cabellos vírgenes y la cara torcida por las cirugías: tu familia teme que algún día te cases con el muerto. Te vengo a decir tu fortuna. Sacó de su bolsillo una hoja blanca y un bolígrafo. Me regaló la chuecura de su sonrisa, cerró los inmensos ojos azules y me tomó las manos. Hubo muecas, máscaras tragicómicas, un mal teatro de quinientos pesos. Después de haber visto lo suficiente (donde sea que lo haya visto)                                                                                                                  Silencio y

En dos páginas y media, el porvenir de la Andrea que no se acordará de esto.
       “La verdad” de la Andrea que sigue sentada                                                             [en este sillón:

No te casarás con el muerto. Él volverá a aquel lugar y no te llevará. Adiós planes de una vida extraordinaria, de una casa con olor a cempasúchil.

Tendrás una vida común. Adiós, adiós.
Esmeralda viene de paso. Bien.

***

A ese muerto que tanto me amaba, aunque era la mayor preocupación de entonces, yo nunca lo vi ni supe de él. Ni una carta de tres renglones, un pétalo de rosa o un hueso dorado con una nota tierna. Nada. Si al menos lo hubiera visto, tal vez no me habría sentido sola entre tanto ciego creyente. La vida común no se dejó alcanzar. Esmeralda no se ha ido.

Decepcionada de las dos páginas y media, recorté cada letra (algunas a la mitad) y las aventé todas al río. En la corriente formaron su sinsentido y fue apenas entonces que dijeron la verdad                                                
                    los mañanas son de juguete
   y los que juegan a conocerlos se han olvidado de las reglas, que rezan:
“para jugar hay que ser invisible.”

 

En la casa de mi madrastra siempre hubo magia de esa que uno se inventa para irse lejos sin irse de verdad. Y en las reuniones se hablaba de esa magia como si no pudiera escucharnos. Que si en el cuarto de Juan hay 200 figurines de troll que lo llaman padre, que si por las noches en la casa de huéspedes alguien transparente juega con las canicas que están en el suelo sin tropezarse con ellas, que si Andrea fue a donde viven los muertos insurrectos y regresó con uno colgado al pecho que se la quiere llevar otra vez para casarse con ella.                              

                                Silencio y
                                                hay que hablarle a la bruja.

Entre en escena la bruja, sin harapos por vestimenta ni una gran nariz. Entre la bruja de clase alta, con los cabellos vírgenes y la cara torcida por las cirugías: tu familia teme que algún día te cases con el muerto. Te vengo a decir tu fortuna. Sacó de su bolsillo una hoja blanca y un bolígrafo. Me regaló la chuecura de su sonrisa, cerró los inmensos ojos azules y me tomó las manos. Hubo muecas, máscaras tragicómicas, un mal teatro de quinientos pesos. Después de haber visto lo suficiente (donde sea que lo haya visto)                                                                      Silencio y

En dos páginas y media, el porvenir de la Andrea que no se acordará de esto.
                   “La verdad” de la Andrea que sigue sentada
                                                                             [en este sillón:

No te casarás con el muerto. Él volverá a aquel lugar y no te llevará. Adiós planes de una vida extraordinaria, de una casa con olor a cempasúchil.

Tendrás una vida común. Adiós, adiós.
Esmeralda viene de paso. Bien.

***

A ese muerto que tanto me amaba, aunque era la mayor preocupación de entonces, yo nunca lo vi ni supe de él. Ni una carta de tres renglones, un pétalo de rosa o un hueso dorado con una nota tierna. Nada. Si al menos lo hubiera visto, tal vez no me habría sentido sola entre tanto ciego creyente. La vida común no se dejó alcanzar. Esmeralda no se ha ido.

Decepcionada de las dos páginas y media, recorté cada letra (algunas a la mitad) y las aventé todas al río. En la corriente formaron su sinsentido y fue apenas entonces que dijeron la verdad                                                
                    los mañanas son de juguete
                    y los que juegan a conocerlos se han olvidado de 
                                                                 [las reglas, que rezan:
“para jugar hay que ser invisible.”

 

En la casa de mi madrastra siempre hubo magia de esa que uno se inventa para irse lejos sin irse de verdad. Y en las reuniones se hablaba de esa magia como si no pudiera escucharnos. Que si en el cuarto de Juan hay 200 figurines de troll que lo llaman padre, que si por las noches en la casa de huéspedes alguien transparente juega con las canicas que están en el suelo sin tropezarse con ellas, que si Andrea fue a donde viven los muertos insurrectos y regresó con uno colgado al pecho que se la quiere llevar otra vez para casarse con ella.                              

                 Silencio y
                                hay que hablarle a la bruja.

Entre en escena la bruja, sin harapos por vestimenta ni una gran nariz. Entre la bruja de clase alta, con los cabellos vírgenes y la cara torcida por las cirugías: tu familia teme que algún día te cases con el muerto. Te vengo a decir tu fortuna. Sacó de su bolsillo una hoja blanca y un bolígrafo. Me regaló la chuecura de su sonrisa, cerró los inmensos ojos azules y me tomó las manos. Hubo muecas, máscaras tragicómicas, un mal teatro de quinientos pesos. Después de haber visto lo suficiente (donde sea que lo haya visto)                                                                                                     Silencio y

En dos páginas y media, el porvenir de la Andrea que no se acordará de esto.
              “La verdad” de la Andrea que sigue sentada en este sillón:

No te casarás con el muerto. Él volverá a aquel lugar y no te llevará. Adiós planes de una vida extraordinaria, de una casa con olor a cempasúchil.

Tendrás una vida común. Adiós, adiós.
Esmeralda viene de paso. Bien.

***

A ese muerto que tanto me amaba, aunque era la mayor preocupación de entonces, yo nunca lo vi ni supe de él. Ni una carta de tres renglones, un pétalo de rosa o un hueso dorado con una nota tierna. Nada. Si al menos lo hubiera visto, tal vez no me habría sentido sola entre tanto ciego creyente. La vida común no se dejó alcanzar. Esmeralda no se ha ido.

Decepcionada de las dos páginas y media, recorté cada letra (algunas a la mitad) y las aventé todas al río. En la corriente formaron su sinsentido y fue apenas entonces que dijeron la verdad                                                
             los mañanas son de juguete
      y los que juegan a conocerlos se han olvidado de las reglas, que rezan:
“para jugar hay que ser invisible.”

 

 

Imagen de portada: Jonas Lindstroem


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N.013 - Poesía

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