Del pincel como

arma suicida

N.002 - Ensayo

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Escrito por Andrea Michelle Alvarado Chávez

Era imposible esperar, tal como lo hacía su padre, que Manet dedicara su vida a tratar de entrar a la escuela de derecho o a la marina. A edad temprana, Manet se había ya interesado en la pintura y el grabado. Y así, a regañadientes de su familia, comenzó sus estudios artísticos en 1850, en el taller del pintor Thomas Couture, a partir de entonces, Manet, dedicaría su vida a la pintura. Por esos años, Manet estableció relación con artistas y literatos que lo influirían notablemente, como Edgar Degas y Charles Baudelaire.

De la obra de Manet, destacan sus trazos libres, contornos diluidos y su juego entre luces y sombras, características sobresalientes del impresionismo. El hecho de ser pintor impresionista era considerado por la escuela clásica como un acto de rebeldía y Manet tuvo que soportar que sus pinturas fueran rechazadas en repetidas ocasiones debido a la temática que tocaba en ellas; provocó el escandalo general por los desnudos femeninos que plasmó. El presente análisis toma precisamente uno de esos temas controversiales que tocó con su arte: el suicidio.

Al ver el cuadro El suicidio de Manet, observo algunos elementos principales que llaman mi atención: el acto sucede en una habitación, el cuerpo del suicida está atravesado a lo ancho de la cama, leve, desvanecido, pero su mano aún sostiene firmemente el arma, que cuelga un poco de la orilla de la cama y el rojo que sobresale, convertido en una mancha en el pecho del personaje. Manet crea trazos en los que se pueden notar las manchas de las pinceladas, éstas son libres. Algo común en un artista impresionista o expresionista es el manejo de estos elementos, no sólo el que sea una escena de suicidio, lo que hace más emotivo el cuadro.

El clima de la pintura es mayormente frío en cuanto a la paleta de colores. La pared, la cama y el piso tienen tonos grisáceos, azules y algunos verdes. En el fondo apreciamos, en contraste, tonos cálidos, tonos rosas que se complementan con las manchas rojas de la cama y la camisa blanca de hombre, en la cual la mancha de sangre resalta.

No conocemos al personaje del cuadro, sin embargo Manet nos hace espectadores directos del acto, introduciéndonos en la habitación; somos parte del suceso, el suicida no está solo, nosotros lo acompañamos en su muerte. En la pared se encuentra colgado un cuadro con la imagen de una persona, no se distingue con claridad si se trata de una foto o pintura del suicida o de alguien más. Acerca del cuadro que cuelga en la pared, algunos críticos de arte señalan la posibilidad de que quien aparece en él es Jesucristo. Esta idea atrapa mi atención y despierta mi inquietud, así como debió hacerlo con la sociedad de su tiempo. El hecho de mezclar en un discurso el tema del suicidio y el cristianismo es bastante controversial y Manet realiza una contraposición entre ambos temas.

El suicidio al frente del cuadro, magno, impactante, firme. Para el cristianismo un acto imperdonable, un pecado que condena al infierno, para otros el acto más libre y personal de todos los actos posibles. Cristo al fondo del cuadro, difuso, relegado a un segundo papel, reducido a un cuadro dentro del cuadro, encerrado en un marco y convertido, al igual que nosotros, en un espectador más.

Manet, uno de los mayores representantes del impresionismo, nos deja una pintura magnífica, una de las mayores obras artísticas acerca del suicidio, quizá una de las primeras que acuden a la mente de aquel que piensa en este tema. Herman Hesse, en El Lobo Estepario, hace una distinción entre dos tipos de suicidas, aquellos que llevan a cabo su cometido y acaban con su vida y otro tipo de suicidas que jamás realizan el acto del suicidio, pero que lo piensan constantemente, sujetos que saben que el suicidio es siempre una opción posible y que, pese a resultar contradictorio, adquieren de esta misma idea un impulso vital que los empuja adelante, pues siempre se puede sufrir un poco más, antes de decidir terminar con la vida. Manet fue un suicida, no importa que sus biógrafos digan que murió postrado, enfermo. Manet se suicidó, y nos entregó en su cuadro una inmortalización del acto suicida, un devenir de la muerte. ¡Salve Manet, eterno suicida!

 

Era imposible esperar, tal como lo hacía su padre, que Manet dedicara su vida a tratar de entrar a la escuela de derecho o a la marina. A edad temprana, Manet se había ya interesado en la pintura y el grabado. Y así, a regañadientes de su familia, comenzó sus estudios artísticos en 1850, en el taller del pintor Thomas Couture, a partir de entonces, Manet, dedicaría su vida a la pintura. Por esos años, Manet estableció relación con artistas y literatos que lo influirían notablemente, como Edgar Degas y Charles Baudelaire.

De la obra de Manet, destacan sus trazos libres, contornos diluidos y su juego entre luces y sombras, características sobresalientes del impresionismo. El hecho de ser pintor impresionista era considerado por la escuela clásica como un acto de rebeldía y Manet tuvo que soportar que sus pinturas fueran rechazadas en repetidas ocasiones debido a la temática que tocaba en ellas; provocó el escandalo general por los desnudos femeninos que plasmó. El presente análisis toma precisamente uno de esos temas controversiales que tocó con su arte: el suicidio.

Al ver por primera vez el cuadro El suicidio de Manet, observo algunos elementos principales que llaman mi atención: el acto sucede en una habitación, el cuerpo del suicida está atravesado a lo ancho de la cama, leve, desvanecido, pero su mano aún sostiene firmemente el arma, que cuelga un poco de la orilla de la cama y el rojo que sobresale, convertido en una mancha en el pecho del personaje. Manet crea trazos en los que se pueden notar las manchas de las pinceladas, éstas son libres. Algo común en un artista impresionista o expresionista es el manejo de estos elementos, no sólo el que sea una escena de suicidio, lo que hace más emotivo el cuadro.

El clima de la pintura es mayormente frío en cuanto a la paleta de colores. La pared, la cama y el piso tienen tonos grisáceos, azules y algunos verdes. En el fondo apreciamos, en contraste, tonos cálidos, tonos rosas que se complementan con las manchas rojas de la cama y la camisa blanca de hombre, en la cual la mancha de sangre resalta.

No conocemos al personaje del cuadro, sin embargo Manet nos hace espectadores directos del acto, introduciéndonos en la habitación, somos parte del suceso, el suicida no está solo, nosotros lo acompañamos en su muerte. En la pared se encuentra colgado un cuadro con la imagen de una persona, no se distingue con claridad si se trata de una foto o pintura del suicida o de alguien más. Acerca del cuadro que cuelga en la pared, algunos críticos de arte señalan hacía la posibilidad de que quien aparece en el es Jesucristo. Esta idea atrapa mi atención y despierta mi inquietud, así como debió hacerlo con la sociedad de su tiempo. El hecho de mezclar en un discurso el tema del suicidio y el cristianismo es bastante controversial y Manet realiza una contraposición entre ambos temas.

El suicidio al frente del cuadro, magno, impactante, firme. Para el cristianismo un acto imperdonable, un pecado que condena al infierno, para otros el acto más libre y personal de todos los actos posibles. Cristo al fondo del cuadro, difuso, relegado a un segundo papel, reducido a un cuadro dentro del cuadro, encerrado en un marco y convertido, al igual que nosotros, en un espectador más.

Manet, uno de los mayores representantes del impresionismo, nos deja una pintura magnífica, una de las mayores obras artísticas acerca del suicidio, quizá una de las primeras que acuden a la mente de aquel que piensa en este tema. Herman Hesse, en El Lobo Estepario, hace una distinción entre dos tipos de suicidas, aquellos que llevan a cabo su cometido y acaban con su vida y otro tipo de suicidas que jamás realizan el acto del suicidio, pero que lo piensan constantemente, sujetos que saben que el suicidio es siempre una opción posible y que, pese a resultar contradictorio, adquieren de esta misma idea un impulso vital que los empuja adelante, pues siempre se puede sufrir un poco más, antes de decidir terminar con la vida. Manet fue un suicida, no importa que sus biógrafos digan que murió postrado, enfermo. Manet se suicidó, y nos entregó en su cuadro una inmortalización del acto suicida, un devenir de la muerte. ¡Salve Manet, eterno suicida!

 

Era imposible esperar, tal como lo hacía su padre, que Manet dedicara su vida a tratar de entrar a la escuela de derecho o a la marina. A edad temprana, Manet se había ya interesado en la pintura y el grabado. Y así, a regañadientes de su familia, comenzó sus estudios artísticos en 1850, en el taller del pintor Thomas Couture, a partir de entonces, Manet, dedicaría su vida a la pintura. Por esos años, Manet estableció relación con artistas y literatos que lo influirían notablemente, como Edgar Degas y Charles Baudelaire.

De la obra de Manet, destacan sus trazos libres, contornos diluidos y su juego entre luces y sombras, características sobresalientes del impresionismo. El hecho de ser pintor impresionista era considerado por la escuela clásica como un acto de rebeldía y Manet tuvo que soportar que sus pinturas fueran rechazadas en repetidas ocasiones debido a la temática que tocaba en ellas; provocó el escandalo general por los desnudos femeninos que plasmó. El presente análisis toma precisamente uno de esos temas controversiales que tocó con su arte: el suicidio.

Al ver el cuadro El suicidio de Manet, observo algunos elementos principales que llaman mi atención: el acto sucede en una habitación, el cuerpo del suicida está atravesado a lo ancho de la cama, leve, desvanecido, pero su mano aún sostiene firmemente el arma, que cuelga un poco de la orilla de la cama y el rojo que sobresale, convertido en una mancha en el pecho del personaje. Manet crea trazos en los que se pueden notar las manchas de las pinceladas, éstas son libres. Algo común en un artista impresionista o expresionista es el manejo de estos elementos, no sólo el que sea una escena de suicidio, lo que hace más emotivo el cuadro.

El clima de la pintura es mayormente frío en cuanto a la paleta de colores. La pared, la cama y el piso tienen tonos grisáceos, azules y algunos verdes. En el fondo apreciamos, en contraste, tonos cálidos, tonos rosas que se complementan con las manchas rojas de la cama y la camisa blanca de hombre, en la cual la mancha de sangre resalta.

No conocemos al personaje del cuadro, sin embargo Manet nos hace espectadores directos del acto, introduciéndonos en la habitación; somos parte del suceso, el suicida no está solo, nosotros lo acompañamos en su muerte. En la pared se encuentra colgado un cuadro con la imagen de una persona, no se distingue con claridad si se trata de una foto o pintura del suicida o de alguien más. Acerca del cuadro que cuelga en la pared, algunos críticos de arte señalan la posibilidad de que quien aparece en él es Jesucristo. Esta idea atrapa mi atención y despierta mi inquietud, así como debió hacerlo con la sociedad de su tiempo. El hecho de mezclar en un discurso el tema del suicidio y el cristianismo es bastante controversial y Manet realiza una contraposición entre ambos temas.

El suicidio al frente del cuadro, magno, impactante, firme. Para el cristianismo un acto imperdonable, un pecado que condena al infierno, para otros el acto más libre y personal de todos los actos posibles. Cristo al fondo del cuadro, difuso, relegado a un segundo papel, reducido a un cuadro dentro del cuadro, encerrado en un marco y convertido, al igual que nosotros, en un espectador más.

Manet, uno de los mayores representantes del impresionismo, nos deja una pintura magnífica, una de las mayores obras artísticas acerca del suicidio, quizá una de las primeras que acuden a la mente de aquel que piensa en este tema. Herman Hesse, en El Lobo Estepario, hace una distinción entre dos tipos de suicidas, aquellos que llevan a cabo su cometido y acaban con su vida y otro tipo de suicidas que jamás realizan el acto del suicidio, pero que lo piensan constantemente, sujetos que saben que el suicidio es siempre una opción posible y que, pese a resultar contradictorio, adquieren de esta misma idea un impulso vital que los empuja adelante, pues siempre se puede sufrir un poco más, antes de decidir terminar con la vida. Manet fue un suicida, no importa que sus biógrafos digan que murió postrado, enfermo. Manet se suicidó, y nos entregó en su cuadro una inmortalización del acto suicida, un devenir de la muerte. ¡Salve Manet, eterno suicida!


Era imposible esperar, tal como lo hacía su padre, que Manet dedicara su vida a tratar de entrar a la escuela de derecho o a la marina. A edad temprana, Manet se había ya interesado en la pintura y el grabado. Y así, a regañadientes de su familia, comenzó sus estudios artísticos en 1850, en el taller del pintor Thomas Couture, a partir de entonces, Manet, dedicaría su vida a la pintura. Por esos años, Manet estableció relación con artistas y literatos que lo influirían notablemente, como Edgar Degas y Charles Baudelaire.

De la obra de Manet, destacan sus trazos libres, contornos diluidos y su juego entre luces y sombras, características sobresalientes del impresionismo. El hecho de ser pintor impresionista era considerado por la escuela clásica como un acto de rebeldía y Manet tuvo que soportar que sus pinturas fueran rechazadas en repetidas ocasiones debido a la temática que tocaba en ellas; provocó el escandalo general por los desnudos femeninos que plasmó. El presente análisis toma precisamente uno de esos temas controversiales que tocó con su arte: el suicidio.

Al ver el cuadro El suicidio de Manet, observo algunos elementos principales que llaman mi atención: el acto sucede en una habitación, el cuerpo del suicida está atravesado a lo ancho de la cama, leve, desvanecido, pero su mano aún sostiene firmemente el arma, que cuelga un poco de la orilla de la cama y el rojo que sobresale, convertido en una mancha en el pecho del personaje. Manet crea trazos en los que se pueden notar las manchas de las pinceladas, éstas son libres. Algo común en un artista impresionista o expresionista es el manejo de estos elementos, no sólo el que sea una escena de suicidio, lo que hace más emotivo el cuadro.

El clima de la pintura es mayormente frío en cuanto a la paleta de colores. La pared, la cama y el piso tienen tonos grisáceos, azules y algunos verdes. En el fondo apreciamos, en contraste, tonos cálidos, tonos rosas que se complementan con las manchas rojas de la cama y la camisa blanca de hombre, en la cual la mancha de sangre resalta.

No conocemos al personaje del cuadro, sin embargo Manet nos hace espectadores directos del acto, introduciéndonos en la habitación; somos parte del suceso, el suicida no está solo, nosotros lo acompañamos en su muerte. En la pared se encuentra colgado un cuadro con la imagen de una persona, no se distingue con claridad si se trata de una foto o pintura del suicida o de alguien más. Acerca del cuadro que cuelga en la pared, algunos críticos de arte señalan la posibilidad de que quien aparece en él es Jesucristo. Esta idea atrapa mi atención y despierta mi inquietud, así como debió hacerlo con la sociedad de su tiempo. El hecho de mezclar en un discurso el tema del suicidio y el cristianismo es bastante controversial y Manet realiza una contraposición entre ambos temas.

El suicidio al frente del cuadro, magno, impactante, firme. Para el cristianismo un acto imperdonable, un pecado que condena al infierno, para otros el acto más libre y personal de todos los actos posibles. Cristo al fondo del cuadro, difuso, relegado a un segundo papel, reducido a un cuadro dentro del cuadro, encerrado en un marco y convertido, al igual que nosotros, en un espectador más.

Manet, uno de los mayores representantes del impresionismo, nos deja una pintura magnífica, una de las mayores obras artísticas acerca del suicidio, quizá una de las primeras que acuden a la mente de aquel que piensa en este tema. Herman Hesse, en El Lobo Estepario, hace una distinción entre dos tipos de suicidas, aquellos que llevan a cabo su cometido y acaban con su vida y otro tipo de suicidas que jamás realizan el acto del suicidio, pero que lo piensan constantemente, sujetos que saben que el suicidio es siempre una opción posible y que, pese a resultar contradictorio, adquieren de esta misma idea un impulso vital que los empuja adelante, pues siempre se puede sufrir un poco más, antes de decidir terminar con la vida. Manet fue un suicida, no importa que sus biógrafos digan que murió postrado, enfermo. Manet se suicidó, y nos entregó en su cuadro una inmortalización del acto suicida, un devenir de la muerte. ¡Salve Manet, eterno suicida!

 

Era imposible esperar, tal como lo hacía su padre, que Manet dedicara su vida a tratar de entrar a la escuela de derecho o a la marina. A edad temprana, Manet se había ya interesado en la pintura y el grabado. Y así, a regañadientes de su familia, comenzó sus estudios artísticos en 1850, en el taller del pintor Thomas Couture, a partir de entonces, Manet, dedicaría su vida a la pintura. Por esos años, Manet estableció relación con artistas y literatos que lo influirían notablemente, como Edgar Degas y Charles Baudelaire.

De la obra de Manet, destacan sus trazos libres, contornos diluidos y su juego entre luces y sombras, características sobresalientes del impresionismo. El hecho de ser pintor impresionista era considerado por la escuela clásica como un acto de rebeldía y Manet tuvo que soportar que sus pinturas fueran rechazadas en repetidas ocasiones debido a la temática que tocaba en ellas; provocó el escandalo general por los desnudos femeninos que plasmó. El presente análisis toma precisamente uno de esos temas controversiales que tocó con su arte: el suicidio.

Al ver el cuadro El suicidio de Manet, observo algunos elementos principales que llaman mi atención: el acto sucede en una habitación, el cuerpo del suicida está atravesado a lo ancho de la cama, leve, desvanecido, pero su mano aún sostiene firmemente el arma, que cuelga un poco de la orilla de la cama y el rojo que sobresale, convertido en una mancha en el pecho del personaje. Manet crea trazos en los que se pueden notar las manchas de las pinceladas, éstas son libres. Algo común en un artista impresionista o expresionista es el manejo de estos elementos, no sólo el que sea una escena de suicidio, lo que hace más emotivo el cuadro.

El clima de la pintura es mayormente frío en cuanto a la paleta de colores. La pared, la cama y el piso tienen tonos grisáceos, azules y algunos verdes. En el fondo apreciamos, en contraste, tonos cálidos, tonos rosas que se complementan con las manchas rojas de la cama y la camisa blanca de hombre, en la cual la mancha de sangre resalta.

No conocemos al personaje del cuadro, sin embargo Manet nos hace espectadores directos del acto, introduciéndonos en la habitación; somos parte del suceso, el suicida no está solo, nosotros lo acompañamos en su muerte. En la pared se encuentra colgado un cuadro con la imagen de una persona, no se distingue con claridad si se trata de una foto o pintura del suicida o de alguien más. Acerca del cuadro que cuelga en la pared, algunos críticos de arte señalan la posibilidad de que quien aparece en él es Jesucristo. Esta idea atrapa mi atención y despierta mi inquietud, así como debió hacerlo con la sociedad de su tiempo. El hecho de mezclar en un discurso el tema del suicidio y el cristianismo es bastante controversial y Manet realiza una contraposición entre ambos temas.

El suicidio al frente del cuadro, magno, impactante, firme. Para el cristianismo un acto imperdonable, un pecado que condena al infierno, para otros el acto más libre y personal de todos los actos posibles. Cristo al fondo del cuadro, difuso, relegado a un segundo papel, reducido a un cuadro dentro del cuadro, encerrado en un marco y convertido, al igual que nosotros, en un espectador más.

Manet, uno de los mayores representantes del impresionismo, nos deja una pintura magnífica, una de las mayores obras artísticas acerca del suicidio, quizá una de las primeras que acuden a la mente de aquel que piensa en este tema. Herman Hesse, en El Lobo Estepario, hace una distinción entre dos tipos de suicidas, aquellos que llevan a cabo su cometido y acaban con su vida y otro tipo de suicidas que jamás realizan el acto del suicidio, pero que lo piensan constantemente, sujetos que saben que el suicidio es siempre una opción posible y que, pese a resultar contradictorio, adquieren de esta misma idea un impulso vital que los empuja adelante, pues siempre se puede sufrir un poco más, antes de decidir terminar con la vida. Manet fue un suicida, no importa que sus biógrafos digan que murió postrado, enfermo. Manet se suicidó, y nos entregó en su cuadro una inmortalización del acto suicida, un devenir de la muerte. ¡Salve Manet, eterno suicida!

 

Andrea Michelle Alvarado Chavéz. Nace en Obregón, Sonora, criada y malcriada la mayor parte de su vida en Juaritos y ahora residente en Guanatos; es una artista distinguida por su gran pasión por el arte impresionista, refleja en cada pintura su sensibilidad, se refugia en una mezcla de paletas de colores y se deja llevar sin importar parámetros o barreras a seguir, es una rebelde del arte.

Imagen de portada: Édouard Manet - Le Suicidé (ca. 1877)

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Sangre y tinta

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