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N.007 - Narrativa

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Escrito por Diana Jiménez Vivanco

¿Un grito?
          Algo parecido.
¿Tiene dientes?
          No sé, qué importa.
¿Lo arroja de su boca?
          Eso parece.

Que si esto, que si aquello, cómo, qué, cuándo. Es la cuarta persona que realiza casi las mismas preguntas, asombrados en cada contestación.

Afuera siguen los gritos, se ordena evacuar. Se acata la orden. Quince, dieciséis, diecisiete. Cuento a las personas que pasan corriendo al otro lado de la ventana, buscando protección. Dentro de la clínica están hablando, queriendo captar mi atención, pero me embelesan esas piernas corriendo.

En este momento correría a casa, en busca de mi hermano, sólo para que, aún ante el caos, siguiera burlándose en mi cara. “Tenías razón” bufaría riendo, con el pánico escapándosele por los ojos, formando una mueca nerviosa. Seguro me miraría, como lo ha hecho siempre. Nos hablaríamos con luces. Como siempre. Escudriñando entre la abertura de su iris el claro mensaje de huida.

¡Es un caos! Escucho gritar a alguien. ¿Cuántas veces habré dicho esa palabra en los últimos meses? Caos. Ya ni siquiera simboliza tanto como antes. Caos. Habiendo tantas palabras para describir lo que acontecería me limité a repetir la misma una y otra vez. Desorden. Peligro. Amenaza. Tal vez esas palabras no eran suficientes, tal vez mi afán por alertar no quedaba con ellas.

La primera vez que lo vi, me paseaba por la terraza. Un destello amarillo me hizo voltear. Lo confundí con un avión y discutí durante horas la posibilidad de una bestia gigantesca nunca antes vista.

Después lo miré mientras manejaba, cuando de pronto se oscureció parte de mi vehículo haciéndome mirar brevemente el cielo, lo que desencadenó una intensa búsqueda en internet que no arrojó más que embustes.

Ayer volvió, pero a posarse sobre la ciudad. Esta vez fue muy claro, estaba muy cerca. Esta vez no fui el único en darse cuenta. Se quedó inmóvil unos minutos, los suficientes para abrir el pico y dejar escurrir un caldo hirviente. No sabíamos que hervía hasta que comenzó a tocar nuestra piel. No sabíamos lo parecido que era al ácido hasta que comenzó a separar músculos de huesos. No se ha movido desde ese momento, vaciando de sus entrañas lo que parece un inagotable fluido dorado que comienza a llenar los edificios.

Acordarse es tan sencillo. Hasta parece que el recuerdo del dolor en mis piernas al tocar el líquido es menor que el real sentido. No se recuerdan tan graves las heridas en mi cuerpo al tocar el empedrado, sin poder avanzar mas que arrastrando mi cuerpo entero con mis brazos, como soldado en cuerpo a tierra. El penoso camino recorrido hasta encontrar refugio, ayuda, médicos.

¡Salgan! ¡Suban al techo!

Es entonces cuando dejan de mirarme, se miran entre ellos y, sin palabras, más como en un acuerdo tácito, comienzan a alejarse a grandes zancadas. Nadie advierte (o fingen no hacerlo) que sigo aquí postrado en la camilla, que no puedo subir sin ayuda, que moriré sin que nadie se entere de mis últimos quejidos. Los escucho subiendo con ferocidad las escaleras. Mudos.

Podría intentarlo, arrastrarme y salir, subir. No, ya no. Lo veo acumularse, como en una de nuestras usuales inundaciones. Tornándose más oscuro mientras se aglomera a mi alrededor. Se llena la habitación y sube con cierta rapidez. Del amarillo al ámbar, del ámbar al canela. Me sujeto con fuerza a los bordes de la cama con el mismo ahínco con el que cierro los ojos.  Lo siento primero en mis manos y comienza a consumirme el cuerpo, luego empiezo a respirarlo.

Mis manos. Mi cuerpo. Mi hermano.


¿Un grito?
          Algo parecido.
¿Tiene dientes?
          No sé, qué importa.
¿Lo arroja de su boca?
          Eso parece.

Que si esto, que si aquello, cómo, qué, cuándo. Es la cuarta persona que realiza casi las mismas preguntas, asombrados en cada contestación.

Afuera siguen los gritos, se ordena evacuar. Se acata la orden. Quince, dieciséis, diecisiete. Cuento a las personas que pasan corriendo al otro lado de la ventana, buscando protección. Dentro de la clínica están hablando, queriendo captar mi atención, pero me embelesan esas piernas corriendo.

En este momento correría a casa, en busca de mi hermano, sólo para que, aún ante el caos, siguiera burlándose en mi cara. “Tenías razón” bufaría riendo, con el pánico escapándosele por los ojos, formando una mueca nerviosa. Seguro me miraría, como lo ha hecho siempre. Nos hablaríamos con luces. Como siempre. Escudriñando entre la abertura de su iris el claro mensaje de huida.

¡Es un caos! Escucho gritar a alguien. ¿Cuántas veces habré dicho esa palabra en los últimos meses? Caos. Ya ni siquiera simboliza tanto como antes. Caos. Habiendo tantas palabras para describir lo que acontecería me limité a repetir la misma una y otra vez. Desorden. Peligro. Amenaza. Tal vez esas palabras no eran suficientes, tal vez mi afán por alertar no quedaba con ellas.

La primera vez que lo vi, me paseaba por la terraza. Un destello amarillo me hizo voltear. Lo confundí con un avión y discutí durante horas la posibilidad de una bestia gigantesca nunca antes vista.

Después lo miré mientras manejaba, cuando de pronto se oscureció parte de mi vehículo haciéndome mirar brevemente el cielo, lo que desencadenó una intensa búsqueda en internet que no arrojó más que embustes.

Ayer volvió, pero a posarse sobre la ciudad. Esta vez fue muy claro, estaba muy cerca. Esta vez no fui el único en darse cuenta. Se quedó inmóvil unos minutos, los suficientes para abrir el pico y dejar escurrir un caldo hirviente. No sabíamos que hervía hasta que comenzó a tocar nuestra piel. No sabíamos lo parecido que era al ácido hasta que comenzó a separar músculos de huesos. No se ha movido desde ese momento, vaciando de sus entrañas lo que parece un inagotable fluido dorado que comienza a llenar los edificios.

Acordarse es tan sencillo. Hasta parece que el recuerdo del dolor en mis piernas al tocar el líquido es menor que el real sentido. No se recuerdan tan graves las heridas en mi cuerpo al tocar el empedrado, sin poder avanzar mas que arrastrando mi cuerpo entero con mis brazos, como soldado en cuerpo a tierra. El penoso camino recorrido hasta encontrar refugio, ayuda, médicos.

¡Salgan! ¡Suban al techo!

Es entonces cuando dejan de mirarme, se miran entre ellos y, sin palabras, más como en un acuerdo tácito, comienzan a alejarse a grandes zancadas. Nadie advierte (o fingen no hacerlo) que sigo aquí postrado en la camilla, que no puedo subir sin ayuda, que moriré sin que nadie se entere de mis últimos quejidos. Los escucho subiendo con ferocidad las escaleras. Mudos.

Podría intentarlo, arrastrarme y salir, subir. No, ya no. Lo veo acumularse, como en una de nuestras usuales inundaciones. Tornándose más oscuro mientras se aglomera a mi alrededor. Se llena la habitación y sube con cierta rapidez. Del amarillo al ámbar, del ámbar al canela. Me sujeto con fuerza a los bordes de la cama con el mismo ahínco con el que cierro los ojos.  Lo siento primero en mis manos y comienza a consumirme el cuerpo, luego empiezo a respirarlo.

Mis manos. Mi cuerpo. Mi hermano.


¿Un grito?
          Algo parecido.
¿Tiene dientes?
          No sé, qué importa.
¿Lo arroja de su boca?
          Eso parece.

Que si esto, que si aquello, cómo, qué, cuándo. Es la cuarta persona que realiza casi las mismas preguntas, asombrados en cada contestación.

Afuera siguen los gritos, se ordena evacuar. Se acata la orden. Quince, dieciséis, diecisiete. Cuento a las personas que pasan corriendo al otro lado de la ventana, buscando protección. Dentro de la clínica están hablando, queriendo captar mi atención, pero me embelesan esas piernas corriendo.

En este momento correría a casa, en busca de mi hermano, sólo para que, aún ante el caos, siguiera burlándose en mi cara. “Tenías razón” bufaría riendo, con el pánico escapándosele por los ojos, formando una mueca nerviosa. Seguro me miraría, como lo ha hecho siempre. Nos hablaríamos con luces. Como siempre. Escudriñando entre la abertura de su iris el claro mensaje de huida.

¡Es un caos! Escucho gritar a alguien. ¿Cuántas veces habré dicho esa palabra en los últimos meses? Caos. Ya ni siquiera simboliza tanto como antes. Caos. Habiendo tantas palabras para describir lo que acontecería me limité a repetir la misma una y otra vez. Desorden. Peligro. Amenaza. Tal vez esas palabras no eran suficientes, tal vez mi afán por alertar no quedaba con ellas.

La primera vez que lo vi, me paseaba por la terraza. Un destello amarillo me hizo voltear. Lo confundí con un avión y discutí durante horas la posibilidad de una bestia gigantesca nunca antes vista.

Después lo miré mientras manejaba, cuando de pronto se oscureció parte de mi vehículo haciéndome mirar brevemente el cielo, lo que desencadenó una intensa búsqueda en internet que no arrojó más que embustes.

Ayer volvió, pero a posarse sobre la ciudad. Esta vez fue muy claro, estaba muy cerca. Esta vez no fui el único en darse cuenta. Se quedó inmóvil unos minutos, los suficientes para abrir el pico y dejar escurrir un caldo hirviente. No sabíamos que hervía hasta que comenzó a tocar nuestra piel. No sabíamos lo parecido que era al ácido hasta que comenzó a separar músculos de huesos. No se ha movido desde ese momento, vaciando de sus entrañas lo que parece un inagotable fluido dorado que comienza a llenar los edificios.

Acordarse es tan sencillo. Hasta parece que el recuerdo del dolor en mis piernas al tocar el líquido es menor que el real sentido. No se recuerdan tan graves las heridas en mi cuerpo al tocar el empedrado, sin poder avanzar mas que arrastrando mi cuerpo entero con mis brazos, como soldado en cuerpo a tierra. El penoso camino recorrido hasta encontrar refugio, ayuda, médicos.

¡Salgan! ¡Suban al techo!

Es entonces cuando dejan de mirarme, se miran entre ellos y, sin palabras, más como en un acuerdo tácito, comienzan a alejarse a grandes zancadas. Nadie advierte (o fingen no hacerlo) que sigo aquí postrado en la camilla, que no puedo subir sin ayuda, que moriré sin que nadie se entere de mis últimos quejidos. Los escucho subiendo con ferocidad las escaleras. Mudos.

Podría intentarlo, arrastrarme y salir, subir. No, ya no. Lo veo acumularse, como en una de nuestras usuales inundaciones. Tornándose más oscuro mientras se aglomera a mi alrededor. Se llena la habitación y sube con cierta rapidez. Del amarillo al ámbar, del ámbar al canela. Me sujeto con fuerza a los bordes de la cama con el mismo ahínco con el que cierro los ojos.  Lo siento primero en mis manos y comienza a consumirme el cuerpo, luego empiezo a respirarlo.

Mis manos. Mi cuerpo. Mi hermano.


¿Un grito?
          Algo parecido.
¿Tiene dientes?
          No sé, qué importa.
¿Lo arroja de su boca?
          Eso parece.

Que si esto, que si aquello, cómo, qué, cuándo. Es la cuarta persona que realiza casi las mismas preguntas, asombrados en cada contestación.

Afuera siguen los gritos, se ordena evacuar. Se acata la orden. Quince, dieciséis, diecisiete. Cuento a las personas que pasan corriendo al otro lado de la ventana, buscando protección. Dentro de la clínica están hablando, queriendo captar mi atención, pero me embelesan esas piernas corriendo.

En este momento correría a casa, en busca de mi hermano, sólo para que, aún ante el caos, siguiera burlándose en mi cara. “Tenías razón” bufaría riendo, con el pánico escapándosele por los ojos, formando una mueca nerviosa. Seguro me miraría, como lo ha hecho siempre. Nos hablaríamos con luces. Como siempre. Escudriñando entre la abertura de su iris el claro mensaje de huida.

¡Es un caos! Escucho gritar a alguien. ¿Cuántas veces habré dicho esa palabra en los últimos meses? Caos. Ya ni siquiera simboliza tanto como antes. Caos. Habiendo tantas palabras para describir lo que acontecería me limité a repetir la misma una y otra vez. Desorden. Peligro. Amenaza. Tal vez esas palabras no eran suficientes, tal vez mi afán por alertar no quedaba con ellas.

La primera vez que lo vi, me paseaba por la terraza. Un destello amarillo me hizo voltear. Lo confundí con un avión y discutí durante horas la posibilidad de una bestia gigantesca nunca antes vista.

Después lo miré mientras manejaba, cuando de pronto se oscureció parte de mi vehículo haciéndome mirar brevemente el cielo, lo que desencadenó una intensa búsqueda en internet que no arrojó más que embustes.

Ayer volvió, pero a posarse sobre la ciudad. Esta vez fue muy claro, estaba muy cerca. Esta vez no fui el único en darse cuenta. Se quedó inmóvil unos minutos, los suficientes para abrir el pico y dejar escurrir un caldo hirviente. No sabíamos que hervía hasta que comenzó a tocar nuestra piel. No sabíamos lo parecido que era al ácido hasta que comenzó a separar músculos de huesos. No se ha movido desde ese momento, vaciando de sus entrañas lo que parece un inagotable fluido dorado que comienza a llenar los edificios.

Acordarse es tan sencillo. Hasta parece que el recuerdo del dolor en mis piernas al tocar el líquido es menor que el real sentido. No se recuerdan tan graves las heridas en mi cuerpo al tocar el empedrado, sin poder avanzar mas que arrastrando mi cuerpo entero con mis brazos, como soldado en cuerpo a tierra. El penoso camino recorrido hasta encontrar refugio, ayuda, médicos.

¡Salgan! ¡Suban al techo!

Es entonces cuando dejan de mirarme, se miran entre ellos y, sin palabras, más como en un acuerdo tácito, comienzan a alejarse a grandes zancadas. Nadie advierte (o fingen no hacerlo) que sigo aquí postrado en la camilla, que no puedo subir sin ayuda, que moriré sin que nadie se entere de mis últimos quejidos. Los escucho subiendo con ferocidad las escaleras. Mudos.

Podría intentarlo, arrastrarme y salir, subir. No, ya no. Lo veo acumularse, como en una de nuestras usuales inundaciones. Tornándose más oscuro mientras se aglomera a mi alrededor. Se llena la habitación y sube con cierta rapidez. Del amarillo al ámbar, del ámbar al canela. Me sujeto con fuerza a los bordes de la cama con el mismo ahínco con el que cierro los ojos.  Lo siento primero en mis manos y comienza a consumirme el cuerpo, luego empiezo a respirarlo.

Mis manos. Mi cuerpo. Mi hermano.


Diana Jiménez Vivanco. (1998) Estudiante de la Licenciatura en Letras Hispánicas. Dirije Maremoto Fanzine y edita en Revista Incorrecto. Ha publicado en Monolito, Huraño, Oajaca y Materia Escrita. A veces escribe.

Imagen de portada: Ethan Lo

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N.007 - Poesía

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