De cuando salí en el festival

por el natalicio de Benito Juárez

N.015 - Narrativa

De cuando salí en el festival

por el natalicio de Benito Juárez

N.015 - Narrativa

 De cuando salí en el festival

por el natalicio de Benito Juárez

N.015 - Narrativa

De cuando salí en el festival

por el natalicio

de Benito Juárez

N.015 - Narrativa

De cuando salí en el

festival

por el natalicio

de Benito Juárez

N.015 - Narrativa

Escrito por Itzel Campos

Escrito por Itzel Campos

Escrito por Itzel Campos

Escrito por Itzel Campos

Mi hermanita y yo corrimos a lo largo de la banqueta. Mi abuelita venía varios metros atrás. Nos detuvimos en seco, habíamos llegado a la parte en donde los demás alumnos esperaban para entrar a la primaria. Algunos se quedaban con sus mamás para que les dieran la bendición en la frente o les acomodaran el uniforme. Era lunes, nos tocaban los honores a la bandera. Pero tampoco era como cualquier otro lunes. Hoy era uno muy especial. Hoy iba a ser el festival de Benito Juárez.

     La verdad es que yo no lo conocía mucho, si acaso sabía que era el del billete de a veinte que mi abuelita a veces nos daba a mi hermana Carla y a mí para que nos lo gastáramos los domingos. Mitad y mitad, nos decía. Pero yo solo le daba cinco pesos a mi hermana y el resto me lo quedaba para mí. Total, ella apenas y se sabía los números. Menos iba a saber sumar y restar y todo eso.

     La mayoría del tiempo no me importaban los festivales en sí. Me daba igual si era por la Revolución mexicana o por el Día del Amor y la Amistad. No le prestaba mucha atención a los bailes y los disfraces. Lo mío era echar relajo con mis amigos, la bolita esa del 6.° B, que se empujaban entre ellos durante el mensaje de buenos días de la directora y que lanzaban bolas de papel mojado al techo de los baños. O los que rayaban las bancas con pitos. O los que les veían los calzones a las niñas desde debajo de las escaleras. O los que agitaban botellas de refresco y luego las usaban como pelotas de fut en el recreo.

     Entré a la escuela dando empujones. Mi hermana se quedó afuera y esperó a mi abuela, que le dijo algo que yo apenas si alcancé a ver. Mi hermana respiró profundo, como si estuviera resignada. Me volteé con rapidez, habían llegado mis amigos. Era el momento del día en que planeábamos nuestras bromas.

     Pero hoy era diferente. Hoy no dejaría que eso se cumpliera. De ninguna manera. Había una muy buena razón: hoy iba a salir yo de Benito Juárez. Iba a ser el  protagonista del festival.

       Casi siempre mi bolita de amigos y yo éramos excluidos de este tipo de celebraciones. Éramos los peor portados de la generación, más de uno ya debía haber reprobado la primaria completa y hasta tentativas de expulsión teníamos. Ningún profesor nos soportaba, si acaso el de deportes porque nos dejaba correr por la cancha de cemento que era el patio, mientras él cuidaba que los demás no se lastimasen. Mis compas y yo aprovechábamos esos momentos para golpearnos entre nosotros o molestar a las niñas, que jugaban entre ellas a una versión más ligera del fut o a saltar la cuerda.

    Total, que hoy no pensaba permitirles a mis amigos que hicieran payasadas. Ellos se decepcionaron, yo era como una especie de jefe para ellos, era el primero en idear el plan diario y ellos se encargaban de conseguir todo y hacer que se cumpliera. Les expliqué una vez más la situación: por mera coincidencia, Daniel, que iba a ser Benito Juárez, se había roto el brazo derecho mientras jugaba al fut la semana pasada. Había sido un cambio de último minuto. Como a nuestro salón le tocaba organizar el festival, la profe tuvo que escoger a otro niño para que la hiciera de Benito Juárez. Me había seleccionado a mí porque, según me explicó ella más tarde, la directora y ella habían pensado que sería una buena idea darme algo de responsabilidades para que dejara de hacer tantas travesuras.

     Vaya que sí me había tomado en serio mi papel de Benito Juárez. En la mañana me había esforzado en peinarme como de librito abierto y le había pedido a mi abuelita que planchara lo mejor posible mi uniforme, además de lustrar mis zapatos desgastados para que se vieran un poco más presentables. También había ido a la papelería el viernes a comprar una biografía de Benito Juárez. Incluso me paré frente al espejo del baño e intenté imitar su cara de seriedad. Me esforcé más cuando supe que mi mamá había pedido permiso para salirse de su oficina y poder venir a verme representar a uno de los presidentes más importantes de México. Mi abuelita no iba a venir, a ella no le dieron permiso en la casa en donde hacía la limpieza. Me puse triste al principio, pero me conformaría con que mi mamá estuviera ahí. Ella casi nunca venía, tenía que trabajar muchas horas para mantenernos a Carla y a mí. Y si iba a la escuela, era o porque mi hermana se había hecho pipí otra vez en el salón o porque yo me había peleado con alguien del 6.° A.

     Los primeros minutos se me hicieron eternos. Entre la formación antes de pasar a los salones, luego ir y dejar nuestras mochilas, bajar y acomodarnos en nuestros respectivos lugares asignados para los honores, ya había empezado a sudar. Mis amigos se daban codazos entre ellos y me miraban con cara de que los dejara echar desmadre, al menos durante los honores para sentir que el día no estaba perdido. Pero les repetí que ni madres. Los ignoré y me concentré en buscar a mi mamá entre la multitud. Me preguntaba si se sentaría en las sillas que ponían para los padres de familia. O si preferiría verme desde alguna esquina de la cancha. O si se subiría al segundo piso, donde a veces dejaban a los padres que llegaban tarde.

     Por fin se acabaron los honores a la bandera y la directora nos dejó sentarnos sobre el suelo. El festival comenzó con una introducción histórica al mismo tiempo que las actuaciones de mis compañeros se desarrollaban en el centro del patio. No veía a mi mamá. ¿Acaso eso le dijo mi abuelita a Carla en la mañana? ¿Que mamá no iba a venir? Ya casi acababa la representación. Estaba solo en el centro del patio, en el momento más importante. Entonces vi a mi mamá sonriéndome desde el segundo piso. Había sacado su celular para tomarme unas fotos. Nada podía salir mal. Alcancé a ver el flash de la cámara de su celular prenderse. Este momento iba a pasar a la historia familiar y universal. Entonces un grupo de palomas grises pasó volando por encima del patio. Los demás corrieron a resguardarse a los pasillos o debajo de los árboles, pero yo, en mi papel de Juárez, permanecí inmóvil y salí bañado de caca de paloma en las fotos que tomó mi mamá. Respiré, desilusionado, más tarde cuando las vi. Al menos ahora me parecía más a la estatua de Juárez que había en el centro.

 

Mi hermanita y yo corrimos a lo largo de la banqueta. Mi abuelita venía varios metros atrás. Nos detuvimos en seco, habíamos llegado a la parte en donde los demás alumnos esperaban para entrar a la primaria. Algunos se quedaban con sus mamás para que les dieran la bendición en la frente o les acomodaran el uniforme. Era lunes, nos tocaban los honores a la bandera. Pero tampoco era como cualquier otro lunes. Hoy era uno muy especial. Hoy iba a ser el festival de Benito Juárez.

     La verdad es que yo no lo conocía mucho, si acaso sabía que era el del billete de a veinte que mi abuelita a veces nos daba a mi hermana Carla y a mí para que nos lo gastáramos los domingos. Mitad y mitad, nos decía. Pero yo solo le daba cinco pesos a mi hermana y el resto me lo quedaba para mí. Total, ella apenas y se sabía los números. Menos iba a saber sumar y restar y todo eso.

     La mayoría del tiempo no me importaban los festivales en sí. Me daba igual si era por la Revolución mexicana o por el Día del Amor y la Amistad. No le prestaba mucha atención a los bailes y los disfraces. Lo mío era echar relajo con mis amigos, la bolita esa del 6.° B, que se empujaban entre ellos durante el mensaje de buenos días de la directora y que lanzaban bolas de papel mojado al techo de los baños. O los que rayaban las bancas con pitos. O los que les veían los calzones a las niñas desde debajo de las escaleras. O los que agitaban botellas de refresco y luego las usaban como pelotas de fut en el recreo.

     Entré a la escuela dando empujones. Mi hermana se quedó afuera y esperó a mi abuela, que le dijo algo que yo apenas si alcancé a ver. Mi hermana respiró profundo, como si estuviera resignada. Me volteé con rapidez, habían llegado mis amigos. Era el momento del día en que planeábamos nuestras bromas.

     Pero hoy era diferente. Hoy no dejaría que eso se cumpliera. De ninguna manera. Había una muy buena razón: hoy iba a salir yo de Benito Juárez. Iba a ser el  protagonista del festival.

       Casi siempre mi bolita de amigos y yo éramos excluidos de este tipo de celebraciones. Éramos los peor portados de la generación, más de uno ya debía haber reprobado la primaria completa y hasta tentativas de expulsión teníamos. Ningún profesor nos soportaba, si acaso el de deportes porque nos dejaba correr por la cancha de cemento que era el patio, mientras él cuidaba que los demás no se lastimasen. Mis compas y yo aprovechábamos esos momentos para golpearnos entre nosotros o molestar a las niñas, que jugaban entre ellas a una versión más ligera del fut o a saltar la cuerda.

    Total, que hoy no pensaba permitirles a mis amigos que hicieran payasadas. Ellos se decepcionaron, yo era como una especie de jefe para ellos, era el primero en idear el plan diario y ellos se encargaban de conseguir todo y hacer que se cumpliera. Les expliqué una vez más la situación: por mera coincidencia, Daniel, que iba a ser Benito Juárez, se había roto el brazo derecho mientras jugaba al fut la semana pasada. Había sido un cambio de último minuto. Como a nuestro salón le tocaba organizar el festival, la profe tuvo que escoger a otro niño para que la hiciera de Benito Juárez. Me había seleccionado a mí porque, según me explicó ella más tarde, la directora y ella habían pensado que sería una buena idea darme algo de responsabilidades para que dejara de hacer tantas travesuras.

     Vaya que sí me había tomado en serio mi papel de Benito Juárez. En la mañana me había esforzado en peinarme como de librito abierto y le había pedido a mi abuelita que planchara lo mejor posible mi uniforme, además de lustrar mis zapatos desgastados para que se vieran un poco más presentables. También había ido a la papelería el viernes a comprar una biografía de Benito Juárez. Incluso me paré frente al espejo del baño e intenté imitar su cara de seriedad. Me esforcé más cuando supe que mi mamá había pedido permiso para salirse de su oficina y poder venir a verme representar a uno de los presidentes más importantes de México. Mi abuelita no iba a venir, a ella no le dieron permiso en la casa en donde hacía la limpieza. Me puse triste al principio, pero me conformaría con que mi mamá estuviera ahí. Ella casi nunca venía, tenía que trabajar muchas horas para mantenernos a Carla y a mí. Y si iba a la escuela, era o porque mi hermana se había hecho pipí otra vez en el salón o porque yo me había peleado con alguien del 6.° A.

     Los primeros minutos se me hicieron eternos. Entre la formación antes de pasar a los salones, luego ir y dejar nuestras mochilas, bajar y acomodarnos en nuestros respectivos lugares asignados para los honores, ya había empezado a sudar. Mis amigos se daban codazos entre ellos y me miraban con cara de que los dejara echar desmadre, al menos durante los honores para sentir que el día no estaba perdido. Pero les repetí que ni madres. Los ignoré y me concentré en buscar a mi mamá entre la multitud. Me preguntaba si se sentaría en las sillas que ponían para los padres de familia. O si preferiría verme desde alguna esquina de la cancha. O si se subiría al segundo piso, donde a veces dejaban a los padres que llegaban tarde.

     Por fin se acabaron los honores a la bandera y la directora nos dejó sentarnos sobre el suelo. El festival comenzó con una introducción histórica al mismo tiempo que las actuaciones de mis compañeros se desarrollaban en el centro del patio. No veía a mi mamá. ¿Acaso eso le dijo mi abuelita a Carla en la mañana? ¿Que mamá no iba a venir? Ya casi acababa la representación. Estaba solo en el centro del patio, en el momento más importante. Entonces vi a mi mamá sonriéndome desde el segundo piso. Había sacado su celular para tomarme unas fotos. Nada podía salir mal. Alcancé a ver el flash de la cámara de su celular prenderse. Este momento iba a pasar a la historia familiar y universal. Entonces un grupo de palomas grises pasó volando por encima del patio. Los demás corrieron a resguardarse a los pasillos o debajo de los árboles, pero yo, en mi papel de Juárez, permanecí inmóvil y salí bañado de caca de paloma en las fotos que tomó mi mamá. Respiré, desilusionado, más tarde cuando las vi. Al menos ahora me parecía más a la estatua de Juárez que había en el centro.

 

Mi hermanita y yo corrimos a lo largo de la banqueta. Mi abuelita venía varios metros atrás. Nos detuvimos en seco, habíamos llegado a la parte en donde los demás alumnos esperaban para entrar a la primaria. Algunos se quedaban con sus mamás para que les dieran la bendición en la frente o les acomodaran el uniforme. Era lunes, nos tocaban los honores a la bandera. Pero tampoco era como cualquier otro lunes. Hoy era uno muy especial. Hoy iba a ser el festival de Benito Juárez.

     La verdad es que yo no lo conocía mucho, si acaso sabía que era el del billete de a veinte que mi abuelita a veces nos daba a mi hermana Carla y a mí para que nos lo gastáramos los domingos. Mitad y mitad, nos decía. Pero yo solo le daba cinco pesos a mi hermana y el resto me lo quedaba para mí. Total, ella apenas y se sabía los números. Menos iba a saber sumar y restar y todo eso.

     La mayoría del tiempo no me importaban los festivales en sí. Me daba igual si era por la Revolución mexicana o por el Día del Amor y la Amistad. No le prestaba mucha atención a los bailes y los disfraces. Lo mío era echar relajo con mis amigos, la bolita esa del 6.° B, que se empujaban entre ellos durante el mensaje de buenos días de la directora y que lanzaban bolas de papel mojado al techo de los baños. O los que rayaban las bancas con pitos. O los que les veían los calzones a las niñas desde debajo de las escaleras. O los que agitaban botellas de refresco y luego las usaban como pelotas de fut en el recreo.

     Entré a la escuela dando empujones. Mi hermana se quedó afuera y esperó a mi abuela, que le dijo algo que yo apenas si alcancé a ver. Mi hermana respiró profundo, como si estuviera resignada. Me volteé con rapidez, habían llegado mis amigos. Era el momento del día en que planeábamos nuestras bromas.

     Pero hoy era diferente. Hoy no dejaría que eso se cumpliera. De ninguna manera. Había una muy buena razón: hoy iba a salir yo de Benito Juárez. Iba a ser el  protagonista del festival.

       Casi siempre mi bolita de amigos y yo éramos excluidos de este tipo de celebraciones. Éramos los peor portados de la generación, más de uno ya debía haber reprobado la primaria completa y hasta tentativas de expulsión teníamos. Ningún profesor nos soportaba, si acaso el de deportes porque nos dejaba correr por la cancha de cemento que era el patio, mientras él cuidaba que los demás no se lastimasen. Mis compas y yo aprovechábamos esos momentos para golpearnos entre nosotros o molestar a las niñas, que jugaban entre ellas a una versión más ligera del fut o a saltar la cuerda.

    Total, que hoy no pensaba permitirles a mis amigos que hicieran payasadas. Ellos se decepcionaron, yo era como una especie de jefe para ellos, era el primero en idear el plan diario y ellos se encargaban de conseguir todo y hacer que se cumpliera. Les expliqué una vez más la situación: por mera coincidencia, Daniel, que iba a ser Benito Juárez, se había roto el brazo derecho mientras jugaba al fut la semana pasada. Había sido un cambio de último minuto. Como a nuestro salón le tocaba organizar el festival, la profe tuvo que escoger a otro niño para que la hiciera de Benito Juárez. Me había seleccionado a mí porque, según me explicó ella más tarde, la directora y ella habían pensado que sería una buena idea darme algo de responsabilidades para que dejara de hacer tantas travesuras.

     Vaya que sí me había tomado en serio mi papel de Benito Juárez. En la mañana me había esforzado en peinarme como de librito abierto y le había pedido a mi abuelita que planchara lo mejor posible mi uniforme, además de lustrar mis zapatos desgastados para que se vieran un poco más presentables. También había ido a la papelería el viernes a comprar una biografía de Benito Juárez. Incluso me paré frente al espejo del baño e intenté imitar su cara de seriedad. Me esforcé más cuando supe que mi mamá había pedido permiso para salirse de su oficina y poder venir a verme representar a uno de los presidentes más importantes de México. Mi abuelita no iba a venir, a ella no le dieron permiso en la casa en donde hacía la limpieza. Me puse triste al principio, pero me conformaría con que mi mamá estuviera ahí. Ella casi nunca venía, tenía que trabajar muchas horas para mantenernos a Carla y a mí. Y si iba a la escuela, era o porque mi hermana se había hecho pipí otra vez en el salón o porque yo me había peleado con alguien del 6.° A.

     Los primeros minutos se me hicieron eternos. Entre la formación antes de pasar a los salones, luego ir y dejar nuestras mochilas, bajar y acomodarnos en nuestros respectivos lugares asignados para los honores, ya había empezado a sudar. Mis amigos se daban codazos entre ellos y me miraban con cara de que los dejara echar desmadre, al menos durante los honores para sentir que el día no estaba perdido. Pero les repetí que ni madres. Los ignoré y me concentré en buscar a mi mamá entre la multitud. Me preguntaba si se sentaría en las sillas que ponían para los padres de familia. O si preferiría verme desde alguna esquina de la cancha. O si se subiría al segundo piso, donde a veces dejaban a los padres que llegaban tarde.

     Por fin se acabaron los honores a la bandera y la directora nos dejó sentarnos sobre el suelo. El festival comenzó con una introducción histórica al mismo tiempo que las actuaciones de mis compañeros se desarrollaban en el centro del patio. No veía a mi mamá. ¿Acaso eso le dijo mi abuelita a Carla en la mañana? ¿Que mamá no iba a venir? Ya casi acababa la representación. Estaba solo en el centro del patio, en el momento más importante. Entonces vi a mi mamá sonriéndome desde el segundo piso. Había sacado su celular para tomarme unas fotos. Nada podía salir mal. Alcancé a ver el flash de la cámara de su celular prenderse. Este momento iba a pasar a la historia familiar y universal. Entonces un grupo de palomas grises pasó volando por encima del patio. Los demás corrieron a resguardarse a los pasillos o debajo de los árboles, pero yo, en mi papel de Juárez, permanecí inmóvil y salí bañado de caca de paloma en las fotos que tomó mi mamá. Respiré, desilusionado, más tarde cuando las vi. Al menos ahora me parecía más a la estatua de Juárez que había en el centro.

 

Mi hermanita y yo corrimos a lo largo de la banqueta. Mi abuelita venía varios metros atrás. Nos detuvimos en seco, habíamos llegado a la parte en donde los demás alumnos esperaban para entrar a la primaria. Algunos se quedaban con sus mamás para que les dieran la bendición en la frente o les acomodaran el uniforme. Era lunes, nos tocaban los honores a la bandera. Pero tampoco era como cualquier otro lunes. Hoy era uno muy especial. Hoy iba a ser el festival de Benito Juárez.

     La verdad es que yo no lo conocía mucho, si acaso sabía que era el del billete de a veinte que mi abuelita a veces nos daba a mi hermana Carla y a mí para que nos lo gastáramos los domingos. Mitad y mitad, nos decía. Pero yo solo le daba cinco pesos a mi hermana y el resto me lo quedaba para mí. Total, ella apenas y se sabía los números. Menos iba a saber sumar y restar y todo eso.

     La mayoría del tiempo no me importaban los festivales en sí. Me daba igual si era por la Revolución mexicana o por el Día del Amor y la Amistad. No le prestaba mucha atención a los bailes y los disfraces. Lo mío era echar relajo con mis amigos, la bolita esa del 6.° B, que se empujaban entre ellos durante el mensaje de buenos días de la directora y que lanzaban bolas de papel mojado al techo de los baños. O los que rayaban las bancas con pitos. O los que les veían los calzones a las niñas desde debajo de las escaleras. O los que agitaban botellas de refresco y luego las usaban como pelotas de fut en el recreo.

     Entré a la escuela dando empujones. Mi hermana se quedó afuera y esperó a mi abuela, que le dijo algo que yo apenas si alcancé a ver. Mi hermana respiró profundo, como si estuviera resignada. Me volteé con rapidez, habían llegado mis amigos. Era el momento del día en que planeábamos nuestras bromas.

     Pero hoy era diferente. Hoy no dejaría que eso se cumpliera. De ninguna manera. Había una muy buena razón: hoy iba a salir yo de Benito Juárez. Iba a ser el  protagonista del festival.

       Casi siempre mi bolita de amigos y yo éramos excluidos de este tipo de celebraciones. Éramos los peor portados de la generación, más de uno ya debía haber reprobado la primaria completa y hasta tentativas de expulsión teníamos. Ningún profesor nos soportaba, si acaso el de deportes porque nos dejaba correr por la cancha de cemento que era el patio, mientras él cuidaba que los demás no se lastimasen. Mis compas y yo aprovechábamos esos momentos para golpearnos entre nosotros o molestar a las niñas, que jugaban entre ellas a una versión más ligera del fut o a saltar la cuerda.

    Total, que hoy no pensaba permitirles a mis amigos que hicieran payasadas. Ellos se decepcionaron, yo era como una especie de jefe para ellos, era el primero en idear el plan diario y ellos se encargaban de conseguir todo y hacer que se cumpliera. Les expliqué una vez más la situación: por mera coincidencia, Daniel, que iba a ser Benito Juárez, se había roto el brazo derecho mientras jugaba al fut la semana pasada. Había sido un cambio de último minuto. Como a nuestro salón le tocaba organizar el festival, la profe tuvo que escoger a otro niño para que la hiciera de Benito Juárez. Me había seleccionado a mí porque, según me explicó ella más tarde, la directora y ella habían pensado que sería una buena idea darme algo de responsabilidades para que dejara de hacer tantas travesuras.

     Vaya que sí me había tomado en serio mi papel de Benito Juárez. En la mañana me había esforzado en peinarme como de librito abierto y le había pedido a mi abuelita que planchara lo mejor posible mi uniforme, además de lustrar mis zapatos desgastados para que se vieran un poco más presentables. También había ido a la papelería el viernes a comprar una biografía de Benito Juárez. Incluso me paré frente al espejo del baño e intenté imitar su cara de seriedad. Me esforcé más cuando supe que mi mamá había pedido permiso para salirse de su oficina y poder venir a verme representar a uno de los presidentes más importantes de México. Mi abuelita no iba a venir, a ella no le dieron permiso en la casa en donde hacía la limpieza. Me puse triste al principio, pero me conformaría con que mi mamá estuviera ahí. Ella casi nunca venía, tenía que trabajar muchas horas para mantenernos a Carla y a mí. Y si iba a la escuela, era o porque mi hermana se había hecho pipí otra vez en el salón o porque yo me había peleado con alguien del 6.° A.

     Los primeros minutos se me hicieron eternos. Entre la formación antes de pasar a los salones, luego ir y dejar nuestras mochilas, bajar y acomodarnos en nuestros respectivos lugares asignados para los honores, ya había empezado a sudar. Mis amigos se daban codazos entre ellos y me miraban con cara de que los dejara echar desmadre, al menos durante los honores para sentir que el día no estaba perdido. Pero les repetí que ni madres. Los ignoré y me concentré en buscar a mi mamá entre la multitud. Me preguntaba si se sentaría en las sillas que ponían para los padres de familia. O si preferiría verme desde alguna esquina de la cancha. O si se subiría al segundo piso, donde a veces dejaban a los padres que llegaban tarde.

     Por fin se acabaron los honores a la bandera y la directora nos dejó sentarnos sobre el suelo. El festival comenzó con una introducción histórica al mismo tiempo que las actuaciones de mis compañeros se desarrollaban en el centro del patio. No veía a mi mamá. ¿Acaso eso le dijo mi abuelita a Carla en la mañana? ¿Que mamá no iba a venir? Ya casi acababa la representación. Estaba solo en el centro del patio, en el momento más importante. Entonces vi a mi mamá sonriéndome desde el segundo piso. Había sacado su celular para tomarme unas fotos. Nada podía salir mal. Alcancé a ver el flash de la cámara de su celular prenderse. Este momento iba a pasar a la historia familiar y universal. Entonces un grupo de palomas grises pasó volando por encima del patio. Los demás corrieron a resguardarse a los pasillos o debajo de los árboles, pero yo, en mi papel de Juárez, permanecí inmóvil y salí bañado de caca de paloma en las fotos que tomó mi mamá. Respiré, desilusionado, más tarde cuando las vi. Al menos ahora me parecía más a la estatua de Juárez que había en el centro.

 

Mi hermanita y yo corrimos a lo largo de la banqueta. Mi abuelita venía varios metros atrás. Nos detuvimos en seco, habíamos llegado a la parte en donde los demás alumnos esperaban para entrar a la primaria. Algunos se quedaban con sus mamás para que les dieran la bendición en la frente o les acomodaran el uniforme. Era lunes, nos tocaban los honores a la bandera. Pero tampoco era como cualquier otro lunes. Hoy era uno muy especial. Hoy iba a ser el festival de Benito Juárez.

     La verdad es que yo no lo conocía mucho, si acaso sabía que era el del billete de a veinte que mi abuelita a veces nos daba a mi hermana Carla y a mí para que nos lo gastáramos los domingos. Mitad y mitad, nos decía. Pero yo solo le daba cinco pesos a mi hermana y el resto me lo quedaba para mí. Total, ella apenas y se sabía los números. Menos iba a saber sumar y restar y todo eso.

     La mayoría del tiempo no me importaban los festivales en sí. Me daba igual si era por la Revolución mexicana o por el Día del Amor y la Amistad. No le prestaba mucha atención a los bailes y los disfraces. Lo mío era echar relajo con mis amigos, la bolita esa del 6.° B, que se empujaban entre ellos durante el mensaje de buenos días de la directora y que lanzaban bolas de papel mojado al techo de los baños. O los que rayaban las bancas con pitos. O los que les veían los calzones a las niñas desde debajo de las escaleras. O los que agitaban botellas de refresco y luego las usaban como pelotas de fut en el recreo.

     Entré a la escuela dando empujones. Mi hermana se quedó afuera y esperó a mi abuela, que le dijo algo que yo apenas si alcancé a ver. Mi hermana respiró profundo, como si estuviera resignada. Me volteé con rapidez, habían llegado mis amigos. Era el momento del día en que planeábamos nuestras bromas.

     Pero hoy era diferente. Hoy no dejaría que eso se cumpliera. De ninguna manera. Había una muy buena razón: hoy iba a salir yo de Benito Juárez. Iba a ser el  protagonista del festival.

       Casi siempre mi bolita de amigos y yo éramos excluidos de este tipo de celebraciones. Éramos los peor portados de la generación, más de uno ya debía haber reprobado la primaria completa y hasta tentativas de expulsión teníamos. Ningún profesor nos soportaba, si acaso el de deportes porque nos dejaba correr por la cancha de cemento que era el patio, mientras él cuidaba que los demás no se lastimasen. Mis compas y yo aprovechábamos esos momentos para golpearnos entre nosotros o molestar a las niñas, que jugaban entre ellas a una versión más ligera del fut o a saltar la cuerda.

    Total, que hoy no pensaba permitirles a mis amigos que hicieran payasadas. Ellos se decepcionaron, yo era como una especie de jefe para ellos, era el primero en idear el plan diario y ellos se encargaban de conseguir todo y hacer que se cumpliera. Les expliqué una vez más la situación: por mera coincidencia, Daniel, que iba a ser Benito Juárez, se había roto el brazo derecho mientras jugaba al fut la semana pasada. Había sido un cambio de último minuto. Como a nuestro salón le tocaba organizar el festival, la profe tuvo que escoger a otro niño para que la hiciera de Benito Juárez. Me había seleccionado a mí porque, según me explicó ella más tarde, la directora y ella habían pensado que sería una buena idea darme algo de responsabilidades para que dejara de hacer tantas travesuras.

     Vaya que sí me había tomado en serio mi papel de Benito Juárez. En la mañana me había esforzado en peinarme como de librito abierto y le había pedido a mi abuelita que planchara lo mejor posible mi uniforme, además de lustrar mis zapatos desgastados para que se vieran un poco más presentables. También había ido a la papelería el viernes a comprar una biografía de Benito Juárez. Incluso me paré frente al espejo del baño e intenté imitar su cara de seriedad. Me esforcé más cuando supe que mi mamá había pedido permiso para salirse de su oficina y poder venir a verme representar a uno de los presidentes más importantes de México. Mi abuelita no iba a venir, a ella no le dieron permiso en la casa en donde hacía la limpieza. Me puse triste al principio, pero me conformaría con que mi mamá estuviera ahí. Ella casi nunca venía, tenía que trabajar muchas horas para mantenernos a Carla y a mí. Y si iba a la escuela, era o porque mi hermana se había hecho pipí otra vez en el salón o porque yo me había peleado con alguien del 6.° A.

     Los primeros minutos se me hicieron eternos. Entre la formación antes de pasar a los salones, luego ir y dejar nuestras mochilas, bajar y acomodarnos en nuestros respectivos lugares asignados para los honores, ya había empezado a sudar. Mis amigos se daban codazos entre ellos y me miraban con cara de que los dejara echar desmadre, al menos durante los honores para sentir que el día no estaba perdido. Pero les repetí que ni madres. Los ignoré y me concentré en buscar a mi mamá entre la multitud. Me preguntaba si se sentaría en las sillas que ponían para los padres de familia. O si preferiría verme desde alguna esquina de la cancha. O si se subiría al segundo piso, donde a veces dejaban a los padres que llegaban tarde.

     Por fin se acabaron los honores a la bandera y la directora nos dejó sentarnos sobre el suelo. El festival comenzó con una introducción histórica al mismo tiempo que las actuaciones de mis compañeros se desarrollaban en el centro del patio. No veía a mi mamá. ¿Acaso eso le dijo mi abuelita a Carla en la mañana? ¿Que mamá no iba a venir? Ya casi acababa la representación. Estaba solo en el centro del patio, en el momento más importante. Entonces vi a mi mamá sonriéndome desde el segundo piso. Había sacado su celular para tomarme unas fotos. Nada podía salir mal. Alcancé a ver el flash de la cámara de su celular prenderse. Este momento iba a pasar a la historia familiar y universal. Entonces un grupo de palomas grises pasó volando por encima del patio. Los demás corrieron a resguardarse a los pasillos o debajo de los árboles, pero yo, en mi papel de Juárez, permanecí inmóvil y salí bañado de caca de paloma en las fotos que tomó mi mamá. Respiré, desilusionado, más tarde cuando las vi. Al menos ahora me parecía más a la estatua de Juárez que había en el centro.

 

Itzel Campos (Jalisco, 1997) Es cuentista. Estudia Letras en la UDG. Ha publicado en Enchiridion, Himen y Página Salmón. Obtuvo la beca de la FLM y la UV en 2019. Ganó el III Concurso de Cuento Corto de Escritoras Mexicanas en 2020. Colabora con @voyalteatrocom. Es parte de @lac_gdl.

 

Blog: https://negrosondaespacial.wordpress.com

 

Imagen de portada: @mariuroyer

Itzel Campos (Jalisco, 1997) Es cuentista. Estudia Letras en la UDG. Ha publicado en Enchiridion, Himen y Página Salmón. Obtuvo la beca de la FLM y la UV en 2019. Ganó el III Concurso de Cuento Corto de Escritoras Mexicanas en 2020. Colabora con @voyalteatrocom. Es parte de @lac_gdl.

 

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Foto de portada: Alexey Menschikov

 

Itzel Campos (Jalisco, 1997) Es cuentista. Estudia Letras en la UDG. Ha publicado en Enchiridion, Himen y Página Salmón. Obtuvo la beca de la FLM y la UV en 2019. Ganó el III Concurso de Cuento Corto de Escritoras Mexicanas en 2020. Colabora con @voyalteatrocom. Es parte de @lac_gdl.

 

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Imagen de portada: Alexey Menschikov

Itzel Campos (Jalisco, 1997) Es cuentista. Estudia Letras en la UDG. Ha publicado en Enchiridion, Himen y Página Salmón. Obtuvo la beca de la FLM y la UV en 2019. Ganó el III Concurso de Cuento Corto de Escritoras Mexicanas en 2020. Colabora con @voyalteatrocom. Es parte de @lac_gdl.

 

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Imagen de portada: Alexey Menschikov

Itzel Campos (Jalisco, 1997) Es cuentista. Estudia Letras en la UDG. Ha publicado en Enchiridion, Himen y Página Salmón. Obtuvo la beca de la FLM y la UV en 2019. Ganó el III Concurso de Cuento Corto de Escritoras Mexicanas en 2020. Colabora con @voyalteatrocom. Es parte de @lac_gdl.

 

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Un sueño televisado

N.015 - Poesía

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