Cuando veas a alguien
mirándote extrañando
en el metro,
acuérdate de mí

N.011 - Narrativa

Cuando veas a alguien
mirándote extrañando
en el metro, acuérdate de mí

N.011 - Narrativa

Cuando veas a alguien
mirándote extrañando
en el metro, acuérdate de mí
 

N.011 - Narrativa

Cuando veas a alguien
mirándote extrañando
en el metro, acuérdate de mí

N.011 - Narrativa

Cuando veas a alguien
mirándote extrañando en el metro, acuérdate de mí

N.011 - Narrativa

Escrito por Oma Hernández Pacheco

Saliendo del metro, un día soleado, línea 12, estación Insurgentes sur. Por casualidad o inercias de la vida en la Ciudad de México y de esa necesidad de estar atento a lo que ocurre alrededor, voltea hacia todos lados mientras asciende por escalones que conectan al metro con la ciudad, cruza la mirada con alguien, el enfado habitual. Habitual porque siempre que avanza por la calle, está mirando sobre su hombro. Y, cuando cruza la mirada con alguien, se siente amenazado, enfadado y ofendido. ¿Qué carajo miran?

Siendo así, la breve molestia pasa y deja lugar a su andar presuroso, siempre vadeando mares de gente por miniatajos simulados, ingeniados y repetidos previamente, tales como caminar por debajo de la acera para evitar congregaciones de gente. Él estaba cada vez más próximo a su hogar, a la tranquilidad de la soledad. Entonces, mientras observaba a la mayor cantidad de personas que le era posible dentro de su campo de visión, recién pasando frente al Hospital 20 de Noviembre y poco después de cruzar av. Coyoacán, algo le hace mirar a la derecha, hacia la otra acera, y entre el paso de varios automóviles alcanza a vislumbrar a otro hombre que lo miraba. Ojos, mirada, voyeurismo. Esta vez le da lo mismo. ¿O no?

Camino todo derecho, hacia casa. Me distraigo en mis pensamientos, los barajeo un poco y cruzo la calle a media cuadra, mientras sigue el verde casi por llegar al metro 20 de Noviembre. Aprieto el paso para evitar no que me atropellen, sino que me fastidien con esos jodidos claxonazos que los mexicanos disfrutan tanto de regalar ante la menor provocación. Cruzo av. Coyoacán y veo los edificios de la esquina, en busca de algún letrero que indique la renta de un inmueble. En mi caso, el interés reside en una covacha. Recorro tramos de más para llegar a casa en busca de la renta de una de estas. Volteo la vista a la izquierda, cruzo la mirada con otro sujeto de la otra acera, no puedo creer que sea él, me estremezco un poco. Intento restarle importancia y sigo masturbándome con mis pensamientos, alguna que otra fantasía descabellada. Justo pasando frente a la florería de Eje 7 y Amores, mientras sigo imbuido en negaciones, miro mi reflejo en las largas ventanas que adornan el lugar. Ese hijo de puta que encontré al salir del metro estaba atrás de mí, su pinta no resulta agradable.

Ha recorrido gran tramo desde el metro y se percata de que el sujeto al que acababa de ver en la otra acera está siguiendo su misma ruta, ¿o quizás a él? Y, de hecho, es el mismo sujeto con el que cruzó la mirada mientras subía las escaleras del transporte subterráneo. Se preguntó por qué ese tipo iba hacia el mismo lugar que él, pues cada vez que disminuía más la velocidad, el otro parecía hacer lo mismo, ¿coincidencia? En este mundo no las hay, piensa. Entonces cruza para colocarse detrás del otro tipo y ser él el que resulte en una amenaza y no el otro, además, esto le permitirá hacer alguna maniobra evasiva más fácilmente.

Cruzando el parque, decido entrar al Seven, hago tiempo con cualquier pretexto. En México no se pueden tomar a la ligera estas coincidencias. De cualquier manera, después de hacer algo de tiempo, salgo y doblo a la izquierda. Quizás esta ligera desviación fue suficiente para que ese hijo de puta dejara de seguirme el rastro, sepa la chingada qué se propone. Regreso sobre mis pasos y atravieso el parque. Luego camino sobre Amores, ya más tranquilo, entonces puedo seguir con mis labores mentales de diletarme. A veces me pregunto si pierdo mucho tiempo y energía invistiendo mis pensamientos de una atención excesiva, tal vez innecesaria e inclusive inútil. Arrojo la idea fuera de mi cabeza y sigo permitiéndole ese arrullo del fluir incesante de conceptos, representaciones e hipótesis.

Atravieso Eje 8, ya estoy por llegar a casa. De pronto, por el lado izquierdo, con el rabillo de mi suspicaz ojo, lo veo de nuevo en la acera contraria. Esto ya no pinta bien. El hecho de que vuelva a encontrármelo solo puede significar que sabe dónde vivo, se percató de mi treta para que me perdiera el rastro y rodeó por Gabriel Mancera para encontrarme. Quizás no calculó bien el tiempo y, en lugar de alcanzarme por la espalda, lo hizo de esta manera en la que alcancé a percatarme de su presencia con el filo del ojo. Se detiene y manipula su celular. Excusa vaga, me preocupo por mi seguridad una vez más, por mi integridad emocional, quise decir física.

Al verlo entrar al Seven se congratula de haber conseguido su propósito, una vez más. Da la vuelta de inmediato sobre Gabriel Mancera con el objetivo de retomar la ruta a Eje 8 y a casa desde Amores. Aprieta el paso después de un rato. Entonces, al ir sobre Amores, examina los alrededores y ahí lo ve, sospechoso. ¡No puede ser! Se pregunta si lo que quiere el otro es verle la cara de imbécil y si debería enfrentarlo de una buena vez. Pero la imagen mental de un arma lo disuade. Decide disimular, ralentiza el paso que lleva hasta detenerse para entretenerse con el celular. Enfrente y en la acera opuesta a la de él, el tipo sigue volteando sin cesar, no sabe qué hacer, comienza  ponerse nervioso. Mete las manos en su pantalón para poner las llaves entre sus nudillos y soltar un golpe más peligroso en caso de ser necesario. Está cada vez más cerca de su hogar, no puede mostrarle a quien sea que lo esté siguiendo — ¿vigilando tal vez? — dónde es que vive. Eso no es una opción.

— Espero que ese hijo de puta no haya notado dónde vivo.

 

Por fin perdí de vista a ese granuja, fue lo mejor apretar el paso hacia la esquina hasta doblarla y meterme en casa. Con dificultad sabrá en qué edificio vivo específicamente. Lo reconozco, es él. Sé que me venía observando de reojo todo este tiempo y, cuando cruzó la avenida frente al hospital 20 de noviembre, sabía que venía por mí. Desde que estábamos en el vagón del metro, me miraba con el rabillo del ojo, lo sabía. Me arrepiento de no haberlo perdido antes, espero no haya notado dónde vivo.

Deja de mirar su celular y, en cuanto su némesis da la vuelta en la esquina, recupera el aliento y se mete de inmediato a su edificio. Siempre se baja en estaciones de metro distintas a las correspondientes por mera precaución, lo hacía de vez en vez, variaba la rutina y los caminos que suele recorrer en un afán de evitar un secuestro.

No obstante ese sujeto me/lo siguió casi sin que me/se diera del todo cuenta.

Al final los dos entran a sus respectivos departamentos, cierran la puerta con todos los seguros posibles, suspiran de alivio y agotamiento mental. Se dejan caer, resbalándose sobre la puerta. El cansancio de dos paranoides que se desconocen mutuamente y convierten su propia persecución en la de los demás hacia ellos. Agresión mutuamente proyectada. Víctimas y victimarios. Simetría perfecta.


Saliendo del metro, un día soleado, línea 12, estación Insurgentes sur. Por casualidad o inercias de la vida en la Ciudad de México y de esa necesidad de estar atento a lo que ocurre alrededor, voltea hacia todos lados mientras asciende por escalones que conectan al metro con la ciudad, cruza la mirada con alguien, el enfado habitual. Habitual porque siempre que avanza por la calle, está mirando sobre su hombro. Y, cuando cruza la mirada con alguien, se siente amenazado, enfadado y ofendido. ¿Qué carajo miran?

Siendo así, la breve molestia pasa y deja lugar a su andar presuroso, siempre vadeando mares de gente por miniatajos simulados, ingeniados y repetidos previamente, tales como caminar por debajo de la acera para evitar congregaciones de gente. Él estaba cada vez más próximo a su hogar, a la tranquilidad de la soledad. Entonces, mientras observaba a la mayor cantidad de personas que le era posible dentro de su campo de visión, recién pasando frente al Hospital 20 de Noviembre y poco después de cruzar av. Coyoacán, algo le hace mirar a la derecha, hacia la otra acera, y entre el paso de varios automóviles alcanza a vislumbrar a otro hombre que lo miraba. Ojos, mirada, voyeurismo. Esta vez le da lo mismo. ¿O no?

Camino todo derecho, hacia casa. Me distraigo en mis pensamientos, los barajeo un poco y cruzo la calle a media cuadra, mientras sigue el verde casi por llegar al metro 20 de Noviembre. Aprieto el paso para evitar no que me atropellen, sino que me fastidien con esos jodidos claxonazos que los mexicanos disfrutan tanto de regalar ante la menor provocación. Cruzo av. Coyoacán y veo los edificios de la esquina, en busca de algún letrero que indique la renta de un inmueble. En mi caso, el interés reside en una covacha. Recorro tramos de más para llegar a casa en busca de la renta de una de estas. Volteo la vista a la izquierda, cruzo la mirada con otro sujeto de la otra acera, no puedo creer que sea él, me estremezco un poco. Intento restarle importancia y sigo masturbándome con mis pensamientos, alguna que otra fantasía descabellada. Justo pasando frente a la florería de Eje 7 y Amores, mientras sigo imbuido en negaciones, miro mi reflejo en las largas ventanas que adornan el lugar. Ese hijo de puta que encontré al salir del metro estaba atrás de mí, su pinta no resulta agradable.

Ha recorrido gran tramo desde el metro y se percata de que el sujeto al que acababa de ver en la otra acera está siguiendo su misma ruta, ¿o quizás a él? Y, de hecho, es el mismo sujeto con el que cruzó la mirada mientras subía las escaleras del transporte subterráneo. Se preguntó por qué ese tipo iba hacia el mismo lugar que él, pues cada vez que disminuía más la velocidad, el otro parecía hacer lo mismo, ¿coincidencia? En este mundo no las hay, piensa. Entonces cruza para colocarse detrás del otro tipo y ser él el que resulte en una amenaza y no el otro, además, esto le permitirá hacer alguna maniobra evasiva más fácilmente.

Cruzando el parque, decido entrar al Seven, hago tiempo con cualquier pretexto. En México no se pueden tomar a la ligera estas coincidencias. De cualquier manera, después de hacer algo de tiempo, salgo y doblo a la izquierda. Quizás esta ligera desviación fue suficiente para que ese hijo de puta dejara de seguirme el rastro, sepa la chingada qué se propone. Regreso sobre mis pasos y atravieso el parque. Luego camino sobre Amores, ya más tranquilo, entonces puedo seguir con mis labores mentales de diletarme. A veces me pregunto si pierdo mucho tiempo y energía invistiendo mis pensamientos de una atención excesiva, tal vez innecesaria e inclusive inútil. Arrojo la idea fuera de mi cabeza y sigo permitiéndole ese arrullo del fluir incesante de conceptos, representaciones e hipótesis.

Atravieso Eje 8, ya estoy por llegar a casa. De pronto, por el lado izquierdo, con el rabillo de mi suspicaz ojo, lo veo de nuevo en la acera contraria. Esto ya no pinta bien. El hecho de que vuelva a encontrármelo solo puede significar que sabe dónde vivo, se percató de mi treta para que me perdiera el rastro y rodeó por Gabriel Mancera para encontrarme. Quizás no calculó bien el tiempo y, en lugar de alcanzarme por la espalda, lo hizo de esta manera en la que alcancé a percatarme de su presencia con el filo del ojo. Se detiene y manipula su celular. Excusa vaga, me preocupo por mi seguridad una vez más, por mi integridad emocional, quise decir física.

Al verlo entrar al Seven se congratula de haber conseguido su propósito, una vez más. Da la vuelta de inmediato sobre Gabriel Mancera con el objetivo de retomar la ruta a Eje 8 y a casa desde Amores. Aprieta el paso después de un rato. Entonces, al ir sobre Amores, examina los alrededores y ahí lo ve, sospechoso. ¡No puede ser! Se pregunta si lo que quiere el otro es verle la cara de imbécil y si debería enfrentarlo de una buena vez. Pero la imagen mental de un arma lo disuade. Decide disimular, ralentiza el paso que lleva hasta detenerse para entretenerse con el celular. Enfrente y en la acera opuesta a la de él, el tipo sigue volteando sin cesar, no sabe qué hacer, comienza  ponerse nervioso. Mete las manos en su pantalón para poner las llaves entre sus nudillos y soltar un golpe más peligroso en caso de ser necesario. Está cada vez más cerca de su hogar, no puede mostrarle a quien sea que lo esté siguiendo — ¿vigilando tal vez? — dónde es que vive. Eso no es una opción.

— Espero que ese hijo de puta no haya notado dónde vivo.

Por fin perdí de vista a ese granuja, fue lo mejor apretar el paso hacia la esquina hasta doblarla y meterme en casa. Con dificultad sabrá en qué edificio vivo específicamente. Lo reconozco, es él. Sé que me venía observando de reojo todo este tiempo y, cuando cruzó la avenida frente al hospital 20 de noviembre, sabía que venía por mí. Desde que estábamos en el vagón del metro, me miraba con el rabillo del ojo, lo sabía. Me arrepiento de no haberlo perdido antes, espero no haya notado dónde vivo.

Deja de mirar su celular y, en cuanto su némesis da la vuelta en la esquina, recupera el aliento y se mete de inmediato a su edificio. Siempre se baja en estaciones de metro distintas a las correspondientes por mera precaución, lo hacía de vez en vez, variaba la rutina y los caminos que suele recorrer en un afán de evitar un secuestro.

No obstante ese sujeto me/lo siguió casi sin que me/se diera del todo cuenta.

Al final los dos entran a sus respectivos departamentos, cierran la puerta con todos los seguros posibles, suspiran de alivio y agotamiento mental. Se dejan caer, resbalándose sobre la puerta. El cansancio de dos paranoides que se desconocen mutuamente y convierten su propia persecución en la de los demás hacia ellos. Agresión mutuamente proyectada. Víctimas y victimarios. Simetría perfecta.

 

Saliendo del metro, un día soleado, línea 12, estación Insurgentes sur. Por casualidad o inercias de la vida en la Ciudad de México y de esa necesidad de estar atento a lo que ocurre alrededor, voltea hacia todos lados mientras asciende por escalones que conectan al metro con la ciudad, cruza la mirada con alguien, el enfado habitual. Habitual porque siempre que avanza por la calle, está mirando sobre su hombro. Y, cuando cruza la mirada con alguien, se siente amenazado, enfadado y ofendido. ¿Qué carajo miran?

Siendo así, la breve molestia pasa y deja lugar a su andar presuroso, siempre vadeando mares de gente por miniatajos simulados, ingeniados y repetidos previamente, tales como caminar por debajo de la acera para evitar congregaciones de gente. Él estaba cada vez más próximo a su hogar, a la tranquilidad de la soledad. Entonces, mientras observaba a la mayor cantidad de personas que le era posible dentro de su campo de visión, recién pasando frente al Hospital 20 de Noviembre y poco después de cruzar av. Coyoacán, algo le hace mirar a la derecha, hacia la otra acera, y entre el paso de varios automóviles alcanza a vislumbrar a otro hombre que lo miraba. Ojos, mirada, voyeurismo. Esta vez le da lo mismo. ¿O no?

Camino todo derecho, hacia casa. Me distraigo en mis pensamientos, los barajeo un poco y cruzo la calle a media cuadra, mientras sigue el verde casi por llegar al metro 20 de Noviembre. Aprieto el paso para evitar no que me atropellen, sino que me fastidien con esos jodidos claxonazos que los mexicanos disfrutan tanto de regalar ante la menor provocación. Cruzo av. Coyoacán y veo los edificios de la esquina, en busca de algún letrero que indique la renta de un inmueble. En mi caso, el interés reside en una covacha. Recorro tramos de más para llegar a casa en busca de la renta de una de estas. Volteo la vista a la izquierda, cruzo la mirada con otro sujeto de la otra acera, no puedo creer que sea él, me estremezco un poco. Intento restarle importancia y sigo masturbándome con mis pensamientos, alguna que otra fantasía descabellada. Justo pasando frente a la florería de Eje 7 y Amores, mientras sigo imbuido en negaciones, miro mi reflejo en las largas ventanas que adornan el lugar. Ese hijo de puta que encontré al salir del metro estaba atrás de mí, su pinta no resulta agradable.

Ha recorrido gran tramo desde el metro y se percata de que el sujeto al que acababa de ver en la otra acera está siguiendo su misma ruta, ¿o quizás a él? Y, de hecho, es el mismo sujeto con el que cruzó la mirada mientras subía las escaleras del transporte subterráneo. Se preguntó por qué ese tipo iba hacia el mismo lugar que él, pues cada vez que disminuía más la velocidad, el otro parecía hacer lo mismo, ¿coincidencia? En este mundo no las hay, piensa. Entonces cruza para colocarse detrás del otro tipo y ser él el que resulte en una amenaza y no el otro, además, esto le permitirá hacer alguna maniobra evasiva más fácilmente.

Cruzando el parque, decido entrar al Seven, hago tiempo con cualquier pretexto. En México no se pueden tomar a la ligera estas coincidencias. De cualquier manera, después de hacer algo de tiempo, salgo y doblo a la izquierda. Quizás esta ligera desviación fue suficiente para que ese hijo de puta dejara de seguirme el rastro, sepa la chingada qué se propone. Regreso sobre mis pasos y atravieso el parque. Luego camino sobre Amores, ya más tranquilo, entonces puedo seguir con mis labores mentales de diletarme. A veces me pregunto si pierdo mucho tiempo y energía invistiendo mis pensamientos de una atención excesiva, tal vez innecesaria e inclusive inútil. Arrojo la idea fuera de mi cabeza y sigo permitiéndole ese arrullo del fluir incesante de conceptos, representaciones e hipótesis.

Atravieso Eje 8, ya estoy por llegar a casa. De pronto, por el lado izquierdo, con el rabillo de mi suspicaz ojo, lo veo de nuevo en la acera contraria. Esto ya no pinta bien. El hecho de que vuelva a encontrármelo solo puede significar que sabe dónde vivo, se percató de mi treta para que me perdiera el rastro y rodeó por Gabriel Mancera para encontrarme. Quizás no calculó bien el tiempo y, en lugar de alcanzarme por la espalda, lo hizo de esta manera en la que alcancé a percatarme de su presencia con el filo del ojo. Se detiene y manipula su celular. Excusa vaga, me preocupo por mi seguridad una vez más, por mi integridad emocional, quise decir física.

Al verlo entrar al Seven se congratula de haber conseguido su propósito, una vez más. Da la vuelta de inmediato sobre Gabriel Mancera con el objetivo de retomar la ruta a Eje 8 y a casa desde Amores. Aprieta el paso después de un rato. Entonces, al ir sobre Amores, examina los alrededores y ahí lo ve, sospechoso. ¡No puede ser! Se pregunta si lo que quiere el otro es verle la cara de imbécil y si debería enfrentarlo de una buena vez. Pero la imagen mental de un arma lo disuade. Decide disimular, ralentiza el paso que lleva hasta detenerse para entretenerse con el celular. Enfrente y en la acera opuesta a la de él, el tipo sigue volteando sin cesar, no sabe qué hacer, comienza  ponerse nervioso. Mete las manos en su pantalón para poner las llaves entre sus nudillos y soltar un golpe más peligroso en caso de ser necesario. Está cada vez más cerca de su hogar, no puede mostrarle a quien sea que lo esté siguiendo — ¿vigilando tal vez? — dónde es que vive. Eso no es una opción.

— Espero que ese hijo de puta no haya notado dónde vivo.

Por fin perdí de vista a ese granuja, fue lo mejor apretar el paso hacia la esquina hasta doblarla y meterme en casa. Con dificultad sabrá en qué edificio vivo específicamente. Lo reconozco, es él. Sé que me venía observando de reojo todo este tiempo y, cuando cruzó la avenida frente al hospital 20 de noviembre, sabía que venía por mí. Desde que estábamos en el vagón del metro, me miraba con el rabillo del ojo, lo sabía. Me arrepiento de no haberlo perdido antes, espero no haya notado dónde vivo.

Deja de mirar su celular y, en cuanto su némesis da la vuelta en la esquina, recupera el aliento y se mete de inmediato a su edificio. Siempre se baja en estaciones de metro distintas a las correspondientes por mera precaución, lo hacía de vez en vez, variaba la rutina y los caminos que suele recorrer en un afán de evitar un secuestro.

No obstante ese sujeto me/lo siguió casi sin que me/se diera del todo cuenta.

Al final los dos entran a sus respectivos departamentos, cierran la puerta con todos los seguros posibles, suspiran de alivio y agotamiento mental. Se dejan caer, resbalándose sobre la puerta. El cansancio de dos paranoides que se desconocen mutuamente y convierten su propia persecución en la de los demás hacia ellos. Agresión mutuamente proyectada. Víctimas y victimarios. Simetría perfecta.

 

Saliendo del metro, un día soleado, línea 12, estación Insurgentes sur. Por casualidad o inercias de la vida en la Ciudad de México y de esa necesidad de estar atento a lo que ocurre alrededor, voltea hacia todos lados mientras asciende por escalones que conectan al metro con la ciudad, cruza la mirada con alguien, el enfado habitual. Habitual porque siempre que avanza por la calle, está mirando sobre su hombro. Y, cuando cruza la mirada con alguien, se siente amenazado, enfadado y ofendido. ¿Qué carajo miran?

Siendo así, la breve molestia pasa y deja lugar a su andar presuroso, siempre vadeando mares de gente por miniatajos simulados, ingeniados y repetidos previamente, tales como caminar por debajo de la acera para evitar congregaciones de gente. Él estaba cada vez más próximo a su hogar, a la tranquilidad de la soledad. Entonces, mientras observaba a la mayor cantidad de personas que le era posible dentro de su campo de visión, recién pasando frente al Hospital 20 de Noviembre y poco después de cruzar av. Coyoacán, algo le hace mirar a la derecha, hacia la otra acera, y entre el paso de varios automóviles alcanza a vislumbrar a otro hombre que lo miraba. Ojos, mirada, voyeurismo. Esta vez le da lo mismo. ¿O no?

Camino todo derecho, hacia casa. Me distraigo en mis pensamientos, los barajeo un poco y cruzo la calle a media cuadra, mientras sigue el verde casi por llegar al metro 20 de Noviembre. Aprieto el paso para evitar no que me atropellen, sino que me fastidien con esos jodidos claxonazos que los mexicanos disfrutan tanto de regalar ante la menor provocación. Cruzo av. Coyoacán y veo los edificios de la esquina, en busca de algún letrero que indique la renta de un inmueble. En mi caso, el interés reside en una covacha. Recorro tramos de más para llegar a casa en busca de la renta de una de estas. Volteo la vista a la izquierda, cruzo la mirada con otro sujeto de la otra acera, no puedo creer que sea él, me estremezco un poco. Intento restarle importancia y sigo masturbándome con mis pensamientos, alguna que otra fantasía descabellada. Justo pasando frente a la florería de Eje 7 y Amores, mientras sigo imbuido en negaciones, miro mi reflejo en las largas ventanas que adornan el lugar. Ese hijo de puta que encontré al salir del metro estaba atrás de mí, su pinta no resulta agradable.

Ha recorrido gran tramo desde el metro y se percata de que el sujeto al que acababa de ver en la otra acera está siguiendo su misma ruta, ¿o quizás a él? Y, de hecho, es el mismo sujeto con el que cruzó la mirada mientras subía las escaleras del transporte subterráneo. Se preguntó por qué ese tipo iba hacia el mismo lugar que él, pues cada vez que disminuía más la velocidad, el otro parecía hacer lo mismo, ¿coincidencia? En este mundo no las hay, piensa. Entonces cruza para colocarse detrás del otro tipo y ser él el que resulte en una amenaza y no el otro, además, esto le permitirá hacer alguna maniobra evasiva más fácilmente.

Cruzando el parque, decido entrar al Seven, hago tiempo con cualquier pretexto. En México no se pueden tomar a la ligera estas coincidencias. De cualquier manera, después de hacer algo de tiempo, salgo y doblo a la izquierda. Quizás esta ligera desviación fue suficiente para que ese hijo de puta dejara de seguirme el rastro, sepa la chingada qué se propone. Regreso sobre mis pasos y atravieso el parque. Luego camino sobre Amores, ya más tranquilo, entonces puedo seguir con mis labores mentales de diletarme. A veces me pregunto si pierdo mucho tiempo y energía invistiendo mis pensamientos de una atención excesiva, tal vez innecesaria e inclusive inútil. Arrojo la idea fuera de mi cabeza y sigo permitiéndole ese arrullo del fluir incesante de conceptos, representaciones e hipótesis.

Atravieso Eje 8, ya estoy por llegar a casa. De pronto, por el lado izquierdo, con el rabillo de mi suspicaz ojo, lo veo de nuevo en la acera contraria. Esto ya no pinta bien. El hecho de que vuelva a encontrármelo solo puede significar que sabe dónde vivo, se percató de mi treta para que me perdiera el rastro y rodeó por Gabriel Mancera para encontrarme. Quizás no calculó bien el tiempo y, en lugar de alcanzarme por la espalda, lo hizo de esta manera en la que alcancé a percatarme de su presencia con el filo del ojo. Se detiene y manipula su celular. Excusa vaga, me preocupo por mi seguridad una vez más, por mi integridad emocional, quise decir física.

Al verlo entrar al Seven se congratula de haber conseguido su propósito, una vez más. Da la vuelta de inmediato sobre Gabriel Mancera con el objetivo de retomar la ruta a Eje 8 y a casa desde Amores. Aprieta el paso después de un rato. Entonces, al ir sobre Amores, examina los alrededores y ahí lo ve, sospechoso. ¡No puede ser! Se pregunta si lo que quiere el otro es verle la cara de imbécil y si debería enfrentarlo de una buena vez. Pero la imagen mental de un arma lo disuade. Decide disimular, ralentiza el paso que lleva hasta detenerse para entretenerse con el celular. Enfrente y en la acera opuesta a la de él, el tipo sigue volteando sin cesar, no sabe qué hacer, comienza  ponerse nervioso. Mete las manos en su pantalón para poner las llaves entre sus nudillos y soltar un golpe más peligroso en caso de ser necesario. Está cada vez más cerca de su hogar, no puede mostrarle a quien sea que lo esté siguiendo — ¿vigilando tal vez? — dónde es que vive. Eso no es una opción.

— Espero que ese hijo de puta no haya notado dónde vivo.

Por fin perdí de vista a ese granuja, fue lo mejor apretar el paso hacia la esquina hasta doblarla y meterme en casa. Con dificultad sabrá en qué edificio vivo específicamente. Lo reconozco, es él. Sé que me venía observando de reojo todo este tiempo y, cuando cruzó la avenida frente al hospital 20 de noviembre, sabía que venía por mí. Desde que estábamos en el vagón del metro, me miraba con el rabillo del ojo, lo sabía. Me arrepiento de no haberlo perdido antes, espero no haya notado dónde vivo.

Deja de mirar su celular y, en cuanto su némesis da la vuelta en la esquina, recupera el aliento y se mete de inmediato a su edificio. Siempre se baja en estaciones de metro distintas a las correspondientes por mera precaución, lo hacía de vez en vez, variaba la rutina y los caminos que suele recorrer en un afán de evitar un secuestro.

No obstante ese sujeto me/lo siguió casi sin que me/se diera del todo cuenta.

Al final los dos entran a sus respectivos departamentos, cierran la puerta con todos los seguros posibles, suspiran de alivio y agotamiento mental. Se dejan caer, resbalándose sobre la puerta. El cansancio de dos paranoides que se desconocen mutuamente y convierten su propia persecución en la de los demás hacia ellos. Agresión mutuamente proyectada. Víctimas y victimarios. Simetría perfecta.

 

Saliendo del metro, un día soleado, línea 12, estación Insurgentes sur. Por casualidad o inercias de la vida en la Ciudad de México y de esa necesidad de estar atento a lo que ocurre alrededor, voltea hacia todos lados mientras asciende por escalones que conectan al metro con la ciudad, cruza la mirada con alguien, el enfado habitual. Habitual porque siempre que avanza por la calle, está mirando sobre su hombro. Y, cuando cruza la mirada con alguien, se siente amenazado, enfadado y ofendido. ¿Qué carajo miran?

Siendo así, la breve molestia pasa y deja lugar a su andar presuroso, siempre vadeando mares de gente por miniatajos simulados, ingeniados y repetidos previamente, tales como caminar por debajo de la acera para evitar congregaciones de gente. Él estaba cada vez más próximo a su hogar, a la tranquilidad de la soledad. Entonces, mientras observaba a la mayor cantidad de personas que le era posible dentro de su campo de visión, recién pasando frente al Hospital 20 de Noviembre y poco después de cruzar av. Coyoacán, algo le hace mirar a la derecha, hacia la otra acera, y entre el paso de varios automóviles alcanza a vislumbrar a otro hombre que lo miraba. Ojos, mirada, voyeurismo. Esta vez le da lo mismo. ¿O no?

Camino todo derecho, hacia casa. Me distraigo en mis pensamientos, los barajeo un poco y cruzo la calle a media cuadra, mientras sigue el verde casi por llegar al metro 20 de Noviembre. Aprieto el paso para evitar no que me atropellen, sino que me fastidien con esos jodidos claxonazos que los mexicanos disfrutan tanto de regalar ante la menor provocación. Cruzo av. Coyoacán y veo los edificios de la esquina, en busca de algún letrero que indique la renta de un inmueble. En mi caso, el interés reside en una covacha. Recorro tramos de más para llegar a casa en busca de la renta de una de estas. Volteo la vista a la izquierda, cruzo la mirada con otro sujeto de la otra acera, no puedo creer que sea él, me estremezco un poco. Intento restarle importancia y sigo masturbándome con mis pensamientos, alguna que otra fantasía descabellada. Justo pasando frente a la florería de Eje 7 y Amores, mientras sigo imbuido en negaciones, miro mi reflejo en las largas ventanas que adornan el lugar. Ese hijo de puta que encontré al salir del metro estaba atrás de mí, su pinta no resulta agradable.

Ha recorrido gran tramo desde el metro y se percata de que el sujeto al que acababa de ver en la otra acera está siguiendo su misma ruta, ¿o quizás a él? Y, de hecho, es el mismo sujeto con el que cruzó la mirada mientras subía las escaleras del transporte subterráneo. Se preguntó por qué ese tipo iba hacia el mismo lugar que él, pues cada vez que disminuía más la velocidad, el otro parecía hacer lo mismo, ¿coincidencia? En este mundo no las hay, piensa. Entonces cruza para colocarse detrás del otro tipo y ser él el que resulte en una amenaza y no el otro, además, esto le permitirá hacer alguna maniobra evasiva más fácilmente.

Cruzando el parque, decido entrar al Seven, hago tiempo con cualquier pretexto. En México no se pueden tomar a la ligera estas coincidencias. De cualquier manera, después de hacer algo de tiempo, salgo y doblo a la izquierda. Quizás esta ligera desviación fue suficiente para que ese hijo de puta dejara de seguirme el rastro, sepa la chingada qué se propone. Regreso sobre mis pasos y atravieso el parque. Luego camino sobre Amores, ya más tranquilo, entonces puedo seguir con mis labores mentales de diletarme. A veces me pregunto si pierdo mucho tiempo y energía invistiendo mis pensamientos de una atención excesiva, tal vez innecesaria e inclusive inútil. Arrojo la idea fuera de mi cabeza y sigo permitiéndole ese arrullo del fluir incesante de conceptos, representaciones e hipótesis.

Atravieso Eje 8, ya estoy por llegar a casa. De pronto, por el lado izquierdo, con el rabillo de mi suspicaz ojo, lo veo de nuevo en la acera contraria. Esto ya no pinta bien. El hecho de que vuelva a encontrármelo solo puede significar que sabe dónde vivo, se percató de mi treta para que me perdiera el rastro y rodeó por Gabriel Mancera para encontrarme. Quizás no calculó bien el tiempo y, en lugar de alcanzarme por la espalda, lo hizo de esta manera en la que alcancé a percatarme de su presencia con el filo del ojo. Se detiene y manipula su celular. Excusa vaga, me preocupo por mi seguridad una vez más, por mi integridad emocional, quise decir física.

Al verlo entrar al Seven se congratula de haber conseguido su propósito, una vez más. Da la vuelta de inmediato sobre Gabriel Mancera con el objetivo de retomar la ruta a Eje 8 y a casa desde Amores. Aprieta el paso después de un rato. Entonces, al ir sobre Amores, examina los alrededores y ahí lo ve, sospechoso. ¡No puede ser! Se pregunta si lo que quiere el otro es verle la cara de imbécil y si debería enfrentarlo de una buena vez. Pero la imagen mental de un arma lo disuade. Decide disimular, ralentiza el paso que lleva hasta detenerse para entretenerse con el celular. Enfrente y en la acera opuesta a la de él, el tipo sigue volteando sin cesar, no sabe qué hacer, comienza  ponerse nervioso. Mete las manos en su pantalón para poner las llaves entre sus nudillos y soltar un golpe más peligroso en caso de ser necesario. Está cada vez más cerca de su hogar, no puede mostrarle a quien sea que lo esté siguiendo — ¿vigilando tal vez? — dónde es que vive. Eso no es una opción.

— Espero que ese hijo de puta no haya notado dónde vivo.

Por fin perdí de vista a ese granuja, fue lo mejor apretar el paso hacia la esquina hasta doblarla y meterme en casa. Con dificultad sabrá en qué edificio vivo específicamente. Lo reconozco, es él. Sé que me venía observando de reojo todo este tiempo y, cuando cruzó la avenida frente al hospital 20 de noviembre, sabía que venía por mí. Desde que estábamos en el vagón del metro, me miraba con el rabillo del ojo, lo sabía. Me arrepiento de no haberlo perdido antes, espero no haya notado dónde vivo.

Deja de mirar su celular y, en cuanto su némesis da la vuelta en la esquina, recupera el aliento y se mete de inmediato a su edificio. Siempre se baja en estaciones de metro distintas a las correspondientes por mera precaución, lo hacía de vez en vez, variaba la rutina y los caminos que suele recorrer en un afán de evitar un secuestro.

No obstante ese sujeto me/lo siguió casi sin que me/se diera del todo cuenta.

Al final los dos entran a sus respectivos departamentos, cierran la puerta con todos los seguros posibles, suspiran de alivio y agotamiento mental. Se dejan caer, resbalándose sobre la puerta. El cansancio de dos paranoides que se desconocen mutuamente y convierten su propia persecución en la de los demás hacia ellos. Agresión mutuamente proyectada. Víctimas y victimarios. Simetría perfecta.

 

Oma Hernández Pacheco. Mexicano de 29 años nacido en la Ciudad de México, viviendo allí desde siempre, en zona de mirreyes. Psicoterapeuta y docente. Egresado de la licenciatura de psicología en la UAM Xochimilco, de la maestría en Desarrollo Educativo de la UPN Ajusco, actualmente cursando una especialidad en adicciones en la UNAM.

Imagen de portada: Oddleiv Apneseth

Oma Hernández Pacheco. Mexicano de 29 años nacido en la Ciudad de México, viviendo allí desde siempre, en zona de mirreyes. Psicoterapeuta y docente. Egresado de la licenciatura de psicología en la UAM Xochimilco, de la maestría en Desarrollo Educativo de la UPN Ajusco, actualmente cursando una especialidad en adicciones en la UNAM.

Imagen de portada: Oddleiv Apneseth

Oma Hernández Pacheco. Mexicano de 29 años nacido en la Ciudad de México, viviendo allí desde siempre, en zona de mirreyes. Psicoterapeuta y docente. Egresado de la licenciatura de psicología en la UAM Xochimilco, de la maestría en Desarrollo Educativo de la UPN Ajusco, actualmente cursando una especialidad en adicciones en la UNAM.

Imagen de portada: Oddleiv Apneseth

Oma Hernández Pacheco. Mexicano de 29 años nacido en la Ciudad de México, viviendo allí desde siempre, en zona de mirreyes. Psicoterapeuta y docente. Egresado de la licenciatura de psicología en la UAM Xochimilco, de la maestría en Desarrollo Educativo de la UPN Ajusco, actualmente cursando una especialidad en adicciones en la UNAM.

Imagen de portada: Oddleiv Apneseth

Oma Hernández Pacheco. Mexicano de 29 años nacido en la Ciudad de México, viviendo allí desde siempre, en zona de mirreyes. Psicoterapeuta y docente. Egresado de la licenciatura de psicología en la UAM Xochimilco, de la maestría en Desarrollo Educativo de la UPN Ajusco, actualmente cursando una especialidad en adicciones en la UNAM.

Imagen de portada: Oddleiv Apneseth

m_tonala

Tonalá

N.011 - Narrativa

Acércate a nosotros

Nuestra meta

Suscríbete

Nuestro propósito es servir como una plataforma de difusión para escritores de habla hispana.

La Revista Himen es un proyecto completamente independiente. Puedes apoyarnos  haciendo una donación.

Himen es un proyecto independiente. Nuestro propósito es servir como una plataforma para exponer escritores de habla hispana.

La Revista Himen es un proyecto completamente independiente. Puedes apoyarnos comprando nuestros productos o haciendo una donación.

Himen es un proyecto independiente. Nuestro propósito es servir como una plataforma para exponer escritores de habla hispana.

La Revista Himen es un proyecto completamente independiente. Puedes apoyarnos comprando nuestros productos o haciendo una donación.

Himen es un proyecto independiente. Nuestro propósito es servir como una plataforma para exponer escritores de habla hispana.

La Revista Himen es un proyecto completamente independiente. Puedes apoyarnos comprando nuestros productos o haciendo una donación.

Suscríbete a nuestra Newsletter y entérate de nuestras convocatorias. Prometemos no llenar tu correo de spam :)

Suscríbete a nuestra Newsletter y entérate de nuestras convocatorias. Prometemos no llenar tu correo de spam :)

Suscríbete a nuestra Newsletter y entérate de nuestras convocatorias. Prometemos no llenar tu correo de spam :)

circulo-animacion
logo_himen-01

© 2013 – 2019 Revista Himen. Diseño por C.A.

Términos y Condiciones - Copyrights