Chamber of reflection

N.009 - Narrativa

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N.009 - Narrativa

Escrito por Soun

Por el rabillo del ojo, como viendo a través de la línea invisible de mi nariz presiento el reflejo.

A veces, por las mañanas cuando termino de alimentar a las “blancas”, me siento en el suelo, al borde del corral y la cocina, y bebo a cucharadas el caldo. Ayer, al tirar la cuchara por accidente, me vi en el reflejo. Me vi entonces casi como antes; como ellas; antes del Perro; así, me vi al revés: volteada.

Pero tomé rápido la cuchara y cerré los ojos. Algo en el cerebro me taladra en golpes rápidos y luego lentos cuando me acuerdo, —la memoria es un diablo— me digo como les digo a ellas. ¿Y pa’ qué se acuerda uno de la vida antes que nos la voltearan? La vida lo enchueca a uno, y lo tuerce como al marrano que se manda matar pal agasajo. Nomás hay que aguantarse los gritos del animal muriendo, ya luego todos se lo comen. Al fin y al cabo todos estamos torcidos, unos pa’ fuera y otros pa’ dentro. Le pasa al puerco, le pasa a una, le pasa a las blancas y hasta al perro, chiga’ desgraciao’ Perro.

 — Óyeme bien, chamaca, mírame caraja, ¿te da asco? Más te va dar si no te portas bien ¡Qué te van a dejar pior! ¡Y de escaparte ni en el pensamiento! ¿Me oíste, caraja!

Pobres chamacas, ya se las torcieron, pero mejor les va si nomas pa’ dentro. Así todavía les queda tiempo pa’ torcerse a otros y medio enderezar el juego. ¡Ah…! Porque a los que nos torcieron pa’ fuera, como los puercos, ni aunque uno grite y se desangre con el pescuezo abierto, las gentes ni lo miran a uno. Si no escuchan al animal… Qué van a andar escuchándolo, ¡Nombre!  antes al contrario re bien que se lo comen de un bocao’.

¡Pero qué va andar sabiendo uno! Antes de estar torcido tiene uno los ojos cerrao’s ¡Y cerrao’s los debieran tener todos! ¡Pa’ no vernos y no fregarnos!

—    ¡Nonononono! ¡Yo no vi na’ Perro!

—    ¡Ahoritita vas a desear que te hubieran sacado los ojos de morrita, escuincla mirona!

La memoria es un diablo que nos cuchichea pa’ no olvidarnos ¿Y de qué se acuerda uno si no de las cosas que ve? ¡Y más todavía de las que no quería ver! Yo por eso ya no veo ¡Ni me veo na, pa’ no acordarme!, y que no me ande taladrando la memoria como colmillos de perro hambriento. Como colmillos que abren en borbotones la carne y la dejan tira’ de fuera, gironeada en botones abiertos de sangre; con los labios y la nariz desgaja’; y los ojos partidos pa’ que sepamos no ver y que la lengua se olvide de hablar pa’ que pueda comer.

 

Por el rabillo del ojo, como viendo a través de la línea invisible de mi nariz presiento el reflejo.

A veces, por las mañanas cuando termino de alimentar a las “blancas”, me siento en el suelo, al borde del corral y la cocina, y bebo a cucharadas el caldo. Ayer, al tirar la cuchara por accidente, me vi en el reflejo. Me vi entonces casi como antes; como ellas; antes del Perro; así, me vi al revés: volteada.

Pero tomé rápido la cuchara y cerré los ojos. Algo en el cerebro me taladra en golpes rápidos y luego lentos cuando me acuerdo, —la memoria es un diablo— me digo como les digo a ellas. ¿Y pa’ qué se acuerda uno de la vida antes que nos la voltearan? La vida lo enchueca a uno, y lo tuerce como al marrano que se manda matar pal agasajo. Nomás hay que aguantarse los gritos del animal muriendo, ya luego todos se lo comen. Al fin y al cabo todos estamos torcidos, unos pa’ fuera y otros pa’ dentro. Le pasa al puerco, le pasa a una, le pasa a las blancas y hasta al perro, chiga’ desgraciao’ Perro.

 — Óyeme bien, chamaca, mírame caraja, ¿te da asco? Más te va dar si no te portas bien ¡Qué te van a dejar pior! ¡Y de escaparte ni en el pensamiento! ¿Me oíste, caraja!

Pobres chamacas, ya se las torcieron, pero mejor les va si nomas pa’ dentro. Así todavía les queda tiempo pa’ torcerse a otros y medio enderezar el juego. ¡Ah…! Porque a los que nos torcieron pa’ fuera, como los puercos, ni aunque uno grite y se desangre con el pescuezo abierto, las gentes ni lo miran a uno. Si no escuchan al animal… Qué van a andar escuchándolo, ¡Nombre!  antes al contrario re bien que se lo comen de un bocao’.

¡Pero qué va andar sabiendo uno! Antes de estar torcido tiene uno los ojos cerrao’s ¡Y cerrao’s los debieran tener todos! ¡Pa’ no vernos y no fregarnos!

—    ¡Nonononono! ¡Yo no vi na’ Perro!

—    ¡Ahoritita vas a desear que te hubieran sacado los ojos de morrita, escuincla mirona!

La memoria es un diablo que nos cuchichea pa’ no olvidarnos ¿Y de qué se acuerda uno si no de las cosas que ve? ¡Y más todavía de las que no quería ver! Yo por eso ya no veo ¡Ni me veo na, pa’ no acordarme!, y que no me ande taladrando la memoria como colmillos de perro hambriento. Como colmillos que abren en borbotones la carne y la dejan tira’ de fuera, gironeada en botones abiertos de sangre; con los labios y la nariz desgaja’; y los ojos partidos pa’ que sepamos no ver y que la lengua se olvide de hablar pa’ que pueda comer.

 

Por el rabillo del ojo, como viendo a través de la línea invisible de mi nariz presiento el reflejo.

A veces, por las mañanas cuando termino de alimentar a las “blancas”, me siento en el suelo, al borde del corral y la cocina, y bebo a cucharadas el caldo. Ayer, al tirar la cuchara por accidente, me vi en el reflejo. Me vi entonces casi como antes; como ellas; antes del Perro; así, me vi al revés: volteada.

Pero tomé rápido la cuchara y cerré los ojos. Algo en el cerebro me taladra en golpes rápidos y luego lentos cuando me acuerdo, —la memoria es un diablo— me digo como les digo a ellas. ¿Y pa’ qué se acuerda uno de la vida antes que nos la voltearan? La vida lo enchueca a uno, y lo tuerce como al marrano que se manda matar pal agasajo. Nomás hay que aguantarse los gritos del animal muriendo, ya luego todos se lo comen. Al fin y al cabo todos estamos torcidos, unos pa’ fuera y otros pa’ dentro. Le pasa al puerco, le pasa a una, le pasa a las blancas y hasta al perro, chiga’ desgraciao’ Perro.

 — Óyeme bien, chamaca, mírame caraja, ¿te da asco? Más te va dar si no te portas bien ¡Qué te van a dejar pior! ¡Y de escaparte ni en el pensamiento! ¿Me oíste, caraja!

Pobres chamacas, ya se las torcieron, pero mejor les va si nomas pa’ dentro. Así todavía les queda tiempo pa’ torcerse a otros y medio enderezar el juego. ¡Ah…! Porque a los que nos torcieron pa’ fuera, como los puercos, ni aunque uno grite y se desangre con el pescuezo abierto, las gentes ni lo miran a uno. Si no escuchan al animal… Qué van a andar escuchándolo, ¡Nombre!  antes al contrario re bien que se lo comen de un bocao’.

¡Pero qué va andar sabiendo uno! Antes de estar torcido tiene uno los ojos cerrao’s ¡Y cerrao’s los debieran tener todos! ¡Pa’ no vernos y no fregarnos!

—    ¡Nonononono! ¡Yo no vi na’ Perro!

—    ¡Ahoritita vas a desear que te hubieran sacado los ojos de morrita, escuincla mirona!

La memoria es un diablo que nos cuchichea pa’ no olvidarnos ¿Y de qué se acuerda uno si no de las cosas que ve? ¡Y más todavía de las que no quería ver! Yo por eso ya no veo ¡Ni me veo na, pa’ no acordarme!, y que no me ande taladrando la memoria como colmillos de perro hambriento. Como colmillos que abren en borbotones la carne y la dejan tira’ de fuera, gironeada en botones abiertos de sangre; con los labios y la nariz desgaja’; y los ojos partidos pa’ que sepamos no ver y que la lengua se olvide de hablar pa’ que pueda comer.

 

Por el rabillo del ojo, como viendo a través de la línea invisible de mi nariz presiento el reflejo.

A veces, por las mañanas cuando termino de alimentar a las “blancas”, me siento en el suelo, al borde del corral y la cocina, y bebo a cucharadas el caldo. Ayer, al tirar la cuchara por accidente, me vi en el reflejo. Me vi entonces casi como antes; como ellas; antes del Perro; así, me vi al revés: volteada.

Pero tomé rápido la cuchara y cerré los ojos. Algo en el cerebro me taladra en golpes rápidos y luego lentos cuando me acuerdo, —la memoria es un diablo— me digo como les digo a ellas. ¿Y pa’ qué se acuerda uno de la vida antes que nos la voltearan? La vida lo enchueca a uno, y lo tuerce como al marrano que se manda matar pal agasajo. Nomás hay que aguantarse los gritos del animal muriendo, ya luego todos se lo comen. Al fin y al cabo todos estamos torcidos, unos pa’ fuera y otros pa’ dentro. Le pasa al puerco, le pasa a una, le pasa a las blancas y hasta al perro, chiga’ desgraciao’ Perro.

 — Óyeme bien, chamaca, mírame caraja, ¿te da asco? Más te va dar si no te portas bien ¡Qué te van a dejar pior! ¡Y de escaparte ni en el pensamiento! ¿Me oíste, caraja!

Pobres chamacas, ya se las torcieron, pero mejor les va si nomas pa’ dentro. Así todavía les queda tiempo pa’ torcerse a otros y medio enderezar el juego. ¡Ah…! Porque a los que nos torcieron pa’ fuera, como los puercos, ni aunque uno grite y se desangre con el pescuezo abierto, las gentes ni lo miran a uno. Si no escuchan al animal… Qué van a andar escuchándolo, ¡Nombre!  antes al contrario re bien que se lo comen de un bocao’.

¡Pero qué va andar sabiendo uno! Antes de estar torcido tiene uno los ojos cerrao’s ¡Y cerrao’s los debieran tener todos! ¡Pa’ no vernos y no fregarnos!

—    ¡Nonononono! ¡Yo no vi na’ Perro!

—    ¡Ahoritita vas a desear que te hubieran sacado los ojos de morrita, escuincla mirona!

La memoria es un diablo que nos cuchichea pa’ no olvidarnos ¿Y de qué se acuerda uno si no de las cosas que ve? ¡Y más todavía de las que no quería ver! Yo por eso ya no veo ¡Ni me veo na, pa’ no acordarme!, y que no me ande taladrando la memoria como colmillos de perro hambriento. Como colmillos que abren en borbotones la carne y la dejan tira’ de fuera, gironeada en botones abiertos de sangre; con los labios y la nariz desgaja’; y los ojos partidos pa’ que sepamos no ver y que la lengua se olvide de hablar pa’ que pueda comer.

Imagen de portada: Dmitri Pryahin

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José Coronel Acuña Mexicano

N.009 - Experimental

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