Cempoalxóchitl

N.012 - Narrativa

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Escrito por Adolfo 'Nomadha' González

Un metro abajo, la tierra deja de hervir; nopales se dejaron caer sobre el llano, mordieron el suelo con raigones de bocas chimuelas. Otros extendieron pencas, como árboles a los que nadie se acerca. Su corteza nació de inmundicia; aquí es así. Las plantas enraizaron y cubrieron con su manto. Venas fueron reemplazadas por transcurrir de raizal y, al salir, la corteza imitó surcos de frentes afligidas, de bocas abiertas.

Los guamúchiles que crecieron de muerte se pusieron correosos y agarraron un sabor amargo. Las tunas maduraron pronto, tatemándose al sol; cayeron, avinagrando terrenos, que se llenaron de cacomiztles y cuitlacoches hambrientos. A donde quiera que mire uno hubo tristeza; se prueba en el salar que se pega al rostro, se siente en los talones que se parten al caminar.

Al llegar a los pueblos, el ambiente vistió de negro por humos de copal. Uno se da cuenta de que ya no esperan a nadie; tapiaron puertas y ventanas, que rebotaron voz, como si echaran en cara la desgracia. Adentro en los corredores todos parecieron ausentes. Es fecha de que los únicos ladridos que se escuchan son de xoloscuintles, que recogen con el hocico a los ausentes. Así es como uno se entera de cuando se muere la gente. Los demás ladridos desvanecieron, todos los perros murieron de hambre en las azoteas, como las personas: esperaron a que llegara el día en que terminen de esperar.

El viento barrió a los desaparecidos, entregó las ánimas; silbido de llano llevó consigo los gritos que chicotean en la piel de uno. Cuando la oscuridad llega, la luna tapa con su rebozo la noche, ocultó sangre con sombras.

Cerca del agua, los zopilotes taladraron, espantando a las moscas panteoneras que llenaron carne recién muerta. Dejaron carcasas vacías recostadas sobre varas de San José; lavaron su cuerpo en vida, limpiarán sus ánimas en muerte. Más allá, donde se deja de escuchar al río, los cerros masticaron a los ausentes, como en vida, al engullir sus cuerpos entre pedrusco y grava.

Sahuaros y cardones aventaron sombra a los ausentes que devoraron los coyotes. Su tórax sirvió a los animales de refugio en caso de tormenta negra. Cuando secaron por completo, decoraron la estepa; puños de huesos amarillos, que de pronto sobresalen por entre dunas, se asoman entre piedras o de plano no se ven de tanto que los hundieron.

Al sur, en la sierra; los huizaches se adhirieron al monte, el calor les arrebató las ganas de seguir en tierra. Pétalos secos de cempoalxóchitles bailaron con el viento que los apeñuscó entre piedras y enramada seca.

¿Qué venganza puede haber? Si los gritos de ánimas no salen del llano; si sus manos por más que golpean la tierra solo consiguen cuartear el suelo, pero salir nunca. Lamentos vanos; no hay nadie que los consuele. ¿A quién van a vengar si no se sabe dónde están? ¿Cómo pelear por un ausente?

Por las noches, las desapariciones van justo antes de los espectáculos, para lavar el mar sabor al público; mientras crece incertidumbre que alimenta las consignas.

Los que difundieron las voces anónimas acabaron por formar parte de uno de tantos hoyos muertos. Por eso la impotencia corroe, porque es lo que se tiene, lo único que se puede sentir. Porque la esperanza es la última que muere, pero ya no queda nadie. Todos quisieran justicia a mano propia, pero de nada serviría; ni los ausentes dejan de estarlo ni el dolor se hace menos.

¿Cómo terminar un duelo que no comenzó si no se sabe quién vive y quién muere? Mientras no cese, el limbo es igual; los días pierden significado; amanecer, atardecer, anochecer. Sin nada de por medio, nada que destacar.

Lancheros flotaron en cardúmenes desde chinampas, cantaron mientras fumaban sobre aguas turbias mientras golondrinas sobrevolaban. Cargaron cientos de coronas de azucenas y ramos de cempoalxóchitl. La demanda fue enorme los últimos años, cada vez se muere más la gente.

Los pétalos comenzaron a paginar flores, de veinte en veinte; sobre capas se escribieron nombres, se escondieron brillos de ojos. Su color intenso dio vida a los cerros muertos, que solo reverdecen con flores de las tumbas.

Televisores y radios transmitieron nombres ausentes, mientras en las ciudades todos desayunaron tranquilos. Fosas se convirtieron en el cereal con leche del paisano. Los oídos sordos no advierten los lamentos que flotan en el aire, mientras sus narices ignoraron la muerte tras lo zaguanes.

Las nubes ensancharon sobre el valle. Se pusieron gordas como garrapatas, estallaron sobre todos nosotros. Al final seremos cubiertos por la misma lluvia; con olor a plomo y sabor a sangre hervida.

Lo único que se escucha es rumor de viento entre ramas. Constantes apariciones demoniacas, en remolineo de tierra sobre plazas y calles vacías. Antes aterrorizaba a las personas, ahora ni eso. Con estos tiempos que corren, la gente le perdió miedo al diablo…


Un metro abajo, la tierra deja de hervir; nopales se dejaron caer sobre el llano, mordieron el suelo con raigones de bocas chimuelas. Otros extendieron pencas, como árboles a los que nadie se acerca. Su corteza nació de inmundicia; aquí es así. Las plantas enraizaron y cubrieron con su manto. Venas fueron reemplazadas por transcurrir de raizal y, al salir, la corteza imitó surcos de frentes afligidas, de bocas abiertas.

Los guamúchiles que crecieron de muerte se pusieron correosos y agarraron un sabor amargo. Las tunas maduraron pronto, tatemándose al sol; cayeron, avinagrando terrenos, que se llenaron de cacomiztles y cuitlacoches hambrientos. A donde quiera que mire uno hubo tristeza; se prueba en el salar que se pega al rostro, se siente en los talones que se parten al caminar.

Al llegar a los pueblos, el ambiente vistió de negro por humos de copal. Uno se da cuenta de que ya no esperan a nadie; tapiaron puertas y ventanas, que rebotaron voz, como si echaran en cara la desgracia. Adentro en los corredores todos parecieron ausentes. Es fecha de que los únicos ladridos que se escuchan son de xoloscuintles, que recogen con el hocico a los ausentes. Así es como uno se entera de cuando se muere la gente. Los demás ladridos desvanecieron, todos los perros murieron de hambre en las azoteas, como las personas: esperaron a que llegara el día en que terminen de esperar.

El viento barrió a los desaparecidos, entregó las ánimas; silbido de llano llevó consigo los gritos que chicotean en la piel de uno. Cuando la oscuridad llega, la luna tapa con su rebozo la noche, ocultó sangre con sombras.

Cerca del agua, los zopilotes taladraron, espantando a las moscas panteoneras que llenaron carne recién muerta. Dejaron carcasas vacías recostadas sobre varas de San José; lavaron su cuerpo en vida, limpiarán sus ánimas en muerte. Más allá, donde se deja de escuchar al río, los cerros masticaron a los ausentes, como en vida, al engullir sus cuerpos entre pedrusco y grava.

Sahuaros y cardones aventaron sombra a los ausentes que devoraron los coyotes. Su tórax sirvió a los animales de refugio en caso de tormenta negra. Cuando secaron por completo, decoraron la estepa; puños de huesos amarillos, que de pronto sobresalen por entre dunas, se asoman entre piedras o de plano no se ven de tanto que los hundieron.

Al sur, en la sierra; los huizaches se adhirieron al monte, el calor les arrebató las ganas de seguir en tierra. Pétalos secos de cempoalxóchitles bailaron con el viento que los apeñuscó entre piedras y enramada seca.

¿Qué venganza puede haber? Si los gritos de ánimas no salen del llano; si sus manos por más que golpean la tierra solo consiguen cuartear el suelo, pero salir nunca. Lamentos vanos; no hay nadie que los consuele. ¿A quién van a vengar si no se sabe dónde están? ¿Cómo pelear por un ausente?

Por las noches, las desapariciones van justo antes de los espectáculos, para lavar el mar sabor al público; mientras crece incertidumbre que alimenta las consignas.

Los que difundieron las voces anónimas acabaron por formar parte de uno de tantos hoyos muertos. Por eso la impotencia corroe, porque es lo que se tiene, lo único que se puede sentir. Porque la esperanza es la última que muere, pero ya no queda nadie. Todos quisieran justicia a mano propia, pero de nada serviría; ni los ausentes dejan de estarlo ni el dolor se hace menos.

¿Cómo terminar un duelo que no comenzó si no se sabe quién vive y quién muere? Mientras no cese, el limbo es igual; los días pierden significado; amanecer, atardecer, anochecer. Sin nada de por medio, nada que destacar.

Lancheros flotaron en cardúmenes desde chinampas, cantaron mientras fumaban sobre aguas turbias mientras golondrinas sobrevolaban. Cargaron cientos de coronas de azucenas y ramos de cempoalxóchitl. La demanda fue enorme los últimos años, cada vez se muere más la gente.

Los pétalos comenzaron a paginar flores, de veinte en veinte; sobre capas se escribieron nombres, se escondieron brillos de ojos. Su color intenso dio vida a los cerros muertos, que solo reverdecen con flores de las tumbas.

Televisores y radios transmitieron nombres ausentes, mientras en las ciudades todos desayunaron tranquilos. Fosas se convirtieron en el cereal con leche del paisano. Los oídos sordos no advierten los lamentos que flotan en el aire, mientras sus narices ignoraron la muerte tras lo zaguanes.

Las nubes ensancharon sobre el valle. Se pusieron gordas como garrapatas, estallaron sobre todos nosotros. Al final seremos cubiertos por la misma lluvia; con olor a plomo y sabor a sangre hervida.

Lo único que se escucha es rumor de viento entre ramas. Constantes apariciones demoniacas, en remolineo de tierra sobre plazas y calles vacías. Antes aterrorizaba a las personas, ahora ni eso. Con estos tiempos que corren, la gente le perdió miedo al diablo…


Un metro abajo, la tierra deja de hervir; nopales se dejaron caer sobre el llano, mordieron el suelo con raigones de bocas chimuelas. Otros extendieron pencas, como árboles a los que nadie se acerca. Su corteza nació de inmundicia; aquí es así. Las plantas enraizaron y cubrieron con su manto. Venas fueron reemplazadas por transcurrir de raizal y, al salir, la corteza imitó surcos de frentes afligidas, de bocas abiertas.

Los guamúchiles que crecieron de muerte se pusieron correosos y agarraron un sabor amargo. Las tunas maduraron pronto, tatemándose al sol; cayeron, avinagrando terrenos, que se llenaron de cacomiztles y cuitlacoches hambrientos. A donde quiera que mire uno hubo tristeza; se prueba en el salar que se pega al rostro, se siente en los talones que se parten al caminar.

Al llegar a los pueblos, el ambiente vistió de negro por humos de copal. Uno se da cuenta de que ya no esperan a nadie; tapiaron puertas y ventanas, que rebotaron voz, como si echaran en cara la desgracia. Adentro en los corredores todos parecieron ausentes. Es fecha de que los únicos ladridos que se escuchan son de xoloscuintles, que recogen con el hocico a los ausentes. Así es como uno se entera de cuando se muere la gente. Los demás ladridos desvanecieron, todos los perros murieron de hambre en las azoteas, como las personas: esperaron a que llegara el día en que terminen de esperar.

El viento barrió a los desaparecidos, entregó las ánimas; silbido de llano llevó consigo los gritos que chicotean en la piel de uno. Cuando la oscuridad llega, la luna tapa con su rebozo la noche, ocultó sangre con sombras.

Cerca del agua, los zopilotes taladraron, espantando a las moscas panteoneras que llenaron carne recién muerta. Dejaron carcasas vacías recostadas sobre varas de San José; lavaron su cuerpo en vida, limpiarán sus ánimas en muerte. Más allá, donde se deja de escuchar al río, los cerros masticaron a los ausentes, como en vida, al engullir sus cuerpos entre pedrusco y grava.

Sahuaros y cardones aventaron sombra a los ausentes que devoraron los coyotes. Su tórax sirvió a los animales de refugio en caso de tormenta negra. Cuando secaron por completo, decoraron la estepa; puños de huesos amarillos, que de pronto sobresalen por entre dunas, se asoman entre piedras o de plano no se ven de tanto que los hundieron.

Al sur, en la sierra; los huizaches se adhirieron al monte, el calor les arrebató las ganas de seguir en tierra. Pétalos secos de cempoalxóchitles bailaron con el viento que los apeñuscó entre piedras y enramada seca.

¿Qué venganza puede haber? Si los gritos de ánimas no salen del llano; si sus manos por más que golpean la tierra solo consiguen cuartear el suelo, pero salir nunca. Lamentos vanos; no hay nadie que los consuele. ¿A quién van a vengar si no se sabe dónde están? ¿Cómo pelear por un ausente?

Por las noches, las desapariciones van justo antes de los espectáculos, para lavar el mar sabor al público; mientras crece incertidumbre que alimenta las consignas.

Los que difundieron las voces anónimas acabaron por formar parte de uno de tantos hoyos muertos. Por eso la impotencia corroe, porque es lo que se tiene, lo único que se puede sentir. Porque la esperanza es la última que muere, pero ya no queda nadie. Todos quisieran justicia a mano propia, pero de nada serviría; ni los ausentes dejan de estarlo ni el dolor se hace menos.

¿Cómo terminar un duelo que no comenzó si no se sabe quién vive y quién muere? Mientras no cese, el limbo es igual; los días pierden significado; amanecer, atardecer, anochecer. Sin nada de por medio, nada que destacar.

Lancheros flotaron en cardúmenes desde chinampas, cantaron mientras fumaban sobre aguas turbias mientras golondrinas sobrevolaban. Cargaron cientos de coronas de azucenas y ramos de cempoalxóchitl. La demanda fue enorme los últimos años, cada vez se muere más la gente.

Los pétalos comenzaron a paginar flores, de veinte en veinte; sobre capas se escribieron nombres, se escondieron brillos de ojos. Su color intenso dio vida a los cerros muertos, que solo reverdecen con flores de las tumbas.

Televisores y radios transmitieron nombres ausentes, mientras en las ciudades todos desayunaron tranquilos. Fosas se convirtieron en el cereal con leche del paisano. Los oídos sordos no advierten los lamentos que flotan en el aire, mientras sus narices ignoraron la muerte tras lo zaguanes.

Las nubes ensancharon sobre el valle. Se pusieron gordas como garrapatas, estallaron sobre todos nosotros. Al final seremos cubiertos por la misma lluvia; con olor a plomo y sabor a sangre hervida.

Lo único que se escucha es rumor de viento entre ramas. Constantes apariciones demoniacas, en remolineo de tierra sobre plazas y calles vacías. Antes aterrorizaba a las personas, ahora ni eso. Con estos tiempos que corren, la gente le perdió miedo al diablo…


Un metro abajo, la tierra deja de hervir; nopales se dejaron caer sobre el llano, mordieron el suelo con raigones de bocas chimuelas. Otros extendieron pencas, como árboles a los que nadie se acerca. Su corteza nació de inmundicia; aquí es así. Las plantas enraizaron y cubrieron con su manto. Venas fueron reemplazadas por transcurrir de raizal y, al salir, la corteza imitó surcos de frentes afligidas, de bocas abiertas.

Los guamúchiles que crecieron de muerte se pusieron correosos y agarraron un sabor amargo. Las tunas maduraron pronto, tatemándose al sol; cayeron, avinagrando terrenos, que se llenaron de cacomiztles y cuitlacoches hambrientos. A donde quiera que mire uno hubo tristeza; se prueba en el salar que se pega al rostro, se siente en los talones que se parten al caminar.

Al llegar a los pueblos, el ambiente vistió de negro por humos de copal. Uno se da cuenta de que ya no esperan a nadie; tapiaron puertas y ventanas, que rebotaron voz, como si echaran en cara la desgracia. Adentro en los corredores todos parecieron ausentes. Es fecha de que los únicos ladridos que se escuchan son de xoloscuintles, que recogen con el hocico a los ausentes. Así es como uno se entera de cuando se muere la gente. Los demás ladridos desvanecieron, todos los perros murieron de hambre en las azoteas, como las personas: esperaron a que llegara el día en que terminen de esperar.

El viento barrió a los desaparecidos, entregó las ánimas; silbido de llano llevó consigo los gritos que chicotean en la piel de uno. Cuando la oscuridad llega, la luna tapa con su rebozo la noche, ocultó sangre con sombras.

Cerca del agua, los zopilotes taladraron, espantando a las moscas panteoneras que llenaron carne recién muerta. Dejaron carcasas vacías recostadas sobre varas de San José; lavaron su cuerpo en vida, limpiarán sus ánimas en muerte. Más allá, donde se deja de escuchar al río, los cerros masticaron a los ausentes, como en vida, al engullir sus cuerpos entre pedrusco y grava.

Sahuaros y cardones aventaron sombra a los ausentes que devoraron los coyotes. Su tórax sirvió a los animales de refugio en caso de tormenta negra. Cuando secaron por completo, decoraron la estepa; puños de huesos amarillos, que de pronto sobresalen por entre dunas, se asoman entre piedras o de plano no se ven de tanto que los hundieron.

Al sur, en la sierra; los huizaches se adhirieron al monte, el calor les arrebató las ganas de seguir en tierra. Pétalos secos de cempoalxóchitles bailaron con el viento que los apeñuscó entre piedras y enramada seca.

¿Qué venganza puede haber? Si los gritos de ánimas no salen del llano; si sus manos por más que golpean la tierra solo consiguen cuartear el suelo, pero salir nunca. Lamentos vanos; no hay nadie que los consuele. ¿A quién van a vengar si no se sabe dónde están? ¿Cómo pelear por un ausente?

Por las noches, las desapariciones van justo antes de los espectáculos, para lavar el mar sabor al público; mientras crece incertidumbre que alimenta las consignas.

Los que difundieron las voces anónimas acabaron por formar parte de uno de tantos hoyos muertos. Por eso la impotencia corroe, porque es lo que se tiene, lo único que se puede sentir. Porque la esperanza es la última que muere, pero ya no queda nadie. Todos quisieran justicia a mano propia, pero de nada serviría; ni los ausentes dejan de estarlo ni el dolor se hace menos.

¿Cómo terminar un duelo que no comenzó si no se sabe quién vive y quién muere? Mientras no cese, el limbo es igual; los días pierden significado; amanecer, atardecer, anochecer. Sin nada de por medio, nada que destacar.

Lancheros flotaron en cardúmenes desde chinampas, cantaron mientras fumaban sobre aguas turbias mientras golondrinas sobrevolaban. Cargaron cientos de coronas de azucenas y ramos de cempoalxóchitl. La demanda fue enorme los últimos años, cada vez se muere más la gente.

Los pétalos comenzaron a paginar flores, de veinte en veinte; sobre capas se escribieron nombres, se escondieron brillos de ojos. Su color intenso dio vida a los cerros muertos, que solo reverdecen con flores de las tumbas.

Televisores y radios transmitieron nombres ausentes, mientras en las ciudades todos desayunaron tranquilos. Fosas se convirtieron en el cereal con leche del paisano. Los oídos sordos no advierten los lamentos que flotan en el aire, mientras sus narices ignoraron la muerte tras lo zaguanes.

Las nubes ensancharon sobre el valle. Se pusieron gordas como garrapatas, estallaron sobre todos nosotros. Al final seremos cubiertos por la misma lluvia; con olor a plomo y sabor a sangre hervida.

Lo único que se escucha es rumor de viento entre ramas. Constantes apariciones demoniacas, en remolineo de tierra sobre plazas y calles vacías. Antes aterrorizaba a las personas, ahora ni eso. Con estos tiempos que corren, la gente le perdió miedo al diablo…


Un metro abajo, la tierra deja de hervir; nopales se dejaron caer sobre el llano, mordieron el suelo con raigones de bocas chimuelas. Otros extendieron pencas, como árboles a los que nadie se acerca. Su corteza nació de inmundicia; aquí es así. Las plantas enraizaron y cubrieron con su manto. Venas fueron reemplazadas por transcurrir de raizal y, al salir, la corteza imitó surcos de frentes afligidas, de bocas abiertas.

Los guamúchiles que crecieron de muerte se pusieron correosos y agarraron un sabor amargo. Las tunas maduraron pronto, tatemándose al sol; cayeron, avinagrando terrenos, que se llenaron de cacomiztles y cuitlacoches hambrientos. A donde quiera que mire uno hubo tristeza; se prueba en el salar que se pega al rostro, se siente en los talones que se parten al caminar.

Al llegar a los pueblos, el ambiente vistió de negro por humos de copal. Uno se da cuenta de que ya no esperan a nadie; tapiaron puertas y ventanas, que rebotaron voz, como si echaran en cara la desgracia. Adentro en los corredores todos parecieron ausentes. Es fecha de que los únicos ladridos que se escuchan son de xoloscuintles, que recogen con el hocico a los ausentes. Así es como uno se entera de cuando se muere la gente. Los demás ladridos desvanecieron, todos los perros murieron de hambre en las azoteas, como las personas: esperaron a que llegara el día en que terminen de esperar.

El viento barrió a los desaparecidos, entregó las ánimas; silbido de llano llevó consigo los gritos que chicotean en la piel de uno. Cuando la oscuridad llega, la luna tapa con su rebozo la noche, ocultó sangre con sombras.

Cerca del agua, los zopilotes taladraron, espantando a las moscas panteoneras que llenaron carne recién muerta. Dejaron carcasas vacías recostadas sobre varas de San José; lavaron su cuerpo en vida, limpiarán sus ánimas en muerte. Más allá, donde se deja de escuchar al río, los cerros masticaron a los ausentes, como en vida, al engullir sus cuerpos entre pedrusco y grava.

Sahuaros y cardones aventaron sombra a los ausentes que devoraron los coyotes. Su tórax sirvió a los animales de refugio en caso de tormenta negra. Cuando secaron por completo, decoraron la estepa; puños de huesos amarillos, que de pronto sobresalen por entre dunas, se asoman entre piedras o de plano no se ven de tanto que los hundieron.

Al sur, en la sierra; los huizaches se adhirieron al monte, el calor les arrebató las ganas de seguir en tierra. Pétalos secos de cempoalxóchitles bailaron con el viento que los apeñuscó entre piedras y enramada seca.

¿Qué venganza puede haber? Si los gritos de ánimas no salen del llano; si sus manos por más que golpean la tierra solo consiguen cuartear el suelo, pero salir nunca. Lamentos vanos; no hay nadie que los consuele. ¿A quién van a vengar si no se sabe dónde están? ¿Cómo pelear por un ausente?

Por las noches, las desapariciones van justo antes de los espectáculos, para lavar el mar sabor al público; mientras crece incertidumbre que alimenta las consignas.

Los que difundieron las voces anónimas acabaron por formar parte de uno de tantos hoyos muertos. Por eso la impotencia corroe, porque es lo que se tiene, lo único que se puede sentir. Porque la esperanza es la última que muere, pero ya no queda nadie. Todos quisieran justicia a mano propia, pero de nada serviría; ni los ausentes dejan de estarlo ni el dolor se hace menos.

¿Cómo terminar un duelo que no comenzó si no se sabe quién vive y quién muere? Mientras no cese, el limbo es igual; los días pierden significado; amanecer, atardecer, anochecer. Sin nada de por medio, nada que destacar.

Lancheros flotaron en cardúmenes desde chinampas, cantaron mientras fumaban sobre aguas turbias mientras golondrinas sobrevolaban. Cargaron cientos de coronas de azucenas y ramos de cempoalxóchitl. La demanda fue enorme los últimos años, cada vez se muere más la gente.

Los pétalos comenzaron a paginar flores, de veinte en veinte; sobre capas se escribieron nombres, se escondieron brillos de ojos. Su color intenso dio vida a los cerros muertos, que solo reverdecen con flores de las tumbas.

Televisores y radios transmitieron nombres ausentes, mientras en las ciudades todos desayunaron tranquilos. Fosas se convirtieron en el cereal con leche del paisano. Los oídos sordos no advierten los lamentos que flotan en el aire, mientras sus narices ignoraron la muerte tras lo zaguanes.

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Adolfo 'Nomadha' González 
Alguna vez los renglones fueron vistos en revistas como Vaivén y Bichos Implumes. Alguna que otra vez escuchadas por Radio Universidad y C7. Son como el aire negro que Rulfo respiró en Luvina; nubes que flotan en la mente y se le pegan como salitre.
Mis letras pretenden esparcirse como rabia. Que lleven consigo renglones y podcast. Que dejen salir espuma de sus bocas cada que declaman y pueda emerger de mi agujero cada que se repiten mis palabras.

Soundcloud

Imagen de portada: Diego Durán

Adolfo 'Nomadha' González 
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