California Apocalipsis

N.014 - Narrativa

California Apocalipsis

N.014 - Narrativa

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N.014 - NArrativa

California Apocalipsis

N.014 - Narrativa

California Apocalipsis

N.014 - Narrativa

Escrito por Liliana Rojas Flores

Escrito por Liliana Rojas Flores

Escrito por Liliana Rojas Flores

—Si no te comes esa fruta —me dijo un día miss Jackie —, el día del Juicio Final vas a ir a buscarla a la basura, donde la voy a poner si se echa a perder. Con tus piernas extenuadas y el estómago ulcerado de hambre vas a escarbar entre el moho y el fierro oxidado, los pellejos putrefactos y gritos de sufrimiento de los infieles, y no vas a encontrar maldita sea la cosa.

Se refería al desecho drenado del brebaje precario que ella llamaba ponche. Eso no era fruta. Por otro lado, a esa bebida le estaba negada la exuberancia de la flor de jamaica, del tamarindo, del tejocote, de la ciruela pasa. Así eran las cosas de ese lado de la frontera y ese lado no era mi lado. No había caña ni piloncillo en San Diego. Aunque seguía siendo un escándalo azucarado, no había frío invernal, porque era verano. Ni piñata ni posadas ni esperanza. En aquella California estival, la eventual calidez fraterna del ponche se veía reducida al límite de la fast food sin recalentar. La prima lejana de mi padre, miss Jackie, solo hervía manzanas con canela y guayabas en conserva e igual lo llamaba ponche.

No discutía yo su nomenclatura porque ese té ralo era su única fuente de energía. Miss Jackie no comía nada más. A mí me preparaba lo mismo para desayunar y almorzar todos los días, huevos con champiñones, piña picada y leche caliente con un poco de polvo sabor a chocolate que ella llamaba cocoa y que apenas hacía oscurecer la leche. Me observaba comer y yo no dejaba nada en el plato. No le tenía tanto miedo al hambre apocalíptica como a su decepción que, en caso de profundizar, tendría consecuencias imprevisibles que se antojaban más catastróficas que las dibujadas en su universo cristiano, creo. Así que cada noche, a guisa de merienda, mordía una de esas cansadas frutas asegurándome de que la mirada inquisidora de miss Jackie lo notara. Me decía que solo estaría con ella unos días más en el gringo, tan desprovisto de gracia, desarmado en decepción, sin las prometidas golosinas extragrandes.

Mis padres decían que me habían enviado ahí porque la cuadragenaria Miss Jackie necesitaba compañía. Su esposo acababa de morir en la guerra. En realidad, me habían enviado ahí para divorciarse o pelearse, lo hacían a menudo. A ellos no les importaba la guerra. —Sepa Dios por qué hay guerras — decían. Miss Jackie tampoco la entendía y no parecía querer entenderla aunque su esposo se había muerto por esa razón A nadie le importaba la guerra, a mis padres solo les importaban sus perros; y a miss Jackie, su malogrado ponche. Por cierto, la ecuanimidad con la que esa mujer de borroso origen mexicano, grandes lentes y cabello sal y pimienta veía la muerte era casi molesta.

—El fin del mundo está cerca, niña. Ya estaba cerca hace doce años. ¿Cómo es que tus padres se atrevieron a engendrarte? No me molesta, solo me sorprende.

Yo le decía en silencio que mis padres podrían hacer eso y más. Era un gran tema de conversación y podía tomarme horas explicarle algo que de todas formas pasaba. Así que solo me encogía de hombros y la miraba a los ojos para hacerle saber que no me lastimaba, porque los asuntos de mis padres eran su exclusivo problema, como sus perros; como el ponche para miss Jackie, como la guerra para su esposo muerto. Yo era mi propio asunto.

—Dime, niña, ¿qué quisieras ser de grande? — me dijo un día.

Yo quería ser boxeadora o actriz de circo. No payasa o domadora, yo quería ser actriz de esas que hacen llorar y luego reír y que pueden convertir una cabrita en un hoyo negro y pararse en un violín para cantar. Qué decepción se hubiera llevado miss Jackie si se lo hubiera dicho. Le dije que quería ser maestra de geografía, de todas formas no importaba si era verdad que el futuro estaba cancelado. Entonces ella se puso a llorar de lástima  por el futuro perdido que no tendría maestras de geografía. Ella lloraba a menudo por esa u otra razón. Yo la consolaba mientras ella berreaba. Le ponía mi mano sobre las vértebras dorsales y la deslizaba unos centímetros de arriba a abajo varias veces. Incluso fruncía la boca, para acompañarla mejor.

Pienso que mis padres me mandaron ahí porque miss Jackie no podría hablar con un perrito y decirle toda esa sarta de insensateces a la que yo tenía que replicar. Parecía que era alérgica a los perros, como intolerante a la lactosa. Mis padres sí que les decían historias a sus perros, quejándose uno del otro. En fin, ellos eran capaces de cualquier cosa.

Así habría de pasar el verano encerrada en la casa. A veces íbamos por la mañana al supermercado cercano por una caja de huevos, mantequilla, champiñones, leche, manzanas, piña y guayabas enlatadas. Con la cantidad de pseudococoa que me servía, su lata le duraría un siglo, aunque el mundo no se acabara, así que eso no comprábamos. El pasillo de los dulces o de las carnes me estaba vetado, incluso la panadería.

Miss Jackie me despertó un día a las cinco de la mañana. No preparó los huevos con champiñones ni la leche con cocoa, ni la piña picada, antes de partir. Solo me dijo que era hora. Seguro había llegado el día del Juicio Final e íbamos a vivirlo juntas. Subimos al coche por primera vez después de haberme recogido en el aeropuerto, cinco semanas antes. Condujo en dirección a la costa.

Cuando nos estacionamos, yo temblaba un poco. Nos sentamos en la Doggy Beach, que a esa hora estaba vacía. La arena estaba fría y mis manos también.

Miss Jackie sacó el recipiente de plástico con tapa azul que reconocí enseguida. Lo abrió y comenzó a comerse las frutas del ponche hasta terminárselas. No me ofreció ni una sola, lo cual me angustió un poco.

El sol empezó a salir y algunos corredores con él. Muchos traían a sus perros y se saludaban entre ellos o algo así. Yo no hablaba inglés esa mañana del fin del mundo. Quizá ellos se decían —Hola, mira, también tengo un perro. Buen fin del mundo para ti, amigo corredor—. Quién sabe.

Miss Jackie se había puesto a llorar y yo hice el gesto de la mano sobre la espalda. Luego se descalzó y me dejó ahí para acercarse caminando al mar hasta que este le mojó los pies. No recuerdo que sucedió después. Tal vez me quedé dormida sobre la roca a mi lado.

En algún momento, volvimos a casa a esperar el fin del mundo, que tardaba en llegar. Miss Jackie picó la piña, batió los huevos, los vertió en los champiñones que había freído con mantequilla y les puso sal y pimienta. Luego se sentó en una silla y se puso a llorar otra vez. Me acerqué a poner mi mano sobre sus vértebras dorsales. Ella temblaba demasiado y algunas lágrimas pesadas fueron a estrellarse contra el piso. Eran tan copiosas que esta vez no me molesté en fruncir la boca, aunque me puse a esperar la hecatombe que podía llegar de un momento a otro en forma de terremoto, tornado o trompetazo. Sin embargo, ella se calmó y se enderezó. Se secó las lágrimas con la manga de su suéter morado. Entonces se levantó para servirme la leche caliente sin cocoa y luego la fruta y el huevo en un mismo plato.

—¿Fuiste feliz aquí, niña?

Le dije que no. Entonces ella se levantó otra vez y sacó de alguna parte una caja de galletas con chocolate. Engulló siete, una tras otra. Las galletas eran enormes, gordas y con chispas de chocolate también gordas. Me extendió la charola y yo tomé la última y la mordí ruidosamente varias veces hasta comérmela toda. Se sentía bien tenerla en la boca y luego en la panza. Pensé que quizá había muerto e ido al paraíso sin tener que escarbar en la basura y comer restos del ponche gabacho porque fui una buena chica. Si era el caso, el fin del mundo había pasado leve.


—Si no te comes esa fruta —me dijo un día miss Jackie —, el día del Juicio Final vas a ir a buscarla a la basura, donde la voy a poner si se echa a perder. Con tus piernas extenuadas y el estómago ulcerado de hambre vas a escarbar entre el moho y el fierro oxidado, los pellejos putrefactos y gritos de sufrimiento de los infieles, y no vas a encontrar maldita sea la cosa.

Se refería al desecho drenado del brebaje precario que ella llamaba ponche. Eso no era fruta. Por otro lado, a esa bebida le estaba negada la exuberancia de la flor de jamaica, del tamarindo, del tejocote, de la ciruela pasa. Así eran las cosas de ese lado de la frontera y ese lado no era mi lado. No había caña ni piloncillo en San Diego. Aunque seguía siendo un escándalo azucarado, no había frío invernal, porque era verano. Ni piñata ni posadas ni esperanza. En aquella California estival, la eventual calidez fraterna del ponche se veía reducida al límite de la fast food sin recalentar. La prima lejana de mi padre, miss Jackie, solo hervía manzanas con canela y guayabas en conserva e igual lo llamaba ponche.

No discutía yo su nomenclatura porque ese té ralo era su única fuente de energía. Miss Jackie no comía nada más. A mí me preparaba lo mismo para desayunar y almorzar todos los días, huevos con champiñones, piña picada y leche caliente con un poco de polvo sabor a chocolate que ella llamaba cocoa y que apenas hacía oscurecer la leche. Me observaba comer y yo no dejaba nada en el plato. No le tenía tanto miedo al hambre apocalíptica como a su decepción que, en caso de profundizar, tendría consecuencias imprevisibles que se antojaban más catastróficas que las dibujadas en su universo cristiano, creo. Así que cada noche, a guisa de merienda, mordía una de esas cansadas frutas asegurándome de que la mirada inquisidora de miss Jackie lo notara. Me decía que solo estaría con ella unos días más en el gringo, tan desprovisto de gracia, desarmado en decepción, sin las prometidas golosinas extragrandes.

Mis padres decían que me habían enviado ahí porque la cuadragenaria Miss Jackie necesitaba compañía. Su esposo acababa de morir en la guerra. En realidad, me habían enviado ahí para divorciarse o pelearse, lo hacían a menudo. A ellos no les importaba la guerra. —Sepa Dios por qué hay guerras — decían. Miss Jackie tampoco la entendía y no parecía querer entenderla aunque su esposo se había muerto por esa razón A nadie le importaba la guerra, a mis padres solo les importaban sus perros; y a miss Jackie, su malogrado ponche. Por cierto, la ecuanimidad con la que esa mujer de borroso origen mexicano, grandes lentes y cabello sal y pimienta veía la muerte era casi molesta.

—El fin del mundo está cerca, niña. Ya estaba cerca hace doce años. ¿Cómo es que tus padres se atrevieron a engendrarte? No me molesta, solo me sorprende.

Yo le decía en silencio que mis padres podrían hacer eso y más. Era un gran tema de conversación y podía tomarme horas explicarle algo que de todas formas pasaba. Así que solo me encogía de hombros y la miraba a los ojos para hacerle saber que no me lastimaba, porque los asuntos de mis padres eran su exclusivo problema, como sus perros; como el ponche para miss Jackie, como la guerra para su esposo muerto. Yo era mi propio asunto.

—Dime, niña, ¿qué quisieras ser de grande? — me dijo un día.

Yo quería ser boxeadora o actriz de circo. No payasa o domadora, yo quería ser actriz de esas que hacen llorar y luego reír y que pueden convertir una cabrita en un hoyo negro y pararse en un violín para cantar. Qué decepción se hubiera llevado miss Jackie si se lo hubiera dicho. Le dije que quería ser maestra de geografía, de todas formas no importaba si era verdad que el futuro estaba cancelado. Entonces ella se puso a llorar de lástima  por el futuro perdido que no tendría maestras de geografía. Ella lloraba a menudo por esa u otra razón. Yo la consolaba mientras ella berreaba. Le ponía mi mano sobre las vértebras dorsales y la deslizaba unos centímetros de arriba a abajo varias veces. Incluso fruncía la boca, para acompañarla mejor.

Pienso que mis padres me mandaron ahí porque miss Jackie no podría hablar con un perrito y decirle toda esa sarta de insensateces a la que yo tenía que replicar. Parecía que era alérgica a los perros, como intolerante a la lactosa. Mis padres sí que les decían historias a sus perros, quejándose uno del otro. En fin, ellos eran capaces de cualquier cosa.

Así habría de pasar el verano encerrada en la casa. A veces íbamos por la mañana al supermercado cercano por una caja de huevos, mantequilla, champiñones, leche, manzanas, piña y guayabas enlatadas. Con la cantidad de pseudococoa que me servía, su lata le duraría un siglo, aunque el mundo no se acabara, así que eso no comprábamos. El pasillo de los dulces o de las carnes me estaba vetado, incluso la panadería.

Miss Jackie me despertó un día a las cinco de la mañana. No preparó los huevos con champiñones ni la leche con cocoa, ni la piña picada, antes de partir. Solo me dijo que era hora. Seguro había llegado el día del Juicio Final e íbamos a vivirlo juntas. Subimos al coche por primera vez después de haberme recogido en el aeropuerto, cinco semanas antes. Condujo en dirección a la costa.

Cuando nos estacionamos, yo temblaba un poco. Nos sentamos en la Doggy Beach, que a esa hora estaba vacía. La arena estaba fría y mis manos también.

Miss Jackie sacó el recipiente de plástico con tapa azul que reconocí enseguida. Lo abrió y comenzó a comerse las frutas del ponche hasta terminárselas. No me ofreció ni una sola, lo cual me angustió un poco.

El sol empezó a salir y algunos corredores con él. Muchos traían a sus perros y se saludaban entre ellos o algo así. Yo no hablaba inglés esa mañana del fin del mundo. Quizá ellos se decían —Hola, mira, también tengo un perro. Buen fin del mundo para ti, amigo corredor—. Quién sabe.

Miss Jackie se había puesto a llorar y yo hice el gesto de la mano sobre la espalda. Luego se descalzó y me dejó ahí para acercarse caminando al mar hasta que este le mojó los pies. No recuerdo que sucedió después. Tal vez me quedé dormida sobre la roca a mi lado.

En algún momento, volvimos a casa a esperar el fin del mundo, que tardaba en llegar. Miss Jackie picó la piña, batió los huevos, los vertió en los champiñones que había freído con mantequilla y les puso sal y pimienta. Luego se sentó en una silla y se puso a llorar otra vez. Me acerqué a poner mi mano sobre sus vértebras dorsales. Ella temblaba demasiado y algunas lágrimas pesadas fueron a estrellarse contra el piso. Eran tan copiosas que esta vez no me molesté en fruncir la boca, aunque me puse a esperar la hecatombe que podía llegar de un momento a otro en forma de terremoto, tornado o trompetazo. Sin embargo, ella se calmó y se enderezó. Se secó las lágrimas con la manga de su suéter morado. Entonces se levantó para servirme la leche caliente sin cocoa y luego la fruta y el huevo en un mismo plato.

—¿Fuiste feliz aquí, niña?

Le dije que no. Entonces ella se levantó otra vez y sacó de alguna parte una caja de galletas con chocolate. Engulló siete, una tras otra. Las galletas eran enormes, gordas y con chispas de chocolate también gordas. Me extendió la charola y yo tomé la última y la mordí ruidosamente varias veces hasta comérmela toda. Se sentía bien tenerla en la boca y luego en la panza. Pensé que quizá había muerto e ido al paraíso sin tener que escarbar en la basura y comer restos del ponche gabacho porque fui una buena chica. Si era el caso, el fin del mundo había pasado leve.

 

—Si no te comes esa fruta —me dijo un día miss Jackie —, el día del Juicio Final vas a ir a buscarla a la basura, donde la voy a poner si se echa a perder. Con tus piernas extenuadas y el estómago ulcerado de hambre vas a escarbar entre el moho y el fierro oxidado, los pellejos putrefactos y gritos de sufrimiento de los infieles, y no vas a encontrar maldita sea la cosa.

Se refería al desecho drenado del brebaje precario que ella llamaba ponche. Eso no era fruta. Por otro lado, a esa bebida le estaba negada la exuberancia de la flor de jamaica, del tamarindo, del tejocote, de la ciruela pasa. Así eran las cosas de ese lado de la frontera y ese lado no era mi lado. No había caña ni piloncillo en San Diego. Aunque seguía siendo un escándalo azucarado, no había frío invernal, porque era verano. Ni piñata ni posadas ni esperanza. En aquella California estival, la eventual calidez fraterna del ponche se veía reducida al límite de la fast food sin recalentar. La prima lejana de mi padre, miss Jackie, solo hervía manzanas con canela y guayabas en conserva e igual lo llamaba ponche.

No discutía yo su nomenclatura porque ese té ralo era su única fuente de energía. Miss Jackie no comía nada más. A mí me preparaba lo mismo para desayunar y almorzar todos los días, huevos con champiñones, piña picada y leche caliente con un poco de polvo sabor a chocolate que ella llamaba cocoa y que apenas hacía oscurecer la leche. Me observaba comer y yo no dejaba nada en el plato. No le tenía tanto miedo al hambre apocalíptica como a su decepción que, en caso de profundizar, tendría consecuencias imprevisibles que se antojaban más catastróficas que las dibujadas en su universo cristiano, creo. Así que cada noche, a guisa de merienda, mordía una de esas cansadas frutas asegurándome de que la mirada inquisidora de miss Jackie lo notara. Me decía que solo estaría con ella unos días más en el gringo, tan desprovisto de gracia, desarmado en decepción, sin las prometidas golosinas extragrandes.

Mis padres decían que me habían enviado ahí porque la cuadragenaria Miss Jackie necesitaba compañía. Su esposo acababa de morir en la guerra. En realidad, me habían enviado ahí para divorciarse o pelearse, lo hacían a menudo. A ellos no les importaba la guerra. —Sepa Dios por qué hay guerras — decían. Miss Jackie tampoco la entendía y no parecía querer entenderla aunque su esposo se había muerto por esa razón A nadie le importaba la guerra, a mis padres solo les importaban sus perros; y a miss Jackie, su malogrado ponche. Por cierto, la ecuanimidad con la que esa mujer de borroso origen mexicano, grandes lentes y cabello sal y pimienta veía la muerte era casi molesta.

—El fin del mundo está cerca, niña. Ya estaba cerca hace doce años. ¿Cómo es que tus padres se atrevieron a engendrarte? No me molesta, solo me sorprende.

Yo le decía en silencio que mis padres podrían hacer eso y más. Era un gran tema de conversación y podía tomarme horas explicarle algo que de todas formas pasaba. Así que solo me encogía de hombros y la miraba a los ojos para hacerle saber que no me lastimaba, porque los asuntos de mis padres eran su exclusivo problema, como sus perros; como el ponche para miss Jackie, como la guerra para su esposo muerto. Yo era mi propio asunto.

—Dime, niña, ¿qué quisieras ser de grande? — me dijo un día.

Yo quería ser boxeadora o actriz de circo. No payasa o domadora, yo quería ser actriz de esas que hacen llorar y luego reír y que pueden convertir una cabrita en un hoyo negro y pararse en un violín para cantar. Qué decepción se hubiera llevado miss Jackie si se lo hubiera dicho. Le dije que quería ser maestra de geografía, de todas formas no importaba si era verdad que el futuro estaba cancelado. Entonces ella se puso a llorar de lástima  por el futuro perdido que no tendría maestras de geografía. Ella lloraba a menudo por esa u otra razón. Yo la consolaba mientras ella berreaba. Le ponía mi mano sobre las vértebras dorsales y la deslizaba unos centímetros de arriba a abajo varias veces. Incluso fruncía la boca, para acompañarla mejor.

Pienso que mis padres me mandaron ahí porque miss Jackie no podría hablar con un perrito y decirle toda esa sarta de insensateces a la que yo tenía que replicar. Parecía que era alérgica a los perros, como intolerante a la lactosa. Mis padres sí que les decían historias a sus perros, quejándose uno del otro. En fin, ellos eran capaces de cualquier cosa.

Así habría de pasar el verano encerrada en la casa. A veces íbamos por la mañana al supermercado cercano por una caja de huevos, mantequilla, champiñones, leche, manzanas, piña y guayabas enlatadas. Con la cantidad de pseudococoa que me servía, su lata le duraría un siglo, aunque el mundo no se acabara, así que eso no comprábamos. El pasillo de los dulces o de las carnes me estaba vetado, incluso la panadería.

Miss Jackie me despertó un día a las cinco de la mañana. No preparó los huevos con champiñones ni la leche con cocoa, ni la piña picada, antes de partir. Solo me dijo que era hora. Seguro había llegado el día del Juicio Final e íbamos a vivirlo juntas. Subimos al coche por primera vez después de haberme recogido en el aeropuerto, cinco semanas antes. Condujo en dirección a la costa.

Cuando nos estacionamos, yo temblaba un poco. Nos sentamos en la Doggy Beach, que a esa hora estaba vacía. La arena estaba fría y mis manos también.

Miss Jackie sacó el recipiente de plástico con tapa azul que reconocí enseguida. Lo abrió y comenzó a comerse las frutas del ponche hasta terminárselas. No me ofreció ni una sola, lo cual me angustió un poco.

El sol empezó a salir y algunos corredores con él. Muchos traían a sus perros y se saludaban entre ellos o algo así. Yo no hablaba inglés esa mañana del fin del mundo. Quizá ellos se decían —Hola, mira, también tengo un perro. Buen fin del mundo para ti, amigo corredor—. Quién sabe.

Miss Jackie se había puesto a llorar y yo hice el gesto de la mano sobre la espalda. Luego se descalzó y me dejó ahí para acercarse caminando al mar hasta que este le mojó los pies. No recuerdo que sucedió después. Tal vez me quedé dormida sobre la roca a mi lado.

En algún momento, volvimos a casa a esperar el fin del mundo, que tardaba en llegar. Miss Jackie picó la piña, batió los huevos, los vertió en los champiñones que había freído con mantequilla y les puso sal y pimienta. Luego se sentó en una silla y se puso a llorar otra vez. Me acerqué a poner mi mano sobre sus vértebras dorsales. Ella temblaba demasiado y algunas lágrimas pesadas fueron a estrellarse contra el piso. Eran tan copiosas que esta vez no me molesté en fruncir la boca, aunque me puse a esperar la hecatombe que podía llegar de un momento a otro en forma de terremoto, tornado o trompetazo. Sin embargo, ella se calmó y se enderezó. Se secó las lágrimas con la manga de su suéter morado. Entonces se levantó para servirme la leche caliente sin cocoa y luego la fruta y el huevo en un mismo plato.

—¿Fuiste feliz aquí, niña?

Le dije que no. Entonces ella se levantó otra vez y sacó de alguna parte una caja de galletas con chocolate. Engulló siete, una tras otra. Las galletas eran enormes, gordas y con chispas de chocolate también gordas. Me extendió la charola y yo tomé la última y la mordí ruidosamente varias veces hasta comérmela toda. Se sentía bien tenerla en la boca y luego en la panza. Pensé que quizá había muerto e ido al paraíso sin tener que escarbar en la basura y comer restos del ponche gabacho porque fui una buena chica. Si era el caso, el fin del mundo había pasado leve.

 

—Si no te comes esa fruta —me dijo un día miss Jackie —, el día del Juicio Final vas a ir a buscarla a la basura, donde la voy a poner si se echa a perder. Con tus piernas extenuadas y el estómago ulcerado de hambre vas a escarbar entre el moho y el fierro oxidado, los pellejos putrefactos y gritos de sufrimiento de los infieles, y no vas a encontrar maldita sea la cosa.

Se refería al desecho drenado del brebaje precario que ella llamaba ponche. Eso no era fruta. Por otro lado, a esa bebida le estaba negada la exuberancia de la flor de jamaica, del tamarindo, del tejocote, de la ciruela pasa. Así eran las cosas de ese lado de la frontera y ese lado no era mi lado. No había caña ni piloncillo en San Diego. Aunque seguía siendo un escándalo azucarado, no había frío invernal, porque era verano. Ni piñata ni posadas ni esperanza. En aquella California estival, la eventual calidez fraterna del ponche se veía reducida al límite de la fast food sin recalentar. La prima lejana de mi padre, miss Jackie, solo hervía manzanas con canela y guayabas en conserva e igual lo llamaba ponche.

No discutía yo su nomenclatura porque ese té ralo era su única fuente de energía. Miss Jackie no comía nada más. A mí me preparaba lo mismo para desayunar y almorzar todos los días, huevos con champiñones, piña picada y leche caliente con un poco de polvo sabor a chocolate que ella llamaba cocoa y que apenas hacía oscurecer la leche. Me observaba comer y yo no dejaba nada en el plato. No le tenía tanto miedo al hambre apocalíptica como a su decepción que, en caso de profundizar, tendría consecuencias imprevisibles que se antojaban más catastróficas que las dibujadas en su universo cristiano, creo. Así que cada noche, a guisa de merienda, mordía una de esas cansadas frutas asegurándome de que la mirada inquisidora de miss Jackie lo notara. Me decía que solo estaría con ella unos días más en el gringo, tan desprovisto de gracia, desarmado en decepción, sin las prometidas golosinas extragrandes.

Mis padres decían que me habían enviado ahí porque la cuadragenaria Miss Jackie necesitaba compañía. Su esposo acababa de morir en la guerra. En realidad, me habían enviado ahí para divorciarse o pelearse, lo hacían a menudo. A ellos no les importaba la guerra. —Sepa Dios por qué hay guerras — decían. Miss Jackie tampoco la entendía y no parecía querer entenderla aunque su esposo se había muerto por esa razón A nadie le importaba la guerra, a mis padres solo les importaban sus perros; y a miss Jackie, su malogrado ponche. Por cierto, la ecuanimidad con la que esa mujer de borroso origen mexicano, grandes lentes y cabello sal y pimienta veía la muerte era casi molesta.

—El fin del mundo está cerca, niña. Ya estaba cerca hace doce años. ¿Cómo es que tus padres se atrevieron a engendrarte? No me molesta, solo me sorprende.

Yo le decía en silencio que mis padres podrían hacer eso y más. Era un gran tema de conversación y podía tomarme horas explicarle algo que de todas formas pasaba. Así que solo me encogía de hombros y la miraba a los ojos para hacerle saber que no me lastimaba, porque los asuntos de mis padres eran su exclusivo problema, como sus perros; como el ponche para miss Jackie, como la guerra para su esposo muerto. Yo era mi propio asunto.

—Dime, niña, ¿qué quisieras ser de grande? — me dijo un día.

Yo quería ser boxeadora o actriz de circo. No payasa o domadora, yo quería ser actriz de esas que hacen llorar y luego reír y que pueden convertir una cabrita en un hoyo negro y pararse en un violín para cantar. Qué decepción se hubiera llevado miss Jackie si se lo hubiera dicho. Le dije que quería ser maestra de geografía, de todas formas no importaba si era verdad que el futuro estaba cancelado. Entonces ella se puso a llorar de lástima  por el futuro perdido que no tendría maestras de geografía. Ella lloraba a menudo por esa u otra razón. Yo la consolaba mientras ella berreaba. Le ponía mi mano sobre las vértebras dorsales y la deslizaba unos centímetros de arriba a abajo varias veces. Incluso fruncía la boca, para acompañarla mejor.

Pienso que mis padres me mandaron ahí porque miss Jackie no podría hablar con un perrito y decirle toda esa sarta de insensateces a la que yo tenía que replicar. Parecía que era alérgica a los perros, como intolerante a la lactosa. Mis padres sí que les decían historias a sus perros, quejándose uno del otro. En fin, ellos eran capaces de cualquier cosa.

Así habría de pasar el verano encerrada en la casa. A veces íbamos por la mañana al supermercado cercano por una caja de huevos, mantequilla, champiñones, leche, manzanas, piña y guayabas enlatadas. Con la cantidad de pseudococoa que me servía, su lata le duraría un siglo, aunque el mundo no se acabara, así que eso no comprábamos. El pasillo de los dulces o de las carnes me estaba vetado, incluso la panadería.

Miss Jackie me despertó un día a las cinco de la mañana. No preparó los huevos con champiñones ni la leche con cocoa, ni la piña picada, antes de partir. Solo me dijo que era hora. Seguro había llegado el día del Juicio Final e íbamos a vivirlo juntas. Subimos al coche por primera vez después de haberme recogido en el aeropuerto, cinco semanas antes. Condujo en dirección a la costa.

Cuando nos estacionamos, yo temblaba un poco. Nos sentamos en la Doggy Beach, que a esa hora estaba vacía. La arena estaba fría y mis manos también.

Miss Jackie sacó el recipiente de plástico con tapa azul que reconocí enseguida. Lo abrió y comenzó a comerse las frutas del ponche hasta terminárselas. No me ofreció ni una sola, lo cual me angustió un poco.

El sol empezó a salir y algunos corredores con él. Muchos traían a sus perros y se saludaban entre ellos o algo así. Yo no hablaba inglés esa mañana del fin del mundo. Quizá ellos se decían —Hola, mira, también tengo un perro. Buen fin del mundo para ti, amigo corredor—. Quién sabe.

Miss Jackie se había puesto a llorar y yo hice el gesto de la mano sobre la espalda. Luego se descalzó y me dejó ahí para acercarse caminando al mar hasta que este le mojó los pies. No recuerdo que sucedió después. Tal vez me quedé dormida sobre la roca a mi lado.

En algún momento, volvimos a casa a esperar el fin del mundo, que tardaba en llegar. Miss Jackie picó la piña, batió los huevos, los vertió en los champiñones que había freído con mantequilla y les puso sal y pimienta. Luego se sentó en una silla y se puso a llorar otra vez. Me acerqué a poner mi mano sobre sus vértebras dorsales. Ella temblaba demasiado y algunas lágrimas pesadas fueron a estrellarse contra el piso. Eran tan copiosas que esta vez no me molesté en fruncir la boca, aunque me puse a esperar la hecatombe que podía llegar de un momento a otro en forma de terremoto, tornado o trompetazo. Sin embargo, ella se calmó y se enderezó. Se secó las lágrimas con la manga de su suéter morado. Entonces se levantó para servirme la leche caliente sin cocoa y luego la fruta y el huevo en un mismo plato.

—¿Fuiste feliz aquí, niña?

Le dije que no. Entonces ella se levantó otra vez y sacó de alguna parte una caja de galletas con chocolate. Engulló siete, una tras otra. Las galletas eran enormes, gordas y con chispas de chocolate también gordas. Me extendió la charola y yo tomé la última y la mordí ruidosamente varias veces hasta comérmela toda. Se sentía bien tenerla en la boca y luego en la panza. Pensé que quizá había muerto e ido al paraíso sin tener que escarbar en la basura y comer restos del ponche gabacho porque fui una buena chica. Si era el caso, el fin del mundo había pasado leve.

 

—Si no te comes esa fruta —me dijo un día miss Jackie —, el día del Juicio Final vas a ir a buscarla a la basura, donde la voy a poner si se echa a perder. Con tus piernas extenuadas y el estómago ulcerado de hambre vas a escarbar entre el moho y el fierro oxidado, los pellejos putrefactos y gritos de sufrimiento de los infieles, y no vas a encontrar maldita sea la cosa.

Se refería al desecho drenado del brebaje precario que ella llamaba ponche. Eso no era fruta. Por otro lado, a esa bebida le estaba negada la exuberancia de la flor de jamaica, del tamarindo, del tejocote, de la ciruela pasa. Así eran las cosas de ese lado de la frontera y ese lado no era mi lado. No había caña ni piloncillo en San Diego. Aunque seguía siendo un escándalo azucarado, no había frío invernal, porque era verano. Ni piñata ni posadas ni esperanza. En aquella California estival, la eventual calidez fraterna del ponche se veía reducida al límite de la fast food sin recalentar. La prima lejana de mi padre, miss Jackie, solo hervía manzanas con canela y guayabas en conserva e igual lo llamaba ponche.

No discutía yo su nomenclatura porque ese té ralo era su única fuente de energía. Miss Jackie no comía nada más. A mí me preparaba lo mismo para desayunar y almorzar todos los días, huevos con champiñones, piña picada y leche caliente con un poco de polvo sabor a chocolate que ella llamaba cocoa y que apenas hacía oscurecer la leche. Me observaba comer y yo no dejaba nada en el plato. No le tenía tanto miedo al hambre apocalíptica como a su decepción que, en caso de profundizar, tendría consecuencias imprevisibles que se antojaban más catastróficas que las dibujadas en su universo cristiano, creo. Así que cada noche, a guisa de merienda, mordía una de esas cansadas frutas asegurándome de que la mirada inquisidora de miss Jackie lo notara. Me decía que solo estaría con ella unos días más en el gringo, tan desprovisto de gracia, desarmado en decepción, sin las prometidas golosinas extragrandes.

Mis padres decían que me habían enviado ahí porque la cuadragenaria Miss Jackie necesitaba compañía. Su esposo acababa de morir en la guerra. En realidad, me habían enviado ahí para divorciarse o pelearse, lo hacían a menudo. A ellos no les importaba la guerra. —Sepa Dios por qué hay guerras — decían. Miss Jackie tampoco la entendía y no parecía querer entenderla aunque su esposo se había muerto por esa razón A nadie le importaba la guerra, a mis padres solo les importaban sus perros; y a miss Jackie, su malogrado ponche. Por cierto, la ecuanimidad con la que esa mujer de borroso origen mexicano, grandes lentes y cabello sal y pimienta veía la muerte era casi molesta.

—El fin del mundo está cerca, niña. Ya estaba cerca hace doce años. ¿Cómo es que tus padres se atrevieron a engendrarte? No me molesta, solo me sorprende.

Yo le decía en silencio que mis padres podrían hacer eso y más. Era un gran tema de conversación y podía tomarme horas explicarle algo que de todas formas pasaba. Así que solo me encogía de hombros y la miraba a los ojos para hacerle saber que no me lastimaba, porque los asuntos de mis padres eran su exclusivo problema, como sus perros; como el ponche para miss Jackie, como la guerra para su esposo muerto. Yo era mi propio asunto.

—Dime, niña, ¿qué quisieras ser de grande? — me dijo un día.

Yo quería ser boxeadora o actriz de circo. No payasa o domadora, yo quería ser actriz de esas que hacen llorar y luego reír y que pueden convertir una cabrita en un hoyo negro y pararse en un violín para cantar. Qué decepción se hubiera llevado miss Jackie si se lo hubiera dicho. Le dije que quería ser maestra de geografía, de todas formas no importaba si era verdad que el futuro estaba cancelado. Entonces ella se puso a llorar de lástima  por el futuro perdido que no tendría maestras de geografía. Ella lloraba a menudo por esa u otra razón. Yo la consolaba mientras ella berreaba. Le ponía mi mano sobre las vértebras dorsales y la deslizaba unos centímetros de arriba a abajo varias veces. Incluso fruncía la boca, para acompañarla mejor.

Pienso que mis padres me mandaron ahí porque miss Jackie no podría hablar con un perrito y decirle toda esa sarta de insensateces a la que yo tenía que replicar. Parecía que era alérgica a los perros, como intolerante a la lactosa. Mis padres sí que les decían historias a sus perros, quejándose uno del otro. En fin, ellos eran capaces de cualquier cosa.

Así habría de pasar el verano encerrada en la casa. A veces íbamos por la mañana al supermercado cercano por una caja de huevos, mantequilla, champiñones, leche, manzanas, piña y guayabas enlatadas. Con la cantidad de pseudococoa que me servía, su lata le duraría un siglo, aunque el mundo no se acabara, así que eso no comprábamos. El pasillo de los dulces o de las carnes me estaba vetado, incluso la panadería.

Miss Jackie me despertó un día a las cinco de la mañana. No preparó los huevos con champiñones ni la leche con cocoa, ni la piña picada, antes de partir. Solo me dijo que era hora. Seguro había llegado el día del Juicio Final e íbamos a vivirlo juntas. Subimos al coche por primera vez después de haberme recogido en el aeropuerto, cinco semanas antes. Condujo en dirección a la costa.

Cuando nos estacionamos, yo temblaba un poco. Nos sentamos en la Doggy Beach, que a esa hora estaba vacía. La arena estaba fría y mis manos también.

Miss Jackie sacó el recipiente de plástico con tapa azul que reconocí enseguida. Lo abrió y comenzó a comerse las frutas del ponche hasta terminárselas. No me ofreció ni una sola, lo cual me angustió un poco.

El sol empezó a salir y algunos corredores con él. Muchos traían a sus perros y se saludaban entre ellos o algo así. Yo no hablaba inglés esa mañana del fin del mundo. Quizá ellos se decían —Hola, mira, también tengo un perro. Buen fin del mundo para ti, amigo corredor—. Quién sabe.

Miss Jackie se había puesto a llorar y yo hice el gesto de la mano sobre la espalda. Luego se descalzó y me dejó ahí para acercarse caminando al mar hasta que este le mojó los pies. No recuerdo que sucedió después. Tal vez me quedé dormida sobre la roca a mi lado.

En algún momento, volvimos a casa a esperar el fin del mundo, que tardaba en llegar. Miss Jackie picó la piña, batió los huevos, los vertió en los champiñones que había freído con mantequilla y les puso sal y pimienta. Luego se sentó en una silla y se puso a llorar otra vez. Me acerqué a poner mi mano sobre sus vértebras dorsales. Ella temblaba demasiado y algunas lágrimas pesadas fueron a estrellarse contra el piso. Eran tan copiosas que esta vez no me molesté en fruncir la boca, aunque me puse a esperar la hecatombe que podía llegar de un momento a otro en forma de terremoto, tornado o trompetazo. Sin embargo, ella se calmó y se enderezó. Se secó las lágrimas con la manga de su suéter morado. Entonces se levantó para servirme la leche caliente sin cocoa y luego la fruta y el huevo en un mismo plato.

—¿Fuiste feliz aquí, niña?

Le dije que no. Entonces ella se levantó otra vez y sacó de alguna parte una caja de galletas con chocolate. Engulló siete, una tras otra. Las galletas eran enormes, gordas y con chispas de chocolate también gordas. Me extendió la charola y yo tomé la última y la mordí ruidosamente varias veces hasta comérmela toda. Se sentía bien tenerla en la boca y luego en la panza. Pensé que quizá había muerto e ido al paraíso sin tener que escarbar en la basura y comer restos del ponche gabacho porque fui una buena chica. Si era el caso, el fin del mundo había pasado leve.

 

Liliana Rojas Flores. Nació en la Ciudad de México en 1988. Estudió teatro y literatura en la UNAM y en la Sorbonne Nouvelle. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas de 2015 a 2016. Su ópera prima de dramaturgia Simulacro en súper solitario se estrenó en 2014. 

Imagen de portada: Slim Aarons

Liliana Rojas Flores. Nació en la Ciudad de México en 1988. Estudió teatro y literatura en la UNAM y en la Sorbonne Nouvelle. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas de 2015 a 2016. Su ópera prima de dramaturgia Simulacro en súper solitario se estrenó en 2014. 

Foto de portada: Slim Aarons

 

Liliana Rojas Flores. Nació en la Ciudad de México en 1988. Estudió teatro y literatura en la UNAM y en la Sorbonne Nouvelle. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas de 2015 a 2016. Su ópera prima de dramaturgia Simulacro en súper solitario se estrenó en 2014. 

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Liliana Rojas Flores. Nació en la Ciudad de México en 1988. Estudió teatro y literatura en la UNAM y en la Sorbonne Nouvelle. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas de 2015 a 2016. Su ópera prima de dramaturgia Simulacro en súper solitario se estrenó en 2014. 

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N.014- Poesía

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