Balística

N.006 - Poesía

Poetas en el

lugar equivocado

N.001 - Crónica

Poetas en el

lugar equivocado

N.001 - Ensayo

Balística

N.006 - Poesía

Balística

N.006 - Poesía

Escrito por Carlos Arteaga

Plagamos el lienzo con ráfagas de
instantes. Imaginar:
                 dos cuadrados contrapuestos
                 proporciones distintas
                 uno más grande y eminente
                 otro lánguido y desdichado
pero ambos azules, nacidos en la misma tierra
                                    [conflictiva y condenada.

Cada línea negra que ondula es un disparo deformado
                                                                     [por el viento.
El negro es el color de la ruina.
Existen líneas pasajeras como almas destinadas a la
                                                                           [muerte
almas retorcidas y arrastradas.
La sangre se torna negra con el pasar de los años.

El lienzo se llena de instantes azules.
El azul no es de este mundo y aun así lo hacemos nuestro. Las líneas se retuercen, se encojen, se expanden: Compuestos de esperanza y buen augurio.
El azul no existe por el hombre, no existe por sus armas
ni por las ráfagas de bala que muerden los cuerpos desvalidos. Es el instante guardado como imagen de lo eterno.
Es sed de moribundo
implorar el retorno al cuerpo despojado.

En lo alto del lienzo, una cara contrahecha
acaso el rostro de un dios con sonrisa de desconsuelo
o el conjunto de almas que lloran la caída de los
                                                                          [nuestros.

Por lo bajo, la silueta de una mano arrastra lo blanco
así como se empuña la tierra cuando la derrota anuncia
                                                                         [su llegada.

Se llena el lienzo de instantes
y ya no sabemos si lo blanco es el pelaje de la muerte
o el momento justo en que damos vida al futuro de los
                                                                           [nuestros.


“Por nuestros pocos conocimientos, hasta los cimientos ¡salud!”. 
Dicho pupular

En todo el transcurso de la semana, tuve que enfrentarme a las críticas de aquellos intelectuales que estaban plenamente convencidos de que, el único lugar que puede llegar a ser digno de tertulias literarias, es un café. Pero yo no buscaba un “lugar fino”, más bien buscaba un lugar de tradición tapatía, que no sólo nos acercara a nuestras raíces, sino que, además, nos hiciera comprender a través de la experiencia, aquel estado marginal que hizo llamar “malditos” a poetas como Baudelaire o Rimbaud.

Se trataba de una tertulia en el nombre de la embriaguez; se llevaría a cabo en Los famosos equipales, una cantina cuya decoración, más que llegar a ser una estructura “chilaquileada” (o Kitsch) puede percibirse como una decoración barroca “a la mexicana”.

En las paredes cuelgan una infinidad de cuadros con el escudo y la mascota de las Chivas del Guadalajara, fotografías en las
que aparecen jugadores de futbol y luchadores de box,  identificados al instante por los aficionados a estos deportes. Se encuentran también carteles sobre corridas de toros y toreros famosos, entre ellos Manolete. Me llevé una sorpresa al ver como extraviada entre los deportistas, una fotografía en blanco y negro de Agustín Lara, firmada por el mismísimo compositor.

Se conserva en la entrada aquellas puertas de película de vaqueros y una majestuosa barra de licores, que antes estaba prohibida a las mujeres, debido a su antiguo escupidero, que las personas ya borrachas solían confundir por baño.

Charlé con la dueña del lugar. Ella no dudó en decir que sí. La tertulia ya no era tan sólo una idea o una revelación, era un hecho.

Balas para hacer “callo”

Fue un domingo 23 de septiembre.

Alrededor de 15 personas (estudiantes de letras y amigos de éstos, también amantes de la literatura) eran las que conformaban la audiencia.

Cruzaron las puertas de vaquero tres hombres altos, con facciones nada finas, vestidos de traje y corbata.
Eran el vívido estereotipo de “señor de oficina” que nunca se ve en domingo. Estaban sólo mirándonos despectivamente, daban la impresión de que tenían planeado algo...

Entre los saludos y la elección de un buen equipal para presenciar el evento, desfilaban en la primera ronda, cervezas León, Negra Modelo y Pacífico, acompañadas con cacahuates, churritos de harina y tostaditas de frijol.

Iniciamos la tertulia ya entrados en calidez. Martín García López con Patmon, un relato con sublimes descripciones formuladas a partir de la sensible visión de un niño, acompañado de Patmon, su pato y “único amigo”. Nydia Pando con su relato ácido, no apto para dogmatistas, sobre una joven que, a pesar de estar bajo los efectos de psicotrópicos, logra burlar a dos extranjeros para evitar cualquier contacto sexual. La misma protagonista termina burlándose de ella misma por la situación absurda que ha vivido. Víctor Villarreal con sus poemas, trajo a Borges desde “El Aleph” hacia nuestros ojos y...

Uno de los hombres se paró de la barra, y se dirigió hacia la rockola. No le importó la molestia que nos podría causar la banda. Víctor, levantó la voz y continuó declamando: “[...] para los tolerantes/para los ntolerantes [...]” un poema propicio para las circunstancias.

¡Aah! Éstos cabrones que no se callan− grito uno de ellos –Pues ve y súbele a la música para que entiendan − contestó otro. Nos querían callar de mala gana, pero no cedimos.

El volumen alto de la rockola no fue obstáculo para Arnulfo Valdez. “Tupa túpa tupá” resonó la creación: Poema, música, relato alternativo del origen del todo. Pasión onomatopéyica consistente. Los hombres ya estaban totalmente irritados de nuestro “puto evento”; se pararon de la barra y sólo nos observaban, parecía como si tuvieran algo planeado, además de odiarnos.

Francisco López con La esfera que se come a lengüetazos, una alegoría erótica que hacía ver al sexo como un acto cremoso y dulce. Un poema que “supo sabroso” con las nalgas alegres que tomábamos, bebida preparada con limón, ron, vino tinto, ginebra, y crush.

No sé si haya sido por la “cachondez” del poema de Paco, pero lo cierto es que, los hombres trajeados ya no nos toleraron más; uno de ellos sacó un revólver de su mariconera y empezó a disparar hacía el techo de la cantina. Rápido nos metimos debajo de las mesas.

Curiosamente, a pesar de la caótica escena, los participantes de la tertulia se mostraban tranquilos (Magnolia Cárdenas incluso empezó a declamar Prisma de Manuel Maples Arce, debajo de la mesa).

Hubo un silencio repentino, total. El hombre que lanzaba los disparos había sido noqueado con una botella de vidrio por uno de los mismos hombres trajeados.

Fue ese momento el que aprovechamos para tratar de salir de la cantina. No creíamos lo que había pasado.

El tobillo de Martín sangraba, una de las balas lo había rozado. Sin embargo, él y el resto se veían tranquilos e incluso alegres; más que a las críticas, hoy habían sobrevivido a las mismas balas.

Plagamos el lienzo con ráfagas de
instantes. Imaginar:
                 dos cuadrados contrapuestos
                 proporciones distintas
                 uno más grande y eminente
                 otro lánguido y desdichado
pero ambos azules, nacidos en la misma tierra
                                    [conflictiva y condenada.

Cada línea negra que ondula es un disparo deformado
                                                                    [por el viento.
El negro es el color de la ruina.
Existen líneas pasajeras como almas destinadas a la
                                                                                                                                                    [muerte
almas retorcidas y arrastradas.
La sangre se torna negra con el pasar de los años.

El lienzo se llena de instantes azules.
El azul no es de este mundo y aun así lo hacemos nuestro. Las líneas se retuercen, se encojen, se expanden: Compuestos de esperanza y buen augurio.
El azul no existe por el hombre, no existe por sus armas
ni por las ráfagas de bala que muerden los cuerpos desvalidos. Es el instante guardado como imagen de lo eterno.
Es sed de moribundo
implorar el retorno al cuerpo despojado.

En lo alto del lienzo, una cara contrahecha
acaso el rostro de un dios con sonrisa de desconsuelo
o el conjunto de almas que lloran la caída de los
                                                                                                                                           [nuestros.

Por lo bajo, la silueta de una mano arrastra lo blanco
así como se empuña la tierra cuando la derrota anuncia
                                                                         [su llegada.

Se llena el lienzo de instantes
y ya no sabemos si lo blanco es el pelaje de la muerte
o el momento justo en que damos vida al futuro de los
                                                                                                                                                 [nuestros.

Plagamos el lienzo con ráfagas de
instantes. Imaginar:
                 dos cuadrados contrapuestos
                 proporciones distintas
                 uno más grande y eminente
                 otro lánguido y desdichado
pero ambos azules, nacidos en la misma tierra
                             [conflictiva y condenada.

Cada línea negra que ondula es un disparo deformado
                                                                     [por el viento.
El negro es el color de la ruina.
Existen líneas pasajeras como almas destinadas a la
                                                                                     [muerte
almas retorcidas y arrastradas.
La sangre se torna negra con el pasar de los años.

El lienzo se llena de instantes azules.
El azul no es de este mundo y aun así lo hacemos nuestro. Las líneas se retuercen, se encojen, se expanden: Compuestos de esperanza y buen augurio.
El azul no existe por el hombre, no existe por sus armas
ni por las ráfagas de bala que muerden los cuerpos desvalidos. Es el instante guardado como imagen de lo eterno.
Es sed de moribundo
implorar el retorno al cuerpo despojado.

En lo alto del lienzo, una cara contrahecha
acaso el rostro de un dios con sonrisa de desconsuelo
o el conjunto de almas que lloran la caída de los
                                                                                                             [nuestros.

Por lo bajo, la silueta de una mano arrastra lo blanco
así como se empuña la tierra cuando la derrota anuncia
                                                                                                  [su llegada.

Se llena el lienzo de instantes
y ya no sabemos si lo blanco es el pelaje de la muerte
o el momento justo en que damos vida al futuro de los
                                                                                                     [nuestros.

Carlos Arteaga Nací en 1987 en Torreón, Coahuila. Estudié Ingeniería Industrial en el Instituto Tecnológico de la Laguna. He publicado poemas en la revistaDesierto modo y El Búho. He asistido a talleres de escritura impartidos por Julián Herbert. Actualmente trabajo en un libro de poesía.

Imagen de portada: Kathleen Meier

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Tres postales para animar a Rose

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N.006 - Poesía

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