Ayer abrí un cajón.

N.014 - Narrativa

Ayer abrí un cajón.

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Ayer abrí un cajón.

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Ayer abrí un cajón.

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Escrito por Ana Jazmín Sossa

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Escrito por Ana Jazmín Sossa

Llevo tantos días aquí que estoy por encarnarme a las paredes. No soy montaña rusa y jamás fui estalactita. No creo en sonrisas, pero sí en la asfixia pasajera de un par de hoyuelos mojados. La paciencia es una anciana demasiado buena para visitarme. Temo tanto a la muerte que he comenzado a buscarle la mirada en medio de danzas mudas.

Ayer abrí un cajón que tenía cara de espejo y me vi reflejada en algún esbelto trozo de metal. Algún augurio me susurró que resbalaría. Presentí mi vida correr por los desfiladeros de su alargada y grisácea arista. Ayer abrí un cajón y cerré por instantes la cordura: abrí aquella gaveta que antes me abrió a mí. Y de su madera ya corría el rancio olor de la acidez podrida. Vi la fermentación de mi viñedo, anteayer sólido.

Caigo por no querer caer. Ayer vi mis ojos secos. Cuando piel y plástico se besaron, las retinas sentaron su abandono. Mi brazo se parecía bastante a un campo húmedo de amapolas dormidas que llovían desde dentro y lloraban su propia sangre; que florecían a otra vida. Vi mis rodillas pegar sus mejillas contra el suelo y después yacer en él: cardenales callados con sangre sigilosa y sollozante, sollozante por el viento emergente, melancólica ante el abrupto final. Ayer vi mi muñeca convertirse en barquillo de helado. Yo fui aquella que en invierno seré, porque se ve primero detrás de los párpados, porque se ve antes de ver. Mi brazo era un lienzo cubierto por cataratas goteantes de jalea derretida. Dulzor oceánico, laguna escarlata: banquete frugal para las hambrientas hormigas del tiempo. Entonces se quebró el azar. Mis muñecas y yo siempre fuimos una. 

Corrí más tarde mi yema por aquella carretera escarpada, epidermis del espejo sin reflejo. No encontré mi silueta, sino una salida de lo conocido. Fui toda vértigo creador, y cuando la creación marea, alza también su mano destructora. Vi el fin del mundo cerniéndose sobre mis alas y partiendo desde el agarre de mis propias falanges. Vislumbré el sordo final lejano de un creciente mal sueño. Y es que somos aguja e hilo de nuestros terrores nocturnos.

Despertar con los ojos abiertos y el cuerpo callado. Amanecer sin despertar nos asfixia.

Siempre tuve la agilidad de un torbellino, pero la vida se estaba poniendo muy lenta. En medio de cuatro paredes, me acerqué más a la muerte que lo que allá afuera donde cielo, tierra e inframundo se funden entre ósculos. Sonaron trompetas afónicas en el pulso decreciente de mis arterias. Y cuando caí al suelo cual hoja arrullada por la vacilación, la daga y yo descansamos en mutua frustración.

 Volví a ver las mejillas del sol.

 Más allá del fin del mundo, está el salto a media noche. Sobrevivir al apocalipsis es despertar tras un sueño siniestro: delirio tejido desde la mesita de noche.

 

Llevo tantos días aquí que estoy por encarnarme a las paredes. No soy montaña rusa y jamás fui estalactita. No creo en sonrisas, pero sí en la asfixia pasajera de un par de hoyuelos mojados. La paciencia es una anciana demasiado buena para visitarme. Temo tanto a la muerte que he comenzado a buscarle la mirada en medio de danzas mudas.

Ayer abrí un cajón que tenía cara de espejo y me vi reflejada en algún esbelto trozo de metal. Algún augurio me susurró que resbalaría. Presentí mi vida correr por los desfiladeros de su alargada y grisácea arista. Ayer abrí un cajón y cerré por instantes la cordura: abrí aquella gaveta que antes me abrió a mí. Y de su madera ya corría el rancio olor de la acidez podrida. Vi la fermentación de mi viñedo, anteayer sólido.

 Caigo por no querer caer. Ayer vi mis ojos secos. Cuando piel y plástico se besaron, las retinas sentaron su abandono. Mi brazo se parecía bastante a un campo húmedo de amapolas dormidas que llovían desde dentro y lloraban su propia sangre; que florecían a otra vida. Vi mis rodillas pegar sus mejillas contra el suelo y después yacer en él: cardenales callados con sangre sigilosa y sollozante, sollozante por el viento emergente, melancólica ante el abrupto final. Ayer vi mi muñeca convertirse en barquillo de helado. Yo fui aquella que en invierno seré, porque se ve primero detrás de los párpados, porque se ve antes de ver. Mi brazo era un lienzo cubierto por cataratas goteantes de jalea derretida. Dulzor oceánico, laguna escarlata: banquete frugal para las hambrientas hormigas del tiempo. Entonces se quebró el azar. Mis muñecas y yo siempre fuimos una. 

Corrí más tarde mi yema por aquella carretera escarpada, epidermis del espejo sin reflejo. No encontré mi silueta, sino una salida de lo conocido. Fui toda vértigo creador, y cuando la creación marea, alza también su mano destructora. Vi el fin del mundo cerniéndose sobre mis alas y partiendo desde el agarre de mis propias falanges. Vislumbré el sordo final lejano de un creciente mal sueño. Y es que somos aguja e hilo de nuestros terrores nocturnos.

Despertar con los ojos abiertos y el cuerpo callado. Amanecer sin despertar nos asfixia.

 Siempre tuve la agilidad de un torbellino, pero la vida se estaba poniendo muy lenta. En medio de cuatro paredes, me acerqué más a la muerte que lo que allá afuera donde cielo, tierra e inframundo se funden entre ósculos. Sonaron trompetas afónicas en el pulso decreciente de mis arterias. Y cuando caí al suelo cual hoja arrullada por la vacilación, la daga y yo descansamos en mutua frustración.

 Volví a ver las mejillas del sol.

 Más allá del fin del mundo, está el salto a media noche. Sobrevivir al apocalipsis es despertar tras un sueño siniestro: delirio tejido desde la mesita de noche.

 

Llevo tantos días aquí que estoy por encarnarme a las paredes. No soy montaña rusa y jamás fui estalactita. No creo en sonrisas, pero sí en la asfixia pasajera de un par de hoyuelos mojados. La paciencia es una anciana demasiado buena para visitarme. Temo tanto a la muerte que he comenzado a buscarle la mirada en medio de danzas mudas.

Ayer abrí un cajón que tenía cara de espejo y me vi reflejada en algún esbelto trozo de metal. Algún augurio me susurró que resbalaría. Presentí mi vida correr por los desfiladeros de su alargada y grisácea arista. Ayer abrí un cajón y cerré por instantes la cordura: abrí aquella gaveta que antes me abrió a mí. Y de su madera ya corría el rancio olor de la acidez podrida. Vi la fermentación de mi viñedo, anteayer sólido.

 Caigo por no querer caer. Ayer vi mis ojos secos. Cuando piel y plástico se besaron, las retinas sentaron su abandono. Mi brazo se parecía bastante a un campo húmedo de amapolas dormidas que llovían desde dentro y lloraban su propia sangre; que florecían a otra vida. Vi mis rodillas pegar sus mejillas contra el suelo y después yacer en él: cardenales callados con sangre sigilosa y sollozante, sollozante por el viento emergente, melancólica ante el abrupto final. Ayer vi mi muñeca convertirse en barquillo de helado. Yo fui aquella que en invierno seré, porque se ve primero detrás de los párpados, porque se ve antes de ver. Mi brazo era un lienzo cubierto por cataratas goteantes de jalea derretida. Dulzor oceánico, laguna escarlata: banquete frugal para las hambrientas hormigas del tiempo. Entonces se quebró el azar. Mis muñecas y yo siempre fuimos una. 

Corrí más tarde mi yema por aquella carretera escarpada, epidermis del espejo sin reflejo. No encontré mi silueta, sino una salida de lo conocido. Fui toda vértigo creador, y cuando la creación marea, alza también su mano destructora. Vi el fin del mundo cerniéndose sobre mis alas y partiendo desde el agarre de mis propias falanges. Vislumbré el sordo final lejano de un creciente mal sueño. Y es que somos aguja e hilo de nuestros terrores nocturnos.

Despertar con los ojos abiertos y el cuerpo callado. Amanecer sin despertar nos asfixia.

 Siempre tuve la agilidad de un torbellino, pero la vida se estaba poniendo muy lenta. En medio de cuatro paredes, me acerqué más a la muerte que lo que allá afuera donde cielo, tierra e inframundo se funden entre ósculos. Sonaron trompetas afónicas en el pulso decreciente de mis arterias. Y cuando caí al suelo cual hoja arrullada por la vacilación, la daga y yo descansamos en mutua frustración.

 Volví a ver las mejillas del sol.

 Más allá del fin del mundo, está el salto a media noche. Sobrevivir al apocalipsis es despertar tras un sueño siniestro: delirio tejido desde la mesita de noche.

 

Llevo tantos días aquí que estoy por encarnarme a las paredes. No soy montaña rusa y jamás fui estalactita. No creo en sonrisas, pero sí en la asfixia pasajera de un par de hoyuelos mojados. La paciencia es una anciana demasiado buena para visitarme. Temo tanto a la muerte que he comenzado a buscarle la mirada en medio de danzas mudas.

Ayer abrí un cajón que tenía cara de espejo y me vi reflejada en algún esbelto trozo de metal. Algún augurio me susurró que resbalaría. Presentí mi vida correr por los desfiladeros de su alargada y grisácea arista. Ayer abrí un cajón y cerré por instantes la cordura: abrí aquella gaveta que antes me abrió a mí. Y de su madera ya corría el rancio olor de la acidez podrida. Vi la fermentación de mi viñedo, anteayer sólido.

 Caigo por no querer caer. Ayer vi mis ojos secos. Cuando piel y plástico se besaron, las retinas sentaron su abandono. Mi brazo se parecía bastante a un campo húmedo de amapolas dormidas que llovían desde dentro y lloraban su propia sangre; que florecían a otra vida. Vi mis rodillas pegar sus mejillas contra el suelo y después yacer en él: cardenales callados con sangre sigilosa y sollozante, sollozante por el viento emergente, melancólica ante el abrupto final. Ayer vi mi muñeca convertirse en barquillo de helado. Yo fui aquella que en invierno seré, porque se ve primero detrás de los párpados, porque se ve antes de ver. Mi brazo era un lienzo cubierto por cataratas goteantes de jalea derretida. Dulzor oceánico, laguna escarlata: banquete frugal para las hambrientas hormigas del tiempo. Entonces se quebró el azar. Mis muñecas y yo siempre fuimos una. 

Corrí más tarde mi yema por aquella carretera escarpada, epidermis del espejo sin reflejo. No encontré mi silueta, sino una salida de lo conocido. Fui toda vértigo creador, y cuando la creación marea, alza también su mano destructora. Vi el fin del mundo cerniéndose sobre mis alas y partiendo desde el agarre de mis propias falanges. Vislumbré el sordo final lejano de un creciente mal sueño. Y es que somos aguja e hilo de nuestros terrores nocturnos.

Despertar con los ojos abiertos y el cuerpo callado. Amanecer sin despertar nos asfixia.

 Siempre tuve la agilidad de un torbellino, pero la vida se estaba poniendo muy lenta. En medio de cuatro paredes, me acerqué más a la muerte que lo que allá afuera donde cielo, tierra e inframundo se funden entre ósculos. Sonaron trompetas afónicas en el pulso decreciente de mis arterias. Y cuando caí al suelo cual hoja arrullada por la vacilación, la daga y yo descansamos en mutua frustración.

 Volví a ver las mejillas del sol.

 Más allá del fin del mundo, está el salto a media noche. Sobrevivir al apocalipsis es despertar tras un sueño siniestro: delirio tejido desde la mesita de noche.

 

Llevo tantos días aquí que estoy por encarnarme a las paredes. No soy montaña rusa y jamás fui estalactita. No creo en sonrisas, pero sí en la asfixia pasajera de un par de hoyuelos mojados. La paciencia es una anciana demasiado buena para visitarme. Temo tanto a la muerte que he comenzado a buscarle la mirada en medio de danzas mudas.

Ayer abrí un cajón que tenía cara de espejo y me vi reflejada en algún esbelto trozo de metal. Algún augurio me susurró que resbalaría. Presentí mi vida correr por los desfiladeros de su alargada y grisácea arista. Ayer abrí un cajón y cerré por instantes la cordura: abrí aquella gaveta que antes me abrió a mí. Y de su madera ya corría el rancio olor de la acidez podrida. Vi la fermentación de mi viñedo, anteayer sólido.

Caigo por no querer caer. Ayer vi mis ojos secos. Cuando piel y plástico se besaron, las retinas sentaron su abandono. Mi brazo se parecía bastante a un campo húmedo de amapolas dormidas que llovían desde dentro y lloraban su propia sangre; que florecían a otra vida. Vi mis rodillas pegar sus mejillas contra el suelo y después yacer en él: cardenales callados con sangre sigilosa y sollozante, sollozante por el viento emergente, melancólica ante el abrupto final. Ayer vi mi muñeca convertirse en barquillo de helado. Yo fui aquella que en invierno seré, porque se ve primero detrás de los párpados, porque se ve antes de ver. Mi brazo era un lienzo cubierto por cataratas goteantes de jalea derretida. Dulzor oceánico, laguna escarlata: banquete frugal para las hambrientas hormigas del tiempo. Entonces se quebró el azar. Mis muñecas y yo siempre fuimos una. 

Corrí más tarde mi yema por aquella carretera escarpada, epidermis del espejo sin reflejo. No encontré mi silueta, sino una salida de lo conocido. Fui toda vértigo creador, y cuando la creación marea, alza también su mano destructora. Vi el fin del mundo cerniéndose sobre mis alas y partiendo desde el agarre de mis propias falanges. Vislumbré el sordo final lejano de un creciente mal sueño. Y es que somos aguja e hilo de nuestros terrores nocturnos.

Despertar con los ojos abiertos y el cuerpo callado. Amanecer sin despertar nos asfixia.

Siempre tuve la agilidad de un torbellino, pero la vida se estaba poniendo muy lenta. En medio de cuatro paredes, me acerqué más a la muerte que lo que allá afuera donde cielo, tierra e inframundo se funden entre ósculos. Sonaron trompetas afónicas en el pulso decreciente de mis arterias. Y cuando caí al suelo cual hoja arrullada por la vacilación, la daga y yo descansamos en mutua frustración.

Volví a ver las mejillas del sol.

Más allá del fin del mundo, está el salto a media noche. Sobrevivir al apocalipsis es despertar tras un sueño siniestro: delirio tejido desde la mesita de noche.

 

Ana Jazmín Sossa. 2001, México. Estudia Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara. Mente sensible y aficionada a la soledad. Expectora versos cada que piensa y no puede concebir un mundo sin lenguaje.

https://mas-que-un-par-de-pulmones.tumblr.com/

Imagen de portada: Fotagui

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Foto de portada: Fotagui

 

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Mamá, de cumpleaños quiero la caída del capitalismo

N.014 - Poesía

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