Apocalipsis académico

N.014 - Ensayo

Apocalipsis académico

N.014 - Ensayo

 Apocalipsis académico

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Apocalipsis académico

N.014 - Ensayo

Apocalipsis académico

N.014 - Ensayo

Escrito por Andrea Ortiz Morales

Escrito por Andrea Ortiz Morales

Escrito por Andrea Ortiz Morales

Escrito por Andrea Ortiz Morales

Escrito por Andrea Ortiz Morales

¡Verde es la esperanza amada y verde es el manto de la Virgen de Guadalupe, patrona de los desamparados!
 Elena Garro

 

 

Ya hace mucho que quería escribir sobre la Virgen de Guadalupe. Pero no como un texto con información valiosísima, para eso, mejor les dejo bibliografía referenciada al final. Citaré a Antonio Rubial y su texto sobre el Apocalipsis, porque este ensayo es sobre el apocalipsis académico, el futuro distópico para ser o no ser académica. 

Durante la pandemia, han salido varias pláticas en línea sobre la configuración de la Virgen como patrona de la ciudad de México a partir de la famosa epidemia de matlazáhuatl de 1736-1739 —esto no pretende ser desesperanzador, pero vean cuántos años pasaron hasta que a la Virgen se le ocurriera hacernos el milagro de detenerla—. Fue plan con maña de ella misma —y los criollos—, imagínense: convencer a una población entera que gracias a ella se detuvo. Entonces se volvió a una devoción que, aunque no lo crean, no existía antes y que después, en la pintura novohispana, por ejemplo, tendrá una relevancia muy importante —para el famoso tratado artístico de la Maravilla Americana de Cabrera y luego el ensayo —apologético— de José Ignacio Bartoloache en contra de ese tratado y de la divinidad de la naturaleza akeropoiética de la imagen. 

Ojalá nuestro destino dependiera de que una imagen se quisiera configurar como nuestra matrona. No soy católica, hace mucho que perdí la esperanza de que esto ocurra; pero qué más nos queda en estos tiempos que planear y soñar con futuros novohispanos posibles. Volver a configurar nuestra identidad en torno a una mujer, pero ahora sí en serio, no como una musa, como lo es la guadalupana: alguien intocable y que inspira a pintar, escribir sonetos y artículos. Realmente lo que espero de la Virgen de Guadalupe es que, gracias a sus orígenes apocalípticos, guerra y de madre que combatió la herejía y, con ello, protegió nuestra ciudad, pueda protegernos a nosotras del devenir profesional. Matrona de lxs desamparadxs. 

Dice Rubial que “en la visión criolla, México-Tenochtitlan quedaba idealizada y se convertía en un ámbito seguro y estable gracias a la presencia de la Virgen de Guadalupe”. ¿Cómo convertimos el futuro académico en eso: un ámbito seguro y estable? ¿Necesitamos una presencia mítica, digo, perdón, una imagen verdadera que cuya historia sí sucedió y no es para nada un invento, para que eso sea el futuro? ¿Lo es ahora? Este autor también menciona que, antes, “la idea agustina de la historia […] no podía concebir utopías en el futuro”. Yo creo que lo académico hace mucho que tiene esa connotación, tenemos una idea de ese ámbito desde lo que fue en el pasado: “la única perfección se buscaba en el pasado”. Y en ella misma, es que construimos nuestros porvenires: en lo que fue. 

Hay un montón de temas de estudio qué continuar, propuestas nuevas para abordarles. Pero ya no hay espacio. No hay becas. ¿Cuántxs investigadorxs realmente te motivan a continuar tus investigaciones sin, al final, intentar robártelas? ¿Cuántxs te abren las puertas a sus propios intereses y te comparten sus investigaciones inéditas, toda la bibliografía, imágenes, trabajos de transcripciones, archivo? ¿Cuántxs realmente investigan y no publican lo que otrxs, sus tesistas, becarios, escriben? Apropiarse del trabajo de otrxs es violencia. 

Para el caso de la academia mexicana, aunque el futuro y el presente parecen distópicos, el pasado no fue mejor. ¿Cuántas mujeres [inserte cualquier disciplina] podían ingresar al ámbito tradicionalmente apropiado por El Hombre? El hombre de letras, el hombre arqueólogo, el hombre restaurador, el hombre antropólogo... No será necesario mencionar la ya insinuada invisibilización de la mujer en la academia y, aun así no lo dejo fuera, aquí está: las mujeres han sido invisibilizadas. 

Ojalá existiera la academia cuyo título o tarjeta de presentación no está acompañada de una institución de la que tienes que valerte para reconocerte (pero esto también es un futuro incierto y poco posible, ojalá pudiéramos nombrarnos desde nosotrxs mismxs y no desde otrxs) Algo así como académica privada, las detectivas privadas o independientes de [inserte cualquier disciplina]. Es historiadora privada. Es física privada. Es matemática privada. Es hispanista privada… asociadas a tal o cual institución, universidad. Punto. 

—Esto es casi utópico. No todxs tienen el capital, energía, tiempo para ser detectivxs independientes de nuestras propias investigaciones—. 

Y aún con los escenarios que describo y los que, si alguien está leyendo esto, se está imaginando —o recuerda— desde la experiencia propia, si tuviera que elegir ser académica, me quedaría con el tipo de academia que representan algunas mujeres que pertenecen a una institución, pero de quienes rescato la configuración y personalidad que se han hecho de ellas mismas. Académicas de escuelas públicas y privadas; homosexuales, bisexuales, transexuales, heterosexuales; madres y no madres; quienes también son cuidadoras; las que han sido violentadas —paréntesis para recordar a la historiadora Raquel Padilla—. Mujeres que han combatido la verdadera herejía, a lo que hay que seguir quemando: estructuras patriarcales, rígidas, verticales; mujeres que se han tenido que aliar a otros hombres, algunos a quienes pueden seguir llamando amigos, a otros a quienes no quieren volver a nombrar.

 Si tuviera que elegir ser académica, me decantaría por un tipo de académica que tengo bien presente gracias a las que conozco y me han inspirado.

 Consideraciones para el tipo de académica que sí sería:

1) Ser apasionada no, apasionadísima. 

2) Leer sobre tu tema hasta en ficción.

3) Adquirir un pasatiempo, generalmente práctico, que realices con la mayor devoción —apasionadísima—, como si fuera tu tema de investigación.

4) Compartir y crear memes sobre tu tema.

5) Tener amigues te etiqueten en esos memes porque les has hablado tanto de ello que el algoritmo de la red social —que nos escucha y espía nuestros mensajes— ya se los recomienda e inevitablemente te piensan en ti.

6) Tener amigues que hayan escuchado tres veces o cuatro o las que sean necesarias hasta que tú misma hayas entendido tu tema y entonces puedas hacer un esquema.

7) Tener amigues que te etiqueten en memes sobre el amigue que te habla del tema de investigación que no entiendes pero que escuchas con atención.

8) Tener sobrenombres cómicos para ti misma sobre tu tema que solo tú entiendas —y solo a ti te den risa—.

9) Enojarte cuando casi te tumban la conclusión de la tesis con un meme.

10)  Tener amigues —a veces pareja— que tengan los mismos intereses académicos que tú y que se hayan vuelto inseparables.

11)  Tener en tu casa más de una referencia a tu tema: libros a la vista de las visitas, muñecos, imágenes, tazas, toallas y batas de baño, un suéter para el perro, posters enmarcados.

12)  Que tus animales domésticos tengan un nombre referente a tu tema.

13)  Emocionarte por casi todo.

14)  No tener pena de admitir al menos 5 de estos puntos.

 Con estas consideraciones, el futuro académico no suena tan apocalíptico —si no tomamos en cuenta que, de verdad, no hay tantas becas y que no siempre es posible ser investigadoras independientes—. Suena a un espacio al que me gustaría pertenecer. Y aun así hay, en el simple hecho de nombrarse académica, estructuras, sistemas centenarios que en mayor o menor medida nos seguirán oprimiendo; que intentarán desarticularnos entre nosotras mismas, que nos obligan a creer que somos competencia antes que considerar que al conocimiento como algo que también se puede construir en colectivo. Repensemos el término academia, cuestionemos el sistema que lo forja, interroguemos a quienes lo siguen sosteniendo. ¿Hace falta cambiar de concepto? ¿Destruirlo? ¿O reapropiarnos de él con otros fundamentos que nosotras mismas propongamos?

 Mientras, acuerpémonos y esperemos, investigando, escribiendo, a que el futuro nos devele una imagen mítica, aunque preferiblemente real, que nos rescate de las estructuras impuestas. Pensemos en el apocalipsis de la academia, como una serie de imposiciones del pasado, imaginemos un futuro que ya se urde desde el presente, como la oportunidad de transformar todo aquello que nos incomoda, cuestionarlo. Que al cabo el punto número 15 de las consideraciones para ser académica es ser preguntona.

 

 

Referencias

Garro, Elena. “La primera vez que me vi…”, en Cuentos completos. Ciudad de México: Debolsillo, 2018, p. 190.

Rubial, Antonio. “El apocalipsis en Nueva España. Los cambios de una tradición milenaria”, en Álvarez Sánchez, Adriana (coord.). Conocimiento y cultura. Estudios modernos en la Facultad de Filosofía y Letras. Ciudad de México: UNAM/Ediciones Eón, 2016, pp. 19-58.


¡Verde es la esperanza amada y verde es el manto de la Virgen de Guadalupe, patrona de los desamparados!
 Elena Garro

 

 

Ya hace mucho que quería escribir sobre la Virgen de Guadalupe. Pero no como un texto con información valiosísima, para eso, mejor les dejo bibliografía referenciada al final. Citaré a Antonio Rubial y su texto sobre el Apocalipsis, porque este ensayo es sobre el apocalipsis académico, el futuro distópico para ser o no ser académica. 

Durante la pandemia, han salido varias pláticas en línea sobre la configuración de la Virgen como patrona de la ciudad de México a partir de la famosa epidemia de matlazáhuatl de 1736-1739 —esto no pretende ser desesperanzador, pero vean cuántos años pasaron hasta que a la Virgen se le ocurriera hacernos el milagro de detenerla—. Fue plan con maña de ella misma —y los criollos—, imagínense: convencer a una población entera que gracias a ella se detuvo. Entonces se volvió a una devoción que, aunque no lo crean, no existía antes y que después, en la pintura novohispana, por ejemplo, tendrá una relevancia muy importante —para el famoso tratado artístico de la Maravilla Americana de Cabrera y luego el ensayo —apologético— de José Ignacio Bartoloache en contra de ese tratado y de la divinidad de la naturaleza akeropoiética de la imagen. 

Ojalá nuestro destino dependiera de que una imagen se quisiera configurar como nuestra matrona. No soy católica, hace mucho que perdí la esperanza de que esto ocurra; pero qué más nos queda en estos tiempos que planear y soñar con futuros novohispanos posibles. Volver a configurar nuestra identidad en torno a una mujer, pero ahora sí en serio, no como una musa, como lo es la guadalupana: alguien intocable y que inspira a pintar, escribir sonetos y artículos. Realmente lo que espero de la Virgen de Guadalupe es que, gracias a sus orígenes apocalípticos, guerra y de madre que combatió la herejía y, con ello, protegió nuestra ciudad, pueda protegernos a nosotras del devenir profesional. Matrona de lxs desamparadxs. 

Dice Rubial que “en la visión criolla, México-Tenochtitlan quedaba idealizada y se convertía en un ámbito seguro y estable gracias a la presencia de la Virgen de Guadalupe”. ¿Cómo convertimos el futuro académico en eso: un ámbito seguro y estable? ¿Necesitamos una presencia mítica, digo, perdón, una imagen verdadera que cuya historia sí sucedió y no es para nada un invento, para que eso sea el futuro? ¿Lo es ahora? Este autor también menciona que, antes, “la idea agustina de la historia […] no podía concebir utopías en el futuro”. Yo creo que lo académico hace mucho que tiene esa connotación, tenemos una idea de ese ámbito desde lo que fue en el pasado: “la única perfección se buscaba en el pasado”. Y en ella misma, es que construimos nuestros porvenires: en lo que fue. 

Hay un montón de temas de estudio qué continuar, propuestas nuevas para abordarles. Pero ya no hay espacio. No hay becas. ¿Cuántxs investigadorxs realmente te motivan a continuar tus investigaciones sin, al final, intentar robártelas? ¿Cuántxs te abren las puertas a sus propios intereses y te comparten sus investigaciones inéditas, toda la bibliografía, imágenes, trabajos de transcripciones, archivo? ¿Cuántxs realmente investigan y no publican lo que otrxs, sus tesistas, becarios, escriben? Apropiarse del trabajo de otrxs es violencia. 

Para el caso de la academia mexicana, aunque el futuro y el presente parecen distópicos, el pasado no fue mejor. ¿Cuántas mujeres [inserte cualquier disciplina] podían ingresar al ámbito tradicionalmente apropiado por El Hombre? El hombre de letras, el hombre arqueólogo, el hombre restaurador, el hombre antropólogo... No será necesario mencionar la ya insinuada invisibilización de la mujer en la academia y, aun así no lo dejo fuera, aquí está: las mujeres han sido invisibilizadas. 

Ojalá existiera la academia cuyo título o tarjeta de presentación no está acompañada de una institución de la que tienes que valerte para reconocerte (pero esto también es un futuro incierto y poco posible, ojalá pudiéramos nombrarnos desde nosotrxs mismxs y no desde otrxs) Algo así como académica privada, las detectivas privadas o independientes de [inserte cualquier disciplina]. Es historiadora privada. Es física privada. Es matemática privada. Es hispanista privada… asociadas a tal o cual institución, universidad. Punto. 

—Esto es casi utópico. No todxs tienen el capital, energía, tiempo para ser detectivxs independientes de nuestras propias investigaciones—. 

Y aún con los escenarios que describo y los que, si alguien está leyendo esto, se está imaginando —o recuerda— desde la experiencia propia, si tuviera que elegir ser académica, me quedaría con el tipo de academia que representan algunas mujeres que pertenecen a una institución, pero de quienes rescato la configuración y personalidad que se han hecho de ellas mismas. Académicas de escuelas públicas y privadas; homosexuales, bisexuales, transexuales, heterosexuales; madres y no madres; quienes también son cuidadoras; las que han sido violentadas —paréntesis para recordar a la historiadora Raquel Padilla—. Mujeres que han combatido la verdadera herejía, a lo que hay que seguir quemando: estructuras patriarcales, rígidas, verticales; mujeres que se han tenido que aliar a otros hombres, algunos a quienes pueden seguir llamando amigos, a otros a quienes no quieren volver a nombrar.

 Si tuviera que elegir ser académica, me decantaría por un tipo de académica que tengo bien presente gracias a las que conozco y me han inspirado.

 Consideraciones para el tipo de académica que sí sería:

1) Ser apasionada no, apasionadísima. 

2) Leer sobre tu tema hasta en ficción.

3) Adquirir un pasatiempo, generalmente práctico, que realices con la mayor devoción —apasionadísima—, como si fuera tu tema de investigación.

4) Compartir y crear memes sobre tu tema.

5) Tener amigues te etiqueten en esos memes porque les has hablado tanto de ello que el algoritmo de la red social —que nos escucha y espía nuestros mensajes— ya se los recomienda e inevitablemente te piensan en ti.

6) Tener amigues que hayan escuchado tres veces o cuatro o las que sean necesarias hasta que tú misma hayas entendido tu tema y entonces puedas hacer un esquema.

7) Tener amigues que te etiqueten en memes sobre el amigue que te habla del tema de investigación que no entiendes pero que escuchas con atención.

8) Tener sobrenombres cómicos para ti misma sobre tu tema que solo tú entiendas —y solo a ti te den risa—.

9) Enojarte cuando casi te tumban la conclusión de la tesis con un meme.

10)  Tener amigues —a veces pareja— que tengan los mismos intereses académicos que tú y que se hayan vuelto inseparables.

11)  Tener en tu casa más de una referencia a tu tema: libros a la vista de las visitas, muñecos, imágenes, tazas, toallas y batas de baño, un suéter para el perro, posters enmarcados.

12)  Que tus animales domésticos tengan un nombre referente a tu tema.

13)  Emocionarte por casi todo.

14)  No tener pena de admitir al menos 5 de estos puntos.

 Con estas consideraciones, el futuro académico no suena tan apocalíptico —si no tomamos en cuenta que, de verdad, no hay tantas becas y que no siempre es posible ser investigadoras independientes—. Suena a un espacio al que me gustaría pertenecer. Y aun así hay, en el simple hecho de nombrarse académica, estructuras, sistemas centenarios que en mayor o menor medida nos seguirán oprimiendo; que intentarán desarticularnos entre nosotras mismas, que nos obligan a creer que somos competencia antes que considerar que al conocimiento como algo que también se puede construir en colectivo. Repensemos el término academia, cuestionemos el sistema que lo forja, interroguemos a quienes lo siguen sosteniendo. ¿Hace falta cambiar de concepto? ¿Destruirlo? ¿O reapropiarnos de él con otros fundamentos que nosotras mismas propongamos?

 Mientras, acuerpémonos y esperemos, investigando, escribiendo, a que el futuro nos devele una imagen mítica, aunque preferiblemente real, que nos rescate de las estructuras impuestas. Pensemos en el apocalipsis de la academia, como una serie de imposiciones del pasado, imaginemos un futuro que ya se urde desde el presente, como la oportunidad de transformar todo aquello que nos incomoda, cuestionarlo. Que al cabo el punto número 15 de las consideraciones para ser académica es ser preguntona.

 

 

Referencias

Garro, Elena. “La primera vez que me vi…”, en Cuentos completos. Ciudad de México: Debolsillo, 2018, p. 190.

Rubial, Antonio. “El apocalipsis en Nueva España. Los cambios de una tradición milenaria”, en Álvarez Sánchez, Adriana (coord.). Conocimiento y cultura. Estudios modernos en la Facultad de Filosofía y Letras. Ciudad de México: UNAM/Ediciones Eón, 2016, pp. 19-58.

 

¡Verde es la esperanza amada y verde es el manto de la Virgen de Guadalupe, patrona de los desamparados!
 Elena Garro

 

 

Ya hace mucho que quería escribir sobre la Virgen de Guadalupe. Pero no como un texto con información valiosísima, para eso, mejor les dejo bibliografía referenciada al final. Citaré a Antonio Rubial y su texto sobre el Apocalipsis, porque este ensayo es sobre el apocalipsis académico, el futuro distópico para ser o no ser académica. 

Durante la pandemia, han salido varias pláticas en línea sobre la configuración de la Virgen como patrona de la ciudad de México a partir de la famosa epidemia de matlazáhuatl de 1736-1739 —esto no pretende ser desesperanzador, pero vean cuántos años pasaron hasta que a la Virgen se le ocurriera hacernos el milagro de detenerla—. Fue plan con maña de ella misma —y los criollos—, imagínense: convencer a una población entera que gracias a ella se detuvo. Entonces se volvió a una devoción que, aunque no lo crean, no existía antes y que después, en la pintura novohispana, por ejemplo, tendrá una relevancia muy importante —para el famoso tratado artístico de la Maravilla Americana de Cabrera y luego el ensayo —apologético— de José Ignacio Bartoloache en contra de ese tratado y de la divinidad de la naturaleza akeropoiética de la imagen. 

Ojalá nuestro destino dependiera de que una imagen se quisiera configurar como nuestra matrona. No soy católica, hace mucho que perdí la esperanza de que esto ocurra; pero qué más nos queda en estos tiempos que planear y soñar con futuros novohispanos posibles. Volver a configurar nuestra identidad en torno a una mujer, pero ahora sí en serio, no como una musa, como lo es la guadalupana: alguien intocable y que inspira a pintar, escribir sonetos y artículos. Realmente lo que espero de la Virgen de Guadalupe es que, gracias a sus orígenes apocalípticos, guerra y de madre que combatió la herejía y, con ello, protegió nuestra ciudad, pueda protegernos a nosotras del devenir profesional. Matrona de lxs desamparadxs. 

Dice Rubial que “en la visión criolla, México-Tenochtitlan quedaba idealizada y se convertía en un ámbito seguro y estable gracias a la presencia de la Virgen de Guadalupe”. ¿Cómo convertimos el futuro académico en eso: un ámbito seguro y estable? ¿Necesitamos una presencia mítica, digo, perdón, una imagen verdadera que cuya historia sí sucedió y no es para nada un invento, para que eso sea el futuro? ¿Lo es ahora? Este autor también menciona que, antes, “la idea agustina de la historia […] no podía concebir utopías en el futuro”. Yo creo que lo académico hace mucho que tiene esa connotación, tenemos una idea de ese ámbito desde lo que fue en el pasado: “la única perfección se buscaba en el pasado”. Y en ella misma, es que construimos nuestros porvenires: en lo que fue. 

Hay un montón de temas de estudio qué continuar, propuestas nuevas para abordarles. Pero ya no hay espacio. No hay becas. ¿Cuántxs investigadorxs realmente te motivan a continuar tus investigaciones sin, al final, intentar robártelas? ¿Cuántxs te abren las puertas a sus propios intereses y te comparten sus investigaciones inéditas, toda la bibliografía, imágenes, trabajos de transcripciones, archivo? ¿Cuántxs realmente investigan y no publican lo que otrxs, sus tesistas, becarios, escriben? Apropiarse del trabajo de otrxs es violencia. 

Para el caso de la academia mexicana, aunque el futuro y el presente parecen distópicos, el pasado no fue mejor. ¿Cuántas mujeres [inserte cualquier disciplina] podían ingresar al ámbito tradicionalmente apropiado por El Hombre? El hombre de letras, el hombre arqueólogo, el hombre restaurador, el hombre antropólogo... No será necesario mencionar la ya insinuada invisibilización de la mujer en la academia y, aun así no lo dejo fuera, aquí está: las mujeres han sido invisibilizadas. 

Ojalá existiera la academia cuyo título o tarjeta de presentación no está acompañada de una institución de la que tienes que valerte para reconocerte (pero esto también es un futuro incierto y poco posible, ojalá pudiéramos nombrarnos desde nosotrxs mismxs y no desde otrxs) Algo así como académica privada, las detectivas privadas o independientes de [inserte cualquier disciplina]. Es historiadora privada. Es física privada. Es matemática privada. Es hispanista privada… asociadas a tal o cual institución, universidad. Punto. 

—Esto es casi utópico. No todxs tienen el capital, energía, tiempo para ser detectivxs independientes de nuestras propias investigaciones—. 

Y aún con los escenarios que describo y los que, si alguien está leyendo esto, se está imaginando —o recuerda— desde la experiencia propia, si tuviera que elegir ser académica, me quedaría con el tipo de academia que representan algunas mujeres que pertenecen a una institución, pero de quienes rescato la configuración y personalidad que se han hecho de ellas mismas. Académicas de escuelas públicas y privadas; homosexuales, bisexuales, transexuales, heterosexuales; madres y no madres; quienes también son cuidadoras; las que han sido violentadas —paréntesis para recordar a la historiadora Raquel Padilla—. Mujeres que han combatido la verdadera herejía, a lo que hay que seguir quemando: estructuras patriarcales, rígidas, verticales; mujeres que se han tenido que aliar a otros hombres, algunos a quienes pueden seguir llamando amigos, a otros a quienes no quieren volver a nombrar.

 Si tuviera que elegir ser académica, me decantaría por un tipo de académica que tengo bien presente gracias a las que conozco y me han inspirado.

 Consideraciones para el tipo de académica que sí sería:

1) Ser apasionada no, apasionadísima. 

2) Leer sobre tu tema hasta en ficción.

3) Adquirir un pasatiempo, generalmente práctico, que realices con la mayor devoción —apasionadísima—, como si fuera tu tema de investigación.

4) Compartir y crear memes sobre tu tema.

5) Tener amigues te etiqueten en esos memes porque les has hablado tanto de ello que el algoritmo de la red social —que nos escucha y espía nuestros mensajes— ya se los recomienda e inevitablemente te piensan en ti.

6) Tener amigues que hayan escuchado tres veces o cuatro o las que sean necesarias hasta que tú misma hayas entendido tu tema y entonces puedas hacer un esquema.

7) Tener amigues que te etiqueten en memes sobre el amigue que te habla del tema de investigación que no entiendes pero que escuchas con atención.

8) Tener sobrenombres cómicos para ti misma sobre tu tema que solo tú entiendas —y solo a ti te den risa—.

9) Enojarte cuando casi te tumban la conclusión de la tesis con un meme.

10)  Tener amigues —a veces pareja— que tengan los mismos intereses académicos que tú y que se hayan vuelto inseparables.

11)  Tener en tu casa más de una referencia a tu tema: libros a la vista de las visitas, muñecos, imágenes, tazas, toallas y batas de baño, un suéter para el perro, posters enmarcados.

12)  Que tus animales domésticos tengan un nombre referente a tu tema.

13)  Emocionarte por casi todo.

14)  No tener pena de admitir al menos 5 de estos puntos.

 Con estas consideraciones, el futuro académico no suena tan apocalíptico —si no tomamos en cuenta que, de verdad, no hay tantas becas y que no siempre es posible ser investigadoras independientes—. Suena a un espacio al que me gustaría pertenecer. Y aun así hay, en el simple hecho de nombrarse académica, estructuras, sistemas centenarios que en mayor o menor medida nos seguirán oprimiendo; que intentarán desarticularnos entre nosotras mismas, que nos obligan a creer que somos competencia antes que considerar que al conocimiento como algo que también se puede construir en colectivo. Repensemos el término academia, cuestionemos el sistema que lo forja, interroguemos a quienes lo siguen sosteniendo. ¿Hace falta cambiar de concepto? ¿Destruirlo? ¿O reapropiarnos de él con otros fundamentos que nosotras mismas propongamos?

 Mientras, acuerpémonos y esperemos, investigando, escribiendo, a que el futuro nos devele una imagen mítica, aunque preferiblemente real, que nos rescate de las estructuras impuestas. Pensemos en el apocalipsis de la academia, como una serie de imposiciones del pasado, imaginemos un futuro que ya se urde desde el presente, como la oportunidad de transformar todo aquello que nos incomoda, cuestionarlo. Que al cabo el punto número 15 de las consideraciones para ser académica es ser preguntona.

 

 

Referencias

Garro, Elena. “La primera vez que me vi…”, en Cuentos completos. Ciudad de México: Debolsillo, 2018, p. 190.

Rubial, Antonio. “El apocalipsis en Nueva España. Los cambios de una tradición milenaria”, en Álvarez Sánchez, Adriana (coord.). Conocimiento y cultura. Estudios modernos en la Facultad de Filosofía y Letras. Ciudad de México: UNAM/Ediciones Eón, 2016, pp. 19-58.

 

¡Verde es la esperanza amada y verde es el manto de la Virgen de Guadalupe, patrona de los desamparados!
 Elena Garro

 

 

Ya hace mucho que quería escribir sobre la Virgen de Guadalupe. Pero no como un texto con información valiosísima, para eso, mejor les dejo bibliografía referenciada al final. Citaré a Antonio Rubial y su texto sobre el Apocalipsis, porque este ensayo es sobre el apocalipsis académico, el futuro distópico para ser o no ser académica. 

Durante la pandemia, han salido varias pláticas en línea sobre la configuración de la Virgen como patrona de la ciudad de México a partir de la famosa epidemia de matlazáhuatl de 1736-1739 —esto no pretende ser desesperanzador, pero vean cuántos años pasaron hasta que a la Virgen se le ocurriera hacernos el milagro de detenerla—. Fue plan con maña de ella misma —y los criollos—, imagínense: convencer a una población entera que gracias a ella se detuvo. Entonces se volvió a una devoción que, aunque no lo crean, no existía antes y que después, en la pintura novohispana, por ejemplo, tendrá una relevancia muy importante —para el famoso tratado artístico de la Maravilla Americana de Cabrera y luego el ensayo —apologético— de José Ignacio Bartoloache en contra de ese tratado y de la divinidad de la naturaleza akeropoiética de la imagen. 

Ojalá nuestro destino dependiera de que una imagen se quisiera configurar como nuestra matrona. No soy católica, hace mucho que perdí la esperanza de que esto ocurra; pero qué más nos queda en estos tiempos que planear y soñar con futuros novohispanos posibles. Volver a configurar nuestra identidad en torno a una mujer, pero ahora sí en serio, no como una musa, como lo es la guadalupana: alguien intocable y que inspira a pintar, escribir sonetos y artículos. Realmente lo que espero de la Virgen de Guadalupe es que, gracias a sus orígenes apocalípticos, guerra y de madre que combatió la herejía y, con ello, protegió nuestra ciudad, pueda protegernos a nosotras del devenir profesional. Matrona de lxs desamparadxs. 

Dice Rubial que “en la visión criolla, México-Tenochtitlan quedaba idealizada y se convertía en un ámbito seguro y estable gracias a la presencia de la Virgen de Guadalupe”. ¿Cómo convertimos el futuro académico en eso: un ámbito seguro y estable? ¿Necesitamos una presencia mítica, digo, perdón, una imagen verdadera que cuya historia sí sucedió y no es para nada un invento, para que eso sea el futuro? ¿Lo es ahora? Este autor también menciona que, antes, “la idea agustina de la historia […] no podía concebir utopías en el futuro”. Yo creo que lo académico hace mucho que tiene esa connotación, tenemos una idea de ese ámbito desde lo que fue en el pasado: “la única perfección se buscaba en el pasado”. Y en ella misma, es que construimos nuestros porvenires: en lo que fue. 

Hay un montón de temas de estudio qué continuar, propuestas nuevas para abordarles. Pero ya no hay espacio. No hay becas. ¿Cuántxs investigadorxs realmente te motivan a continuar tus investigaciones sin, al final, intentar robártelas? ¿Cuántxs te abren las puertas a sus propios intereses y te comparten sus investigaciones inéditas, toda la bibliografía, imágenes, trabajos de transcripciones, archivo? ¿Cuántxs realmente investigan y no publican lo que otrxs, sus tesistas, becarios, escriben? Apropiarse del trabajo de otrxs es violencia. 

Para el caso de la academia mexicana, aunque el futuro y el presente parecen distópicos, el pasado no fue mejor. ¿Cuántas mujeres [inserte cualquier disciplina] podían ingresar al ámbito tradicionalmente apropiado por El Hombre? El hombre de letras, el hombre arqueólogo, el hombre restaurador, el hombre antropólogo... No será necesario mencionar la ya insinuada invisibilización de la mujer en la academia y, aun así no lo dejo fuera, aquí está: las mujeres han sido invisibilizadas. 

Ojalá existiera la academia cuyo título o tarjeta de presentación no está acompañada de una institución de la que tienes que valerte para reconocerte (pero esto también es un futuro incierto y poco posible, ojalá pudiéramos nombrarnos desde nosotrxs mismxs y no desde otrxs) Algo así como académica privada, las detectivas privadas o independientes de [inserte cualquier disciplina]. Es historiadora privada. Es física privada. Es matemática privada. Es hispanista privada… asociadas a tal o cual institución, universidad. Punto. 

—Esto es casi utópico. No todxs tienen el capital, energía, tiempo para ser detectivxs independientes de nuestras propias investigaciones—. 

Y aún con los escenarios que describo y los que, si alguien está leyendo esto, se está imaginando —o recuerda— desde la experiencia propia, si tuviera que elegir ser académica, me quedaría con el tipo de academia que representan algunas mujeres que pertenecen a una institución, pero de quienes rescato la configuración y personalidad que se han hecho de ellas mismas. Académicas de escuelas públicas y privadas; homosexuales, bisexuales, transexuales, heterosexuales; madres y no madres; quienes también son cuidadoras; las que han sido violentadas —paréntesis para recordar a la historiadora Raquel Padilla—. Mujeres que han combatido la verdadera herejía, a lo que hay que seguir quemando: estructuras patriarcales, rígidas, verticales; mujeres que se han tenido que aliar a otros hombres, algunos a quienes pueden seguir llamando amigos, a otros a quienes no quieren volver a nombrar.

 Si tuviera que elegir ser académica, me decantaría por un tipo de académica que tengo bien presente gracias a las que conozco y me han inspirado.

 Consideraciones para el tipo de académica que sí sería:

1) Ser apasionada no, apasionadísima. 

2) Leer sobre tu tema hasta en ficción.

3) Adquirir un pasatiempo, generalmente práctico, que realices con la mayor devoción —apasionadísima—, como si fuera tu tema de investigación.

4) Compartir y crear memes sobre tu tema.

5) Tener amigues te etiqueten en esos memes porque les has hablado tanto de ello que el algoritmo de la red social —que nos escucha y espía nuestros mensajes— ya se los recomienda e inevitablemente te piensan en ti.

6) Tener amigues que hayan escuchado tres veces o cuatro o las que sean necesarias hasta que tú misma hayas entendido tu tema y entonces puedas hacer un esquema.

7) Tener amigues que te etiqueten en memes sobre el amigue que te habla del tema de investigación que no entiendes pero que escuchas con atención.

8) Tener sobrenombres cómicos para ti misma sobre tu tema que solo tú entiendas —y solo a ti te den risa—.

9) Enojarte cuando casi te tumban la conclusión de la tesis con un meme.

10)  Tener amigues —a veces pareja— que tengan los mismos intereses académicos que tú y que se hayan vuelto inseparables.

11)  Tener en tu casa más de una referencia a tu tema: libros a la vista de las visitas, muñecos, imágenes, tazas, toallas y batas de baño, un suéter para el perro, posters enmarcados.

12)  Que tus animales domésticos tengan un nombre referente a tu tema.

13)  Emocionarte por casi todo.

14)  No tener pena de admitir al menos 5 de estos puntos.

 Con estas consideraciones, el futuro académico no suena tan apocalíptico —si no tomamos en cuenta que, de verdad, no hay tantas becas y que no siempre es posible ser investigadoras independientes—. Suena a un espacio al que me gustaría pertenecer. Y aun así hay, en el simple hecho de nombrarse académica, estructuras, sistemas centenarios que en mayor o menor medida nos seguirán oprimiendo; que intentarán desarticularnos entre nosotras mismas, que nos obligan a creer que somos competencia antes que considerar que al conocimiento como algo que también se puede construir en colectivo. Repensemos el término academia, cuestionemos el sistema que lo forja, interroguemos a quienes lo siguen sosteniendo. ¿Hace falta cambiar de concepto? ¿Destruirlo? ¿O reapropiarnos de él con otros fundamentos que nosotras mismas propongamos?

 Mientras, acuerpémonos y esperemos, investigando, escribiendo, a que el futuro nos devele una imagen mítica, aunque preferiblemente real, que nos rescate de las estructuras impuestas. Pensemos en el apocalipsis de la academia, como una serie de imposiciones del pasado, imaginemos un futuro que ya se urde desde el presente, como la oportunidad de transformar todo aquello que nos incomoda, cuestionarlo. Que al cabo el punto número 15 de las consideraciones para ser académica es ser preguntona.

 

 

Referencias

Garro, Elena. “La primera vez que me vi…”, en Cuentos completos. Ciudad de México: Debolsillo, 2018, p. 190.

Rubial, Antonio. “El apocalipsis en Nueva España. Los cambios de una tradición milenaria”, en Álvarez Sánchez, Adriana (coord.). Conocimiento y cultura. Estudios modernos en la Facultad de Filosofía y Letras. Ciudad de México: UNAM/Ediciones Eón, 2016, pp. 19-58.

 

¡Verde es la esperanza amada y verde es el manto de la Virgen de Guadalupe, patrona de los desamparados!
 Elena Garro

 

 

Ya hace mucho que quería escribir sobre la Virgen de Guadalupe. Pero no como un texto con información valiosísima, para eso, mejor les dejo bibliografía referenciada al final. Citaré a Antonio Rubial y su texto sobre el Apocalipsis, porque este ensayo es sobre el apocalipsis académico, el futuro distópico para ser o no ser académica. 

Durante la pandemia, han salido varias pláticas en línea sobre la configuración de la Virgen como patrona de la ciudad de México a partir de la famosa epidemia de matlazáhuatl de 1736-1739 —esto no pretende ser desesperanzador, pero vean cuántos años pasaron hasta que a la Virgen se le ocurriera hacernos el milagro de detenerla—. Fue plan con maña de ella misma —y los criollos—, imagínense: convencer a una población entera que gracias a ella se detuvo. Entonces se volvió a una devoción que, aunque no lo crean, no existía antes y que después, en la pintura novohispana, por ejemplo, tendrá una relevancia muy importante —para el famoso tratado artístico de la Maravilla Americana de Cabrera y luego el ensayo —apologético— de José Ignacio Bartoloache en contra de ese tratado y de la divinidad de la naturaleza akeropoiética de la imagen. 

Ojalá nuestro destino dependiera de que una imagen se quisiera configurar como nuestra matrona. No soy católica, hace mucho que perdí la esperanza de que esto ocurra; pero qué más nos queda en estos tiempos que planear y soñar con futuros novohispanos posibles. Volver a configurar nuestra identidad en torno a una mujer, pero ahora sí en serio, no como una musa, como lo es la guadalupana: alguien intocable y que inspira a pintar, escribir sonetos y artículos. Realmente lo que espero de la Virgen de Guadalupe es que, gracias a sus orígenes apocalípticos, guerra y de madre que combatió la herejía y, con ello, protegió nuestra ciudad, pueda protegernos a nosotras del devenir profesional. Matrona de lxs desamparadxs. 

Dice Rubial que “en la visión criolla, México-Tenochtitlan quedaba idealizada y se convertía en un ámbito seguro y estable gracias a la presencia de la Virgen de Guadalupe”. ¿Cómo convertimos el futuro académico en eso: un ámbito seguro y estable? ¿Necesitamos una presencia mítica, digo, perdón, una imagen verdadera que cuya historia sí sucedió y no es para nada un invento, para que eso sea el futuro? ¿Lo es ahora? Este autor también menciona que, antes, “la idea agustina de la historia […] no podía concebir utopías en el futuro”. Yo creo que lo académico hace mucho que tiene esa connotación, tenemos una idea de ese ámbito desde lo que fue en el pasado: “la única perfección se buscaba en el pasado”. Y en ella misma, es que construimos nuestros porvenires: en lo que fue. 

Hay un montón de temas de estudio qué continuar, propuestas nuevas para abordarles. Pero ya no hay espacio. No hay becas. ¿Cuántxs investigadorxs realmente te motivan a continuar tus investigaciones sin, al final, intentar robártelas? ¿Cuántxs te abren las puertas a sus propios intereses y te comparten sus investigaciones inéditas, toda la bibliografía, imágenes, trabajos de transcripciones, archivo? ¿Cuántxs realmente investigan y no publican lo que otrxs, sus tesistas, becarios, escriben? Apropiarse del trabajo de otrxs es violencia. 

Para el caso de la academia mexicana, aunque el futuro y el presente parecen distópicos, el pasado no fue mejor. ¿Cuántas mujeres [inserte cualquier disciplina] podían ingresar al ámbito tradicionalmente apropiado por El Hombre? El hombre de letras, el hombre arqueólogo, el hombre restaurador, el hombre antropólogo... No será necesario mencionar la ya insinuada invisibilización de la mujer en la academia y, aun así no lo dejo fuera, aquí está: las mujeres han sido invisibilizadas. 

Ojalá existiera la academia cuyo título o tarjeta de presentación no está acompañada de una institución de la que tienes que valerte para reconocerte (pero esto también es un futuro incierto y poco posible, ojalá pudiéramos nombrarnos desde nosotrxs mismxs y no desde otrxs) Algo así como académica privada, las detectivas privadas o independientes de [inserte cualquier disciplina]. Es historiadora privada. Es física privada. Es matemática privada. Es hispanista privada… asociadas a tal o cual institución, universidad. Punto. 

—Esto es casi utópico. No todxs tienen el capital, energía, tiempo para ser detectivxs independientes de nuestras propias investigaciones—. 

Y aún con los escenarios que describo y los que, si alguien está leyendo esto, se está imaginando —o recuerda— desde la experiencia propia, si tuviera que elegir ser académica, me quedaría con el tipo de academia que representan algunas mujeres que pertenecen a una institución, pero de quienes rescato la configuración y personalidad que se han hecho de ellas mismas. Académicas de escuelas públicas y privadas; homosexuales, bisexuales, transexuales, heterosexuales; madres y no madres; quienes también son cuidadoras; las que han sido violentadas —paréntesis para recordar a la historiadora Raquel Padilla—. Mujeres que han combatido la verdadera herejía, a lo que hay que seguir quemando: estructuras patriarcales, rígidas, verticales; mujeres que se han tenido que aliar a otros hombres, algunos a quienes pueden seguir llamando amigos, a otros a quienes no quieren volver a nombrar.

 Si tuviera que elegir ser académica, me decantaría por un tipo de académica que tengo bien presente gracias a las que conozco y me han inspirado.

 Consideraciones para el tipo de académica que sí sería:

1) Ser apasionada no, apasionadísima. 

2) Leer sobre tu tema hasta en ficción.

3) Adquirir un pasatiempo, generalmente práctico, que realices con la mayor devoción —apasionadísima—, como si fuera tu tema de investigación.

4) Compartir y crear memes sobre tu tema.

5) Tener amigues te etiqueten en esos memes porque les has hablado tanto de ello que el algoritmo de la red social —que nos escucha y espía nuestros mensajes— ya se los recomienda e inevitablemente te piensan en ti.

6) Tener amigues que hayan escuchado tres veces o cuatro o las que sean necesarias hasta que tú misma hayas entendido tu tema y entonces puedas hacer un esquema.

7) Tener amigues que te etiqueten en memes sobre el amigue que te habla del tema de investigación que no entiendes pero que escuchas con atención.

8) Tener sobrenombres cómicos para ti misma sobre tu tema que solo tú entiendas —y solo a ti te den risa—.

9) Enojarte cuando casi te tumban la conclusión de la tesis con un meme.

10)  Tener amigues —a veces pareja— que tengan los mismos intereses académicos que tú y que se hayan vuelto inseparables.

11)  Tener en tu casa más de una referencia a tu tema: libros a la vista de las visitas, muñecos, imágenes, tazas, toallas y batas de baño, un suéter para el perro, posters enmarcados.

12)  Que tus animales domésticos tengan un nombre referente a tu tema.

13)  Emocionarte por casi todo.

14)  No tener pena de admitir al menos 5 de estos puntos.

 Con estas consideraciones, el futuro académico no suena tan apocalíptico —si no tomamos en cuenta que, de verdad, no hay tantas becas y que no siempre es posible ser investigadoras independientes—. Suena a un espacio al que me gustaría pertenecer. Y aun así hay, en el simple hecho de nombrarse académica, estructuras, sistemas centenarios que en mayor o menor medida nos seguirán oprimiendo; que intentarán desarticularnos entre nosotras mismas, que nos obligan a creer que somos competencia antes que considerar que al conocimiento como algo que también se puede construir en colectivo. Repensemos el término academia, cuestionemos el sistema que lo forja, interroguemos a quienes lo siguen sosteniendo. ¿Hace falta cambiar de concepto? ¿Destruirlo? ¿O reapropiarnos de él con otros fundamentos que nosotras mismas propongamos?

 Mientras, acuerpémonos y esperemos, investigando, escribiendo, a que el futuro nos devele una imagen mítica, aunque preferiblemente real, que nos rescate de las estructuras impuestas. Pensemos en el apocalipsis de la academia, como una serie de imposiciones del pasado, imaginemos un futuro que ya se urde desde el presente, como la oportunidad de transformar todo aquello que nos incomoda, cuestionarlo. Que al cabo el punto número 15 de las consideraciones para ser académica es ser preguntona.

 

 

Referencias

Garro, Elena. “La primera vez que me vi…”, en Cuentos completos. Ciudad de México: Debolsillo, 2018, p. 190.

Rubial, Antonio. “El apocalipsis en Nueva España. Los cambios de una tradición milenaria”, en Álvarez Sánchez, Adriana (coord.). Conocimiento y cultura. Estudios modernos en la Facultad de Filosofía y Letras. Ciudad de México: UNAM/Ediciones Eón, 2016, pp. 19-58.

 

Andrea Ortiz Morales (Guanajuato, 1996) Restauradora, estudiante de letras hispánicas, feminista y lectora de escritoras. Forma parte del comité editorial de la revista Página Salmón donde lee y cuida textos. 

TW: Paradojame

Imagen de portada: Mary Hockenbery

Andrea Ortiz Morales (Guanajuato, 1996) Restauradora, estudiante de letras hispánicas, feminista y lectora de escritoras. Forma parte del comité editorial de la revista Página Salmón donde lee y cuida textos. 

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